LA ACCIÓN MARIANA
EN LOS PRIMEROS TIEMPOS
DE LA EVANGELIZACIÓN DE AMÉRICA LATINA

Un acontecimiento extraordinario ocurrido en tierras latinoamericanas nos hace volver los ojos y la memoria a los episodios evangelizadores que rodean la aparición de la Virgen en el cerro de Tepeyac.

Sabemos bien que apenas descubierta América, los Reyes Católicos se preocupan de mandar misioneros para que proclamasen la Buena Nueva del Señor Jesús a quienes entonces habitaban estas tierras. Ya en las instrucciones dictadas para el Segundo Viaje de Cristóbal Colón, iniciado en setiembre de 1493, se indica que: «Sus Altezas deseando que nuestra santa Fe católica sea aumentada e acrescentada, mandan e encargan al dicho Almirante, Visorey e Gobernador que por todas las vías e maneras que pudiere procure e trabaje atraer a los moradores de dichas islas e tierra firme a que se conviertan a nuestra santa Fe católica, y para ayuda a ello Sus Altezas enbían allá al devoto padre Fray Buil juntamente con otros religiosos...».

Como el Tepeyac queda en México, a la evangelización de esas hermanas tierras nos referiremos brevemente.

Los primeros misioneros llegan con la expedición de Hernán Cortés, en 1519. Años después llega un contingente de misioneros franciscanos, y luego, más tarde, dominicos. Pero la tarea evangelizadora no progresa muy bien por lo arraigado de las creencias ancestrales de los pueblos que habitaban en esas zonas. Las conversiones no son numerosas, ni mucho menos espectaculares. Y cuando se producen, en no pocos casos, se da un sincretismo con mitos locales, o, lo que era más frecuente, los neo-conversos vuelven a prácticas idolátricas luego de un tiempo.

Sin embargo, para 1528 México cuenta con su primer obispo electo, el franciscano fray Juan de Zumárraga, quien pronto se distinguirá como protector de indios. El número de órdenes religiosas y de misioneros aumenta -dominicos, mercedarios se suman a la gesta evangelizadora-, llegando los franciscanos, que fueron los primeros, a alcanzar el número de cien para el año 1531.

Ni el número, ni la variedad de instrumentos pastorales, como el dominio de las lenguas nativas, mejoró mucho las cosas. Para 1531, el mismo Obispo Zumárraga, escribía al Capítulo General de los Franciscanos que el número de indios bautizados en esas tierras ascendía a más de un millón.

Pero muy pronto las cosas cambiaron. Los naturales empezaron a aproximarse a la fe y en un vuelco de multitudes a pedir el bautismo. Cinco años después el entusiasta fray Toribio de Benavente (apodado Motolinía) escribía, en 1536, en su Historia de los Indios de Nueva España, que ya habían sido bautizados más de cuatro millones, y que se esperaba que para el año siguiente el total de bautizados de esas tierras llamadas de Nueva España alcanzara a unos nueve millones.

Obviamente todos ustedes se preguntarán qué pasó. Si hasta 1531 sólo había un millón de bautizados, según los datos proporcionados por el Obispo de esas tierras, cómo entre 1531 y 1537 se multiplicó tan impresionantemente el número de conversos, según Motolinía. Y precisamente por eso es que los invité a hacer memoria de esta historia de la evangelización de la América Latina.

Recordemos que fue el 9 de diciembre de 1531 cuando Santa María se le apareció a un indio del pueblo de Cuautitlán, ubicado a unos 22 kilómetros al norte de ciudad de México. Juan Diego se llamaba el afortunado que, guiándose por un canto muy hermoso, subió a lo alto del cerro del Tepeyac. Ahí se le presentó Nuestra Señora, en medio de una resplandeciente nube.

No vamos a entrar -aunque ánimos no me faltan- a la edificante historia de las apariciones de María en tierras que estaban siendo evangelizadas. El hecho es que ante la solicitud de pruebas de la milagrosa aparición y de la veracidad de los deseos de la Virgen, Ella envió a Juan Diego donde el Obispo con unas frescas rosas de Castilla -que no se daban entonces en esas tierras-. Al abrir Juan Diego su tilma -especie de poncho o ruana- delante del Obispo para entregarle las rosas que le había dado la Virgen como señal de autenticidad, apareció la imagen de María. La Virgen había estampado su bella imagen morena en la tilma.

Las apariciones de Nuestra Señora y la santa imagen de la Virgen de Guadalupe -como se la conoce- fueron como una clarinada que inició la etapa masiva del proceso evangelizador. El padre Rubén Vargas Ugarte, en su Historia del Culto de María, al responder a la interrogante sobre cuál era la causa de los notables progresos en la evangelización que se dieron en esos años, escribe: «El motivo principal de estas conversiones no fue otro que el suave influjo que empezó a ejercer entre los indios la Virgen Santísima aparecida a Juan Diego...». El influjo de María es también resaltado por el historiador jesuita en las conversiones acontecidas en otros lugares.

Me he referido a esta historia de nuestra fe no sólo por razones de devoción personal y conciencia latinoamericana, sino también para poner de relieve la intervención directa de la Virgen, ejerciendo su función dinámica en la edificación de la Iglesia del Señor. María es la gran Evangelizadora de América, no solamente guía y estrella de Evangelización, como bien resalta Puebla, sino Ella misma evangelizadora.

Pienso que el ejemplo es más categórico que muchos argumentos. Creo que la acción de María de Guadalupe es inequívocamente evangelizadora. Y creo, también, que el testimonio que nos ha legado en la tilma de Juan Diego, con los avances de la ciencia moderna que sólo en nuestro tiempo -mediante el uso de avanzados procesos científicos- han permitido descubrir en los ojos de la Virgen la imagen de quienes se encontraban en aquel momento junto con el Obispo Zumárraga, son un continuo mensaje evangelizador, y un aliento para que cada uno de nosotros se comprometa con Santa María en la nueva evangelización a la que en sus visitas nos ha invitado con insistencia y dulce energía el Papa Juan Pablo II.

Lo espectacular y milagroso de las conversiones bautismales no deja lugar a dudas. Según el Padre Motolinía en la zona del Tepeyac, en la cuaresma de 1537, se bautizaron nada menos que sesentamil personas; y así en otros lugares de México.

Más allá de una matemática exactitud de las cifras, que bien podría no ser tal, el hecho es que hubo numerosísimos bautismos por esos tiempos, en cifras que causan asombro y admiración.

Ante estos hechos queda claro que la Virgen sí interviene en la vida de su pueblo y que, cumpliendo plenamente con el mandamiento de Nuestro Señor en el Altar del Gólgota, Ella actúa maternalmente en la forja de la Iglesia, y conduce suavemente a sus hijos al pleno encuentro con Jesús.

Luis Fernando Figari

 

Este texto es un extracto de un trabajo más amplio publicado con el título de "Función dinámica de María", por Fondo Editorial, Lima 1992.

© 1996 Fondo Editorial, FE. La versión electrónica de este texto ha sido realizada por el Movimiento de Vida Cristiana. Por motivos pastorales se puede reproducir en versión electrónica este texto. Queda prohibida toda versión con fines comerciales.