Fallecimiento del Papá M. M. Irene Jara

. . . . El martes 25, un día después de María Auxiliadora, falleció don Aurelio Jara. Hacia años que luchaba entre la vida y la muerte y seguía vivo, a pesar de tantos achaques y problemas de salud. Una noche viajé desde Puerto Montt a atenderlo; se moría en el Hospital de Gorbea. Llegué cerca de las cuatro de la mañana y pude entrar en el Hospital por el lado de urgencia. Le di los sacramentos y me fui, pensando que ya no había nada más que hacer.

. . . . Pero don Aurelio era porfiado y venció la hora de la muerte pese a todo. Así vivió un par de años más pasando por muchas crisis en que cada vez parecía que ya era su última hora. Dios tiene marcado sus tiempos de misericordia y sabe cual es la mejor hora para sus hijos. Hay que pedir sanación y no ponerse mezquino en pedir, pero siempre dejándole a Dios la hora, que solamente El sabe que es la mejor.

. . . . La Madre María Irene viajó a Córdoba, con ocasión de los diez años de la misión y de la radicación del Oratorio Central en Córdoba, en el nuevo oratorio que será oficialmente inaugurado en septiembre. Allá asistió ella con mucha tranquilidad aunque siempre con la preocupación de la salud de su papá, a quien tenía entregado completamente a la voluntad de Dios. El problema se produjo en los dos últimos días de su estadía en estas celebraciones: llovió intensamente y se cubrió la cordillera, la pasada de los buses de regreso a Chile. Había nevado unos 45 centímetros.

. . . . Las hermanas, pese a sus múltiples preocupaciones por sus trabajos en Chile, se resolvieron a aguardar hasta que se abriera de nuevo la cordillera. La Madre María Irene estaba inquieta, y tenía una remota esperanza que se abriera aunque no fuera más que un momento para alcanzar a pasar. En esta intención estaba también la Hna. María Elena, de las hermanas misioneras. Se arriesgaron y viajaron a Mendoza, el domingo en la noche, después de la celebración de la radicación en el nuevo Oratorio Central de Córdoba, Oratorio Central para toda la República Argentina.

. . . . El bus viajó de Córdoba a Mendoza pero sin asegurar nada que se pudiera pasar. Cuando llegaron en la madrugada del lunes a Mendoza, se encontraron con la grata sorpresa que se iba a abrir en alguna hora de la mañana. El epílogo de esta aventura es que llegó a Santiago como a las 6 de la tarde, suficiente como para poder viajar a Lastarria antes de ir a presentarse a sus trabajos en la Catedral de Puerto Montt, con ocasión de la fiesta de Pentecostés.

. . . . Llegó a Lastarria en la mañana del martes; y alcanzó a ver a don Aurelio, que había pasado una mala noche, pero que estaba lúcido. Incluso le dijo que, yo, su compadre, le había mandado saludos. Escuchó perfectamente y de ahí un par de minutos entró en una respiración jadeante y en pocos minutos, cerca de las diez de la mañana del martes, había fallecido.

. . . . El jueves 27 tuvieron lugar sus funerales en el pueblo de Lastarria. A las tres de la tarde, empezó la Sta. Misa precedida por mí, como padre espiritual de la Madre María Irene. Me acompañaban junto al altar, como concelebrantes, el P. Daniel y el P. Tránsito, venidos de Puerto Montt; el Padre Patricio de San José de la Mariquina y el P. Robinson, párroco de Gorbea, cuya vicaría de Lastarria, le toca pastorear.

. . . . La homilía tocó el tema de cómo Dios es fiel con las personas que trabajan a conciencia. Cómo Dios le regaló una hija religiosa, quien lo ayudó a acercarse a los sacramentos; cómo había sido un ferviente propulsor de la escuela misional, en calidad de presidente del centro de padres. El tema del evangelio se refirió a que el que come su Cuerpo y bebe su Sangre tiene vida eterna y El lo resucitará en el último día: Jn 6,48-58. El maestro Jara había edificado casas para los vivos y para los muertos. Todo medido, todo bien hecho y Dios premia a quienes trabajan bien.

. . . . El director del colegio misional hizo un pequeño panegírico hacia el final de la misa. Va a ser ordenado de diácono posiblemente este año; es del mismo curso de don Manuel Maliqueo, de la parroquia de San José.

. . . . Después de este homenaje de la escuela misional, vino la Madre María Irene, su hija que recordó con palabras sentidas, todo cuanto habían hecho sus hermanas en los últimos tiempos de don Aurelio.

. . . . El día se prestaba, sin lluvias ni climas que hicieran imposible el funeral. La larga fila de autos y procesión a pie, hizo muy lenta la llegada al cementerio. Yo pude apenas darle el saludo y bendición final, porque no íbamos a llegar a tiempo a la Misa de San José de la Mariquina, que estaba llena de gente.