Año CXIX - Nro. 36.612 - Domingo 4 de julio de 2004

Un nombre escrito en el cielo

Marcela Paz Valenzuela

Por P. Daniel Acuña Burgos. Miembro de la Asociación Pública de Fieles, Asoc. Clerical del Oratorio Mariano, Vicario General del Arzobispado.

 

 P. Daniel Acuña Burgos, Vicario General

. . . . . . . . . . . . . . . de la Arquidiócesis de Puerto Montt.

Hace unos días la ciudad de Puerto Montt despedía agradecida al querido nonagenario Padre Albino Schnettler, sacerdote de la Compañía de Jesús, quien por tanto tiempo sirvió a todos aquellos que a él se acercaron, dando muestras de su gran amor al Señor. Al partir a la edad de noventa y cinco años y con más de sesenta de sacerdocio, estamos seguros que su tarea en esta tierra está más que cumplida. Sin embargo, hay otras vidas que también, aunque cortas en años, son tan fructíferas y plenas, que son dignas de destacar para la edificación del pueblo cristiano y el mundo en general.

Junto con mi responsabilidad de Vicario General llevo la de pastorear la Parroquia Madre del Pueblo de Dios cuya sede queda en la Villa Artesanía de Puerto Montt, atendiendo a su vez varias comunidades sectoriales. En la comunidad Beata Laura Vicuña de la Población Fresia desde hace años participa una joven familia cuya casa ha sido tocada por la mano de Dios: su hija Marcela Paz Valenzuela, de catorce años, cursando el primero medio en el Colegio Salesiano, partió de este mundo dejando una estela de buenos ejemplos de virtudes humanas y sobrenaturales.

Marcela Paz se formó desde niña en un ambiente de respeto y con santo temor de Dios. Su carácter afable le ayudó mucho

para aceptar los consejos de sus educadores y su cercanía a la capilla fue forjando en su alma de niña aquellos principios que pueden hacer resplandecer a una adolescente de entre sus amigos y compañeros.

Sin embargo, la prueba vendría a su vida inesperadamente el año pasado: una leucemia aguda la obligaría a someterse al vía crucis de los tratamientos y cuidados, pérdidas de clases y el propio cansancio de una enfermedad desgastadora. Oración y más oración fue la respuesta de una comunidad creyente que, reunida cada tarde, rezó el santo Rosario durante un mes, repletando la capilla, por el éxito de los tratamientos médicos y la recuperación de Marcela Paz. En los meses que siguieron se fue recuperando, y en el transcurso de tratamiento Marcela comenzaba a dar muestras de valentía en el sufrimiento, alegría en la prueba y profunda fe en la oscuridad que se cernía sobre su vida. Supo de la gravedad de su enfermedad y del peligro vital que corría, y, a pesar de ello -y esto avalado por sus propios padres- nunca tuvo muestras de desaliento o tristeza, menos aún se quejó de los trastornos y molestias propias de la enfermedad. Por el contrario, la vimos alegre y afable, disponible como siempre con un profundo convencimiento de que gozaba de la compañía especial de la Santísima Virgen. Cada día rezaba el Rosario.

No obstante, Dios tenía sus planes y la hora de llamarla a su presencia estaba fijada. El 29 de junio una pulmonía fulminante inesperadamente cortó la vida de esta flor que recién brotaba para mostrarnos toda la belleza de la vida. El Señor de la historia y dueño de la vida y de la muerte la toma, así con toda su frescura de flor recién brotada y joven y la llevó al jardín del cielo, donde estaba también su amiga y modelo Laura Vicuña. Hoy queda en la memoria y corazón de una familia, población y Colegio como ejemplo de joven que supo ser buena noticia para los suyos.


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