La parte de María

  Marta y María, dos hermanas que reciben a Jesús.

Por P. Daniel Acuña Burgos.

Vicario General del Arzobispado.

Si bien es cierto que hoy multitud de personas pareciera que andan ansiosas de encontrarse consigo mismas, y se plantean seriamente el vacío de vida interior que llevan como una pesada carga, la oración personal es uno de los bienes más escasos. Por otra parte, no hemos de extrañarnos que muchos hoy día ni siquiera se plantean esta dimensión de la vida, considerando la oración algo de lo cual se puede incluso prescindir. Y este casi desprecio de la oración y contemplación de Dios, incluso contagia a los mismos cristianos, pues no me ha faltado encontrarme con más de alguno que me ha dicho que piensa que hasta la misma Santa Teresa de Los Andes, carmelita descalza del monasterio de Los Andes (celebrada en Chile cada el 13 de julio ), "no hizo nada importante, pues solamente rezaba tras unos muros donde nadie la vio, habiendo tanto que hacer fuera de ellos..."

Acostumbrados que nos vamos poniendo a la realización de tareas y a obtener resultados concretos, cuantificables y hasta previsibles, con facilidad podemos despreciar la oración y la contemplación de Dios. Y lo que hacíamos con tanta naturalidad y facilidad cuando niños y jóvenes, se nos hace difícil hoy: no sabemos hacer silencio interior, no perseveramos en la oración o hasta incluso ya no coordinamos el pensamiento con el sentimiento para dirigir con sencillez el alma a Dios. Será que vivimos anclados en las preocupaciones de este mundo sin dar espacio a Quien puede animarnos a realizarlas, pero con sentido, para que no sean una especie de manotazos al aire, que a veces lo son de verdad.

¿Qué es orar? ¿Cómo orar? ¿Cuándo orar? Son preguntas actualísimas.

Si leemos un episodio de la vida de Cristo tendremos elementos para responder estas interrogantes (San Lucas 10,38-42). Entrando en un pueblo, Jesús fue invitado a descansar a la casa de dos hermanas: Marta y María.

María, "sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra". Marta, en cambio, "muy ocupada con los quehaceres de la casa", está sensiblemente con su "inactiva hermana", que no está haciendo "nada"...

Termina por quejarse y a cambio recibe una lección del Maestro: "Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte que no le será quitada". Así nos sorprende Dios, haciendo importante lo que se desprecia y efectivo lo que parece no tiene ninguna efectividad. La parte mejor está allí puesta al tapete: contemplar a Jesús, escucharlo haciendo silencio y dejarse instruir por El.

Así tenemos una evidencia que no deja de ser hoy escondida por una nube de dudas sembradas por doctrinas filosóficas que proponen técnicas de meditación, relajación y otras propuestas de crecimiento interior, ofertas propias de la llamada Nueva Era. En efecto, la oración cristiana no es una técnica de conocimiento interior: es un don de Dios, una gracia, por la cual El mismo se nos muestra y lo podemos escuchar para abrirnos a su voluntad. Por eso tampoco es una concentración y vaciamiento en una especie de todo cósmico y natural: por el contrario, es una contemplación del Dios que es persona y amor infinito que dio su vida por cada uno y por todos.

Volvamos una vez más a ponernos a los pies de Jesús, como María de Betania, o como la misma Madre de Jesús, cuya alma vivía en pleno diálogo con Dios. Redescubriendo cada día la oración podremos descubrirnos una vez más a nosotros mismos y al otro como nuestro hermano.

 

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