VOCACIÓN SACERDOTAL DE SERGIO

Testimonio de Patricio Mena González al cumplirse 40 años de sacerdocio

de Sergio Mena Junio 28, 2004

. . . . Sergio fue un niño alegre, juguetón como todos los niños. Muy limpio de alma. También hacía travesuras para el deleite de sus hermanos mayores y la desesperación de la mama que lo cuidaba. Fue el sexto en llegar en una familia de 9 hermanos. Obviamente cuando se es el sexto ya no existen cuidados especiales. Hay un problema más bien de supervivencia dentro del clan. El sabía sobrevivir. Tenía fortaleza o más bien fue desarrollando un carácter y un espíritu independiente que lo hacía tener un lugar propio labrado naturalmente, sin esfuerzo especial.

. . . . Los partidos de fútbol en el patio de la casa de la calle Pocuro incluían a los amigos de los hermanos mayores y por supuesto también a los hermanos menores, el caso de Sergio, junto a alguna hermana y sus amigas. Sergio sabía encontrar un espacio dentro de ese griterío además de los pelotazos que ponían en riesgo la integridad de los vidrios de la casa.

. . . . Ahí creció el P. Sergio. Una niñez normal. Con un Papá trabajador que sabía enseñar trabajando, nunca exigiendo de palabra, pero sí con el ejemplo. La mamá, una madre inteligente y prudente acogía a todos sus hijos con mucho cariño. El P. Sergio gozó de ser parte y crecer en una familia normal de nueve hermanos donde hay padres unidos en matrimonio que jamás discuten frente a sus hijos sus diferencias. Si las había no las conocimos.

. . . . El P. Sergio fue especialmente querido de su madre. Ya en la adolescencia se le vio incorporarse a los grupos de Schoenstatt. Se le veía levantarse muy temprano yendo a la Capillita del Santuario. Era algo que no comentaba, parecía como un secreto que él guardaba celosamente y no comunicaba a nadie. No sé si a la mamá. No conozco cómo fue ese enamoramiento de la persona de Cristo, pero sospecho que mucho tuvo que ver su profundo amor a esa maravillosa mujer que es la Madre del Señor, la siempre Virgen María, Madre del Señor y Madre nuestra desde que fuimos encargados a Ella durante el sacrificio de la Cruz.

. . . . Un día de verano, tal vez en el mes de Diciembre, terminados sus exámenes escolares, en el año que terminó su enseñanza secundaria, supimos que sentía una vocación hacia el sacerdocio. El respondía positivamente al llamado del Señor, quería ser sacerdote. Mi padre nos llamó a los dos hermanos mayores y a su Padrino de Bautismo, junto al Director Espiritual de Sergio para que diéramos nuestro consentimiento fundado ante la decisión de un menor de edad, tenía 18 años. En esa época se llegaba a la mayoría de edad a los 21 años.

\. . . . A mí no me cupo la menor duda de que si Sergio había descubierto su vocación sacerdotal eso sería correspondido con su vida. Todos fueron opinando. Mi padre se reservó su opinión. Pocos días después Sergio partió a vivir su noviciado en una casa de Pirque junto a un grupo de alegres muchachos decididos a entregar todo por la causa de Cristo. Lo visitábamos periódicamente y lo encontrábamos contento. Esa alegría que es la felicidad que se puede encontrar en este mundo, la dicha de prepararse para enseñar a lavar los pies del prójimo. Un día partió a Brasil a continuar sus estudios sacerdotales.

. . . . Pasaron los años y otro día nos encontramos en su ordenación sacerdotal y en su primera misa que celebró en la capilla de su colegio, el Saint George´s, en ese entonces en la calle Pedro de Valdivia frente a la calle Pocuro. Tengo su fotografía en mi escritorio. Está alzando la hostia consagrada por él en la persona de Cristo, en sus manos el cuerpo y la sangre de Jesucristo Nuestro Señor, alter Christus, otro Cristo, y lo que es más, ipse Christus, el mismo Jesucristo que realiza el prodigio en todas y cada una de las Misas, y él , Sergio, tiene ese inmenso privilegio de actuar como Su ministro.

. . . . A medida que pasan los años, ese llamado, esa vocación, sigue correspondiendo con la misma mirada llena de amor. Siempre lo tengo presente mirando a su Señor con devoción, con una mirada de entrega total.

. . . . Y después: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura": el Oratorio Mariano.