Una experiencia de vida

 

(Una mamá del Oratorio Mariano nos cuenta su experiencia de vida. Esta mamá es María Rosa Martínez, en la actualidad hermana secular argentina, incorporada definitivamente en su comunidad secular).

. . . . Cuando uno ve la película de La Pasión de Cristo en cualquiera de sus versiones se emociona, casi seguro que llora y dice (o al menos lo piensa) pobre Jesús, pobre hombre, qué injusticia, etc. Y viendo a la virgen también se generan ideas semejantes de cuánto debe sufrir esa mujer con el padecimiento de su hijo.

. . . . Estoy de acuerdo con todo lo que se pueda sentir ante un relato con el sufrimiento de los protagonistas pero, cuando le toca a uno... recién allí se puede medir el dolor. Y te digo que hasta por ahí nomás...

. . . . Porque ¿quién sufrió lo que Jesús? ¿Quién vio colgado y atravesado por clavos a su hijo en una cruz? Nadie, creo, en estos días. Pero hablemos de la simbiosis entre madre e hijo.

. . . . Ésta es una relación que nace en el momento de la concepción. No sabes por qué pero sabes que estás embarazada. Luego cuando se confirma, todo comienza a prepararse para el día "D", comienza la espera. No es una espera quieta, tranquila, sin ninguna preocupación. Al contrario, está llena de ocupaciones. Los preparativos te superan a veces y también, según las circunstancias, te invade el miedo.

. . . . Miedo a la pérdida, a que las cosas no salgan bien... otros miedos.

. . . . En esos meses de espera comienza el sentimiento de amor hacia ese ser que llevas dentro de ti. Te sabes generadora de vida, casi como un dios. Sabes que eres una elegida porque no todos los seres humanos pueden vivir esta experiencia (ni siquiera todas las mujeres). En ese tiempo perteneces a una "sociedad secreta" formada por todas las mujeres en tu estado de gravidez. Una logia sin leyes escritas. Formas parte del "Club de las embarazadas" y tienes derechos que otros no tienen, obligaciones que te son propias, sensaciones que no pueden entender quienes no han vivido tu experiencia.

. . . . Y así con un sinfín de temas que no está en mi ánimo explicar ahora, llega el momento del nacimiento.

. . . . Supongamos que todo salió bien y el niño nació. Ya no vive dentro de ti y se cortó el cordón de vida que los unía. No hay lazos visibles, nada que muestre la unión entre madre e hijo. Pareciera que ya todo está perfecto, que todo terminó ¡NO! Allí es cuando comienza la experiencia de una nueva vida. Este es el caso concreto de quienes han elegido ser madres adoptivas y toman la posta en este punto.

. . . . Desde ese momento, sabes cuándo siente sueño, hambre, frío o calor, está contento o molesto, quiere estar contigo, etcétera, etcétera, etcétera.

. . . . No puedo explicar lo que sentí cuando mis pequeños hijos tuvieron fiebre o tenían el "pechito tomado". No dormía velando su sueño por temor a que no despertaran, me parecía que estando despierta podía curarlos o mejorar su estado.

. . . . Imposible explicar el miedo cuando alguno de ellos sufrió un accidente ¡y los tuvieron!

. . . . No puedo relatar la angustia de esta madre junto a su hijo (niño u hombre) en la cama de un hospital para que me comprenda alguien que no lo vivió.

. . . . El 14 de septiembre de 2004, día de la Exaltación de la Cruz, yo estuve al pie de ella, igual que la Madre de los Dolores rogándole a Dios que me diera las fuerzas para afrontar lo que Él permitiera que le sucediera al mayor de mis hijos ante una intervención quirúrgica de urgencia. Estuve angustiada, dolorida en mi corazón pero mi fe se fortaleció. A pesar de mi dolor supe que no estaba sola y acepté que lo que sucediera era lo mejor.

. . . . Después de eso, las luchas por el poder, las diversas expresiones de egoísmo que encontré, me afectaron menos que antes de mi última experiencia de mamá dolorida pero no desesperada. Cada vez soy menos vulnerable a las bajezas de este mundo donde me toca vivir, cada vez me siento más cómoda en él sin dejar de luchar por lo que me lastima.

. . . . Todo salió bien, gracias a Dios, también necesito dar las gracias a quienes estuvieron a mi lado y me apoyaron con su palabra, oración, buen deseo por el simple hecho de ser humanos. Y aunque parezca mentira, también agradezco a quienes no les importo como persona porque ellos también me ayudaron a valorar lo que tiene valor.

. . . . Por último, gracias a quien lee este e mail porque "me escucha" y comparte conmigo esta experiencia.

 

María Rosa