Editorial de noviembre de 2004.

  El quehacer de la familia del Oratorio se ve marcado por un acontecimiento de fondo, que es el Año Eucarístico Internacional de la Iglesia, en todo el mundo. El Oratorio, queriendo ser fiel a esta llamada, descubre un nuevo contenido de la eucaristía, en la Radicación, que en este año hemos proclamado. Lo hemos hecho fieles a la insinuación de la Divina Providencia, que por transoperancia nos ha comunicado su voluntad de que haya radicación. Se trata que el Oratorio de María Reina reciba la bendición y obtenga el compromiso mutuo de la Radicación. Hay que obtener la gracia, que la Madre Santísima no se mueva más del Oratorio de María Reina, parcela 42 de Águila Sur.

Es un gran don de lo alto, ya no solo la imagen es imagen santa, como la Medalla Milagrosa, sino desde la Radicación , el lugar se tornará un lugar Santo de la Presencia de Dios Altísimo por medio de María Reina, en el lugar mismo. Para que el pueblo peregrino vaya llevando el pan y el vino a celebrar los triunfos de María Santísima en la viña del Señor, que se reúne en María Reina, Santuario de la gracia, Trono de la Sabiduría, Sede del Milagro.

Es la Eucaristía el motor principal por medio del que la Madre Santísima puede hacerse reina de las divinas gracias en nuestro querido, dulce y amado terruño de María Reina, donde más y más se van a ir comunicando misiones, vocaciones y tareas admirables, que llevarán hombres y mujeres, normalmente muy débiles, para manifestación del triunfo de Jesús por su Madre.

Aunque el mundo alejado de Dios gruñe escéptico y confundido en sus cábalas y falsos ritos, que nunca dan la felicidad, a lo más distraen y entretienen por un rato, finalmente nos dejan tanto más fríos de lo que estábamos. Sabemos que el fruto de la santidad de vida, que podamos adquirir en este mundo, es el Reino de los Cielos. Ya ocurre en parte en esta vida, sobre todo más allá de la muerte.

Vivir y morir en Dios es lo más grande, que nos puede suceder. La Escritura se encarga de decirnos que ni el ojo vio ni el oído escuchó, ni la mente puede siquiera imaginar la felicidad que nos espera. Llegaremos a perdernos posiblemente por estar demasiado secularizados, demasiado acostumbrados a postergar la oración y en general lo de Dios en nuestras vidas. Es cierto que lo secular tiene sus colores propios que hay que respetar y que la Iglesia siempre ha buscado respetar, pero de ahí a pasar al secularismo, es otra cosa.

El secularismo dice que Dios, la revelación, la Iglesia, no tienen nada que meterse en las cosas del mundo secular; que la moral nada tiene que pedirle cuentas a la ciencia, al arte o a la política, al periodismo, a las comunicaciones, a los estilos de vida del mundo.

Proclamar y vivir en la Eucaristía, buscando la santidad, como nos señala el 2 desafío del 3 de noviembre, equivale a impregnar todas las estructuras del mundo con los colores y preceptos que vienen del Evangelio.

A fines de octubre el santoral nos recordó a San José Moscati (1880-1927), un santo que vivió profundamente entregado a los enfermos por medio del ejercicio de la medicina, un santo laico médico, al servicio heroico de los pobres, a quienes amó y sirvió como médico, muchas veces actuando gratuitamente, y hasta comprando de su bolsillo los medicamentos de los enfermos indigentes.

Un hombre que supo, por el triunfo de lo espiritual en él, por el trasfondo del amor a la Santísima Eucaristía y a la Santísima Madre, abrirse con fuerte entusiasmo a la ciencia médica, a los congresos de medicina, donde participó para estar mejor preparado para curar las enfermedades, aunque en muchos de sus colegas médicos imperaba el positivismo, que deja religión, espíritu y ética, arrinconados sin mayor incidencia en la vida práctica.

Tenemos que remar mar adentro, con firme entusiasmo, buscando causas de servicio a Jesús escondido en el rostro de hombres y mujeres de este mundo, que necesitan urgentemente, dentro de la realidad secular, la presencia amorosa de Cristo Jesús que salva, que no está ajeno a las realidades seculares.