Las vocaciones de entrega total

. . . .Encuentro con un joven lleno de ideales y grandes anhelos cuando era párroco en San José de la Mariquina. Estaba en la oficina parroquial y un joven de una familia católica con bastante participación en la Iglesia, vino a visitarme. De pronto me insinuó que quería hablarme en lugar privado y más tranquilo, no tan cerca de los feligreses que venían a pedir diversas cosas en la oficina parroquial.

. . . .Me recuerdo como si fuera ayer, lo llevé al comedor. Y me pidió que le diera un consejo muy especial. ¿Qué es lo más grande que puedo hacer de mi vida?

. . . .Con una respuesta de fe le dije, evidentemente lo más grande que puedes hacer de tu vida es hacerte sacerdote. El sacerdote es otro Cristo, cuando celebra sobre el altar, dice las palabras de la Última Cena, las dice no como quien habla en nombre de otra persona sino en nombre propio: Esto es mi Cuerpo y este es el Cáliz de mi Sangre. Lo mismo cuando perdona pecados: yo te absuelvo... Es decir Jesús mismo actúa cuando el sacerdote confecciona los sacramentos. ¿Podía un hombre de fe decirle otra cosa?

. . . .Me sorprendió su respuesta: eso es demasiado poco para mí. Yo quiero algo más... Nos enseñó San Gregorio Nacianceno cuando era un joven sacerdote. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero también su fuerza. [Por tanto, ¿quién es el sacerdote? Es] el defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles, glorifica con los arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece [en ella] la imagen [de Dios], la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en él, es divinizado y diviniza (Or. 2, 73)