Los 150 años del Dogma

de la Inmaculada

"Ave María Purísima", le digo a un niño de la catequesis en mi parroquia, o en otras partes, y me suele responder: "sin pecado concebido", de inmediato corrijo: "sin pecado concebida", es decir, no es que María haya concebido a Cristo sin pecado, lo cual es evidente en sí, es una verdad implícita en la divinidad de Cristo.

El Espíritu Santo no puede pecar, de modo que es innecesario decir que Jesús, el hijo de Dios vivo, la Segunda persona de la Santísima Trinidad, no ha pecado nunca en todo el transcurso de su vida encarnada. Por esencia divina, por naturaleza divina no puede hacerlo: Dios no puede volverse contra Dios.

Es María Santísima, necesitamos saberlo y expresarlo de continuo, para que nos quede en claro en la práctica, el poder salvífico omnipotente de Cristo Jesús. Ella fue concebida sin pecado desde el primer instante de su ser natural; fue exenta de toda mancha de pecado, aun el pecado original, que nos viene por nuestra madre Eva, Ella colaboró a la gracia y cuando tuvo la oportunidad de haber sido tentada por el diablo, jamás dejó de hacerse la humilde esclava del Señor.

Después de muchos siglos de discusiones teológicas, hasta llegar a la convicción, cada vez más profunda, que María Santísima había sido exenta de toda mancha de pecado, en atención de los méritos de Cristo Jesús, por los que fue preservada inmune aun del pecado original, la Iglesia se manifestó por este principio de fe: María es inmaculada en su concepción. Por eso es que hay que decir: Ave María purísima....sin pecado concebida.

El Papa Pío IX pronunció ex cátedra, sobre la Cátedra de Pedro, esta verdad de fe, es decir, dogmática; es un dogma de fe. En los dogmas de fe la Iglesia jamás puede equivocarse. Decir que María Santísima es Inmaculada también desde su concepción en forma dogmática, quiere decir que pasa a ser un axioma teológico, desde el que los teólogos católicos jamás se pueden salir sin pecar contra la fe.

La formulación del dogma incluye que "María es la inmaculada, María fue inmaculada desde el primer instante de su ser natural", no hubo nada de pecado en Ella, ni siquiera el pecado original.

Si esto ha sido así, y lo es, quiere decir que nuestra Madre nos está llamando en nuestros grupos a trabajar firmes por la autoeducación y no dejarnos estar en el ejercicio continuo del sacramento de la reconciliación, mediante la confesión de nuestros pecados, a quien tiene el poder conferido por Jesucristo mismo para perdonar pecados: los sacerdotes que están en comunión con su obispo.

Debemos de ahora en adelante, con la experiencia de estos 150 años del dogma de la Inmaculada, luchar decidida y firmemente contra el pecado y tener como un hábito fundamental de los grupos marianos la confesión habitual de los pecados aunque posiblemente el sacerdote pueda ser un pecador y más pecador que uno.

Lo que importa ahí, para efecto de nuestra santidad de vida, no es que sea pecador o no sea pecador, sino que lo que importa es que el sacerdote tiene el poder dado por Jesucristo de perdonar pecados. Así, vamos participando lo más que se puede del dogma de que María es la Inmaculada, llevando una vida también inmaculada por medio del sacramento con que el Señor mismo nos perdona diciendo esta palabra: yo te absuelvo. Es evidente que el sacerdote debe tratar de vivir una vida conforme con su identidad; que puede ayudar a otros a salvarse, por eso es fundamental que se corrija a sí mismo, usando a su vez también del sacramento del perdón de los pecados.