Editorial de diciembre de 2004

"El que la sigue la consigue", nos gritaba a los escolares a la salida de clases, como una muletilla de comerciante, pregonando sus dulces turrones, un caballero al frente del colegio cuando yo era niño. El Padre Dios ha sido fiel, ha seguido siempre adelante con su obra creadora, a pesar de los fracasos, el desastre de Sodoma y Gomorra, y antes del diluvio universal. El que sigue la consigue; el Señor ha seguido dando su gracia por la que el Oratorio y cada uno de nosotros seguimos adelante. Si no quisiera, si no estuviera en su plan, hace tiempo que nos lo habría manifestado y "algo" hubiera cambiado nuestra voluntad de entrega a Dios en nuestro movimiento por otros anhelos también válidos y generosos.

Pero no ha sido así, Él mismo nos fue guiando paso a paso, verso a verso, golpe a golpe, piedra fundacional a piedra fundacional, y estamos aquí.

Todo el misterio de esto se sintetiza con la voluntad de Jesús de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Nosotros lo hemos vivenciado por medio de la presencia de la Madre en nuestro Oratorio, dando las gracias abundantes que le hemos pedido: gracia de acogida, de llamadas, de cambio de vida, de acompañamiento, como la columna de nube y de fuego, que fue acompañando al pueblo de Israel, asimismo, la gracia de la irradiación apostólica.

Además se presentan otras gracias externas como son las "curaciones milagrosas" que se han dado con ocasión del Oratorio y otras manifestaciones sobrenaturales, que también nos ha concedido la Madre Santísima de "llapa", sin habérselas pedido tanto.

Nuestra espiritualidad está centrada en la imagen de gracia, en que se han hecho los desafíos. Es el sacramental de la presencia especial de María Reina, Santísima Madre del Señor. Ahora, a partir de la Radicación, es también el lugar, desde en que se manifiesta María Santísima con la presencia providencial de Dios en nuestros Oratorios, que tienen radicación, toda presencia mariana apunta a una gran presencia, que es la Eucaristía.

Jesús está presente con su Cuerpo y con Su Sangre, todos los días hasta el fin del mundo, es un sacrificio de una vez para siempre pero que se hace continuo por el sacerdocio por el fundado: "Hagan esto en memoria mía". Es el sacrificio que salva al mundo de sus pecados e incapacidades como los tiempos del diluvio y de Sodoma y Gomorra.

Nosotros, con nuestras incapacidades y tibiezas, en cada coyuntura estamos haciendo reventar al sistema, y si no fuera porque Dios nos socorre, y nos apuntala, no habría sino calamidades espantosas que lamentar. Pero la verdad es que somos prácticamente incorregibles; estamos siempre con el olvido de las bondades y misericordias de Dios, y seguimos porfiando y echándolo a perder todo por causa de nuestra incredulidad que no termina con nada: ni por más milagros que nos haga el Señor. Terminamos siendo como Judas Iscariote, que vio todos los signos de Jesús antes de su Resurrección pero para él mucho más real era el dinero que le sustraía al Maestro.

Jesús viene en esta Navidad para hacernos partícipes de su alegría y felicidad, que no se terminan; todo el ambiente de regalos y saludos, encuentro con seres queridos, tarjetas y abrazos de Navidad viene a ser como un símbolo sacramental del regalo de Dios al mundo: no podemos imaginar siquiera la felicidad de Jesús que nos comunica, a los miembros de su cuerpo, que conformamos su Iglesia Católica Universal... El que la sigue la consigue, siguiendo a María, la Madre de Dios, conseguiremos también la vida eterna que Jesús, su Hijo, nos comunica. Amén.