Alegría, aleluya, alegría.

 

. . . .Vociferaba el pueblo judío de Jerusalén, dirigido por los sumos sacerdotes, escribas y fariseos: crucifícalo, crucifícalo, crucifícalo.

. . . .¿Muerte, dónde quedó tu victoria? El Señor resucitó, está vivo, no le busquen entre los muertos. A diferencia de la resurrección de Lázaro, de la hija de Jairo, del hijo de la viuda de Naím, o de la resurrección del hijo de la sunamita en el segundo libro de Reyes: Jesús ya no muere más. Resucitó el Señor, la muerte fue absorbida por la vida, con esto nos despedimos en forma definitiva de las depresiones, angustias y melancolías.

. . . .Aunque vengan por motivos circunstanciales, siempre tendremos la llave maestra en la mano para poder superarlas. Cristo venció la más terrible y temible muerte ocasionada por los siglos. Nadie podrá jamás quitarnos la esperanza que si morimos con Cristo viviremos también con Él. Por eso es importante la expresividad festiva en estos días de tiempo pascual. No se puede andar tristes y abatidos por cosas triviales y transitorias, si Cristo nuestra Pascua ha resucitado.

. . . .El Padre Alberto Hurtado, como hombre de fe, acuñó esa frase tan elocuente durante todo el año pero en especial durante el tiempo pascual: "Contento, Señor, contento" que el Oratorio secunda como réplica: "alegres, Madre, muy alegres". Toda la Iglesia se rejuvenece con limpia hermosura y alegría sin igual. Jesús ha resucitado y su gloria llena el cielo y la tierra. En forma patente en el cielo y en forma escondida en la tierra, mientras no venga en su segunda venida, Él será grandioso y terrible.

. . . .¿Estaremos preparados para abrirle a penas llegue? Los frutos de esta buena preparación serán: la caridad, la alegría, precursora de la felicidad gloriosa; la paciencia para soportar toda clase de pruebas y persecuciones por causa de Jesús; la generosidad como la del Beato Alberto Hurtado, que no escatimó su tiempo, su dinero y enfrentar peligros con tal de darlo todo; seres positivos, que en la benignidad y sentido de hacer el bien no faltan nunca.

. . . .La bondad de Jesús será un rasgo inconfundible en los que el Señor encontrará cuando vuelva al fin de todo; serán personas leales y fieles a carta cabal, respecto a Dios y a su prójimo, la agresividad no habrá dejado ni vestigios, ni las huellas más pequeñas. Mansos como corderos habrán de ser los discípulos del Señor, el que fue manso y no clamó ni grito cuando lo llevaron al matadero, al suplicio del Gólgota. Se hizo obediente a la muerte, y muerte de cruz.

. . . .No se descubrirá en ellos los rastros de vicios inconfesables, sino estarán conducidos por el Espíritu Santificador, que supera en nosotros al hombre carnal, quien desagrada a Dios con su conducta mala y va formando en nosotros al hombre espiritual, que somete en sí a los instintos... alegría, aleluya al Señor, alegría.