¿Qué nos enseña la Semana Santa?

. . . .Por algo la Iglesia la llama Semana Santa, porque en ella, después de cuarenta días de preparación, se efectúan los mayores hechos por los que queda realizada perfectamente nuestra redención.

. . . .Ibamos a quedar sometidos a Satanás, el terrorífico, y para siempre: el creador de la gehenna, el infierno, a quien íbamos a quedar sometidos sin posibilidad de escapar de sus garras, como los torturados pueden verse libres de sus tormentos cuando llega a tal punto la tortura que no resisten más y se mueren de dolor. Ahí empieza la liberación de la tortura. Los difuntos condenados al infierno no tienen la posibilidad de morir; siguen siempre, perpetuamente bajo las redes del abismo. No pueden hacer ni siquiera huelga de protesta para verse liberados de las cárceles del mal.

. . . .Jesús pagó por todos nosotros, los que queremos vernos libres de ese proceso, llamado la segunda muerte. Su muerte, precedida por una pasión muy dolorosa, con todo tipo de torturas, pagó todos los pecados del mundo, quien murió es el propio Jesucristo, el Verbo de Dios encarnado, el Emmanuel, Dios con nosotros. Si no se hubiera encarnado no podría morir; de la única manera en que Dios podía morir es que se apropiara de una verdadera naturaleza con cuerpo capaz de morir. Si se hubiese angelizado no podría morir; tenía que hacerse hombre, encarnarse para poder morir y pagar el precio de nuestra salvación. En su bondad infinita lo hizo.

. . . .Pero nos enseña la Semana Santa asimismo que la muerte fue absorbida por la vida y Jesús resucitó con un cuerpo nuevo a diferencia del de Lázaro; se trata de un cuerpo que ya no muere más. Resucitó para siempre. Y con ello quedó establecida la resurrección como la nueva norma de la vida humana después de este mundo. Todos vamos a morir con Cristo, pero no para siempre. Resucitaremos con Él. Pero el morir con Cristo es la tarea de ahora. Jesús lo dijo enfáticamente: el que quiera ser mi discípulo, tome su cruz de cada día y sígame.

. . . .En el Oratorio se respondió a esta estructura del plan de salvación, con el tercer desafío "el día en que nadie en el Oratorio acepte recibir su cruz, buscarla y pedir la gracia y fuerza para poder llevarla, que se vaya la Madre del Oratorio", es decir, el que no recoge con Cristo, desparrama.