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. . . . La magia del Pesebre nos junta año a año con el Niño Dios, nacido en Belén para adorarlo.

. . . . ¿Qué es lo que tiene el Pesebre, que nos congrega con tal poder de convicción que hasta los paganos de alguna manera lo celebran? Dichoso el que contempla con el corazón, sin mentirse, sin apuros y sin soberbia. Será como un sauce llorón plantado en la orilla del arroyo o de la acequia; sus hojas de verde intenso, como pulmones vigorosos, mantendrán bien aireado todo el organismo.

. . . . La gracia Santísima de Dios, no les permitirá que se sienten en la banca de los cínicos, los burlistas y violentos de siempre, que en grupo asaltan, roban, golpean, dejan mal heridos o hasta matan, porque sus corazones resuman pecado, crueldad y traición.

. . . . Los que entran con sinceridad y fuerza en el misterio de Navidad, adquieren un corazón bueno; se introducen en el torbellino del amor, que como poderoso imán nos atrae hacia lo bueno. Nuestras lágrimas de soledad y pesar por tantas equivocaciones y errores cometidos en la vida, terminan por hacernos convertirnos. Así como lo malo ha hecho mella en nosotros, sofocando nuestro verdadero yo, estrangulándolo y maniatándolo con fuertes ligaduras; así también la ternura del Niño Jesús, de María Santísima y de San José, hacen que también nuestro mejor yo se desahogue y salga a flote armoniosamente. Belén es Belén; no permite que nos quedemos definitivamente en la mentira y el comercio de la verdad; no permite que vivamos en la feria de las vanidades y en el grotesco show de los brujos de este mundo, empeñados en dirigir hacia el mal, para no perder el rating que hace famoso y reina, como en la corte, los duques, condes y mariscales de las muecas burlonas...

. . . . Belén, siempre Belén, el Pesebre de Cristo Jesús, siempre Pesebre, siempre invitación amorosa.