10.- El arte de la meditación en el Oratorio

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. . . .La vida se expresa en distintas actividades. Si no se expresa se muere; por ejemplo, si los árboles toman la resolución de no echar brotes ni crear ramas, no tener hojas ni florecer, se mueren. Si un pianista deja de ejercitarse al piano, sus dedos pierden elasticidad y termina por equivocarse, al principio en forma que él solamente se da cuenta, pero después ya queda manifiesta la desmejora ante otras personas.

. . . .La meditación es el respideradero de la vida espiritual. Cuando meditamos, nuestra fe práctica en la transoperancia de Dios sobre nuestras vidas se mantiene viva y rebosante de buenas obras. A veces engañados por la mentalidad consumista y de la eficacia numérica, nos encandilamos en miles de cosas que hay que hacer y la meditación empieza a perder su fuerza primitiva en la vida espiritual; nos extravertimos y los demás nos ven afanados en muchas cosas pero no descubren caridad y amor en nosotros.

. . . .El método práctico para la meditación nos enseña que deben haber muchas fórmulas de meditación para que vayamos superando la rutina, que es uno de los cánceres que atacan la vida de meditación.

. . . .Siempre ayuda la postura física del cuerpo. Un buen esquema de meditación desde el punto de vista físico es diez minutos de rodillas, sin escribir, simplemente adorando y ocurriéndose en la mente muchas cosas o pocas según el don de cada cual. Después hay espacio para escribir unos quince minutos lo que se nos ocurrió en los momentos de silencio anterior. Finalmente los cinco minutos restantes de rodillas, en oración de quietud, dejando que la mente "se deje estar en el Señor o en nuestra Madre"; es como sumergirse en El.

. . . .No hay que ponerse nervioso por la productividad en ideas religiosas o en sentimientos especiales o en premoniciones espirituales, que pueda contener una meditación. Lo importante de la meditación es hacerla. La meditación cuando se hace es siempre buena; siempre el Espíritu Santo nos comunica algo que nos hace bien. Es como los bañistas que se asolean, se dejan quemar la piel por el sol y después se refrescan en las aguas frías de la mar salobre.