13.- Enero, Ecumenismo.

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. . . .El escándalo de la desunión de hombres piadosos, que aman a Jesucristo y lo siguen celosamente nos espolonea a buscar una unión sincera. Hemos dicho en la 7ª piedra fundacional, que la familia unida es misionera, es vertiente de gracia. Es Dios siempre quien da la gracia; pero El la condiciona a ciertos signos ya sea por El mismo establecidos en la Revelación, como son los sacramentos; o en signos que ha establecido la Iglesia en su experiencia bimilenaria. Aunque sea la Iglesia quien establece esos sacramentales, es Dios quien los respalda y da la gracia; un excelente ejemplo es el Santo Rosario, las peregrinaciones, romerías, retiros de todo tipo, las imágenes sagradas que fueron aceptadas en el segundo concilio de Nicea. En nuestro Oratorio creemos, por la experiencia de nuestra historia, que el Señor ha establecido que la imagen sagrada de nuestra Madre, los oratorios, el Cáliz del Padre y la familia, son vertiente de gracia. Por eso cuando la familia se mantiene unida es vertiente de gracia, es sacramental de la presencia de Dios en el Oratorio.

. . . .Cuando la familia se desune, cuando hace primar sus diferencias, tiende necesariamente a ocurrir que nos volvemos escandalosos. ¿Quién va a creer en nuestra buena voluntad? El adagio griego de los antiguos dice: Polemos pater pantoon: la guerra es el padre de todas las cosas. La verdad es que es un falso axioma proveniente del pecado original; la guerra siembra ruina y muerte; no engendra vida sino destrucción.

. . . .La unidad por el contrario, significa fuerza, como dice la experiencia de la vida: la unión hace la fuerza. Si en una industria los trabajadores no hacen equipo, la industria no prospera. Es esencial la unión de voluntades.

. . . .La Iglesia separada es un escándalo que no puede tolerarse. Los que nos ven separados no pueden creer en quien no motiva en nuestra religión. Los ateos no podrán convertirse de verdad al ver las peleas que hay entre nosotros los cristianos.

. . . .Somos intolerantes; no nos gusta dejar crecer a los demás; queremos crecer nosotros y que los demás se acaben. Esto, lejos de atraer, produce rechazo, no solamente a nosotros sino a Jesucristo que está detrás de nosotros. Es nuestra desobediencia lo que está matando la fe.