1.- Ampliación de datos sobre la señora María Dolores.

 

. . . . Nació cerca de 1913 en Loncovaca, algo distante de Villarrica, en la Novena Región de Chile. Su familia fue numerosa; tuvo doce hijos. Se vio obligada a casarse porque su padre, con el criterio machista y autoritario de aquella época, le hizo la vida imposible a sus hijas.

. . . . Su vida religiosa la obtuvo por el ejemplo de su mamá, la abuelita Carmela, que le enseñó las verdades de la fe. Era una mujer profundamente piadosa; su vida se iba desgranando como las cuentas de un rosario, de novena en novena. Era muy aficionada a la novena de San Roque, por las pestes que se cernían peligrosamente en esa época sobre las familias.

. . . . La Sra. María Dolores Romero conoció el Oratorio Mariano desde 1985, cuando el Padre Sergio visitaba Panguipulli en sus correrías apostólicas.

. . . . Allí fue modernizando sus conceptos de piedad, asumiendo el mundo del Concilio Vaticano II, tal como él les iba mostrando a su grupo mariano los valores del evangelio actualizados. Se hizo ferviente del Santo Rosario. En esto ayudaba la Sor Adriana, religiosa de la Santa Cruz, que asesoraba ese grupo de Señoras.

. . . . El Padre Sergio recuerda que la señora María Dolores era una viejita muy cariñosa, cumplidora, puntual en las reuniones, y se le notaba un gran amor a la Santísima Virgen. Su rostro trasuntaba dulzura, bondad y alegría. La Sra. María Dolores dio su tercer grado; y se sabía profundamente unida al Oratorio. Nunca dejó de ser del Oratorio aunque el Padre Sergio no pudo seguir viajando a Panguipulli con la aceptación de la Parroquia de San José de la Mariquina.

. . . . Era una feligresa fiel y constante en su parroquia de Panguipulli. Tenía el rosario a su cargo, que rezaba fervorosamente en las Stas. Misas dominicales; como no podía separar todo eso de su pertenencia al Oratorio hacía cantar a los presentes el Himno del Oratorio. Los padres capuchinos nunca se lo prohibieron.

. . . . Su sentido social y de solidaridad con los que sufren la llevaba los domingos a preparar una canasta con pancitos que le regalaba a los enfermos en el Hospital de Panguipulli. Pasaba a rezar sagradamente los domingos a la gruta de la Virgen por la conversión del mundo entero.

. . . . Lo que más le gustaba era la autoeducación y querer imitar a la Santísima Virgen, la Madre del Pueblo, la Madre del Oratorio.

. . . . Ella quería ser santa; sus labios nunca pronunciaron palabras insolentes o chistes pasados. Decía: somos imitadoras de la Santísima Virgen, no podemos escuchar ni pronunciar esas cosas.

. . . . Respecto a la televisión, ella no quería que se viese algo feo, apenas aparecía algo de ese estilo, inmediatamente decía, apaguen eso; enérgicamente lo decía.

. . . . Hizo honor a su nombre, asumió el dolor de un modo heroico. A evangélicos, mormones, católicos, a todos les hablaba y les aconsejaba.

. . . . Respecto a su muerte pedía que cuando se muriera le pusieran el rosario en su cuello. Nunca tuvo miedo a la muerte; lo que Dios quiera, Señor, decía.

. . . . Le entró cáncer en la cara, cáncer a la piel. El origen de ese cáncer se remonta a una costumbre que tenía de espabilarse del sueño, en medio de sus oraciones, usando toallitas que empapaba en agua fría y luego frotaba en sus mejillas. Ese método que tenía la Sra. Dolores para poder rezar a veces toda la noche, la iba a llevar a adquirir el cáncer a la piel de su cara. Era una mujer extraordinariamente contemplativa; a cada rato que tenía, se iba a rezar. Era una contemplativa en medio del mundo.

. . . . Le dolía mucho su cáncer; la morfina no le hacía nada y ella decía: gracias, gracias Señor, por estos dolores; los ofrezco por la conversión de los pecadores. Siempre estaba rezando; nunca eso sí para que se le quitaran o aliviaran si quiera en algo. Nos decía a sus hijas, en medio de su doloroso Calvario: "Me gustan, mi hijita, porque son frutos para el cielo". No pedía que le quitaran sus sufrimientos que la invadían por todo lados, sino que le gustaban para poder ofrecerlos. El sufrió en la cruz siendo inocente; yo estoy sufriendo porque lo merezco, soy una pecadora...

. . . . Sucedían en torno a ella verdaderos milagros. Teniendo un tumor del tamaño de una pelota de fútbol, este se resolvió solo, sin que haya habido intervención humana algún tiempo previo a esa curación tan extraña.

. . . . La última agonía.

. . . . Estuvo cinco días sin poder respirar, porque el cáncer le llegó al pulmón; los médicos no querían ponerle oxígeno. Se ponía morada. Fueron 7 días en que estuvo ahogándose. Cuando le pusieron oxígeno duró ocho horas y estuvo saltando en la cama; todo su cuerpo se retorcía y temblaba. De pronto miró hacia el cielo; se sentó y se puso moradita; se quedó muerta, con una paz muy profunda que envolvía su rostro ya muerto.

. . . . No hubo llanto en ningún momento, tampoco en el cementerio. Ahora sí que hemos llorado porque la vimos sufrir tanto. La velaron en la pieza; y los familiares quieren construir un Oratorio en el mismo lugar donde la velaron.

. . . . En su funeral en Panguipulli hubo hasta 17 personas que acudieron; se sentía pura paz y alegría. Contagiaba espiritualmente a sus nietos; una de ellas dijo que le pedía a la Santísima Virgen que le dé los mismos sufrimientos de su abuelita.