Carta breve a ser leída junto al Pesebre

en la Noche Buena del 2002.

Mi querida familia del Oratorio:

Gozamos con la presencia de la Madre Santísima en nuestra Imagen y también en el Lugar santo del Oratorio, donde se ha hecho una radicación hace 15 años atrás. Nos arroja una gran luz para el futuro de los otros oratorios. La Novena recién terminada de rezar, nos ha ayudado a refrescar la memoria de eso tan íntimamente constitutivo, de nuestra identidad como movimiento.

La noticia refulgente del nacimiento del Niño Dios, resplandece llena de vitalidad, que nunca se acaba; es una fuente inexhaustible. Nos atrae el ambiente amoroso del Pesebre, en que está recostado Dios hecho hombre.

María y José oran, contemplan en silencio y adoración. Ese Niño no es simplemente un niño amoroso, como todos los recién nacidos, sino es el Hijo de Dios, es su Dios que está ahí.

Cada uno de nosotros tenemos que adentrarnos en el misterio de Belén para poder seguir vivos espiritualmente, con fuerza y firmeza. Cada uno de nosotros trae su historia anual personal, que por supuesto, es única e intransferible. Solamente en ese ambiente amoroso del Pesebre, junto al Niño, María y José, es donde tenemos valor para ventilar nuestra historia, con sus peligros, gozos, angustias y progresos del día diario.

En Navidad recibimos la paz, que cantaban los ángeles: "Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres de buena voluntad." o no la recibimos, por no haber sido dignos de ella. Todos los miembros de esta familia, con toda la Iglesia, estamos llamados en forma apremiante a adentrarnos en la realidad del Niño de Belén, María y José. Son tres que en pobreza y marginalidad vivieron entrando en las promesas del misterio de Belén, en la Gruta, donde ingresaron los pastores con humilde estilo de presentación.

Ellos no quedaron fuera del misterio; no se metieron al laberinto de los mil y una pasión en que quedaron intrincados Herodes, Poncio Pilato, Anás y Caifás, Judas Iscariote, el joven rico, los de Sodoma y Gomorra, y más atrás en la época del diluvio.

Estamos leyendo esta carta en familia junto al Pesebre, no para consumir regalos cada vez más estrafalarios y costosos, mientras a muchos pobres y marginales les falta hasta lo más necesario.

En la Gruta de Belén está el lugar de encuentro, donde caen muchas máscaras y lo mejor de nuestro grupo familiar se puede encontrar ante la ternura y bondad, que irradian Jesús, María y José.

Los bendigo muy especialmente en estos momentos de comunión fraternal en familia para celebrar la Navidad.

 

 

 

P. Sergio Mena González

Oratorio Mariano

 

 

 

María Reina, Aguila Sur, 22 de diciembre de 2002.-