5.- La Santidad al borde de nuestra vida

 . . . .Todos y cada uno de nosotros estamos constantemente asediados por las llamadas de Dios, que nos llevan por medio de nuestro ángel de la guarda a buscar hacer el bien y evitar el mal.

. . . .Dios está al borde de nuestra vida, su espíritu Santo no deja de manifestarse presente de nuestras vidas. Algunas veces habla escondido detrás de las circunstancias triviales para conseguir que queramos hacer su voluntad, sin violar ni en lo más mínimo nuestra autenticidad y libertad consecuente. Hace un trabajo de finísima joyería por pura misericordia y bondad infinita. Nada gana Él con que nos acerquemos a la santidad: es solamente por nuestro bien, para hacernos partícipes de su bondad y felicidad infinitas.

. . . .En otras circunstancias, se introduce con fuerza y grave fragor, dejando palmariamente aceptada su autoridad y su fuerza amorosa, que no nos deja proceder de otra manera por la misma circunstancia y su contorno.

. . . .Esto lo vemos ejemplificado en la vida de San Pablo. Saulo va con cartas de los sumos sacerdotes para autorizar una persecución contra los cristianos que han ido a esconderse en Damasco, sigue implacablemente su labor persecutoria, ya fuera del terreno Palestino. Pero, ahí se presenta el hecho de fuerza, un rayo a medio día lo arroja de la cabalgadura y se escucha su voz firme y autoritaria, responsable de esta caída en el suelo, porque Dios tiene poder sobre todas y cada una de sus criaturas, que se rinden a sus pies por así decirlo. La santidad estaba al borde de la vida de Saulo, que llegaría a santificarse como un vaso de elección especial, como apóstol de los gentiles.

. . . .En la vida de Santa Teresa de los Andes, se nos narra cómo ella experimentaba toda esa autoridad y fuerza en el amor, que se le presentaba como a Sta. Bernardita en Lourdes, como fuerza irresistible de ir a la gruta. En Sta. Teresa era esa fuerte vivencia que ella expresó: "Ése loco de amor me tiene loca de amor".

. . . .En la vida de cada uno de nosotros hay que aprender a descubrir nuestras horas de Damasco y nuestras horas tranquilas de claustro en que, como un arrullo nos lleva a tener diálogos amorosos inspirados, casi diríamos experiencias místicas: es que Dios está siempre al borde de nuestra vida

. . . .Tan firme es esta convicción, que hasta los paganos han llegado a experimentarlo cuando escribían: "En Él vivimos, nos movemos y existimos".