EL ADVIENTO Y SU CORONA
El del Adviento tiene dos características es a la vez un tiempo de preparación alas solemnidades de Navidad en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios entre los hambres, y un tiempo en el cual, mediante esta celebración la fe
se dirige a esperar la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. El Adviento se presenta entonces, por estos dos
motivos como tiempo de piadosa y alegre esperanza. Esta dualidad significativa del Adviento se comprende a la luz de la historia: el término latino adventus ("venida”) fue un principio aplicado a significar un período preparatorio no tanto para conmemorar el nacimiento de Jesús Como para esperar su segunda venida sobre la tierra, la parusía. Los textos de los más antiguos sacramentarios son bastantes explícitos sobre el particular. Sólo más tarde se comenzó a hablar de domingos ante adventus Domini, tomando el término aventus en e sentido de Navidad y haciendo popular el concepto de que el Adviento es exclusivamente uno preparación a esta solemnidad. La misma historia se ha encargado de darle dos rostros al Adviento.
1) ESPERA DE LA SEGUNDA VENIDA
El primer rostro del Adviento, aquel que expresa su dimensión escatológico y que quiere crear en nosotros una actitud expectante de la segunda venida de Cristo, lo encontramos en las Celebraciones que se escalonan desde domingo primero hasta el 16 de diciembre inclusive.
Esta dimensión escatológico la encontramos claramente reflejada en muchas fórmulas. Tomemos, por ejemplo, la oración colecta del primer domingo:
«Concédenos, Dios Todopoderoso, el deseo de salir al encuentro de tu Hijo, para que, habiendo practicado las buenos obras, podamos estar contados entre los que están a su derecha y gozar de su compañía en el Reino celestial”.
Es evidente que esta plegaria tiene como telón de fondo la imagen del juicio final tal corno se describe en el evangelio (Mt, 25, 31 – 46) Si pedimos “estar a al derecha” del Señor es porque sabemos que allí oiremos el
“Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. Este trasfondo Bíblico nos aclara cuáles son las genéricas “buenas obras” que hemos de practicar: servir y reconocer a Cristo en cada uno de sus hermanos más pequeños (v.40). El texto litúrgico subraya nuestro activo caminar hacia la parusía con aquel “salir al encuentro “ de Cristo que, ausente en la alegoría del juicio final, se encuentra en la parábola de las vírgenes (Mt 25, 1).
La vigilancia, que caracteriza la actitud del discípulo que espera el retorno de Jesús, consiste ante todo en mantenerse en estado de alerta y, por lo mismo exige el desprendimiento de los placeres y bienes temporales (LC, 21,34). La esperanza de lo definitivo tiene una inmediata consecuencia existencial: la relativización de lo transitorio. Nada extraño entonces que el Adviento sea considerado tiempo oportuno para pedir la gracia de una sabia valoración de las realidades terrenas. La participación en el misterio litúrgico nos enseña a caminar por lo transitorio “amando lo permanente”, o bien, a saber valorar con sabiduría lo terrenal adhiriéndonos a las cosas celestiales.
Aunque los textos de las primeras semanas estén fuertemente marcados por la imagen del Cristo de la parusía, no dejan de indicar aquí y allá el otro rostro del Adviento: la preparación a la Navidad. Y es que ambas cosas están unidas: "por que al venir por primera vez en la humildad de nuestra naturaleza, él dio cumplimiento a su antiguo designio y nos aseguró la salvación eterna. Y cuando venga por segunda vez, en el esplendor de su gloria alcanzaremos la plenitud de las promesas que ahora esperamos ansiosamente” (prefacio primero de Adviento).
1) PREPARACIÓN DE LA NAVIDAD
A partir del 17 de Diciembre la comunidad cristiana es invitada a concentrar su atención en la primera venida del Señor, a prepararse para una fructuosa celebración rememorativa de la Navidad.
A medida que se aproxima la fecha de la Navidad debe crecer también aceleradamente la preparación espiritual para su celebración. Se trata de una aceleración que alcanza su clímax en la mañana del 24 de Diciembre: la oración colecta, haciendo a un lado la ordinaria disciplina de dirigirse a Dios Padre, vuelve su mirada impaciente a Cristo y lo invoca ansiosamente: ¡Apresúrate, Señor Jesús, no tardes¡.
Estos ocho días de preparación a la Navidad constituyen una invitación al “recuerdo”. Es la larga historia de Israel y de su espera Mesiánica la que se nos hace presente. El prefacio segundo de Adviento nos coloca claramente en esta perspectiva histórica:
"El fue anunciado por los profetas, la Virgen Madre lo engendró con amor inefable, Juan Bautista proclamó la inminencia de su venida y reveló su presencia entre los hombres”.
Por eso los textos litúrgicos están impregnados de alusiones bíblicas. La liturgia evoca, con su peculiar estilo de exégesis espiritual, las profecías de Jesucristo y nos habla del Emmanuel (Is. 7, 1 14 ), del vástago del tronco de Jesé (Is. 11, 1), del misterioso niño que es Príncipe de paz (Is 9, 6), del deseado de todas las naciones (Ag. 2, 8), del Cordero de Dios anunciado por Juan (Jn1,29).
La presencia intensa de de María es quizás el rasgo más notable de esta semana de preparación a la Navidad. Era obvio, por otra parte. En ella se condensa la expectación de los siglos. Nadie como ella puede indicarnos la actitud auténtica con que se espera el Nacimiento de Cristo. La Iglesia nos muestra a María Santísima como prototipo de la obediencia de la fe, como modelo de respuesta a la Palabra de Dios, como ejemplo de receptividad fecunda .y acogida humilde. Esto aparece claramente en la bella y densa Oración colecta del 20 de diciembre:
“Concédenos, Señor, que así como la Virgen inmaculada al aceptar el anuncio del ángel recibió tu Palabra inefable y quedo llena del Espíritu Santo, hecha mansión de la divinidad, también nosotros podamos adherirnos humildemente a tu voluntad”
Es que María es la tierra humilde que fecundada por el rocío del cielo hace brotar al Salvador. La magnífica oración sobre las ofrendas del cuarto domingo de Adviento enlaza sutilmente las misteriosas relaciones que se dan entre el Espíritu Santo, María Santísima y la Eucaristía: el mismo Espíritu que hizo nacer a Jesús del seno de María es el que transforma las ofrendas depositadas sobre el altar.
3) ¿COMIENZO O FINAL?
Al consideras estad doble dimensión significativa del Adviento aparece inevitablemente la pregunta: nuestro Adviento ¿es el comienzo o más bien el final del año Litúrgico?; la contemplación y la espera del retorno final del Señor, ¿no inclinan la respuesta hacia la segunda alternativa?
Una pista nos la da el Concilio cuando, al describir las celebraciones del año litúrgico, nos enseña que la Iglesia “en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor” (Constitución Sacrosantum Concilium, art 102). Nuestro Adviento, con sus dos rostros, es a la vez final y comienzo es el punto de la fusión. Esta bivalencia esencial del Adviento, su “indefinición” bifronte, presenta una evidente ventaja; la de superar una concepción demasiado exacta del año litúrgico, a la manera del año civil o astronómico, y sobre todo la de evitar un mítico movimiento circular en perpetuo retorno. Cada vez que el Adviento asoma en nuestras vidas no somos invitados a un perpetuo recomenzar - como la serpiente que muerde su cola – sino a un crecimiento cualitativo, en espiral ascendente, hacia la consumación final.
LA CORONA DE ADVIENTO
Frente a tantas dificultades no hay que perder el ánimo. A pesar de todo, ¡el Adviento es posible! Los que tienen la gracia y la posibilidad ele participar en las Misas ele los días de semana .
Quisiera referirme ahora a una costumbre --todavía no muy difundida entre nosotros— que podría contribuir a rescatar el espíritu del Adviento, especialmente en nuestros hogares: la corona del Adviento.
Se trata de una antiquísima tradición del norte de Europa adaptada por el cristianismo. En su origen era un símbolo pagano: esos pueblos celebraban el fin de noviembre y el comienzo de diciembre (la época de los grandes fríos con el panorama emblanquecido por la nieve y el hielo y de noches largas y temibles) encendiendo fuegos y luces para disipar y exorcizar el frío y las tinieblas (el mismo origen de muchos símbolos luminosos, corno las candelas de santa Lucía). Por otra parte, ramas de árboles siempre verdes (pinos, abetos) se usaban mucho como adornos, especialmente en las puertas de las viviendas, porque constituían un anuncio de la permanencia de la vida vegetal mortificada por el frío y por ende como una afirmación de vida y de esperanza. Afirmación reforzada por la forma circular de la corona, forma que simboliza la eternidad.
Los cristianos medievales mantuvieron vivos muchos de estos símbolos de la luz y del fuego como antiguas tradiciones populares. Desde el s. XVI comenzaron a usarlos como símbolos cristianos. Primero lo asumieron los cristianos luteranos de Alemania Oriental y de ellos lo tornaron los católicos.
La corona ele Adviento es muy fácil de realizar: es un círculo de ramas verdes (pino, laurel) suspendido del techo o colocado sobre la mesa. Es importante mantener el simbolismo del color verde. De lo contrario, se consiguen otras ramas que pueden recubrirse con papel o tela o pintarse sobre una base o soporte redondo.
Sobre esa base circular se colocan,, formando una cruz, cuatro velas iguales que simbolizan las cuatro semanas del Adviento y particularmente sus cuatro domingos. El primer domingo de Adviento puede caer en algún día entre el 27 de noviembre y el 3 de diciembre y, en consecuencia, la cuarta semana puede ser muy breve, pero nunca falta el cuarto domingo. Hoy en día las velas suelen ser del mismo color, normalmente rojas. Antiguamente tres eran moradas (las de los domingos I, II y IV) y una roja (la del domingo III, llamado Gaudete, que significa "gozad").
El aumento gradual de la luz al encender una candela, según pasan los domingos, indica la progresiva claridad que los profetas dieron al mensaje mesiánico, al anuncio del Redentor. La corona, símbolo de victoria y de gloria, anuncia la plenitud de los tiempos en la venida de Cristo.
Es el simbolismo tradicional del Adviento: la esperanza de los piadosos de la Antigua Alianza, cuando la humanidad estaba sumida en las tinieblas yen sombras de muerte (Lc. 2,79), cuando los profetas, iluminados por Dios, anunciaban al Redentor y cuando los corazones
de los hombres se iluminaban con el deseo del Mesías. La corona es un símbolo de que la luz y la vida han triunfado sobre las tinieblas y la muerte.
LA CELEBRACION DOMESTICA
En el atardecer del domingo (o de todos los días) se reúne la familia en torno a la corona.
1. Se puede leer algún versículo de la Biblia, por ejemplo: «¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!» (Is. 60, 1). También se pueden leer las lecturas del domingo correspondiente.
2. El papá o la mamá hace la siguiente oración:
«La tierra, Señor, se alegra en estos días, y tu Iglesia desborda de gozo ante tu Hijo, el Señor, que se avecina como luz esplendorosa, para iluminar a los que yacemos en las tinieblas de la ignorancia, del dolor y del pecado.
Lleno de esperanza en su venida, tu pueblo ha preparado esta corona con ramos del bosque y la ha adornado con luces.
Ahora, pues, que vamos a empezar el tiempo de la preparación para la venida de tu Hijo, te pedimos, Señor, que mientras se acrecienta cada día el esplendor de esta corona, con nuevas luces, a nosotros nos ilumines con el esplendor de aquel que, por ser la . luz del mundo, iluminará todas las oscuridades. El que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén». (Bendicional, Coeditores litúrgicos 1986, Bendición de la corona de Adviento, nn. 553-556).
3. Se enciende la vela que corresponde según la semana de Adviento. En el domingo segundo la vela del primero debe estar ya encendida y así sucesivamente. El encender, semana a semana, los cuatro cirios, demuestra la ascensión gradual hacia la plenitud de la luz de Navidad y ayuda a los participantes a prepararse gradualmente a la recepción de Jesús en Navidad. Por eso conviene que se apaguen las luces. En algunas regiones de Europa los que se llaman Juan tienen precedencia para encender las velas porque Juan el evangelista comenzó su Evangelio llamando a Cristo «luz del mundo» y porque Juan el bautista fue el primero en ver brillar la luz de la divinidad sobre el Señor con su bautismo en el Jordán.
4. Se puede concluir con un canto apropiado, o con un canto mariano o con el rezo del Avemaría.
En el primer domingo de Adviento una sola llamita anuncia que hay luz en las tinieblas. En el cuarto domingo de Adviento serán cuatro las velas encendidas. La fiesta del nacimiento del Redentor está cerca. La corona es un signo que expresa la alegría de la preparación a la Navidad. Llegada la Navidad la corona puede continuar presente, esta vez adornada con flores y enmarcando la imagen del niño Jesús.
«Este símbolo de la corona es algo sencillo, amable y dinámico, que podría utilizarse como una buena pedagogía en la Iglesia, la familia y las escuelas, para preparar la Navidad con alegría y con sentido cristiano» .
EVANGELIO SEGUN SAN MARCOS 1 1-8
Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios. Como está escrito en el libro del profeta Isaías: "Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: "Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos", así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo: «Detrás de mi vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo».
UNA PREGUNTA: ¿Vos a quién anuncias?
¿anuncias con tu vida algo distinto a lo que ya abunda?
¿Por qué lo haces? ¿ porque no lo haces?