CUADERNO DE NOTAS
Carta a Juan Pablo II
Estimado Juan Pablo II:
Primero que nada, perdón del
atrevimiento de llamarte de tú. Pero así nos has querido
enseñar. Que seamos valientes, que no tengamos miedo ni de
tratar contigo ni de tratar con Jesús. En el espíritu de
hermandad con que nos acoge la Iglesia, nuestra amada Madre, te
escribo:
Tu paso por México -en esta tu
cuarta visita al país- ha dejado una huella honda en nuestro
corazón. Hemos visto cómo la fe en Dios es, verdaderamente, un
"hecho de vida". No una opción o una alternativa más,
como la han querido pintar ciertos medios de comunicación. Más
bien, la única vía para llegar al corazón del hombre; a poseer
el sentido de su presencia en la Tierra; a entender su destino.
Salimos de las manos de Dios y a Él volveremos. Y hasta no
volver -decía san Agustín-, estaremos inquietos. Pastores como
tú son los que necesitamos.
Santidad, quiero confiarte algo.
Para EL OBSERVADOR ha sido muy venturosa tu visita a México.
Este humilde pero fragoroso esfuerzo que hacemos un equipo de
laicos en comunión con nuestros obispos y en la libertad que
toda empresa humana exige, se ilumina con tus exigencias
maravillosas: no doblegarse al relativismo actual; no promover la
cultura de la muerte, exaltar la dignidad del ser humano; poner a
Cristo como Señor de la Historia; sobre todo: ¡predicar desde
los tejados! A Cristo entregamos esta obra. Es de Él, como tú
eres de Él. Como nosotros queremos serlo.
Entiendo que tu viaje pastoral
número 85 te ha dejado con una muy grande fatiga. Empero,
quisiera robarte un par de minutos más. Los laicos de nuestro
país hemos sido muy renuentes a la valentía que nos exiges. Le
hemos dado siempre la vuelta a demostrar, en nuestro trabajo, en
nuestra escuela, en la vida pública, en nuestros negocios, en
nuestras actividades cotidianas, que somos católicos. Se dirá
que "la mula no era arisca, pero a palos la hicieron".
Pretextos no sobran. La verdad es que nos falta compromiso. Nos
gusta salir a la calle, echar porras, bailar, cantar y demostrar
el sentimiento de adopción que caracteriza a nuestro pueblo.
Pero poco nos gusta la exigencia, el sacrificio, el perdón y el
pensar-actuar por los demás.
Hablo por mí, es cierto. Pero,
¡ay, cuántos veo a mi alrededor que comparten mi tibieza! El
martes que te fuiste pensaba yo que la estela de tu avión iba
dictándole a las nubes de México las diversas conjugaciones del
verbo entregar: yo entrego, tú entregas, él entrega,
nosotros... El esfuerzo que has hecho para tú entregarnos tu
palabra nos ha conmovido. Pero, Santidad, hay que decirle al
mexicano que te ama que no basta la conmoción para construir el
Reino, que el estupor ante el "esplendor de la verdad"
es el primer paso. Luego viene la entrega irrestricta, el amor y
la acción genuina para levantar la dignidad pisoteada de los
más débiles. Es ahí donde está Cristo.
Gracias, Santidad, por como vives
el cristianismo en el testimonio del dolor y la verdad. Te pido
la bendición, y vuelve pronto, que ésta es tu casa. (J. S.
C.)
EL OBSERVADOR 186-2
22 DE ENERO
Ceremonia de Bienvenida
Con Cristo hacia la concordia de
los mexicanos
Señor Presidente la República,
señores cardenales y hermanos en el episcopado, amadísimos
hermanos y hermanas de México:
1. Como hace veinte años,
llego hoy a México y es para mí causa de inmenso gozo
encontrarme de nuevo en esta tierra bendita, donde Santa María
de Guadalupe es venerada como Madre querida. Igual que entonces y
en las dos visitas sucesivas, vengo cual apóstol de Jesucristo y
sucesor de san Pedro a confirmar en la fe a mis hermanos,
anunciando el Evangelio a todos los hombres y mujeres. En esta
ocasión, además, esta capital va a ser lugar de un encuentro
privilegiado y excepcional por una cita histórica: junto con
obispos de todo el continente americano presentaré mañana en la
basílica de Guadalupe los frutos del Sínodo que hace más de un
año se celebró en Roma.
Los obispos de América trazaron
entonces los rasgos fundamentales de la acción pastoral del
futuro que, desde la fe que compartimos, deseamos responda en
plenitud al plan salvífico de Dios y a la dignidad del ser
humano en el marco de las sociedades justas, reconciliadas y
abiertas, en un proceso técnico que sea convergente con el
necesario progreso moral. Tal es la esperanza de los obispos y de
los fieles que expresan su fe católica en español, inglés,
portugués, francés o en las múltiples lenguas propias de las
culturas indígenas, que representan las raíces de este
continente de la esperanza.
Esta tarde, en la sede de la
nunciatura, tendré el gozo de firmar la exhortación apostólica
en la que he recogido las ideas y las propuestas expresadas por
el episcopado de América. A través de la evangelización la
Iglesia quiere revelar mejor su identidad: estar más próxima a
Cristo y a su Palabra; manifestarse auténtica y libre de
condicionamientos mundanos; ser mejor servidora del hombre desde
una perspectiva evangélica; ser fermento de unidad y no de
división de la humanidad que se abre a nuevos, dilatados y aún
no bien perfilados horizontes.
2. Me complace saludar
ahora al licenciado Ernesto Zedillo Ponce de León, presidente de
los Estados Unidos Mexicanos, agradeciéndole las amables
palabras que ha querido dirigirme para darme la bienvenida. En su
persona, señor Presidente, saludo a todo el pueblo mexicano,
este noble y querido pueblo que trabaja, reza y camina en busca
de un futuro siempre mejor en las amplias llanuras de Sonora o de
Chihuahua, en las selvas tropicales de Veracruz o de Chiapas, en
los hacendosos centros industriales de Nuevo León o de Coahuila,
a los pies de los grandes volcanes que emergen de los serenos
valles de Puebla y de México, en los acogedores puertos del
Atlántico y del Pacífico. Saludo también a los millones de
mexicanos que viven y trabajan más allá de las fronteras
patrias. Siendo este un viaje con un matiz continental, saludo
también a todos los que de un modo u otro están siguiendo estos
actos.
Saludo entrañablemente a mis
hermanos en el episcopado; en particular, al señor cardenal
Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México, al
presidente y miembros de la Conferencia del Episcopado Mexicano,
así como a los demás obispos que han venido de otros países
para participar en los actos de esta visita pastoral y de este
modo renovar y fortalecer los estrechos vínculos de comunión y
afecto entre todas las Iglesias particulares del continente
americano. En este saludo mi corazón se abre también con gran
afecto a los queridos sacerdotes, diáconos, religiosos,
religiosas, catequistas y fieles, a los que me debo en el señor.
Quiera Dios que esta visita que hoy comienza sirva de ánimo a
todos en el generoso esfuerzo por anunciar a Jesucristo con
renovado ardor al nuevo milenio que se acerca.
3. El pueblo mexicano,
desde que me acogió hace veinte años, con los brazos abiertos y
lleno de esperanza, me ha acompañado en muchos de los caminos
recorridos. He encontrado mexicanos en las audiencias generales
de los miércoles y en los grandes acontecimientos que la Iglesia
ha celebrado en Roma y otros lugares de América y del mundo.
Aún resuenan en mis oídos los saludos con que siempre me
acogen: ¡México siempre fiel y siempre presente!
Llego a un país donde la fe
católica sirvió de fundamento al mestizaje que transformó la
antigua pluralidad étnica y antagónica en unidad fraternal y de
destino. No es posible, pues, comprender a México sin la fe
traída desde España a estas tierras por los doce primeros
franciscanos y cimentada más tarde por dominicos, jesuítas,
agustinos y otros predicadores de la Palabra salvadora de Cristo.
Además de la obra evangelizadora, que hace del catolicismo parte
integrante y fundamental del alma de la nación, los misioneros
dejaron profundas huellas culturales y prodigiosas muestras del
arte que son hoy motivo de legitimo orgullo para todos los
mexicanos y rica expresión de su civilización.
Llego a un país cuya historia
recorren, como ríos a veces ocultos y siempre caudalosos,
realidades que unas veces se encuentran y otras revelan sus
diferencias complementarias, sin jamás confundirse del todo: la
antigua y la rica sensibilidad de los pueblos indígenas que
amaron Juan de Zumárraga y Vasco de Quiroga, a quienes muchos de
esos pueblos siguen llamando padres; el cristianismo arraigado en
el alma de los mexicanos; y la moderna racionalidad de corte
europeo, que tanto ha querido enaltecer la independencia y la
libertad. Sé que no son pocas las mentes clarividentes que se
esfuerzan en que estas corrientes de pensamiento y de cultura
consigan conjugar mejor sus caudales mediante el diálogo, el
desarrollo sociocultural y la voluntad de construir un futuro
mejor.
Vengo a ustedes, mexicanos de
todas las clases y condiciones sociales, y a ustedes, hermanos
del continente americano, para saludarles en nombre de Cristo: el
Dios que se hizo hombre para que todos los hombres pudieran tomar
conciencia de su llamada a la filiación divina en Cristo. Junto
con mis hermanos obispos de México y de toda América vengo a
postrarme ante la tilma del beato Juan Diego. Pediré a Santa
María de Guadalupe, al final de un milenio fecundo y
atormentado, que el próximo sea un milenio en el que en México,
en América y en el mundo entero se abran vías seguras de
fraternidad y de paz que en Jesucristo puedan encontrar bases
seguras y espaciosos caminos de progreso. Con la paz de Cristo
deseo a los mexicanos éxito en la búsqueda de la concordia
entre todos, ya que constituyen una gran nación que los hermana.
4. Sintiéndome ya postrado
ante la Morenita del Tepeyac, Reina de México y Emperatriz de
América, desde este momento encomiendo a sus maternos cuidados
los destinos de esta nación y de todo el continente. Que el
nuevo siglo y el nuevo milenio favorezcan un renacer general bajo
la mirada de Cristo, vida y esperanza nuestra, que nos ofrece
siempre los caminos de fraternidad y de sana convivencia humana.
Que Santa María de Guadalupe ayude a México y América a
caminar unidos por esas sendas seguras y llenas de luz.
Llego a un país donde la fe
católica sirvió de fundamento al mestizaje que transformó la
antigua pluralidad étnica y antagónica en unidad fraternal y de
destino.
EL OBSERVADOR 186-3
23 DE ENERO
Santa Misa para la Conclusión de la
Asamblea Especial para América del Sínodo de los Obispos
El 12 de diciembre será fiesta
para toda América
Amados hermanos en el episcopado y
en el sacerdocio. Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
1. "Al llegar la
plenitud de los tiempos, Dios mandó a su hijo, nacido de
mujer..." (Ga 4,4). ¿Qué es la plenitud de los
tiempos? Desde la perspectiva de la historia humana, la plenitud
de los tiempos es una fecha concreta. Es la noche en que el Hijo
de Dios vino al mundo en Belén, según lo anunciado por los
profetas, como hemos escuchado en la primera lectura: "el
Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella
está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre
Emmanuel" (Is 7, 14). Estas palabras, pronunciadas
muchos siglos antes, se cumplieron en la noche en que vino al
mundo el Hijo concebido por obra del Espíritu Santo en el seno
de la Virgen María.
El nacimiento de Cristo fue
precedido por el anuncio del ángel Gabriel. Después, María fue
a la casa de su prima Isabel para ponerse a su servicio. Nos lo
ha recordado el Evangelio de Lucas, poniendo ante nuestros ojos
el insólito y profético saludo de Isabel y la espléndida
respuesta de María: "Mi alma engrandece al Señor, y mi
espíritu se llena de júbilo en Dios mi Salvador" (1,
46-47). Estos son los acontecimientos a los que se refiere la
liturgia de hoy.
2. La lectura de la Carta a
los Gálatas, por su parte, nos revela la dimensión divina de
esta plenitud de los tiempos. Las palabras del apóstol Pablo
resumen toda la teología del nacimiento de Jesús, con la que se
esclarece al mismo tiempo el sentido de dicha plenitud. Se trata
de algo extraordinario: Dios ha entrado en la historia del
hombre. Dios, que es en sí mismo el misterio insondable de la
vida; Dios, que es Padre y se refleja a sí mismo desde la
eternidad en el Hijo, consustancial a Él y por el que fueron
hechas todas las cosas (cfr. Jn 1, 1.3); Dios, que es unidad del
Padre y del Hijo en el flujo de amor eterno que es el Espíritu
Santo.
A pesar de la pobreza de nuestras
palabras para expresar el misterio inenarrable de la Trinidad, la
verdad es que el hombre, desde su condición temporal, ha sido
llamado a participar de esta vida divina. El Hijo de Dios nació
de la Virgen María para otorgarnos la filiación divina. El
Padre ha infundido en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo,
gracias al cual podemos decir "Abbá, Padre" (cfr.
Ga 4, 4). He aquí, pues, la plenitud de los tiempos, que colma
toda aspiración de la historia y de la humanidad: la revelación
del misterio de Dios, entregado al ser humano mediante el don de
la adopción divina. (cfr. Ga 4, 4). He aquí, pues, la plenitud
de los tiempos, que colma toda aspiración de la historia y de la
humanidad: la revelación del misterio de Dios, entregado al ser
humano mediante el don de la adopción divina.
3. La plenitud de los
tiempos a la que se refiere el Apóstol está relacionada con la
historia humana. En cierto modo, al hacerse hombre, Dios ha
entrado en nuestro tiempo y ha transformado nuestra historia en
historia de salvación. Una historia que abarca todas las
vicisitudes del mundo y de la humanidad, desde la creación hasta
su final, pero que se desarrolla a través de momentos y fechas
importantes. Una de ellas es el ya cercano año 2000 desde el
nacimiento de Jesús, el año del Gran Jubileo, al que la Iglesia
se ha preparado también con la celebración de los sínodos
extraordinarios dedicados a cada continente, como es el caso del
celebrado a finales de 1997 en el Vaticano.
4. Hoy en esta basílica de
Guadalupe, corazón mariano de América, damos gracias a Dios por
la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos
-auténtico cenáculo de comunión eclesial y de afecto colegial
entre los pastores del norte, del centro y del sur del
continente- vivida con el obispo de Roma como experiencia
fraterna de encuentro con el Señor resucitado, camino para la
conversión, la comunión y la solidaridad en América.
Ahora, un año después de la
celebración de aquella Asamblea sinodal, y en coincidencia
también con el centenario del Concilio Plenario de la América
Latina que tuvo lugar en Roma, he venido aquí para poner a los
pies de la Virgen mestiza del Tepeyac, Estrella del Nuevo Mundo,
la exhortación apostólica Ecclesia in America, que
recoge las aportaciones y sugerencias pastorales de dicho
Sínodo, confiando a la Madre y Reina de este continente el
futuro de su evangelización.
5. Deseo expresar mi
gratitud a quienes, con su trabajo y oración, han hecho posible
que aquella Asamblea sinodal reflejara la vitalidad de la fe
católica en América. Así mismo, agradezco a esta
arquidiócesis primada de México y a su Arzobispo, el cardenal
Norberto Rivera Carrera, su cordial acogida y generosa
disponibilidad. Saludo con afecto al nutrido grupo de cardenales
y obispos que han venido de todas las partes del continente y a
los numerosísimos sacerdotes y seminaristas aquí presentes, que
llenan de gozo y esperanza el corazón del Papa. Mi saludo va
más allá de los muros de esta basílica para abrazar a cuantos,
desde el exterior, siguen la celebración, así como a todos los
hombres y mujeres de las diversas culturas, etnias y naciones que
integran la rica y pluriforme realidad americana.
(lengua portuguesa)
6. "Bem-aventurada
és tu que creste, pois se hao de cumprir as coisas que da parte
do Senhor te foram ditas" (Lc 1,45). Estas palavras que
Isabel dirige a Maria, portadora de Cristo em seu seio, podem-se
aplicar também à Igreja neste Continente. Bem-aventurada és
tu, Igreja na América, que, acolhendo a Boa Nova do Evangelho,
geraste à fé numerosos povos! Bem-aventurada por crer,
bem-aventurada por esperar, bem-aventurada por amar, porque a
promessa do Senhor se cumprirá! Os heróicos esforÿos
missionários e a admirável gesta evangelizadora destes cinco
séculos nao foram em vao. Hoje podemos dizer que, graÿas a
isso, a Igreja na América é a Igreja da Esperanÿa. Basta ver o
vigor de sua numerosa juventude, o valor excepcional que se dá
à família, o florecimento das vocaÿoes sacerdotais e de
consagrados e, sobretudo, a profunda religiosidade dos seus
povos. Nao esqueÿamos que no próximo milênio, já iminente, a
América será o continente com o maior número de católicos.
(en lengua francesa)
7. Toutefois, comme les
Pères synodaux l'ont souligné, si l'Église en Amérique
connaà(r)t bien des motifs de se réjouir, elle est aussi
confrontée à de graves difficultés et à d'importants défis.
Devons-nous pour autant nous décourager? En aucune manière:
"Jésus Christ est le Seigneur!" (Ph 2,11). Il a
vaincu le monde et il a envoyé son Esprit Saint pour faire
toutes choses nouvelles. Serait-il trop ambitieux d'espérer que,
après cette Assemblée synodale - le premier Synode américain
de l'histoire - se développe sur ce continent majoritairement
chrétien une manière plus évangélique de vivre et de
partager? Il existe bien des domaines dans lesquels les
communautés chrétiennes du Nord, du Centre et du Sud de
l'Amérique peuvent manifester leurs liens fraternels, exercer
une solidarité réelle et collaborer à des projets pastoraux
communs, chacune apportant les richesses spirituelles et
matérielles dont elle dispose.
(en lengua inglesa)
8. The Apostle Paul teaches
us that in the fullness of time God sent his Son, born of a
woman, to redeem us from sin and to make us his sons and
daughters. Accordingly, we are no longer servants but children
and heirs of God (cf. Gal 4:4-7). Therefore, the Church must
proclaim the Gospel of life and speak out with prophetic force
against the culture of death. May the Continent of Hope also be
the Continent of Life! This is our cry: life with dignity for
all! For all who have been conceived in their mother's womb, for
street children, for indigenous peoples and Afro-Americans, for
immigrants and refugees, for the young deprived of opportunity,
for the old, for those who suffer any kind of poverty or
marginalization.
Dear brothers and sisters, the
time has come to banish once and for all from the Continent every
attack against life. No more violence, terrorism and
drug-trafficking! No more torture or other forms of abuse! There
must be an end to the unnecessary recourse to the death penalty!
No more exploitation of the weak, racial discrimination or
ghettoes of poverty! Never again! These are intolerable evils
which cry out to heaven and call Christians to a different way of
living, to a social commitment more in keeping with their faith.
We must rouse the consciences of men and women with the Gospel,
in order to highlight their sublime vocation as children of God.
This will inspire them to build a better America. As a matter of
urgency, we must stir up a new springtime of holiness on the
Continent so that action and contemplation will go hand in hand.
(en lengua española)
9. Quiero confiar y ofrecer
el futuro del continente a María Santísima, Madre de Cristo y
de la Iglesia. Por eso, tengo la alegría de anunciar ahora que
he declarado que el día 12 de diciembre en toda América se
celebre a la Virgen María de Guadalupe con el rango litúrgico
de fiesta.
¡Oh Madre! tu conoces los caminos
que siguieron los primeros evangelizadores del Nuevo Mundo, desde
la isla Guanahani y La Española hasta las selvas del Amazonas y
las cumbres andinas, llegando hasta la tierra del Fuego en el Sur
y los grandes lagos y montañas del Norte. Acompaña a la Iglesia
que desarrolla su labor en las naciones americanas, para que sea
siempre evangelizadora y renueve su espíritu misionero. Alienta
a todos aquellos que dedican su vida a la causa de Jesús y a la
extensión de su Reino.
¡Oh dulce Señora del Tepeyac,
Madre de Guadalupe! Te presentamos esta multitud incontable de
fieles que rezan a Dios en América. Tú que has entrado dentro
de su corazón, visita y conforta los hogares, las parroquias y
las diócesis de todo el Continente. Haz que las familias
cristianas eduquen ejemplarmente a sus hijos en la fe de la
Iglesia y en el amor del Evangelio, para que sean semillero de
vocaciones apostólicas. Vuelve hoy tu mirada sobre los jóvenes
y anímalos a caminar con Jesucristo.
¡Oh Señora y Madre de América!
Confirma la fe de nuestros hermanos y hermanas laicos, para que
en todos los campos de la vida social, profesional, cultural y
política actúen de acuerdo con la verdad y la ley nueva que
Jesús ha traído a la humanidad. Mira propicia la angustia de
cuantos padecen hambre, soledad, marginación o ignorancia.
Haznos reconocer en ellos a tus hijos predilectos y danos el
ímpetu de la caridad para ayudarlos en sus necesidades.
¡Virgen Santa de Guadalupe, Reina
de la Paz! Salva a las naciones y a los pueblos del continente.
Haz que todos, gobernantes y ciudadanos, aprendan a vivir en la
auténtica libertad, actuando según las exigencias de la
justicia y el respeto de los derechos humanos, para que así se
consolide definitivamente la paz.
¡Para ti, Señora de Guadalupe,
Madre de Jesús y Madre nuestra, todo el cariño, honor, gloria y
alabanza continua de tus hijos e hijas americanos!
¡Oh Señora y Madre de América!
Confirma la fe de nuestros hermanos y hermanas laicos, para que
en todos los campos de la vida social, profesional, cultural y
política actúen de acuerdo con la verdad y la ley nueva que
Jesús ha traído a la humanidad.
EL OBSERVADOR 186-4
23 DE ENERO
Resumen de la exhortación apostólica
postsinodal Ecclesia in America
"Encuentro con Jesucristo
vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad
en América"
Las palabras con las cuales se
abre esta exhortación apostólica Ecclesia in América
indican claramente la pertenencia de la misma a la serie de
documentos pontificios que concluyen las diversas asambleas
sinodales, continentales y regionales, que el Santo Padre ha
convocado en preparación al tercer milenio. Se trata, por lo
tanto, de un instrumento del Magisterio del sumo pontífice que
recoge sintéticamente todos los trabajos sinodales y ofrece las
líneas pastorales de la nueva evangelización para la Iglesia
que peregrina en el continente americano.
El documento se articula a través
de una introducción, seis capítulos y una conclusión. En la
introducción se presenta brevemente no sólo el tema de la
Asamblea Especial sino también la génesis del proceso que
llevó a su convocación por parte del Santo Padre, en
continuidad con la celebración de los quinientos años del
comienzo de la evangelización en América y en la perspectiva
del Gran Jubileo del año 2000. Así mismo, se pone en relieve la
riqueza de la experiencia vivida en el sínodo como expresión de
la unidad de los pastores del pueblo de Dios con el sucesor de
Pedro en el colegio episcopal. Esta comunión se presenta como un
signo de la unidad de todo el continente, a la cual la Iglesia,
confiando en la ayuda de Jesucristo vivo y operante en ella,
desea servir abriendo los caminos de una nueva evangelización.
Los diversos capítulos que siguen
se desarrollan según el argumento de fondo propuesto por el tema
de la Asamblea sinodal: "Encuentro con Jesucristo vivo,
camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en
América". Así, el primer capítulo se refiere al encuentro
con el Señor resucitado -tal como es presentado por los diversos
relatos del Nuevo Testamento- y a la Iglesia, como lugar donde
los hombres pueden descubrir la presencia de Jesucristo y
encontrarse con Él. Un puesto privilegiado en este itinerario
del encuentro con el Señor, que la Iglesia en América desea
recorrer guiada por el Espíritu Santo, es asignado a la
Santísima Virgen María. Ella, en efecto, ha tenido un papel de
gran relieve con su aparición al indio Juan Diego en la colina
del Tepeyac en el año 1531. Es por este motivo que el Santo
Padre, acogiendo gozosamente la propuesta de los padres
sinodales, establece que el día 12 de diciembre se celebre en
todo el continente la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe,
Madre y Evangelizadora de América.
Continuando con el tema del
encuentro, el capítulo segundo desarrolla ese mismo argumento en
el contexto de la situación actual de América, abordando la
cuestión desde una perspectiva pastoral. El primer aspecto
tratado es el de la identidad cristiana de todo el continente,
expresión del don de la fe recibida y elemento determinante de
la fisonomía religiosa americana. Luego se pasa a una visión de
conjunto de las manifestaciones de esa identidad cristiana: las
vidas de tantos santos y beatos que han enriquecido la Iglesia
con sus testimonios de fe, esperanza y caridad, así como
también la característica piedad popular profundamente
enraizada en las diversas naciones como expresión de la
inculturación de la fe católica. Después se abordan diversos
otros temas, siempre desde una óptica pastoral, para ser
retomados más adelante en orden a la formulación de algunas
propuestas concretas: la presencia católico-oriental en
América, la acción de la Iglesia en el campo de la educación y
de la acción social, el creciente respeto de los derechos
humanos, el fenómeno de la globalización, la realidad de la
urbanización, el peso de la deuda externa, la corrupción, el
comercio y consumo de drogas y la preocupación por la ecología.
El capítulo tercero entra en el
tema de la conversión señalando la urgencia del llamado y la
necesidad de dar una respuesta integral, es decir, que contemple
no sólo una dimensión personal sino también social y
comunitaria. Además, la conversión es presentada como un
itinerario permanente que la Iglesia en América, guiada por el
Espíritu Santo, está llamada a recorrer para vivir un nuevo
estilo de vida centrado en una espiritualidad de la oración
comprometida con las exigencias del Evangelio en todos sus
aspectos. Una vez más se evidencia la necesidad de la penitencia
y la reconciliación -expresión sacramental de la metanoia
interior- para alcanzar la meta de la santidad, a la cual está
llamado todo ser humano y cuyo camino no es otro que la misma
persona del Señor Jesús.
El tema de la comunión es
desarrollado en el cuarto capítulo, a partir del concepto de
Iglesia como sacramento, es decir, como signo e instrumento de la
unidad en Cristo de todos los hombres entre sí y con Dios.
Medios privilegiados para lograr esa comunión de vida en la
Iglesia son los sacramentos de la iniciación cristiana:
Bautismo, Confirmación y Eucaristía, cuya recepción fructuosa
-se recuerda- dependerá de un adecuado esfuerzo catequizador. Un
rol especial en la tarea de construir la comunión eclesial es
asignado a los obispos, los cuales están llamados a ser
promotores de la unidad en sus propias iglesias particulares y en
la sociedad en general. La necesidad de trabajar por la comunión
se extiende también a la colaboración entre las iglesias
particulares de todo el continente, una de cuyas manifestaciones
concretas ha ya sido la misma realización de la Asamblea
sinodal.
A continuación, siempre dentro
del mismo capítulo, se tratan otros aspectos que indican otras
tantas urgencias pastorales que la Iglesia en América deberá
enfrentar para lograr acrecentar cada vez más la comunión en
Cristo de todo el pueblo de Dios: las relaciones con la iglesias
católicas orientales; el esfuerzo por consolidar la unidad del
presbiterio en cada iglesia particular; el fomento de la pastoral
vocacional y la formación de los seminaristas, para vivir en
comunión con sus hermanos; la renovación de la institución
parroquial, como lugar privilegiado para tener una experiencia
concreta de Iglesia; la diligente formación y acompañamiento de
los llamados al diaconado permanente; la revalorización de la
vida consagrada en el futuro de la nueva evangelización; la
participación de los laicos en la vida eclesial; el adecuado
reconocimiento de la aportación del genio femenino, tanto en la
sociedad como en la Iglesia; la importancia de la familia
cristiana como iglesia doméstica; el acompañamiento pastoral de
los jóvenes y de los niños, que constituyen la esperanza del
futuro; la cooperación y el diálogo con otras Iglesias
cristianas y comunidades eclesiales, así como también con las
comunidades judías y las religiones no cristianas.
El quinto capítulo está dedicado
al tema de la solidaridad, el cual es abordado como fruto de la
comunión en Cristo. Un apremiante llamado es dirigido a los
agentes de evangelización en América para que anuncien con
renovada fuerza la doctrina social de la Iglesia ante los graves
problemas de orden social. Esta tarea es presentada como una
verdadera prioridad pastoral para enfrentar el complejo fenómeno
de la globalización y de sus consecuencias en los diversos
campos de la vida social en el Continente americano. Es, a la luz
del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia, que puede
apreciarse claramente la real dimensión de los llamados
"pecados sociales que claman al cielo". Por ello la
Iglesia en América está llamada a no dejar de alzar su voz para
recordar que el fundamento sobre el que se basan los derechos
humanos es la dignidad de la persona, la cual es la mayor obra
divina de la creación. Una especial exhortación es dirigida a
toda la Iglesia en América para que continúe a trabajar por los
pobres y marginados y para que esta acción pastoral sea cada vez
más un verdadero camino para el encuentro con Cristo. También
se incluye en este capítulo el problema de la deuda externa, que
aflige a muchos pueblos del continente americano. En este
sentido, el Santo Padre se une al deseo, expresado ya por los
padres sinodales, de trabajar en el estudio y el diálogo con
representantes del Primer Mundo y con responsables de las
relaciones económicas internacionales, para encontrar vías de
solución a esta compleja realidad. Finalmente se tratan otros
aspectos sociales en los cuales la presencia de la Iglesia
también ha de ser relevante para crear una verdadera cultura de
la solidaridad: la lucha contra la corrupción, el problema de
las drogas, la carrera armamentista, la cultura de la muerte como
expresión de una sociedad dominada por los poderosos, la
realidad de los pueblos indígenas y los americanos de origen
africano, así como también la problemática de los inmigrantes.
El sexto capítulo está dedicado
a la misión de la Iglesia en el hoy de América, descripta en
términos de nueva evangelización. Recordando una vez más el
mandato de Cristo de anunciar el Evangelio al mundo entero, el
Santo Padre envía a la Iglesia que está en el continente
americano a proclamar a Jesucristo, Buena Nueva y Primer
evangelizador. Él es el rostro humano de Dios y el rostro divino
del hombre. El verdadero impulso evangelizador surge, por lo
tanto, del encuentro con Cristo en la Iglesia. De ahí la
importancia de la catequesis, cuyo objetivo principal es la
presentación explícita de la fe en toda su amplitud y con las
correspondientes implicancias prácticas en la vida social. La
nueva evangelización alcanza también el campo más vasto de la
cultura. A este respecto, se exhorta a inculturar la predicación
del Evangelio para que éste sea anunciado en el lenguaje y la
cultura de los que deben recibir el mensaje, sin olvidar, al
mismo tiempo, la objetiva validez universal del misterio pascual
de Cristo. La promoción de la inculturación de la Buena Noticia
debe concretizarse también en la evangelización de los centros
educativos y de los medios de comunicación. No pasa inadvertido
el problema de las sectas en América, el cual constituye un
grave obstáculo para el esfuerzo evangelizador. En relación a
este punto, se invita a toda Iglesia que está en el continente a
poner en práctica iniciativas de pastorales coordinadas que,
excluyendo los métodos proselitistas usados por las mismas
sectas, se orienten a una renovación de la actividad pastoral a
través de un anuncio kerigmático gozoso y transformante.
Finalmente, el Santo Padre realiza un llamado especial a la
Iglesia en América a permanecer abierta a la misión ad
gentes para que los proyectos pastorales no se limiten a
revitalizar la fe de los creyentes rutinarios, sino también a
anunciar a Cristo en todos los ambientes donde es desconocido.
Más aún, acogiendo una propuesta de los padres sinodales, el
sumo pontífice invita a fomentar con dinamismo y creatividad una
mayor cooperación entre las iglesias hermanas, no sólo dentro
del Continente sino también más allá de sus fronteras.
El documento concluye con palabras
de gratitud y esperanza para que la Iglesia en América se
disponga a traspasar el umbral del tercer milenio con confianza
serena en el Señor de la historia y convencida del servicio
primordial que ella debe prestar en testimonio de fidelidad a
Dios y a los hombres y mujeres del continente. Confiando en el
poder de la oración, el Santo Padre propone una plegaria para
las familias, las comunidades y grupos eclesiales donde dos o
más se reúnen en nombre del Señor, para que todos se unan a la
súplica del sucesor de Pedro invocando a Jesucristo, camino para
la conversión, la comunión y la solidaridad en América.
La conversión es presentada como
un itinerario permanente que la Iglesia en América, guiada por
el Espíritu Santo, está llamada a recorrer para vivir un nuevo
estilo de vida centrado en una espiritualidad de la oración
comprometida con las exigencias del Evangelio en todos sus
aspectos.
Una especial exhortación es
dirigida a toda la Iglesia en América para que continúe a
trabajar por los pobres y marginados y para que esta acción
pastoral sea cada vez más un verdadero camino para el encuentro
con Cristo.
La promoción de la inculturación
de la Buena Noticia debe concretizarse también en la
evangelización de los centros educativos y de los medios de
comunicación.
EL OBSERVADOR 186-5
23 DE ENERO
Residencia Presidencial de Los Pinos.
Encuentro con el Cuerpo Diplomático
Contra la pérdida del ser humano
y su valor trascendente
Señor Presidente de la
República, excelentísimos embajadores y jefes de misión,
distinguidas Señoras y Señores:
1. Estoy muy agradecido al
señor presidente, licenciado Ernesto Zedillo Ponce de León, por
sus amables palabras al introducirme ante los jefes de misión
diplomática acreditados en México. El presentarlos al Papa en
ésta su residencia oficial de Los Pinos es un deferente gesto
que aprecio muy cordialmente.
En el marco de esta visita
pastoral, me es muy grato encontrarme con ustedes, que tienen la
responsabilidad de las relaciones de sus respectivos Estados con
México, fortaleciéndolas desde el diálogo y la cooperación, a
la vez que atestiguan la importancia de esta nación en el mundo.
Representan, además, a la comunidad internacional con la que la
Santa Sede mantiene antiguas y sólidas relaciones, que confirman
una tradición secular que cada día adquiere nuevo vigor.
2. Vivimos en un mundo que
se presenta complejo y a la vez unitario; se hacen más cercanas
entre sí las diversas comunidades que lo conforman y son más
extensos y rápidos los sistemas financieros y económicos de los
que dependen el desarrollo integral de la humanidad. Esta
creciente interdependencia conduce a nuevas etapas de progreso,
pero también tiene el peligro de limitar gravemente la libertad
personal y comunitaria, propia de toda vida democrática. Por
ello es necesario favorecer un sistema social que permita a todos
los pueblos participar activamente en la promoción de un
progreso integral, o de lo contrario no pocos de esos pueblos
podrían verse impedidos de alcanzarlo.
El progreso actual, sin parangón
en el pasado, debe permitir a todos los seres humanos asegurar su
dignidad y ofrecerles mayor conciencia de la grandeza de su
propio destino. Pero, al mismo tiempo, expone al hombre -tanto al
más poderoso como al más frágil social y políticamente- al
peligro de convertirse en un número o en un puro factor
económico (cfr. Centesimus annus, n. 49). En esta
hipótesis, el ser humano podría perder progresivamente la
conciencia de su valor transcendente. Esta conciencia -unas veces
clara y otras implícita- es la que hace al hombre distinto de
todos los demás seres de la naturaleza.
3. La Iglesia, fiel a la
misión recibida de su Fundador, proclama incansablemente que la
persona humana ha de ser el centro de todo orden civil y social,
y de todo sistema de desarrollo técnico y económico. La
historia humana no puede ir contra el hombre. Ello equivaldría a
ir contra Dios, cuya imagen viviente es el hombre, incluso cuando
es deformada por el error o la prevaricación.
Esta es la convicción que la
Iglesia quiere poner sobre la mesa de las Naciones Unidas o en el
diálogo amistoso que mantiene con ustedes, miembros del cuerpo
diplomático, y con las autoridades que representan en los
diversos lugares del mundo. De estos principios se deducen
importantes valores morales y cívicos que pusieron de relieve
los obispos de América reunidos Roma en el Sínodo de 1997.
4. Entre estos valores
sobresalen la conversión de las mentes y la solidaridad efectiva
entre los diversos grupos humanos como elementos esenciales para
la actual vida social a nivel nacional e internacional. La vida
internacional exige unos valores morales comunes como base y unas
reglas comunes de colaboración. Es cierto que la Declaración
Universal de Derechos Humanos, cuyo 50 aniversario hemos
celebrado el año pasado, así como otros documentos de valor
universal, ofrecen elementos importantes en la búsqueda de esa
base moral, común a todos los países o, por lo menos, a un gran
número de ellos.
Si miramos el panorama mundial
vemos que existen ciertas situaciones fácilmente constatables.
El poder de los países desarrollados se hace cada día más
gravoso respecto a los menos desarrollados. En las relaciones
internacionales se da, a veces, prioridad a la economía frente a
los valores humanos y, con su debilitamiento, se resienten la
libertad y la democracia. Por otra parte, la carrera armamentista
nos hace ver que, en muchos casos las armas están destinadas a
la defensa, pero en otros son instrumentos realmente ofensivos,
usados en nombre de ideologías no siempre respetuosas de la
dignidad humana. El fenómeno de la corrupción invade
lamentablemente grandes espacios del tejido social de algunos
pueblos, sin que quienes sufren sus consecuencias tengan siempre
la posibilidad de exigir justicia y responsabilidades. El
individualismo empaña también la vida internacional, de modo
que los pueblos poderosos pueden serlo cada día más y los
pueblos débiles son cada día más dependientes.
5. Ante este panorama se
imponen con urgencia una adecuada conversión de las mentalidades
y una solidaridad efectiva, no sólo teórica, entre personas y
grupos humanos. Esto es cuanto, en unión con el Papa, viene
proponiendo, desde hace decenios, el episcopado latinoamericano.
Esto es lo que han pedido los obispos del continente americano en
el Sínodo. A este respecto, son dignas de señalar las numerosas
iniciativas de socorro a las poblaciones de la cercana
Centroamérica afectadas por el huracán Micht, en las que
México ha participado generosamente junto con otras naciones,
dando así muestra de un común sentimiento de fraternidad y
solidaridad.
América es un continente que
agrupa a pueblos grandes y técnicamente avanzados y a otros
relativamente pequeños, con muy variados índices de desarrollo.
También dentro de un mismo país, como es el caso de México,
coexisten situaciones sociales y humanas muy diversas, que es
necesario afrontar siempre con gran respeto y justicia,
utilizando incansablemente los recursos del diálogo y la
concertación.
América constituye una unidad
humana y geográfica que va del polo norte al polo sur. Aunque su
pasado ahonda sus raíces en culturas ancestrales -como la maya,
la olmeca, la azteca o la inca-, al entrar en contacto con el
viejo continente y también con el cristianismo, desde hace más
de cinco siglos se ha convertido en una unidad de destino,
singular en el mundo. América es por eso mismo un espacio
particularmente apropiado para promover valores comunes capaces
de asegurar una conversión eficaz de las mentes, en especial de
quienes tienen responsabilidades nacionales e internacionales.
6. Este continente podrá
ser el "continente de la esperanza" si las comunidades
humanas que lo integran, así como sus clases dirigentes, asumen
una base ética común. La Iglesia católica y las demás grandes
confesiones religiosas presentes en América pueden aportar a
esta ética común elementos específicos que liberen las
conciencias de verse limitadas por ideas nacidas de meros
consensos circunstanciales. América y la humanidad entera tienen
necesidad de puntos de referencia esenciales para todos los
ciudadanos y responsables políticos. "No matar",
"no mentir", "no robar ni codiciar los bienes
ajenos", "respetar la dignidad fundamental de la
persona humana" en sus dimensiones físicas y morales son
principios intangibles, sancionados en el Decálogo común a
hebreos, cristianos y musulmanes, y cercanos a las normas de
otras grandes religiones. Se trata de principios que obligan
tanto a cada persona humana como a las diversas sociedades.
Estos principios y otros afines
han de ser un dique contra todo atentado a la vida, desde su
principio hasta su fin natural; contra las guerras de expansión
y el uso de las armas como instrumentos de destrucción; contra
la corrupción que corroe amplios estratos de la sociedad, a
veces con dimensiones transnacionales; contra la invasión
abusiva de la esfera privada por parte de poderes que aprueban
esterilizaciones forzadas o leyes que cercenan el derecho a la
vida; contra campañas publicitarias falaces que condicionan la
verdad y determinan el estilo de vida de pueblos enteros; contra
monopolios que tratan de anular sanas iniciativas y limitar el
crecimiento de sociedades enteras; contra la expansión del uso
de drogas que minan la fuerza de la juventud e incluso la matan.
7. Mucho se ha hecho ya en
este sentido. Abundan las convenciones internacionales que tienen
por finalidad poner un límite a algunos de estos abusos. Grupos
de naciones se asocian para crear espacios económicos donde la
vida política, económica y social esté debidamente orientada y
mejor protegida por principios más justos y conformes con los
derechos de cada ciudadano, de cada pueblo y de cada cultura.
Pero aún queda mucho por hacer.
Estamos al final de un siglo y de un milenio que, a pesar de las
grandes conquistas conseguidas por la ciencia y la técnica,
dejan tras de sí evidentes cicatrices que recuerdan, de modo a
veces trágico, la poca atención prestada a los mencionados
principios morales. En lugar de verlos ulteriormente violados, es
necesario que en el nuevo siglo y en el nuevo milenio se
consolide su fuerza ética, moralmente vinculante.
8. Al hacerles partícipes
de estas consideraciones no me mueve otro interés que el de
defender la dignidad del hombre, ni otra autoridad que la de la
Palabra divina. Esta Palabra no es mía, sino de Dios que se hizo
hombre para que el hombre llegue a ser hijo suyo. Ajeno a
intereses de parte, les ofrezco hoy estas reflexiones con la
esperanza de que puedan ayudarles en su labor diplomática y
también en su vida personal, deseosos de contribuir a la
construcción de un mundo más humano y más justo que el que nos
ofrecen el siglo y el milenio que pronto concluirán.
Ojalá que en el próximo futuro
predominen el respeto de la vida, de la verdad, de la dignidad de
cada ser humano. Este es el cometido apremiante que nos espera.
Que Dios bendiga la obra que ustedes llevan a cabo. Que bendiga a
México y a los países que ustedes representan en esta ciudad
privilegiada donde América y el mundo se encuentran y dialogan.
Muchas gracias por su atención.
Este continente podrá ser el
"continente de la esperanza" si las comunidades humanas
que lo integran, así como sus clases dirigentes, asumen una base
ética común.
Ojalá que en el próximo futuro
predominen el respeto de la vida, de la verdad, de la dignidad de
cada ser humano. Este es el cometido apremiante que nos espera.
EL OBSERVADOR 186-6
24 DE ENERO
Santa Misa en el autódromo Hermanos
Rodríguez
"Conviértanse, porque ya
está cerca el Reino de los Cielos" (Mt 4, 17)
Queridos hermanos y hermanas,
1. "Estén
perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo
pensar" (1Co 1, 10).
En esta mañana las palabras del
apóstol san Pablo nos animan a vivir intensamente este encuentro
de fe, como es la celebración eucarística, en "el santo
domingo, honrado por la Resurrección del Señor, primicia de
todos los demás días" (Dies Domini, n. 19). Me
siento lleno de inmensa alegría al estar aquí presidiendo la
Santa Misa.
En el plan de Dios el domingo es
el día en que la comunidad cristiana se congrega en torno a la
mesa de la Palabra de Dios y la mesa de la Eucaristía. En este
importante encuentro estamos llamados por el Señor a renovar y
profundizar el don de la fe. ¡Sí, hermanos, el domingo es el
día de la fe y de la esperanza; el día de la alegría y de la
respuesta gozosa a Cristo Salvador, el día de la santidad! En
esta asamblea fraterna vivimos y celebramos la presencia del
Maestro, que ha prometido: "Yo estaré con ustedes hasta
la consumación del mundo" (Mt 28,20).
2. Quiero agradecer ahora
las amables palabras que me ha dirigido el señor cardenal
Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México,
presentando la realidad de esta querida comunidad eclesial.
Saludo también con afecto al cardenal Ernesto Corripio Ahumada,
arzobispo emérito de México, así como a los demás cardenales
y obispos mexicanos y a los que han venido de otras partes del
continente americano y de Roma. El Papa les anima en el ejercicio
de su ministerio y les exhorta a no ahorrar energías en predicar
con valor el Evangelio de Cristo.
Saludo también con gran estima a
los sacerdotes y a los consagrados y consagradas, alentándolos a
santificarse con su irrenunciable entrega a Dios mediante su
servicio a la Iglesia y a la nueva evangelización, siguiendo
siempre las directrices de sus pastores. Esto será una gran
fuerza para anunciar mejor a Cristo a los demás, especialmente a
los más alejados. Tengo, asimismo, muy presentes a tantas
religiosas de clausura, que oran por la Iglesia, por el Papa, por
los obispos y sacerdotes, por los misioneros y por todos los
fieles.
Saludo igualmente de manera muy
afectuosa a los numerosos indígenas de diversas regiones de
México, presentes en esta celebración. El Papa se siente muy
cercano a todos ustedes, admirando los valores de sus culturas, y
animándolos a superar con esperanza las difíciles situaciones
que atraviesan. Les invito a esforzarse por alcanzar su propio
desarrollo y trabajar por su propia promoción. ¡Construyan con
responsabilidad su futuro y el de sus hijos! Por eso pido a todos
los fieles de esta nación que se comprometan a ayudar y promover
a los más necesitados de entre ustedes. Es necesario que todos y
cada uno de los hijos de esta patria tengan lo necesario para
llevar una vida digna. Todos los miembros de la sociedad mexicana
son iguales en dignidad, pues son hijos de Dios y, por tanto,
merecen todo respeto y tienen derecho a realizarse plenamente en
la justicia y en la paz.
La palabra del Papa quiere llegar
también a los enfermos que no han podido estar aquí con
nosotros. Me siento muy cerca de ellos para comunicarles el
consuelo y la paz de Cristo. Les pido que, mientras buscan
recuperar la salud, ofrezcan su enfermedad por la Iglesia,
sabiendo el valor salvífico y la fuerza evangelizadora que tiene
el sufrimiento humano asociado al del Señor Jesús.
Agradezco de modo particular a las
autoridades civiles su presencia en esta celebración. El Papa
los anima a seguir trabajando diligentemente por el bien de
todos, con hondo sentido de la justicia, según las
responsabilidades que les han sido encomendadas.
3. En la primera lectura,
al referirse a la expectativa mesiánica de Israel, dice el
Profeta: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una
gran luz" (Is 9,1). Esta luz es Cristo, traída aquí
hace casi quinientos años por los doce primeros evangelizadores
franciscanos procedentes de España. Hoy somos testigos de una fe
arraigada y de los abundantes frutos que dieron el sacrificio y
la abnegación de tantos misioneros.
Como nos recuerda el Concilio
Vaticano II, "Cristo es la luz de los pueblos" (Lumen
gentium, n. 1). Que esta luz ilumine la sociedad mexicana,
sus familias, escuelas y universidades, sus campos y ciudades.
Que los valores del Evangelio inspiren a los gobernantes para
servir a sus conciudadanos, teniendo muy presentes a los más
necesitados.
La fe en Cristo es parte
integrante de la nación mexicana, estando como grabada de manera
indeleble en su historia. ¡No dejen apagar esta luz de la fe!
México sigue necesitándola para poder construir una sociedad
más justa y fraterna, solidaria con los que nada tienen y que
esperan un futuro mejor.
El mundo actual olvida en
ocasiones los valores trascendentes de la persona humana: su
dignidad y libertad, su derecho inviolable a la vida y el don
inestimable de la familia, dentro de un clima de solidaridad en
la convivencia social. Las relaciones entre los hombres no
siempre se fundan sobre los principios de la caridad y ayuda
mutua. Por el contrario, son otros los criterios dominantes,
poniendo en peligro el desarrollo armónico y el progreso
integral de las personas y los pueblos. Por eso los cristianos
han de ser como el "alma" de este mundo: que lo llene
de espíritu, le infunda vida y coopere en la construcción de
una sociedad nueva, regida por el amor y la verdad.
Ustedes, queridos hijos e hijas,
aún en los momentos más difíciles de su historia, han sabido
reconocer siempre al Maestro "que tiene palabras de vida
eterna" (cfr. Jn 6, 68). ¡Hagan que la palabra de
Cristo llegue a los que aún la ignoran! ¡Tengan la valentía de
testimoniar el Evangelio en las calles y plazas, en los valles y
montañas de esta nación! Promuevan la nueva evangelización,
siguiendo las orientaciones de la Iglesia.
4. En el salmo responsorial
hemos cantado: "El Señor es mi luz y mi salvación"
(Sal 26, 1). ¿A quién podemos temer si Él está con nosotros?
Sean, pues, valientes. Busquen al Señor y en Él encontrarán la
paz. Los cristianos están llamados a ser "luz del
mundo" (Mt 5,14), iluminando con el testimonio de sus
obras a la sociedad entera.
Cuando se emprende firmemente el
camino de la fe, se dejan de lado las seducciones que desgarran a
la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, y no se presta atención a
quienes, dando la espalda a la verdad, predican la división y el
odio (cfr. 2 Pe 2, 1-2). Hijos e hijas de México y de América
entera, no busquen en ideologías falaces y aparentemente
novedosas la verdad de la vida: "Jesús es la verdadera
novedad que supera todas las expectativas de la humanidad y así
será para siempre" (Incarnationis mysterium, n. 1).
5. En este autódromo,
convertido hoy como en un gran templo, resuenan con fuerza las
palabras con que Jesús comenzó su predicación: "Conviértanse,
porque ya está cerca el Reino de los cielos" (Mt 4,
17). Desde sus orígenes, la Iglesia transmite fielmente este
mensaje de conversión, para que todos podamos llevar una vida
más pura, según el espíritu del Evangelio. El llamado a la
conversión se hace más acuciante en estos momentos de
preparación al Gran Jubileo, en el que conmemoraremos el
misterio de la Encarnación del Hijo de Dios hace dos mil años.
Al comenzar este año litúrgico,
con la Bula "Incarnationis mysterium", indicaba
cómo "el tiempo jubilar nos introduce en el recio lenguaje
que la pedagogía divina de la salvación usa para impulsar al
hombre a la conversión y la penitencia, principio y camino de su
rehabilitación" (n. 2). Por eso el Papa los exhorta a
convertir su corazón a Cristo. Es necesario que la Iglesia
entera comience el nuevo milenio ayudando a sus hijos a
purificarse del pecado y del mal; que extienda sus horizontes de
santidad y fidelidad para participar en la gracia de Cristo, que
nos ha llamado a ser hijos de la luz y a tener parte en la gloria
eterna (cfr. Col 1, 13).
6. "Síganme y los
haré pescadores de hombres" (Mt 4, 19).
Estas palabras de Jesús, que
hemos escuchado, se repiten a lo largo de la historia y en todos
los rincones de la tierra. Como el Maestro, hago la misma
invitación a todos, especialmente a los jóvenes, a seguir a
Cristo. Queridos jóvenes, Jesús llamó un día a Simón Pedro y
a Andrés. Eran pescadores y abandonaron sus redes para seguirle.
Ciertamente Cristo llama a algunos de ustedes a seguirlo y
entregarse totalmente a la causa del Evangelio. ¡No tengan miedo
de recibir esta invitación del Señor! ¡No permitan que las
redes les impidan seguir el camino de Jesús! Sean generosos, no
dejen de responder al Maestro que llama. Síganle para ser, como
los Apóstoles, pescadores de hombres.
Igualmente, animo a los padres y
madres de familia a ser los primeros en alimentar la semilla de
la vocación en sus hijos, dándoles ejemplo del amor de Cristo
en sus hogares, con esfuerzo y sacrificio, con entrega y
responsabilidad. Queridos padres: formen a sus hijos según los
principios del Evangelio para que puedan ser los evangelizadores
del tercer milenio. La Iglesia necesita más evangelizadores.
América entera, de la que ustedes forman parte, y especialmente
esta querida nación, tienen una gran responsabilidad de cara al
futuro.
Durante mucho tiempo México ha
recibido la abnegada y generosa acción evangelizadora de tantos
testigos de Cristo. Pensemos sólo en algunas de esas figuras
eximias, como Juan de Zumárraga y Vasco de Quiroga. Otros han
evangelizado con su testimonio hasta la muerte, como los beatos
niños mártires de Tlaxcala, Cristóbal, Antonio y Juan, o el
beato Miguel Pro y tantos otros sacerdotes, religiosos y laicos
mártires. Otros, en fin, han sido confesores como el obispo
beato Rafael Guízar.
7. Al concluir, quiero
dirigir mi pensamiento hacia el Tepeyac, a Nuestra Señora de
Guadalupe, Estrella de la primera y de la nueva Evangelización
de América. A ella encomiendo la Iglesia que peregrina en
México y en el continente americano, y le pido ardientemente que
acompañe a sus hijos a entrar con fe y esperanza en el tercer
milenio.
Bajo su cuidado maternal pongo a
los jóvenes de esta patria, así como la vida e inocencia de los
niños, especialmente los que corren el peligro de no nacer.
Confío a su amorosa protección la causa de la vida: ¡que
ningún mexicano se atreva a vulnerar el don precioso y sagrado
de la vida en el vientre materno!
A su intercesión encomiendo a los
pobres con sus necesidades y anhelos. Ante Ella, con su rostro
mestizo, deposito los anhelos y esperanzas de los pueblos
indígenas con su propia cultura que esperan alcanzar sus
legítimas aspiraciones y el desarrollo al que tienen derecho. Le
encomiendo igualmente a los afroamericanos. En sus manos pongo
también a los trabajadores, empresarios y a todos los que con su
actividad colaboran en el progreso de la sociedad actual.
¡Virgen Santísima! que, como el
beato Juan Diego, podamos llevar en el camino de nuestra vida
impresa tu imagen y anunciar la Buena Nueva de Cristo a todos los
hombres.
Pido a todos los fieles de esta
nación que se comprometan a ayudar y promover a los más
necesitados de entre ustedes. Es necesario que todos y cada uno
de los hijos de esta patria tengan lo necesario para llevar una
vida digna.
Cristo llama a algunos de ustedes
a seguirlo y entregarse totalmente a la causa del Evangelio. ¡No
tengan miedo de recibir esta invitación del Señor! ¡No
permitan que las redes les impidan seguir el camino de Jesús!
¡Que ningún mexicano se atreva a
vulnerar el don precioso y sagrado de la vida en el vientre
materno!
EL OBSERVADOR 186-7
24 DE ENERO
Angelus Domini en el autódromo Hermanos
Rodríguez
"Que todos sean uno"
(Jn 17, 11)
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. En la Santa Misa que
acabamos de celebrar he tenido el gozo de compartir con todos
ustedes la misma fe y amor en Jesucristo, unidos con la misma
esperanza en sus promesas. Les agradezco con todo mi corazón su
presencia aquí, tan numerosa, y de nuevo les aliento a vivir
firmemente su compromiso cristiano como miembros de la Iglesia
que camina hacia el tercer milenio.
2. La exhortación
apostólica postsinodal "Ecclesia in América",
presentada ayer, invita a este amado continente a dar un renovado
"sí" a Jesucristo, acogiendo y respondiendo con
generosidad misionera a su mandato de proclamar la Buena Nueva a
todas las naciones (cfr. Mc 13,10). Bajo la mirada protectora de
María pongo de nuevo los frutos evangelizadores del reciente
Sínodo de América, el ardor apostólico de sus Iglesias locales
y también esta visita pastoral a la querida nación mexicana.
3. Mañana se concluye la
Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que este año
tiene como lema: "Él habitará con ellos. Ellos serán su
pueblo y el mismo Dios estará con ellos" (Ap 21,3b).
Alcanzar la plena comunión entre todos los creyentes en Cristo
es un objetivo constante de la Iglesia, la cual pide al Padre con
renovado fiervor en la preparación al Gran Jubileo del 2000 que
sea una realidad el deseo de Cristo de que todos sean uno (cfr.
Jn 17,11). La plena unidad entre los cristianos, hacia la cual se
van dando pasos consoladores, es un don del Espíritu Santo que
se ha de pedir con perseverancia.
4. He recibido con dolor la
noticia del bárbaro asesinato de sor María Abelladoisus, de las
"Misioneras de la Caridad" en Sierra Leona, así como
las informaciones preocupantes sobre episodios de gran violencia
contra obras de la Iglesia, en la República del Congo. Ningún
motivo puede justificar tan feroz encarnizamiento contra personas
e instituciones que, desde hace años, se prodigan al saber del
bien de todos. Roguemos para que el Señor inspire a todos,
sentimientos dignos del hombre creado a imagen de Dios.
5. El amor a la Madre de
Dios, tan característico de la religiosidad americana, ayuda a
orientar la propia vida según el espíritu y los valores del
Evangelio, para testimoniarlos en el mundo. Nuestra Señora de
Guadalupe, unida íntimamente al nacimiento de la Iglesia en
América, fue la Estrella radiante que iluminó el anuncio de
Cristo Salvador a los hijos de estos pueblos, ayudando a los
primeros misioneros en su evangelización. A ella, que llevó en
su seno al "Evangelio de Dios" (Evangelii nuntiandi,
n. 7), pido que les ayude a ser testigos de Cristo ante los
demás.
Que María Santísima interceda
por nosotros y, con su protección materna, nos acompañe en este
compromiso alentador.
A María, que llevó en su seno al
"Evangelio de Dios", pido que les ayude a ser testigos
de Cristo ante los demás.
EL OBSERVADOR 186-8
24 DE ENERO
Mensaje a los enfermos en el hospital
Adolfo López Mateos
¿Tiene un significado que las
personas sufran?
Queridos hermanos y hermanas:
1. Como en otros viajes
pastorales a lo largo y ancho del mundo, también en esta mi
cuarta visita a México he deseado compartir con ustedes,
queridos enfermos hospitalizados en este centro que lleva el
nombre de "Lic. Adolfo López Mateos" -y por medio suyo
con todos los demás enfermos del país- unos momentos en la
oración y la esperanza. Les quiero asegurar mi afecto y, a la
vez, me asocio a su oración y a la de sus seres queridos
pidiendo a Dios, por intercesión de la Santísima Virgen de
Guadalupe, la conveniente salud del cuerpo y del alma, la plena
identificación de sus sufrimientos con los de Cristo y la
búsqueda de los motivos que, basados en la fe, nos ayudan a
comprender el sentido del dolor humano.
Me siento muy cercano a cada uno
de los que sufren, así como a los médicos y demás
profesionales sanitarios que prestan su abnegado servicio a los
enfermos. Quisiera que mi voz traspasara estos muros para llevar
a todos los enfermos y agentes sanitarios la voz de Cristo, y
ofrecer así una palabra de consuelo en la enfermedad y de
estímulo en la misión de la asistencia, recordando muy
especialmente el valor que tiene el dolor en el marco de la obra
redentora del Salvador.
Estar con ustedes, servirles con
amor y competencia no es sólo una obra humanitaria y social,
sino sobre todo, una actividad eminentemente evangélica, pues
Cristo mismo nos invita a imitar al buen samaritano, que cuando
encontró en su camino al hombre que sufría "no pasó de
largo", sino "que tuvo compasión y,
acercándose, vendó sus heridas [...] y cuidó del él" (Lc
10, 32-34). Son muchas las páginas del Evangelio que nos
describen el encuentro de Jesús con personas aquejadas de
diversas enfermedades. Así, san Mateo nos dice que "Jesús
recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando
la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y dolencia en
el pueblo. Su fama llegó a toda Siria; y le trajeron todos los
que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos,
endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó"
(4,23-24). San Pedro, siguiendo los pasos de Cristo, junto a la
Puerta Hermosa del templo ayudó a caminar a un tullido (cfr. Hch
3, 2-5) y en cuanto se corrió la voz de lo acaecido, "le
sacaban enfermos a las plazas y los colocaban en lechos y
camillas, para que, al pasar Pedro, siquiera su sombra cubriese a
alguno de ellos" (ibíd. 5, 15-16). Desde sus orígenes,
la Iglesia, movida por el Espíritu Santo, quiere seguir los
ejemplos de Jesús en este sentido, y por eso considera que es un
deber y un privilegio estar al lado del que sufre y cultivar un
amor preferencial hacia los enfermos. Por eso escribí en la
carta apostólica Salvifici doloris: "La Iglesia que
nace del misterio de la redención en la Cruz de Cristo está
obligada a buscar el encuentro con el hombre, de modo particular
en el camino de su sufrimiento. En un encuentro de tal índole el
hombre 'constituye el camino de la Iglesia', y es éste uno de
los más importantes" (n. 3).
2. El hombre está llamado
a la alegría y a la vida feliz, pero experimenta diariamente
muchas formas de dolor, y la enfermedad es la expresión más
frecuente y más común del sufrir humano. Ante ello es
espontáneo preguntarse: ¿Por qué sufrimos? ¿Para qué
sufrimos? ¿Tiene un significado que las personas sufran? ¿Puede
ser positiva la experiencia del dolor físico o moral? Sin duda,
cada uno de nosotros se habrá planteado más de una vez estas
cuestiones, sea desde el lecho del dolor, en los momentos de
convalecencia, antes de someterse a una intervención quirúrgica
o cuando se ha visto sufrir a un ser querido.
Para los cristianos éstos no son
interrogantes sin respuesta. El dolor es un misterio, muchas
veces inescrutable para la razón. Forma parte del misterio de la
persona humana, que sólo se esclarece en Jesucristo, que es
quien revela al hombre su propia identidad. Sólo desde Él
podremos encontrar el sentido a todo lo humano. El sufrimiento
-como he escrito en la carta apostólica Salvifici doloris-
"no puede ser transformado y cambiado con una gracia
exterior sino interior [...] Pero este proceso interior no se
desarrolla siempre de igual manera [...] Cristo no responde
directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el
sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta
salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de
los sufrimientos de Cristo. La respuesta que llega mediante esta
participación es... una llamada: 'Sígueme', 'Ven', toma parte
con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se
realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz"
(n. 26). Por eso, ante el enigma del dolor, los cristianos
podemos decir un decidido "hágase, Señor, tu
voluntad" y repetir con Jesús: "Padre mío, si es
posible, que pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga
como yo quiero sino como quieres Tú" (Mt 26,39).
3. La grandeza y dignidad
del hombre están en ser hijo de Dios y estar llamado a vivir en
íntima unión con Cristo. Esa participación en su vida lleva
consigo el compartir su dolor. El más inocente de los hombres
-el Dios hecho hombre- fue el gran sufriente que cargó sobre sí
con el peso de nuestras faltas y de nuestros pecados. Cuando Él
anuncia a sus discípulos que el Hijo del Hombre debía sufrir
mucho, ser crucificado y resucitar al tercer día, advierte a la
vez que si alguno quiere ir en pos de Él, ha de negarse a sí
mismo, tomar su cruz de cada día, y seguirle (cfr. Lc 9, 22ss).
Existe, pues, una íntima relación entre la Cruz de Jesús
-símbolo del dolor supremo y precio de nuestra verdadera
libertad- y nuestros dolores, sufrimientos, aflicciones, penas y
tormentos que pueden pesar sobre nuestras almas o echar raíces
en nuestros cuerpos. El sufrimiento se transforma y sublima
cuando se es consciente de la cercanía y solidaridad de Dios en
esos momentos. Es esa la certeza que da la paz interior y la
alegría espiritual propias del hombre que sufre generosamente y
ofrece su dolor "como hostia viva, consagrada y agradable
a Dios " (Rm 12,1). El que sufre con esos sentimientos
no es una carga para los demás, sino que contribuye a la
salvación de todos con su sufrimiento.
Vistos así, el dolor, la
enfermedad y los momentos oscuros de la existencia humana
adquieren una dimensión profunda e, incluso, esperanzada. Nunca
se está solo frente al misterio del sufrimiento: se está con
Cristo, que da sentido a toda la vida: a los momentos de alegría
y paz, igual que a los momentos de aflicción y pena. Con Cristo
todo tiene sentido, incluso el sufrimiento y la muerte; sin Él,
nada se explica plenamente, ni siquiera los legítimos placeres
que Dios ha unido a los diversos momentos de la vida humana.
4. La situación de los
enfermos en el mundo y en la Iglesia no es, de ningún modo,
pasiva. A este respecto, quiero recordar las palabras que les
dirigieron los padres sinodales al concluir la VII Asamblea
general ordinaria del Sínodo de los Obispos: "Contamos con
vosotros para enseñar al mundo entero lo que es el amor. Haremos
todo lo posible para que encontréis el lugar al que tenéis
derecho en la sociedad y en la Iglesia" (Per Concilii
semitas ad Populum Dei Nuntius, n. 12). Como escribí en mi
exhortación apostólica Christifideles laici: "A
todos y a cada uno se dirige el llamamiento del Señor: también
los enfermos son enviados como obreros a su viña. El peso que
oprime a los miembros del cuerpo y menoscaba la serenidad del
alma, lejos de retraerles del trabajar en la viña, los llama a
vivir su vocación humana y cristiana y a participar en el
crecimiento del Reino de Dios con nuevas modalidades, incluso
más valiosas [...] muchos enfermos pueden convertirse en
portadores del 'gozo del Espíritu Santo en medio de muchas
tribulaciones' (1Ts 1,6) y ser testigos de la Resurrección
de Jesús" (n. 53). En este sentido, es oportuno tener
presente que los que viven en situación de enfermedad no sólo
están llamados a unir su dolor a la Pasión de Cristo, sino a
tener una parte activa en el anuncio del Evangelio,
testimoniando, desde la propia experiencia de fe, la fuerza de la
vida nueva y la alegría que vienen del encuentro con el Señor
resucitado (cfr. 2Co 4, 10-11; 1P 4, 13; Rm 8, 18ss).
Con estos pensamientos he querido
suscitar en cada uno y cada una de ustedes los sentimientos que
llevan a vivir las pruebas actuales con un sentido sobrenatural,
sabiendo ver en ellas una ocasión para descubrir a Dios en medio
de las tinieblas y los interrogantes, y adivinar los amplios
horizontes que se vislumbran desde lo alto de nuestras cruces de
cada día.
5. Quiero extender mi
saludo a todos los enfermos de México, muchos de los cuales
están siguiendo esta visita a través de la radio o de la
televisión; a sus familiares, amigos y a cuantos les ayudan en
estos momentos de prueba; al personal médico y sanitario, que
ofrecen el contributo de su ciencia y de sus atenciones para
superarlos o, por lo menos, hacerlos más llevaderos; a las
autoridades civiles que se preocupan por el progreso de los
hospitales y los demás centros asistenciales de los diferentes
estados y del país entero. Una mención especial quiero reservar
a las personas consagradas que viven su carisma religioso en el
campo de la salud, así como a los sacerdotes y a los demás
agentes pastorales que les ayudan a encontrar en la fe consuelo y
esperanza.
No puedo dejar de agradecer las
oraciones y sacrificios que ofrecen muchos de ustedes por mi
persona y mi ministerio de pastor de la Iglesia universal.
Al entregar este mensaje a
monseñor José Lizares Estrada, obispo auxiliar de Monterrey y
presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud, les
renuevo mi saludo y mi afecto en el Señor y, por intercesión de
la Virgen de Guadalupe, que al beato Juan Diego le dijo
"¿No soy yo tu salud?"-manifestándose así como quien
invocamos los cristianos con el título de "Salus
infirmorum"-, les imparto de corazón la bendición
apostólica.
Con Cristo todo tiene sentido,
incluso el sufrimiento y la muerte; sin Él, nada se explica
plenamente, ni siquiera los legítimos placeres que Dios ha unido
a los diversos momentos de la vida humana.
EL OBSERVADOR 186-9
25 DE ENERO
Encuentro con representantes de todas
las generaciones del siglo en el estadio Azteca
(Primera parte)
Fin de siglo y de milenio a la luz
del Concilio Vaticano II
Amados hermanos y hermanas:
1. Dentro de poco se
concluirán un siglo y un milenio trascendentales para la
historia de la Iglesia y de la humanidad. En esta hora
significativa ustedes están llamados a tomar renovada conciencia
de ser los depositarios de una rica tradición humana y
religiosa. Es tarea suya transmitir a las nuevas generaciones ese
patrimonio de valores para alimentar su vitalidad y su esperanza,
haciéndoles partícipes de la fe cristiana, que ha forjado su
pasado y ha de caracterizar su futuro.
Hace ahora mil años, en el 999 de
nuestra era, el furor de quienes adoraban a un dios violento,
diciéndose sus representantes, hizo desaparecer a Quetzalcóalt,
el rey-profeta de los toltecas, pues se oponía al uso de la
fuerza para resolver los conflictos humanos. Al aproximarse a la
muerte, llevaba en sus manos una cruz que para él y sus
discípulos simbolizaba la coincidencia entre todas las ideas en
búsqueda de la armonía. Había transmitido a su pueblo altas
enseñanzas: "El bien se impondrá siempre sobre el
mal". "El hombre es el centro de todo lo creado".
"Las armas nunca serán compañeras de la palabra; es ésta
la que despeja las nubes de la tormenta para que nos llene la
claridad divina" (cfr. Raúl Horta, El Humanismo en el
Nuevo Mundo, cap. II). En estas y otras enseñanzas de
Quetzalcóalt podemos ver "como una preparación al
Evangelio" (cfr. Lumen gentium, n. 16), que los
antepasados de muchos de ustedes tendrían el gozo de acoger
quinientos años más tarde.
2. Este milenio ha conocido
el encuentro entre dos mundos, marcando un rumbo inédito en la
historia de la humanidad. Para ustedes es el milenio del
encuentro con Cristo, de las apariciones de Santa María de
Guadalupe en el Tepeyac, de la primera evangelización y
consiguiente implantación de la Iglesia en América.
Los últimos cinco siglos han
dejado una huella decisiva en la identidad y el destino del
continente. Son quinientos años de historia común, tejida entre
los pueblos autóctonos y las gentes venidas de Europa, a las que
se añadieron sucesivamente las provenientes de Africa y Asia.
Con el fenómeno característico del mestizaje se ha puesto de
relieve que todas las razas son iguales en dignidad y con derecho
a su cultura. En toda esta amplia y compleja andadura, Cristo ha
estado incesantemente presente en el caminar de los pueblos
americanos, dándoles también como Madre a la suya, la Virgen
María, a la que ustedes tanto aman.inar de los pueblos
americanos, dándoles también como Madre a la suya, la Virgen
María, a la que ustedes tanto aman.
3. Como sugiere el lema con
que México ha querido recibir por cuarta vez al Papa -"Nace
un milenio. Reafirmamos la fe"-, la nueva época que se
aproxima debe llevar a consolidar la fe de América en
Jesucristo. Esta fe, vivida cotidianamente por numerosos
creyentes, será la que anime e inspire las pautas necesarias
para superar las deficiencias en el progreso social de las
comunidades, especialmente de las campesinas e indígenas; para
sobreponerse a la corrupción que empaña tantas instituciones y
ciudadanos; para desterrar el narcotráfico, basado en la
carencia de valores, en el ansia de dinero fácil y en la
inexperiencia juvenil; para poner fin a la violencia que enfrenta
de manera sangrienta a hermanos y clases sociales. Sólo la fe en
Cristo da origen a una cultura opuesta al egoísmo y a la muerte.
Padres y abuelos aquí presentes:
a ustedes les corresponde transmitir a las nuevas generaciones
arraigadas convicciones de fe, prácticas cristianas y sanas
costumbres morales. En ello, les serán de ayuda las enseñanzas
del último concilio.
4. El Concilio Vaticano II,
como respuesta evangélica a la reciente evolución del mundo y
comienzo de una nueva primavera cristiana (cfr. Tertio
millennio adveniente, n. 18), ha sido providencial para el
siglo XX. Este siglo ha visto dos guerras mundiales, el horror de
los campos de concentración, persecuciones y matanzas, pero ha
sido testigo también de progresos esperanzadores para el futuro,
como el nacimiento de las Naciones Unidas y la Declaración
Universal de los Derechos Humanos.
Por eso me complazco en constatar
los beneficios aportados por la acogida de las orientaciones
conciliares, como son el hondo sentido de comunión y fraternidad
entre los obispos de América que, en estrecha unión con el
Papa, se ha puesto de manifiesto en la celebración del Sínodo
que ayer clausuré solemnemente; el creciente compromiso de los
laicos en la edificación de la Iglesia; el desarrollo de
movimientos que impulsan la santidad de vida y el apostolado de
sus miembros; el aumento de vocaciones al sacerdocio y a la vida
consagrada que se detecta en diversos lugares, entre ellos
México.
Aquí están presentes cuatro
generaciones, y les pregunto: ¿Es verdad que el mundo en el que
vivimos es al mismo tiempo grande y frágil, excelso pero a veces
desorientado? ¿Se trata de un mundo avanzado en unos aspectos
pero retrógrado en tantos otros? Y sin embargo, este mundo
-nuestro mundo- tiene necesidad de Cristo, Señor de la historia,
que ilumina el misterio del hombre y con su Evangelio lo guía en
la búsqueda de soluciones a los principales problemas de nuestro
tiempo (cfr. Gaudium et spes, n. 10).
Porque algunos poderosos volvieron
sus espaldas a Cristo, este siglo que concluye asiste impotente a
la muerte por hambre de millones de seres humanos, aunque
paradójicamente aumenta la producción agrícola e industrial;
renuncia a promover los valores morales, corroídos
progresivamente por fenómenos como la droga, la corrupción, el
consumismo desenfrenado o el difundido hedonismo; contempla
inerme el creciente abismo entre países pobres y endeudados y
otros fuertes y opulentos; sigue ignorando la perversión
intrínseca y las terribles consecuencias de la "cultura de
la muerte"; promueve la ecología, pero ignora que las
raíces profundas de todo atentado a la naturaleza son el
desorden moral y el desprecio del hombre por el hombre.
5. ¡América, tierra de
Cristo y de María!: tú tienes un papel importante en la
construcción del mundo nuevo que el Concilio Vaticano II quiso
promover. Debes comprometerte para que la verdad prevalezca sobre
tantas formas de mentira; para que el bien se sobreponga al mal,
la justicia a la injusticia, la honestidad a la corrupción.
Acoge sin reservas la visión conciliar del hombre, creado por
Dios y redimido por Jesucristo. Así alcanzarás la plena verdad
de los valores morales, frente al espejismo de certezas
momentáneas, sólo precarias y subjetivas.
Quienes formamos la Iglesia
-obispos, sacerdotes, consagrados y laicos- nos sentimos
comprometidos con el anuncio salvador de Cristo. Siguiendo su
ejemplo, no queremos imponer su mensaje, sino proponerlo en plena
libertad, recordando que sólo Él tiene palabras de vida eterna
y confiando plenamente en la fuerza y la acción del Espíritu
Santo en lo más íntimo del corazón humano.
¡Que ustedes, católicos de todas
las generaciones del siglo XX, sean portadores y testigos de la
gran esperanza de la Iglesia en todos los ambientes donde Dios
los ha enviado como semillas de fe, de esperanza y de un amor sin
fronteras para todos sus hermanos!
(Segunda parte)
El Siglo XXI, siglo de la nueva
evangelización y del gran reto de los jóvenes cristianos.
6. El año próximo
celebraremos dos milenios desde que "la Palabra se hizo
carne, y puso su morada entre nosotros" (Jn 1, 14). El
Hijo de Dios hecho hombre enseñó a todos a ser hombres y
mujeres auténticos, compadeciéndose de las muchedumbres que
encontraba como ovejas sin pastor y dando su vida por nuestra
salvación. Su presencia y acción continúan en la tierra a
través de su Iglesia, su Cuerpo Místico. Por eso, cada
cristiano está llamado a anunciar, testimoniar y hacer presente
a Cristo en todos los ambientes, en las diferentes culturas y
épocas de la historia.
7. La evangelización,
tarea primordial, misión y vocación propia de la Iglesia (cfr. Evangelii
nuntiandi, n. 14), nace precisamente de la fe en la Palabra,
que es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a
este mundo (cfr. Jn 1,9). A cuantos hoy se encuentran unidos al
Papa, aquí o a través de los medios de comunicación, les digo:
¡Siéntanse responsables de difundir esta luz que han recibido!
Pronto terminarán un siglo y un
milenio en los cuales, a pesar de tantos conflictos, se ha
promovido el valor de la persona por encima de las estructuras
sociales, políticas y económicas. A este respecto, la nueva
evangelización lleva también consigo la respuesta de la Iglesia
a este importante cambio de perspectiva histórica. Cada uno de
ustedes, con su modo de vivir y su compromiso cristiano, ha de
testimoniar, a lo largo y ancho de América y del mundo, que
Cristo es el verdadero promotor de la dignidad humana y de su
libertad.
8. Los discípulos de Cristo
deseamos que en el próximo siglo prevalezca la unidad y no las
divisiones; la fraternidad y no los antagonismos; la paz y no las
guerras. Esto es también un objetivo esencial de la nueva
evangelización. Ustedes, como hijos de la Iglesia, deben
trabajar para que la sociedad global que se acerca no sea
espiritualmente indigente ni herede los errores del siglo que
concluye.
Para ello es necesario decir sí a
Dios y comprometerse con Él en la construcción de una nueva
sociedad donde la familia sea un ámbito de generosidad y amor;
la razón dialogue serenamente con la fe; la libertad favorezca
una convivencia caracterizada por la solidaridad y la
participación. En efecto, quien tiene al Evangelio como guía y
norma de vida no puede permanecer en una actitud pasiva, sino que
ha de compartir y difundir la luz de Cristo, incluso con el
propio sacrificio.
9. La nueva evangelización
será semilla de esperanza para el nuevo milenio si ustedes,
católicos de hoy, se esfuerzan en transmitir a las generaciones
venideras la preciosa herencia de valores humanos y cristianos
que han dado sentido a su vida. Ustedes, hombres y mujeres que
con el paso de los años han acumulado preciosas enseñanzas de
la vida; ustedes tienen la misión de procurar que las nuevas
generaciones reciban una sólida formación cristiana durante su
preparación intelectual y cultural, para evitar que el pujante
progreso les cierre a lo trascendente. En fin, preséntense
siempre como infatigables promotores de diálogo y concordia
frente al predominio de la fuerza sobre el derecho y a la
indiferencia ante los dramas del hambre y la enfermedad que
acucian a grandes masas de la población.
10. Por su parte, ustedes,
jóvenes y muchachos que miran hacia el mañana con el corazón
lleno de esperanza, están llamados a ser los artífices de la
historia y de la evangelización ya en el presente y luego en el
futuro. Una prueba de que no han recibido en vano tan rico legado
cristiano y humano será su decidida aspiración a la santidad,
tanto en la vida de familia que muchos formarán dentro de unos
años, como entregándose a Dios en el sacerdocio o la vida
consagrada si son llamados a ello.
El Concilio Vaticano II nos ha
recordado que todos los bautizados, y no sólo algunos
privilegiados, están llamados a encarnar en su existencia la
vida de Cristo, a tener sus mismos sentimientos y a confiar
plenamente en la voluntad del Padre, entregándose sin reservas a
su plan salvífico, iluminados por el Espíritu Santo, llenos de
generosidad y de amor incansable por los hermanos, especialmente
los más desfavorecidos. El ideal que Jesucristo les propone y
enseña con su vida es ciertamente muy alto, pero es el único
que puede dar sentido pleno a la vida. Por eso, desconfíen de
los falsos profetas que proponen otras metas, más confortables
tal vez, pero siempre engañosas. ¡No se conformen con menos!
11. Los cristianos del
siglo XXI tienen también una fuente inagotable de inspiración
en las comunidades eclesiales de los primeros siglos. Quienes
habían convivido con Jesús, o escuchado directamente el
testimonio de los Apóstoles, sintieron sus vidas como
transformadas e inundadas de una nueva luz. Pero debieron vivir
su fe en un mundo indiferente e incluso hostil. Hacer penetrar la
verdad del Evangelio, trastocar muchas convicciones y costumbres
que denigraban la dignidad humana, supuso grandes sacrificios,
firme constancia y una gran creatividad. Sólo con la fe
inquebrantable en Cristo, alimentada constantemente por la
oración, la escucha de la Palabra y la participación asidua en
la Eucaristía, las primeras generaciones cristianas pudieron
superar aquellas dificultades y consiguieron fecundar la historia
humana con la novedad del Evangelio, derramando, tantas veces, la
propia sangre.
En la nueva era que despunta, era
de la informática y de los poderosos medios de comunicación,
abocada a una globalización cada vez más fluida de las
relaciones económicas y sociales, ustedes, queridísimos
jóvenes, y sus coetáneos tienen ante sí el reto de abrir la
mente y el corazón de la humanidad a la novedad de Cristo y a la
gratuidad de Dios. Sólo de este modo se alejará el riesgo de un
mundo y una historia sin alma, engreída de sus conquistas
técnicas pero carente de esperanza y de sentido profundo.
11. Ustedes, jóvenes de
México y de América, han de procurar que el mundo que un día
se les confiará esté orientado hacia Dios, y que las
instituciones políticas o científicas, financieras o culturales
se pongan al servicio auténtico del hombre, sin distinción de
razas ni clases sociales. La sociedad del mañana ha de saber
gracias a ustedes, por la alegría que dimana de su fe cristiana
vivida en plenitud, que el corazón humano encuentra la paz y la
plena felicidad sólo en Dios. Como buenos cristianos, han de ser
también ciudadanos ejemplares, capaces de trabajar junto con los
hombres de buena voluntad para transformar pueblos y regiones,
con la fuerza de la verdad de Jesús y de una esperanza que no
decae ante las dificultades. Traten de poner en práctica el
consejo de san Pablo: "No te dejes vencer por el mal;
antes bien, vence al mal con el bien" (Rm 12, 21).
12. Les dejo como recuerdo
y como prenda las palabras de despedida de Jesús, que iluminan
el futuro y alientan nuestra esperanza: "Yo estoy con
ustedes todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,
20).
En nombre del Señor, vayan
ustedes decididamente a evangelizar el propio ambiente para que
sea más humano, fraterno y solidario; más respetuoso de la
naturaleza que se nos ha encomendado. Contagien la fe y los
ideales de vida a todas las gentes del continente, no con
confrontaciones inútiles, sino con el testimonio de la propia
vida. Revelen que Cristo tiene palabras de vida eterna, capaces
de salvar a los hombres de ayer, de hoy y de mañana. Revelen a
sus hermanos el rostro divino y humano de Jesucristo, Alfa y
Omega, Principio y Fin, el Primero y el Ultimo de toda la
creación y de toda la historia, también de la que ustedes
están escribiendo con sus vidas.
¡América, tierra de Cristo y de
María! tú tienes un papel importante en la construcción del
mundo nuevo que el Concilio Vaticano II quiso promover. Debes
comprometerte para que la verdad prevalezca sobre tantas formas
de mentira; para que el bien se sobreponga al mal, la justicia a
la injusticia, la honestidad a la corrupción.
Es necesario decir sí a Dios y
comprometerse con Él en la construcción de una nueva sociedad
donde la familia sea un ámbito de generosidad y amor; la razón
dialogue serenamente con la fe; la libertad favorezca una
convivencia caracterizada por la solidaridad y la participación.
EL OBSERVADOR 186-10
26 DE ENERO
Ceremonia de despedida en el aeropuerto
internacional Benito Juárez
"¡Dios te bendiga,
México!"
Señor Presidente, señores
cardenales y hermanos en el episcopado, excelentísimas
autoridades, amadísimos hermanos y hermanas de México:
1. Las densas y emotivas
jornadas con el Pueblo de Dios que peregrina en tierras mexicanas
han dejado en mí profunda huella. Me llevo grabados los rostros
de tantas personas encontradas durante estos días. Estoy muy
agradecido a todos por su cordial hospitalidad, expresión
genuina del alma mexicana, y sobre todo por haber podido
compartir intensos momentos de oración y reflexión en las
celebraciones de la Santa Misa en la basílica de Guadalupe y en
el autódromo "Hermanos Rodríguez"; en la visita al
hospital "Licenciado Adolfo López Mateos" y el
memorable encuentro con las cuatro generaciones en el estadio
Azteca.
2. Pido a Dios que bendiga
y recompense a todos los que han cooperado en la realización de
esta visita. Le estoy muy reconocido, señor Presidente, por sus
amables palabras a mi llegada, por haberme recibido en su
residencia presidencial, por todas las atenciones que ha tenido
hacia mi persona, así como por la colaboración prestada por las
autoridades.
Mi gratitud se extiende también
al señor cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de
México, así como a los demás obispos mexicanos y a los venidos
de todo el continente, que han colaborado para que esta visita se
viviera con tanta intensidad. Mi agradecimiento se hace oración
invocando del Cielo las mejores bendiciones para este pueblo que,
en tantas ocasiones, ha demostrado su fidelidad a Dios, a la
Iglesia y al sucesor de san Pedro. Por eso desde aquí elevo mi
voz hacia lo alto:
¡Dios te bendiga, México!, por
los ejemplos de humanidad y de fe de tus gentes, por los
esfuerzos en defender la familia y la vida.¡Dios te bendiga,
México!, por los ejemplos de humanidad y de fe de tus gentes,
por los esfuerzos en defender la familia y la vida.
¡Dios te bendiga, México!, por
la fidelidad y amor de tus hijos a la Iglesia. Los hombres y
mujeres que componen el rico mosaico de tus diversas y fecundas
culturas encuentran en Cristo la fuerza para superar antiguos o
recientes antagonismos y sentirse hijos de un mismo Padre.
¡Dios te bendiga, México!, que
cuentas con numerosos pueblos indígenas, cuyo progreso y respeto
quieres promover. Ellos conservan ricos valores humanos y
religiosos y quieren trabajar juntos para construir un futuro
mejor.
¡Dios te bendiga, México!, que
te esfuerzas en desterrar para siempre las luchas que dividieron
a tus hijos mediante un diálogo fecundo y constructivo. Un
diálogo en el que nadie quede excluido y acumune aún más a
todos tus habitantes, a los creyentes fieles a su fe en Cristo y
a los que están alejados de Él. Sólo el diálogo fraterno
entre todos dará vigor a los proyectos de futuras reformas,
auspiciadas por los ciudadanos de buena voluntad, pertenecientes
a todos los credos religiosos y a los diversos sectores
políticos y culturales.
¡Dios te bendiga, México!, que
sigues extrañando a tus hijos emigrantes en busca de pan y
trabajo. Ellos han contribuido también a propagar la fe
católica en sus nuevos ambientes y a construir una América que,
como manifestaron los obispos en el Sínodo, quiere ser solidaria
y fraterna.
¡Dios te bendiga, México!, por
la libertad religiosa que vas reconociendo para quienes lo adoran
dentro de tus fronteras. Esta libertad, garantía de estabilidad,
da pleno sentido a las demás libertades y derechos
fundamentales.
¡Dios te bendiga México!, por la
Iglesia que está presente en tu suelo. Los obispos, junto con
los sacerdotes, consagrados, consagradas y laicos, comprometidos
en la nueva evangelización, fieles a Cristo y a su Evangelio,
anuncian en tu tierra, desde hace casi cinco siglos, el Reino de
Dios.
3. México es un gran
País, que hunde sus raíces en un pasado rico por su fe
cristiana y abierto hacia el futuro en su clara vocación
americana y mundial. Recorriendo las calles del Distrito Federal,
teniendo presente en el corazón a los estados que integran a la
nación, he sentido nuevamente el latir de este noble pueblo, que
con tanto afecto me recibió en mi primer viaje apostólico fuera
de Roma, al inicio de mi ministerio petrino. En su acogida veo el
fiel reflejo de una realidad que se abre camino en la vida
mexicana: la de un nuevo clima en las relaciones respetuosas,
sólidas y constructivas entre el Estado y la Iglesia, superando
otros tiempos, que, con sus luces y sombras, son ya historia.
Este nuevo clima favorecerá cada vez más la colaboración en
favor del pueblo mexicano.
4. Al concluir esta visita
pastoral, quiero reafirmar mi plena confianza en el porvenir de
este pueblo. Un futuro en el que México, cada vez más
evangelizado y más cristiano, sea un país de referencia en
América y en el mundo; un país donde la democracia, cada día
más arraigada y firme, más trasparente y efectiva, junto con la
gozosa y pacífica convivencia entre sus gentes, sea siempre una
realidad bajo la tierna mirada de su Reina y Madre, la Virgen de
Guadalupe.
Para Ella, mi última mirada y mi
último saludo antes de dejar por cuarta vez esta bendita tierra
mexicana. A Ella confío a todos y cada uno de sus hijos
mexicanos, cuyo recuerdo llevo en mi corazón. ¡Virgen de
Guadalupe, vela sobre México!, ¡vela sobre todo el querido
continente americano!
Al concluir esta visita pastoral,
quiero reafirmar mi plena confianza en el porvenir de este
pueblo. Un futuro en el que México, cada vez más evangelizado y
más cristiano, sea un país de referencia en América y en el
mundo.
EL OBSERVADOR 186-11
FIN