El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

7 de febrero de 1999 No. 187

SUMARIO

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"Los mass media: presencia amiga para quien busca al Padre"

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Cuaderno de notas: Las dos patrias

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Sobre la marcha

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CORRESPONDENCIA: Mi encuentro personal con el Papa

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El Papa y los pueblos indígenas

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Los católicos en el mundo musulmán

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MIRADA A NUESTRO TIEMPO Me gusta mi ciudad

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PINCELADAS Aún queda gente buena

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MEDIOS DE COMUNICACION Matar es juego

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Año del Padre celestial: Creador de lo visible y lo invisible

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COMENTARIO A FONDO El Papa se ha ido. ¿Ahora qué?

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GRANDES FIRMAS El perdón transforma el pasado

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LIBROS A LAS PUERTAS DEL TEMPLO Moby Dick y las grandes obras

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INTIMIDADES. LOS JOVENES NOS CUENTAN: Tal vez estoy embarazada, ¿qué hago?

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VIDA CRISTIANA El poder curativo del amor

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El miedo al amor

 

"Los mass media: presencia amiga para quien busca al Padre"

Ayudar a la búsqueda del sentido de la vida humana, exige el Papa a comunicadores

Nota de la redacción:
Como todos los años -desde hace 32-, el Papa emite un mensaje al mundo de las comunicaciones sociales para evangelizarlo y atraerlo hacia la fe en Cristo. En esta ocasión, para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, a celebrarse el próximo domingo 16 de mayo, Juan Pablo II ha pedido que se reflexione sobre "los mass media, presencia amiga para quien busca al Padre". ¿Son los medios un lugar para encontrarse con Dios? La mayoría, hay que decirlo, ni remotamente se lo plantean así. Para ellos vale la mercancía y no el hombre que busca un sentido a su vida. Es más, al hombre los medios a menudo le imponen ese sentido en el consumo, la lujuria, el dinero...

1. El tema implica dos interrogantes: ¿cómo podrían los medios trabajar con Dios en vez de contra Él? y ¿cómo podrían constituirse los medios en compañeros gratos para aquellos que buscan la presencia del amor de Dios en sus vidas? Esto conlleva también una afirmación de hecho y una razón para dar gracias: lo que los medios hacen a veces es ayudar a que, quienes están buscando a Dios, realicen una nueva lectura del libro de la naturaleza, que es el reino de la razón, y del libro de la revelación, la Biblia, que es el reino de la fe. Finalmente, el tema implica una invitación y una esperanza: que los responsables del mundo de las comunicaciones sociales se comprometan cada vez más a ayudar en vez de impedir la búsqueda del sentido que es parte esencial de la vida humana.

Buscar al Padre donde se puede encontrar

2. Ser humano es ir buscando; y, como subrayé en mi reciente carta encíclica Fides et ratio, toda búsqueda humana es, en definitiva, una búsqueda de Dios: "La Fe y la Razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo". El Gran Jubileo será una celebración de Dios, que es la meta de toda búsqueda humana, una celebración de la infinita misericordia que todos los hombres y mujeres desean, aunque con frecuencia ellos mismos se encuentran frustrados por el pecado, lo cual, utilizando la expresión de san Agustín, es como buscar la cosa justa en el sitio equivocado (cfr. Confesiones, X,3 8). Nosotros pecamos cuando buscamos a Dios donde no se le puede encontrar. En consecuencia, hablando "para quien busca al Padre", tema de este año para la Jornada Mundial de las Comunicaciones, hablo también para cada hombre y mujer. Todos están buscando, aunque no todos buscan en el sitio justo. El tema reconoce la influencia excepcional de los medios en la cultura contemporánea y, por lo tanto, la especial responsabilidad de los medios para atestiguar la verdad sobre la vida, sobre la dignidad humana, sobre el verdadero sentido de nuestra libertad y mutua interdependencia.

Las diferencias no son razón de enemistad

3. En la trayectoria de la búsqueda humana, la Iglesia desea la amistad con estos medios, consciente de que toda forma de cooperación será para bien de todos. Cooperación significa también un mayor entendimiento entre todos. A veces las relaciones entre la Iglesia y los medios pueden deteriorarse por malentendidos mutuos que engendran temor y desconfianza. Es cierto que la cultura de la Iglesia y la cultura de los medios es diferente; de hecho en ciertos puntos existe un fuerte contraste. Pero no existe razón para que las diferencias hagan imposible la amistad y el diálogo. En muchas amistades profundas son precisamente las diferencias las que alientan la creatividad y establecen lazos.

La cultura del memorial de la Iglesia puede salvar a la cultura de la fugacidad de la "noticia" que nos trae la comunicación moderna, del olvido que corroe la esperanza; los medios, en cambio, pueden ayudar a la Iglesia a proclamar el Evangelio en toda su perdurable actualidad, en la realidad de cada día de la vida de las personas. La cultura de sabiduría de la Iglesia puede salvar a la cultura de información de los mass-media de convertirse en una acumulación de hechos sin sentido; y los medios pueden ayudar a la sabiduría de la Iglesia a permanecer alerta ante los impresionantes nuevos conocimientos que ahora emergen. La cultura de alegría de la Iglesia puede salvar la cultura de entretenimiento de los medios de convertirse en una fuga desalmada de la verdad y la responsabilidad; y los medios pueden ayudar a la Iglesia a comprender mejor cómo comunicar con la gente de forma atractiva y que a la vez deleite. Estos son algunos ejemplos de cómo una cooperación más estrecha en un espíritu de amistad y a un nivel más profundo puede ayudar a ambos, la Iglesia y los medios de comunicación social, a servir a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo en su búsqueda del sentido y la realización.

Mirar con esperanza al nuevo milenio

4. Con la reciente explosión de la información tecnológica, la posibilidad de comunicación entre individuos y grupos, en cualquier parte del mundo, nunca ha sido tan grande. Paradójicamente, todavía muchas fuerzas que podrían conducir a una mejor comunicación pueden llevar también al aumento de la inadaptación y alienación. Sin embargo, nosotros mismos nos encontramos en un tiempo de amenaza y promesas. Ninguna persona de bien deseará que la amenaza prevalezca de forma que pueda producir todavía más sufrimiento humano, menos aún al final de un siglo y de un milenio que ha recibido una buena parte de aflicción. Miremos por el contrario con gran esperanza al nuevo milenio, confiando que existirán personas en la Iglesia y en los medios dispuestas a cooperar para asegurar que la promesa prevalezca sobre la amenaza, la comunicación sobre la alienación. Esto asegurará que el mundo de los medios sea cada vez más un agradable compañero para todas las personas, presentándose a ellas con "noticias" unidas al recuerdo, la información unida a la sabiduría y el entretenimiento unido a la alegría. De este modo también se asegurará un mundo donde la Iglesia y los medios podrán trabajar juntos por el bien de la humanidad. Esto es lo que se necesita para que el poder de los medios no sea una fuerza que destruye sino un amor creativo, un amor que refleje el amor de Dios "que es Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos" (Ef 4, 6).

Puedan todos los que trabajan en el mundo de la comunicación social conocer la alegría de la amistad divina, de forma que conociendo la amistad de Dios puedan disfrutar de la amistad de todos los hombres y mujeres en su camino hacia la casa del Padre, para quien es todo honor y gloria, alabanza y acción de gracias, con el Hijo y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.

EL OBSERVADOR 187-1

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CUADERNO DE NOTAS

Nota de la redacción:
Como todos los años -desde hace 32-, el Papa emite un mensaje al mundo de las comunicaciones sociales para evangelizarlo y atraerlo hacia la fe en Cristo. En esta ocasión, para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, a celebrarse el próximo domingo 16 de mayo, Juan Pablo II ha pedido que se reflexione sobre "los mass media, presencia amiga para quien busca al Padre". ¿Son los medios un lugar para encontrarse con Dios? La mayoría, hay que decirlo, ni remotamente se lo plantean así. Para ellos vale la mercancía y no el hombre que busca un sentido a su vida. Es más, al hombre los medios a menudo le imponen ese sentido en el consumo, la lujuria, el dinero...

1. El tema implica dos interrogantes: ¿cómo podrían los medios trabajar con Dios en vez de contra Él? y ¿cómo podrían constituirse los medios en compañeros gratos para aquellos que buscan la presencia del amor de Dios en sus vidas? Esto conlleva también una afirmación de hecho y una razón para dar gracias: lo que los medios hacen a veces es ayudar a que, quienes están buscando a Dios, realicen una nueva lectura del libro de la naturaleza, que es el reino de la razón, y del libro de la revelación, la Biblia, que es el reino de la fe. Finalmente, el tema implica una invitación y una esperanza: que los responsables del mundo de las comunicaciones sociales se comprometan cada vez más a ayudar en vez de impedir la búsqueda del sentido que es parte esencial de la vida humana.

Buscar al Padre donde se puede encontrar

2. Ser humano es ir buscando; y, como subrayé en mi reciente carta encíclica Fides et ratio, toda búsqueda humana es, en definitiva, una búsqueda de Dios: "La Fe y la Razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo". El Gran Jubileo será una celebración de Dios, que es la meta de toda búsqueda humana, una celebración de la infinita misericordia que todos los hombres y mujeres desean, aunque con frecuencia ellos mismos se encuentran frustrados por el pecado, lo cual, utilizando la expresión de san Agustín, es como buscar la cosa justa en el sitio equivocado (cfr. Confesiones, X,3 8). Nosotros pecamos cuando buscamos a Dios donde no se le puede encontrar. En consecuencia, hablando "para quien busca al Padre", tema de este año para la Jornada Mundial de las Comunicaciones, hablo también para cada hombre y mujer. Todos están buscando, aunque no todos buscan en el sitio justo. El tema reconoce la influencia excepcional de los medios en la cultura contemporánea y, por lo tanto, la especial responsabilidad de los medios para atestiguar la verdad sobre la vida, sobre la dignidad humana, sobre el verdadero sentido de nuestra libertad y mutua interdependencia.

Las diferencias no son razón de enemistad

3. En la trayectoria de la búsqueda humana, la Iglesia desea la amistad con estos medios, consciente de que toda forma de cooperación será para bien de todos. Cooperación significa también un mayor entendimiento entre todos. A veces las relaciones entre la Iglesia y los medios pueden deteriorarse por malentendidos mutuos que engendran temor y desconfianza. Es cierto que la cultura de la Iglesia y la cultura de los medios es diferente; de hecho en ciertos puntos existe un fuerte contraste. Pero no existe razón para que las diferencias hagan imposible la amistad y el diálogo. En muchas amistades profundas son precisamente las diferencias las que alientan la creatividad y establecen lazos.

La cultura del memorial de la Iglesia puede salvar a la cultura de la fugacidad de la "noticia" que nos trae la comunicación moderna, del olvido que corroe la esperanza; los medios, en cambio, pueden ayudar a la Iglesia a proclamar el Evangelio en toda su perdurable actualidad, en la realidad de cada día de la vida de las personas. La cultura de sabiduría de la Iglesia puede salvar a la cultura de información de los mass-media de convertirse en una acumulación de hechos sin sentido; y los medios pueden ayudar a la sabiduría de la Iglesia a permanecer alerta ante los impresionantes nuevos conocimientos que ahora emergen. La cultura de alegría de la Iglesia puede salvar la cultura de entretenimiento de los medios de convertirse en una fuga desalmada de la verdad y la responsabilidad; y los medios pueden ayudar a la Iglesia a comprender mejor cómo comunicar con la gente de forma atractiva y que a la vez deleite. Estos son algunos ejemplos de cómo una cooperación más estrecha en un espíritu de amistad y a un nivel más profundo puede ayudar a ambos, la Iglesia y los medios de comunicación social, a servir a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo en su búsqueda del sentido y la realización.

Mirar con esperanza al nuevo milenio

4. Con la reciente explosión de la información tecnológica, la posibilidad de comunicación entre individuos y grupos, en cualquier parte del mundo, nunca ha sido tan grande. Paradójicamente, todavía muchas fuerzas que podrían conducir a una mejor comunicación pueden llevar también al aumento de la inadaptación y alienación. Sin embargo, nosotros mismos nos encontramos en un tiempo de amenaza y promesas. Ninguna persona de bien deseará que la amenaza prevalezca de forma que pueda producir todavía más sufrimiento humano, menos aún al final de un siglo y de un milenio que ha recibido una buena parte de aflicción. Miremos por el contrario con gran esperanza al nuevo milenio, confiando que existirán personas en la Iglesia y en los medios dispuestas a cooperar para asegurar que la promesa prevalezca sobre la amenaza, la comunicación sobre la alienación. Esto asegurará que el mundo de los medios sea cada vez más un agradable compañero para todas las personas, presentándose a ellas con "noticias" unidas al recuerdo, la información unida a la sabiduría y el entretenimiento unido a la alegría. De este modo también se asegurará un mundo donde la Iglesia y los medios podrán trabajar juntos por el bien de la humanidad. Esto es lo que se necesita para que el poder de los medios no sea una fuerza que destruye sino un amor creativo, un amor que refleje el amor de Dios "que es Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos" (Ef 4, 6).

Puedan todos los que trabajan en el mundo de la comunicación social conocer la alegría de la amistad divina, de forma que conociendo la amistad de Dios puedan disfrutar de la amistad de todos los hombres y mujeres en su camino hacia la casa del Padre, para quien es todo honor y gloria, alabanza y acción de gracias, con el Hijo y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.

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CUADERNO DE NOTAS


Como todos los años -desde hace 32-, el Papa emite un mensaje al mundo de las comunicaciones sociales para evangelizarlo y atraerlo hacia la fe en Cristo. En esta ocasión, para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, a celebrarse el próximo domingo 16 de mayo, Juan Pablo II ha pedido que se reflexione sobre "los mass media, presencia amiga para quien busca al Padre". ¿Son los medios un lugar para encontrarse con Dios? La mayoría, hay que decirlo, ni remotamente se lo plantean así. Para ellos vale la mercancía y no el hombre que busca un sentido a su vida. Es más, al hombre los medios a menudo le imponen ese sentido en el consumo, la lujuria, el dinero...

1. El tema implica dos interrogantes: ¿cómo podrían los medios trabajar con Dios en vez de contra Él? y ¿cómo podrían constituirse los medios en compañeros gratos para aquellos que buscan la presencia del amor de Dios en sus vidas? Esto conlleva también una afirmación de hecho y una razón para dar gracias: lo que los medios hacen a veces es ayudar a que, quienes están buscando a Dios, realicen una nueva lectura del libro de la naturaleza, que es el reino de la razón, y del libro de la revelación, la Biblia, que es el reino de la fe. Finalmente, el tema implica una invitación y una esperanza: que los responsables del mundo de las comunicaciones sociales se comprometan cada vez más a ayudar en vez de impedir la búsqueda del sentido que es parte esencial de la vida humana.

Buscar al Padre donde se puede encontrar

2. Ser humano es ir buscando; y, como subrayé en mi reciente carta encíclica Fides et ratio, toda búsqueda humana es, en definitiva, una búsqueda de Dios: "La Fe y la Razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo". El Gran Jubileo será una celebración de Dios, que es la meta de toda búsqueda humana, una celebración de la infinita misericordia que todos los hombres y mujeres desean, aunque con frecuencia ellos mismos se encuentran frustrados por el pecado, lo cual, utilizando la expresión de san Agustín, es como buscar la cosa justa en el sitio equivocado (cfr. Confesiones, X,3 8). Nosotros pecamos cuando buscamos a Dios donde no se le puede encontrar. En consecuencia, hablando "para quien busca al Padre", tema de este año para la Jornada Mundial de las Comunicaciones, hablo también para cada hombre y mujer. Todos están buscando, aunque no todos buscan en el sitio justo. El tema reconoce la influencia excepcional de los medios en la cultura contemporánea y, por lo tanto, la especial responsabilidad de los medios para atestiguar la verdad sobre la vida, sobre la dignidad humana, sobre el verdadero sentido de nuestra libertad y mutua interdependencia.

Las diferencias no son razón de enemistad

3. En la trayectoria de la búsqueda humana, la Iglesia desea la amistad con estos medios, consciente de que toda forma de cooperación será para bien de todos. Cooperación significa también un mayor entendimiento entre todos. A veces las relaciones entre la Iglesia y los medios pueden deteriorarse por malentendidos mutuos que engendran temor y desconfianza. Es cierto que la cultura de la Iglesia y la cultura de los medios es diferente; de hecho en ciertos puntos existe un fuerte contraste. Pero no existe razón para que las diferencias hagan imposible la amistad y el diálogo. En muchas amistades profundas son precisamente las diferencias las que alientan la creatividad y establecen lazos.

La cultura del memorial de la Iglesia puede salvar a la cultura de la fugacidad de la "noticia" que nos trae la comunicación moderna, del olvido que corroe la esperanza; los medios, en cambio, pueden ayudar a la Iglesia a proclamar el Evangelio en toda su perdurable actualidad, en la realidad de cada día de la vida de las personas. La cultura de sabiduría de la Iglesia puede salvar a la cultura de información de los mass-media de convertirse en una acumulación de hechos sin sentido; y los medios pueden ayudar a la sabiduría de la Iglesia a permanecer alerta ante los impresionantes nuevos conocimientos que ahora emergen. La cultura de alegría de la Iglesia puede salvar la cultura de entretenimiento de los medios de convertirse en una fuga desalmada de la verdad y la responsabilidad; y los medios pueden ayudar a la Iglesia a comprender mejor cómo comunicar con la gente de forma atractiva y que a la vez deleite. Estos son algunos ejemplos de cómo una cooperación más estrecha en un espíritu de amistad y a un nivel más profundo puede ayudar a ambos, la Iglesia y los medios de comunicación social, a servir a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo en su búsqueda del sentido y la realización.

Mirar con esperanza al nuevo milenio

4. Con la reciente explosión de la información tecnológica, la posibilidad de comunicación entre individuos y grupos, en cualquier parte del mundo, nunca ha sido tan grande. Paradójicamente, todavía muchas fuerzas que podrían conducir a una mejor comunicación pueden llevar también al aumento de la inadaptación y alienación. Sin embargo, nosotros mismos nos encontramos en un tiempo de amenaza y promesas. Ninguna persona de bien deseará que la amenaza prevalezca de forma que pueda producir todavía más sufrimiento humano, menos aún al final de un siglo y de un milenio que ha recibido una buena parte de aflicción. Miremos por el contrario con gran esperanza al nuevo milenio, confiando que existirán personas en la Iglesia y en los medios dispuestas a cooperar para asegurar que la promesa prevalezca sobre la amenaza, la comunicación sobre la alienación. Esto asegurará que el mundo de los medios sea cada vez más un agradable compañero para todas las personas, presentándose a ellas con "noticias" unidas al recuerdo, la información unida a la sabiduría y el entretenimiento unido a la alegría. De este modo también se asegurará un mundo donde la Iglesia y los medios podrán trabajar juntos por el bien de la humanidad. Esto es lo que se necesita para que el poder de los medios no sea una fuerza que destruye sino un amor creativo, un amor que refleje el amor de Dios "que es Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos" (Ef 4, 6).

Puedan todos los que trabajan en el mundo de la comunicación social conocer la alegría de la amistad divina, de forma que conociendo la amistad de Dios puedan disfrutar de la amistad de todos los hombres y mujeres en su camino hacia la casa del Padre, para quien es todo honor y gloria, alabanza y acción de gracias, con el Hijo y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.

EL OBSERVADOR 187-1

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CUADERNO DE NOTAS

Las dos patrias

Hay, por lo menos, dos patrias en nuestro horizonte de vida. La una la tenemos que respetar; la otra, que construir. La patria civil -que es la tierra de nuestros padres, la que nos heredaron junto con sus luchas, sus reclamos, sus ilusiones- y la patria de la caridad -que es aquella donde los hombres se dan la mano, el común espacio del amor.

"La caridad es una patria", solía decir Henri de Montherlant, un escritor francés injustamente olvidado, aun en su tierra. Quizá sea ésta una de las expresiones más simples y más profundas que se puedan decir sobre la caridad... y sobre la patria. Y es que, bien mirado, el suelo que pisamos sigue siendo extraño a nuestros ojos hasta que no somos capaces de transformarlo en el amor recíproco, en la ayuda al débil, en la defensa del inerme. Es entonces, y sólo entonces, cuando se nos convierte en un lugar entrañable, cuando se nos mete en el cuerpo como una flecha enardecida: cuando lo defendemos "a capa y espada".

Lo nuestro se hace nuestro por la entrega. Nadie que posea una casa la sentirá suya hasta que no le haya entregado un trozo de dolor a sus muros; hasta que no haya visto nacer ahí la esperanza de la concordia. La posesión es del corazón, no de la cartera, como algunos zafios piensan. Poseer es dejar ir. Y solamente dejamos ir aquello que nos ha transformado, que nos ha trastornado al punto de saber que somos otros por su libertad. El que ama, ama la libertad del otro. El que entrega de verdad, sin medias tintas, sabe que lo que entrega no es suyo: que es patrimonio de los hijos -todos- del mismo Padre.

Construir la patria de la caridad no es tarea que se nos inculque en la escuela. Nuestro triste sistema educativo ignora las verdades últimas o las sustituye por valores light, intercambiables, de consenso o de contentillo. Ignora la caridad: le teme como "cosa de curas beatas". Por lo mismo ni a patria civil ni a la del corazón servimos: servimos -eso sí, como lacayos- a la patria de oropel de nuestros intereses mezquinos. Pero es que eso nos enseñan: que vale lo que brilla, y lo que nos hace crecer en nuestra "autoestima".

Mas llega el momento en que hay que elegir. O la patria queda en ser un nombre muy grande (y muy hueco), o la patria es nuestra por la caridad. Si es la opción cristiana (la segunda, obvio), no hay más tiempo que perder. Ahí, a la vuelta de la esquina, está esperándonos nuestro prójimo en estado de extrema debilidad. No pidamos milagros del gobierno: hagamos los pequeños y dulces milagros de la fe (que jamás es fe si no se completa en obras). (J. S. C.)

EL OBSERVADOR 187-2

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SOBRE LA MARCHA

"Oh muerte, qué amargo es tu recuerdo para el hombre que vive en paz entre sus bienes", se exclama en el Eclesiástico (Sirácide, 41). Y es que el que tiene mucho y se aferra a lo que tiene como su modo de vivir, perderá mucho, morirá del todo y sentirá un naufragio. Mejor partir "ligeros de equipaje", como decía Machado: casi desnudos, "como los hijos de la mar".

Santiago Norte.

EL OBSERVADOR 187-3

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CORRESPONDENCIA

Mi encuentro personal con el Papa *

Todo comenzó hace un año, cuando se escuchó que el Papa tendría la oportunidad de visitar México por cuarta vez. Mi mamá Jovita -porque tengo dos mamás, ya que mi padre fue el típico macho mexicano que pensaba que las mujeres sólo servían para tener hijos, y nos abandonó, y mi madre tuvo que trabajar, quedando mi abuela a cargo mío, siendo la que me enseñó a ser cristiano y a llamar "mamá" a la Virgen, pese a lo cual tiempo después de convertí en la oveja negra de la casa-, antes de la llegada del Papa sufrió una embolia que la puso al borde de la muerte. Justo en esos momentos me pidió que yo fuese sus ojos en la venida de Su Santidad. Pero yo no sabía cuál era el camino. Poco después lo encontré: el grupo dominico de Caleruega Effetá, un grupo de jóvenes entusiastas que si no están en el camino siempre se esfuerzan por seguirlo. Pasaron muchas cosas hasta que llegó el día en que ocho integrantes partimos al encuentro del Papa. Yo tenía que ir doblemente contento pues, antes de partir, mi abuela me llenó de rosarios, de bendiciones y de una promesa: la de que yo tendría que ser sus ojos.

La llegada fue difícil debido a la mala organización y a las muchas mentiras: no había el agua gratis que prometieron ni pantallas gigantes; quedamos casi asfixiados por las oleadas de polvo. Al amanecer, con escarcha en las cobijas, empezamos a practicar las canciones que se cantarían en la Misa. Esa mañana, aunque fue fría, me pareció la más bella de mi vida, e inolvidable. Según avanzaba la mañana, la emoción seguía en aumento. Todos sentíamos como mariposillas en el estómago; yo, porque iba a encontrarme con el hombre que había orado por mí al tiempo que oró por los que no creen pero que quieren creer. A eso del cuarto para las diez de la mañana cinco helicópteros bajaron atrás del altar con la cruz majestuosa en el lugar preparado del autódromo Hermanos Rodríguez; y ahí pasó algo mágico, algo maravilloso e increíble, pues pude traspasar la seguridad, y llegué hasta ese hombre vestido con el verde de la esperanza y que tiene ese rostro que combina fuerza y ternura; le conté todo lo que sentía y me escuchó, platicó conmigo como un viejo amigo, como el padre que nunca tuve. Me tomó de la mano y me explicó que la solidaridad es más que compartir con el prójimo: es vivir su vida. Me dijo que le encantaban las porras y la canción de su cuarta visita, pero que los pescadores teníamos que ser nosotros los jóvenes; y ante todo me dijo al oído: "¡No tengas miedo!". Me abrazó e, igual que Cristo dejó al apóstol Juan el encargo de María, me dejó a mí, con una bendición, al cuidado de la... Morenita del Tepeyac, la Santísima Virgen de Guadalupe.

No quiero que el lector me tome como mentiroso, pues lo que acabo de contar no ocurrió físicamente. Mi zona, igual que la del resto de mis compañeros de la Diócesis, fue la verde, y lo más cerca que lo vimos fue a dos kilómetros. Pero lo que ahí ocurrió fue un milagro, una comunicación de corazón a corazones, una promesa que no quedará en "llamarada de petate". Al unirnos de la mano todos para despedirnos de aquel hombre, y al cruzar el cielo ese helicóptero que lo llevaba de retorno a la nunciatura apostólica, una lágrima invadió mis ojos llenos de pecados y de errores, pero también de arrepentimiento al saber que no debo tener miedo, aunque esté desempleado o enfermo, que yo también tengo en mis manos el poder de la oración y de la construcción, como joven, de un digno Jubileo del año 2000.

Héctor Sinecio Moreno
Santiago de Querétaro, Qro.

* Carta resumida.

EL OBSERVADOR 187-4

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DERECHOS HUMANOS

El Papa y los pueblos indígenas *

Miguel Concha **

La inducida respuesta que, según remendados cables de prensa, un corresponsal español le hizo sorpresivamente al Papa en su trayectoria a México, a propósito de una errónea y burda identificación entre la teología india y el marxismo, y en la que supuestamente se hace eco de injustos e irresponsables prejuicios para descalificar la acción de la Iglesia en América Latina para acompañar pastoralmente a los pueblos indígenas en su derecho, entre otros, a pensar y a vivir su religión en esquemas no ajenos a su matriz cultural, de ninguna manera puede cancelar el reconocimiento, respeto y deferencia con que Juan Pablo II, haciendo uso de su magisterio, se ha expresado y ha actuado con los indios del continente, ciertamente de manera individual, pero también, para desgarramiento de las vestiduras e investiduras de muchos, como pueblos.

No debe olvidarse que luego de haber estudiado el documento colegiado Nuestro compromiso cristiano con los indígenas y campesinos de la región Pacífico Sur (1977), de los entonces obispos de Oaxaca y Chiapas, el Papa decidió encontrarse en Cuilapan con nuestras comunidades y pueblos indios hace 20 años, durante su primera visita a México. Allí expresó por primera ocasión su compromiso personal y eclesial de "ser vuestra voz, la de quien no puede hablar o de quien es silenciado, para ser conciencia de las conciencias, invitación a la acción para recuperar el tiempo perdido, que es frecuentemente tiempo de sufrimiento y esperanzas no satisfechas"; y urgió a los responsables de los pueblos y a los estratos poderosos "a actuar pronto y en profundidad, a poner en práctica transformaciones audaces, innovadoras, a emprender sin esperar más reformas urgentes, a poner en práctica medidas reales, eficaces a nivel local, nacional e internacional".

Ya el 31 de enero de 1985 había reiterado en Latanuga, Ecuador, la necesidad de que "las Iglesias particulares se esmeren en adaptarse, realizando el esfuerzo de un trasvasamiento del mensaje evangélico al lenguaje antropológico y a los símbolos de la cultura en que se insertan" (Puebla, n. 404).

Como dato nuevo, durante su último viaje a México invitó a los indios "a esforzarse por alcanzar su propio desarrollo y trabajar por su propia promoción"; y ante la Virgen de Guadalupe depositó "los anhelos y esperanzas de los pueblos indígenas con su propia cultura, que esperan alcanzar sus legítimas aspiraciones y el desarrollo al que tienen derecho".

* Artículo resumido.
** El autor es Provincial de los Dominicos y presidente vitalicio del Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria.

EL OBSERVADOR 187-5

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OBSERVATORIO INTERNACIONAL

Los católicos en el mundo musulmán

Son 46 los países de mayoría islámica en los que no se respeta la libertad religiosa y más de 30 millones los católicos perseguidos en ellos. Es lo que revela el informe 1998 "La libertad religiosa en los países de mayoría islámica", promovido por el Secretariado Italiano de la asociación "Ayuda a la Iglesia Perseguida", presentado en el congreso del mismo nombre efectuado en Roma.

En muchos países islámicos la falta de libertad religiosa "impide a quien no es musulmán incluso rezar en público, obligando a los cristianos, pero no solamente a ellos, a vivir en situación de inferioridad social a causa de su fe, en una condición que viene definida como de ciudadanía imperfecta". Los cristianos que viven en los países de mayoría musulmana sufren cotidianamente persecuciones, vejaciones, diferencias e intolerancia.

Entre los países en los que peligra la libertad religiosa están Indonesia, Arabia Saudita, las repúblicas ex soviéticas y Sudán. En opinión del P. Samir Khalil Samir, jesuita experto en cultura árabe cristiana, "el problema del Islam no se puede comprender sin aludir a la política".

Hay países donde tener una Biblia es un delito. En la versión oficial sudanesa la palabra "persona" de la Carta de Derechos Humanos se traduce como "musulmán", de modo que los derechos humanos sólo se reconocen a los musulmanes. En el sur de Sudán, donde se desarrolla una guerra civil que dura ya más de treinta años, los cristianos de las aldeas del sur son esclavizados por tratantes musulmanes que los venden en el norte. Sigue vivo un problema que ya sufriera en propia carne Giuseppina Bakhita, ex esclava originaria de Sudán, que será declarada santa por el Papa en mayo próximo. La Iglesia católica en este país representa menos del 6% de la población.

EL OBSERVADOR 187-6

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MIRADA A NUESTRO TIEMPO

Me gusta mi ciudad *

Amadeo Rodríguez Magro **

El aprecio por el lugar en que vivimos pertenece a los sentimientos básicos del ser humano e incluso merece ser contemplado entre nuestras actitudes cristianas. En efecto, del mismo modo que Dios se relaciona con nosotros con criterios de encarnación -haciéndose uno de nosotros-, también los cristianos vivimos nuestra fe entre unas personas, y en unos paisajes, unos monumentos, una historia, una cultura; en definitiva, en unos rincones que le ponen calor y color hogareño a las experiencias fundamentales de nuestra vida, entre las que están, naturalmente, las religiosas.

Aunque no sea la más bella, ni la más rica, ni la de mayor solera histórica, me gusta mi ciudad o mi pueblo, porque es la que alimenta y adorna mi retina con formas cotidianas y la que le pone relieve y perspectiva al corazón, dándole ubicación a las vivencias, a los sentimientos y a las creencias.

Todo eso hace que la ciudad o el pueblo sean, además, ámbito de responsabilidad, pues la vida de la ciudad pertenece a todos los que en ella viven: a todos nos obliga el cuidarla y el hacerla más habitable y digna, con una colaboración o bien institucional o bien espontánea y ocasional. Es también causa de nuestras alegrías cuando la vemos crecer o embellecerse y la vemos cuidada y limpia; y lo es de nuestras penas si la vemos deteriorada, abandonada o cuando sufre por una mala gestión o por las gamberradas de los que les molesta que las cosas estén en su sitio y ordenadas.

* Se reproduce del semanario Iglesia en camino, con permiso expreso del editor.
** El autor es vicario general de la diócesis de Mérida-Badajoz, España.

EL OBSERVADOR 187-7

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PINCELADAS

Aún queda gente buena

Justo López Melús *

Doña Julia era una anciana viuda, risueña y simpática, que vivía en el cuarto izquierda. Mientras los vecinos comentaban los problemas de la vida, ella siempre sonreía. Hasta que un día ella, que iba justita, perdió un billete de mil pesetas. Estaba segura de que lo había perdido en el ascensor, pues allí había sacado el monedero. Aunque con pocas esperanzas, puso una nota en el ascensor y además encomendó el asunto a san Antonio.

Pronto la visitó el señor del tercero derecha: "Doña Julia, acabo de encontrar el billete de mil pesetas". Doña Julia se echó a llorar, mientras le decía: "Resulta que también lo encontró el señor de al lado, y la pequeña del primero, y el matrimonio del cuarto derecha, y la sirvienta del segundo izquierda... Pero antes de que ustedes lo encontraran, ya lo había encontrado yo en el bolsillo del abrigo". O sea, que aún queda gente buena por ahí.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 187-8

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MEDIOS DE COMUNICACION

Matar es juegoMatar es juego

Santiago Norte

Un nuevo tipo de delincuente juvenil asola las grandes ciudades de Occidente: no es adicto a las drogas duras ni proviene de cinturones de miseria; bebe alcohol, pero no desenfrenadamente; fuma, eso sí, pero tampoco como sucedáneo de una carencia material insoslayable. Es más: proviene de barrios acomodados y su única "pasión" es jugar al filo de la navaja, experimentar en el cuerpo la sensación de peligro mientras daña a alguien, mientras delinque.

Lo que faltaba a la fauna urbana: los violentos por diversión, por "guasa", por "puntada", han arribado a las colonias de clase media del país como una espesa (y amarga) mancha de aceite que se extiende por encima de la superficie pulida del parquet de algunas casas. La pandilla es el centro del universo para estos "jóvenes guerreros". Y si la pandilla requiere robo, se le da robo; si quiere piquete al que aguarda en la parada de autobús, se le da piquete (con navaja suiza, claro); si quiere violación a la chica más "fresa" de la prepa, pues a violarla se ha dicho. Total, piensan estos engendros televisivos, lo que importa es el juego, no el objeto sobre el cual se edifica el juego. Ese puede ser desechado a discreción. ¿Secuelas? ¿Qué es eso...?

Muchos dirán que siempre ha habido violencia gratuita en el mundo. Citarán los juegos romanos con el cristiano del Coliseo; o las corridas de toros con sacerdotes y monjas saliendo de la puerta de chiqueros, que -dicen- practicaban algunas hordas salvajes del lado republicano en la guerra civil española. A reserva de que sea verdad lo anterior, todavía es más grave la degradación de la violencia por juego que la que sobreviene de la violencia gratuita. A ésta se le puede controlar, aunque sea estúpida; a aquélla no le queda más que ser estúpidamente incontrolable. Y menudea más hoy que lo que habrá podido menudear la gratitud violenta en otras épocas.

Sin que sea causa solitaria, lo cierto es que la televisión cumple hoy un rol muy importante en la generación de tales "guerreros urbanos" de buen nivel (familiar) socioeconómico. La televisión, que les ha mostrado hasta el cansancio que se puede vivir "bien" violando los derechos de los demás, y que el "éxito" no se logra sino a partir de una lucha despiadada para eliminar al competidor, es el principal surtidor de imágenes de tales pandillas. Pandillas que, como es obvio, han venido a ocupar el referente familiar casi inexistente entre parejas de buen nivel de percepciones económicas. Con una media de tres horas diarias de televisión hasta la adolescencia, los jóvenes de Occidente al cumplir 14 años han visto cerca de ocho mil asesinatos y miles de acciones de violencia de todo tipo. Es perfectamente lógico que al iniciar su ciclo preparatorio tengan en su bagaje memorístico no solamente escenas cuanto también métodos -algunos de ellos refinadísimos- para llevar a cabo crímenes, robos, estupros o vejaciones como los que han visto aparecer en la pequeña pantalla.

La violencia "por juego" se aprende, no es una violencia, por decir así, innata. ¿De dónde se aprende? Principalmente de la televisión, aunque también la discordia entre los padres trae consigo un aprendizaje acelerado de los pequeños (futuros) terroristas "lúdicos". Como ha dicho el profesor español Manuel Martín Serrano: "Quienes llevamos años investigando las tribus (urbanas), estamos muy preocupados... No tanto por la expansión de la delincuencia, que también nos preocupa, sino por su interiorización, por esa propensión a destruir lo que no forma parte de su círculo cerrado, el rechazo a lo que es diferente. Estamos, salvando las distancias, como en la Alemania de los años treinta, donde menos del uno por ciento votó al Nacionalsocialismo, pero lo asimiló de una manera extraordinaria muy poco después. Lo llevaban en sus cabezas, igual que muchos de nuestros jóvenes. Ese es el problema".

EL OBSERVADOR 187-9

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AÑO DEL PADRE CELESTIAL

Creador de lo visible y lo invisible

José Luis Meza*

Cuando el pueblo proclama la fe, durante la Eucaristía dominical, afirma y confirma una verdad de gran importancia: "Creo en Dios Padre, creador de todo lo visible y lo invisible". Esta cláusula abarca la totalidad de la creación en sus dos dimensiones: las criaturas espirituales y las cosas materiales del cosmos. Estas esferas son tan maravillosas que el salmista las enumera en un canto (Salmo 148), y san Francisco de Asís en un corto poema (Canto a las criaturas), invitándolas a una oración universal de alabanza al Creador. Bien nos podemos imaginar un coro integrado por ángeles, el sol y la luna, las aves y reptiles, junto con la nieve y la escarcha, ejecutando y diciendo cada criatura en su propio lenguaje: ¡Gloria a Dios en lo alto de los cielos!

En una ocasión, mientras volaba de Roma a París, sobre los Alpes, pude observar los picachos cubiertos de nieve y las barrancas profundas empujando las heladas aguas hacia los ríos... Era un espectáculo que jaló de mis entrañas un "¡qué grande eres, mi Señor y creador!", etc. Un salmo improvisado que nunca antes había sentido.

Para enterarnos mejor de lo que decimos mientras gritamos el Credo dominical, es conveniente tener una idea clara del mundo de las criaturas espirituales: los ángeles. Hoy día se han puesto de moda los ángeles en cuanto seres invisibles que nos visitan para anunciarnos cosas materiales y de buena o mala suerte. La Iglesia tiene una idea muy diferente de nuestros hermanos ángeles. Ellos -nos dice el nuevo Catecismo- son servidores de Dios. Unos para alabarlo, como los querubines y serafines, y otros para el oficio de mensajería y protección nuestra: arcángeles, principados, potestades, tronos, dominaciones, virtudes y ángeles (cfr. Col 1, 16). Según la enseñanza de la Iglesia, todos estos seres tienen por centro a Cristo, y a Él le sirven y acompañan (cfr. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 329-332). San Agustín tiene una aguda explicación que viene al caso: "Si me preguntas por su naturaleza, es un espíritu; pero si me preguntas por lo que hace, es un ángel" (Ibidem). Los ángeles, pues, "son criaturas puramente espirituales. Tienen inteligencia y voluntad; son criaturas personales e inmortales. Superan en perfección a todas las criaturas visibles" (Ib.).

En cuanto a las criaturas visibles, es el mismo Creador su Dueño y Señor, con su variedad y diversidad de tamaños y formas. "Por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden. Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios. Por eso el hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas (Catecismo, n. 339). En este asunto cobra suma importancia la preocupación ya generalizada de los ecologistas. La creación no se nos entregó para destruirla, sino para administrarla en beneficio de la humanidad. Ella es el gran regalo de nuestro Padre Celestial. Al hombre le toca cuidar, cultivar, conquistar y disfrutar de esta herencia inmerecida. Tomemos nota de esto a fin de reforestar nuestros desiertos y cuidarlos con los recursos de nuestra inteligencia humana. Es un quehacer maravilloso. ¿O no es así?

* El autor es presbítero, Director de Comunicación de la Diócesis de León.

EL OBSERVADOR 187-10

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COMENTARIO A FONDO

El Papa se ha ido. ¿Ahora qué?

Darío Pedroza Jr. *

¿Qué tal, asimilando la persona, el mensaje, el testimonio de Juan Pablo II?

Por supuesto que el fervor de los días vividos de cerca o de lejos, por pantalla o con el sufrimiento directo del sol, del viento, de la tierra y el frío, va quedando grabado con marca de fuego y de cariño en el alma de todos, especialmente de los habitantes de tierras del Anáhuac. Cada individuo, sea niño, adolescente, hombre, mujer, pobre, rico, funcionario de gobierno, ministro de la Iglesia, tiene su propia versión o aversión del acontecimiento papal. En una sociedad plural hay de todo y de todos, sin pretender señalar con prejuicio el que los que estén a favor del Papa sean buenos, y los que no, sean malos. La diversidad de grupos sociales llevará al interior de su estructura el hecho, lo analizará desde la óptica de su naturaleza, finalidades e intereses. Unas serán sus conclusiones, otras serán sus estrategias a seguir para efectos de imagen hacia la comunidad; es el caso de los medios informativos y de las empresas que fundamentalmente comercializan.

La Iglesia católica, por su parte, procesará el conjunto y hará las aplicaciones respectivas dentro del marco del tercer milenio. Los grupos ajenos al mensaje del Papa tendrán sus razones, motivaciones o explicaciones, tanto para su conciencia individual como, de cara a la sociedad, para su posición.

Por lo que respecta a la Iglesia en México, sin duda la más enriquecida por la visita de Su Santidad con ocasión de la entrega del documento final del Sínodo de América, al privilegio de la presencia corresponde la respectiva respuesta responsable con los hechos de su conducta. Es cierto que los mexicanos somos muy dados al grito y sombrerazo, sí, pero también es verdad que no podemos evadir el entrar o permanecer en un proceso de conversión, de comunión y de justicia. A todas luces es evidente que la expectativa de los que confesamos con el don de la fe la presencia de Jesús en la historia, que se vivificó con la persona de Juan Pablo estos días de su visita, y en la llegada del año 2000, la esperanza marca nuestra actitud, no la desesperanza ni la frustración de los que no sonríen. El Papa abrió el proceso de la espera y de la fiesta conmemorativa del Señor Jesucristo, en quien solamente se hace la salvación y la gracia de la redención, mientras otras tendencias se entretienen con los astros, con los colores, los perfumes, las barajas, los hechizos y una sarta de tarugadas que sólo alguien más idiota que los que las promueven cree y, no contento con eso, paga.

San Luis, en la espera del sucesor de don Arturo, debe reforzar ese proceso de espera y abrirse al nuevo pastor que confirme en la fe y en la gracia a la comunidad de los potosinos que hace 144 años recibieron a don Pedro como primer obispo del Gran Tunal, y que ahora esperan el turno del obispo 12 en la serie de los que vienen apacentando la grey de los tuneros. Ojalá cale en lo hondo del corazón de los habitantes de este terruño tanto la visita del Papa como su mensaje sinodal, así como el nuevo ímpetu evangelizador de Luis Morales Reyes.

El autor es presbítero, Secretario de Pastoral Penitenciaria del Arzobispado de San Luis Potosí.

EL OBSERVADOR 187-11

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GRANDES FIRMAS

El perdón transforma el pasado

Julio Hubard *

"Palo dado, ni Dios lo quita", dice el refrán popular. Los griegos solían creer lo mismo, aunque lo decían de modo más elegante y complicado:

Una sola cosa no puede un dios: "Hacer que no haya sido lo que fue hecho".

Este par de versos está en Píndaro, Simónides, Agatón y Sófocles; también lo citan Platón y Aristóteles. Al parecer, es una idea común, corriente y muy extendida entre las culturas tradicionales. En realidad se trata de un examen acera de la significación de los actos humanos a través del tiempo: ¿qué sucede con nuestros actos pasados?, ¿qué pasa con la culpa?, ¿cómo explicar el mal en nosotros? Si se acumula, ¿cómo se alivia? A partir de estas dudas, por ejemplo, el hinduismo ha concebido una exégesis de la condición general de todas las criaturas: el acto, cada acto y decisión tomada, cada uno de los accidentes verificados, toda oportunidad tomada o dejada al paso se acumula durante el tránsito específico de la criatura sobre el tiempo. Eso es el karma: la suma y acumulación de sucesos y experiencias de cada ser individual. En le hinduismo la salvación consiste en romper con el ciclo de las reencarnaciones (samsara) a partir de la liberación del karma. Para otras culturas y religiones la forma de aligerar la carga del pasado consiste en congraciarse con Dios, o los dioses, mediante sacrificios y ofrendas. Sin embargo, estas formas de soborno sagrado no caben -o no deberían caber- en el cristianismo. La liberación de las cargas no puede depender de un tráfico de cosas o actos sino de una intervención directa de Dios en sus criaturas.

En efecto, si no se cuenta con la intervención salvífica de la Gracia, el pasado se acumula como un peso enorme y una carga insoportable que vuelven imposible el paso por el ojo de la aguja. Si cada individuo estuviera obligado a cargar por siempre con la masa total de sus pensamientos, palabras, obras y omisiones, simplemente la salvación sería imposible. Además, habitar un mundo en el que cada segundo se suma al peso de nuestras responsabilidades nos va tornando -ya se ve- en sujetos apesadumbrados, pesados, aburridos. Por eso san Juan Casiano y santo Tomás de Aquino se preocupaban tanto de la melancolía. Dice santo Tomás que la acidia es un pecado que consiste en "entristecerse del bien divino". En el fondo el tedio y el aburrimiento suponen que el sujeto ha dejado de reconocer el mundo como un milagro recién hecho y tiende a percibir las cosas como si fueran eternas, y los propios actos como inalterables, definitivos, también eternos.

"Envejecemos porque pecamos", dice G. K. Chesterton; y pecamos por lo que hacemos, pensamos o dejamos de hacer. Por eso no hay -nadie la vio- una vejez de María. Los demás tenemos por destino, si no concurre antes la muerte, la caligrafía de los años sobre la piel, las canas, los achaques, el deterioro de los huesos. No podemos no pecar, pero podemos acceder al perdón. Envejecemos sin remedio, pero aspiramos a dejar atrás nuestras miserias para siempre. Y ésta es la impronta del cristiano: puede ser redimido porque puede modificar el pasado. ¿Extraño? Basten dos momentos, uno de san Agustín: "Y resulta agradable a los buenos oír hablar de sus faltas pasadas, porque ya no las tienen. No les resulta agradable porque sean faltas sino porque fueron y ya no son" (Confesiones, X, 28). Pero, ¿en qué sentido se puede decir que ya no son?, ¿por el puro paso del tiempo? En tal caso, podría ser pasado el hecho, el acto, pero la culpabilidad de los actos malos permanecería idéntica, y san Agustín habla de una alegría que, evidentemente, no puede sentir quien se sabe culpable: es una alegría de gracia y ligereza, un gozo gratuito: el momento iniciático del perdón. Y ¿qué se puede perdonar sino la culpa?

Es claro que el perdón no es, como el virus del catarro, una cosa que se recoge del aire, por accidente. Para eso es necesario el segundo momento numinoso: el arrepentimiento. Los griegos aseguraban que ni los dioses podían modificar el pasado; "Cristo -dice Oscar Wilde- demostró que puede hacerlo hasta el más vulgar de los pecadores, y es lo único que puede hacer". Ninguna otra religión puede hacer tal cosa. Esto no significa, desde luego, que los actos se borren y parezca que nunca fueron. No, el pasado que cambia no es el del mundo: cambia, se altera, se transfigura el pasado del sujeto. Y es necesario pasar por el dolor de la contrición, por la tristeza que acompaña al arrepentimiento, pero esas tristezas -y esto es fundamental- incumben al alma y no al tiempo. San Pablo lo dice con claridad: "En efecto, la tristeza según Dios produce firme arrepentimiento para la salvación; mas la tristeza del mundo produce la muerte" (2 Co 7, 10). Hay, pues, dos formas de la contrición: la del mundo, que acumula peso, lastra y ancla el alma al mundo, y la de la Gracia: esa ligereza del perdón, que nos entrega de nuevo al mundo, con la carga aligerada de nosotros mismos. O, dígalo san Agustín: "Como Tú aligeras al que llenas, no estando lleno de ti, soy una carga para mí".

* El autor estudió filosofía en la UNAM. Actualmente es escritor y director de la empresa Editorial Tule Multimedia.

EL OBSERVADOR 187-12

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LIBROS

A LAS PUERTAS DEL TEMPLO

Moby Dick y las grandes obras *

Javier Sicilia

Toda gran obra literaria tiene algo de irreductible y de inagotable. Revelaciones del espíritu, sus substancias últimas son inasibles. Es por ello que las grandes obras no envejecen. Escritas en un espacio de tiempo determinado, su sentido último es el misterio de lo humano y lo divino. Por ello habría que decir que todo gran autor ha dado siempre con un universo que es propio de nuestras más profundas realidades y que se apodera de nuestra imaginación. Los sórdidos e intrincados laberintos de Kafka, la grandeza de la dignidad de Camus, la alucinación religiosa de Blake, la demencia mística de Dostoievsky, la santidad de lo intrascendente de Bernanos, la irrupción de la gracia en el mal de Graham Green, la salvación y la belleza en la mediocre fealdad del mundo de Eliot y Cavafis, la realidad de lo imaginario de Borges, para nombrar sólo algunos de esa inmensa pléyade de autores que recorren los siglos y viven en la intimidad de los hombres de cualquier época. No hay escritor de fama universal que no haya revelado un fragmento de nuestros universos espirituales. Pero estos universos, conviene recordar, no siempre se presentan como realidades interiores, metafísicas y metafóricas. Otros los manifiestan a través de un símbolo objetivo y exterior.

Herman Melville pertenece a esta segunda estirpe de grandes escritores. Su Moby Dick, publicada en el invierno de 1851, continúa inquietando. Sobre ella se han escrito infinidad de estudios y varias adaptaciones para cine, y sobre ella vuelvo reiteradas veces con una obsesión que no termina de saciarse. ¿Qué inquieta de esa obra? Su misteriosa irreductibilidad que se revela en la capacidad difusiva del Mal encarnado en el símbolo de una ballena blanca, sinónimo del Leviatán bíblico, de la presencia del Mal y del Demonio. Melville advierte: "Que nadie considere a Moby Dick una historia monstruosa o, lo que sería peor, una atroz alegoría intolerable". Esta advertencia, tomada al pie de la letra por sus críticos, ha hecho que muchos de ellos la interpreten desde un reductivismo moral. Así, para E. M. Forster, el tema espiritual de Moby Dick es "una batalla contra el Mal, prolongada con exceso o de manera errónea". Borges, más acucioso, gracias a su propio universo literario descubre una metafísica y afirma que es la representación de la vastedad malvada del cosmos, "su bestial y enigmática estupidez", y agrega: "Chesterton, en alguno de sus relatos, compara el universo de los ateos como un laberinto sin centro. Tal es el universo de Moby Dick: un cosmos (caos) no sólo perceptiblemente maligno, como el que intuyeron los gnósticos, sino también irracional, como el de los hexámetros de Lucrecio".

De acuerdo. Sin embargo, el símbolo de la ballena no es tan grande como el que apunta Borges ni tan maniqueo como el que percibe Forster. Si bien, en el plano moral, es cierto que Moby Dick es una lucha contra el Mal; si también es verdad, en el metafísico, que la ballena de Melville es un cosmos (caos) maligno e irracional, esa lucha no es la del Bien contra el Mal, sino la del Bien que el Mal, encarnado en la ballena, convierte en Mal; tampoco es la expresión de un cosmos maligno como el que percibían los gnósticos, sino un caos incrustado en el cosmos bondadoso de la Creación.

Melville no era un gnóstico, sino un protestante puritano que sabía que el Mal no es la Creación, sino que está en ella y que si uno lo resiste termina por sucumbir a él. Cuando Ahab ataca al Mal con la violencia de su odio termina por convertir la indignación que Moby Dick le provoca en el propio Mal que quiere combatir. Su indignación se convierte en odio y su odio en venganza. La guerra de Ahab contra Moby Dick lo perturba a tal grado que lo lleva a su aniquilamiento y al de toda su tripulación. Es como si a través de esa historia Melville hubiera escrito la contraparte de la afirmación de Jesús: "No resistan el mal", y nos dijera: "Si lo resisten terminarán contaminados por su condición difusiva y seductora". Moby Dick no es, por lo tanto, una enseñanza moral, sino una metafísica del Mal y una incógnita: ¿cómo vivir en el Mal y combatirlo sin sucumbir a él? Con esa obra maestra, Melville prefiguraba ya los atroces laberintos de Kafka y del mundo contemporáneo en el que nos debatimos. Metáfora del Mal, Moby Dick encarna el rechazo de la salvación. La fe lleva a la vida inmortal, pero la fe supone la aceptación del misterio, del Mal y de las virtudes teologales que lo limitan y a la larga lo vencen. Querer destruir el Mal, como lo quiso Ahab, es perder la fe y acabar encadenado al lomo terrible del Leviatán donde la sed de violencia lo hunde en las heladas aguas de un mar sin luz delante del cual el lector queda estupefacto contemplando sus propios abismos y las tentaciones del caos.

* Artículo resumido. Publicado por convenio expreso con el autor.

EL OBSERVADOR 187-13

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INTIMIDADES. LOS JOVENES NOS CUENTAN

Tal vez estoy embarazada, ¿qué hago?

Yusi Cervantes

Tengo cinco días de retraso en mi período. Me han dicho que hay una inyección que impide el embarazo en estos casos. ¿Es abortiva? No sé que hacer. Mi novio no quiere saber nada del asunto.

En caso de que estés embarazada tu hijo ya tiene casi tres semanas de gestación. Ya tiene una cuerda dorsal y un conducto cardíaco, esbozo del corazón, que tiene contracciones espasmódicas: late. Sí, una inyección que interrumpa el embarazo en estos momentos es abortiva. Si estás embarazada, lo que anida en ti es un ser humano y no tienes derecho a asesinarlo.

¿Qué hago?, preguntas. Lo primero es asegurarte de estar embarazada. Comienza por hacerte un análisis. Si no lo estás, ¿para qué nos estamos preocupando? Pero si sí lo estás, recibe a ese bebé con alegría.

Cuando te lo dije por teléfono sé que te sonó absurdo. Desgraciadamente tu llamada fue muy breve y no pudimos platicar más. Me imagino que pensarás que no entiendo tu problema. ¿Cómo hablar de alegría en estos momentos cuando el mundo se te viene encima?

Créeme: para ti y para el bebé en camino la alegría es un maravilloso remedio. Claro, para llegar a la alegría tienes que recorrer un camino. Primero, antes que nada, tienes que aceptar tu situación y hacerte responsable de ella. ¿Tu novio no quiere saber nada del asunto? Él se lo pierde. En serio. Aunque en estos momentos no lo creas, un hijo siempre es una bendición. Cuidarlo y educarlo va a ser mucho más difícil que si lo hicieras con un esposo. Lo mejor para un hijo es tener padre y madre, una familia integrada. Pero ante los hechos consumados es mejor hacerles frente sin lamentaciones. Sé valiente.

Tú eres perfectamente capaz de cuidar un hijo y de tener una vida plena. No digo que sea fácil, pero es posible. Tienes que tener confianza en ti misma y fe en el amor de Dios, que no te abandonará. La maternidad te dará una fuerza hasta hoy desconocida para ti, y el amor que habrá entre tu hijo o hija y tú te enriquecerá enormemente.

Sobra decir que necesitas aprender de esta experiencia. Debes cuidar de ti misma, valorarte y ser responsable. No permitas en el futuro que otro enamoramiento te nuble la cabeza. Ni vayas a considerarte menos digna de ser amada. Si más adelante otro hombre se enamora de ti y decides casarte, no estará haciéndote un favor. Tenlo bien claro.

No estás sola en esto. No sé nada de tu situación familiar, pero estoy segura de que encontrarás quién te apoye. Lo más seguro es que tus propios padres lo hagan. Cada vez son menos los padres que condenan a sus hijas por embarazarse. Se molestarán en el primer momento, tal vez te hagan algún reproche, pero no creo que te abandonen a tu suerte. Pero aun si no cuentas con tus padres, hay otras personas, incluso organizaciones que tienen como fin apoyar a mujeres en situaciones similares a la tuya.

Si vas a ser madre, da vuelta a la hoja, deja el pasado atrás y emprende tu nueva vida. Y recibe a ese bebé con alegría y todo tu amor. Es lo mejor que puedes hacer por ti y por él.

(La psicóloga Yusi Cervantes responderá las preguntas que se le envíen a la dirección de EL OBSERVADOR).

EL OBSERVADOR 187-14

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VIDA CRISTIANA

El poder curativo del amor

Isele

Muchos de nosotros tenemos heridas:

Las heridas del desamor, de la frialdad, de la soledad; las heridas del rechazo, del abuso, del maltrato; las heridas del abandono, de la incomprensión, del miedo; las heridas de la pobreza, de la injusticia, de la marginación.

Heridas profundas, que paralizan o que no permiten ver con claridad. Pero el Señor, en voz de Isaías, nos dice cómo sanar:

"Comparte tu pan con el hambriento,
abre tu casa al pobre sin techo,
viste al desnudo
y no des la espalda a tu propio hermano.
Entonces surgirá tu luz como la aurora
y cicatrizarán de prisa tus heridas" (Is 58, 7-8).

En otras palabras: el amor sana. Ama a tu prójimo: crecerás como ser humano y la salud interior se te dará por añadidura.

EL OBSERVADOR 187-15

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El miedo al amor

Según el teólogo Peter Knauer, la consecuencia del pecado original es el miedo. Ya no vivimos con la certeza de que somos infinita e incondicionalmente amados. Entonces lo que nos mueve es la angustia por nosotros mismos, no el amor.

Nos mueve el deseo de evitar el dolor y el rechazo, el afán de quedar bien, de ser aceptados. Nos mueve el deber, la ley, el deseo de destacar, de ser sabio, poderoso o reconocido...

Pero el amor... eso nos da miedo. ¿Dar sin condiciones, sin apego, generosamente? No, queremos hacer contratos; dar, pero también recibir. ¿Abrir el alma, mostrarnos tal cual? No, eso nos haría vulnerables. Al menos eso creemos. Buscamos la seguridad.

Pero conforme aceptamos a Dios y vamos aprendiendo de Él a amar, descubrimos que el amor, lejos de lastimar nuestra integridad, nos hace crecer. Esa experiencia nos humaniza porque nos pone en contacto con nuestro espíritu.

No olvidemos: estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. (Y. C.)

EL OBSERVADOR 187-16

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