El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

23 de mayo de 1999 No. 202

SUMARIO

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EDITORIAL El grado cero de la información

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Entrevista con el obispo de Querétaro Mario De Gasperín Gasperín:
La autoridad es antes que nada una fuerza moral

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¿Qué haremos si no vemos la TV?

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¡A que sí se puede!

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PINCELADAS Usted no sabe con quién está hablando

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Debate sobre el aborto: Un lugar en la historia

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MEDIOS DE COMUNICACIÓN Los neoayatolas

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De la confesión a la inquisición. La "justicia" de los Testigos de Jehová

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GRANDES FIRMAS Optar por la puerta estrecha

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A LAS PUERTAS DEL TEMPLO Meditaciones sobre el desapego

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ORIENTACIÓN FAMILIAR Sobre la libertad de los hijos

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VIDA CRISTIANA Nuestra vida es aliento de Dios

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OPINIÓN Todas las mujeres son madres

El grado cero de la información

Son muchos los televidentes que se han quejado por las inexactitudes que a diario cometen los dos noticiarios nocturnos de Televisa y TV Azteca. En los "avances" se plantea una información fuerte que resulta -en el transcurso del programa- menos fuerte, o, se ha dado el caso, inexistente. Que por fin Hillary le dio una trompada a Clinton, anuncia uno de los gritones. La mujer le da con el codo a su marido para que permanezca atento y vea lo que le espera si anda de macho por ahí. Se "chutan" todo el noticiario, con mil ciento cincuenta anuncios, y jamás dieron la historia que habían prometido...

Si uno va y pregunta a la dirección de noticias, los argumentos que atinarán a darnos son del siguiente tenor: "Claro que es falso; mas, ¿usted cree que no ocurrió ya algo así? ¿A poco cree que Hillary Rodhman no tiene los pantalones suficientes para pegarle un par de "cachetadas guajoloteras" a Bill?". Si aún con esa clase de "argumentos" nos sentimos defraudados, muy pronto saldrá a relucir el quid de la cuestión: "es que nos están ganando el "raiting" en la competencia, y debemos hacer todo para atraer televidentes...".

¿Todo? ¿Se vale todo? Por supuesto que no: lo que están haciendo es, finalmente, jugando con nosotros al viejo juego del galgo y la zanahoria. El galgo es uno, que busca información; la zanahoria es el señuelo de la "noticia bomba" para que sigamos buscando en círculos cerrados dicha información. La ética, por descontado, ni se toma en cuenta: lo que importa es el comercio. Es, por lo demás, un truco antiquísimo, un ardid de quienes poseen los canales sociales de comunicación para hacer caer al cliente en la trampa. Mientras más caemos, más prestigio adquiere el medio.

La paradoja es la siguiente: en la era de la información lo que menos importa es la buena información. Tiene relevancia por situaciones ajenas a lo que es la información misma: por ejemplo, si llegó a la redacción tres segundos antes que a la competencia; digamos, si posee una visión más cercana del cuerpo destrozado... Según se nos decía en los viejos manuales de la facultad de periodismo, la verdad es lo que se obtiene de la investigación. El criterio de verdad, pues, ya no existe. Ahora prima el criterio de velocidad, de espectacularidad, de ganancia mercantil en la información.

Es sintomático que los productores de los noticiarios cada día le den mayor importancia al set, a la vestimenta de los titulares, al ciclorama que está detrás del gritón en turno, a la presencia de los patrocinadores, a la visualización de la noticia, a la graficación o a la producción en computadora de imágenes, cortinillas y soportes. Ellos van por la forma. Lo importante sería que otros fueran por el fondo. Pero nadie va. Y la sensación que uno tiene al acabar el telediario es que no se enteró de nada.

En efecto: no se enteró de nada. Y no por deficiencias cognitivas o del sistema personal de procesar información. Es que en esa media hora, en esa hora completa, no hubo información: pasó un juego parecido, en todo caso, pero esa exposición del que busca la verdad, jamás. Es el grado cero, el ruido "blanco", la ausencia total.

EL OBSERVADOR 202-1

Sumario Inicio

Entrevista con el obispo De Gasperín Gasperín

La autoridad es antes que nada una fuerza moralLa autoridad es antes que nada una fuerza moral

Hace unos días se presentó en Querétaro un "espectáculo" denominado Sólo para mujeres, en el que un grupo de "actores" varones bailan y se desnudan. Tan "magnífico" espectáculo -espejo de la decandencia moral en la que se ha metido nuestra sociedad y émulo de los no menos denigrantes table dances- contó con un lleno total en un inmueble propiedad del Estado. Por considerar de extrema urgencia la palabra y la orientación del pastor de esta diócesis, EL OBSERVADOR entrevistó al obispo Mario De Gasperín Gasperín sobre la enseñanza de la Iglesia respecto a la función de la autoridad en una sociedad pluralista. Algo más: el "espectáculo" está recorriendo el país. Bien harían ciudades y diócesis en las que circulamos, en tomar nota. Buena parte de nuestra inacción proviene de nuestra ignorancia de la Doctrina de la Iglesia en éste y en otros muchos campos de la vida en sociedad.

EL OBSERVADOR.- A la Iglesia católica se le ha tachado una y mil veces de intolerante; se suele decir que ante una sociedad plural reacciona bajo esquemas reduccionistas, uniformes, intransigentes...
MARIO DE GASPERIN.- La Iglesia considera que la sociedad "pluralista" es un bien y que el Estado la debe proteger. Esto no significa que la Iglesia enseñe que todas las opiniones o religiones sean iguales en valor, sino que respeta, como Dios lo hace, la libertad del hombre. El derecho al respeto y a la tolerancia no es del error, sino de las personas; ellas fueron creadas libres y pueden equivocarse; más aún, de hecho se equivocan. Buscar y descubrir la verdad es un deber grave de todo ser humano y el errar es su responsabilidad.

¿Está dentro de la vida de la Iglesia, digamos, dentro de sus funciones, imponer la verdad?
La Iglesia no impone la verdad de su Evangelio (que incluye la vida moral) sino que sabe que la verdad se impone por la fuerza de su propia luz, por su propio valor. Por eso hay que exponer la verdad con toda su claridad. El papa Juan Pablo II habla del "esplendor de la verdad".

¿Cuál es -desde la óptica de la Iglesia- la función del Estado en la preservación de los valores?
El Estado debe respetar esta libertad y no imponer ni una confesión religiosa ni una moral particular. Debe cuidar los valores comunes y la recta convivencia social.

¿Laicismo es igual a ateísmo?
El Estado tampoco puede hacer profesión de ateísmo o confesarse amoral. El Estado "laico" es aquel que respeta todas las creencias, que no impone una, que no es "confesional", sino que las apoya y promueve en cuanto toda religión seria comporta valores útiles a la sociedad. la auténtica religión siempre ha sido y debe ser un asunto de interés común y de utilidad social. Un Estado auténticamente "laico" no puede comportarse como ateo ni como antirreligioso, pues esto equivaldría a privilegiar y hasta imponer su "antirreligión". Mucho menos puede ser amoral, lo que, en la práctica, vendría a ser inmoral.

¿Es competencia del Estado el favorecer la virtud, el enriquecer la tolerancia?
Al Estado no compete promover el máximo de virtud, pero sí respetar y hacer respetar el mínimo de justicia y equidad: la salvaguarda de los valores comunes que afectan la vida social y familiar. Debe, por tanto, tolerar ciertos fenómenos sociales aunque dañinos para algunos miembros de la sociedad, con tal de salvaguardar un bien mayor como es la libertad de las personas y de las instituciones. El límite lo señala la naturaleza misma de las acciones, el derecho de los demás y el bienestar social, y lo rige la virtud de la prudencia.

Hay muchos casos de gobernantes que "por prudencia" dejan pasar cuestiones que para la iglesia son inmorales...
Prudencia no es apatía ni cobardía sino equidad con fortaleza. Por eso se necesitan gobernantes prudentes y con autoridad moral. La autoridad es, antes que nada, una fuerza moral. Éste es el nudo del problema: que generalmente el gobernante no tiene ni siente la suficiente autoridad moral para marcar los límites y prefiere simplemente "dejar pasar y dejar hacer". Esto es abdicar de su deber. Los ciudadanos deben brindar también su apoyo moral a quien los sirve con rectitud y lealtad.

¿Cancelar o censurar un festival como el que motiva esta entrevista no es, acaso, un acto de represión, atentatorio contra la libertad de las personas?
Hay espectáculos que en sí mismos son contrarios a la dignidad de la persona humana, como son los que incitan a la violencia o a la pornografía. Incitan a hacer un uso inadecuado y abusivo de la propia persona o la de los demás. Aunque el mismo individuo lo llegara a permitir o a querer sería inmoral, pues la persona humana tiene un valor inviolable por sí misma. En este caso el Estado no puede apoyar, facilitar o promover dichos actos. En vistas de un bien mayor -la libertad- puede tolerarlos señalándoles sus límites, pero no apoyarlos ni colaborar facilitando, por ejemplo, las instalaciones públicas. Nadie puede apoyar a otro o colaborar con él para que se suicide o para que se prostituya aunque él lo acepte o lo desee.

La conciencia de los límites se confunde hoy con el espejismo de la moral permisiva: ¿dónde situar el punto de inflexión, la verdadera inmoralidad?
Lo que es inmoral y constituye un abuso grave de la autoridad es preferir los intereses económicos o políticos a la responsabilidad social o moral. No todo se vale ni en política ni en economía ni en nada. Ningún interés puede estar sobre la dignidad de la persona humana. Éste es el auténtico humanismo. Colocar el dinero o el poder sobre la dignidad de la persona humana, más aún, sobre la propia conciencia, es inmoral. Esto desde el punto de vista de la moral natural. En este caso no puede hablarse de "mal menor" porque se trata de algo intrínsecamente malo: no se puede preferir matar a tres inocentes simplemente porque son menos que diez.

Finalmente, ¿con quién es el compromiso de la autoridad?
El compromiso moral grave de la autoridad es con sus electores. Si, por ejemplo, prometieron una administración recta, basada en principios humanistas, respetuosos de la dignidad humana, de la integridad de la familia y del bien común, lo mínimo que se les pide es que sean coherentes con sus postulados y con sus promesas, No hacerlo es defraudar a quienes pusieron en ellos su confianza y caer en la demagogia. Si el motivo fuera simplemente no verse acosados por ciertos grupos de presión, agravaría su responsabilidad.

Las relaciones entre Iglesia y poder están caracterizadas por una postura crítica de la primera y una recurrente refracción de los gobernantes. ¿Cómo podemos enfrentar este desfase desde nuestra postura de católicos?
El poder, en sí, es bueno. Viene de Dios y Dios es poderoso. Pero el poder humano está contaminado por la soberbia y la ambición de Satanás y raramente escapa a estas tentaciones. "Te daré todos los reinos del mundo si, postrado, me adoras", prometió Satanás a Jesús. Por eso la Iglesia prefiere hablar de autoridad, entendida como servicio. Su relación con el poder temporal no es de alternativa sino como custodia del hombre para que el poder no lo oprima. Es una autoridad moral al servicio de la dignidad de la persona humana; de allí su obligación de hablar cuando se trata de valores, cuando se lesiona y está en peligro la dignidad humana. La Iglesia no es guardiana de los príncipes sino servidora de los hombres.

¿Predicar, por ejemplo, el Decálogo es meterse en política?
Algunos piensan que cuando la Iglesia defiende los valores universales, en concreto el Decálogo, está queriendo meterse en política o que quiere un Estado católico. Éstos ignoran que el Decálogo es anterior a la Iglesia y que defiende valores naturales, humanos y universales, comunes a judíos, musulmanes y a muchas otras religiones. Quienes confunden los valores de los Diez Mandamientos con el Evangelio de Jesucristo quiere decir que ni siquiera han leído el Sermón de la Montaña. La enseñanza de la Iglesia católica como tal va mucho más allá del Decálogo. Éste exige lo mismo para una convivencia humana razonable, pero no es el ideal cristiano de sociedad y de fraternidad. Hay mucho desconocimiento en todo esto que genera confusión, por desgracia.

EL OBSERVADOR 202-2

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¿Qué haremos si no vemos la TV?

Esa es la pregunta que muchos nos han hecho, ahora que hemos lanzado la semana sin tele en EL OBSERVADOR. He aquí una lista de actividades que se pueden hacer en familia. Las escuelas deberán, por su cuenta, fomentar actividades propias de su vocación y estilo. La lista es provisional, cada uno la puede llenar a su antojo:

Aprender a tocar un instrumento musical. Escuchar la radio. Ir de pesca. Leer un libro. Leer un libro a otra persona. Planear una salida al campo. Reunirse con amigos para platicar anécdotas por la tarde y noche. Escribir cartas a amigos y familiares. Aprender a patinar. Organizar concursos de patinaje en el barrio. Ir, como voluntario, a una organización caritativa. Aprender sobre árboles y flores de la zona en que vive. Plantar árboles. Hacer un huerto familiar. Escribirle en familia una carta al presidente, al gobernador, al diputado o al senador que les representa, sobre problemas, soluciones o consejos que ustedes le quieran dar. Hacer una visita a las bibliotecas públicas. Establecer un club de préstamos de libros entre la gente de la colonia, entre amigos. Ir a ver teatro o a escuchar música de la oferta de la ciudad. Observar pájaros, aprender sus nombres, sus costumbres. Proponer una labor de arreglo en la casa, donde participe toda la familia. Enseñar al perro, bañarlo, darle instrucciones. Hacer galletas, hacer pan, hacer mermelada casera. Utilice la semana para aprender los rudimentos de un idioma extranjero. Trabajar el jardín. Jugar juegos de mesa entre todos. Inventar una canción, ponerle música. Hacer inventario de la casa, donar lo que sobre y algo más. Compre una guía de su ciudad, redescúbrala. Conozca historias de mendigos, de vagabundos, platique con ellos. Ayude a una familia pobre, ayude a ayudar. Observe el cielo: ¿qué sabe de Júpiter? Aprenda las constelaciones. Vaya caminando al trabajo, a la escuela. Haga un plan familiar de ahorro. Aprenda una manualidad, artesanías, haga regalos. Organice un torneo de futbol de padres e hijos. Aprenda el alfabeto Braille o de sordomudos. Aprenda sobre una cultura diferente: ¿qué tal las prehispánicas? Enseñe a un niño los juegos que usted jugaba en su propia niñez. Junte basura reciclable. Tome clases de baile. Vea los atardeceres. Haga una obra de teatro. Converse en familia...

EL OBSERVADOR 202-3

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¡A que sí se puede!

En EL OBSERVADOR hemos lanzado la campaña por una semana sin tele en las familias. Hemos sido muy claros: 1) No se rata de una campaña intimidatoria. 2) La afiliación a ella es un ejercicio de libertad. 3) Se trata de buscar mejorar las condiciones de relación entre las familias (condiciones muchas veces rotas o tergiversadas por la presencia intermedia de la televisión entre los miembros de una familia).

Antes que una campaña para provocar el aburrimiento, lo es para fomentar la alegría. ¿Hay mayor alegría que la de hacer una actividad en conjunto, al aire libre, con creativa intervención de cada uno? Por esto hemos inventado el lema: "Apaga la televisión, enciende tu vida". No estamos en contra de nadie, estamos a favor de la vitalidad que en nosotros bulle y que, muchas veces, se ve sofocada por seguir patrones impuestos por la publicidad o por entregar demasiado de nuestro precioso tiempo al "entretenimiento" de la pequeña pantalla.

Enlistamos una serie de actividades que las personas pueden llevar a cabo durante esta semana. Estamos convencidos de que la demasiada tele hace de las personas entes solitarios, incapaces en muchos sentidos de darse a los demás. Pero ni son todas las actividades ni se agotan en esta lista. Cada familia, cada salón, cada padre o hijo puede inventar su propio "escape" de la tenaza electrónica. Si quiere. Si no, tan tranquilos todos.

En los dos números anteriores hemos señalado por qué la televisión es un asunto demasiado serio de salud pública y por qué cumple las normas establecidas por la organización Mundial de la Salud para considerarla una adicción. Hoy queremos, simplemente, señalar que sí se puede una semana sin tele. Que bien merece nuestra familia, nosotros mismos, esa oportunidad. Y, tras ella, EL OBSERVADOR estará abierto a la comunicación de sus vivencias. Sobre todo, de las vivencias de los jóvenes, de los niños. Desde ahorita les adelantamos: "¡A que sí se puede!".

EL OBSERVADOR 202-4

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PINCELADAS

Usted no sabe con quién está hablando

Justo López Melús *

Hay personas que se las dan de demócratas y liberales, pero apenas llegan al poder, ya se creen con derecho a todos los privilegios. Un político que, para evitar un atasco, pide un avión para llegar a los toros. Una diputada que se estaciona mal y se encara al policía urbano que intenta ponerle una multa: "Usted no sabe con quién está hablando". Y así muchos casos que sería prolijo enumerar.

Así actuaba aquella princesita de seis años, linda y caprichosa a la vez. Su joven institutriz, consciente de su misión, no cedía a los caprichos de la princesa. En una sesión le plantó cara a la institutriz: "¿Sabes con quién estás hablando? Estás hablando con la hija de un rey". Pero la institutriz no se inmutó, miró a la niña y le dijo con autoridad: "Y tú, niña, ¿sabes con quién estás hablando? Estás hablando con una hija de Dios". Fue la mejor lección que recibió.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 202-5

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Debate sobre el aborto

Un lugar en la historia

Bruno Ferrari / para EL OBSERVADOR

Nuevamente vuelve a discutirse el tema de la defensa de la vida. Como siempre, no faltan personas de buena intención que se encuentran confundidas en este tema. Por otro lado, existen voces que tergiversan y distorsionan argumentos carentes de toda solidez, sembrando división y encono en la sociedad. Hay también a quienes les basta con saber distinguir entre el blanco y negro a través de la investigación y de la información desde las fuentes más veraces.

Hay 10 mandamientos: no son a decidir

No sin malicia, hay quienes pretenden llevar este tema a la intransigencia, a la lucha de clases, a la política y, desde luego a la lucrativa y venenosa arena de las distintas creencias religiosas. En este último aspecto vergonzosamente se utiliza una vez más a la mujer como objeto, como carnada. Quiere impedírsele incluso su más grande don: el de la maternidad.

Para poder llamarse católicos no solo es necesario ser bautizados, sino aceptar y cumplir formal y libremente una serie de reglas éticas propias del catolicismo y que conforman su doctrina. Esto no tiene nada de raro, cada organización puede dictar sus propias reglas y sus miembros deben aceptarlas. Por ejemplo, si usted quiere ser militar, sabe de antemano que deberá cumplir con ciertos requisitos, como pueden ser: tener un corte de pelo específico, entrenar, hacer guardias y cumplir las órdenes de los superiores sin discutirlas. Todo esto es algo intrínseco a la vida militar y hay que aceptarlo y si usted no lo hace pues entonces no podrá ser militar. Tan simple como eso. En el caso de los católicos es igual: hay 10 mandamientos que todos deben aceptar y cumplir, si usted no los acepta entonces usted no puede llamarse católico o católica por el derecho a decidir. Mucho menos cuando el magisterio de la Iglesia es tan claro y contundente en lo que se refiere al derecho de la vida.

Más claro solamente el agua

Es vergonzoso ver como hay quienes parecieran amar lo irracional, confundiendo las enseñanzas de la Iglesia Católica sin el menor respeto a la verdad, basándose en interpretaciones de supuestos teólogos en abierta contradicción al magisterio de la Iglesia. Es tanto como decir que si un mexicano roba, todos los mexicanos somos ladrones. Estas personas se atreven a decir aberraciones como que la Iglesia católica permite el aborto cuando el feto viene "descerebrado". Ignoro con que fines mienten, pero lo que si sé es que hay una gran irresponsabilidad al no investigar en los documentos del Magisterio. Vea usted, en los número 2270 y 2271 del Catecismo de la Iglesia Católica se afirma: "La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción (.) Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable (.)"; pero para señalar la gravedad del crimen del aborto, la Iglesia no solo se limita a pronunciarse al respecto sino que además en el Código de Derecho Canónico, en el título VI, "De los delitos contra la vida y la libertad del hombre" (cánon 1398) lo condena de la siguiente manera: "Quien procura el aborto, si este se produce, incurre en excomunión latae sententiate", con lo cual la Iglesia no solo condena a la persona a la que se le realiza el aborto sino a todas aquellas que cooperaron formalmente en él. En el documento El Don de la vida, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe, dice textualmente: "la mujer que solicitase un diagnóstico (prenatal) con la debida intención de proceder al aborto en el caso que se confirmase la existencia de una malformación o anomalía, cometería una acción gravemente ilícita". Más adelante afirma: "se debe condenar, (.) una directriz o un programa de las autoridades civiles y sanitarias, o de organizaciones científicas, que favoreciese de cualquier modo la conexión entre diagnóstico prenatal y aborto, o que incluso indujese a las mujeres gestantes a someterse al diagnóstico prenatal planificado, con objeto de eliminar fetos afectados o portadores de malformaciones o enfermedades hereditarias". Más claro ni el agua. Sirva también aclarar que estas afirmaciones no han sido hechas o aprobadas por "teólogos improvisados" sino por el Santo Padre junto con el teólogo de más peso de la Iglesia, el Cardenal Joseph Ratzinger.

EL OBSERVADOR 202-6

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MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Los neoayatolas

Santiago Norte

Un nuevo fundamentalismo recorre a las medios audiovisuales del mundo: el fundamentalismo del mercado. El excelente crítico catalán Román Gubern lo ha definido con puntería apache: "lo que se vende mal no tiene derecho a la vida". No importa si eso que se vende pueda ser valioso para un largo grupo de espectadores; no importa si les pueda ayudar a su desarrollo como personas, como ciudadanos, como entes políticos o como hombres y mujeres solidarios. El punto de inflexión está, justamente, en la venta, en los réditos, en la ganancia que deje a los dueños del capital y sus aliados mediáticos. Analizada más de cerca, la frase definitoria de Gubern retrata una tergiversación muy propia del siglo: convertir lo superfluo en esencial y lo esencial en superfluo. Antaño la venta de un producto debía basarse en sus componentes, en su viabilidad de duración. Hoy los productos se venden por su prestigio, por el dinero invertido en su mercado, por la estrategia de imagen impresa sobre ellos. Es, pues, la imagen lo que cuenta.

Sobre estos presupuestos basan sus "estrategias" los nuevos ayatolas del mercado audiovisual. Y la noción de "producto" se extiende mucho más allá de los objetos: abarca personas, series, ideas, propuestas y servicios dentro del universo audiovisual. Un periodista, por ejemplo, puede ser extraordinario en su oficio, pero si tiene la particularidad de no "retratar" bien en la pantalla, de no vender bien la idea de periodista que los ayatolas postmodernos creen (un tipo medio entre Bogart y Clark Kent), el tipo está perdido, condenado al anonimato, a la voz fuera de cuadro.

Lo mismo sucede con las ideas. A quienes hemos trabajado en el sector y hayamos aventurado la mera sugerencia de cambiar un poco la mecánica tradicional de engañar espectadores, no nos será difícil reconocer la inminencia del portazo en las narices, la risa socarrona cuando no francamente burlona: ya crecerás, dicen mirando al reloj. Si uno porfía, la agresividad no se hace esperar: ¿y cómo esperas que un programa de filosofía mexicana del siglo XX venda algo? Ya la contestación no la aguardan. Y es que no se trata de vender, pensaba uno, sino de ayudar a los televidentes (radioescuchas) a comprender un poco más sus raíces, su identidad, su situación particular en el cosmos..., en fin, cosas de poca monta.

Los ayatolas mediáticos son incuestionables: basan su criterio (ordinariamente del tamaño del criterio de una mosca) en "los números". "Vamos a echar números", dicen a la menor provocación. Y tras "echar números" deciden: esto va, esto no va; esto sirve, esto no sirve. Dueños de la verdad audiovisual, son los hijos predilectos del magnate (grande, chico o aprendiz de) en turno.

Con este background los fundamentalistas del mercado se hinchan de dinero y apartan de un palmetazo cualquier esbozo de acuerdo social. Para ellos lo suficiente es la fragmentación, lo innecesario es la unión (de compradores, de personas para habitar su ciudad, de esfuerzos para trabajar por el eslabón más débil de la cadena social). Se trata -dicen- de vender bien, no de ser "hermanitas de la caridad". Y así nos ha ido...

EL OBSERVADOR 202-7

Los neoayatolas

Santiago Norte

Un nuevo fundamentalismo recorre a las medios audiovisuales del mundo: el fundamentalismo del mercado. El excelente crítico catalán Román Gubern lo ha definido con puntería apache: "lo que se vende mal no tiene derecho a la vida". No importa si eso que se vende pueda ser valioso para un largo grupo de espectadores; no importa si les pueda ayudar a su desarrollo como personas, como ciudadanos, como entes políticos o como hombres y mujeres solidarios. El punto de inflexión está, justamente, en la venta, en los réditos, en la ganancia que deje a los dueños del capital y sus aliados mediáticos. Analizada más de cerca, la frase definitoria de Gubern retrata una tergiversación muy propia del siglo: convertir lo superfluo en esencial y lo esencial en superfluo. Antaño la venta de un producto debía basarse en sus componentes, en su viabilidad de duración. Hoy los productos se venden por su prestigio, por el dinero invertido en su mercado, por la estrategia de imagen impresa sobre ellos. Es, pues, la imagen lo que cuenta.

Sobre estos presupuestos basan sus "estrategias" los nuevos ayatolas del mercado audiovisual. Y la noción de "producto" se extiende mucho más allá de los objetos: abarca personas, series, ideas, propuestas y servicios dentro del universo audiovisual. Un periodista, por ejemplo, puede ser extraordinario en su oficio, pero si tiene la particularidad de no "retratar" bien en la pantalla, de no vender bien la idea de periodista que los ayatolas postmodernos creen (un tipo medio entre Bogart y Clark Kent), el tipo está perdido, condenado al anonimato, a la voz fuera de cuadro.

Lo mismo sucede con las ideas. A quienes hemos trabajado en el sector y hayamos aventurado la mera sugerencia de cambiar un poco la mecánica tradicional de engañar espectadores, no nos será difícil reconocer la inminencia del portazo en las narices, la risa socarrona cuando no francamente burlona: ya crecerás, dicen mirando al reloj. Si uno porfía, la agresividad no se hace esperar: ¿y cómo esperas que un programa de filosofía mexicana del siglo XX venda algo? Ya la contestación no la aguardan. Y es que no se trata de vender, pensaba uno, sino de ayudar a los televidentes (radioescuchas) a comprender un poco más sus raíces, su identidad, su situación particular en el cosmos..., en fin, cosas de poca monta.

Los ayatolas mediáticos son incuestionables: basan su criterio (ordinariamente del tamaño del criterio de una mosca) en "los números". "Vamos a echar números", dicen a la menor provocación. Y tras "echar números" deciden: esto va, esto no va; esto sirve, esto no sirve. Dueños de la verdad audiovisual, son los hijos predilectos del magnate (grande, chico o aprendiz de) en turno.

Con este background los fundamentalistas del mercado se hinchan de dinero y apartan de un palmetazo cualquier esbozo de acuerdo social. Para ellos lo suficiente es la fragmentación, lo innecesario es la unión (de compradores, de personas para habitar su ciudad, de esfuerzos para trabajar por el eslabón más débil de la cadena social). Se trata -dicen- de vender bien, no de ser "hermanitas de la caridad". Y así nos ha ido...

EL OBSERVADOR 202-7

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De la confesión a la inquisición. La "justicia" de los Testigos de Jehová

Un rasgo característico de las sectas es el control que ejercen sus líderes sobre todas las actividades y pensamientos de sus fieles, así como el rigor disciplinario que priva dentro de la organización.

Es interesante el análisis de los documentos de uso interno de una secta para conocer los principios básicos de su doctrina, su organización, jerarquía y gobierno, la postura moral y el grado de coherencia interna que sostiene.

En el caso de los Testigos de Jehová, que es una secta relativamente reciente, la legislación y organización internas se encuentran en proceso de formación, se están codificando. Como su misma doctrina ha sufrido cambios, adiciones y eliminaciones para hacerla coincidir con las circunstancias del momento o según las ideas personales de su líder en turno, la secta está rehaciendo constantemente su legislación interna en un proceso inacabable de acomodo. Semejante inestabilidad puede provocar que los reglamentos queden súbitamente obsoletos, pero también puede hacer que la ley, para hacer frente a situaciones sorpresivas de conflicto, tenga que ir más allá de lo que permite la doctrina y genere un contradicción radical entre lo que supuestamente se cree y lo que realmente se hace.

Un ejemplo de lo anterior es el status que tiene la confesión de los pecados entre los Testigos de Jehová. Su doctrina, que en este caso hereda la tradición protestante europea, rechaza el sacramento católico de la confesión y lo considera una violación a la conciencia y a la libertad de los individuos. Sin embargo, esta doctrina no es respetada realmente en la práctica. Existe un libro de texto para superintendentes y ancianos llamado "Presten atención a sí mismos y a todo el rebaño". Hechos 20: 28, que contiene los criterios y procedimientos que deben seguir los jerarcas en su trabajo de gobernar a los fieles de la secta. Toda la unidad 5 de ese texto, dividida en tres capítulos, se refiere a la administración de justicia, a los pecados que reconoce la secta, a la forma de expulsar y "desasociar" a los miembros no arrepentidos y a la manera de organizar un comité judicial para juzgar a los pecadores. Puede ser difícil de creer que una organización que rechaza el sacramento de la reconciliación ponga tanto interés en perseguir, juzgar y hacer confesar públicamente a sus miembros infractores, pero sus acciones cobran su verdadero sentido si nos atenemos a los objetivos que persiguen: en el sacramento católico se busca el perdón y la reconciliación del pecador con Dios, por lo que la confesión es voluntaria y, por lo mismo, libre; en cambio, un comité judicial de los Testigos de Jehová persigue al pecador y al que no está de acuerdo con algún punto doctrinal para reprenderlo o expulsarlo de la secta, con el objetivo de proteger "la pureza de la congregación". Casi no se habla de la conversión del pecador, y la tipología de pecados que se maneja es incongruente, basada en apariencias, con una doble moral e importantes contradicciones. Un ejemplo curioso: el divorcio no sólo es considerado válido, sino que además se dice que lo instituyó Jesús en Marcos 10, 11-12; en cambio, practicar karate, judo, etc. es un "pecado" tan grave que merece la expulsión.

Una prueba de que lo que se busca es mantener el control sobre el infractor más que su verdadera conversión es que el comité judicial, a imitación de un tribunal secular, debe "investigar" para "descubrir" lo que realmente pasó, realizar interrogatorios, evaluar pruebas, escuchar a los testigos que acusan al pecador, aceptar apelaciones, etc. Es de notarse que el presunto pecador es llamado oficialmente "acusado", como en cualquier corte penal. Los ancianos pueden considerar que el acusado miente o pueden hacerlo confesar sus faltas en la audiencia judicial, lo cual constituye una confesión pública bastante menos respetuosa de la conciencia individual que la confesión privada de los católicos. Si el comité declara culpable al acusado lo expulsará de la secta, aunque él esté seguro de su inocencia: si pesan más los testigos de la parte acusadora no importa si uno es culpable o no. Igual queda expulsado hasta que manifieste sincero arrepentimiento. Ha de ser difícil arrepentirse de lo que no se ha cometido. (D.G.B.)

EL OBSERVADOR 202-8

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GRANDES FIRMAS

Optar por la puerta estrecha

Francisco Prieto *

El Papa vino, es cierto, como Pablo, a reavivar la fe y la esperanza, a mover los corazones hacia la caridad, que se fundamenta en el amor a la vida, la cual se sustenta en la esperanza y en la fe.

¿Qué quedará? Me temo que muy poco. Sin embargo, el Papa ha puesto el dedo sobre la llaga Por un lado, ha ratificado el mensaje a los empresarios dicho en Durango en 1990, a saber, que la justicia requiere del sacrificio, por tanto, del renunciamiento. Dicho de otro modo, no se vale mandar a las personas al desempleo y al desamparo en nombre de la productividad y de la eficiencia. Por otro lado, el Papa ha gritado a favor de la vida, Y la vida, ya lo sabemos, peligra en este fin de siglo: el aborto, la decisión de cada vez un número mayor de parejas a no tener hijos, o a tener uno solo después de un buen número de años de matrimonio; la promiscuidad, que convierte a los seres humanos en mercancía hasta hacerlos olvidar que cada persona es una cosa sagrada.

Hoy día, por primera vez en la historia cultural de Occidente, los grandes amores que ha consagrado la literatura occidental moverían a risa, pues ¿a quién sensibilizaría un juramento de amor hasta el fin de los tiempos? He aquí algo que sólo conmueve al hombre y a la mujer de hoy si está signado por la muerte, o sea, si se entiende dentro del amor loco, a la manera de Tristán e Isolda, en que un bálsamo transfigura al uno y a la otra hasta la extinción del deseo en la muerte de amor. Por el contrario, un juramento de protegerse un ser a otro, de luchar en las buenas y en las malas el uno al lado de otro, de crecer juntos, en fin, de mantener esa conversación de cincuenta años que, dijo Nietzsche, es el matrimonio, he aquí algo que ha dejado de permear a los hombres y a las mujeres de fin de siglo.

Sin embargo, el Papa se ha marchado y con él sus palabras. Y es que hay algo en lo que la Iglesia no ha reparado: para transformar al ser humano, o sea, para devolverlo a su raíz religiosa, es necesario, ahora más que nunca, problematizarlo. Por tanto importa sobremanera hacer ver cómo el espíritu está por encima de la ley y cómo es lícito curar en sábado. Importa, por tanto, que ahora más que nunca los cristianos tengan presente que ser cristiano es optar por la puerta estrecha, asumir decisiones desde la raíz misma de la existencia, que no es, por tanto, el Magisterio quien va a decir a cada cual ni cuántos hijos tener ni cuál es la vía para planear responsablemente la familia, pero también, que quien no es capaz de encontrar a Cristo en el desempleado, en el anciano, en el enfermo, más le valiera no asistir al templo como no fuera para orar por encontrar desde su corazón la virtud, para que pueda, espontáneamente, comprometerse con los demás.

Graham Green confió a su confesor, el padre Durán, cómo pedía al Señor que le quitara la incredulidad. Y lo hizo porque sabía que no era bueno pecar contra el Espíritu y que la incredulidad es la puerta que lleva, salvo a criaturas excepcionales, a ese pecado mayor que consiste en la negación del otro, en el aplastamiento del otro, en el uso inmisericorde de los prójimos.

Tal vez la Iglesia necesite de nueva cuenta las catacumbas. Nada en el mundo moderno apela a la conciencia y, reducido todo a la puerilidad, a la banalización, a la inconsecuencia de los actos del hombre, la misma profesión de fe cristiana se ha vuelto complemento, adorno y no savia alimenticia. Así, el camino de los catecúmenos se inicia cuando se hace ver a los seres humanos la heroicidad implícita en asumir la fe de Cristo. En otras palabras, lo contrario de las manifestaciones externas, puramente emocionales, alentadas por un buen número de ministros de la jerarquía durante la visita del papa Juan Pablo II.

Es necesario, ahora más que nunca, recordar a la grey que se quiere cristiana que los mismos que alabaron a Jesús el Domingo de Ramos fueron los que le gritaron a Pilatos: "¡Crucifícalo!". La tarea que se impone al cristiano comprometido con su fe y, por tanto, con la caridad, es asumir la autenticidad, el ir hasta el fondo mismo de la conciencia en busca de la coherencia en la alegría. La alegría, sí, no nos extrañemos: el que tiene certidumbre de vida eterna no puede sino encontrar la alegría en el mayor de los sacrificios. Sucede que en un mundo centrado en la eficiencia y en la pura productividad, donde el pez grande se come al chico, donde se habla más de inempleables que de desempleados, no ha lugar para el silencio, pues todo es desasosiego, huída de si mismo y desenfreno que culmina en la cultura de la muerte, denunciada por el Papa. Es necesario que los pastores hagan consciente de su mala conciencia a su grey, so pena de que ellos también sean cómplices de esta penetración de Satán en el mundo. Si algo no se puede ya es ser complacientes.

* Artículo resumido. El autor es novelista, locutor y comentarista de radio.

EL OBSERVADOR 202-9

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A LAS PUERTAS DEL TEMPLO

Meditaciones sobre el desapego *


Javier Sicilia

Todas las tradiciones de larga permanencia histórica hablan del desapego. ¿Pero desapegarse para qué? ¿No es legítimo en el orden de la naturaleza humana el deseo? ¿No la vida crece a partir de una dialéctica entre la necesidad y la satisfacción: la necesidad, por ejemplo, que hay en el hambre y la satisfacción del comer; la necesidad que hay en todo deseo y la satisfacción del amor...? ¿Para qué, entonces, el desapego? Para regresar a las cosas de manera purificada. Hay en todo deseo, en toda necesidad, incluso legítima, algo contaminado y espurio: la satisfacción del ego. Desapegarse es de alguna forma purificarnos para allegarnos de nuevo a los objetos y a los seres como Dios los mira: con el gozo y el deseo de que sean en su libertad. Lo que la experiencia del desapego (que etimológicamente significa desapropiarse del ego) prueba en todas las tradiciones es que esa renuncia es siempre colmada por el bien absoluto.

El desapego no es una privación ni un consuelo, es una luz. Toda ascética: ayuno, abstinencia, desvelo, etcétera, no es, como el occidente ya no hedonista (hay cierta grandeza en el hedonismo) sino consumista lo piensa, una negación de la vida. Por el contrario, es, como el significado de la ascética lo dice, un ejercicio de purificación. Cuando el asceta ayuna o se abstiene de la sexualidad o vela ante el misterio divino no es para ejercer sobre él un acto de orden masoquista, sino para comprender el misterio del hambre, del sexo, del sueño y de la presencia de Dios en la vida y allegarse a ellos con mesura y temor.

Cuando el hombre no se ejercita en la ascesis pierde el sentido profundo que hay en sus actos, incluso en los más elementales. Deja de comprender, por ejemplo, que el alimento es un acto grave y sagrado, porque compromete la vida de otros seres que no están hechos para nuestro placer; que la sexualidad es un acto maravilloso y profundo porque compromete el gozo y la vida, y que el sueño es una alegría que se satisface en sí misma y que está hecho para reparar la fatiga de la vida diurna. Cuando se deja de comprender el misterio, entonces todo se trastoca y se injutia: el alimento se vuelve industria; el sexo placer mecánico y el sueño un universo que necesita de un lecho mullido y placentero para realizarse, y toda suerte de perversidades se instalan en nuestras vidas: las industrias equilibran el precio de los alimentos tirando a la basura lo que alimentaría el hambre de millones; justificamos el aborto y deificamos todo aquello que haga de nuestro sueño un placer desmedido.

A la enfermedad del mundo moderno le hace falta una cura de ascesis. Lo que el desapego hizo en ese gran maestro de la pobreza evangélica que fue san Francisco fue darle una comprensión inmensa de la fraternidad de los seres. Al renunciar a todo, san Francisco terminó por reconocer que la única riqueza es la fraternidad, y toda verdadera fraternidad implica la búsqueda del bien del otro. Purificado el ego por el desapego, lo único que queda en nuestra percepción es la inmensa presencia de los otros y el amor por ellos.

En un magnífico texto sobre la pobreza, el maestro Eckhart dice: "El hombre debe ser tan pobre que no pueda poseer ni siquiera un lugar para la acción de Dios (...) Pues si llega el caso de que el hombre se ha vaciado de todas las cosas y criaturas, de sí mismo y de Dios... y si aún halla Dios lugar en él para actuar (...) no será este hombre pobre con la más íntima de las pobrezas (...) La auténtica pobreza de espíritu exige que el hombre se vacíe de Dios y de todos sus trabajos de modo tal que si Dios desea actuar en su alma, Él mismo será el lugar en donde actuará". Este texto refleja la ecuación eckhartiana de Dios como abismo y terreno infinitos, y el ser del hombre como asentado en Él. Para Eckhart, y en esto concuerdan toda la mística de las tradiciones religiosas, sólo cuando el yo se ha purificado, empobrecido, desapegado a tal grado que ya no aparece como un lugar para la acción divina, entonces Dios, en la medida en que el hombre es su imagen y semejanza, actúa en Sí mismo y nos hace recuperar nuestro yo verdadero que es la expresión de su divinidad en nosotros. Por ello todo santo, todo hombre desasido, es una expresión viva de la divinidad en el mundo. El testimonio más profundo de la infinita pobreza de Dios es la encarnación de Cristo.

* Se publica por convenio con el autor.

EL OBSERVADOR 202-10

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ORIENTACIÓN FAMILIAR

Sobre la libertad de los hijosSobre la libertad de los hijos

Yusi Cervantes

Ultimamente me he preguntado sobre la libertad que se debe dar a los hijos. Siempre pensé que a medida que los hijos van creciendo se les debe dar poco a poco más libertad, confiando en que ellos van a usarla con responsabilidad debido a la educación que durante años se les ha dado, donde se les han inculcado valores morales que ellos sabrían usar, confiando también en que tienen un criterio tan firme que les permite escoger entre el bien y el mal. Según yo, cuando crecen ya no debería haber desconfianza y no tendría uno por qué andarlos cuidando ni investigando lo que dicen o hacen.

Pero hace poco mi idea cambió y ya no sé qué pensar, debido a algo que pasó en mi familia. Tengo una hermana soltera que acaba de cumplir los 24 años. Ella nunca se sintió bonita y nunca se supo que tuviera novio. Ha salido con dos muchachos, pero ella dice que son amigos y ninguno ha dado la cara en la casa. Mi hermana no le tiene confianza a mi mamá, es muy reservada con sus cosas. No sé si sea porque cuando era adolescente mi mamá vivió lejos un tiempo o porque mi mamá está enferma con frecuencia y no le puede prestar mucha atención. Pero mi hermana tampoco confía en nadie más de la familia.

El caso es que mi mamá encontró una libreta de mi hermana donde escribe que tiene relaciones íntimas con el muchacho con el que sale y las describe detalladamente. Claro que cuando llegó mi hermana mi mamá la corrió diciéndole que ya había descubierto todo. Después de un tiempo, mi hermana ya está de nuevo en la casa. Yo me pregunto cuál fue el error de mis papás no para criticarlos, sino para que a mí no me pase igual.

Me parece que usted tiene razón en todo lo que dice en la primera parte de su carta, excepto en que me da la impresión de que considera la libertad como algo que los padres dan a los hijos y no como un don de Dios al ser humano. Los padres no dan la libertad a sus hijos, simplemente enseñan a ejercerla.

Es verdad, conforme van creciendo, los padres deben soltar a sus hijos. No es que les den más libertad, sino que les limitan menos su ejercicio. Y los padres tienen la oportunidad y la obligación de educar a sus hijos en la responsabilidad y en los valores. Si lo logran, que bueno. Pero no pueden condicionar a esto la libertad de sus hijos. Como usted dice, hay que tener confianza en que ellos van a usar su libertad con responsabilidad y que tendrán criterio para escoger entre el bien y el mal. Pero puede ocurrir que en el ejercicio de su libertad los hijos elijan en forma equivocada o en desacuerdo al criterio de sus padres. Sin embargo, tratándose de hijos adultos, los padres tienen que respetar las decisiones de sus hijos. Por supuesto, estamos hablando de decisiones que no afectan la vida de los demás, porque no importa cuál sea la edad, todos los miembros de la familia deben respetar ciertas normas de convivencia básicas. Pero tratándose de la vida personal, las decisiones de los hijos son de ellos y de nadie más. Podemos tratar de acercarnos a ellos, ganarnos su confianza, ofrecer nuestro apoyo y nuestro consejo, nada más.

A mí me parece que su mamá hizo mal en leer el diario de su hermana. La intimidad de cualquier persona debe respetarse. Y lo peor fue que usó esa información para juzgarla y condenarla. Si realmente está preocupada por su hija, lo mejor sería que su mamá tratara de acercarse a ella para ayudarle a superar los problemas que la han hecho vulnerable a esa relación que, por lo poco que me dice, parece que no es muy sana. Cerrándole las puertas no la ayuda. Claro está que su hermana ya es mayor de edad y su mamá no tiene ninguna obligación de mantenerla o de tenerla en su casa. Pero decirle: "no puedes estar aquí porque no actúas de acuerdo a lo que yo indico" me parece que no lleva más que al alejamiento de su hermana. Ella está de regreso, eso puede ser bueno. Es una oportunidad para que sus padres se acerquen a ella sinceramente, con respeto, sin chantajes, con verdadero amor.

¿En qué se equivocaron sus padres? Tal vez inculcaron valores, pero descuidaron vigilar el desarrollo de la autoestima de su hermana, así como la confianza mutua y el que ella se sintiera verdaderamente acogida por ellos. En cuanto a permitirle ser libre, eso está bien. De hecho no tienen otra opción. Nadie es dueño de la libertad de otro ser humano, aunque éste sea nuestro hijo.

En todo este conflicto tal vez usted, como hermana mayor, pueda tener más facilidad que sus padres para acercarse a su hermana y lograr que confíe en alguien. No la condene, no la juzgue: escúchela, apóyela y ayúdela a encontrar el mejor camino, pero desde ella, poniéndose en sus zapatos. Espero que todo salga bien.

(La psicóloga Yusi Cervantes responderá las preguntas que se le envíen a la dirección de EL OBSERVADOR).

EL OBSERVADOR 202-11

Sobre la libertad de los hijosSobre la libertad de los hijos

Yusi Cervantes

Ultimamente me he preguntado sobre la libertad que se debe dar a los hijos. Siempre pensé que a medida que los hijos van creciendo se les debe dar poco a poco más libertad, confiando en que ellos van a usarla con responsabilidad debido a la educación que durante años se les ha dado, donde se les han inculcado valores morales que ellos sabrían usar, confiando también en que tienen un criterio tan firme que les permite escoger entre el bien y el mal. Según yo, cuando crecen ya no debería haber desconfianza y no tendría uno por qué andarlos cuidando ni investigando lo que dicen o hacen.

Pero hace poco mi idea cambió y ya no sé qué pensar, debido a algo que pasó en mi familia. Tengo una hermana soltera que acaba de cumplir los 24 años. Ella nunca se sintió bonita y nunca se supo que tuviera novio. Ha salido con dos muchachos, pero ella dice que son amigos y ninguno ha dado la cara en la casa. Mi hermana no le tiene confianza a mi mamá, es muy reservada con sus cosas. No sé si sea porque cuando era adolescente mi mamá vivió lejos un tiempo o porque mi mamá está enferma con frecuencia y no le puede prestar mucha atención. Pero mi hermana tampoco confía en nadie más de la familia.

El caso es que mi mamá encontró una libreta de mi hermana donde escribe que tiene relaciones íntimas con el muchacho con el que sale y las describe detalladamente. Claro que cuando llegó mi hermana mi mamá la corrió diciéndole que ya había descubierto todo. Después de un tiempo, mi hermana ya está de nuevo en la casa. Yo me pregunto cuál fue el error de mis papás no para criticarlos, sino para que a mí no me pase igual.

Me parece que usted tiene razón en todo lo que dice en la primera parte de su carta, excepto en que me da la impresión de que considera la libertad como algo que los padres dan a los hijos y no como un don de Dios al ser humano. Los padres no dan la libertad a sus hijos, simplemente enseñan a ejercerla.

Es verdad, conforme van creciendo, los padres deben soltar a sus hijos. No es que les den más libertad, sino que les limitan menos su ejercicio. Y los padres tienen la oportunidad y la obligación de educar a sus hijos en la responsabilidad y en los valores. Si lo logran, que bueno. Pero no pueden condicionar a esto la libertad de sus hijos. Como usted dice, hay que tener confianza en que ellos van a usar su libertad con responsabilidad y que tendrán criterio para escoger entre el bien y el mal. Pero puede ocurrir que en el ejercicio de su libertad los hijos elijan en forma equivocada o en desacuerdo al criterio de sus padres. Sin embargo, tratándose de hijos adultos, los padres tienen que respetar las decisiones de sus hijos. Por supuesto, estamos hablando de decisiones que no afectan la vida de los demás, porque no importa cuál sea la edad, todos los miembros de la familia deben respetar ciertas normas de convivencia básicas. Pero tratándose de la vida personal, las decisiones de los hijos son de ellos y de nadie más. Podemos tratar de acercarnos a ellos, ganarnos su confianza, ofrecer nuestro apoyo y nuestro consejo, nada más.

A mí me parece que su mamá hizo mal en leer el diario de su hermana. La intimidad de cualquier persona debe respetarse. Y lo peor fue que usó esa información para juzgarla y condenarla. Si realmente está preocupada por su hija, lo mejor sería que su mamá tratara de acercarse a ella para ayudarle a superar los problemas que la han hecho vulnerable a esa relación que, por lo poco que me dice, parece que no es muy sana. Cerrándole las puertas no la ayuda. Claro está que su hermana ya es mayor de edad y su mamá no tiene ninguna obligación de mantenerla o de tenerla en su casa. Pero decirle: "no puedes estar aquí porque no actúas de acuerdo a lo que yo indico" me parece que no lleva más que al alejamiento de su hermana. Ella está de regreso, eso puede ser bueno. Es una oportunidad para que sus padres se acerquen a ella sinceramente, con respeto, sin chantajes, con verdadero amor.

¿En qué se equivocaron sus padres? Tal vez inculcaron valores, pero descuidaron vigilar el desarrollo de la autoestima de su hermana, así como la confianza mutua y el que ella se sintiera verdaderamente acogida por ellos. En cuanto a permitirle ser libre, eso está bien. De hecho no tienen otra opción. Nadie es dueño de la libertad de otro ser humano, aunque éste sea nuestro hijo.

En todo este conflicto tal vez usted, como hermana mayor, pueda tener más facilidad que sus padres para acercarse a su hermana y lograr que confíe en alguien. No la condene, no la juzgue: escúchela, apóyela y ayúdela a encontrar el mejor camino, pero desde ella, poniéndose en sus zapatos. Espero que todo salga bien.

(La psicóloga Yusi Cervantes responderá las preguntas que se le envíen a la dirección de EL OBSERVADOR).

EL OBSERVADOR 202-11

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VIDA CRISTIANA

Sobre la libertad de los hijos

Yusi Cervantes

Ultimamente me he preguntado sobre la libertad que se debe dar a los hijos. Siempre pensé que a medida que los hijos van creciendo se les debe dar poco a poco más libertad, confiando en que ellos van a usarla con responsabilidad debido a la educación que durante años se les ha dado, donde se les han inculcado valores morales que ellos sabrían usar, confiando también en que tienen un criterio tan firme que les permite escoger entre el bien y el mal. Según yo, cuando crecen ya no debería haber desconfianza y no tendría uno por qué andarlos cuidando ni investigando lo que dicen o hacen.

Pero hace poco mi idea cambió y ya no sé qué pensar, debido a algo que pasó en mi familia. Tengo una hermana soltera que acaba de cumplir los 24 años. Ella nunca se sintió bonita y nunca se supo que tuviera novio. Ha salido con dos muchachos, pero ella dice que son amigos y ninguno ha dado la cara en la casa. Mi hermana no le tiene confianza a mi mamá, es muy reservada con sus cosas. No sé si sea porque cuando era adolescente mi mamá vivió lejos un tiempo o porque mi mamá está enferma con frecuencia y no le puede prestar mucha atención. Pero mi hermana tampoco confía en nadie más de la familia.

El caso es que mi mamá encontró una libreta de mi hermana donde escribe que tiene relaciones íntimas con el muchacho con el que sale y las describe detalladamente. Claro que cuando llegó mi hermana mi mamá la corrió diciéndole que ya había descubierto todo. Después de un tiempo, mi hermana ya está de nuevo en la casa. Yo me pregunto cuál fue el error de mis papás no para criticarlos, sino para que a mí no me pase igual.


Me parece que usted tiene razón en todo lo que dice en la primera parte de su carta, excepto en que me da la impresión de que considera la libertad como algo que los padres dan a los hijos y no como un don de Dios al ser humano. Los padres no dan la libertad a sus hijos, simplemente enseñan a ejercerla.

Es verdad, conforme van creciendo, los padres deben soltar a sus hijos. No es que les den más libertad, sino que les limitan menos su ejercicio. Y los padres tienen la oportunidad y la obligación de educar a sus hijos en la responsabilidad y en los valores. Si lo logran, que bueno. Pero no pueden condicionar a esto la libertad de sus hijos. Como usted dice, hay que tener confianza en que ellos van a usar su libertad con responsabilidad y que tendrán criterio para escoger entre el bien y el mal. Pero puede ocurrir que en el ejercicio de su libertad los hijos elijan en forma equivocada o en desacuerdo al criterio de sus padres. Sin embargo, tratándose de hijos adultos, los padres tienen que respetar las decisiones de sus hijos. Por supuesto, estamos hablando de decisiones que no afectan la vida de los demás, porque no importa cuál sea la edad, todos los miembros de la familia deben respetar ciertas normas de convivencia básicas. Pero tratándose de la vida personal, las decisiones de los hijos son de ellos y de nadie más. Podemos tratar de acercarnos a ellos, ganarnos su confianza, ofrecer nuestro apoyo y nuestro consejo, nada más.

A mí me parece que su mamá hizo mal en leer el diario de su hermana. La intimidad de cualquier persona debe respetarse. Y lo peor fue que usó esa información para juzgarla y condenarla. Si realmente está preocupada por su hija, lo mejor sería que su mamá tratara de acercarse a ella para ayudarle a superar los problemas que la han hecho vulnerable a esa relación que, por lo poco que me dice, parece que no es muy sana. Cerrándole las puertas no la ayuda. Claro está que su hermana ya es mayor de edad y su mamá no tiene ninguna obligación de mantenerla o de tenerla en su casa. Pero decirle: "no puedes estar aquí porque no actúas de acuerdo a lo que yo indico" me parece que no lleva más que al alejamiento de su hermana. Ella está de regreso, eso puede ser bueno. Es una oportunidad para que sus padres se acerquen a ella sinceramente, con respeto, sin chantajes, con verdadero amor.

¿En qué se equivocaron sus padres? Tal vez inculcaron valores, pero descuidaron vigilar el desarrollo de la autoestima de su hermana, así como la confianza mutua y el que ella se sintiera verdaderamente acogida por ellos. En cuanto a permitirle ser libre, eso está bien. De hecho no tienen otra opción. Nadie es dueño de la libertad de otro ser humano, aunque éste sea nuestro hijo.

En todo este conflicto tal vez usted, como hermana mayor, pueda tener más facilidad que sus padres para acercarse a su hermana y lograr que confíe en alguien. No la condene, no la juzgue: escúchela, apóyela y ayúdela a encontrar el mejor camino, pero desde ella, poniéndose en sus zapatos. Espero que todo salga bien.

(La psicóloga Yusi Cervantes responderá las preguntas que se le envíen a la dirección de EL OBSERVADOR).

EL OBSERVADOR 202-11

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VIDA CRISTIANA



Yusi Cervantes

Ultimamente me he preguntado sobre la libertad que se debe dar a los hijos. Siempre pensé que a medida que los hijos van creciendo se les debe dar poco a poco más libertad, confiando en que ellos van a usarla con responsabilidad debido a la educación que durante años se les ha dado, donde se les han inculcado valores morales que ellos sabrían usar, confiando también en que tienen un criterio tan firme que les permite escoger entre el bien y el mal. Según yo, cuando crecen ya no debería haber desconfianza y no tendría uno por qué andarlos cuidando ni investigando lo que dicen o hacen.

Pero hace poco mi idea cambió y ya no sé qué pensar, debido a algo que pasó en mi familia. Tengo una hermana soltera que acaba de cumplir los 24 años. Ella nunca se sintió bonita y nunca se supo que tuviera novio. Ha salido con dos muchachos, pero ella dice que son amigos y ninguno ha dado la cara en la casa. Mi hermana no le tiene confianza a mi mamá, es muy reservada con sus cosas. No sé si sea porque cuando era adolescente mi mamá vivió lejos un tiempo o porque mi mamá está enferma con frecuencia y no le puede prestar mucha atención. Pero mi hermana tampoco confía en nadie más de la familia.

El caso es que mi mamá encontró una libreta de mi hermana donde escribe que tiene relaciones íntimas con el muchacho con el que sale y las describe detalladamente. Claro que cuando llegó mi hermana mi mamá la corrió diciéndole que ya había descubierto todo. Después de un tiempo, mi hermana ya está de nuevo en la casa. Yo me pregunto cuál fue el error de mis papás no para criticarlos, sino para que a mí no me pase igual.


Me parece que usted tiene razón en todo lo que dice en la primera parte de su carta, excepto en que me da la impresión de que considera la libertad como algo que los padres dan a los hijos y no como un don de Dios al ser humano. Los padres no dan la libertad a sus hijos, simplemente enseñan a ejercerla.

Es verdad, conforme van creciendo, los padres deben soltar a sus hijos. No es que les den más libertad, sino que les limitan menos su ejercicio. Y los padres tienen la oportunidad y la obligación de educar a sus hijos en la responsabilidad y en los valores. Si lo logran, que bueno. Pero no pueden condicionar a esto la libertad de sus hijos. Como usted dice, hay que tener confianza en que ellos van a usar su libertad con responsabilidad y que tendrán criterio para escoger entre el bien y el mal. Pero puede ocurrir que en el ejercicio de su libertad los hijos elijan en forma equivocada o en desacuerdo al criterio de sus padres. Sin embargo, tratándose de hijos adultos, los padres tienen que respetar las decisiones de sus hijos. Por supuesto, estamos hablando de decisiones que no afectan la vida de los demás, porque no importa cuál sea la edad, todos los miembros de la familia deben respetar ciertas normas de convivencia básicas. Pero tratándose de la vida personal, las decisiones de los hijos son de ellos y de nadie más. Podemos tratar de acercarnos a ellos, ganarnos su confianza, ofrecer nuestro apoyo y nuestro consejo, nada más.

A mí me parece que su mamá hizo mal en leer el diario de su hermana. La intimidad de cualquier persona debe respetarse. Y lo peor fue que usó esa información para juzgarla y condenarla. Si realmente está preocupada por su hija, lo mejor sería que su mamá tratara de acercarse a ella para ayudarle a superar los problemas que la han hecho vulnerable a esa relación que, por lo poco que me dice, parece que no es muy sana. Cerrándole las puertas no la ayuda. Claro está que su hermana ya es mayor de edad y su mamá no tiene ninguna obligación de mantenerla o de tenerla en su casa. Pero decirle: "no puedes estar aquí porque no actúas de acuerdo a lo que yo indico" me parece que no lleva más que al alejamiento de su hermana. Ella está de regreso, eso puede ser bueno. Es una oportunidad para que sus padres se acerquen a ella sinceramente, con respeto, sin chantajes, con verdadero amor.

¿En qué se equivocaron sus padres? Tal vez inculcaron valores, pero descuidaron vigilar el desarrollo de la autoestima de su hermana, así como la confianza mutua y el que ella se sintiera verdaderamente acogida por ellos. En cuanto a permitirle ser libre, eso está bien. De hecho no tienen otra opción. Nadie es dueño de la libertad de otro ser humano, aunque éste sea nuestro hijo.

En todo este conflicto tal vez usted, como hermana mayor, pueda tener más facilidad que sus padres para acercarse a su hermana y lograr que confíe en alguien. No la condene, no la juzgue: escúchela, apóyela y ayúdela a encontrar el mejor camino, pero desde ella, poniéndose en sus zapatos. Espero que todo salga bien.

(La psicóloga Yusi Cervantes responderá las preguntas que se le envíen a la dirección de EL OBSERVADOR).

EL OBSERVADOR 202-11

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VIDA CRISTIANA

Nuestra vida es aliento de Dios

Isele

"Si retiras tu aliento, toda criatura muere", dice el salmista (Salmo 103). El aliento de Dios nos da vida. Y Jesús sopló para que sus apóstoles recibieran el Espíritu Santo.

El aliento de Dios nos mantiene vivos. Y nos da también la vida más profunda del Espíritu.

Cada respiración nuestra es una afirmación de vida que conecta con el aliento permanente de Dios. Jamás podremos decir que Dios está lejos si nuestra vida es aliento de Dios, si sabemos que, puesto que estamos vivos, Él no ha retirado su aliento.

EL OBSERVADOR 202-12

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OPINIÓN

Todas las mujeres son madres

Solteras, religiosas, casadas, todas las mujeres han sido llamadas para ser madres. Si no madres biológicas, sí madres en un sentido espiritual. Donde quiera que estén, cualquiera que sea su profesión, no importa con quien traten, las mujeres tienen la vocación de dar vida.

En la medida en que las mujeres vivan plenamente este dar vida, su aporte a la humanidad será más trascendente.

Hay que dar vida estimulando el crecimiento , el amor, la justicia, las oportunidades de desarrollo... Hay que dar vida viendo a cada ser humano como persona única, no como parte de un engranaje universal. Especialmente hay que ser madre de todos los niños. Amar verdaderamente a los propios hijos implica amar a todos los niños y comprometerse con el futuro de la humanidad. (FIN)

EL OBSERVADOR 202-13

Todas las mujeres son madres

Solteras, religiosas, casadas, todas las mujeres han sido llamadas para ser madres. Si no madres biológicas, sí madres en un sentido espiritual. Donde quiera que estén, cualquiera que sea su profesión, no importa con quien traten, las mujeres tienen la vocación de dar vida.

En la medida en que las mujeres vivan plenamente este dar vida, su aporte a la humanidad será más trascendente.

Hay que dar vida estimulando el crecimiento , el amor, la justicia, las oportunidades de desarrollo... Hay que dar vida viendo a cada ser humano como persona única, no como parte de un engranaje universal. Especialmente hay que ser madre de todos los niños. Amar verdaderamente a los propios hijos implica amar a todos los niños y comprometerse con el futuro de la humanidad. (FIN)

EL OBSERVADOR 202-13

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