El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

13 de junio de 1999 No. 205

SUMARIO

bullet EDITORIAL ¿Cuánto cuesta ser presidente?
bulletAntes del Año Santo, la mitad de los católicos se ubica en América
bulletCUADERNO DE NOTAS Sobre monstruos, oración y el arte de gobernar
bulletPINCELADAS Ata tu camello
bulletPALABRAS MAYORES Mejores maestros, mejor juventud
bulletSí a la vida
bullet«Las obras sin amor no son nada»
bulletValor y valioso
bulletCORRESPONDENCIA ¿Cambiar uno o cambiar a otros?
bulletEL RINCÓN DEL PAPA ¿Por qué no se casan los curas?
bulletDOCTRINA SOCIAL, HOY Diez lecciones para ser un buen gerente, según Jesucristo
bulletA LAS PUERTAS DEL TEMPLO México y la necesidad de valores espirituales
bullet¿Cómo anunciar a Cristo en esta sociedad multicultural de hoy?
bulletEstado solidario y subsidiario
bulletAsí puede votar por Juan Pablo II
bulletPara ejercer seriamente nuestro derecho al voto
bulletVIDA CRISTIANA El que no ama no conoce a Dios

Editorial
¿Cuánto cuesta ser presidente?
Cuando el señor Ross Perot hizo su campañita por la presidencia de Estados Unidos, alguna revista semanal de circulación mundial intituló una entrevista con él bajo el siguiente lema: «Yo compro la presidencia de EU». A los mexicanos nos pareció ridículo. Hicimos miles de comentarios enojosos sobre un ricachón que quería llevarse a la vitrina de sus trofeos el más codiciado de todos: la presidencia de un país con 260 millones de seres humanos habitando ahí. Pensábamos: la presidencia no se puede comprar por la sencilla razón de que no se puede vender al mejor postor; es el nivel de máxima representatividad al cual debe ascender (y aspirar) el «mejor» dotado, la persona (hombre o mujer) capaz de encarnar en sí mismo (en sí misma) el destino de una nación, de hacer viable ese destino...

Como suele suceder, vimos la paja del ojo ajeno antes siquiera de ver la viga en el nuestro. Hoy asistimos entristecidos al espectáculo de la compra (parcial o total, a plazos, en abonos, como sea) de la presidencia en México. Suena horrible: es horrible. Ver pelear a candidatos no por ideas sino por prestigio, con base en su chequera, en la chequera de sus amigos y en la «charola» que puedan pasar a los «barones» del dinero de toda laya, es como ver repartirse el dinero de la fiesta cuando aún bailan los invitados. México, un país con casi 50% de su población en estado de pobreza extrema, tiene hoy por hoy las campañas políticas más costosas del planeta. Se calcula que Chuayfett, cuando fue candidato (1994) a las elecciones del estado de México por el PRI, gastó tres veces más que Clinton en su campaña electoral a la presidencia del país más poderoso (económicamente hablando) del planeta Tierra. ¿Y qué decir de Madrazo Pintado en Tabasco, de los 25 millones de dólares que puso Cabal para Colosio, Zedillo y el propio Madrazo? ¿Qué decir de la cena de la «charola», siendo Miguel Alemán, hoy gobernador de Veracruz, secretario de Finanzas del PRI?

Hoy todos gastan a manos llenas. Fox y Labastida, Cárdenas y Bartlett, Madrazo y Muñoz Ledo. Pareciera ser que el síndrome Ross Perot invade la carrera por la silla de Los Pinos. El que tenga más dinero y pueda comprar más espacios en los medios electrónicos, el que tenga más presencia en la televisión (el caso de Roberto Madrazo Pintado es patético: nadie lo conocía; comenzó su campaña de «¿quién dijo que no se puede?» y pasó, de golpe y porrazo, a ser el predilecto en las preferencias de voto del priísmo) y mejor posicionamiento en radio y prensa, en fin, el que pueda «mover» más voluntades, es el que pudiera ganar las elecciones generales del 2000. ¿Y las ideas? ¿Y la plataforma política, humanista, referencial a la persona? Bien, gracias, ¿y usted?

EL OBSERVADOR 205-1

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Antes del Año Santo, la mitad de los católicos se ubica en América
* El Anuario estadístico de la Iglesia nos ofrece interesantes datos.
*Hay un florecimiento mundial de las vocaciones sacerdotales.
Jesús Colina / para EL OBSERVADOR

ROMA.- Para los cristianos, la Iglesia es eterna; sin embargo, sus números cambian como los de cualquier institución humana. De aquí deriva la necesidad de contar con un instrumento que periódicamente ponga al día los datos y las cifras del camino de la Iglesia en el mundo. El punto de referencia en este sentido es, desde hace tiempo, el «Anuario Estadístico de la Iglesia», cuya edición relativa al año 1997 ha sido publicada en estos días por la Librería Vaticana. Las tablas estadísticas, a simple vista, tienen la aridez típica de todo estudio sociológico de características científicas. Ahora bien, una mirada más atenta ofrece al lector sorprendentes constataciones.

Rebasamos los mil millones

De este modo se puede ver cómo el número de los bautizados ha crecido progresivamente en todo el planeta, pasando en los últimos veinte años de 757 millones a más de mil millones (exactamente 1.005,254). Ahora bien, el incremento demográfico del planeta ha sido sostenido, de modo que el porcentaje de los católicos en el planeta, que en 1978 era de 17.99, es ahora de 17.27. Casi la mitad, exactamente el 49.32%, se encuentran en América; el 28.18% en Europa; el 11.23% en África; el 10.47% en Asia; y el 0,80% en Oceanía.

El sacerdocio y la vida consagrada

El sacerdocio experimenta una tendencia inversa. El número de presbíteros en ese período ha pasado de 420 mil a 404 mil (decremento del 3.98%). Un fenómeno que refleja la crisis de vocaciones de las dos décadas anteriores, experimentada particularmente en Europa, y que tiene su contrapeso en África y Asia, donde los sacerdotes han aumentado en un 49.35% y en un 46.00%, respectivamente.

La crisis más fuerte que está experimentando en estos momentos la Iglesia afecta a los religiosos. Hace dos décadas las religiosas eran casi un millón, exactamente 991 mil; ahora su número ha descendido a 819 mil (un bajón de un 17%). Los religiosos no sacerdotes han pasado de 76 mil en 1978 a 58 mil en 1997. Por su parte, el número de religiosos sacerdotes, que hace veinte años era de 158 mil, ha descendido a 140 mil. La crisis más fuerte de la vida religiosa afecta en primer lugar a Oceanía y a Europa. En América la crisis también se deja sentir, aunque con menos intensidad. Una vez más, Asia y África constituyen la esperanza, con un aumento constante de consagrados en la vida religiosa.

«Boom» de seminaristas

Pero la gran sorpresa de las estadísticas son las vocaciones al sacerdocio. En 1978 había 63 mil 882 seminaristas, hoy son 108 mil 517. Un aumento de un 69.87% por ciento. Todo un récord. En este sentido, el incremento en África y Asia es realmente vertiginoso. En veinte años, estos dos continentes han experimentado un aumento de un 238.50 y un 124.01 por ciento respectivamente. En todos los continentes se ha dado un decisivo aumento de las vocaciones, a excepción de Oceanía, donde se ha pasado de 784 a 797 seminaristas. Incluso Europa ha asistido a un incremento del 16.47 por ciento (de 23 mil 915 a 27 mil 853 seminaristas), resultado del renacimiento del cristianismo en el Este y del fin de la crisis de vocaciones. Ahora bien, América se consolida como el gran semillero de vocaciones de la Iglesia católica, con 35 mil seminaristas. Hace veinte años no eran más que 22 mil 011.

El panorama general que ofrece el «Anuario Estadístico de la Iglesia» confirma una tendencia que se ha experimentado ya desde hace años: África es el continente que experimenta el mayor crecimiento de la Iglesia en el mundo, seguido por Asia. El continente con menor crecimiento es Europa, desilusionada y secularizada, que de todos modos reserva sorpresas positivas: el número de bautizados ha aumentado en un 6.36 por ciento, un índice superior al del crecimiento demográfico. Cuando está por llegar el Año Santo, la mitad de los católicos está en América y esto constituye ya de por sí un fenómeno nuevo con consecuencias que todavía no podemos imaginar.

EL OBSERVADOR 205-2

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Cuaderno de notas
Sobre monstruos,
oración y el arte de gobernar
Hace pocos días leía una serie de pensamientos del francés Saint-Just sobre el ejercicio de la política y el «arte de gobernar». Decía en una de sus observaciones: «Todas las artes han producido maravillas; sólo el arte de gobernar no ha producido más que monstruos». ¿Por qué? La respuesta no es sencilla y tampoco creo que sea correcto pensar nada más en monstruos-gobernantes. Haciendo una abstracción de aquellos que han pasado a la historia local, nacional o mundial como ejemplos de buenos gobernantes, se puede sacar en claro una norma que los vincula, un patrón que los interconecta: su capacidad reflexiva, el tiempo que se daban para anteponer a la acción o a la decisión un largo aconsejamiento y una profunda introspección, no exenta en muchos casos de la oración.

Para Saint-Just, como para muchos ensayistas, el tema de la monstruosidad gubernativa consistirá siempre en la dominación de lo que ahora se ha dado en llamar el pensamiento único, es decir, el pensamiento que no admite ni el consejo ni el tiempo de maduración. Por supuesto, menos admite la oración y los ejercicios de postración ante un ser infinitamente superior... El pensamiento único se equivoca constantemente: no tiene referencia ninguna contra la cual reflejarse: no admite el reto de la interposición, de la competencia. Y, sin embargo, es vital no equivocarse en política; es vital que la acción de gobierno venga avalada por la apertura y el esfuerzo constante para superar la complejidad misma de las situaciones que se le presentan al gobernante. «La política –escribe Edgar Morin– requiere vitalmente un pensamiento que pueda alzarse al nivel de la complejidad del problema político en sí mismo y pueda responder a la voluntad de vivir de la especie humana». Pueda responder, decimos nosotros, a las aspiraciones de convivencia pacífica y desarrollo de nuestra sociedad.

El problema, el verdadero problema de fondo de nuestros gobernantes –no todos, claro está– estriba en su desprecio profundo a las ideas, y en su desdén –aún más brutal– a la humildad del que reza. Ni rezan ni se detienen. Prefieren ir adelante, en una carrera desbocada hacia... ningún lugar (el poder no tiene lugar específico sobre la Tierra). Elevarse hacia la complejidad de los problemas requiere, además de esfuerzo y voluntad, amor por quienes padecen. El que ama (como el que reza) ve a los otros como personas, como hijos de un mismo Padre, no como meros escalones hacia la consecución de un fin egoísta.

Un «monstruo» –como decía Saint-Just– no es otra cosa que un ser que elimina la razón del otro en su actuación. Es lo que se llama «dictador» cuando toma el poder. Y es una de las presentaciones más horribles del ser humano en la historia. Al contrario, cuando alguien asume el compromiso del poder y sabe reflexionar y orar, no sólo vivirá en la entraña de su pueblo: será capaz de transformarlo. (J.S.C.)

EL OBSERVADOR 205-3

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Pinceladas
Ata tu camello
Justo López Melús *

No conviene acudir a instancias superiores cuando basta con acudir a las inferiores. Ni apelar al jefe si nos lo puede resolver el secretario. A Moisés le aconsejaba su suegro que eligiera jefes para los asuntos menores, y que él se reservara para los mayores. Esta misma actitud hay que tener en la oración. No se debe importunar a Dios con cosas que tú mismo puedes hacer; lo contrario favorece la pereza.

«Maestro –decía un discípulo–, es tan grande mi confianza en Dios que ni siquiera até mi camello cuando te vine a visitar. Lo dejé al cuidado de la Providencia de Dios. No quiero faltar a la confianza en el Señor». «¡Vuelve y ata tu camello al poste, loco! –le reprendió el maestro– No hay que molestar a Dios con algo que tú puedes resolver».

* El autor es operario diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 205-4

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PALABRAS MAYORES
Mejores maestros, mejor juventud
Joaquín Antonio Peñalosa

Los maestros de nombre y realidad están convencidos de que por donde ellos señalen el camino, caminará la juventud.

La juventud tumultuosa y hervorosa, idealista y abierta que convive más tiempo en las aulas que en el hogar, acaso pueda recibir aquí los mayores influjos vitales. A condición de que el maestro...

El maestro, padre espiritual, pero padre de verdad que engendra almas, ama a sus alumnos, porque sin amor no hay educación posible, y los forma no para el examen sino para toda la vida.

El maestro consejero ante las cien dudas y respuestas dudosas que los jóvenes reciben del medio ambiente, el maestro les otorga la clave segura y clara.

El maestro transmisor de conocimientos. La ciencia y el arte acumulados por siglos hasta hoy llegan al alumno en sabias síntesis y ordenamiento, capaz de enriquecer la mente de los alumnos a quienes el maestro dota del don de sabiduría.

El maestro transmisor de valores. A la sabiduría añade el bien, y la ética a la ciencia, como norma de todos los actos humanos. Así forma a hombres y mujeres verticales del futuro que no apuestan por la frivolidad y el vicio, sino por una fecunda vida de honesta dignidad.

El maestro suplente de la familia. Cuando falla el padre, la madre o ambos y el joven queda sin un asidero en la época en que es más inseguro y moldeable. En esta orfandad real cuenta con el maestro, que puede ser padre o madre tutelar. Las aulas albergan tantos alumnos huérfanos con padre.

El maestro orientador. Ante la pregunta más trascendental que puede plantearse un joven, ¿qué haré con mi vida, trabajar o estudiar, y estudiar qué y dónde?, el maestro será un guía indispensable para que el joven reflexione y encuentre su camino.

Ubicar vidas, qué urgente tarea para esta juventud que no siempre programa su vida, más interesado en un hoy efímero y frívolo que en una mañana definitivo.

EL OBSERVADOR 205-5

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Sí a la vida
Bruno Ferrari

Mucho asombro y satisfacción ha producido en nuestra sociedad el saber que todos los miembros del Congreso en pleno se pronunciaron por el derecho a la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte. Cuando defendemos la vida no deben existir ni colores de partidos ni diferencias religiosas: el valor de la vida es el mismo para todos, por lo cual la sociedad en su conjunto se debe aprestar a defenderla. Más satisfacción nos da saber que se siguen sumando diferentes grupos sociales y de diversas denominaciones religiosas a la iniciativa de ley, que fue propuesta no por un pequeño y específico grupo de ciudadanos, católicos fundamentalistas y de derecha, como han querido presentar algunos medios de comunicación, sino por un grupo plural de personas con diferentes credos y posiciones sociales pero que tienen en común el deseo de que se legisle en defensa de la vida. Da gusto ver que, aun cuando existen diferencias sociales y de otro tipos, todos los ciudadanos del estado de Nuevo León somos iguales y tenemos la misma voz y voto ante nuestro H. Congreso, al margen de politiquerías y artimañas electorales de unos cuantos.

Dentro de la diversidad que caracteriza a nuestra sociedad han aparecido diversos grupúsculos de generación espontánea, que tardan más en aparecer que en sumarse en contra de toda iniciativa que promueva las normas morales y la vida, entre los que «destacan», por así decirlo, «Católicas por el derecho a decidir» (que no son católicas ni gozan de popularidad entres quienes practican esa religión); «Acción Colectiva por los Derechos de las Minorías Sexuales» y la «Iglesia de la Eutanasia». Todos ellos han adoptado como posición de defensa su cultura de la muerte, soportados en la llamada «ética de las consecuencias» que se basa en preguntas como: «¿las consecuencias serán mejores o peores que las que se obtienen con el aborto ilegal?» para así poder alegar los «beneficios» que traería la legalización del aborto con respecto a la higiene, la salud, la clandestinidad, etc.

Quienes defendemos la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte asumimos la llamada «ética de los principios», la cual nace de la respuesta a una pregunta fundamental: «¿el fruto inmediato de la concepción es un ser humano?». Creo que pocas personas podrían poner en duda que el no nacidoes un ser humano. Los actuales medios científicos con los que contamos (ultrasonidos, videos, etc.) demuestran lo contrario. De hecho la propia legislación mexicana lo considera así y, de cumplirse ésta a plenitud, ni siquiera fueran necesarias las discusiones en las que hoy nos vemos envueltos, pues nuestra Constitución Federal, en los artículos 1 y 14 dicta: «Todo individuo gozará de las garantías que otorga esta constitución...» y «Nadie podrá ser privado de la vida ...». El propio código penal, al tipificar el delito del aborto dentro del título denominado «Delitos contra la vida y la salud», reconoce al no nacido como persona humana, ya que en ese mismo apartado se encuentran otros delitos como lesiones, infanticidio, homicidio, etc. y por supuesto el código civil en su artículo 22 le otorga personalidad jurídica al ser humano desde el momento mismo de la concepción.

Desgraciadamente, en la legislación penal vigente el aborto se considera un delito de menor importancia respecto al homicidio, posiblemente porque erróneamente no se valora a la víctima como un ser humano o bien porque éste es indefenso y no puede argumentar sus propios derechos. Este punto de vista pudiera ser comprensible para aquellos tiempos en los cuales se legisló y en los que se carecía de los conocimientos científicos con los que hoy contamos. Hoy la genética nos revela que desde la unión del óvulo y el espermatozoide existe un nuevo ser humano con toda la información necesaria para desarrollarse; que desde ese preciso momento tenemos a un nuevo ser con identidad propia, distinta de la del padre y de la madre, con un código genético (genotipo) que no solo determina el hecho de que es un ser humano, sino que, además, posee sus características individuales y, aunque no tenga formados los ojos, la boca, los brazos etc., está ya perfectamente establecido cuál va a ser su forma y color e incluso las más pequeñas características como pueden ser sus huellas digitales, sexo etc.

Como seres humanos somos susceptibles de cometer errores y a veces disfrazamos o envolvemos las cosas para justificarnos según nos conviene. Esto nos impide ver los increíbles procesos que se desarrollan en esa pequeñísima primera célula embrionaria, pero desde luego lo limitado de nuestra visión no puede ser justificación para no considerarlo persona y debemos defenderlo con todo el peso de la ley. Si aún estos argumentos no fueran suficientes, nuestros legisladores, ante la duda, deberán optar siempre por el respeto a la vida, pues si no caerían en el riesgo de estar legalizando el homicidio en situaciones determinadas. ¿O es que, acaso, no siempre optamos a favor de la vida en caso de dudas? Mire usted: ¿ha oído alguna vez que se enterrara a alguien cuya muerte es dudosa?, ¿compartiría usted que se detuvieran las labores de búsqueda y rescate de unos mineros atrapados, de un niño perdido, o de personas sepultadas bajo las ruinas de un edificio derrumbado aun sin tener la certeza de que ya no existe vida? Incluso en el orden jurídico, la tendencia universal siempre ha sido el brindar el beneficio de la duda al más débil o indefenso.

EL OBSERVADOR 205-6

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«Las obras sin amor no son nada»

Del 12 al 16 de mayo se llevó a cabo en el Vaticano un encuentro mundial del voluntariado de la caridad, que culminó con la Misa de la Jornada Mundial de la Caridad en la plaza de San Pedro el domingo 16. En la homilía, Su Santidad Juan Pablo II animó a los presentes a continuar su noble misión en donde haya sufrimiento y les dijo: «A quienes encontréis, llevadles el consuelo de la solidaridad cristiana; proclamad y testimoniad con fuerza a Cristo, Redentor del hombre». El Papa subrayó que «no se puede donar amor a los hermanos si antes no se obtiene de la fuente auténtica de la caridad divina, y ésto sólo es posible si se dedica tiempo a la oración, a la escucha de la Palabra de Dios, a la adoración de la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana».

El encuentro mundial del voluntariado fue promovido por el Pontificio Consejo Cor Unum, presidido por el arzobispo Paul Josef Cordes, y logró convocar 250 organizaciones y grupos de voluntariado. Varias instituciones participantes, como Cáritas, la Comunidad de San Egidio, la Compagnia delle Opere y la Sociedad de San Vicente de Paul, elaboraron un documento preparatorio llamado «Muchas pobrezas, un único anuncio», en el cual ofrecen pautas de reflexión sobre la caridad y el voluntariado al servicio del prójimo. Este texto presenta cuatro principios fundamentales de la acción social y caritativa de los cristianos de todos los tiempos:

La caridad sin amor no es nada. Esto nos compele a reflexionar hasta qué punto nuestra fe se reconoce por la caridad vivida en gestos concretos.

No vine para ser servido, sino para servir. Ante las injusticias del mundo debemos hacer conciencia de que la vida cristiana es una propuesta de fuerte impacto social y cultural.

La persona en el centro. Se trata de situar al ser humano como centro de toda labor de promoción, realizada en conformidad con el Evangelio y la doctrina social de la Iglesia.

La caridad cambia la vida. Con este principio se analiza cuánto cambia la vida de cada individuo y de toda la comunidad ante los compromisos del voluntariado.

Sor Nirmala Joshi, sucesora de la Madre Teresa de Calcuta como superiora general de las Misioneras de la Caridad, participó en el encuentro mundial del voluntariado y declaró después para L'Osservatore Romano : «No podemos ser mujeres misioneras de la caridad si se excluye la Eucaristía... ¿Quién nos puede dar la fuerza para vivir toda nuestra existencia junto a los pobres si no es Jesús? Si no tuviésemos la Eucaristía no tendría ningún sentido servir a los pobres con nuestra vida».

EL OBSERVADOR 205-7

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Valor y valioso *
Arturo Rocha Cortés

Hablar de valores está de moda. Aunque lo cierto es que discutir sobre ellos siempre será actual. Existen algunas cosas que un buen día están de moda y otro día no, pero el valor esencial siempre permanece. Por eso debe distinguirse muy bien entre el valor y lo valioso. Una pepita de oro es algo valioso, pero no es un valor, pues con gusto la cambiaríamos por un vaso de agua si nos encontráramos en medio de un desierto luego de no beber durante días, y el valor no puede un día serlo y otro día no.

¿Qué es entonces el valor? El valor es un bien propio de la persona, un bien que, al ser realizado por la persona en la existencia concreta, no se agota o no se acaba con ella. Por ejemplo, la confianza, la justicia...

Conviene aclarar que a todo valor le corresponde algo que tiende a contrarrestarlo, pero que nunca es capaz de anularlo. Los filósofos modernos lo han llamado antivalor, o sea, algo que se concibe como opuesto, o contra el valor. El antivalor es algo más bien del orden de la carencia, de la falta de perfección. De allí que el hombre gravita de algún modo entre los dos extremos: antivalor y valor, pero tendiendo siempre hacia este último, sin llegar, no obstante, a agotarlo en la realización concreta del mismo.

*Artículo resumido, tomado de la revista Signo de los Tiempos.

EL OBSERVADOR 205-8

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Correspondencia
¿Cambiar uno o cambiar a otros?

Estimado señor director:

Muchas veces han aparecido en El Observador artículos firmados por la psicóloga Yusi Cervantes (como en el periódico No. 197 o en el 203) en los cuales aparece repetida una frase, slogan, mantra o lema que dice: «No podemos cambiar al otro, sólo podemos cambiar nosotros mismos». Esta frase es inadmisible e intentaré mostrar que es errónea.

¿Qué es lo que no podemos cambiar? ¿La persona, sus ideas o la realidad de la que forma parte? Si el mantra o lema se refiere a que no podemos cambiar físicamente a los demás, su falsedad resulta muy obvia: simplemente al estar con una persona ésta nos percibe a través de sus órganos sensoriales (ejemplo: si hablamos hacemos que vibren sus tímpanos) y a través de sus sentidos afectamos a su cerebro. El ejemplo más claro de que podemos cambiar físicamente al otro es el homicidio: si mato a alguien lo he transformado radicalmente, en cuerpo y alma.

El lema de la Lic. Cervantes tal vez se refiera entonces a que no podemos cambiar las ideas, la forma de pensar de los demás. Se trata ahora de un problema epistemológico que analizaremos brevemente. Llamamos realidad a todo lo que existe. El hombre capta la realidad material por medio de sus sentidos y así se forma una idea o concepto del objeto percibido. A este pensamiento se le llama verdad cuando corresponde exactamente a la realidad que le dio origen. Si nuestro pensamiento añade, quita o modifica cualquier propiedad del objeto entonces nuestro pensamiento es falso. Ahora bien, el hombre busca la verdad por naturaleza y nadie quiere estar equivocado a sabiendas. Debido a esto, cuando la realidad cambia nuestro pensamiento aplicado a esa realidad cambia también. Por ejemplo, si un día soleado se vuelve lluvioso nadie, viendo la lluvia, insiste en que el día permanece soleado.

Aquí empieza a hacerse evidente que sí podemos cambiar a los demás, o sea, podemos cambiar sus ideas. Si aparecemos en la vida de alguien o le damos información nueva sobre nuestra persona la obligamos a cambiar sus ideas sobre nosotros. Esto es tan cierto que la retórica no se dedica a otra cosa. La evangelización trabaja precisamente en transformar al prójimo y el éxito del cristianismo en veinte siglos es una clara refutación a eso de que «no podemos cambiar a los demás». De ser así, ¿qué sentido tendría escribir consejos en El Observador si no puede cambiar a nadie, sólo a sí misma? Negar que se puede cambiar la mentalidad del oyente significa negar que exista la comunicación: cada persona es un mundo aislado, incapaz de volver la vista hacia afuera de su propio intelecto. La frase de la Lic. Cervantes es algo así como el lema del solipsismo: no sólo cada cabeza es un mundo; cada cabeza es el único mundo posible.

¿Será que el slogan en cuestión quiere decir que no podemos cambiar la realidad que nos rodea? Pero la realidad existe objetivamente y puede ser cambiada. Todas las ciencias empíricas coinciden en señalar que la realidad cambia constantemente, incluso los individuos, y que nada permanece estático o inmóvil. La mejor propuesta que puedo hacer para modificar la frase en cuestión es así: «No podemos evitar cambiar constantemente a los demás ni podemos dejar de cambiar nosotros mismos».

En conclusión, el mantra de la Lic. Cervantes es falso y hasta peligroso. Si llegásemos los cristianos a creer que «no podemos cambiar al otro» el mandato aquél de: «Id y predicad el Evangelio a todas las naciones» quedaría completamente olvidado, rechazado como un sueño imposible. Si no existe la comunicación ni se puede transformar la realidad entonces no tiene caso luchar por nada; que cada quien se encierre en su ego a tratar de «cambiarse a sí mismo». Quién sabe para qué.

Lic. Santiago Peña Rojo
Santiago de Querétaro

EL OBSERVADOR 205-9

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El rincón del Papa
¿Por qué no se casan los curas?

¿Por qué no se casan los curas? ¿Qué sentido tiene el celibato? Preguntas que constantemente vienen a la boca de mucha gente. Juan Pablo II ha querido responderlas durante la más reciente visita quinquenal de los obispos de Camerún a Roma.

«¡Que sus sacerdotes no se desalienten!», comenzó diciendo Juan Pablo II al constatar que la fidelidad a la vocación sacerdotal no es nada fácil. « En la sociedad actual se dan muchos obstáculos para la vivencia de la fidelidad a los compromisos asumidos el día de la ordenación –reconoció–; muchos son también los obstáculos que impiden considerar al sacerdocio como un servicio a Dios, a la Iglesia y al mundo».

Para comprender la vocación sacerdotal, según el Papa, es necesario concebir el sacerdocio como un «don total de sí». Y esta entrega, según aclaró, tiene su expresión más clara «en el celibato, que es una gracia del Señor que todos los sacerdotes tienen que esforzarse por vivir».

Para el sucesor de Pedro, el celibato supone para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo «un testimonio de su consagración sin fisuras a la misión que se les ha confiado y un signo viviente del mundo futuro que ya se hace presente entre nosotros a través de la fe y de la caridad».

Ahora bien, el sacerdote es de carne y hueso. Por ello el pontífice pidió a los obispos camerunenses que sean para los curas «hermanos atentos a sus dificultades» y que siempre estén «dispuestos a acogerles y a confiar en ellos», estimulándoles en sus esfuerzos hacia la santidad de vida, que al fin y al cabo, «es la forma más eminente de testimonio para los fieles».

Éste fue precisamente el consejo que quiso dejar Juan Pablo II a los sacerdotes para ser fieles a su vocación: «progresar en una vida espiritual sólida y profundamente caracterizada por un dinamismo misionero», que les permita crecer en la meta más apasionante que se plantea a un sacerdote, «su configuración con Cristo».

Por otra parte, en la audiencia general del 2 de junio el Santo Padre se refirió a la muerte, «el máximo enigma de la vida humana», señalando que «hoy se ha hecho difícil hablar de la muerte, pues la sociedad del bienestar tiende a cancelar esta realidad; de hecho, sólo pensar en ella ya produce angustia». El Papa recordó que la muerte «no pudo ser creada por Dios», quien «no puede disfrutar con la ruina de los vivientes», y que «Jesús, con su muerte y resurrección, ha vencido al pecado y a la muerte, que es su consecuencia».

El Santo Padre señaló que «los justos no deberán de temer» porque están «destinados a recibir la herencia prometida», y que «la muerte que el creyente experimenta como miembro del Cuerpo Místico abre el camino hacia el Padre», con quien nos encontraremos «cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad».

EL OBSERVADOR 205-10

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Doctrina social, hoy
¿Quieren escuchar el secreto?
Diez lecciones para ser un buen gerente, según Jesucristo *
Mons. Francisco-Xavier Nguyen Van Thuan **

Ya antes les hablé de los motivos por los cuales me decidí seguir a Jesús, comentando lo que para mí serían «los defectos de Jesús». También les he hablado del amor misericordioso de Jesús. Ahora, cantando las aleluyas de Jesús resucitado, les hablaré de Jesús, nuestra Vida, nuestra Resurrección; porque no solamente Jesús nos da la vida eterna, sino que también su palabra, sus ejemplos, son enseñanzas para tener éxito en nuestra vida de cada día, profesional, económica, cultural... Tal vez jamás han escuchado que Jesús es un excelente y fantástico manager, gerente. ¿Quieren escuchar este secreto? Ahora se los cuento:

1a. Lección: «Estar listos»

Para ser un buen líder, un buen manager, un buen dirigente, es necesario prepararse bien, estar dispuestos. Para una misión de tres años, Jesús es un ejemplo, pues se preparó ¡treinta años! El Evangelio de Jesús nos ha hablado de las cinco vírgenes sabias que compraron aceite para sus lámparas y han estado en vela toda la noche para esperar al esposo. Así la preparación está lista y el éxito garantizado.

2a. Lección: «Establecer un proyecto con la firme determinación de realizarlo»

Jesús tiene un gran proyecto: ¡salvar a la humanidad!, y ha determinado ir hasta el fondo en tres etapas: la primera, llamar a los apóstoles; la segunda, formación de los apóstoles; la tercera etapa, su pasión en Jerusalén. Cuando nos fijemos una meta, paso a paso llegaremos.

3a. Lección. «Escoger a los colaboradores»

Jesús ha usado su tiempo, sus esfuerzos en la elección y formación de sus colaboradores. La prioridad que decide el éxito de una empresa no es el dinero o el edificio, tampoco las máquinas, sino sus colaboradores. Son éstos los que aseguran la vida de una compañía, de toda empresa.

4a. Lección: «Para desempeñar un papel importante es necesario estar decidido a superar todos los obstáculos»

Los más bellos proyectos no alcanzan el éxito porque no hay una persona que esté determinada a vivir y a morir por este proyecto. San Pablo es un símbolo; era un enemigo, un perseguidor de la Iglesia; pero cuando fue escogido por Jesús no ha escatimado sacrificios para llevar a cabo la misión que Jesús le confía, hasta la muerte.

5a. Lección: «No tener compromiso con la corrupción»

Reaccionar rápido, pues cualquier retraso causa un daño irreparable. Cuando Jesús ve a los comerciantes en el templo, inmediatamente los echa fuera. Muchas empresas fracasan porque han esperado sin cortar la corrupción o han pactado con ella misma...

6a. Lección: «Cultivar las buenas relaciones»

San Juan Bautista, el precursor de Jesús, que ha preparado el camino del Señor, es un excelente modelo, pues con su humildad, su delicadeza, su afecto y su desinterés ha ayudado a Jesús en su obras «No soy yo el Mesías; Él viene después de mí pero es más grande que yo. Yo bautizo con agua, pero Él bautiza en el Espíritu Santo».

7a. Lección: «Reservar una especial atención a los niños»

¿Por qué? Cuando los apóstoles no quieren dejar que los niños se acerquen a Jesús, Él les dice: «Dejen que los niños vengan a Mí, porque de ellos es el Reino de los cielos». Cuando un jefe se preocupa por los niños de sus colaboradores: sobre su salud, sobre sus estudios... el éxito psicológico es muy grande; los papás trabajadores están contentos, se sienten seguros, su trabajo y producción aumentan con alegría.

8a. Lección: «Dispuestos para dar la cara a las dificultades»

Cada empresa y cada proyecto padecen sus propias crisis. Es necesario prevenirse. Jesús ha hablado muchas veces a sus discípulos de su pasión y de su muerte, a fin de prepararlos para afrontar la crisis, casi insuperable.

9a. Lección: «Escoger la prioridad»

Hay muchas buenas tareas por hacer; sin embargo, es necesario escoger la prioridad de las prioridades. Jesús respondió a sus parientes que lo buscaban: «Debo hacer la voluntad de mi Padre».

10a. Lección: «Preparar al sucesor»

Es una tarea importantísima del líder, de los jefes... Jesús ha preparado doce apóstoles y ha escogido a Pedro como sucesor. Muchos buenos jefes cometen un error grave: piensan que vivirán eternamente y no preparan a su sucesor. Gracias a esta preparación de los sucesores de Pedro, y no obstante que la Iglesia por tres siglos sufrió persecución y muchos fueron mártires por la fe, la Iglesia sigue adelante hasta nuestros días, con 267 papas. Jamás ha habido una empresa en el mundo que haya durado dos mil años como ésta de Jesús, el modelo perfecto.

* Tomado de la revista Signo de los tiempos, mayo-junio de 1999. El autor es presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz.

EL OBSERVADOR 205-11

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A LAS PUERTAS DEL TEMPLO
México y la necesidad de valores espirituales
Javier Sicilia *

Nuestros políticos siempre están gritando: «Síganme, entremos en la modernidad. Yo, el caudillo, es traeré puentes, carreteras, tecnología, bienestar».
La consecuencia está a la vista.

En 1974, en un libro de ensayos reunidos por Solzhenitsin bajo el dostoievskiano título de Voces desde debajo de los escombros, se sotenía que, por desgracia, se ha escuchado poco en el ámbito político del mundo la necesidad de la «primacía de lo espiritual sobre las formas externas de la sociedad», que la URSS no sólo no podría democratizarse a partir del socialismo, sino también que toda doctrina basada en el progreso materialista estaba destinada al fracaso y a la catástrofe, incluidas las democracias occidentales, y que, a menos que Rusia recupere sus valores tradicionales, lo único que logrará obteniendo libertades políticas es ir a su perdición.

Parece que Solzhenitsin no se equivocó, y que en México sucede algo parecido. La única diferencia es que, mientras Rusia tiene en su pasado una profunda tradición de valores espirituales, México en su realidad nacional carce de ellos. Nuestro país nació de una paternidad bastarda. No conoció la monarquía legítima y se construyó en contra de una espiritualidad religiosa en lucha por crearse una: el caciquismo, el jacobinismo, la dictadura porfirista, la disputa entre las autoridades eclesiásticas y las autoridades políticas por el poder, la tentación, constante en nuestros presidentes, de permanecer en el gobierno, el culto idolátrico al presidencialismo, son muestras de esa búsqueda de una paternidad que, conforme el país avanza en su historia, da muestras de su atroz bastardía. Nuestros padres fundadores, a diferencia de los de Rusia, no han construido espiritualmente a nuestra nación. En todo caso la han explotado como malos padrastros.

Hay, sin embargo, en nuestra historia, casos aislados de una verdadera paternidad. Yo reconozco tres: el de la utopía de Quiroga en Michoacán, el de Las Casas en Chiapas y el de la Virgen de Guadalupe. En estas experiencias espirituales que, al menos en la primera, conformaron un modelo de sociedad magnífico, semejante al de las reducciones en el Paraguay, el hombre libre no era egoísta y la fuerza espiritual de su individualidad repercutía en una identidad común.

Por desgracia, en nombre de una historia que ha buscado el dominio y el bienestar material contra lo espiritual y la persona, nuestra nación se ha acostumbrado a pagar por las cosas y el bienestar con el esfuerzo y el sufrimiento de los demás. Comparen los proyectos de Quiroga y de Las Casas y la espiritualidad guadalupana del Nican Mopohua con el proyecto nacional de nuestros padres fundadores. Ellos y nuestros políticos siempre están gritando: «Síganme, entremos en la modernidad. Yo, el caudillo, les traeré puentes, carreteras, tecnología, bienestar». La consecuencia está a la vista: nuestros recursos nacionales se agotan, la miseria crece, las personas son simples estructuras económicas utilizables o suprimibles, y las instituciones nacionales han sido mal administradas, saqueadas y ahora vendidas.

En las otras tradiciones soterradas nadie dice nada de sí mismo ni del progreso material. La persona está totalmente inmersa en Dios, en sus valores espirituales, en la Naturaleza, en la Comunidad y en el Tiempo. Piénsese en la economía gandhiana y en la fuerza espiritual que tenía en ella la persona y la aldea.

México, como Rusia, está en estas horribles condiciones debido a su estrechez de miras y a su sectarismo que, amputado de lo espiritual, ha llevado a sus políticos o intelectuales a buscar soluciones acríticas adoptando ideologías occidentales: jacobinismo, positivismo, materialismo, liberalismo y sus variantes.

* Artículo resumido. Se publica por convenio expreso con el autor.

EL OBSERVADOR 205-12

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¿Cómo anunciar a Cristo en esta sociedad multicultural de hoy?
El documento "Para una Pastoral de la Cultura"

El cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, y el arzobispo de Milán, cardenal Carlo Maria Martini, s.j., presentaron este 1º. de junio en el Vaticano un extenso documento denominado "Para un pastoral de la Cultura", que recoge el fruto de los trabajos de la asamblea plenaria del Consejo de la Cultura, celebrada en 1997, así como otras importantes aportaciones posteriores. La tesis del documento es que el drama de nuestra época consiste en la ruptura entre Evangelio y cultura, y urge, por lo tanto, desplegar todos los esfuerzos posibles para una generosa evangelización de la cultura, más exactamente de las culturas, haciendo que éstas sean regeneradas mediante una elocuente anunciación de la Buena Nueva. La siguiente es nuestra síntesis del documento:

Fe y cultura: líneas de orientación

El proceso de encuentro y confrontación con las culturas es una experiencia que la Iglesia ha vivido desde los comienzos de la predicación del Evangelio. Así, la Buena Nueva que es el Evangelio de Cristo para todo hombre y todo el hombre, al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece, le llega a éste en su propia cultura, que impregna su manera de vivir la fe y que a su vez es modelada por ésta. Se trata, ahora, no sólo de injertar la fe en las culturas, sino también de devolver la vida a un mundo descristianizado, cuyas referencias cristianas son a menudo sólo de orden cultural. Estas nuevas situaciones culturales a lo largo del mundo se presentan a la Iglesia, en el umbral del tercer milenio, como nuevos campos de evangelización. He aquí lo que está en juego en una pastoral de la cultura: una fe que no se convierte en cultura es una fe no acogida en plenitud, no pensada en su totalidad, no vivida con fidelidad.

La Iglesia no duda en hablar de evangelización de las culturas, es decir, de las mentalidades, de las costumbres, de los comportamientos. La nueva evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura. Si las culturas, cuya totalidad está constituida por elementos heterogéneos, son cambiantes y caducas, el primado de Cristo y la universalidad de su mensaje son fuente inagotable de vida y de comunión. En sintonía con las exigencias objetivas de la fe y la misión de evangelizar, la Iglesia tiene en cuenta este dato esencial: el encuentro entre la fe y las culturas se opera entre dos realidades que no son del mismo orden. Por tanto la inculturación de la fe y la evangelización de las culturas, constituyen como un binomio que excluye toda forma de sincretismo. Tal es el sentido auténtico de la inculturación. Ésta, ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de la tierra.

Desafíos y puntos de apoyo

El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola como suele decirse en una «aldea global». Los medios de comunicación social han alcanzado tal importancia que para muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración para los comportamientos individuales, familiares y sociales. La evangelización misma de la cultura moderna, depende en gran parte de su influjo. En efecto, se puede recurrir a los medios de comunicación tanto para proclamar el Evangelio como para alejarlo del corazón del hombre. Los medios que dan acceso a la información «en directo», eliminan la perspectiva de la distancia y el tiempo, pero sobre todo, transforman la percepción de las cosas: la realidad cede el paso a lo que se muestra. Así, la repetición sostenida de informaciones seleccionadas se convierte en un factor determinante para crear una opinión considerada pública. La pastoral de la cultura da una respuesta positiva a la pregunta crucial planteada por Juan Pablo II: ¿Encuentra todavía Cristo un lugar en los medios tradicionales de comunicación? La más sorprendente de las innovaciones en la tecnología de la comunicación es sin duda la red Internet. Como toda técnica nueva, no deja de suscitar temores, tristemente justificados por usos perversos, y demanda una constante vigilancia y una información seria. Pero, sin lugar a dudas, las inmensas potencialidades de Internet pueden proporcionar una considerable ayuda a la difusión de la Buena Nueva.

Se va afianzando una nueva toma de conciencia con el desarrollo de la ecología. Este respeto tiene su fuente en el hecho de que la naturaleza no es propiedad del hombre; pertenece a Dios, su creador, quien le ha encomendado su dominio, para que la respete y encuentre en ella su legítima subsistencia. He aquí el desafío para la pastoral de la cultura: conducir al hombre hacia la trascendencia, enseñarle a recorrer el camino que parte de su experiencia intelectual y humana, para desembocar en el conocimiento del creador, utilizando sabiamente los mejores logros de la ciencia moderna, a la luz de la recta razón.

La familia, comunidad de personas, es también fuente de cultura. La experiencia lo demuestra: el conjunto de las civilizaciones y la cohesión de los pueblos dependen, por encima de todo, de la cualidad humana de las familias, especialmente de la presencia complementaria de los dos padres, con los papeles respectivos del padre y la madre en la educación de los hijos. En una sociedad donde crece el número de los que no tienen familia, la educación se hace más difícil, así como la transmisión de una cultura popular modelada por el Evangelio.

Tarea primera y esencial de toda cultura, la educación, que desde la antigüedad cristiana es uno de los más notables campos de acción pastoral de la Iglesia, tanto en el plano religioso y cultural como en el personal y social, es más que nunca compleja y crucial. Depende fundamentalmente de la responsabilidad de las familias, pero necesita del apoyo de toda la sociedad. El mundo del mañana depende de la educación de hoy y ésta no se puede reducir a una simple transmisión de conocimientos. Forma a las personas y las prepara para integrarse a la vida social, las apoya en su maduración psicológica, intelectual, cultural, moral y espiritual. Así, el reto de proclamar el Evangelio a los niños y a los jóvenes desde la escuela hasta la universidad, requiere un programa de educación apropiado.

El mundo del descanso, del deporte, de los viajes y del turismo, constituye sin lugar a dudas junto con el mundo del trabajo, una dimensión importante de la cultura donde la Iglesia se halla presente desde hace tiempo. Medio, para la mayoría, de procurarse el pan de cada día, el trabajo es también uno de los recursos para responder al deseo cada vez más afirmado de realización personal, al mismo nivel que las actividades culturales. Convertido en un fenómeno casi universal, el deporte tiene indiscutiblemente su lugar en una visión cristiana de la cultura, y puede favorecer a la vez la salud física y las relaciones interpersonales ya que establece relaciones y contribuye a forjar un ideal. Pero puede también desnaturalizarse por intereses comerciales, convertirse en vehículo de rivalidades nacionales o raciales, dar lugar a brotes de violencia que revelan las tensiones y las contradicciones de la sociedad, y convertirse entonces en contracultura. Así, es un lugar importante para una pastoral moderna de la cultura.
Los Centros Culturales Católicos, implantados allí donde su creación sea posible, son una ayuda capital para la evangelización y la pastoral de la cultura, la que llega a los jóvenes a través de los diferentes campos de la enseñanza, de la formación y del tiempo libre, en un proceso que alcanza a la persona en su intimidad. Es necesario presentar la palabra de Cristo en toda su lozanía a las generaciones jóvenes, cuyas actitudes a veces son difíciles de comprender para los espíritus tradicionales, si bien están lejos de cerrarse a los valores espirituales. Los jóvenes son el futuro de la Iglesia y del mundo. El compromiso pastoral con ellos, bien sea en el mundo de la universidad que en el del trabajo, es signo de esperanza, en el umbral del tercer milenio.

Conclusión

En definitiva, la pastoral de la cultura, en sus múltiples expresiones, no tiene otro objetivo que ayudar a toda la Iglesia a cumplir su misión de anunciar el Evangelio. En el umbral del nuevo milenio, con toda su fuerza, la Palabra de Dios llama a inspirar toda la existencia cristiana, ayuda al hombre a superar el drama del humanismo ateo y a crear un nuevo humanismo capaz de suscitar, en todo el mundo, culturas transformadas por la prodigiosa novedad de Cristo, que «se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios», se renueva a imagen de su Creador y a la medida del crecimiento del hombre nuevo renueva todas las culturas por la fuerza creadora del Espíritu Santo, fuente inextinguible de belleza, amor y verdad.

EL OBSERVADOR 205-13

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Estado solidario y subsidiario
Visión compartida de país
Antonio Sánchez Díaz de Rivera para EL OBSERVADOR

La elección del 2000 se acerca, y la discusión se da sobre qué candidato es el mejor o cómo podrá lograr más votos cada partido. El PRI lucha por mantener el poder y crece la obsesión de la oposición por sacar al partido «oficial» de Los Pinos. Pocos se preguntan qué pasará después de la elección presidencial, gane quien gane. Si gana el PRI, ¿podrá gobernar después de la guerra abierta, encubierta, sorda y sonora de sus precandidatos? Si la oposición triunfa con alianza o sin ella, ¿podrá convencer a los grupos corporativos del sistema? Lo que más debería preocuparnos es cómo se mantendrá la gobernabilidad después del 2 de julio del 2000. Ésta difícilmente se mantendrá si no tenemos una visión compartida de país. No me refiero a que los programas sean iguales, pues lógicamente cada partido tiene su propia óptica; ni se debe forzar a la homogeneización de la sociedad, pues ésta es plural. Es ponernos de acuerdo sobre qué país queremos en el largo plazo, cuáles son los principios que nos unen a todos los mexicanos, cómo construir un nuevo pacto.

Por lo pronto sabemos qué país ya no queremos: un país con crisis recurrentes. No deseamos seguir reinventando a México cada seis años; pensamos en una nación que no sea pobre, analfabeta o dividida.

Identidad y competitividad

Entonces, quienes estamos en nuestro sano juicio queremos un país en el que se dé un desarrollo integral y sostenible. Soberano, sí, pero con una soberanía no basada en mitos, sino que responda a un orden jurídico interno, manteniendo nuestra identidad. Soberanía que significa que somos tan necesarios a otros países como éstos lo son para con nosotros; esto implica: competitividad. Así, formamos un binomio imprescindible en la época actual: identidad-competitividad. Competitividad no sólo en lo económico sino también en lo educativo, político y social, por ello integral. Que la política económica se oriente a combatir realmente la pobreza y dé bienestar a sus habitantes. Una educación que busque el bienestar de las personas, un Estado solidario basado en la subsidiariedad (tanta sociedad como sea posible y tanto Estado como sea necesario). Privatizar, sí, pero sin perder de vista el bien común.

Es positivo que el PRI haya fijado por primera vez reglas para su elección interna; esto es un avance hacia la democracia a pesar de que existe la suspicacia de que ahora podría funcionar el «dedo virtual». Sin embargo, debe haber reglas comunes para todos los partidos y todos los actores políticos, que permitan la reforma de nuestras estructuras y no su continuismo. Debemos lograr un marco legal incluyente y plural, no excluyente y sectario.

Desempolvar los principios

Nuestra Constitución, más que limitar el poder de los gobernantes, es fuente de poder de los mismos. Nuestros constituyentes no se preocuparon por dar a conocer explícitamente los principios constitutivos del Estado mexicano, excepción hecha en la Constitución de Apatzingan de 1814, cuando habla de los fines del Estado mexicano: «La felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad. La íntegra conservación de esos derechos es el objeto único de la institución de los gobiernos y de las asociaciones políticas».

Para tener esa visión de futuro empecemos por analizar, profundizar y desempolvar los principios que nos son comunes. Pongámonos de acuerdo en las líneas generales y esenciales de una política de Estado. Construyamos el andamiaje institucional que nos permita entrar al siglo XXI como una nación preparada para enfrentar los retos del cambio de época.

(El autor fue presidente nacional de Coparmex y actualmente lo es de Coordinadora Ciudadana)

EL OBSERVADOR 205-14

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Así puede votar por Juan Pablo II
En números anteriores publicamos que la revista Time ha iniciado una campaña para elegir al Personaje del Siglo. Dicha publicación admite votos de los usuarios de internet en todo el mundo hasta noviembre de este año. Hasta hoy, las votaciones van así:

1 Yitzhak Rabin
2 Adolf Hitler
3 Elvis Presley
4 Albert Einstein
5 Juan Pablo II

Invitamos a los lectores a votar por Su Santidad en la siguiente dirección:

http://cgi.pathfinder.com/time/time100/poc/century.html

Al llegar a esa página hay que escribir en el cuadro your choice: «Pope John Paul II», sin las comillas, y seleccionar el país (México).

EL OBSERVADOR 205-15

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Para ejercer seriamente nuestro derecho al voto
En la vida democrática, el ejercicio del voto es el principal instrumento del que disponen todos los ciudadanos para influir en la marcha de los asuntos políticos. Es un derecho que hay que ejercer con el mayor cuidado.

Es verdad que no todo depende de los responsables políticos, pero de las personas elegidas dependen en buena parte la convivencia en paz y el respeto mutuo, el bienestar y la calidad de vida de los ciudadanos, el funcionamiento de las instituciones y servicios, la defensa de los más desfavorecidos y la garantía de los derechos fundamentales.

Todo ello nos exige que ejerzamos seriamente nuestro derecho al voto eligiendo libre y acertadamente a los candidatos, votando en conciencia y haciendo un seguimiento de la gestión de quienes resulten elegidos.

Para votar responsablemente hay que estudiar las propuestas de cada partido político y hay que fijarse en la competencia y en la honradez de las personas a quienes vamos a apoyar con nuestro voto. La buena preparación profesional y la solvencia moral son condiciones indispensables para gestionar los intereses políticos. Los programas no han de ser solamente bellas palabras y promesas sin posibilidades reales de ser llevados a cabo.

Hay algunos puntos que deben ser tenidos en cuenta en los programas de los partidos a la hora de apoyarlos con nuestro voto:

* El efectivo reconocimiento de los derechos humanos y de la dignidad de las personas en el plano social, cultural, laboral, político y religioso.
* El apoyo decidido y claro al matrimonio y a la familia de fundación matrimonial, en contra de la tendencia a equiparar al verdadero matrimonio otro tipo de uniones.

* El respeto a la vida, desde su inicio a su fin natural, en contra de la difusión del aborto y la eutanasia.

* Una legislación que impida toda experimentación científica que atente contra la dignidad de los seres humanos.

* Una política económica que favorezca la posibilidad de trabajar a todas las personas capaces, valorando el trabajo como un derecho real y primario de las personas.

* Una política social que ampare a los más desfa-vorecidos de la sociedad y que esté abierta a la acogida de inmigrantes y refugiados que buscan mejores condiciones de vida.

* La búsqueda sincera de la paz y de la reconciliación y la condena de toda violencia.

El futuro de México debe fundarse sobre el respeto a la libertad y a la justicia social, por lo que al ejercer nuestro derecho al voto no debemos dejarnos llevar por consideraciones estrechas ni egoístas. Ojalá los candidatos y los partidos políticos realicen campañas electorales informativas y positivas, lejos de la descalificación y el insulto, favoreciendo la justa competencia, y que los medios de comunicación social ejerzan responsablemente su tarea, contribuyendo a la formación de la opinión pública mediante una información veraz y correcta.

(Adaptado del semanario Alfa y Omega, 3 de junio de 1999)

EL OBSERVADOR 205-16

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Vida Cristiana
El que no ama no conoce a Dios
Isele

El amor es la esencia del mensaje cristiano. Dice san Juan: «Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4, 7-8).

El amor viene de Dios, no de nosotros. Cuando amamos, establecemos un vínculo que va mucho más allá de nuestra naturaleza humana: nos abrimos a Dios y permitimos que su amor se manifieste en nosotros. Hacemos nuestra la naturaleza divina, por eso amar es señal de que somos hijos de Dios. Amar es, por lo tanto, el camino para conocer a Dios.

«El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor», continúa san Juan. San Pablo dice: si hablara todas las lenguas, si tuviera el don de profecía, si tuviera tanta fe como para trasladar montes, si reparto todo lo que poseo y si entrego hasta mi propio cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me sirve (cfr. 1 Cor 13, 1-13). A un nivel muy distinto, es conocer como la diferencia entre conocer por descripciones detalladas y precisas un paisaje y tener la experiencia de estar ahí, de verlo, olerlo, sentirlo.

Por más que alguien sepa de teología o de liturgia, por más funciones que tenga en su parroquia, por más actividades de apostolado que haga, si no ama, no conoce a Dios, no tiene esa experiencia sencillamente porque no entra en contacto con la naturaleza divina del amor. «Dios es amor –insiste san Juan–, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él (1 Jn 4, 16).
(FIN)

EL OBSERVADOR 205-17

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