El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

4 de julio de 1999 No. 208

SUMARIO

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Pinceladas Calidad de vida

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PALABRAS MAYORES El humor religioso de México

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En silencio, con Dios Fidelidad en las pruebas

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ALACENA Los perros de Licurgo

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Ordo amoris o el principio del Principio

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CORRESPONDENCIA Los únicos culpables somos nosotros

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A LAS PUERTAS DEL TEMPLO Los santos del ingenio

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Consejos ecológicos (infructuosos) de un pielroja a un carapálida

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CORREO ELECTRÓNICO Si se me apareciera la Virgen, entonces sí sería santo

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¿Usted qué opina? ¡Están asesinando a la UNAM!

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Grandes firmas Defensa de la fantasía

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Veinticinco mexicanos asesinados por odio a la fe, en firme hacia la canonización

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MEDIOS DE COMUNICACIÓN El problema es otro


Pinceladas
Calidad de vida
Justo López Melús *

Es mejor llenar los años de vida que llenar la vida de años. Una vida meramente vegetativa –encefalograma plano– no vale la pena ser vivida. Mejorar la calidad de vida vale más que un mero sobrevivir. Muchos piensan que están vivos porque respiran, comen, hablan, se mueven... Pero una vida tan rudimentaria apenas si merece el nombre de vida.

Estaba un día un maestro con sus discípulos cuando apareció un anciano y le preguntó: «Cuánto tiempo quieres vivir? ¡Pide un millón de años y se te concederán!». El maestro respondió: «¡Ocho años!». Luego los discípulos le dijeron: «¿Por qué no has pedido un millón de años? Podrías haber hecho mucho bien a cientos de generaciones». Y el maestro respondió: «Si uno fuera a vivir un millón de años, estaría más interesado en prolongar su vida que en procurar la sabiduría».

* El autor es operario diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 208-1

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PALABRAS MAYORES
El humor religioso de México *
Joaquín Antonio Peñalosa

La raíz del humor religioso (II)

La imagen que el indígena tiene de la divinidad gira en torno de su poder avasallador y su justicia implacable. Porque es poderosa, se le adora y se le pide. Porque es justiciera, se le teme y halaga. Y en el caso de los aztecas, porque dios es necesario para la vida del hombre y del cosmos, se le nutre con sangre humana. No existe la relación del amor, el amor que va y viene del creador providente a su creatura o del padre al hijo.

En la mentalidad cosmo-vitalista del indígena, la religión importa menos como realización interior del individuo y recta ordenación de la vida social que como integración del hombre en el mundo, como control de la naturaleza y liberación de las fuerzas adversas del universo.

Por eso la doctrina, la «teología» no tiene tanta importancia como el rito. Porque gracias a los ritos, el indígena tiene en sus manos las técnicas de control sobre el cosmos y sobre los dioses en favor de sus problemas cotidianos, la salud, el hogar, el trabajo, los frutos de la tierra.

Dentro de esta concepción religiosa urdida de respeto, reverencia y temor, dentro de este ritual de severa solemnidad y sangriento dramatismo no es posible que florezca el humor. Cuando el terror y el fatalismo crea los dioses, no es posible sonreír. Los dioses resultan entonces lejanos, omnipotentes, terribles, acaso vengadores. El humor es fruto del amor y la confianza, de la esperanza y la alegría. Por eso el cristianismo sí permite sonreír. Un hijo puede hacer bromas del padre, un amigo del amigo, pero no el esclavo del amo ni la creatura impotente de las fuerzas desconocidas y desbordadas del universo.

Llegan los misioneros, humildes, castos y acogedores, predicando la fe en un dios hecho hombre, nacido de mujer, cercano y tangible, en todo igual al indio menos en el pecado, que en la cruz vertió su sangre como redentor para que nadie más la vertiera, puesto que su sacrificio bastaba para calmar la justicia divina; un Cristo pobre y sencillo como los macehuales, casero y familiar, cuyo mensaje es una buena nueva de alegría: Dios es padre, los hombres son hermanos, el amor es la religión, porque es el amor el que establece y liga las relaciones del hombre con Dios y con los otros hombres.

Así queda dicho que el humor religioso del mexicano no procede de su raíz indígena, sino de su otra raíz española, de la cultura occidental cristiana que conformó el mestizaje espiritual de la nacionalidad.

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Peñalosa, Joaquín Antonio. Humor con agua bendita. México, JUS, múltiples ediciones.


La mujer adúltera

- El que no tenga pecado -dijo Jesús señalando a la mujer adúltera- que tire la primera piedra. Y ¡zaz!, un señor hecho una furia lanzó semejante piedra contra la adúltera.
- ¿Quién eres tú?, preguntó Cristo.
- Soy su marido.

En el pecado va la penitencia

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
- Vamos a hacer penitencia, subiremos aquella montaña cargando una piedra, cada uno tome la piedra más grande que halle.
Judas, naturalmente, toma la piedra más pequeña, era casi un guijarro. Al llegar a la cumbre del monte, Jesús dice:
- Que las piedras se conviertan en panes.
Con lo que Judas se queda en ayunas.
Al siguiente viernes, Jesús repite la invitación:
- Vamos a hacer penitencia, subiremos aquella montaña cargando una piedra. Judas se echa a cuestas una roca descomunal. Cuando llega arriba jadeante, oye que el Señor advierte:
Tiren las piedras, ahora les traje tortas.

EL OBSERVADOR 208-2

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En silencio, con Dios
Fidelidad en las pruebas

Roguemos a Dios con todo nuestro corazón que luchemos con esfuerzo de alma y cuerpo y hasta el fin por la verdad.

Si le es grato probar nuestra fe (pues nuestra fe se prueba en los peligros y en las persecuciones como el oro en el crisol), incluso en caso de persecución, que nos encuentre listos, no sea que nuestra morada se hunda en el invierno o nuestra casa sea barrida por la tempestad como si estuviera construida sobre la arena.

Y cuando soplen los vientos del Demonio, es decir, del peor de los espíritus, que nuestras obras permanezcan, ya que hasta ahora se han mantenido –suponiendo que no estén secretamente minadas–, y que, mientras tanto, manifestemos la caridad que tenemos por Dios en Cristo Jesús, a quien corresponde la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Orígenes.

EL OBSERVADOR 208-3

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Los perros de Licurgo
Justo López Melús *

EL OBSERVADOR 208-4

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Ordo amoris Ordo amoris o el principio del Principio Ordo amoris o el principio del Principio
Pbro. Prisciliano Hernández Ch. ORC.

Principio es aquello de lo cual y en cierta manera procede algo en cuanto al ser, al conocer o al acontecer. Existen, pues, principios para los diversos ámbitos. Si nos referimos al orden lógico se trata de un conocimiento que nos lleva a otro conocimiento en ese proceso de la idea, juicio y raciocinio. Aquí el maestro Aristóteles no ha pasado de moda; en este campo ni se le ha quitado nada ni tampoco se le ha añadido; aunque se han utilizado sus principios en la lógica simbólica o matemática, se trata de un cambio de lenguaje.

Si los principios lo son en el orden del ser, se puede hablar de coprincipios como aquellas partes constitutivas y esenciales de los entes finitos; hablaríamos de esencia y existencia. En Dios se identifican esencia y existencia: su ser es existir, como principio sin principio.

En otro orden de cosas, los números son un criterio absoluto de medida, aunque se especifiquen en diversos campos de la ciencia. Para el geómetra es la circunferencia de la tierra; por mandato de Napoleón el criterio de medida o metro será la diezmillonésima parte de un cuadrante del diámetro terrestre; para las entrañas de las computadoras será el "bit"; para el físico la velocidad de la luz; para el artista, en parte sigue vigente aquello de Protágoras: "el hombre como medida de todas las cosas". Muchas construcciones del Renacimiento dan fe de esto; en el México virreinal, también. La iglesia de San Isidro de la ciudad de Santiago de Querétaro, como lo demostró el doctor en arquitectura Antonio Loyola en su trabajo de maestría, aparece la geometría del "hombre" en la planta. Los griegos utilizaron la anchura del dedo, el dactylos, y así, el utilizar proporciones armónicas de Vitruvio a le Corbusier, a partir del cuerpo humano. Antonio Gaudí lo hará en algunas de sus obras acorde a la geometría no euclidiana. En esto es más moderno que le Corbusier.

Todo esto es interesante; podríamos decir, maravilloso. Pero con todo el saber y tecnologías a la mano, existe infelicidad sobre la tierra: parejas rotas, violencia intrafamiliar y social, la sed de poder, el hambre de dinero y un corazón humano insatisfecho hasta el absurdo, jóvenes aburridos hasta el hartazgo ¿Por qué? Somos demasiado frágiles. Nuestra obra se vuelve contra nosotros. Somos los eternamente receptivos e indefensos ante las mostraciones televisivas, que nos anegan en el mar de las opiniones hasta la creación de la generación de manipulados o simplemente de los escépticos que dudan de todo y no se apoyan en nada; o la generación de los "pasotas", que en el juego de la vida dicen "paso": no voy con la virtud, porque es oscurantismo; no voy con los valores patrios, porque todo es corrupción; no voy con el matrimonio, porque es una trampa. ¡Qué pena!. Este es el espectáculo adolescente más deprimente. Por eso algunos optan mejor por el soma preconizado en "Un mundo feliz", de Aldous Huxley: ante el estrés, la evasión, cual fuere; la que está a la mano o la más sofisticada...

Nuestra batalla es llegar al convencimiento y a la experiencia del principio que estructura el "ordo amoris". Así lo afirma la 1 Carta de San Juan 4,8: "Dios es Amor". Nosotros hemos sido creados según su imagen y según su semejanza, somos seres para el amor; nuestra vocación absoluta es al amor: "quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él".

¿Podemos imaginar siquiera que en la reciprocidad de amor del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo, somos amados con amor eterno, de modo personal; que el misterio de nuestra existencia se aclara desde el misterio de Cristo, cuyo corazón traspasado es la medida de su amor por nosotros?

El ordo amoris –el orden del amor- de Max Scheler o Joaquín Xirau, más allá de éste como experiencia inmanente del fenómeno humano, nos habla de la irrupción de Dios Amor en la Historia: el designio amoroso del Padre, la realización que lleva a cabo el Hijo y la comunicación del Espíritu en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica en virtud de ese mismo Espíritu.

Los pobres y sencillos de corazón, en esa postura de aceptación del misterio trinitario como la experiencia suprema del amor, podrán testificarlo a su vez en su propia vida como el misterio de una existencia donada.

El principio del amor empieza en Dios, pasa por nuestro corazón y culmina en Dios. Éste es el principio del principio del ordo amoris, tan olvidado y tan necesario, para hoy y para el futuro, si queremos que éste exista.

EL OBSERVADOR 208-5

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CORRESPONDENCIA
Los únicos culpables somos nosotros

Me quiero referir a su Editorial del número 204, titulado «Dinero vergonzoso».

El presidente Zedillo debe saber el origen y el monto de las aportaciones a las que se hace referencia en su artículo. El hecho de haber fungido como director de la campaña de Luis Donaldo Colosio le permitía conocer los montos y la procedencia de los recursos para financiar ambas campañas (entre otras cosas).

Lo anterior no debe extrañarnos ni causar estupor, ya que nosotors, los mexicanos, hemos permitido desde hace 29 años que este y todo tipo de otros escándalos y abusos se cometan en nuestro país sexenio tras sexenio. La culpabilidad no recae sobre los abusivos ni sobre las rémoras que se benefician del sistema; los únicos culpables de esto somos nosotros, los afectados, ya que no hemos sido capaces de hacer que las cosas cambien.

La responsabilidad del cambio la tenemos aquellos que, estando conscientes del abuso sistemático por parte de las autoridades, hemos tradicionalmente ignorado los hechos para ahora pagar las consecuencias de nuestra apatía cívica. Me refiero en especial a ese segmento privilegiado de nuestra sociedad que ha tenido acceso a una educación superior y que hasta hace poco las crisis no lo afectaban sino que, por lo contrario, en forma directa o indirecta, era parte de los beneficiados. La actitud de aquellos que hemos podido generar el cambio ha sido hasta hace muy poco la de «si no te perjudica, no te involucres, y si te beneficia, aprovéchate porque no dura».

No hemos sido capaces de unirnos y promover el cambio. No hemos querido poner en práctica nuestros conocimientos, inteligencia y educación para exigir y lograr que en México haya un estado de derecho en donde se generen oportunidades que beneficien a más gente. Estamos empezamos a pagar las consecuencias de haber actuado durante mucho tiempo bajo un esquema de egoísmo miope que ya nos afecta y que tendrá secuelas aún más negativas.

Es nuestro deber y obligación promover el cambio. Actuar, no dejarnos, y dejar de quejarnos.

Juan A. Septién
Houston, Tx.

EL OBSERVADOR 208-6

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A las puertas del templo
Los santos del ingenio
Javier Sicilia *

La historia de la santidad en la Iglesia católica es inmensa. Sin embargo, muy pocos se han preguntado cuántos de esos maravillosos seres que el amor de Dios nos ha entregado como faros e intercesores en el misterio de la salvación han sido santos de ingenio, es decir, seres que han sacado del tesoro del Evangelio caminos y verdades de vida nuevos. Conozco sólo dos grandes pensadores, uno ortodoxo y el otro católico, que han fondeado esas aguas. Merezkovkij, un sutil escritor eslavo, amigo de Dostoyevski, y Jean Guitton. El primero, en su libro Desde Jesús hasta nosotros, considera, de entre todo ese inmenso universo de la asamblea común de los santos, sólo cinco: Pablo, Agustín, Francisco de Asís, Juana de Arco y Teresa del Niño Jesús. Guitton, durante sus años de prisión, planteándose el mismo problema, había llegado a las mismas conclusiones que el ruso. Sólo que no consideraba a santa Teresita. Guitton, que convivió y escribió uno de los más inquietantes estudios sobre una mística contemporánea, Marta Robin, no se atrevía a pronunciarse sobre la tan desconcertante como abundante santidad de los modernos. Fue el libro de Merezkovkij, que leyó en aquellos años, y que comparaba a Juana de Arco con Teresa del Niño Jesús (para el ruso hay en las dos santas el mismo espíritu. Sólo que en Teresita está ampliado a las dimensiones de las tremendas luchas del mundo moderno) el que llevó a Guitton a considerarla y a escribir en 1954 Le génie de Thèrese de Lisieux.

Ciertamente los casos de Juana de Arco y de Teresita son incuestionables. Ambas eran vírgenes, jóvenes y encantadoras; ambas tenían un asombroso espíritu de innovación que las llevó a comprender la santidad no como un ejercicio ascético hacia la conquista del cielo, sino como una realidad constante. El cielo no era para ellas más que la continuación de la obra misionera que les había sido encomendada en la tierra. Amaban la tierra no como un medio, sino por sí misma, como el Creador la ama. Teresita, en este sentido, tenía varias maravillosas frases. Cito sólo dos: «Quiero pasar mi Cielo haciendo el bien en la tierra» y «Sólo para hoy». Toda la eternidad, para la santa de la «pequeña vía», está contenida en el delicioso momento del presente. Como el Gide de los Alimentos terrestres, pero con un alcance más brutal, Teresita no sólo expresó y vivió su amor por la tierra de los hombres, sino también, como lo refiere Guitton, «por la condición humana militante y sufridora de las `pequeñas almas´, por los `métodos breves´, los métodos sencillos, por los actos perdidos e insignificantes, por la totalidad –en fin, por toda la espiritualidad inmanente al mundo moderno– que está ya en ella (...) hasta llegar a la angustia, a la experiencia de la duda radical (...), al gusto casi baudeleriano por la nada».

Me pregunto, sin embargo, si, además de estos casos citados y analizados por Merezkovkij y Guitton, existen otros. Creo que sí. La mayoría de ellos son femeninos: Catalina de Siena; Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, cuyas experiencias místicas marcaron los límites entre las experiencias psicológicas y las espirituales; entre los modernos: Charles de Foucauld, quien inauguró un camino inédito en las vías espirituales al intentar vivir la vida oculta de Jesús de Nazaret y unificar esos dos mundos aparentemente irreconciliables: acción y contemplación, y Concepción Cabrera de Armida. Esta mujer mexicana, madre de nueve hijos, continuadora de las revelaciones de Margarita María Alacoque (sus paralelismos son tan apasionantes como los que existen entre Juana de Arco y Teresa del Niño Jesús), descubrió, aunque no lo haya formulado en esa forma, algo que treinta años después formularía el Concilio Vaticano II, el sacerdocio bautismal de los laicos. A partir de la gracia central de su vida: «La encarnación mística» (algo inédito en la historia de la mística occidental), Concepción Cabrera de Armida descubrió que la condición sacerdotal, de la que todo cristiano participa, es el ofrecimiento de Cristo y de nosotros mismos, transformados en Él, para la redención de los pecados. La santidad, a partir de Concha, ya no es la propiedad de hombres destinados a la vida religiosa, sino el llamado de Dios a todos los hombres y mujeres, sin importar su condición.

Concha apareció en plena euforia moderna como una especie de mística profeta que, en su sufrimiento y en sus revelaciones sobre los dolores internos del corazón de Jesús, anunció las catástrofes que continuarán a causa del pecado. A través de su espiritualidad, De la Cruz, que comienza a clarificarse a partir de la revelación que tuvo en 1894, anuncio el clima de horror de la revolución mexicana, de la guerra cristera y de los males que aún nos azotan. La dolorosa geografía de su alma y de su cuerpo no fue más que el mapa en donde Cristo, sacerdote y víctima, vive y se ofrece en cada hombre.

* Se publica por convenio con el autor.

EL OBSERVADOR 208-7

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Consejos ecológicos (infructuosos) de un pielroja a un carapálida
Carta del jefe indio Seattle a Franklin Pierce, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica (período 1853-1857)


En 1854 el Gran Jefe Blanco de Washington hizo una oferta por una gran extensión de tierras indias, prometiendo crear una «reservación» para el pueblo indígena. La respuesta del jefe Seattle ha sido descrita como la declaración más bella y más profunda jamás hecha sobre el medio ambiente.

¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento ni aun el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos? Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo; cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas.

Los muertos del hombre blanco olvidan su país de origen cuando emprenden sus paseos entre las estrellas; en cambio, nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra, puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra y, asimismo, ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas: el venado, el caballo, la gran águila; éstos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.

Por todo ello, cuando el Gran Jefe de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado. También el Gran Jefe nos dice que nos reservará un lugar en el que podamos vivir confortablemente entre nosotros y él se convertirá en nuestro padre y nosotros en sus hijos. Por ello consideramos su oferta de comprar nuestras tierras. Ello no es fácil, ya que esta tierra es sagrada para nosotros.

El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos no es solamente el agua sino también representa la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos tierras deben recordar que es sagrada y que cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed; son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras ustedes deben recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también lo son suyos y, por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Él no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesite. La tierra no es su hermana sino su enemiga y, una vez conquistada, sigue su camino dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Le secuestra la tierra a sus hijos. Tampoco le importa; tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto.

No sé, pero nuestro modo de vida es diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades apena los ojos del piel roja. Pero quizás sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada. No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, no hay sitio donde escuchar cómo se abren las hojas de los árboles en primavera o cómo aletean los insectos. Pero quizás también esto debe ser porque soy un salvaje que no comprende nada. El ruido parece insultar nuestros oídos. Y, después de todo, ¿para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras (aguaitacaminos) ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde del estanque? Soy un piel roja y nada entiendo. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos.

El aire tiene un valor inestimable para el piel roja, ya que todos los seres comparten un mismo aliento: la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira. Como un moribundo que agoniza durante muchos días, es insensible al hedor. Pero si les vendemos nuestras tierras deben recordar que el aire nos es inestimable, que el aire comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida también recibe sus últimos suspiros. Y si les vendemos nuestras tierras ustedes deben conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda saborear el viento perfumado por las flores de las praderas.

Por ello consideramos su oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, yo pondré condiciones: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo cómo una máquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.

Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes, a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo se escupen a sí mismos.

Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos: todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado. Todo lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida: él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo.

Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo, quizás seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra un día: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar ahora que Él les pertenece, lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan; pero no es así. Él es el Dios de los hombres y su compasión se comparte por igual entre el piel roja y el hombre blanco.

Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y si se daña se provocaría la ira del Creador. También los blancos se extinguirían, quizás antes que las demás tribus. Contaminen sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos.

Pero ustedes caminarán hasta su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la fuerza del Dios que los trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de la exuberantes colinas con cables parlantes. ¿Dónde está el matorral? Destruido. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia.

EL OBSERVADOR 208-8

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CORREO ELECTRÓNICO
Si se me apareciera la Virgen, entonces sí sería santo

En los últimos años se han multiplicado las supuestas o reales apariciones de la Virgen o sus manifestaciones (imágenes que se plasman en diversos objetos, ¡hasta en el piso de la estación del Metro!; imágenes que lloran sangre, mensajes más o menos reconfortantes, más o menos aterrorizantes, etc.). Dios sabe a quién, cuándo y cómo manifestarse a los hombres. Claro que sería un don maravilloso el que Dios o su santísima Madre se nos apareciera, pero ¿será eso realmente lo que necesitamos para empezar a ser «santos», para vivir como verdaderos amigos de Cristo?

A mí me pasó algo que me dio la respuesta a esta interrogante. Se los comento por si a alguno le ayuda: Cuando estaba en preparatoria fui invitado por unos amigos a una conferencia sobre las apariciones de la Virgen María en Medjugorie. Después de la conferencia quedé vivamente impresionado. La señora que nos habló no era una profesional. Era una ama de casa mexicana que había ido a Medjugorie como parte de un viaje turístico a Europa. Había quedado tan impresionada con los fenómenos que vio y con las conversiones que presenció (sobre todo de familias musulmanas) que al volver a México dedicaba buena parte de su tiempo a dar conferencias y a hablar sobre esa experiencia.

En la preparatoria yo comenté mucho con mis amigos esta conferencia. Hablando con un grupo de compañeros que por el momento estaban apartados de los sacramentos, uno me dijo: «Bueno, si a mí se me apareciera la Virgen yo también me confesaría, rezaría el rosario y viviría mi castidad como lo manda la Iglesia». En ese momento no supe qué decir. En realidad parecería que los videntes tenían ventaja sobre el resto de los cristianos que sólo teníamos la fe en la Palabra de Dios para creer. Como un joven típico, tuve la duda, pero no busqué la respuesta. Dios se encargaría de dármela más tarde... y con qué claridad.

Aproximadamente un año después aquel mismo amigo tuvo un tremendo accidente. La descarga de un cable de alta tensión lo dejó inconsciente y con quemaduras de tercer grado en todo un brazo. Cuando salió del hospital se fue a confesar y mandó decir una novena de Misas en acción de gracias y comulgó fervorosamente. Yo me alegré de que no le hubiera pasado nada más grave y de que se hubiera acercado más a Dios. Unos meses después, para mi sorpresa, había vuelto a su estilo de vida, alejado de Dios y buscando todos los placeres de los sentidos que encontraba. Yo no dudo de la sinceridad de su arrepentimiento después de su accidente. Sin embargo, el suceso me hizo pensar que nuestro Señor sabe lo que hace. Ahora entiendo por qué no se le aparece la Virgen a cada cristiano. Ahora creo de verdad que todo lo que necesitamos para salvarnos lo tenemos en el Evangelio, en la doctrina de la Iglesia y en aquéllo que dijo Jesús como conclusión de la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro: «Si no creen en ellos, no creerán aunque resucite un muerto», y podría haber añadido: «O aunque se le aparezca a cada uno mi santísima Madre.

Sería muy hermoso ver cara a cara a nuestra Madre del Cielo. ¡Cómo se llenaría de gozo nuestro corazón al escuchar su palabra dulce y tierna! No obstante, nos conviene más que no sea así. Me atrevo a asegurar esto por tres motivos: 1) Santa Teresa dijo que era mejor no tener consolaciones especiales místicas, pues después de las mismas sólo quedaban deseos de morir para estar de nuevo con Dios. 2) No podemos dudar de que Dios nos da a cada uno «absolutamente todo» lo que necesitamos para nuestra salvación. Sólo cumplir su voluntad es necesario: «sólo una cosa es necesaria». Lo que no nos da es, por tanto, totalmente inútil para nosotros. Incluso una aparición podría apartarnos de nuestra salvación (esto podría pasar porque sería fácil que el demonio nos hiciera pensar que somos santos, que somos mejores que los demás. 3) Tomás no creyó hasta que tocó las llagas de Jesús (¡ni siquiera se conformó con verlas!), y Jesús le dijo: «Dichosos los que creen sin haber visto». Por lo que no podemos dudar de que seremos más dichosos si «no vemos» (si no tenemos manifestaciones especiales).

Después de todo, «el que dice amar a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, al que ve, es un mentiroso». La fe, las apariciones, la Escritura... todo, nos tiene que llevar a amar más a Dios y a nuestros hermanos. Dios nos da todo lo que necesitamos para salvarnos y para aprender a amar más a los demás. Si no lo hiciera no sería justo, pues «al final de la vida se nos juzgará sobre el amor».

Eduardo Monterrubio.
E-mail: edmonterrubio@hotmail.com

EL OBSERVADOR 208-9

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¿Usted qué opina?
¡Están asesinando a la UNAM!
Genaro Alamilla Arteaga

Y no hay quien intervenga.

No hay autoridad que –quizá fuera del rector, a quien al parecer han dejado solo– intervenga y detenga a los vándalos, que no estudiantes, o estudiantes traidores a su alma mater, para salvar a nuestra máxima casa de estudios, al símbolo de nuestra cultura, al santuario del saber.

No es posible que, en nombre de una autonomía –que no debe ser absoluta–, se permita la toma y el asalto, la destrucción de la UNAM y el daño al magisterio, a los auténticos estudiantes y a la nación misma.

¿Por tratarse de la autonomía universitaria, toda clase de ilícitos en ella y contra ella deben quedar impunes?

Caray, pensábamos que la autonomía era libertad para exponer toda clase de pensamiento humano ideológico, como izquierdismo, socialismo, capitalismo, comunismo, marxismo-leninismo, democratismo- religioso, etcétera, pero sin inducir, sin hacer proselitismo, todo con un auténtico sentido académico. Libertad para su organización académica, económica –de suyo no tiene que ser gratuita, constitucionalmente no se contempla–, cultural, deportiva y para su disciplina interna.

Para eso la universidad ha de ser libre de toda política partidista, de toda tendencia ideológica y religiosa –pero tampoco en contra de nada–. Exponer, enseñar y ya.

Pero hoy resulta que, en nombre de la autonomía e izando esa bandera, se están cometiendo toda clase de desmanes, con los resultados ya señalados; y lo que nos parece sumamente grave es que lo que acontece contra la universidad está impulsado por una ideología y por un partido político.

No es afirmación nuestra: puede leerse en los diarios del momento. Hay una conexión de elementos del paro con los rebeldes de San Cristóbal de las Casas, y, cuando un reportero preguntó a un prominente miembro del PRD si ese partido estaba atrás de los paristas, respondió: «No, no estamos atrás; estamos codo con codo, y se nota en la complacencia del gobierno del Distrito Federal con el malhadado movimiento estudiantil».

Nos parece que ha llegado la hora –y ojalá no sea demasiado tarde– de que alguna autoridad ponga fin a esta situación que exhibe a México tan negativamente.

Ya todos los centros culturales del país deberían haber levantado su voz reprobando por una parte, y, por otra, exigiendo la intervención de las autoridades para que cese el asesinato de la Universidad. ¿Usted qué opina?

EL OBSERVADOR 208-10

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Grandes firmas
Defensa de la fantasía *
José Luis Martín Descalzo

Dice mi hermana que en nuestra infancia, como no contábamos con televisión, teníamos que acudir a la televisión prehistórica: la imaginación. Yo le digo que nunca jamás se conoció televisión mejor y que jamás se inventará otra semejante. Porque en la imaginación teníamos todos los canales a nuestra disposición; no había que soportar que nadie nos adoctrinara desde ideologías que no fueran la elegida, y jamás Ikegami alguno filmó tan bellos colores como los que cada uno de nosotros elegía y se inventaba a placer.

Yo siento una cierta compasión ante los niños de ahora, a quienes les damos ya todo inventadísimo. ¿Para qué van a hacer el esfuerzo de imaginar cuando, a diario, les bombardeamos con imágenes desde que amanece hasta que se acuestan? Su Blancanieves no podrá ser la que ellos se fabriquen; será, por fuerza, la que les dio Disney encadenada. Sus sueños estarán llenos de pitufos prefabricados y, cuando lean a Julio Verne, pensarán que es un señor que puso en letra lo que ellos ya vieron en las películas de la tele. Todo más cómodo. Todo infinitamente menos creativo y, por tanto, mucho menos fecundo para sus almas.

Habría que reivindicar la imaginación ahora en este gran tiempo de esterilidad colectiva. Porque yo me temo que no sea cierto eso de que los inventos modernos estén ensanchando el mundo. Están, es cierto, haciéndolo más llevadero, pero no sé si más ancho. Leo, por ejemplo, en los periódicos que en el mundo entero el video está derrotando al libro, que la gente prefiere «ver» una novela a leerla, que ya empiezan a existir revistas en videocasete y que, no tardando mucho, tendremos periódicos filmados. Y tengo que preguntarme si todo eso será un adelanto.

Me lo pregunto porque, como el lenguaje oral está muy bien hecho, resulta que, cuando leemos, hacemos pasar las palabras por el recoveco de la imaginación para mejor entenderlas. Pero el día que entendamos y veamos las cosas directamente habrá que jubilar nuestra imaginación lo mismo que las máquinas modernas van quitando el trabajo a mecanógrafas y linotipistas. Y se producirá, dentro de cada uno de nosotros, algo terrible: el paro de una gran parte de nuestra alma.

Todos tenemos ya parte del alma parada. Dicen los científicos que el hombre usa, más o menos, un veinte por ciento de su cerebro. El día que renunciemos a la imaginación, ¿nos quedará algo? Y seguramente gastaremos menos fósforo mental, pero será a costa de desposeer a nuestra alma de la poca creatividad que ya le queda.

Por eso la verdad es que no cambio mi infancia por la de los pequeños de hoy. Comíamos y vestíamos peor. No conocíamos un veraneo en la playa hasta la edad de los pantalones largos. Pero estrenábamos y usábamos la imaginación mucho antes. Los niños de ahora ya no la necesitan. La han sustituido por una imaginación de tercera: por esa caja mágica de la que estamos tan orgullosos cuando, como una solitaria silenciosa, está devorándonos uno de nuestros mejores dones: la imaginación.

EL OBSERVADOR 208-11

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Veinticinco mexicanos asesinados por odio a la fe, en firme hacia la canonización

* En 1992 fueron declarados beatos; pronto serán santos.
* El reconocimiento oficial de un milagro que se les atribuye, determinante.

El pasado lunes 28 de junio el papa Juan Pablo II firmó el decreto con que declaró válido un milagro atribuido a 25 mártires mexicanos de la época de la persecución religiosa. El Santo Padre reconoció como verdadera y atribuible a razones sobrenaturales –por lo tanto no científicas ni humanas– la curación de una mujer que en 1993 sanó de cáncer al encomendarse a la intercesión de estos mártires.

Monseñor Óscar Sánchez Barba, postulador general de las causas mexicanas, señaló que lo ocurrido constituye un paso importantísimo en el proceso de canonización de este grupo de mártires que es identificado con el nombre de Cristóbal Magallanes y 24 compañeros mártires, y manifestó su esperanza de que sean declarados santos el 21 de mayo del 2000, día dedicado a México dentro de las celebraciones del Gran Jubileo. Fueron beatificados en 1992. «La bendición será aún mayor si para la fecha mencionada pudiera canonizarse al beato Juan Diego y a la beata María de Jesús Sacramentado Venegas, fundadora de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús, a quien ya se le reconoció un milagro», añadió monseñor Sánchez.

Va a continuación la nómina de estos 25 héroes de la fe, con algún dato de cada uno de ellos.

P. David Galván Bermúdez. Tapatío por nacimiento y por circunscripción eclesiástica. Cayó fusilado el 30 de enero de 1915. Fue apresado por el delito de auxiliar espiritualmente a los soldados heridos en un combate. En espera de la ejecución, un compañero de prisión le comentó que no habían desayunado y el padre Galván tranquilamente le dijo: «Hoy vamos a ir a comer con Dios».

Sr. cura Luis Batis Sáinz, Sr. Manuel Morales y jóvenes Salvador Lara Puente y David Roldán Lara. El primero era el párroco de San Pedro Chalchihuites, Zac., perteneciente a la arquidiócesis de Durango, y los otros eran sus colaboradores en el apostolado. Fueron fusilados el día 15 de agosto de 1926, día de la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen. Manuel Morales, esposo fiel, padre cariñoso, laico de intensa vida espiritual alimentada en la Eucaristía, se movilizó para pedir la libertad de su párroco y ello le costó la vida, lo mismo que a David Roldán Lara, acejotaemero activo en el apostolado, y al primo de éste, Salvador Lara Puente.

P. Jenaro Sánchez Delgadillo. De la arquidiócesis de Guadalajara. Lo detuvieron cuando andaba en el campo y en un árbol prepararon la horca. El padre, con heroica serenidad, habló a la tropa: «Bueno, paisanos, me van a colgar; yo los perdono, que mi Padre Dios también los perdone y que siempre viva Cristo Rey». Lo asesinaron el 17 de enero de 1927.

Sr. Cura Mateo Correa Magallanes. Párroco de Valparaíso, Zac., arquidiócesis de Durango. Aprehendido cuando iba a auxiliar a un enfermo, el general le pidió que confesara a unos presos y después le exigió que le revelara lo que le habían dicho en confesión, o de lo contrario lo mataría. El héroe contestó con dignidad: «Puede usted hacerlo, pero no ignora que un sacerdote debe guardar el secreto de la confesión. Estoy dispuesto a morir». Fusilado el 6 de febrero de 1927.

Sr. cura Julio Álvarez Mendoza. De la arquidiócesis de Guadalajara. Por el delito de ser ministro de Dios, lo llevaron aun fatigoso recorrido por muy distantes localidades y lo sacrificaron el 30 de marzo de 1927 sobre un montón de basura.

Sr. cura David Uribe Velasco. Ejercía su ministerio en una región plagada de masonería, de protestantismo y de cismáticos. El militar que lo aprehendió le propuso toda clase de garantías y libertad si, aceptando las leyes, se convertía en obispo de la iglesia cismática creada por el gobierno de la república. Lo sacrificaron con un tiro en la nuca el 12 de abril de 1927.

P. Sabás Reyes Salazar. De la arquidiócesis de Guadalajara. Cuando, por el peligro que corrían los sacerdotes, le aconsejaban que saliera de su vicaría de Tototlán, él replicaba: «A mí aquí me dejaron y aquí espero, a ver qué Dios dispone». Lo tomaron preso, lo ataron fuertemente a una columna, lo torturaron tres días por medio del hambre y la sed, y con sadismo incalificable le quemaron las manos. Expiró el 13 de abril de 1927.

Sr. Cura Román Adame Rosales y P. José Isabel Flores Varela. De la diócesis de Aguascalientes el primero, y de la arquidiócesis de Guadalajara el segundo. Ambos sacrificados por ejercer su ministerio en la clandestinidad. El 21 de abril de 1927 murieron ambos. El primero, fusilado, y el segundo degollado después de que intentaron ahorcarlo, pero no pudieron, y de que fallara también el fusilamiento al insubordinarse un soldado que reconoció al sacerdote que lo había bautizado.

Sr. Cura Cristóbal Magallanes y P. Agustín Caloca. De la arquidiócesis de Guadalajara. El primero era párroco de Totatiche, Jal., y el segundo era prefecto del seminario auxiliar establecido en esa población para suplir al seminario clausurado en la sede de la Arquidiócesis. Fusilados el 25 de mayo de 1927.

Sr. Cura José María Robles Hurtado. De la arquidiócesis de Guadalajara. Párroco de Tecolotlán, Jal. Escribió algunas pequeñas obras para propagar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Colgado de un roble el 26 de junio de 1927.

P. Miguel de la Mora. De la diócesis de Colima. Su entidad fue la primera en que se exigió la inscripción de los sacerdotes para otorgarles licencia de ejercer. De la Mora, remiso, se ocultó para continuar prestando ayuda a los fieles. Le exigían que abriera el culto en la catedral de Colima. Lo fusilaron el 7 de agosto de 1927.

P. Margarito Flores García. De la diócesis de Chilapa. Párroco de Atenango del Río, Gro. Se encontraba fuera de la diócesis, a causa de la persecución, cuando supo que había asesinado al señor cura David Uribe, y exclamó «Me hierve el alma, yo también me voy a dar la vida por Cristo». Vio cumplido su deseo el 12 de noviembre de 1927, día en que lo fusilaron.

Sr. cura Rodrigo Aguilar Alemán. De la arquidiócesis de Guadalajara. El 28 de octubre de 1927 fue conducido a una plaza pública y ahí le pusieron el lazo al cuello. Con mucha crueldad lo izaban y lo volvían a bajar preguntándole: «¿Quién vive?». En todas las veces contestó con voz firme: «Cristo Rey y Santa María de Guadalupe».

P. Pedro Esqueda Ramírez. De la arquidiócesis de Guadalajara. Sobresaliente catequista de los niños. Un militar, después de golpearlo, le dijo: «Ahora ya has de estar arrepentido de ser cura»; a lo que contestó: «No, ni un momento, y poco me falta para ver el cielo». Cayó muerto a balazos el 22 de noviembre de 1927.

P. Jesús Méndez Montoya. De la arquidiócesis de Morelia. Vicario de Valtierrilla, Gto. Al entrar a su localidad las fuerzas federales, el padre trató de salvar un copón con hostias consagradas. Descubierto por los soldados les pidió un momento para consumir el Santísimo Sacramento, y le fue concedido. Lo ultimaron a disparos el 5 de febrero de 1928.

P. Toribio Romo González. De la arquidiócesis de Guadalajara. Párroco de Tequila, Jal. El 25 de febrero de 1928, después una ardua jornada poniendo al corriente los libros parroquiales, sufrió la intromisión en su aposento de un grupo de agraristas y soldados, quienes dijeron «que lo mataban por ser el cura». Una descarga cortó su vida.

Sr. cura Justino Orona Madrigal y P. Atilano Cruz Alvarado. De la arquidiócesis de Guadalajara y de la diócesis de Aguascalientes, respectivamente. Sacrificados el mismo día: 1o. de julio de 1928. Se negaron a ocultarse durante la persecución. El primero decía: «Yo entre los míos, vivo o muerto». Los dos, cada uno en su localidad, vitorearon a Cristo Rey al caer acribillados por las balas.

P. Tranquilino Ubiarco Robles. De la arquidiócesis de Guadalajara. Vicario con funciones de párroco en Tepatitlán, Jal. Una noche se preparaba a celebrar la Eucaristía y a bendecir un matrimonio, cuando fue tomado prisionero y condenado a morir ahorcado en un árbol de la alameda, en las afueras de la ciudad. Con entereza cristiana bendijo la soga, instrumento de su martirio. La ejecución fue en la madrugada del 5 de octubre de 1928.

P. Pedro de Jesús Maldonado Lucero. De la arquidiócesis de Chihuahua. Al ser aprehendido, el padre Pedro tomó un relicario con hostias consagradas y siguió a sus aprehensores. Éstos más adelante lo insultaron y lo golpearon. Un pistoletazo en la frente le fracturó el cráneo en círculo y le hizo saltar el ojo izquierdo. El sacerdote cayó bañado en sangre. El relicario se abrió y se tiraron las hostias. Uno de los verdugos las recogió y con cinismo se las dio al sacerdote diciendo: «Cómete esto». Por manos de su verdugo recibió a Jesús Sacramentado antes de morir. Esto ocurrió el 11 de febrero de 1937.

Para que la historia cuente

La canonización de 25 mexicanos, muertos «por odio a la fe» durante La cristiada, nos mueve a abrir las páginas de EL OBSERVADOR a quien desee publicar testimonios, cartas, documentos, fotografías de este aciago período de nuestra historia reciente. Al conmemorar los 70 años del término oficial (después del 21 de junio de 1929 hubo traiciones sin fin) de la guerra cristera (1926-1929), queremos rescatar de las cenizas y el olvido a tantos que con su lucha y su sangre pusieron en alto la mexicanidad, ligada a Cristo, fuente y finalidad de nuestra existencia. La invitación está hecha: envíenos sus recuerdos para que la historia cuente.

EL OBSERVADOR 208-12

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MEDIOS DE COMUNICACIÓN
El problema es otro

Santiago Norte
Santiago Norte

La prensa -sobre todo la prensa «agraviada»- se ha ocupado con extraordinaria profusión de datos, investigaciones y denuncias, sobre «el caso Stanley» y sus secuelas. Casi tanto como la televisión comercial. Por un lado, periódicos como La Jornada han alzado la voz (¡con justa razón!) en contra del linchamiento político que pretendía Salinas Pliego contra Cuauhtémoc Cárdenas; por el otro, la mexicanísima «cortina de humo» echada por la TV Azteca para -se supone- afianzar concesión, ampliar su capital accionario, poseer un mártir a quien prenderle veladoras y pagar los favores recibidos de otros Salinas... Todo el país ha sido manejado por esa agenda. Una agenda que, si bien es cierto, tiene su importancia (¿cómo desligar de todo esto la sucesión presidencial?), también contribuye muy poco a elevar el debate, a desmiserizar la tendencia actual al insulto en el lugar que deberían ocupar las ideas.

Y es que el problema está en otro lado. Los concesionarios lo saben muy bien. El problema está, justamente, en el régimen de concesiones que priva en México; un «sistema» ideal para que se produzcan contubernios tales como el de Stanley-Segob y la portación de «charola» y armas restringidas a los servidores públicos. Un sistema de relojería para que entre medios y poder exista no una hermandad de objetivos, sino una genuina hermandad mafiosa. La razón es sencilla: a los medios -por ser concedidos por el poder político y por pertenecer a éste la venia de seguirlos o no arropando en su negociazo- no les queda más salida que «proteger» sus intereses mediante la «protección» de los intereses del jefe supremo: el dador de la vida mediática (de los electrónicos, claro está). El jefe es el presidente del país, o sea, el PRI. Mientras el PRI sea el garante de la concesión: ¿con quién van a estar los beneficiarios de tanta bondad?

Cuando se liquidó Imevisión (que era una mala forma de hacer televisión pero que, al menos, tenía la gracia de hacerle claro al teleespectador de dónde venían las órdenes) y se le vendió a los empresarios de Elektra, algunos pusimos el grito en el cielo: no es que tuviéramos algo en contra de los aboneros; vamos, ni siquiera algo en contra del oscurísimo (para el campo de la comunicación de masas) Ricardo Salinas Pliego. Era el criterio seguido por la familia Salinas para otorgar un instrumento tan delicado en la formación (la deformación) de la conciencia pública a personas que no habían probado en ningún aspecto su solvencia técnica, moral, ética y de servicio a la comunidad. Un capital muy alto, préstamos de Raúl Salinas de Gortari y la mano del presidente Carlos Salinas de Gortari (para preparar su reelección, quizá), parecían una mezcla demasiado explosiva como para confiar en ella. La respuesta ha tardado en llegar pero aquí está, con el asesinato de Stanley.

Y como de una guerra de negocios se trata, Televisa no se iba a quedar callada. La tarascada había que propinarla ahora, cuando todo el mundo estaba pendiente del cómico caído, cuando multitud de señoras lloraban en el país la pena de quedarse sin Paco. Televisa también debe defender concesión, pero esa batalla la tiene ganadísima; lo que le importa es el rating. Y en ese sentido hay que pescar a TV Azteca por donde se pueda. Stanley era su hechura, pero no hay comparación de los 26 o 27 años que pasó en Televisa a los dos años que pasó en TV Azteca. Allá, nos dicen, se echó a perder. Y la guerra sigue: Abraham contra Sánchez Carrillo; Ortega contra Alatorre. ¿Y el público? Bien, gracias. Con la boca abierta viendo «cómo se dicen de cosas». ¿Y la autoridad? También bien. Expidiendo «charolas». Defendiendo concesiones de mafiosos.
(FIN)

EL OBSERVADOR 208-13

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