El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

25 de julio de 1999 No. 211

SUMARIO

bullet EDITORIAL Esto es desequilibrio
bulletMéxico, 50o. lugar en el Índice de Desarrollo Humano
bulletPINCELADAS La persona santa
bulletEL HUMOR RELIGIOSO DE MÉXICO Fisonomía del chiste religioso (II)
bulletEN SILENCIO, CON DIOS Confesión perseverante
bullet¿USTED QUÉ OPINA? Los obispos precisan
bullet 
bulletCUADERNO DE NOTAS Siembra en silencio
bulletA LAS PUERTAS DEL TEMPLO Atisbos a la dignidad
bulletMEDIOS DE COMUNICACIÓN La mundialización de lo peor
bulletTESTIMONIOS DE LA PERSECUCION RELIGIOSA Padre David Galván Bermúdez, el primero de Los Veinticinco que voló al cielo
bulletVistazo a un tramo de la persecución religiosa en México
bulletLa gratuidad universitaria es un mito
bulletChinchachoma: sacerdote, pedagogo, callejero y papá II
bulletVIDA CRISTIANA Como un gran tesoro
bulletCrítica eclesial a la Guerra de las galaxias, episodio I

EDITORIAL
Esto es desequilibrio

Hace algunas semanas, en EL OBSERVADOR, nuestro colaborador Santiago Norte publicaba –en su crítica semanal de medios de comunicación– un informe sobre los resultados del desequilibrio social en la salud de las personas. El resumen de ese artículo viene a ser el siguiente: son más proclives a enfermedades mortales (desde luego infartos) las víctimas de la desigualdad que los que gozan de los privilegios que la desigualdad trae consigo.

Desde luego, esto es muy diferente a lo que publica la literatura barata, la que dice: el ejecutivo y el alto político, el gran comerciante y el abogado exitoso tienen derecho a darse la buena vida porque su responsabilidad tan alta los hace candidatos al quirófano o a la funeraria en tiempos muy cortos. Mentira vil. De acuerdo con estudios científicos, lo que mata, de veras mata, es la desigualdad. Y en este terreno somos campeones en México.

Se publica hoy en la primera plana de nuestro periódico un estudio aterrador sobre lo que los mexicanos somos. Aterrador por más de una razón: ahí es visible –extraordinariamente visible, excepto para los políticos, que siempre andan viendo conspiraciones internacionales en contra del país– el cúmulo de contradicciones que hemos tejido y del cual se desprenden muertes tempranas, muertes evitables de niños, enfermedades de la pobreza. Y en el núcleo: desesperanza.

¿Es justo un país cuyos miembros más ricos gozan de una renta anual similar a la de los desarrollados, mientras que el grueso de la población vive peor que las más retrasadas economías de África? Digámoslo en números: el 20% de la población gana por encima de los 10 mil dólares anuales, mientras que el 80% anda por abajo de los mil 500. Entre lo alto y lo bajo hay una diferencia de nueve a uno. Esto quiere decir que un niño que nace, crece y se desenvuelve en la capa del 20% de la población favorecida tiene nueve veces más oportunidades de vivir, de comer y de educarse que un niño igual que él pero pobre. ¿Es esto algún equilibrio?

A lo mejor nuestros candidatos, suspirantes o candidotes que andan recorriendo la república en pos del voto nos dicen que sí, que éste es un equilibrio a la mexicana. Valor que debemos preservar. Otros dirán que ellos lo resuelven en 15 minutos, Y ahí la llevamos. Lo cierto es que a ellos les debemos pedir, exigir, que enderecen una nave que se va a pique; que digan cómo le van a hacer para enderezarla. Si no dicen cómo, no les den el voto.

EL OBSERVADOR 211-1

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Tabla de posiciones en la carrera del progreso
México, 50o. lugar en el Índice de Desarrollo Humano
* Varios países de AL, aun Venezuela y Panamá, nos superan.
* Canadá y Noruega, los mejores en el mundo.

Lo llaman Índice de Desarrollo Humano (IDH). Se publica periódicamente. Lo calcula, determina y difunde el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Refleja el progreso de los países en cuanto al desarrollo de la persona, complementando el producto nacional bruto (PNB) que mide la riqueza y el ingreso. El IDH tiene tres dimensiones: esperanza de vida, nivel de alfabetización y nivel de bienestar (esto último desde un punto de vista más amplio que el meramente económico). La tabulación correspondiente muestra el lugar que cada país ocupa en la materia respecto de los otros.

México bajó del 49o. al 50o. lugar entre 174 naciones estudiadas, y queda, por cuanto a Iberoamérica se refiere, por debajo de Chile, Argentina, Uruguay y Costa Rica, pese a su situación «envidiable» por la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC). La brecha de los desequilibrios de México es amplísima frente a Canadá, el mejor situado en el mundo desde 1992 (allá el promedio de vida es de 79 años, el ingreso per capita es de 16 mil 525 dólares anuales y se gasta el 7% del PIB en educación).

Los números de México no son para celebrarlos:

* El ingreso per capita es de 8 mil 370 dólares anuales.
* El 34% de la población (más de 33 millones) está por debajo del límite nacional de ingreso.
* El 14.9% vive con menos de un dólar al día, es decir, poco más de nueve pesos diarios.
* Cada mexicano consume diariamente 3 mil 137 calorías.
* El 8.3% de los mexicanos no llegará a los 40 años de edad.
* No tienen acceso al agua potable 14 millones 715 mil personas.
* Carecen de servicios de salud ocho millones 829 mil individuos.
* Los analfabetos suman nueve millones 700 mil.
* Aunque el 99 % de los niños en edad de ir a la primaria está inscrito en ella, sólo el 66.1% de ellos llega a la secundaria y apenas el 33% a la universidad.
bulletTenemos únicamente 0.3 científicos y técnicos en investigación y desarrollo por cada mil habitantes (en Japón hay 7.7).

Los diez mejores

1. Canadá
2. Noruega
3. Estados Unidos
4. Japón
5. Bélgica
6. Suecia
7. Australia
8. Holanda
9. Islandia
10. Gran Bretaña

Los países iberoamericanos

34. Chile
39. Argentina
40. Uruguay
45. Costa Rica
48. Venezuela
49. Panamá
50. México
57. Colombia
58. Cuba
72. Ecuador
79. Brasil
80. Perú
84. Paraguay
88. República Dominicana
107. El Salvador
112. Bolivia
114. Honduras
117. Guatemala
121. Nicaragua
152. Haití
Los peor situados

165. República Centroafricana
166. Malí
167. Guinea-Bissau
168. Eritrea
169. Mozambique
170. Burundi
171. Burkina Faso
172. Etiopía
173. Niger
174. Sierra Leona

El progreso universal, ni justo ni repartido
Las tres personas más ricas del mundo superan a los países más pobres juntos

El informe anual Reporte sobre desarrollo humano del PNUD muestra claramente que la globalización permitió a los países ricos acumular más riqueza, mientras las naciones más pobres siguieron hundiéndose en la marginación; es decir, se obtuvieron resultados «grotescos», en opinión del PNUD.

Los tres multimillonarios más ricos del mundo poseen patrimonio mayor que la suma del producto nacional bruto de todos los países con desarrollo mínimo y sus 600 millones de habitantes. El 20% de la población mundial que vive en las naciones de renta más alta controla el 86% del producto interior bruto mundial, administra el 80% de las exportaciones mundiales, utiliza el 74% de las líneas telefónicas y controla el 93% de los accesos a la red informática internet.

Se pone de relieve, entre otras cosas, que 85 países tienen una renta per cápita inferior a la de hace diez años; que Tanzania emplea en devolver la deuda externa nueve veces lo que gasta en asistencia sanitaria y cuatro veces lo que invierte en instrucción; que Hollywood ha ingresado más de 30 mil millones de dólares en 1997; que en Europa, a pesar de un decenio de crecimiento económico continuado, el índice de desempleo sigue siendo del 11%; que el 95% de los nuevos contagios del VIH se produce todavía en los países en vías de desarrollo; que, en general, en todos los principales indicadores sociales y económicos la diferencia más amplia se registra todavía entre los sexos: las estadísticas revelan desigualdad entre los hombres y mujeres en todas las sociedades.

EL OBSERVADOR 211-2

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Pinceladas
La persona santa
Justo López Melús *

La persona santa, dicen en la India, es como una rosa. Ofrece su fragancia tanto a las personas buenas como a las personas malas. Exhalar perfume pertenece a la naturaleza de la rosa. La persona santa es como una lámpara escondida en un cuarto oscuro. ¿Puede una lámpara decir que va a iluminar solamente a los buenos y esconder su luz a los malos?

La persona santa es como un árbol que da su sombra tanto a las personas buenas como a las malas. El árbol da su sombra incluso a la persona que lo está cortando. Y si fuese aromático, dejaría su perfume también en el hacha. Es exactamente lo que Jesús nos dice cuando nos manda ser misericordiosos como el Padre Celestial, que envía su lluvia sobre buenos y malos, y hace brillar su sol sobre justos e injustos.

* El autor es operario diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 211-3

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El humor religioso de México
Fisonomía del chiste religioso (II) *
Joaquín Antonio Peñalosa

Es itinerante. De labio en labio el chiste recorre el país. Tal vez sale de México, tal vez llega a México. No es fácil saber en muchos casos si el chiste aquí nació o aquí se aquerenció, si su sangre es indígena o advenediza. ¿Mexicano, español, francés, hispanoamericano? ¿Envasado de origen o producto de importación? El chiste, este viajero alucinado, emigrante por vocación, entre turista y jipi: vagabundo.

Quien sabe un chiste trata de pasarlo más delante, el balón en juego, play-ball, la bola de nieve que rueda sin detenerse. Hay un gusto, una comezón en la lengua por participar a los otros el chiste que acaban de participarnos. El chiste es como el secreto, nadie lo guarda. Definitivamente irradiativo. Gracias a la movilidad social y a los medios masivos de comunicación, nunca como ahora el chiste había sido tan raudo trotamundos y moneda circulante. Un chiste proclamado por televisión llega enseguida a la mitad del país, que lo cuenta enseguida a la otra mitad.

Es ubicuo. Si bien el chiste es un fenómeno universal en el espacio y en el tiempo, presente en el folklore de todos los pueblos, no es nada sencillo determinar cuándo comenzó a propagarse entre nosotros el chiste religioso. Posiblemente una vez terminado el fervor de la primera evangelización, porque todo el siglo XVI ardió de amor cristiano y veneración rendida por la fe y sus ministros.

Es fecundo. Un pueblo imaginativo y humorista siempre está creando chistes. Nuestra producción de chistes políticos, donde sobra tela de dónde cortar, no se compara a la mucho más baja producción del chiste religioso. Un solo personaje de la vida pública, como puede ser un alcalde de Lagos o un primer mandatario, suscita tantas humoradas, por docenas, por cientos, como para satisfacer las necesidades del mercado nacional.

Es efímero. El verdadero valor del chiste sólo se cotiza en las circunstancias en que se creó; sólo ante tal acontecimiento, ante tal personaje, salta vigoroso y eficaz, ya que al paso de los años pierde no pocos grados de temperatura. Tal es el caso del chiste político, el más efímero de todos los chistes, como la rosa divina de Sor Juana Inés «en cuyo ser unió naturaleza, la cuna alegre y triste sepultura». El chiste religioso, en cambio, al igual que el que se refiere a problemas humanos, es menos efímero que el político, puesto que su duración depende de la persistencia del asunto de que trata. Un chiste sobre el diablo vive mayor tiempo que un chiste sobre el diputado del tercer distrito, entre otras causas porque el diputado se quema más fácilmente.

bulletPeñalosa, Joaquín Antonio. Humor con agua bendita. México, JUS, múltiples ediciones.


De cuerpo presente

- Te felicito- dijo el señor cura al borrachito del pueblo - porque ayer fuiste muy temprano a misa y oíste mi sermón contra el alcoholismo. Te va a servir para regenerarte.
- Oiga, padre, ¿y deveras yo estuve ahí?

Cuando flautas, pitos

Quién sabe qué enfermedad maligna padecía el pobre padre. Carecía del labio inferior, la dentadura al aire.
- Padre, ¿qué no le hace falta el labio para predicar?
- No, hijo, no me hace flauta.

En Misa

- Ayer vi a su marido que salió de la iglesia cuando yo estaba justamente en la parte más hermosa de mi homilía. ¿Está enfermo?
- No, padre, es sonámbulo.

Largo como la Cuaresma

Al terminar el sermón el padre se excusó:
- Amados hermanos, ustedes dispensen que haya predicado tanto rato, pero es que no tengo reloj.
- No se apure, padre - contestó un aburrido feligrés -, para el próximo domingo le regalaremos un calendario.

EL OBSERVADOR 211-4

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En silencio, con Dios
Confesión perseverante

No hay otro Rey que el que yo he visto. A Él adoro, a Él rindo homenaje. Aun cuando me mataran mil veces por su culto, le permanecería siempre fiel como ahora. El nombre de Cristo está en mi boca y las torturas no podrán arrancarlo. Me arrepiento de mis errores pasados; me arrepiento de haber maldecido antaño este santo nombre en los hombres santos. Me arrepiento de haber llegado tan tarde, como soldado orgulloso, a adorar al verdadero Rey.

GINÉS, COMEDIANTE MARTIR. Siglo III.

EL OBSERVADOR 211-5

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¿Usted qué opina?
Los obispos precisan
Genaro Alamilla Arteaga

Oímos los pronunciamientos de quienes no conocen a la Iglesia ni sus normas, sus principios, su disciplina ni su verdadera historia, en todo caso conocen a la Iglesia superficialmente y se atreven a hablar de ella y contra ella lo que les viene en gana según su estado de ánimo.

Hoy se escucha y se lee cada barbaridad, que sería necesario que alguien pusiera un hasta aquí, un alto a cuantos desbarran –por ignorancia o por mala fe– cuando se refieren al ser y quehacer de la Iglesia.

Y nadie mejor para precisar conceptos, rectificar errores y poner las cosas en su lugar que los obispos. Ellos están para salvaguardar el depósito de la fe y vigilar para que no se altere la doctrina y la disciplina que norma el proceder de sacerdotes y fieles laicos. Y, más que defender –lo que no se niega, los obispos, con la exposición de la doctrina, afirman contundentemente la fe basada en la doctrina recibida de Cristo. Diríamos que la principal tarea de los obispos es ésta: su afán de obedecer sin medida el primer mandato de Jesús a los apóstoles –y a los obispos, legítimos sucesores de aquéllos– : «Vayan y enseñen... vayan y prediquen, adoctrinen a todos los hombres lo que Yo les he enseñado... y después hagan todo lo demás: bauticen, confirmen, etcétera». Jesús puso énfasis en la importancia de la enseñanza de la doctrina. No se trata de una mentalidad cronológica, sino de poner de relieve lo fundamental, que es la predicación. Lamentablemente habrá casos en que se toma como fundamental lo demás y poca atención se pone en la predicación. Por otra parte, es evidente que si todo lo demás (v. gr., los sacramentos) se imparte como es debido, conlleva una predicación para que quienes los reciben conozcan lo que reciben y se responsabilicen.

En interesante saber que hoy los obispos son muy conscientes de la urgencia que hay en darle primacía a la enseñanza de la doctrina en vista de la insistencia del papa Juan Pablo II sobre la nueva evangelización, cuyo primer objetivo es profundizar en la fe para que haya un conocimiento nada superficial de la misma, y así superar el nefasto analfabetismo religioso que padecemos.

Así la comunidad cristiana estará debidamente preparada para los grandes retos que se le presentarán en el ya inminente milenio.

Igualmente los laicos estarán mejor preparados para no ser víctimas de las embestidas de las llamadas sectas. Sin duda que los pastores inmediatos de los laicos, como son los sacerdotes, ya tienen también en cuenta la estrategia de la nueva evangelización para darle a su ministerio la primacía a la predicación; de esta manera se estaría logrando una auténtica actualización de la Iglesia, como muchos esperan, aunque ya el Vaticano II dio el primer paso. ¿Usted qué opina?

EL OBSERVADOR 211-6

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Cuaderno de notas
Siembra en silencio

Hace un mes el grupo de los siete países más ricos del mundo decidió condonar deudas por 70 mil millones de dólares de un conjunto de países pobres. La semana pasada la ONU dio a conocer su Informe sobre Desarrollo Humano 1999, en el cual se lanzó un S.O.S. sobre la urgencia de «humanizar la globalización» de los asuntos del planeta. ¿Se trata de dos acciones aisladas o responden a una misma invocación?

En efecto, son frutos de un mismo llamado, el de la Iglesia católica, a cuya cabeza se encuentra la única voz que ha clamado por los pobres y por la dignidad del hombre en tiempos en los que todos andaban deslumbrados por la técnica, haciendo cuentas (y cábalas) del poder: Juan Pablo II. Fue Su Santidad, junto con los obispos de los cinco continentes, quien propuso el perdón de la deuda con motivo del Gran Jubileo del año 2000. Fue Su Santidad quien habló de «globalizar la solidaridad» antes que la economía o la política.

Hoy la siembra comienza a germinar: ¿son los resultados deseados? Por supuesto que no. La Iglesia siempre es mucho más ambiciosa que las migajas que dan los poderes establecidos en la Tierra. Quiere la condonación total de la deuda externa de los países pobres (convertidos, por obra y gracia de sus habilísimos políticos, en pobres países), y quiere ahora mismos las condiciones de vida que propicien la dignidad del ser humano, su desarrollo, el goce, a cabalidad, de sus derechos. Y es que la Iglesia tiene una leve diferencia con la mirada del poder: éste ve a los ciudadanos como botín de guerra, aquélla los ve con los ojos amorosos de hijos de Dios.

¿Pequeña diferencia? Enorme, substancial. Nadie puede nada si no es a partir del amor. Nadie estaría dispuesto a nada si no fuera por el soplo –divino– del amor. Nos han querido convencer de que la Iglesia es una institución disfuncional, destartalada, pesada, en tiempos de modernidad. Si tan sólo fuésemos capaces de ver su Rostro... Ya si no lo vemos, al menos veamos su rastro. He aquí la oportunidad de hacer entender a los necios que nuestra Madre está situada en el corazón del hombre, a donde no llegan ni los fuegos del poder ni las figuraciones de la mentira. Está ahí, de pie, en mitad de la Tierra, para enseñarle al hombre lo que es la defensa real de sus derechos, lo que es buscar el bien y no la esclavitud de las almas.

Las grandes potencias, las organizaciones mundiales, jamás van a reconocer de dónde provino la iniciativa del perdón ni el llamado a la concordia. No importaría si nosotros, los católicos, tampoco fuésemos capaces de reconocerlo. (JSC)

EL OBSERVADOR 211-7

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A las puertas del templo
Atisbos a la dignidad *
Javier Sicilia

Una de las grandes aportaciones del movimiento zapatista es el habernos recordado, en el centro de un mundo prostituido por el dinero, el poder y el consumo, el sentido de la dignidad. Ya nadie, asfixiado por el imperio de la necesidad y de la pérdida de los referentes éticos, hablaba de ella en México. Pues la dignidad es una categoría moral que nada tiene que ver con la del mundo posmoderno en el que nos movemos. Albert Camus, bordeando el argumento teológico, la definía en su Hombre rebelde como la adhesión a un valor que se estima está en el centro de la vida y le es común a todos los seres; el reconocimiento de que hay algo en la vida de cada hombre que sobrepasa la realidad, «esa parte cálida que sólo sirve para existir» y que no puede ser reducido a una idea. El cristianismo (y Camus se ha nutrido de sus valores éticos) la define como la imagen y la semejanza que en cada hombre hay de Dios.

Cuando alguien se pone en pie para afirmar su presencia frente al hombre que lo sojuzga ha hecho manifiesta su dignidad. Con ello afirma su ser, afirma que hay algo en él que respeta y tiene que ser respetado.

Por muy confusa que sea esta toma de conciencia hay en ese juicio de valor una afirmación de que hay una realidad sagrada y trascendente que nadie puede humillar y que es propiedad de todos: la imagen y semejanza de Dios en nosotros. «Es por toda la existencia al mismo tiempo –nos dice Camus– por la que (un hombre) se levanta cuando juzga que con tal orden es negado en él algo que no sólo le pertenece sólo a él, sino a todos los hombres, incluso a los que lo insultan y lo oprimen».

Lo que conmueve de la dignidad es ese hecho fundamental. Nadie ante ella puede dejar de sentirse conmovido e interpelado. Porque la dignidad es una actualización de lo único verdaderamente sustancial en el mundo: la presencia viva de Cristo. Todo hombre que mira a su opresor o a su verdugo sin ningún sentimiento de vergüenza ni de odio, repite de alguna forma la altiva presencia de Cristo frente a Pilato.

En una obra de Ernest J. Gaines, A lesson before dying (1993), que por desgracia pasó desapercibida en México, el autor estadounidense, que ha empezado a ser reconocido como uno de los mejores intérpretes del alma de los granjeros pobres que descienden de los antiguos esclavos, ha escrito una de las obras más hermosas sobre la dignidad humana. En su novela Gaines nos narra la historia de Jefferson, un muchacho negro de veinte años acusado de estar implicado en un sórdido crimen. El tema, semejante al de Requiem por una monja, de Faulkner, no es la culpabilidad o la inocencia, sino, como he dicho, el del misterio de la dignidad.

Durante el proceso el abogado blanco de Jefferson trata infructuosamente de salvarle la cabeza alegando que ese muchacho es prácticamente un subhombre y que no tiene ningún sentido llevarlo a la silla eléctrica. Jefferson es condenado a muerte y se encierra en un mutismo animal. Su madrina, una anciana llena de una fe ingenua, intenta hacerle recuperar su dignidad. Con trabajos convence a Grant Wiggins, el instructor de la plantación, un negro instruido, al borde de la rebelión, que considera la fe religiosa casi como una realidad alienante, de que ayude a Jefferson para que la reencuentre antes de morir. Lo hace, pero sus esfuerzos parecen vanos. Sin embargo, Jefferson muere con un valor que desconcierta a todos los presentes.

Después de la ejecución descubren que Jefferson escribió un pequeño diario. En él se revela que el instructor había logrado tocar la dignidad del condenado diciéndole que lo amaba, que tenía necesidad de él, y conduciéndolo así –a pesar de sus propias precauciones– a una simple y profunda confesión de fe:

«Cree usted en Dios, señor Wiggins?». «Mmh... sí, Jefferson, creo en Dios». «¿Aunque Dios permita que la gente mate a otros?». «Ellos mataron a su Hijo, Jefferson». «¿Y no protestó?». «Eso es lo que se cuenta». «Entonces moriré como Él, señor Wiggins, sin quejarme».

Al joven policía blanco que, conmovido, le entrega el diario de Jefferson y lo felicita por la eficacia de sus lecciones de dignidad, Wiggins responde a pesar de él que el mérito le pertenece a Dios. Y en un apretón de manos la fraternidad se establece entre estos dos hombres que todo, anteriormente, separaba del fin trágico del desdichado Jefferson, de ese muchacho que, irónicamente, llevaba el nombre del redactor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776), declaración en la que se afirma que «todos los hombres están dotados por su Creador de derechos inalienables, entre los cuales se encuentra la búsqueda de la dicha».

* Se publica por convenio con el autor

EL OBSERVADOR 211-8

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Medios de comunicación
La mundialización de lo peor
Santiago Norte

La frase que sirve de título a este artículo es del sociólogo francés Pierre Bordieu, autor de uno de los trabajos más profundos sobre televisión y el mundo contemporáneo (Sobre la televisión, Anagrama, Colección Argumentos, No. 197). Me parece una frase feliz y lapidaria: enemistados, como andamos, de compartir lo mejor, hemos construido –a través de la televisión misma y de internet– un adefesio de difusión, un andamiaje mediático en lo que terminamos por fagocitar al otro en sus diferencias; en lo que llegamos a conquistar el «derecho» a venderlo todo.

Hace un par de meses la editorial estadounidense Rowmann & Littlefield echó a circular un estudio despiadado sobre Walt Disney y sus personajes, sobre las mediocres motivaciones de la variopinta (y sexista, y racista) fauna disneylandesca. El autor, Henry A. Giroux, no deja pato con cabeza, ratón con cola, gato con bigotes: descubre la intimidad del «Tío Walt» como un lóbrego entremezclado de intereses de supresión de diferencias y difusión no tanto del american way of life, sino del Disney way of life. El buen Walt tenía (y sus lugartenientes la han heredado) una noción del mundo dividida entre los buenos (blancos, puros, altruistas) y los malos (negros, flacos, ínfimos). Y esto se ha universalizado. Por ello, en el ánimo de la paradoja que se ha visto desde Cómo leer al Pato Donald, de Armand Mattelart, hasta hoy, Giroux llamó a su investigación The mouse that roared: Disney and the end of innocence («El ratón que rugía: Disney y el fin de la inocencia»).

Hemos llegado, pues, a ese «fin de la inocencia». La industria de las imágenes se ha apoderado del tráfico en el mundo y aun aquello que parecería destinado a fomentar la imaginación resulta ser un subproducto de conglomerados manejados por la idea de supresión del otro. El universalismo o la globalización que tanto se cacarea es, simplemente, la dominación de la industria audiovisual sobre la imaginación y la creatividad de los más pequeños. El caso de Dragon Ball es un ejemplo acabado. La industria japonesa, dedicada en exclusividad a este producto, no quiere otra cosa sino inyectar la disolución en el telespectador occidental. ¿Disolver qué? La construcción que posee del Disney way of life. En la venganza de la derrota real de 1945. Es la reconquista del planeta a partir de mangas y contra ratones que rugen separatismo, sin propiciar, desde luego, algo mejor. Es más: propiciando algo peor (la ausencia total de sentido de la vida).

«Lo feo alegra por su reiteración», dice en un poema sarcástico Robert Gernhard. Esa mundialización de lo feo que se indica en los estudios de Bordieu ¿no será, también, una reiteración de lo feo para alegrarnos la vida y hacernos olvidar que debemos asumirla? Lo que se asume, y solamente lo que se asume, se redime. La industria de lo peor (de lo feo) necesita individuos irredentos, gente capaz de hacer cola durante tres días para asistir al estreno de Episodio Uno (de George Lucas), o de romperse las narices por una reliquia de Salma Hayek (un trozo de vestido, el polvo que pisó su zapato). Muchos lloraron cuando «murió» Superman. Hay quien mata por influencia de Chuky y quien respira la vida por influencia de Thalía. Si Ophra Winfrey anuncia un libro en su programa de TV, ese libro se convierte en éxito inmediato (independientemente del libro, del autor, del contenido). Ricky Martin vende 650 mil discos en una semana. Hoy Ricky Martin ya posee una leyenda: Ricky Martin: A Scrapbook in Words and Pictures (Dell, EE. UU., 1999). ¿Han escuchado ustedes alguna vez las canciones de Ricky Martin? ¿Canta Ricky Martin o es pura imagen? Es pura imagen. Lo dicho: estamos en plena mundialización de lo peor, de lo feo, de lo insulso: el vacío es la tendencia. Y la industria audiovisual, su adalid.

EL OBSERVADOR 211-9

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TESTIMONIOS DE LA PERSECUCION RELIGIOSA
Padre David Galván Bermúdez, el primero de Los Veinticinco que voló al cielo *

Nació en Guadalajara, Jal., el 29 de enero de 1881, hijo de Trinidad Galván y de Mariana Bermúdez. Desde pequeño le gustó mucho lo de la religión; era inclinado a la piedad. En 1895 ingresó al Seminario de Guadalajara y cursó la preparatoria durante cinco años con buen aprovechamiento, ocupando siempre el primer lugar en clases. Cursada la preparatoria, salió del Seminario y estuvo casi tres años fuera; se dedicó a trabajar en un taller de zapatería, y también como maestro de escuela. Tuvo una conducta algo disipada. Se embriagaba, y fue puesto en prisión por haber golpeado a su novia, a quien encontró bailando con un francés.

Con un muy vivo llamado de Dios al sacerdocio, por motivos verdaderamente sobresalientes volvió al Seminario, después de un año de duras pruebas para aquilatar su vocación sacerdotal, que superó admirablemente. En sus primeros años de seminarista fue un tanto disipado y pendenciero. Al volver al Seminario a estudiar Teología se veía cambiado en su carácter; se portó de muy diferente manera en todo, dedicándose con mucho fervor a la oración mental, dando buen ejemplo a todos los seminaristas. Después de su conversión despreció todas las aficiones mundanas y fue constante en soportar las circunstancias difíciles y adversas.

En el día de la Ascensión del Señor, 20 de mayo de 1909, lo ordenó sacerdote el señor arzobispo don José de Jesús Ortiz. Fue nombrado maestro del Seminario Diocesano desde antes
de su ordenación. Fundó y dirigió la revista del Seminario Voz de aliento, desde diciembre de 1910 al año 1912. De 1909 a 1914 fue capellán del hospital de San José y del orfanatorio de La Luz, de Guadalajara. En 1914, estando en Amatitlán, Jal. como capellán vicario encargado de la iglesia, fue aprehendido sin más «razón» que la persecución que había desatado la revolución carrancista. Lo condujeron a Guadalajara, a la cárcel de Escobedo, y pocos días después lo pusieron en libertad.

Fue muy devoto de la Santísima Virgen e inculcaba esta devoción a los niños. Su alimentación era sumamente sencilla; su manera de vestir era igualmente de gran sencillez. Socorría a los pobres; instruía a los ignorantes; procuraba medicinas a los enfermos, a quienes asistía con gran caridad sin impedírselo la lluvia, ni el frío, ni el sol. Proveía de zapatos a las niñas del orfanatorio de La Luz para que pudieran comulgar, ya que las religiosas no les permitían comulgar descalzas. Les llevaba nieve y, si veía a alguna niña falta de ropa, socorría a la madre superiora para que la vistiera. Sostenía a una huérfana en un internado y a una pobre enferma tuberculosa le daba todo lo necesario. Trabajó en la formación de un sindicato de zapateros para que superaran su ignorancia y pobreza; los trataba como a hermanos y compañeros.

Cuando iba a auxiliar a heridos le decían que no saliera, pues lo matarían. El padre Galván contestaba: «Qué mayor gloria que morir salvando a un alma a la que acabo de absolver». Así fue que en la mañana del 30 de enero de 1915 tuvo lugar un sangriento encuentro entre carrancistas y villistas, desde las orillas de la ciudad hasta el mismo centro, quedando heridos y muertos de ambos bandos combatientes. El padre Galván, al darse cuenta de la situación, quiso ir inmediatamente a auxiliar a los caídos. Tomó su bicicleta y fue a la casa del padre Rafael Zepeda Monraz para que lo acompañara en esa misión. El padre Zepeda no pudo, y entonces el padre Galván fue a buscar al padre José María Araiza y lo invitó a ir a confesar a los heridos. El padre Araiza, temeroso de ejercer el ministerio en la calle, por las prohibiciones dictadas por el gobierno, preguntó si contaban con alguna autorización, y el padre Galván le dijo que un militar se la había concedido.

Salieron ambos sacerdotes con dirección al Jardín Botánico. Al ir a auxiliar espiritualmente a los soldados agonizantes, un grupo de militares los aprehendió y los condujo al cuartel del teniente coronel Enrique Vera, ex condiscípulo de Galván, quien guardaba rencor al padre porque éste le había impedido seducir y raptar a una señorita, por lo que, al darse cuenta de que lo tenía en sus manos, ordenó se le fusilara, previa autorización del general Manuel M. Diéguez, gobernador del estado. En esta determinación había dos móviles: el odio al sacerdote, característica de esta revolución, y el deseo de venganza del teniente coronel Vera.

Los dos sacerdotes fueron encerrados en una pieza, en el cuartel, con centinelas de vista, y duraron allí hasta las doce del día. A esa hora los sacaron y, al darse cuenta tanto el padre Galván como el padre Araiza de que iban a fusilarlos, se confesaron mutuamente y se administraron el sacramento de la unción. Haciéndole notar el padre Araiza que tenía hambre, le contestó el padre Galván: «No importa que no hayamos desayunado: nos vamos a comer con Dios». Una escolta los condujo a espaldas del hospital civil. El padre Galván repartió lo poco que llevaba consigo y, con gran fortaleza, se colocó frente a la tropa de fusilamiento. Señalándose el pecho, dijo: «Peguen aquí». Su cadáver quedó con balazo en la frente; otro en el cuello y, como era bala expansiva, casi le desprendió la cabeza; y otro en el pecho. Su cara quedó sin mancha alguna. Algunos vecinos que de lejos pudieron contemplar aquel doloroso acontecimiento acudieron de inmediato al lugar donde yacía el sacerdote sacrificado y, considerándolo un mártir, empaparon algodones con su sangre para conservarlos como recuerdo. Fue sepultado el 31 de enero de 1915 en Guadalajara.

Durante el tiempo que duraron en prisión, familiares y amigos de los dos sacerdotes realizaron gestiones para liberarlos y, cuando obtuvieron resultados, fueron de prisa a llevar la orden de indulto, pero el padre Galván ya había sido fusilado y sólo pudo aprovechar el indulto el padre Araiza.

EL OBSERVADOR 211-10

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Vistazo a un tramo de la persecución religiosa en México *

La Revolución Mexicana, iniciada en 1910, puso fin al régimen de Porfirio Díaz. Algunos de los guías intelectuales de los revolucionarios, hostiles al clero, influyeron para dar un carácter antirreligioso a la revolución y se reanudó la persecución religiosa: la mayoría de los obispos fueron expulsados del país, en muchos estados los sacerdotes fueron encarcelados o desterrados, y muchos de ellos incluso fueron asesinados. Las religiosas fueron arrojadas de sus conventos, hubo templos profanados y colegios católicos cerrados.

En 1916 Venustiano Carranza convoca a una elección de diputados para redactar una nueva Constitución. Los diputados constituyentes inician sus labores en diciembre de 1916. En sólo dos meses elaboran la nueva Constitución, basada en la de 1857, pero adicionan varios párrafos y artículos de tinte socialista (Arts. 3, 27, 123). El 5 de febrero se promulga la nueva Constitución, la cual desconoce toda personalidad jurídica a la Iglesia y recrudece las leyes antirreligiosas.

En 1924 triunfa el candidato a la Presidencia Plutarco Elías Calles quien, influido por jacobinos y marxistas, quiso aplicar en todo su rigor el artículo 130, según el cual el Estado podía intervenir en materia de culto y disciplina externa de la Iglesia: los ministros del culto se consideran profesionales y su número será regulado por el Estado, según las necesidades locales. Además, se castiga cualquier manifestación externa de culto. Fue esta última cláusula la que provocó la protesta de los obispos y la rebelión de los campesinos católicos contra el gobierno. Surgió entonces uno de nuestros movimientos más populares, masivos y espontáneos, que involucró a un gran número de mexicanos: la guerra cristera o Cristiada (1926-1929).

El levantamiento armado a la voz de ¡Viva Cristo Rey! no es organizado por la jerarquía eclesiástica, sino por el pueblo católico. El ejército gubernamental, a pesar de los enormes recursos económicos destinados al combate de los cristeros y de la crueldad utilizada para reprimirlos, no logra someterlos. La persecución fue dura y violenta: otra vez los obispos salieron del país, a los sacerdotes se les prohibió ejercer su ministerio y muchos fueron fusilados o ahorcados en plazas públicas, en las cárceles, en los postes de luz o de telégrafos. Murieron cerca de 300 mil mexicanos (entre ellos más de 60 sacerdotes), es decir, el 3% de la población nacional, muchos más que durante el derrocamiento de Porfirio Díaz. Los cristeros contaban con el apoyo popular y con un fuerte espíritu de lucha, basado en la defensa de sus creencias religiosas.

No pudo llegarse pronta ni satisfactoriamente a los arreglos pacíficos que concluyeron la más profunda crisis que haya pasado, a lo largo de su historia, la Iglesia mexicana. Las negociaciones duraron año y medio, desde diciembre de 1927 hasta junio de 1929. La Iglesia mexicana no podía aceptar condicionamientos que destruyesen su identidad. El 21 de junio de 1929 el presidente Portes Gil concedió la amnistía a todos los que quisieran rendirse, ofreciéndoles a los simples soldados pasajes para cualquier punto de la república a donde quisieran ir. Ordenaba, a la vez, la devolución de todos los templos, curatos y casas episcopales que no estuvieran ocupadas por alguna oficina de gobierno. Los católicos celebraron en todo el país, con gran fervor y ruidosa alegría, la reanudación de los cultos, mientras que muchos elementos del gobierno y los masones reclamaron airadamente a Portes Gil por los arreglos, pero también miembros de la Iglesia y destacadas personalidades católicas estaban inconformes. La amnistía que se había prometido no se cumplió. Varios cristeros que habían depuesto las armas fueron asesinados.

EL OBSERVADOR 211-11

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La gratuidad universitaria es un mito

Un estudio reciente sobre los costos de la educación universitaria en México reveló que los alumnos de universidades públicas como la UNAM, dedican 10 mil 369 pesos cada semestre para pagar sus estudios, por lo que la supuesta gratuidad de las universidades públicas resulta ilusoria.

En este estudio, que es la tesis de maestría del Mtro. Alejandro Márquez Jiménez, el concepto clave es el de «costo de oportunidad», que es el ingreso monetario potencial al que se renuncia por estudiar, o sea, el dinero que ganaría el joven por trabajar en lugar de ponerse a estudiar. Según una encuesta incluida en dicho estudio, aunque los estudiantes de instituciones privadas dedican tres veces más dinero para su formación que los de las universidades públicas, el costo de oportunidad para los primeros es de 26 % del gasto familiar, mientras que los segundos tienen un costo de oportunidad del 57 % del gasto del hogar. Esto significa que mientras menos ingresos tiene una familia más alto es el costo de mantener a un alumno en la universidad, y que este costo abarca mucho más que el solo pago de inscripción y colegiaturas.

Las estadísticas que figuran en la investigación de Márquez Jiménez señalan que, en promedio, las familias mexicanas invierten el 35.6 % de sus ingresos en alimentación y el 8.6 % en educación. En los hogares más pobres sólo el 2.6 % de los ingresos es destinado a la educación y, por consecuencia, es imposible que mantengan a un estudiante cursando la universidad. En realidad, el 75 % de la inversión familiar en educación superior en México proviene de la décima parte de los hogares que tiene más ingresos, o sea que el 25 % de dicha inversión corre a cargo del 90 % de las familias mexicanas.

EL OBSERVADOR 211-12

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Chinchachoma: sacerdote, pedagogo,
callejero y papá
Parte II

¿Qué ha sido lo más difícil?
«Lo más difícil en este proceso es que el niño llegue a amarse. Es algo fundamental. Una vez hecho esto, lo demás es fácil».

«Se trata de que el niño se acepte a sí mismo. Tiene experiencias muy negativas: no se le puede educar como si no las hubiera tenido. Hay que sacarlas a flote, hay que concientizarlas. El niño tiene que ser uno, con toda su historia. Tiene que haber un verdadero proceso de yoización, de gestación del yo, de búsqueda del yo perdido».

¿Es usted psicólogo?
«Pues no lo sé. Estudié materias de psicología en el seminario y en la carrera del magisterio».

Pero todos sus conocimientos de pedagogía y psicología no le sirvieron de nada a la hora de enfrentar la realidad de los niños callejeros. El padre tomó entonces un curso intensivo de tres meses como vago y un año en la correccional: para poder amar a sus muchachos necesitaba conocer su mundo. Sin esto no puede haber integración.

«Los hogares comenzaron en 1973 como una especie de trampa bien sicodélica», recuerda el padre Alejandro. Se hizo amigo de unos niños que vivían en un baldío, se impresionó con su realidad. Un día éstos le pidieron que los llevara a vivir con él, y dijo sí, y todo se fue dando: los voluntarios, las casas, las ayudas, los hogares... «Yo esto nunca lo quise comenzar».

¿Y ha tenido muchos problemas?
«¡Uf!, ¡los que he tenido, tengo y tendré! En este mundo todo lo que trata de ser verdadero tiene muchas dificultades: ése es uno de los signos de la verdad, la no-aceptación. Es del Evangelio: no te apures, cuando todo el mundo diga pestes, saldré yo en tu lugar. Empieza a temblar cuando todo el mundo hable bien».

«La grandeza del hombre se mide por la capacidad del amor por encima de las circunstancias. Por eso la dificultad. Un amor grande es el que asume las pequeñeces del mundo».

«La gente vive según como es. La gente pequeña tiene una mentalidad pequeña y se defiende en su pequeñez. La gente egoísta defiende su egoísmo y se defiende a sí misma». Así se explica el padre las veces en que la gente ha protestado por la presencia de los Hogares Providencia en sus vecindarios. «Los niños no han hecho nada y sale un escrito diciendo que si son esto o que si son lo otro».

¿Le costó trabajo que le dieran permiso en su orden (la de los escolapios, dedicados al magisterio) para trabajar con estos niños?
«En un principio no entendieron de qué se trataba y me enviaron a España (el padre García Durán nació en Barcelona). Pero como esto era una cosa de Dios...».

«Me dijeron: `con los chamacos vamos a hacer...´. `Vamos a hacer nada´, respondí, `con los chamacos todo va a seguir igual´. `Pero, ¿a quién tienes?, ¿a quién vas a poner ahí?¨. `Tengo a Dios. Estoy muy consciente de que esto no es cosa mía. Van a ver: si es cosa mía, se va a acabar en una semana´». Y en menos de una semana aparecieron dos personas dispuestas a hacerse cargo de la obra. Hubo muchos signos de Dios. «Y me fui a España; ahí me estuve un tiempo, hasta que me reclamaron. Entonces me fui a ver al provincial y ya me dio la autorización. Me preguntó mi superior: `¿Quién se lo mandó?´. Le contesté: `Iba un religioso de Jerusalén a Jericó y se encontró un herido en el camino...».

* Tomado de una entrevista de Yusi Cervantes para la revista Señal, núm. 1607, de septiembre de 1990.

La gente quiere ser feliz y no lo es. ¿Sabe por qué? Porque quiere serlo, Se equivoca. Olvídese de sí mismo y dedíquese a los demás. Y, es curioso: uno resulta feliz sin querer. La felicidad nunca se encuentra: se da. Y es dando como se recibe.
(Chinchachoma)

EL OBSERVADOR 211-13

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Vida cristiana
Como un gran tesoro

El Reino de los cielos se parece a un tesoro... (Mt 13, 44). Así lo explica Jesús. ¿No cambiaríamos lo que tenemos de poco valor por un tesoro mucho más grande? Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto trabajo pesar en dejar muestras comodidades, logros humanos, riqueza o poder para conseguir el gran tesoro del Reino?

Tal vez sea porque aún no permitimos que Dios cambie nuestros corazones. Tal vez porque aún no pensamos, sentimos y actuamos como hijos de Dios.

EL OBSERVADOR 211-14

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Crítica eclesial a la Guerra de las galaxias, episodio I

El arzobispado de México hizo un llamado a los católicos para que sean críticos ante el mensaje de la cinta Episodio I, La amenaza fantasma, de la serie «La guerra de las galaxias», pues promueve la cultura de la New Age, que se antepone al Evangelio y parodia las Sagradas Escrituras.

Nuevo Criterio, órgano oficial del Arzobispado, desglosó las enseñanzas «subliminales» de la cinta, sus alusiones a personajes bíblicos y la contraposición de las creencias del papa Juan Pablo II con las de George Lucas, creador de la serie «La guerra de las galaxias». En la nota central, titulada «Reacciones a la teología de La guerra de las galaxias», se señala que la película es una sofisticación que pretende burlarse de la Biblia y de algunas creencias cristianas. Sustenta el paralelismo que tiene la cinta con la Biblia con ejemplos como los siguientes: el monje guerrero Obi-Wan Kenobi aparece vestido con un atuendo de tipo franciscano; Anakin, al igual que Cristo, no tiene padre y nace de una virgen; además, es un esclavo como el profeta Moisés del Antiguo Testamento. El caballero Jedi Qui Gon Jinn cree que Anakin es «El Prometido» (Cristo) de la profecía que traerá armonía al universo y proclama esa creencia -como Juan el Bautista hizo con Cristo-. Anakin es la única conexión con la «fuerza», igual que Cristo con el Espíritu Santo.

La columna editorial del semanario católico señala que el Episodio I pretende promover la cultura de la New Age, que ha sido criticada por la jerarquía católica por estar fundada en conceptos orientalistas y relativizar todas las creencias al pretender la tolerancia a todo. Por ello, el arzobispado de México la consideró, en una instrucción pastoral publicada el 7 de enero de 1996, como una corriente antievangélica que confunde a los cristianos y los desorienta.

George Lucas ha dicho que sólo es una película, y de no ser por referencias que se insinúan tomadas y parodiando a las Sagradas Escrituras, parecería ser una película más del género fantástico, buena para pasar un rato y olvidar. Pero la columna editorial advierte: «Sin embargo, bien sabemos que en la medida en que el público no ejerza su percepción crítica frente a la imagen, resulta fácilmente influido...», y reitera que se debe ser crítico ante los mensajes subliminales que conlleva el trabajo del cineasta.
(FIN)

EL OBSERVADOR 211-15

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