El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

1 de agosto de 1999 No. 212

SUMARIO

bullet PINCELADAS El té amargo
bulletEL HUMOR RELIGIOSO DE MÉXICO Temas del chiste religioso
bulletCOLUMNA HUÉSPED Riqueza ilimitada
bulletEl infierno no es un lugar, pero sí existe y es garantía de la libertad humana
bulletLa CEM elabora un proyecto de nación
bulletA LAS PUERTAS DEL TEMPLO Atisbos a la dignidad
bulletMEDIOS DE COMUNICACIÓN Libertad bajo sospecha
bulletGRANDES FIRMAS La minirrevolución
bulletSOBRE LA MARCHA
bulletPALABRAS MAYORES Todavía hay esclavos
bulletDERECHOS HUMANOS Alma de ombudsman
bulletChinchachoma: sacerdote, pedagogo, callejero y papá.
bullet¿Para qué servirá la ciencia en el próximo siglo?
bulletPRIMERA PLANA La Legislación pro-vida en Nuevo León debe triunfar


Pinceladas
El té amargo
Justo López Melús *

El mejor condimento es el cariño. El peor veneno es el rencor. Y ambos se deslizan en los manjares de la vida, en el trato, en el trabajo, en la conversación y convivencia, y les dan sabor o se los quitan. El tono de la voz, el calor del gesto, el brillo de la mirada... enriquecen y dan vida a las relaciones humanas. El mejor cocinero es el amor.

El maestro llamó al discípulo y le dijo: «Hace unos días el té que me preparas no me sabe bien. ¿Has cambiado algo en su preparación?». «No, maestro. Son las mismas hojas, el mismo procedimiento, la misma tetera. Espero te guste como siempre». Poco después el maestro insistió: «El té que preparas sigue sin gustarme. Ya sé que no has cambiado los ingredientes. Eres tú el que has cambiado. Antes estabas a gusto conmigo, me hacías el té a gusto, y por eso me sabía bien. Pero ahora has cambiado, trabajas a regañadientes y me haces el té a disgusto. Por eso me sabe mal. Si no estás a gusto, puedes marcharte. Así sufrimos tú y yo».

* El autor es operario diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 212-1

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El humor religioso de México
Temas del chiste religioso *
Joaquín Antonio Peñalosa

Son tan variados como los elementos de la religión: asuntos de fe y moral, sacramentos y mandamientos, pasajes de la Biblia y de la vida de Cristo, culto de los santos y prácticas devocionales. ¿Cuáles son los temas preferidos? Desde luego el humor con sotana, un tema tan antiguo en la historia del humorismo que aparece ya en las Crónicas Irlandesas de los comienzos de la Edad Media y, apurando las cosas, desde Aristófanes con su presentación cómica de los oráculos; tema antiguo, sí, pero que según parece, no es probable que esté llamado a desaparecer. Todos los seres humanos resultan divertidos, aun los curas, y a veces un poco más. Personero al fin y al cabo de la religión, el sacerdote es su punto más débil y vulnerable como que, según Pablo de Tarso, es «entresacado de los hombres», del tronco común, con la profunda y desconcertante humanidad de todos.

Otro tema favorecido es el humor post-mortem, los chistes que se refieren a los novísimos -muerte, juicio, infierno y gloria-, por ese interés y regusto secular del mexicano hacia todo lo que huela a escatología. Es probable que nuestro pueblo, vivamente sensible al misterio del más allá, sea propenso a rellenar con imaginaciones el hueco que deja la sobriedad de las revelaciones escatológicas del Nuevo Testamento. Por eso el señor san Pedro es aquí personaje central por cuanto tiene de escatológico, portero y juez de las almas, facultado para abrir y cerrar las puertas del cielo, aduanero en aquella frontera definitiva para tanto bracero también allá indocumentado, sin que por ello pierda el santo su figura de anciano bonachón, condescendiente y humanísimo.

No pocos chistes rozan las infracciones al sexto y noveno mandamientos, por la sobrevaloración de la lujuria en la moral distorsionada de muchos que la consideran no sólo como el pecado más grave sino casi como el único, cual si los otros ocho mandamientos no contaran, ni aun el mandamiento del amor fraterno que proclamó Cristo, cifra de toda la ley y los profetas.

Contra lo que era de esperarse, hay poquísimos chistes acerca del diablo, tan presente como está en otras expresiones folklóricas. Nosotros mismos estudiamos su presencia en el lenguaje del pueblo, registrando más de cien nombres diversos con que el mexicano lo designa y un borbollón de locuciones familiares y refranes a porrillo donde trae metida la cola el Pingo, el Nahual, el Piniche, el Compadre, Jergas, Patas de Hilo, el Charrito, el Mal Aire, el Cornudo, la Cosa Mala («Cruz, cruz, que se vaya el diablo y venga Jesús»).

bulletPeñalosa, Joaquín Antonio. Humor con agua bendita. México, JUS, múltiples ediciones.

El perico políglota

- Padre, queremos enseñarle un perico amaestrado que tenemos en el convento. La madre Altagracia lo enseñó a hablar en dos idiomas. Si usted le estira la pata izquierda habla en inglés y si le estira la derecha, en francés.
El padre le estiró la pata izquierda.
- Good morning-, dijo el perico en un inglés casi bostoniano.
Luego le estiró la pata derecha.
- Bon jour-, saludó de nuevo el periquito.
- Oiga, madre, ¿y si le estiro las dos patas?
- Me caigo, tarugos-, contestó el perico en español, según parece.

La verdad en labios infantiles

Pedrito, de siete años, reza sus oraciones de la noche:
- Dios mío, te ruego que me hagas bueno. Mis papás no pueden.

El niño terrible

- ¿Cuántos sacramentos instituyó nuestro Señor Jesucristo?
- Siete, padre.
- Muy bien, Luisito. ¿Cuáles has recibido tú?
- El Bautismo, la Confirmación y la Vacuna Antirrábica.

Se acabaron los sacramentos

En la clase de doctrina cristiana, el sacerdote interroga a los niños.
- ¿Cuántos sacramentos hay?
- Ni uno-, contesta Lupita.
- ¿Cómo que ni uno?
-Los últimos se los dieron a mi abuelita.

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COLUMNA HUÉSPED
Riqueza ilimitada
Bruno Ferrari

Los recientes desastres naturales que han afectado a nuestro estado (Nuevo León) y país nos sirven una vez más para demostrar que el mayor tesoro con que contamos los mexicanos es la solidaridad de nuestro pueblo. A medida que pasan las horas sabemos con mayor detalle sobre las pérdidas humanas y materiales acaecidas, y conocemos también diversos casos de heroísmo ejemplar protagonizado en muchas ocasiones por vecinos y personas que se encontraban en el lugar de los hechos.

Creo que estas experiencias nos han de servir para reflexionar y revalorizar muchos aspectos de nuestra vida, para comprender que como sociedad funcionamos como una red, en donde unos dependemos de otros y, como tales, debemos ayudarnos. Es importante en estos casos no ver a la solidaridad como un sentimiento de compasión o de superficial enternecimiento por las desgracias que le ocurren a los demás, sino como una firme y perseverante determinación para lograr el bien común; es decir, la solidaridad no debe reducirse a una campaña, a una oportunidad, a una moda, sino que debe transformarse en una actitud más que un gesto; en un modo de ser, de sentir y de actuar.

Pero la solidaridad no sólo debe suscribirse al ámbito material, sino que debe verse como el medio más importante a través del cual los hombres tenemos el derecho y el deber de construir un mundo más justo y humano, en donde todos tengamos la convicción de que todos somos responsables de todos; es decir, que cada uno de nosotros está obligado, al menos moralmente, a reconocer a todas las demás personas como beneficiarios de los mismos derechos y deberes de que uno goza. De tal manera que uno de los primeros actos de solidaridad requeridos debe ser la defensa de los derechos humanos, incluidos los de los no nacidos. Hemos visto en estos días como héroes arriesgaban su vida para rescatar a otras personas arrastradas por las corrientes de agua o intentando rescatar algunas de las víctimas que se encontraban bajo los escombros. En Monterrey, un joven que amarrado a una soga expuso su vida más de diez veces por salvar la de otros; o qué me dice de los chicos banda que inmediatamente salieron a las calles no a causar daños, como pudiera pensarse, sino más bien a ofrecer su ayuda incondicional a los necesitados. Pues bien, hay otros seres humanos en el vientre de su madre a punto de convertirse en víctimas, quienes reclaman nuestra solidaridad, porque también merecen vivir.

Desgraciadamente hoy día muchos sociólogos coinciden en que la falta de solidaridad es uno de los fenómenos más extendidos, sobre todo en las sociedades más desarrolladas, y que ésta es como un cáncer que va destruyendo los lazos morales y espirituales de los hombres y su propia manera de relacionarse con el prójimo, degradando a las personas y convirtiéndolas en "prisioneras" de sus propias miserias espirituales y materiales. Una de las explicaciones que tiene este fenómeno estriba en que en las grandes urbes los individuos cada vez más van perdiendo su identidad de grupo. Esto hace que la antigua solidaridad que se daba entre la familia, los vecinos, amigos, etc., ya no se manifieste de igual forma. Un ejemplo pudiera ser el caso en el cual algunos jóvenes molesten a una señorita en un camión o vagón del metro, donde es común ver cómo los demás pasajeros se hacen de la "vista gorda" con el fin de evitarse un problema que no consideran de ellos. Es decir, actúan como seres individuales, aislados, y no como miembros de un grupo o comunidad, ignorando de esta forma la fuerza que representaban todos en conjunto.

Otro factor que ha contribuido en la degradación de la solidaridad individual, ha sido que, con el surgimiento de diversas organizaciones gubernamentales o privadas de asistencia social, muchas personas consideran que éstas son en principio las que deben ocuparse de brindar ayuda a las personas necesitadas, trayendo como consecuencia que sea cada vez más frecuente ver a personas abandonadas, yaciendo en el suelo, mientras la gente pasa indiferente a su alrededor, como si éstos fueran invisibles, justificando su conciencia con pensamientos como: "Ellos son responsabilidad del DIF, de Cáritas o del Gobierno, pues para eso pago impuestos".

Finalmente me gustaría compartirles una anécdota que me contaba mi abuelita: "Era un anciano que viajaba por un lugar despoblado y se topó con un hombre caído en la nieve, casi muerto de frío. El anciano le pidió a otro viajero con quien se había encontrado en el camino que juntos llevasen al hombre moribundo hasta donde encontraran albergue. El otro se negó alegando que tenía prisa; el anciano tomó al caído, lo rodeó con sus brazos y siguió con él dando tumbos, cayéndose y levantándose, luchando con todas sus fuerzas. El calor de los dos cuerpos y el esfuerzo reanimó al enfermo, quien poco a poco fue adquiriendo fuerzas, y pudo caminar por si mismo, aunque muy lentamente. Más adelante vieron un montón de nieve que parecía tener la forma de un cuerpo humano. Entre ambos escarbaron y el anciano descubrió que era el cadáver del viajero que no había querido ayudar al caído; de esta forma se dio cuenta de que, sin saberlo, ayudando a su prójimo se había ayudado a sí mismo."

La lección es dura, muchas personas pasamos de largo frente a quien necesita de nuestra ayuda; pero, recuerde, como dice la canción de Rubén Blades: "La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida". He sabido de ricos que, llenos de orgullo, vivían sólo para amasar fortunas; pero, por esas sorpresas de la vida, terminaron con las manos vacías viviendo en su propia vergüenza y soledad. Otros se dedicaron a criticar al que cometió errores, sin saber que después ellos mismos también los cometerían. En este mundo, dividido y turbado por toda clase de conflictos, tengo la certeza de que la solidaridad con el prójimo, basada en el amor y fruto del mismo, es la mejor muestra de un corazón que sabe lo que es la misericordia, la caridad, y que de esa forma logrará amasar la mayor riqueza.

EL OBSERVADOR 212-3

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El infierno no es un lugar, pero sí existe y es garantía de la libertad humana

Cuando se habla del infierno muchos cristianos modernos –incluidos diversos intelectuales católicos– mueven la cabeza y se niegan a aceptar la enseñanza de la Tradición, creyendo que hacen un favor a Dios, rico en misericordia. Sin embargo, el infierno no es un invento de la Iglesia, sino la condición misma de la libertad moral del hombre, que puede aceptar a Dios o rechazarlo.

En un elocuente artículo editorial, el quincenario religioso italiano La Civiltà Cattolica recuerda que el infierno existe, aunque no es un lugar, y que afirmar lo contrario vacía la experiencia cristiana. En línea con las enseñanzas del Papa, la revista jesuita reafirma la existencia de la condena eterna, tal como aparece explicada en las Sagradas Escrituras, y que se basa ante todo en la enseñanza de Jesús, quien no sólo anuncia varias veces el Juicio Final sino que se refiere específicamente a un lugar de condenación eterna, como se aprecia, por ejemplo, en Mt 10, 28. Tales enseñanzas son difundidas también por los apóstoles. En la Epístola a los Romanos, san Pablo explica que en el Juicio de Dios «quienes resisten a la verdad y obedecen a la injusticia por rebelión» deberán enfrentar su «ira e indignación».

La publicación enfrenta tesis como la del profesor Luigi Lombardi Vallauri, profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad estatal de Florencia, quien sostiene que «el infierno es antijurídico» porque «es una pena demasiado desmesurada en relación con las culpas cometidas». El profesor Vallauri afirma que el pecado original es una invención de san Agustín y que «Jesús estaba completamente dominado por la idea del infierno. ¡Muy diverso de la buena noticia! Su noticia es la más espantosa que haya sido jamás anunciada al hombre. Se dice que Jesús era bueno y que, en todo caso, la Iglesia es la mala. Equivocado. Jesús era malísimo». Por estas tesis, en 1988 al profesor Lombardi Vallauri no le fue renovado el encargo anual en la Universidad Católica de Milán. El profesor es conocido también por sus comportamientos extravagantes: suele fotografiarse en chaqueta y corbata con los pies desnudos puestos en primer plano.

Otro intelectual que tiene una idea muy relativa del infierno es el profesor Pietro Prini, que ve en la negación del infierno «un signo de que la conciencia cristiana ha hecho un gran progreso en sus veinte siglos de historia». Según Vallauri y Prini «la creencia católica en el infierno estaría en conflicto con la justicia y sería una vergüenza para la Iglesia».

Misericordia divina y castigo eterno, ¿irreconciliables?

El problema del infierno para la mentalidad moderna puede ser resumido en una sola pregunta: ¿Cómo conciliar la infinita bondad y misericordia de Dios con la existencia del infierno eterno? «Para resolver este grave problema –explica el artículo– es necesario aclarar que no es Dios quien condena al hombre al infierno, sino que es el hombre quien se autocondena a la perdición eterna: no es Dios quien inflige al hombre el sufrimiento por la eternidad, sino el hombre mismo quien lo hace, rechazando la salvación que Dios le ofrece».

Dios, continúa la publicación, «no está pronto con el fusil apuntado, para golpear y mandar al Infierno al hombre que comete un solo pecado, sino, más bien, habiendo creado al hombre libre, y queriendo que sea él quien elija libremente su destino, respeta la libertad humana, que es la expresión más alta de la dignidad humana».

El editorial aclara que diablo e infierno se han convertido, de hecho, en figuras fluctuantes en la imaginación de los fieles. Muchos ya no están seguros de nada. «El infierno —dice la revista— no es un lugar sino un estado, un modo de ser de la persona, en el que ésta sufre la pena de la privación de Dios. El infierno es un espacio de la mente, donde el pecador experimenta eternamente la desesperación por no ver el rostro de Dios». «Dios es siempre y sólo amor, y su actividad es siempre y sólo actividad salvadora... Dios no quiere obligar a nadie a amarlo, porque el amor no puede ser impuesto. Pero, rechazando la gracia de Dios, el hombre se condena a sí mismo a la privación de Dios, en la que consiste precisamente el infierno».

La Civiltà Cattolica reafirma de este modo lo que Juan Pablo II ha enseñado siempre. Recientemente, en una de las audiencias de los miércoles, el Pontífice subrayó que el día del Juicio universal serán separados «cuantos son destinados a una resurrección de vida y cuantos experimentarán una resurrección de condena».

El pecado que lleva a la condenación eterna

El hombre puede pecar, equivocarse ocasionalmente, pero no será éste el tipo de pecado que le condene a la pena eterna. La sentencia fatal llega sólo por el «pecado grave, consciente y voluntario». Es el pecado supremo de quien «realiza un acto de soberbia y de orgullo, se prefiere a sí mismo antes que a Dios; en sustancia niega a Dios para afirmarse a sí mismo».

«Así como Dios no quiere el infierno —concluye La Civiltà Cattolica— tampoco lo quiere la Iglesia. Por esto, en toda su historia ha predicado el infierno justamente para desviar a los hombres de la perdición eterna. Tal vez lo ha hecho insistiendo excesivamente en el temor del infierno con perjuicio del equilibrio del anuncio evangélico que es esencialmente anuncio del Amor de Dios. Hoy se ha ido al exceso opuesto porque en la predicación de la catequesis ya casi no se habla del infierno, con perjuicio del pueblo cristiano. El mensaje cristiano es un mensaje de esperanza, de alegría, de confianza en el amor infinito del Padre y de Cristo Salvador, pero no se debe olvidar que el hombre es débil y pecador y tiene siempre necesidad de ser llamado a la conversión. Convertíos y creed en el Evangelio fue la primera palabra de Jesús». (ACI / ZENIT / EL OBSERVADOR)

EL OBSERVADOR 212-4

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La CEM elabora un proyecto de nación

Un «proyecto de nación» va a ser presentado por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) a los tres Poderes de la Unión. Esto, que está programado para enero del 2000, pretende contribuir al progreso del país y a la reconstrucción de su tejido social mediante propuestas formales «para lograr la unidad, la cohesión y el diálogo entre los mexicanos, a fin de superar las crisis y derrotar las amenazas económicas y políticas durante el próximo milenio».

Así lo informaron Sergio Obeso Rivera, arzobispo de Xalapa; Alberto Suárez Inda, arzobispo de Morelia, y Javier Navarro, obispo de San Juan de los Lagos.

La Conferencia del Episcopado Mexicano tiene ya un año reuniéndose y consultando con líderes, organizaciones y expertos en temas que van desde la economía y la política hasta la cultura. De esta manera ya se ha podido elaborar un borrador, de nombre provisional México entrando al año 2000, y que pondrá de manifiesto ante la opinión pública y las autoridades gubernamentales el diagnóstico que la Iglesia católica mexicana ha hecho del México actual.

Cabe señalar que la intención de los obispos no es la de hacer propuestas de carácter político o económico, sino de ayudar a la nación a encontrar mejores caminos para evitar nuevos errores tan lamentables como el del Fobaproa, donde el pueblo de México, una vez más, tuvo que sacrificarse para cubrir la irresponsabilidad de los poderosos.

EL OBSERVADOR 212-5

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A las puertas del templo
Atisbos a la dignidad *
(Segunda parte)
Javier Sicilia

En mi pasada entrega, al hablar de la dignidad y definirla como la adhesión a un valor que es el fundamento de la vida misma y que nadie puede arrancarnos, citaba la obra de Ernest J. Gaines, A Lesson Before Dying, como una revaloración de la dignidad en estos tiempos en que su existencia se ha vuelto tan confusa.

La literatura, por desgracia no la actual, es pródiga en estas enseñanzas. La realidad, sin embargo, no se queda atrás. De alguna forma es ésta la que alimenta a la mejor literatura de todos los tiempos. El proceso amañado, a través del cual se quiere denigrar a un hombre acusado de homicidio, que describe A Lesson Before Dying, y la muerte, pese al odio y al juicio humanos, llena de dignidad, del personaje principal, tienen de alguna forma su correlato en el juicio y la muerte de Jacques Fesh.

Este hombre, sobre el que escribo una novela, del que me he ocupado en varios artículos, y cuyo proceso de beatificación se encuentra en curso, fue condenado a morir en la guillotina el primero de octubre de 1957, fiesta de santa Teresita, de la que se convirtió en devoto. Su crimen, el asesinato de un policía durante su intento por escapar de un frustrado asalto a una tienda de cambio, no ameritaba la pena de muerte. Sin antecedentes criminales, acosado y desesperado, sin sus lentes de miope que había perdido en su huida, disparando sobre una confusa silueta que se movía en la noche y que le gritaba: «deténgase o disparo», transformado en su vida a lo largo de sus cuatro años de cárcel, su crimen tenía muchas atenuantes. Sin embargo, el odio de las corporaciones policiacas francesas, el oportunismo y el resentimiento de una sociedad burguesa lo llevaron al cadalso.

De alguna forma Fesh, antes y durante su crimen, había vivido indignamente. Hijo de un acaudalado banquero, educado en un ambiente familiar atroz, su vida había sido un naufragio. Después, durante su larga estancia en prisión, ayudado por su abogado, el párroco de la prisión y un hermano benedictino, descubrirá su dignidad en el misterio redentor de Cristo. Su muerte es el testimonio más conmovedor de ese inmenso hecho. A medio día del lunes 30 de septiembre, contraviniendo el reglamento, Baudet, su abogado, le informa que la ejecución será al día siguiente entre 4 y 5 de la mañana. Fesh anota en su diario: «Que la voluntad del Señor se haga en todo... Por el momento permanezcamos en calma y hagamos todo con suavidad. No quiero precipitarme en la plegaria con una agitación insólita, sino continuar con mesura la obra de redención que el Señor comenzó en mí». Más adelante escribe: «En cinco horas veré a Jesús». A las cuatro de la mañana, después de otras tantas reflexiones en las que pasa de la angustia a la paz y viceversa, escribe: «Creo que detendré este diario aquí donde ha quedado ya que escucho ruidos inquietantes. Que pueda soportar el golpe. ¡Virgen santa, ven a mí! Adiós a todos y que el Señor los bendiga».

Una decena de hombres entra en su celda. Entre ellos, el fiscal y el juez que lo ha condenado, su abogado, el párroco de la prisión, un oficial del cuerpo de policía, el director de la prisión y los guardias. Los mira sin odio y con dulzura, detrás de su rostro sufriente y lívido; dice: «Estoy a su disposición». Los guardias se precipitan sobre él. Fesh les dice: «No necesito de su ayuda». Mira por última vez su celda y, apoyándose del brazo de su abogado, se interna por el corredor rumbo al cadalso.

En la pequeña sala en donde deben desarrollarse las últimas formalidades exigidas por la ley, Fesh muestra cierta vacilación. Luego dice: «Quiero recibir la Comunión». El párroco le da la absolución. Su abogado se arrodilla a su lado y juntos comulgan. Se levanta. Rechaza el vaso de ron y el cigarro que le ofrecen. Firma su excarcelación. Los ayudantes del verdugo se precipitan sobre él, le amarran las piernas y los brazos. Un sollozo se le escapa en el momento en que le cortan el cabello y el cuello de la camisa en forma de media luna. Son las cinco de la mañana con veintisiete minutos. Fesh se vuelve hacia su abogado y le murmura algunas palabras al oído. Los ayudantes del verdugo lo sostienen para que pueda ponerse en pie. Baudet lo abraza fraternal y dolorosamente; después el párroco. «El crucifijo, padre mío –le grita–, el crucifijo...». Lo besa con fuerza largo rato y luego Fesh, sin decir una palabra, sin lanzar un solo grito, es tendido sobre la plancha de la guillotina. «Murió como un hombre», diría una hora después un guardia a los periodistas.

Ese gesto fue una afirmación inmensa de la dignidad, una defensa del ser del hombre. No un reclamo de un bien que se le va a arrancar, sino un reconocimiento de su grandeza y un desafío a la injusticia que se le comete. El caso Fesh y su muerte fueron fundamentales para que en 1981 se aboliera la ignominiosa pena de muerte en Francia.


* Se publica por convenio con el autor.

EL OBSERVADOR 212-6

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Medios de comunicación
Libertad bajo sospecha
Santiago Norte

¿Cómo enfrentan las elecciones presidenciales del año 2000 los mexicanos a partir de los medios de comunicación? Con bastante escepticismo, por no decir con hastío. La verdad es que un país como el nuestro, que ha luchado tanto por transitar hacia un régimen democrático, hacia la normalidad democrática, no merece ser tratado como tanto desprecio por periódicos, radiodifusoras, revistas y televisoras en cuya visión no existe –ni por asomo– el plegarse a otras exigencias que no sean las del mercado: a las exigencias del usuario.

Hoy mismo, las campañas de los aspirantes ocupan extensiones insospechadas de tiempo al aire, hectáreas de papel. ¿Efervescencia de ideas, de programas, de polémicas en torno a la economía, a la política, al bien común? Nada de eso: acusaciones, pirotecnia verbal, logorrea desatada. Si hubiera un medidor de estulticia, los precandidatos ya lo hubieran tronado. Su capacidad de masacrar al lenguaje, de insultar al contrincante, de manchar a la política parece inagotable. Y la de los medios para hacerles eco. Tanta verba reproducida, tanta declaración puesta de manifiesto, aclara el panorama: se trata de ajustarse al ánimo del próximo sexenio. Antes no existía esta bronca: ya sabía todo el mundo quién iba a ser. La competencia ha llegado. Pero solamente en el papel, en las ondas hertzianas, en la pantalla. Esencialmente no hay competencia. Por lo que hemos visto, escuchado o leído, los señores precandidatos cojean del mismo remo. Traen –para decirlo todo– el mismo rollo: voten por lo que yo les ofrezco (nada) para que puedan salir de donde se encuentran (moviéndose un decil a la izquierda o a la derecha).

Sin embargo, la opinión de la gente es que los medios están abusando de su libertad y de su competencia. Saben –aunque cueste clarificar la idea– que están siendo utilizados como carnaza; que están invitados sólo de nombre al banquete del poder. Pero que cuando acabe todo, sea el que sea el que gobierne México, la distancia seguirá incrementándose, el desequilibrio campeará por sus respetos, los mismos harán negocio con los mismos. Y no estamos haciendo nada para revertir ese desasosiego. La escasa participación en los más recientes comicios (los del Edomex cosecharon 60 por ciento de abstencionismo, habiéndose gastado millones de dólares en medios los tres partidos mayoritarios), hace pensar que llegó la hora del desquite de la «mayoría silenciosa». Un desquite fugaz: no voy a las urnas, al cabo para qué sirve...

Hay entre la gente una creencia generalizada de que los amarres están hechos, que la política es una farsa, como la lucha libre, en donde se sabe que el ganador de la primera caída será el ganador de la tercera. Y eso es lo peligroso. La «libertad» –casi valdría decir el desparpajo– con que se han manejado muchos medios con respecto a las posiciones políticas (el favoritismo y el desmedro del contrincante), la cámara de resonancias del vituperio en que se han convertido (ocultando una de las funciones prioritarias de la comunicación pública: generar opinión), hace que los mexicanos de a pie identifiquen la política con el pastelazo, la puñalada trapera, la tarascada o el golpe bajo (si Cuauhtémoc Blanco se lanzara...). Sain-Beuve decía que todas los artes han producido maravillas y que solamente el arte de gobernar había producido puros monstruos. Y eso que no conoció el México de este siglo, que no alcanzó a ver (también allá hace aire) el espectáculo grotesco de Estados Unidos. Políticos casposos y medio lacayunos. Todos girando alrededor del pastel del poder. Un tiovivo despótico, una cadena herrumbrosa que deja fuera lo que no sea comercio: de ideas, de palabras, de personas. Hogaño conocemos la regla de oro de medios y mediadores: informar es, sencillamente, agitar.

EL OBSERVADOR 212-7

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Grandes firmas
La minirrevolución *
José Luis Martín Descalzo

El otro día, en una emisión de radio, me preguntaba alguien por qué están ahora las gentes tan inquietas, tan desasosegadas, tan comidas por el hormiguillo que no las deja vivir, tan como estranguladas por el miedo, los nervios y la angustia. Y por qué esto les ocurre no sólo a quienes tienen razones objetivas (el paro, la miseria) para mirar con temor el porvenir, sino incluso a quienes teóricamente parecen tener el futuro sustancialmente resuelto, pero que no están, por ello, menos expuestas a depresiones, a necesitar pastillas para dormir, a llevar el corazón en volandas.

Y mientras oía la pregunta me acordaba yo de aquel texto de Jean Guitton que describe a la humanidad actual como ese grupo de animales que, encerrados en una cuadra, olfatean, presienten, de un modo confuso pero cierto, que se esta acercando la tormenta y agitan sus lomos y sus crines, cocean y relinchan inquietos.

Y ¿qué es lo que los hombres de hoy presienten, aunque aún no sepan formularlo? Saben que la humanidad no puede seguir mucho tiempo por el camino que lleva; intuyen que, si algo no cambia, la humanidad será destruida por su propio progreso; descubren que estamos caminando por una senda que parece cada vez más claramente desembocar en un abismo de destrucción. Y entienden que ha llegado la hora de cambiar, pero no saben ni hacia qué ni cómo hacerlo. ¡Están, por lo demás, tan decepcionados de tantos cambios que nada cambiaron! «Han visto ya –diagnostica Guitton– que ni el superarmamento atómico ni el supererotismo podrán mantener por mucho tiempo el ritmo de crecimiento actual y que acabarán por poner en evidencia, con esa claridad que proporciona el abismo, la urgente necesidad de elegir entre el ser y la nada, la necesidad de apostar entre un agotarse a través del sexo y de la droga y un verdadero redescubrimiento del amor».

El diagnóstico me parece absolutamente certero y creo que hay que tomarlo, además, por donde más quema. En el siglo XIX pudieron ilusionarse con la escapatoria de creer en el crecimiento indefinido del progreso. En las décadas pasadas se creyó en las revoluciones y en la política. Pero hoy, ¿quién cree que todo eso pueda hacer algo más que poner leves parches o trasladar la inquietud de unas personas a otras o de unos temas a otros? El mismo progreso económico barre la angustia por muy poco tiempo, la aleja del estómago y la traslada al corazón. ¡Y qué poco revolucionarias son las revoluciones! La tortilla de un mundo envenenado no pierde su veneno por muchas vueltas que se le den. Cambian, tal vez, los nombres y apellidos de ambiciosos y poderosos, pero no se ve que decrezcan ni la ambición ni las ansias de dominio. Avanza, tal vez, la medicina de los cuerpos, pero parece que, en la misma medida, se multiplicasen los dolores morales, las traiciones, las almas sin amor, las soledades.

¿Dónde ir? ¿Hacia qué puertos navegar? Los creyentes pensamos, al llegar aquí, que esa misma inquietud la sentía hace ya muchos siglos san Agustín y que ya él señaló la puerta de salida y descanso: «Tarde te conocí, Señor. Nos hiciste, Señor, para Ti e inquieto estuvo mi corazón hasta descansar en Ti».

Pero yo voy a usar aquí la palabra «amor» para que sirva también mi respuesta para quienes no tienen la fortuna de creer (aunque sé que para los creyentes las palabras «amor» y «Jesús» son sinónimas). Y responder que, sin despreciar ni los cambios sociales ni los cambios de estructuras, al final en la única revolución en la que creo en serio es en el redescubrimiento del amor.

Para mí la única puerta de salida a la inquietud es la creación de la pequeña fraternidad, amar a tres o cuatro personas, ser querido por tres o cuatro amigos, luchar porque sean felices esos pocos que nos rodean en la casa, en el vecindario, en la oficina; apretarnos en la amistad como lo hacen los amantes en las noches de frío, reunirnos al fuego de las pocas certezas que nos quedan, aceptar que en los tiempo oscuros es mejor sonreír que gritar, descubrir que la peor de las carreras de armamentos es la que se produce en la fábrica interior de nuestro organismo. Confiar en que el amor crecerá, ya que no como una gran riada, sí, al menos, como una mancha de aceite en torno a cada uno de nosotros.

Ya sé que estoy proponiendo una minirrevolución. Pero siempre la preferiré a una revolución soñada., Y, en todo caso, estoy seguro de que la que propongo no lleva tras de sí un rastro de sangre.

(* Tomado de Razones para la alegría. Biblioteca Básica del Creyente. Madrid, 1992.

EL OBSERVADOR 212-8

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Sobre la marcha
Las dos cumbres del pensamiento cristiano, las dos torres más altas de la sistematización racional de la fe, san Agustín y santo Tomás de Aquino, llegaron –al final de sus vidas– a encarar la verdad de todo: que no es el logos, la razón, la profundidad de la doctrina cristiana lo que atrae; sólo la caridad atrae.

Santiago Norte

EL OBSERVADOR 212-9

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Palabras mayores
Todavía hay esclavos
Joaquín Antonio Peñalosa

En la Roma de los césares había 95 esclavos por cinco libres. El esclavo, por haber sido comprado o por conquista de guerra, no era dueño de sí mismo, sino pertenencia absoluta del amo que lo trataba como cosa. Concluyó felizmente este tipo de esclavitud; pero no la esclavitud. La libertad está en la punta de los ideales de todos los hombres y de todas las naciones. Preferimos que nos quiten el pan, no la libertad. Hemos caminado un poco hacia la anhelada libertad; pero también hemos inventado nuevas formas de esclavitud. Han desaparecido los látigos y las cadenas atados a los tobillos; seguimos atados a tanta esclavitud.

Es esclavo quien vive encadenado a su analfabetismo y a su incultura; o el que gasta toda la vida en un trabajo que no acaba de amar. Esclavo es quien vive atormentado por sus propios miedos y vicios. ¿En qué se diferencia un esclavo de un drogadicto? Se le fue la libertad en un hilo de humo, en una aspiración, en un trago... Y esos amos los someten sin tregua.

Un varón puede ser esclavo de una mujer o una mujer de un varón, cualquiera que comprenda y viva el matrimonio como un sometimiento a la pareja. El amor no pone «esposas», sino alas.

Esclavo es el señor de grandes negocios, encerrado entre archiveros, estados de cuenta y llamadas por teléfono con ansia insaciable de mayor riqueza; con lo que consigue tener menos salud, menos convivencia familiar, menos favorables descansos.

Todos somos esclavos. Todos tenemos grandes zonas de esclavitud en el alma. Aun esa pequeña y tiránica esclavitud de la moda. «Nadie más esclavo –escribió Goethe– que quien se considere libre sin serlo». Pensamos, ansiamos la libertad. Pero a veces olvidamos que la libertad no es un fin donde todo termina, sino una necesidad donde todo comienza. Libres, ¿para qué? La libertad es un medio, una atmósfera, un escenario. ¿Para qué queremos la libertad y cómo vamos a emplearla? «No hay servidumbre más vergonzosa que la voluntaria», sabias palabras de Sócrates.

EL OBSERVADOR 212-10

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Derechos humanos
Alma de ombudsman
Miguel Concha *

Acaba de publicar la Editorial Aguilar otra obra del doctor Luis de la Barreda, que lleva por título El alma del ombudsman, que bien podría llamarse simplemente Alma de ombudsman, pues con la erudición que lo caracteriza el presidente fundador de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal narra en ella, con un lenguaje llano y ameno, no exento de ironías y salpicado de sabrosas referencias, los primeros cuatro años de vida de la comisión y su fructífera experiencia al frente de la misma. El título, sin embargo, bien pudieron habérselo sugerido sus acertadas reflexiones a propósito de la eficacia de las recomendaciones de los organismos públicos de derechos humanos, «prueba de fuego», como dice él, de su lucha contra la impunidad y la arbitrariedad, de los ombudsman mexicanos y de la sociedad entera. «Pero hay que reiterarlo vigorosamente –dice, en efecto, en la página 310 de su libro–, la importancia de la causa amerita, justifica y aun obliga al ombudsman a empeñar todo su prestigio, toda su autoridad moral, todo el respaldo de que goza socialmente, en una palabra, su alma de defensor de los derechos humanos, para conseguir que las recomendaciones se cumplan, todas, totalmente».

Como lo ha hecho en los cinco informes que hasta el momento lleva presentados, el relato testimonial hace justicia, sin ambages, a todas las personas que desde dentro y fuera de la comisión han contribuido al éxito de sus tareas, y la han convertido en un reconocido ejemplo de todas las virtualidades que en beneficio de la dignidad humana puede y debe desplegar el ombudsman en esta etapa «complicada y zigzagueante» de transición a la democracia en el país. Con la perspicacia y generosidad que igualmente lo caracterizan, el doctor De la Barreda va describiendo con agudeza las cualidades sustanciales de todos sus colaboradores, hombres y sobre todo mujeres, a quienes rinde un merecido homenaje, y con particular magnanimidad las de los miembros del Consejo. Muchas son las vivas lecciones que sin lugar a dudas pueden aprenderse leyendo con fruto este singular libro, que yo identificaría como «la parábola del ombudsman», pero de entre todas quiero resaltar una de la que con razón mucho se ha vuelto a hablar hace poco, como si de los cambios legislativos dependiera sólo su existencia, y no de la propia integridad moral, profesional y social: la autonomía.

«La cualidad más importante del defensor público de los derechos humanos –dice con autenticidad el ombudsman del DF– es la autonomía, que requiere compromiso absoluto con la causa y máxima objetividad, la que obliga a rechazar la tentación de las dependencias que pueden crear las concepciones políticas, filosóficas, religiosas e ideológicas». «Esa independencia –añade– también necesita que se supere la presión del ambiente, que no se ceda a la influencia pasional del entorno». «El ombudsman –dice también– debe orientar su actuación hacia el respeto del estado de derecho, hacia las metas de libertad, dignidad, igualdad y democracia. El defensor público de los derechos humanos sólo puede cumplir su función si actúa con absoluta autonomía frente a cualquier poder del Estado y, también, frente a todo partido, grupo, secta y organismo. No representa a fracción social alguna, sino a toda la sociedad y a cualquier persona víctima de una violación a sus garantías. Ha de atender tanto las quejas e inquietudes de organizaciones con conciencia de sus prerrogativas y con influencia en la opinión pública, como el reclamo del individuo ignorante de sus derechos y sin capacidad real para hacerse oír en los medios de comunicación».

Y concluye: «Si para llegar a la presidencia de un organismo público defensor de derechos humanos se requiere de un gran prestigio social y de una intachable autoridad moral, ese prestigio y esa autoridad sólo se mantendrán y se incrementarán si la institución actúa cumpliendo con el doble requerimiento de calidad profesional y libertad en la actuación».

* El autor es sacerdote dominico, presidente vitalicio del Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria.

EL OBSERVADOR 212-11

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Chinchachoma: sacerdote, pedagogo, callejero y papá.
Parte III

Qué hermoso es amar

¿Cómo se acerca a los niños callejeros?
El sacerdote de largas barbas mira hacia otro lado y comienza a cantar: «Qué hermoso es amar, amar divino es, y el hombre puede amar porque tu imagen es». Entonces nos mira y contesta: «Amando». A veces con ternura, a veces con firmeza. Hay que ser duro cuando hace falta. «Hay que pensar con el corazón y amar con el pensamiento. Un amor que no vaya unido con el entendimiento es un amor irracional».

¿No lo decepcionan algunas veces los muchachos, es decir, que dándoles usted tanto no sean capaces de responder?
No. Nunca. Es lógico. Si uno ha vivido con ellos y los conoce, comprende cómo son. A Dios no lo ha decepcionado nadie. Envió a su Hijo, lo clavaron en la cruz y le escupieron la cara. Y Dios nunca se quejó del hombre. Dios engendra al ser humano, lo ama y lo entiende. Sabe todo lo que va a ser y asume todo ese sufrimiento. Entonces hay momentos en que como que uno hace teatro con los niños: 'ya me cansé y ya me voy y no sé qué'. Y ellos tiemblan, tienen miedo, como diciendo: 'no nos abandone'. Todo esto es pedagogía. Porque uno conoce cómo son y sabe que si un niño ha sido golpeado hasta cien, tiene que comprenderlo hasta cien para que él pueda entender que se le ama. Dios sabe cómo hay niñas perdidas vagando en las tardes y cómo hay gente menospreciada. Y los ama. Por eso anunció: 'lo que haces a uno de estos pequeños me lo haces a mí'. Es muy lógico. ¿Quieres preguntar sobre la sociedad, sobre por qué pasa esto?

¿Los niños callejeros?
Sí.

¿Por qué?
Porque estamos cambiando de siglo. No es cuestión de números: XX, XXI... Hay un cambio de mentalidad muy fuerte en el mundo. Los padres están en un lugar, los hijos viven en otro. Hay una disociación familiar. Cada parte de la familia vive su mundo, su sociedad distinta. Es un problema serio, muy grave.

¿Cómo diría que son los jóvenes?
Yo creo que la juventud de hoy es poco optimista. Estamos asistiendo al cambio de mentalidad más importante en la historia de la humanidad. Todo el pensamiento filosófico, desde Grecia hasta el existencialismo -quizá éste ya esté insinuando dicho cambio- habla del hombre, pero no de Juan Pérez. En el siglo XX se ha descubierto a Juan Pérez, es decir, al individuo, y dentro de este contorno, los valores, definidos como conceptos, entran en crisis. Todo gira alrededor de cada individuo. La mujer ya no es esposa, sino mujer. Ser esposa ya no es definición, sino cualidad. El alcohólico ya no es vicioso, sino un enfermo. El racismo ya no es aceptado. Hasta ayer el mundo era clasista. Mañana será un mundo de parejas. La mujer va ocupando lugares en plan de pareja como el hombre. La familia de mañana será dialogante. Por eso hay en este momento tanta crisis en los matrimonios. El modelo estable del siglo XIX ya no funciona y el modelo de matrimonio como pareja unida todavía no es una realidad. Para mí, el siglo XX es el siglo del gran cambio. La juventud de hoy no se ha concientizado de esto, aunque ya lo está viviendo. Haciendo una encuesta, preguntando a los jóvenes cómo es el futuro que esperan, la mayoría dice que peor; yo les digo que parece mentira que no se hayan dado cuenta del futuro que han de inventar: ustedes lo han de crear. En los movimientos juveniles, desde los hippies, está esa actitud de no, no estamos de acuerdo con esta sociedad, sin saber cuál es el. Entonces hay que hacer pensar a los jóvenes: empiecen a procurar descubrir cuál es ese en esa construcción de un mundo de parejas, un mundo más justo que vendrá de la familia.

* Tomado de una entrevista de Yusi Cervantes para la revista Señal, Núm. 1607, de septiembre de 1990.

EL OBSERVADOR 212-12

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¿Para qué servirá la ciencia en el próximo siglo?
El quehacer científico, en peligro de ser sometido a los intereses de los países desarrollados.
Diego García Bayardo

Durante el 30 de junio y el 1 de julio se llevó a cabo en Budapest la primera Conferencia Mundial sobre Ciencia, convocada por la Agencia de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y el Consejo Internacional para la Ciencia (ICSU). Esta conferencia tuvo como objetivo establecer un nuevo contrato entre la ciencia y la sociedad, para que los gobiernos apoyen la investigación científica sólo sobre temas de gravedad a corto plazo. En una nueva y previsible intervención de un organismo de la ONU para alinear a los países miembros en una línea política impuesta «desde arriba», la Conferencia de Budapest intenta someter a la investigación científica a un control basado en el utilitarismo. Esto significa que se planea dejar sin recursos toda investigación que no esté orientada a la solución de problemas inmediatos, dictados por los intereses de los países desarrollados.

La conferencia comenzó con una definición de ciencia elaborada por Paul Hoynigen-Heune, del Centro de Filosofía y Ética de la Ciencia de Hannover (Alemania), y Miguel Virasoro, del Centro Internacional de Física Teórica Abdus Salam de Trieste (Italia). Esta definición fue inmediatamente impugnada por Mario Bonetti, presidente de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, quien señaló que tal definición provenía de la práctica científica en los países desarrollados, pero que si la UNESCO hubiera elegido a personas que hablaran de la relación del Tercer Mundo con el Primero, la idea resultante de ciencia habría sido muy diferente. Bonetti añadió que la definición que adoptó la Conferencia beneficia al capital extranjero y no a la sociedad latinoamericana.

En una línea parecida, el representante de Colombia ante la UNESCO, Augusto Galán Sarmiento, señaló que hay una imperiosa necesidad de crear mecanismos que garanticen beneficios económicos para los países en vías de desarrollo donde se realizan investigaciones extranjeras, refiriéndose en concreto a la liberación de las patentes industriales elaboradas en ellos. Galán advirtió también que los resultados de la ciencia deben aplicarse para la mayoría de las poblaciones y no para unos pocos privilegiados, pues hasta ahora el avance ha sido inequitativo y ha permitido la concentración del poder económico y de la información. Una muestra de ello está en las cifras del Banco Mundial, que señalan que los cinco hombres más ricos del mundo, siendo varios de ellos los líderes de empresas internacionales que comercializan avances científicos, atesoran un capital comparable al de los 42 países más pobres del mundo.

Ante la crisis actual en las relaciones ciencia-sociedad, el objetivo principal de la Conferencia de Budapest según Federico Mayor Zaragoza, director general de la UNESCO, es lograr un nuevo programa o contrato entre la ciencia y la sociedad que permita un financiamiento aceptable para la primera a cambio de unos resultados suficientes para la segunda. Este proyecto, llamado «ciencia para el desarrollo», se enfoca hacia la obtención de resultados y al trabajo de equipo. A un nivel más polémico, Mayor Zaragoza declaró que «no cabe ya dar automáticamente por sentado que de la investigación científica no orientada se derivarán ventajas. Corresponde ahora a los científicos mostrarse dispuestos a responder a las necesidades de la sociedad». Aquí el director de la UNESCO parece olvidar que la libre investigación ha dado los mayores frutos al conocimiento humano, y que los trabajos más fecundos de muchos científicos se han llevado a cabo a contracorriente. En la frase citada, Mayor Zaragoza parece esperar una especie de sometimiento de los científicos a una instancia directiva superior, que dicte cuáles son los temas hacia los cuales debe orientarse la investigación.

Otra interpretación problemática del papel de la ciencia en la sociedad, por parte del director de la UNESCO, se hizo evidente cuando declaró que «una mayor dosis de asesoría científica en el terreno político contribuirá a una mejor aceptación por parte de la gente». Dijo que cuando la ciencia es llamada a aconsejar, inclusive a arbitrar en temas de política fundamentales como la salud, la alimentación o el medio ambiente, aparecen matices y discrepancias, pero que eso puede evitarse con «mejor comunicación de la ciencia y una capacidad rápida y precisa para reaccionar acerca de una cuestión determinada». Este propósito parece aludir, o al menos se adapta muy bien a la posición de la ONU, de la cual depende la UNESCO, de eliminar las opiniones de los jefes religiosos y de las iglesias en la toma de decisiones sobre temas como el de la salud, que para las Naciones Unidas se trata básicamente de «salud reproductiva», para que dichas decisiones políticas y legislaciones sean arbitradas por la comunidad científica.

Uno de los objetivos de la Conferencia de Budapest fue buscar el consenso de los 2 mil científicos, investigadores y representantes de gobiernos y organizaciones civiles de 140 países, para adoptar una «Declaración Mundial sobre la Ciencia y el Uso del Saber Científico» compuesta por los siguientes principios:

* La ciencia debe estar al servicio del conocimiento y éste al servicio del progreso.
* El objetivo de la ciencia es el bienestar de la humanidad, por lo que debe haber libre circulación de información e igualdad en el acceso a los nuevos descubrimientos y tecnologías.
* La ciencia y la tecnología deben convertirse en herramientas para tratar las causas de los conflictos, a fin de construir la paz.
* La ciencia debe contribuir a salvaguardar los recursos naturales del planeta y debe formar parte de la educación en todos los niveles.
* Los gobiernos deben tener una política definida sobre ciencia y tecnología que favorezca el libre acceso a los datos y a la información necesaria para el trabajo científico.

Esta declaración contiene varias muy buenas intenciones que difícilmente podemos esperar ver cumplidas por las potencias líderes en tecnología militar y de comunicaciones, por lo que el mencionado representante de Colombia, Augusto Galán, declaró ante la asamblea que su país no tiene interés por más conferencias que no traen resultado alguno y cuyas resoluciones nunca se cumplen.

EL OBSERVADOR 212-13

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La legislación pro-vida en Nuevo León debe triunfar

* Y volverse ejemplo a seguir en el resto del país.
* Aprobada en primera lectura, se espera dura oposición del PRI, el PRD y el PT en la definitiva votación.

En el Congreso del estado de Nuevo León se aprobó el 30 de junio, en primera lectura, la iniciativa titulada Consagración constitucional del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Esa aprobación dejó abierta la posibilidad de que el proyecto consiga la venia definitiva en su segunda presentación, por allí de octubre a diciembre del presente año. Lo cierto es que la victoria en la lucha pro-vida no puede considerarse asegurada. PRI, PRD y PT votaron en contra y han dejado entrever que articularán una acción que dé al traste con lo que ellos consideran una «iniciativa trasnochada».

Se recordará que la organización ciudadana «Unidos por el Respeto a la Vida», con el apoyo de 88 mil firmas, impulsó el proyecto de reforma que fue analizado por las comisiones de Legislación y Puntos Constitucionales y de Derechos de la Mujer, tras de lo cual fue presentado a la primera lectura que arriba se refiere. La iniciativa busca una norma constitucional por la cual la vida quede a salvo del aborto y la eutanasia en el progresista estado norteño. La reforma tocaría a los artículos 3 constitucional y 334 del Código Penal del Estado, enunciando en el primero de éstos: «Toda persona tiene derecho a la protección a la vida y a la salud desde el momento de la concepción hasta su muerte». Además se establecerían las bases y modalidades para el acceso a los servicios de salud y se determinaría la participación del estado y sus municipios en la materia. Lógicamente habría castigo para quienes propicien y practiquen el aborto en cualquiera de sus formas, pues esta práctica constituye la más abierta violación a las elementales garantías individuales.

La inmensa mayoría de los códigos penales en el mundo fueron redactados antes de que la ciencia médica demostrara que, desde el instante en que un espermatozoide fecunda un óvulo, estamos ante una vida humana completa. Nada añade posteriormente «algo» a ese óvulo fecundado para «transformarlo» en una persona humana: toda la información genética, toda su sustancia racional, todas las potencias del ser humano están ya presentes en esa nueva naturaleza individual. Quieren algunos que una cierta función cerebral sea indicio del arranque de la condición humana, pero sólo hay que recordar que si una persona de cualquier edad sufre la pérdida de la actividad cerebral, por ese solo hecho no deja de ser persona.

Dice la propuesta ciudadana: «Resumiendo los datos biológicos relacionados con el inicio de la vida, podríamos distinguir tres fases de desarrollo del embrión: a) La del germen, que comienza en el momento de la fecundación, unión del óvulo y el espermatozoide que, al fundirse, dan origen a la célula germinal, única e irrepetible por su peculiar combinación cromosómica; b) En segundo término se da la fase del embrión (desde la tercera a la octava semana), en que se despliegan gradualmente los órganos y formas externas de un organismo en curso de desarrollo; c) La tercera fase es la del feto propiamente dicho: desde la octava semana hasta el nacimiento. El embrión y el germen, desde su fecundación, pertenecen a la especie humana por su origen, por su composición y por su destino, por su autonomía biológica y hasta por el programa psicológico inscrito en su composición. No sólo pertenecen a la especie humana, sino que predeterminan el desarrollo de un individuo humano concreto en un proceso lineal y continuo sin saltos cualitativos. Esto exige que sean valorados como etapas de un ser que está haciéndose hombre, aunque su estructura morfológica en su primera fase no sea plenamente significativa».

Proporcionan a continuación los gestores un puñado de declaraciones hechas por personajes no católicos, sobre el asunto del aborto:

Martín Lutero.- «Ciertamente en ese momento (de la concepción) el orden de la naturaleza establecido por Dios debe continuar».

Juan Calvino.- «Si una mujer expulsa el feto de su vientre con drogas, esto es un crimen inexpiable por Dios».

Karl Barth, teólogo protestante.- «El niño por nacer es un ser humano a partir de la concepción, y su vida debe ser respetada. Esa vida fue redimida por Cristo, esa vida es un regalo de Dios».

Mahatma Ghandi.- «Me parece tan claro como el día que el aborto es un crimen».

Rabino David B. Hollander, profesor de sociología y capellán de la fuerza aérea de EU.- «La ley judía considera el aborto como la matanza de una vida humana».

Joseph Felding Smith, presidente de la Iglesia Mormona.- «La destrucción de la vida humana es contraria a la vida cristiana».

F. H. Henry, teólogo bautista de EU.- «Si estamos en libertad de destruir la vida humana y negarle su dignidad en una etapa, ¿por qué no en otras? Si, por el contrario, el niño por nacer tiene derechos personales aun antes de haber nacido, y si esos derechos tienen implicaciones públicas, entonces el ser humano tiene el derecho a la protección aun cuando no pueda protegerse a sí mismo».

Dr. John Todd, teólogo protestante del siglo XIX.- «No hay nada en el protestantismo que apruebe o justifique el aborto... el aborto es asesinato deliberado y a sangre fría».
(FIN)

EL OBSERVADOR 212-14

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