El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

29 de agosto de 1999 No. 216

SUMARIO

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PINCELADAS Locura de amor

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COLUMNA HUÉSPED El hombre, animal no fijado todavía

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A LAS PUERTAS DEL TEMPLO Síntomas de un retorno a lo religioso

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A los 27 millones de refugiados se les debe la Palabra y el pan

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La afición por la lectura católica entre los católicos: ¿un imposible?

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EL RINCÓN DEL PAPA El Demonio no es una realidad del pasado

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Chispitas de autonomía

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ENTREVISTA EXCLUSIVA «Hoy la religión es la del dinero: o el hombre cambia, o no hay nada que hacer», Carlos Díaz.

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VIDA CRISTIANA No se dejen transformar por los criterios de este mundo

Pinceladas
Locura de amor
Justo López Melús *

La expresión locura de amor es un pleonasmo, pues el amor es ya una locura. El amor verdadero, el de una madre, por ejemplo, es un amor gratuito, es un amor loco. Ama a su hijo no porque lo merezca, sino porque es su hijo. Un amor loco es también la Encarnación. Dios se rebaja y se hace hombre por puro amor, fuera de toda lógica.

Cuenta el místico Eckhart que una mujer había perdido un ojo y estaba muy triste. Su marido le dijo: «¿Por qué estás tan triste?». Ella le respondió: «No estoy triste por haber perdido un ojo, sino porque temo que ahora me ames menos». Y él replicó: «Te amo igual». Poco después el esposo se sacó un ojo y dijo a su esposa: «Ahora puedes comprobar que te amo, pues me he hecho igual a ti». Tampoco el hombre podía creer que Dios lo amase tanto, hasta que se sacó sus ojos y asumió la naturaleza humana».

EL OBSERVADOR 216-1

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Columna huésped
El hombre, animal no fijado todavía
Carlos Díaz *

Los homínidos con 780 mil años de antigüedad descubiertos en los yacimientos del pueblo de Atapuerca (Burgos, España) corresponden a una nueva especie de género homo, que podría representar el último ancestro común de los neandertales y del homo sapiens sapiens, del cual descendemos, según parece, los humanos de nuestros días.

Ha aparecido el homo antecessor, tal y como lo ha denominado el equipo paleoantropológico de sus descubridores. Los fósiles de dientes, mandíbulas y cráneos revelan una combinación inédita de rasgos primitivos y modernos. Del homo ergaster, surgido va ya para dos millones de años en el sur de África, y que emigró a Europa hace un millón de años, emergió en la larga marcha de la hominización este nuevo antecesor, antecedido él mismo por otros más tempraneros. Antecedencia tras antecedencia, y secuencia tras secuencia, al final he aquí al sapiens-sapiens que teclea esta página culminando de momento la evolución de las especies. Aunque dicho así parece demasiado delirio de grandeza, mucho arroz para tan poco pollo.

En efecto, sapiens-sapiens es una redundancia similar a la de esos alemanes que, dos veces doctores, gustan ser llamados protocolariamente Herr Doktor-Doktor. Sin embargo la cosa no es para tanto, pues ni es tan sabio este supuesto sapiens-sapiens que ahora escribe para ustedes, ni hay mucho que admirar al respecto en la mayoría de los Herren Doktoren-Doktoren que uno ha ido conociendo en su vida; hubieran quedado tan vacunados como yo mismo al conocer a un grotesco ciudadano alemán de Francforte del Meno, Doktor-Doktor-Doktor-Doktor al que sus colegas denominaban burlescamente «el tetradoctor», más tonto sin embargo, o precisamente por ello, que una mata de habas, pues con su tetradocta ignorancia renqueante no lograba alzar el vuelo del pensamiento ni un palmo, aunque rugía y trepidaba académicamente como esas máquinas de feria para niños muy pequeñitos.

En realidad pocas veces repara el alelado sabio-sabio en que la evolución continúa, siquiera sea muy lentamente, y además no siempre para mejor, pues también nos volvemos más refinados y complejos para lo malo con el curso de los años. En todo caso la evolución es un imparable movimiento en marcha, al que sólo un fin del mundo podría detener. Mientras tanto, si –comparados con el sapiens-sapiens de hoy– nuestros ancestros fueron minus-sapientes-minus-sapientes, y los primeros de todos ellos incluso insipientes-insipientes-del-todo, con el mismo motivo los venideros super-sapientes-super-sapientes del futuro podrían considerarnos tontillos-tontillos a nosotros mismos, por haber llegado menos lejos que ellos: cuando de evolución se trata, hay que estar a las duras y a las maduras.

Así pues, calma: nadie fue tan lejos en su desarrollo como para constituirse en el no va más de la progresión y de la progresía, y menos aún para menospreciar al resto; más aún, a poco que nos descuidemos, la evolución de las especies puede terminar siendo un arma de doble filo, pues nunca faltarán especímenes nazis que se erijan en culmen del tiempo, y de este modo, por paradoja, ellos acabarán (que no culminarán) el tiempo mismo. Dicho brevemente, la evolución debería hacernos a todos un poco más modestos, a los más y a los menos desarrollados, pues al fin y al cabo los más han llegado a serlo por gracia de los menos, y aunque sólo fuera eso, ya bastaría como blasón para merecer la honra.

Pues bien, el orgulloso sapiens-sapiens del año 2000 d.C. dista mucho de haber llegado aún a donde iba, y en él tanto se observan tantas huellas del hombre viejo como promesas del nuevo. Arrieros somos, y en el camino nos vamos encontrando; se muta poco a poco y según se puede. Sepámoslo o no, cada ocho años aproximadamente cambian las células del cuerpo humano, pero nadie puede apercibirse de ello, dada la lentitud con que acontece, y cada año renovamos la piel de la historia sin que podamos ser conscientes de esa muda. Tengamos, pues, paciencia, bondad y lucidez para evolucionar sensatamente y sin ponernos nerviosos, pues –aunque anunciásemos por doquier que deseamos cambiar nuestra piel individual y/o colectiva por otra mejor– nunca resultaría sin embargo tan ajustada a nuestro cuerpo como la que nos cubre y muta con nosotros en el diario crepitar de la vida. La cuestión no es cambiar de piel por abandono, sino mejorarla por empatía.

* Carlos Díaz es doctor en Filosofía y profesor titular en la Universidad Complutense de Madrid.

EL OBSERVADOR 216-2

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A las puertas del templo
José María Mardones
Síntomas de un retorno a lo religioso
Javier Sicilia

Desde que Nietzche encontró muerto a Dios en la consciencia del hombre moderno, el racionalismo y las ideologías históricas llevaron la consecuencia hasta el límite: a fines del segundo milenio los hombres nos encontramos solos, sin horizonte, aplastados por el poder inane de la brutalización tecnológica del mercado y de la banalidad verbal. Frente a eso, el pensamiento actual ha comenzado a interesarse nuevamente por la religión. La soberbia del racionalismo, como siempre sucede con la empresas puramente humanas, debió ir hasta sus últimas consecuencias para darse cuenta de que el hombre es nada sin Dios, de que sin Él lo único que puede producir es destrucción, vacío y muerte.

¿Pero cómo se debe vivir a Dios para evitar caer en las concreciones ideológicas del pasado que muchas veces hicieron de la religión un coto para la exclusión y la condenación; cómo se debe vivir para no caer tampoco en el gran pecado de la modernidad que ha sido el simplismo y el funcionalismo sin referentes?

Recientemente el filósofo español José María Mardones, en un libro espléndido que continúa su ya larga reflexión entre la fe cristiana y la cultura de la sociedad moderna, Síntomas de un retorno. La religión en el pensamiento actual (Sal Terrae, Santander, 1999), aborda la cuestión.

El libro, al exponer el pensamiento de cinco de los filósofos más difundidos a últimas fechas: Gianni Vattimo, Eugenio Trías, Jacques Derrida, Emmanuel Levinas y Jürgen Habermas, nos introduce en esta búsqueda. Las reflexiones de cada uno de ellos le permiten a Mardones hablar del síntoma de un posible gran retorno a la religión.

Para el español, la manera en que estos filósofos relacionados con el llamado pensamiento posmoderno muerden en el fruto de la religión, habla de la necesidad que tiene el mundo moderno de un cambio en el pensamiento. Frente a la unilateralidad de la razón que ha desembocado en la barbarie instrumental y funcional que estamos padeciendo, estos filósofos parecen decir que hay que recuperar los hilos extraviados de la tradición, «las hebras con las que rehacer el verdadero tejido de la razón humana» para no quedar desnudos en la intemperie de un siglo roto.

La empresa no es sencilla. Sobre todo cuando la racionalidad actual, que es plural y especializada, parece negar la fuerza de una racionalidad global y de sentido que está muy cerca del mundo de la religión.

De alguna forma los filósofos analizados por Mardones asumen el reto y con todo y sus cojeras, como su reduccionismo al hablar de la metafísica como un pensamiento duro que tiende al integrismo y sus conclusiones sobre la imposibilidad de hablar del sentido último (conclusiones que de no tomarse con cautela pueden conducir a un relativismo pernicioso), redescubren en la tradición elementos fundamentales que sentarían las bases para un retorno profundo de la religión: la insistencia de Vattimo en el Dios del Amor; de Trías en una religión del espíritu; de Derrida en la ausente presencia de Dios; de Levinas en el llamado de Dios en el rostro del otro, y de Habermas de la necesidad social de Dios, abren a la reflexión moderna un camino que no debemos desdeñar y que, como lo refiere bien Mardones, genera un vínculo con la exhortación de Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio.

Aunque los filósofos referidos se aproximan a esa sensibilidad que empieza a permear nuestra cultura y que se basa en creencias no basadas tanto en razones o proposiciones que se tienen por verdaderas, como en la relación y la entrega del creyente al Misterio; aunque tienden a realizar el acto de creer por encima del contenido, a exaltar el encuentro y la convicción sobre la argumentación y las referencias objetivas, y a hablar desde el lado subjetivo de la fe, Mardones, al analizarlos, nos lanza el desafío de hacer teología desde ahí, de abrir vías comunes de acceso a la realización personal con Dios, y de cuidarnos de vivir la fe desde un excesivo irracionalismo, porque «una religión –dice bien Mardones– que abandona la preocupación racional es una religión peligrosa, como estamos viendo hoy mismo en el desvío de múltiples ofertas `espirituales´ de carís fundamentalista o en la nebulosa místico-erótica. Una fe presentable en público, es decir, en el ágora de la sociedad actual, no puede dejar de lado la racionalidad de su fe (...) Lo más valioso es la fe. Pero la calidad de la experiencia religiosa debe ser vigilada por la razón».

* Artículo resumido. Se publica por convenio expreso con el autor.

EL OBSERVADOR 216-3

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A los 27 millones de refugiados se les debe la Palabra y el pan
Jesús Colina
* La Iglesia no cesa en sus labores humanas en favor de los que tuvieron que dejar sus hogares.
* Para que el refugiado pueda reintegrarse socialmente necesita perdonar.

La intención misionera de Juan Pablo II para el próximo mes de septiembre dice así: «Para que a los millones de refugiados, sobre todo del África, se les reparta el pan de la Palabra de Dios y se les asegure un eficaz proyecto de asistencia y promoción humana».

El problema de los refugiados es tan complejo, que ni siquiera se sabe quiénes son ni cuántos son. Según la Convención de Ginebra de 1951, insertada después en un protocolo de 1967, el refugiado «es una persona que ha tenido que huir del país de su nacionalidad a causa de fundados temores de ser perseguido por motivos ligados a su raza, religión, nacionalidad o pertenencia a un determinado grupo social, y no pueda, o a causa de dichos temores no quiera, regresar a tal país».

En estos momentos, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas (ACNUR) atiende a 22 millones 729 mil 233 personas (13 millones 199 mil 648 refugiados en sentido técnico, 3 millones 311 mil 233 repatriados, un millón 364 mil 652 apólidas y 4 millones 853 mil 712 desplazados). Hay 4 millones 341 mil 480 refugiados en África, 4 millones 808 mil 624 en Asia, 3 millones 166 mil 39 en Europa, 88 mil 430 en América Latina y 74 mil 954 en Oceanía. Según otras fuentes, los refugiados en el mundo sería 27 millones, y los desplazados 30 millones.

En la encíclica Sollicitudo rei socialis (n. 24) Juan Pablo II denuncia el incremento de este fenómeno como «una plaga típica y reveladora de los desequilibrios y conflictos del mundo contemporáneo».

La Iglesia y los refugiados

La acogida y la ayuda a los refugiados que ofrece la Iglesia abarca todas las formas de asistencia y promoción, sin olvidar —como recalca la intención para el mes de septiembre del Papa— el anuncio de su mensaje más importante: «la Palabra de Dios», sin discriminación de ningún tipo. Las instituciones católicas comprometidas con los refugiados ofrecen una vasta gama de servicios: centros de información y consulta legal, distribución de víveres y medicamentos, servicios sociales, iniciativas artesanales, cursos para obreros especializados (carpinteros, albañiles, fontaneros, etc.), centros de rehabilitación para minusválidos (con frecuencia víctimas de las bombas anti-personales), cursos de corte y confección, de dactilografía, servicios de educación (escuelas de todo grado, también cursos a distancia), formación de maestros, becas, cursos de lengua, programas culturales, etc.

En este sentido, es inmenso el servicio que están ofreciendo dos organismos de la Santa Sede. Se trata de los Consejos Pontificios «Cor Unum» y el de la Pastoral para Emigrantes e Itinerantes (juntos publicaron en 1992 el documento Refugiados: Un desafío de solidaridad). Otra de las instituciones católicas más comprometidas en este sentido es obviamente Cáritas, así como los Institutos religiosos.

Reconciliación

Pero la Iglesia ofrece otro valor añadido a la labor de ayuda a los refugiados: el compromiso por la reconciliación. Esta es la única garantía para la reintegración del refugiado en su sociedad de origen. Educar al espíritu de perdón y de reconciliación significa evangelizar y recoser el tejido social de un pueblo a la luz del mensaje cristiano, para la reconstrucción de una sociedad más justa y fraterna. La decisión del Papa de tomar como intención misionera a los refugiados, tres meses antes de que comience el Jubileo, no es casual.

EL OBSERVADOR 216-4

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Lecturas
La afición por la lectura católica entre los católicos: ¿un imposible?
Javier Algara

Me encontré de chiripa en mi camino con una librería protestante. Por curiosidad entré. Me quedé ahí más de lo que había pensado.

La impresión fue mayor de lo imaginado. No sólo el surtido de libros, películas, música, posters y anexos era numerosísimo y variado, sino que todo tenía un solo objetivo: dar a conocer y/o alabar a Jesucristo, Señor. Había libros de cantos, de estudios bíblicos, de catecismo, de historia de la Iglesia, y de cuanta cosa se relacione con la necesidad de los fieles de conocer y vivir la vida cristiana. No había textos escolares ni obras de otro tipo. Y a esa impresión se sumó otra mayor: la librería estaba llena de clientes que hacían sus compras, mayoritariamente libros, atendidos por un personal perfectamente bien capacitado.

Claramente todo ello es el resultado de una intensa afición de los protestantes por la lectura de obras que les ayuden a vivir su fe cristiana.

¿Sería mucho soñar con que también surgiera semejante afición entre los cristianos católicos? No. Pero habrá que satisfacer varias condiciones. La primera: que se viva la Iglesia católica como una verdadera comunidad. En las parroquias, claro, o en las diversas organizaciones de servicio, apostolado, estudio, etc., de uno u otro modo vinculadas a las parroquias y por ende a la Iglesia local, que es donde se debería dar la vivencia inmediata de la eclesialidad, con sus características definitorias: comunidad, liturgia, palabra y servicio.

Una vez que los miembros de estas comunidades eclesiales empiezan a sentirse verdaderos miembros de una Iglesia –que no de una multitud de personas obligadas, ni de un club, ni de un grupo de amigos–, los valores propios de esa comunidad se harán prioritarios, esto es, se convertirán en motivos personales de acción, en necesidades vitales.

En el caso de la comunidad eclesial, esta motivación debería llevar a los miembros a darle relevancia especial en sus vidas al seguimiento de la voluntad del Señor; a buscarlo en la liturgia, a buscar la compañía de los demás miembros para ayudarse mutuamente y ayudar a otros y para compartir palabras y experiencias cristianas que les den luz en los problemas de la vida diaria y les sirvan de sustento en su crecimiento, y a enterarse a fondo de aquello que está en la base de su fe.

Los asuntos cristianos, así, se convierten en tema común de conversación de los fieles; se pierde esa sensación de rídiculo al hablar de Dios y sus acciones en nosotros; se experimenta un interés sincero y fuerte por saber más de Cristo y de la Iglesia; se busca también, finalmente, y lógicamente, información en otras fuentes como son los libros. Es normal.

Todo grupo humano actúa movido por aquellas cosas que lo vinculan, intereses comunes. ¿No dicen por ahí del futbol que hay que comer y soñar con él y no hay muchos que así lo hacen?. El consumo enorme de publicaciones deportivas así lo testifica. ¿No sería posible reconstruir nuestras comunidades eclesiales para que todo ahí fuera Cristo y su plan de salvación? Eso sí llenaría nuestras librerías.

EL OBSERVADOR 216-5

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El rincón del Papa
El Demonio no es una realidad del pasado: sigue actuando

«Toda la historia personal y comunitaria se presenta en gran medida como una lucha contra el mal». Así habló Su Santidad Juan Pablo II en reciente audiencia general. En catequesis anteriores abordó los temas del Cielo, el Infierno y el Purgatorio, y en esta ocasión afrontó el problema del mal y la existencia del Diablo.

«Es un tema que toca profundamente nuestra experiencia», explicó. Trajo a la memoria el hecho de que «Jesús mismo desde la cruz reza al Padre, encarnando la expectativa de liberación del mal de la humanidad. Nosotros creemos que Jesús ha vencido definitivamente a Satanás y nos ha liberado de su temor».

El mal y la conversión

«El mal moral provoca el sufrimiento», pero «la Sagrada Escritura evidencia que después del pecado se puede pedir a Dios su misericordia, o sea el perdón de la culpa y el final de las penas provocadas por ella».

De este modo, «el regreso sincero a Dios y la liberación del mal son dos aspectos de un único camino».

El príncipe de las tinieblas

El cristianismo, siguiendo la Revelación, encuentra un elemento de explicación del misterio del mal moral. «En la oración del Padrenuestro –recordó Juan Pablo II– es explícita la referencia al mal. Éste es provocado en el mundo por aquel espíritu llamado por la revelación bíblica Diablo o Satanás, que se ha puesto deliberadamente contra Dios».

El demonio del que habla la Escritura no es una realidad del pasado. «La maldad humana –dijo el pontífice–, constituida por el Demonio o suscitada por su influjo, se presenta en nuestros días incluso de forma atrayente, seduciendo las mentes y los corazones hasta hacer perder el sentido mismo del mal y del pecado».

«Éste (el mal) está ciertamente ligado la libertad del hombre –concluyó–, pero en su mismo peso obran factores por razón de los cuales el pecado se sitúa más allá de lo humano, en aquella zona límite donde la conciencia, la voluntad y la sensibilidad del hombre están en contacto con las obscuras fuerzas».

EL OBSERVADOR 216-6

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Chispitas de autonomía
José Arturo Lozano Madrazo

Autonomía es tanto la condición de no depender de nadie como la libertad de gobernarse a sí mismo, ambas diferentes.

Si radicalizamos la condición de no depender de alguien, caemos en el terreno de lo utópico, de lo absurdo y de lo imposible, porque, ¿quién es el «chicho» –persona, animal o cosa– que tan sólo para subsistir no necesite de alguien o de algo? Y entre más específica sea su razón de ser, tanto más requerirá de ayuda. Por ello el ser humano, entre más involucrado y comprometido esté con su esencia, más ayuda necesita; y si actualmente existiesen los ermitaños, serían los parásitos de la humanidad.

Pero en el ámbito social y en algunas instituciones el término es de uso común y corriente para destacar su fortaleza y capacidad, su libertad e independencia, la calidad de sus servicios y la certeza de un futuro promisorio; y en las instituciones de educación superior ha sido y es blasón para defender a ultranza la «universalidad» del conocimiento. Decir «universidad autónoma» implica mejoría en la calidad en servicios y garantía educativa. Es pertinente mencionar que si se toma la autonomía exclusivamente como separación de las injerencias de los gobiernos del momento, es caer en el error y en el caos. ¿Qué es lo que está pasando actualmente en la Universidad Nacional Autónoma de México? ¿Será posible saberlo a ciencia cierta?

La UNAM es patrimonio de todos los mexicanos, y tan íntimamente es, que si ella gana todos ganamos, como si pierde todos perdemos; y aquí no hay vuelta de hoja ni duda al respecto. Entonces, ¿cómo explicarnos este paro-huelga que ha rebasado los cien días de existencia y no se ve cuándo termine? Bien sabemos que todos salimos perdiendo, ¡y vaya lo que perdemos!

Son muchas las causas potenciales que se le atribuyen y que recibimos a través de los medios; son desconcertantes y contradictorias: que si el rector careció de tacto, que si los tiempos no fueron propicios, que constitucionalmente la educación debe ser gratuita, que se está pretendiendo privatizar nuestra magna casa de estudios para cedérsela al neoliberalismo pretendiendo así aniquilar lo poco que nos queda del socialismo mexicano, que era para mejorar la economía (becas), que el gobierno del D.F. no quiere resolverlo y que el federal tampoco, que si son peras o son manzanas... Pero es como la puerta de Alcalá de la canción española de los ochentas: ahí está viendo pasar el tiempo... la huelga de la UNAM.

La huelga es contraria al sentido común porque la Universidad beneficia a más de un cuarto de millón de estudiantes, mismos que con abrumadora mayoría la ambicionan y la patria los necesita. Pero ahora, por capricho trans-revolucionario de algunos pocos que son señalados ante la opinión pública como los restos de pequeñas células de una izquierda radical y fundamentalista, caduca y obsoleta, además de absurda, la UNAM está en coma.

Por la pérdida de prestigio que está adoleciendo, quizá podemos decir que la salud de la UNAM es delicada por el cáncer que la invade, con probabilidades de encontrarse en una etapa terminal. Es posible realizar varias acciones conjuntas, tales como la vigilancia de las instalaciones creando un cerco externo para que cualquier parista salga pero sin sacar nada ni entrar nada; así, con paciencia, las propiedades volverán a sus legítimos administradores. Y se debe legislar en el Congreso de la Unión para otorgarle su carácter constitucional, donde, para acabar la resucitación universitaria, deberán darle un nuevo nombre.

* Artículo resumido.

EL OBSERVADOR 216-7

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Entrevista Exclusiva
«Hoy la religión es la del dinero: o el hombre cambia, o no hay nada que hacer», Carlos Díaz.

Filósofo, editor, traductor, erudito, el español Carlos Díaz suele dedicar los veranos a trabajar en México. Con 90 libros publicados, Díaz es una referencia obligatoria del pensamiento católico actual. En esta entrevista exclusiva para EL OBSERVADOR Carlos Díaz aborda temas de gran importancia para la educación que requiere el país, una educación que debe estar fundada en el querer, en el poder, en el saber y en el esperar.

EL OBSERVADOR: Tomando como punto de partida un tema que preocupa y debe ocupar a los mexicanos: ¿cómo podemos entender una educación ética, una educación con fundamento en la transformación de la realidad?
CARLOS DÍAZ: Una educación con carácter ético es aquella que procura hacer el ciudadano moral o ético, por tanto que desarrolla valores morales o éticos. A su vez hay que definir valor. Por decirlo de una manera sencilla, valor es aquello donde uno pone su corazón. Si no hay una voluntad de cambiar el corazón, nunca va a haber la posibilidad de educar en valores diferentes a los crematísticos (1)
 . Mucha gente se queja de que antes era diferente, pero antes lo que movía al mundo y también a México era el crematrocentrismo (2) , «el dinero, dinero, hombre» como decían los griegos. Desde que vinieron los españoles aquí hasta hoy, la dominación de los ricos a los pobres ha existido. En la vida doméstica la mujer antes era un objeto y hoy sigue siendo. El adulto golpeaba al niño y hoy sigue siendo. Todos esos sistemas de poder y prestigio creo que eran exactamente iguales. Quizá había una diferencia en el papel que jugaba la Iglesia y hoy va jugando cada vez menos.
EO: En el sentido de la educación hacia la democracia, ¿cual sería el ideal desde el punto de vista histórico?
CD: Hay que reflexionar sobre una cosa: ¿educa el gobierno?, ¿educan los políticos? Si el pueblo habla pestes y horrores de ellos, allí parece que no. Hay dos posibilidades: o educa Dios –en este contexto la Iglesia– o cuando eso desaparece educa el Estado. La verdadera educación, si no educa la Iglesia y no educa el Estado, tiene que venir de la autoeducación popular de grupos autónomos de la sociedad civil. A mí me parece que un país católico donde las iglesias todavía se llenan, pero es el cuarto país en índice de corrupción en el mundo, tiene algo que está fallando. Porque ¿qué formación hay en la Iglesia, si el pueblo que va a la Iglesia es el corrupto? Por el otro lado, hay mucho culto a la bandera, mucho grito, mucha patria, pero luego los pepenadores cuando gritan ¡viva México!, ¿qué están gritando? ¿Viva mi miseria, vivan mis piojos, viva mi borrachera, viva mi muerte? ¿Eso es patriotismo? Esa es la educación cívica que se hace. Y no puede haber educación cívica si no hay justicia, si es el cuarto corrupto, el cuarto injusto. No puede hablar de educación. En otro terreno, en México todos los niños tienen una escolarización obligatoria, aunque no se cumpla luego. Allí hablan de valores patrióticos y valores cívicos, pero habría que repasar esos libros de texto; yo ya lo he hecho.
EO: ¿Y qué has encontrado en los libros de texto?
CD: Basura, basura democrática entre comillas. Mucho culto a las banderas, mucho inflamar el pecho, mucho gritar somos mexicanos, y luego resulta que los mexicanos no quieren vivir en México. Se vive de la mentira. Eso que llaman democracia es mentira. ¿Cómo va a ser democracia si la persona que más gana en este país gana 50 veces más que el profesional medio? Por lo cual, trabajando un año el que más gana en México equivaldría a 50 años de vida de trabajo de un profesional medio.
EO: Es necesario que los mexicanos hablemos de verdad con la verdad. Está pendiente aún la reforma de la verdad. Vivimos en el país de las simulaciones. La corrupción del lenguaje se ve en las precampañas políticas. La primera reforma que debería emprenderse es la reforma del lenguaje, que no es otra cosa que la reforma de la verdad, la reforma ética, pero ¿cómo empezar?
CD: Yo tengo un axioma cuasi kantiano: «Lo que puedes hacer tú, no dejes que lo hagan los demás» y «lo que puedas hacer hoy, no lo dejes para mañana». Hay que empezar por uno mismo, la sociedad civil debe articularse en grupos autónomos, creando sinergias (3)
  de micro utopías y avanzando hacía allá. Hay palabras básicas que se deberían asumir: saber, querer, poder y esperar. Saber. Sobre la base de la ignorancia y la mentira no se va a ningún lado. Saber en el sentido de saborear, de ir dentro, no de saber cuatro fechas. Querer. En el doble sentido de querer de la voluntad y querer de cariño. A un pueblo no se le enseña a saber si no es por cariño, es decir, que la crítica no sea hiriente, incapacitante, derrotante. La verdad entra por el amor. Poder. Hay que ver hasta que punto es potente o impotente este país. Algunos anarquistas decían que el poder corrompe, y el poder absoluto absolutamente. Para mí el poder corrompe cuando no se comparte. Si se comparte se le da fuerza comunitaria. Yo soy cristiano y digo que creo en Dios Padre todopoderoso. Puedo orgullosamente creer en ese Padre que comparte con nosotros todo, comparte al Hijo: más no se puede compartir. Ese poder compartido es un poder infinitizador. Quien nos quiere nos hace poderosos, da más fuerza el saberse amado que el saberse poderoso. El poder debe compartirse a la suerte de los últimos, no hay posición pedagógica que no venga desde abajo. Nadie libera algo que no se comparte. Como cristiano creo en un Dios que compartió con nosotros, abajándose hasta el límite. Esperar. Tiene mucha suerte aquel que, aun contando su vida por las derrotas cotidianas, sabe esperar; porque «el amor es más fuerte que la muerte». Saber, querer, poder, esperar no son las únicas palabras para educar en valores, pero pueden ser algunas de las más importantes.
EO: Esta fuerza de esperar ¿puede salir de los valores humanos o sólo puede salir de los valores del que espera en la trascendencia, del que espera contra toda desesperanza?
CD: El ser humano es un ser axiológico (4)
 , va generando valores y degenerándolos, descubriendo y perdiendo valores. No hay contraposición entre el hombre natural y el hombre religioso. También lo religioso es natural. Los valores más profundos son los del Sermón del Monte, y hoy están en contraposición con los valores vulgares del hombre de la calle. En los valores naturales prevalece la ley del talión (5) ; disimétricamente opuesta está la ley del amor y del perdón. En los valores naturales está la mera sexualidad, descontextuada del afecto y del cariño. En la pirámide de Jesús está el amor. La pirámide de Cristo –por resumir– es la inversión de la pirámide actual. Yo creo que el ser humano abandonado a sí mismo tiene más dificultades para encontrar los valores de Jesús de Nazaret. A mí, con los valores que ofrece la sociedad, no me salen las cuentas para llegar al fin de mes; mientras que con los valores de Jesús me salen las cuentas para todos los meses y para toda la humanidad.
EO: Una frase muy repetida en este fin de siglo es que el hombre del próximo siglo o será religioso o no lo será. Al borde del tercer milenio ¿crees que estén dadas las condiciones históricas para esa transformación de la humanidad hacía esa conciencia religiosa?
CD: Yo lo que creo es que habría que definir primero qué es la religión. Yo creo que el hombre es un animal religioso, y el hombre del pasado, del presente y el que viene es religioso. A mí me parece que esa frase es de una simplicidad absoluta. El hombre siempre ha sido religioso, desde el hombre de las cavernas hasta hoy. Por otro lado, ¿qué es religiosidad? Esta claro que hoy hay religiones en ascenso y otras en declive, hay religiones que ya no existen; otras existirán en el futuro. Claro que una cosa es religión y otra es Dios. Estadísticamente el catolicismo está en declive y el Islam en auge, el budismo permanece estable. Las religiones de reemplazo o nuevos movimientos religiosos –la New Age y sectas– aumentan. ¿Se refieren a esto cuando hablan de religioso? Es la manipulación y la venta de lo religioso. ¿Eso es el futuro de lo religioso? Inmediatamente es lo que se ve. Esto no es el camino de la religión monoteísta profética. Habría que preguntarse si esto no sale del corazón de la Iglesia católica, porque el catolicismo no está funcionando. ¿Qué hubiera pasado si funcionáramos los católicos con la pasión de creer en Dios e ir por las casas?

EO: Vivimos en tiempo de una enorme dispersión, de tedio para cumplir esos cuatro lineamientos de la educación para el cambio: saber, querer, poder y esperar.
CD: Hoy la religión es la del dinero. Eso es incompatible: o el hombre cambia o no hay nada que hacer. Yo no deposito la esperanza en el hombre; aunque el hombre no crea en Dios, mi esperanza es que Dios siga creyendo en el hombre. Mientras Él exista y nos ame nosotros no moriremos. Es Él el que será la esperanza del futuro. Por tanto, acerca de la pregunta si el siglo XXI todavía seguirá siendo religioso: ojalá que siga existiendo Dios para el próximo siglo, porque si él no existe entonces nosotros no tenemos nada que decir como animales religiosos. Mi convicción es que Dios es eterno, y por tanto que Él cree en nosotros. Lo importante no es que nosotros creamos en Él. Tal como van las cosas demostramos que no creemos en Él sin por lo menos saber que Él siga apostando por nosotros, siga creyendo en nosotros. Somos su gente, con un amor de fidelidad y misericordia. Vuelve a ofrecernos su salvación setenta veces siete.

EL OBSERVADOR 216-8

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Vida cristiana
No se dejen transformar por los criterios de este mundo
Isele

Esto nos pide san Pablo (cfr. Rom 12, 1-2).

Y lo repetimos día con día, siglo con siglo.

Hay que estar muy atentos. Se requiere mucha agudeza para distinguir, para no caer en nuestras propias trampas.

Con frecuencia procuramos adaptar los principios de nuestra fe en función de los criterios del mundo. Somos muy hábiles. Nuestros argumentos llegan a ser muy convincentes.

Por eso tenemos que volver una y otra vez a los criterios del Evangelio. Confrontarlos. Sentirlos. Actuarlos. Aunque el mundo nos mire con ojos raros.

Recordemos al papa Pablo VI, quien insistía en que debemos evangelizar nuestros criterios de juicio, valores determinantes, puntos de interés, líneas de pensamiento, fuentes inspiradoras y modelos de vida.
(FIN)

EL OBSERVADOR 216-9

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