El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

5 de septiembre de 1999 No. 217

SUMARIO

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EDITORIAL Católicos y política

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PINCELADAS El dinero no lo es todo

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A LAS PUERTAS DEL TEMPLOPoesía y pobreza

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Nuevo libro prueba la historicidad del beato Juan Diego

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EL RINCÓN DEL PAPALa terrible pérdida del sentido del pecado

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¿USTED QUÉ OPINA? Hombres nuevos para un México nuevo

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COLUMNA HUÉSPED Conclusiones provisionales

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Visita al mercado de la violencia

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MEDIOS DE COMUNICACIÓN Conversar con la tele es causa de adicción

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CUADERNO DE NOTAS Gracias a los santos

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Más vivo que nunca

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VIDA CRISTIANA Si dos se ponen de acuerdo

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Referéndum

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Elogio de la intolerancia

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Credo para los mexicanos

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La familia: comunidad de vida y de amor

Editorial
Católicos y política

Es el tiempo, en México, de la corrupción del lenguaje político. La lucha por el poder hace pensar dos cosas: que va a ganar el más grosero (o el más simpático, o el más fotogénico) y que nada tenemos nosotros, los católicos, que hacer para remediar la situación.

En EL OBSERVADOR pensamos justamente lo contrario: que tenemos mucho que trabajar para educarnos y educar en la verdadera política a nuestros hijos. Si el cristianismo que lucimos es –simplemente– de golpe de pecho, poco podemos esperar de nuestra acción para transformar la historia. Pero si amamos a nuestra patria, si de veras queremos educar en los valores cristianos a nuestros niños y jóvenes, este «Credo» que hoy publicamos puede ser un excelente instrumento de reflexión, análisis y trabajo futuro.

Hay que pensar en el futuro, hay que planear un futuro menos horrible que el presente, menos injusto y corrupto. La participación de los católicos en ese México que necesitamos es fundamental: no podemos hacernos a un lado, pues el tren de la historia no para, avanza ciegamente con una guía cuyo objetivo es el poder por el poder mismo.

Hagamos, pues, de nuestra catolicidad un compromiso político. Y, a la vez, un testimonio: el que busca el bien de los demás como mandato, como un imperativo categórico, por encima del bien egoísta, individual, ajeno a la extensión del Reino de Dios en este mundo.

Empecemos por reflexionar: ¿en qué creemos? He aquí una propuesta de «Credo». Proviene del sacerdote argentino Aldo Nucifora y fue publicada en el periódico Diálogo, en agosto de 1999. La globalización también tiene que tocar la solidaridad entre los católicos de aquí y de allá.

EL OBSERVADOR 217-1

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El dinero no lo es todo
Justo López Melús *

Dios se disfrazó de mendigo, fue a un pueblo, a casa del zapatero, y le dijo:

– Hermano, no tengo dinero y tengo las sandalias rotas, ¿podrías arreglármelas?
Respondió el zapatero:
– Estoy cansado, todo me piden, nadie me da.
– Yo puedo darte lo que necesitas.
– ¿Podrías darme un millón de dólares para ser feliz?
– Puedo darte lo que quieras, pero a cambio de algo.
– A cambio de qué –preguntó el zapatero.
– A cambio de tus piernas –contestó el Señor.
– ¿Y para qué quiero el dinero si no puedo caminar?
– Puedo darte cien millones de dólares por tus brazos.
– ¿Y para que los quiero si no puedo comer solo?
– Puedo darte mil millones por tus ojos.
– ¿Y para que quiero mil millones si no voy a ver a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos?
Entonces concluyó el Señor:
– Ah, hermano, ¡qué fortuna tienes y no te das cuenta!

*El autor es operario diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 217-2

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A las puertas del templo
Poesía y pobreza
(primera de dos partes) *
Javier Sicilia

Se puede decir que cada lenguaje poético, cada poema, es una habitación conectada con la verdad espiritual absoluta que el mito de la riqueza del materialismo y del utilitarismo de la sociedad nos oculta y, por lo mismo, un retorno a la naturaleza original del lenguaje, es decir, al significado y al sentido de nuestras vidas. La poesía sólo aspira a eso: es la expresión espiritual de lo humano; el espejo en el que contemplamos el significado de nuestra trascendencia.

Toda poesía se conecta así con la religión. O mejor, el sentido profundo de la religión sólo puede revelarse mediante el lenguaje poético y en la vida y los actos de un hombre, que también son poesía, «poesía -como decía Raïssa Maritain- en acto»: Cristo habla en parábolas y sus significados son infinitos. Sus parábolas son una planta cuyas raíces se hunden en un océano insondable. Sobre ese puñado de metáforas, que afirma con su presencia y que están compendiadas en ese breve texto que el El Evangelio, la humanidad, a lo largo de dos milenios, ha escrito miles de tomos de interpretación que aún no agotan su misterio.

El Bagavadh Gita y los Upanishad son poesía que se puede comprar por unos cuantos pesos, y los koan y las enseñanzas de Buda, joyas verbales. Los textos de la tradición judía son también poesía y la función del profeta (el poeta) en el mundo hebreo era restituirle los significados espirituales al pueblo que se contaminaba de paganismo. Los mismos templos y la liturgia católicos son poesía: la pobreza del altar, del mantel, de las velas, del pan y el vino... son imágenes que manifiestan lo invisible: el ropaje de Dios: irrupción de lo sagrado en nuestra cotidianidad.

Por obra de la poesía los materiales del mundo se transforman en imágenes por las que la infinitud se asoma y podemos oírla y contemplarla. Su objetivo es abrirnos al espíritu, no a través de un razonamiento irrefutable, sino a través de la pobreza y la energía de un lenguaje. Por lo tanto, aprender a leer la poesía no requiere de una formación racionalista, sino de una formación espiritual.

El problema de la poesía moderna es que, como lo ha afirmado Tarkovski, «ha equivocado su ruta al abandonar la búsqueda del significado de la existencia por la afirmación de (la riqueza) de la individualidad». Lo que «la hace adquirir un aspecto sospechoso (ya que) lo que debería ser un acto creativo (se ha convertido) en la proclamación del valor intrínseco del acto personal».

Pero la individualidad no se afirma mediante la creación poética (para afirmarla existe una gran cantidad de profesiones), pues ella, como hemos visto, sirve a una realidad espiritual.

El verdadero poeta, a diferencia de lo que es nuestro quehacer cotidiano, no se sirve del lenguaje para sus fines: es, por el contrario, un servidor de la lengua, un servidor de la revelación espiritual, un servidor del don que se le ha dado.

En el fondo, el verdadero poeta, como lo muestra el profeta del pueblo hebreo, es alguien que se sacrifica y se empobrece: sacrifica y empobrece sus convicciones ideológicas, su individualidad, se niega a sí mismo en favor de la revelación de la belleza que contiene a la verdad.

Boris Pasternak lo dijo admirablemente: la creación poética exige que el poeta «muera completamente en el sentido más amplio de esa palabra». Lo que quiere decir que, a través de esa muerte, el artista no exprese su experiencia personal. Su conocimiento es interior y en la medida en que nace de su persona, es decir, de lo más profundo de su interior, se vuelve universal.

Lo que el artista revela en su obra al morir, al renunciar a sí mismo, es el conocimiento de la vida y, aunque lo ignore, de su ser en Dios. Al morir a sí mismo, al ocultarse en su obra, lo que queda, semejante a un cristal completamente limpio, es la pobre, maravillosa e inmensa presencia del infinito.

* Artículo resumido. Se publica por convenio expreso con el autor.

EL OBSERVADOR 217-3

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Nuevo libro prueba la historicidad del beato Juan Diego

El día 24 del pasado agosto, monseñor Oscar Sánchez Barba, postulador ante la Santa Sede de las causas de canonización mexicanas, presentó el libro «El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego», el cual contiene argumentos definitivos que evidencian la historicidad del vidente mexicano, que era puesta en duda por grupos antiaparicionistas. La causa respectiva se encuentra, así, en su última fase y se espera que la proclamación de la santidad de nuestro indígena tenga lugar durante las fiestas del Jubileo del 2000, quizás el 21 de mayo, fecha que el Vaticano dedica a México.

Por su parte, el coautor del libro, monseñor José Luis Guerrero Rosado, doctor en derecho canónico, profesor de la Universidad Pontificia de México y experto guadalupano, señaló que «de 1990 a la fecha aparecieron al menos tres pruebas directas que ratifican que el acontecimiento guadalupano no es un invento piadoso del siglo XVII, sino un hecho real acaecido en el siglo XVI». Entre las nuevas pruebas, explicó monseñor Guerrero, «se encuentran el Códice Escalada, la tradición oral totonaca de San Andrés Zozolco (Veracruz) y el testimonio de Ana de Cristo, una religiosa española clarisa que pasó por México -entonces la Nueva España- camino a Filipinas, en el año de 1619». Además, está documentado que al beato Juan Diego «siempre se le ha considerado y se le sigue considerando modelo e intercesor, que es lo que para la Iglesia constiuye la calidad de santo»

No hay duda de que Juan Diego, Cuauhtlatóhuac antes del bautismo, es la figura más relevante en la historia de la naciente comunidad cristiana indígena y de las más queridas y populares en el catolicismo mexicano de nuestros días. Nació al rededor del año 1474 en Cuautitlán. Vivió sus primeros años en el barrio después llamado de San José Milla y luego pasó a Tlacpac (Santa Cruz el Alto). Fue testigo de las apariciones de la Virgen María y embajador de Ella ante el obispo. Lleno de méritos y agradecido por los favores recibidos de la Reina del cielo, entregó su piadosa alma a Dios hacia el año 1548. Su culto se asocia al de Santa María de Guadalupe y, por tanto, se extiende por todo el mundo.

EL OBSERVADOR 217-4

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El rincón del Papa
La terrible pérdida del sentido del pecado

«La conciencia del pecado se ha debilitado notoriamente», lo cual constituye «el drama de la situación contemporánea, que parece poner de lado los valores esenciales». Así habló Juan Pablo II en reciente audiencia general en la ciudad del Vaticano. Explicó que este fenómeno se debe a una difundida indiferencia religiosa y al rechazo de lo que la recta razón y la Revelación nos dicen de Dios. La idea del pecado suele estar culturalmente marginada debido a «la pretensión de una libertad absoluta, que se considera limitada y restringida por Dios».

Pecado individual y pecado social

Si bien «las auténticas responsabilidades son obviamente de las personas, dado que la estructura social, en cuanto tal, no es sujeto de actos morales», el obispo de Roma explicó que «los pecados individuales consolidan las formas de pecados sociales que son el fruto de la acumulación de numerosas faltas personales».

El pecado es como un imán

«Existe una espantosa fuerza de atracción del mal que hace juzgar `normales´ e `inevitables´ muchas actitudes. El mal crece y hace presión con efectos devastadores sobre las conciencias, que quedan desorientadas sin ni siquiera poder discernir. Si,
además, se piensa en las estructuras de pecado que frenan el desarrollo de los pueblos más desaventajados bajo el punto de vista económico y político, parecería que habría que rendirse ante un mal moral que parece ineluctable».

Con Cristo sí se puede vencer el mal

Juan Pablo II dijo que ante las estructuras de pecado surge la tentación de la impotencia, pues parecen aplastar al individuo. «Pero el anuncio de la victoria de Cristo sobre el mal nos da la certeza de que incluso las estructuras más consolidadas del mal pueden vencerse y sustituirse con `estructuras del bien´».

Este es el desafío de la nueva evangelización: recuperar «la conciencia de que en Cristo es posible vencer el mal con el bien». «El camino de la conversión implica la exclusión de toda convivencia con el pecado», y «el Jubileo puede constituir una ocasión providencial para que los individuos caminen en esa dirección», concluyó. (ACI / NE / ZENIT)

EL OBSERVADOR 217-5

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¿USTED QUÉ OPINA?
Hombres nuevos para un México nuevo
Genaro Alamilla Arteaga

Hoy la humanidad entera casi padece una psicosis de cambio, de renovación, de algo nuevo, distinto. Todo debe renovarse, cambiar, hay que hacer otro camino porque el que hacemos ya está trillado. Quien piensa así, tiene toda la razón del mundo, pues lo que en décadas pasadas era bueno y útil ahora ya no lo es y hay que sustituirlo por algo mejor. Lo de ayer ya no satisface los anhelos y las necesidades del hombre de hoy, que contempla el tercer milenio lleno de esperanzas que satisfarán cuanto el hombre quiere y necesita, por eso es exacta la frase -que no es nuestra-: «Hombres nuevos para un México nuevo», pero sí nos inspiró ésta: «Para un México mejor, mejores hombres». Cambiar al hombre, transformarlo de malo en bueno, de bueno en mejor y de mejor en santo, es una tarea ardua y difícil, muy cuesta arriba. El error que hemos cometido -gobierno, ONG, particulares- es haber querido cambiar, mejorar la educación, la política, la economía, los gobiernos y la cultura con los mismos hombres, sin cambiarlos, sin mejorarlos, por eso hemos fracasado y las instituciones, las estructuras y toda la cosa pública están igual o peor, pues es que es absurdo hacer cambios, mejor dicho, intentar hacer cambios sin transformar al hombre de salvaje en humano, en fraternal, para que deje de ser lobo para sus semejantes los hombres. Hay que cambiar sus cuadros mentales, erradicar su egoísmo y vicios, limpiarlo de sus tendencias materialistas y consumistas, enderezar sus desviaciones sociales y orientarlo hacia las metas éticas y morales. Sólo con hombres así, con mejores hombres, tendremos un México mejor y podremos asegurar un desarrollo integral en el ya inminente tercer milenio.

El tiempo nos gana, no creamos que con la escaramuza que hacemos en política, en movimientos sociales y en eventos de toda índole vamos a cambiar al hombre y a sus estructuras e instituciones. No, nos engañamos, ni con cambios superficiales y populistas ni con discursos políticos fantasiosos que ya ni los ingenuos creen, se va a cambiar, a transformar o desarrollar el país.

Para cambiar al hombre, transformarlo, dos son las instituciones fundamentales: la familia y la escuela. Desgraciadamente la primera presenta muy seria desintegración, y la segunda -como está constituida hoy- no garantiza su papel de formadora del hombre. Sobre ambas volveremos en otras entregas, hoy sólo nos planteamos esta interrogante: ¿México se presentará exitosamente en el tercer milenio con el tipo de hombre que tiene? ¿Usted qué opina?

EL OBSERVADOR 217-6

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Columna huésped
Columna huésped
Columna huésped
Conclusiones provisionales
Jean Meyer


Hay que ir allende del acontecimiento. Ya es tiempo de decir que si a lo largo de la tormenta nos sentimos kosovares, los serbios nunca dejaron de ser nuestros hermanos. La desgracia de la población kosovar deportada y masacrada, la desgracia de la población serbia engañada y bombardeada son irreversibles e irreparables. ¿Qué pasará con tantos refugiados bosnios, albaneses, croatas, serbios? ¿Qué será de los 200 mil serbios de Kosovo después de tanta violencia inolvidable? La responsabilidad última, la responsabilidad histórica es para siempre de Milosevic, con su fría y criminal empresa; pero si pudo pasar al acto, si pudo aplicar un plan Herradura archivado en 1937, si pudo soltar todos los demonios, eso se debe a la falta de lucidez o de valor de los que podían y debían haberlo parado en seco en 1991.

Debemos borrar unas falsas ecuaciones. Es falso decir que es la misma vieja historia que se repite siempre: odios clánicos, guerras tribales, prehistóricas. Otra falacia: panslavismo=cristianismo ortodoxo=comunismo. Tercera falacia asesina: bosnio, albaneses, kosovar=musulmán=fanático bárbaro.

En 1994 el gran poeta ruso Joseph Brodsky le decía a su colega escritor, el presidente checo Vaclav Havel: «No le eche la culpa al comunismo. Es un espejo, el reflejo de nosotros, del potencial humano negativo. El comunismo fue un derrumbe de la humanidad, no un problema político. Un problema humano, un problema de nuestra especie. ¿Por qué no admitir sencillamente que ocurrió una extraordinaria regresión antropológica en este siglo? (...) El pecado original, traducido en lengua común, significa que el hombre es peligroso»*.

Milosevic encarna esa virtualidad peligrosa, Por eso, frente al tercerismo utópico que decía «ni OTAN ni Milosevic», frente al izquierdismo utópico mexicano y latinoamericano que encuentra sus mesías en Fidel Castro, Sadam Hussein, Milosevic, Hugo Chávez, hay que subrayar que fueron 19 países democráticos los que tomaron, demasiado tarde, la resolución de parar por la fuerza la violencia de Milosevic. Subrayar también que en 16 de esos 19 países la izquierda socialdemócrata está en el gobierno, mientras que en los mismos países los que condenaron la decisión de la OTAN eran los comunistas y la extrema derecha racista, la que dice por la boca de Jean Marie Le Pen que la shoah es una minucia en la historia de la segunda guerra mundial.

Más allá de esa guerra de Kosovo –que la OTAN no ha declarado, porque de hecho fue una operación de policía internacional–, hay que señalar la importancia de la fecha del 23 de marzo de 1999. En el mismo día los lores británicos le negaron la inmunidad al general Augusto Pinochet y la OTAN tomó la decisión de bombardear Serbia. Se trata de dos golpes serios a la soberanía de los Estados, en nombre de la lucha contra los crímenes de lesa humanidad. Todos queremos la justicia. ¿Puede haber justicia sin policía? ¿Ustedes creen que el solo tribunal de Nuremberg hubiera podido liberar a los presos de Auschwitz?

Más allá de la guerra se plantea en serio el problema de la revitalización, vía reforma, de Naciones Unidas, con su fuerza de policía internacional. Se plantea la necesidad para Europa de dotarse de un verdadero gobierno y de unas verdaderas fuerzas armadas. Si no, ¿cómo quejarse de que Estados Unidos sea el músculo de la OTAN? ¿O es que Europa pretende tener a Estados Unidos de sirviente? La misma Europa debería reunirse en congreso en Berlín, Varsovia o Viena, para redibujar su mapa, integrar cuanto antes a la comunidad toda la Europa del sureste, lanzar un generoso plan de desarrollo económico para dicha región. Sin olvidar que Rusia, aunque no lo crea, es europea.

* New York Review of Books, 17 de febrero de 1994, carta de JB a VH.

EL OBSERVADOR 217-7

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Visita al mercado de la violencia

Cada vez con más frecuencia se llevan a cabo masacres en el mundo en las cuales el agresor no tenía propiamente razones políticas, económicas o de las que sea para iniciar su guerra personal. En estos incidentes el asesino obraba más bien por impulso desequilibrado, irracional, y en todos estos casos fue pasmosa la facilidad con la que el criminal pudo hacerse, por vía completamente legal, de un auténtico arsenal.

En Estados Unidos esta clase de incidentes ha provocado que se intente controlar mejor la venta de armas de fuego, disminuya el número de vendedores y los compradores empiecen a ser investigados más formalmente antes de que se les conceda el permiso de adquirir un arma. Hasta ahora, la muy influyente National Rifle Association había logrado bloquear casi todas las iniciativas de ley propuestas para limitar la venta de armas a la población, pero en todos los niveles políticos parece que se ha logrado crear conciencia sobre el problema y que los controles se volverán más estrictos.

Pero el fácil acceso a las armas no es el único fenómeno que contribuye a la difusión de la violencia. Las películas y programas de televisión con contenidos violentos son considerados ya como poderosas influencias en la conducta de personas poco equilibradas. Recientemente, en Inglaterra, dos adolescentes de 14 años atacaron a un amigo suyo de 13, después de ver una película violenta. Los jóvenes delincuentes imitaron deliberadamente las acciones que vieron en la película Scream, de Wes Craven, al herir a cuchilladas a su amigo, quien se salvó sólo porque se fingió muerto. Este incidente refuerza la opinión de personas como las que demandaron legalmente al cineasta Oliver Stone, por los efectos violentos que generaba en algunos individuos su película Natural born killers (Asesinos por naturaleza).

El clima de violencia difundido por los medios alcanza su clímax en los puntos conflictivos del planeta. En Israel, por ejemplo, después de décadas de violencia étnica y luchas territoriales, las agresiones entre los propios israelíes son cosa frecuente. Se ha demostrado que hasta el 7% de los estudiantes en Israel ha llevado armas a su escuela en alguna ocasión, y el 50% de los escolares dice haber experimentado alguna agresión por parte de sus compañeros.

La sociedad actual, sobre todo en los países desarrollados, excita la agresividad de sus miembros y luego les pone un arma en las manos, todo en nombre de sus derechos constitucionales. Aunque sean muy diversas las razones profundas de la violencia en cada caso particular, se ha vuelto un rasgo común ese entorno que trivializa la vida y la muerte del ser humano y lo convierte en un producto desechable. Esto se llama cultura de la muerte. (D.G.B.)

EL OBSERVADOR 217-8

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Medios de comunicación
Conversar con la tele es causa de adicción
Santiago Norte

Todos sabemos que los niños aprenden del lenguaje de amor o del lenguaje del desamor que impera, como una caligrafía subterránea, en el texto de la familia. ¿Impera o imperaba? Para bien o para mal (según los especialistas, más para mal), esta caligrafía ha sido reemplazada paulatinamente por la escritura de las imágenes, por el dictado de la televisión El problema educativo actual —problema de dimensiones insospechadas todavía— estriba en que los niños ven mucho más tiempo a la televisión que a sus padres; pasan mucho más horas «juntos» con la tele y han llegado a estimarla más que a sus progenitores.

Dos meses seguidos, sin parar a comer o ir al baño

El niño típico de la sociedad occidental ve alrededor de tres horas 46 minutos al día la pequeña pantalla; es decir: 26 horas con 22 minutos por semana, o dos meses (sin parar) al año. A los 65 de edad, el niño de hoy, anciano al 2050, habrá gastado diez años completos de su vida mirando tele; una década sin parar siquiera para comer o ir al baño... Según algunas mediciones en Estados Unidos, un niño «normal» de dos a once años, pasa mil 197 minutos a la semana «conversando» con la televisión, mientras que a sus padres (y sus padres a él, obviamente) les dedica 38 minutos a la semana para tener con ellos (y ellos con él) una conversación un tanto profunda.

Es más, según las mismas estadísticas (que forman parte del cuerpo de datos que respaldó este 1999 la experiencia internacional de «Una semana sin tele»), 54 por ciento de los niños de cuatro a seis años que fueron interrogados sobre si preferían la tele a sus padres, contestaron a favor del aparato y en detrimento de sus padres. Interrogados éstos sobre si desearían restringir el tiempo que sus hijos miran TV, 73 por ciento dijeron que sí: ¿por qué no lo llevan a cabo en sus casas? Ese es un grandísimo misterio de la sociedad permisivista, abúlica, que nos aloja al finalizar el siglo XX.

La soledad más sola: la soledad de las imágenes

El pasado 6 de mayo, en París, el Consejo Pontificio de la Cultura y el Centro Católico Internacional para la UNESCO, realizaron una reunión para analizar las posibilidades de un nuevo humanismo al alba del tercer milenio. Una de sus conclusiones es aterradora: el hombre de hoy es «un hombre atenazado por el miedo de sí mismo, de su propia obra y de los poderes terrenos y, al mismo tiempo, con una sed de absoluto y de infinito que se manifiesta con más fuerza aún que en otras épocas.» Por un lado, el miedo y la soledad; por el otro, el ansia de Dios. El obstáculo es que esa ansia se «llena» con más soledad: la soledad de las imágenes.

El modo de conocimiento de la televisión no propicia la interacción. Y los hombres siempre han elegido el camino del diálogo para buscar la verdad. El diálogo nace en la familia pero, como señalaba el cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, en esta era la familia es «centro de un ataque colosal.» Las bombas de ese ataque tienen una especie de consigna: fragmentar para vender. Fragmentar al núcleo familiar, por ejemplo, con una sexualidad desbordante, que hace al sujeto experimentar por adelantado una serie de acontecimientos que sólo a partir de una madurez podría —apenas— comprender.

Pero en el modo actual de operar la TV en el mundo (entregada al capital y no a la conciencia ética de las sociedades), sólo se trata de vender. Así las cosas, si se trata de vender la «industria» del sexo, la TV no tiene empacho ninguno: los adolescentes que miran tres y media horas al día (de las siete que en promedio permanece encendida en sus casas) tienen, al cabo de un año, 14 mil referencias sexuales, con un mensaje típico: «hazlo», sin que importen las consecuencias. Y como no hay familia, las conductas de los grandes íconos (ídolos), se vuelven las conductas a elegir. Baste repasar las conductas sexuales de «las estrellas», para saber a qué atenernos.

Cinco pasos rápidos para detectar una adicción

Los manuales de asociaciones contra las adicciones contienen casi siempre indicaciones sobre lo que puede considerarse una persona «enganchada» (al alcohol, a las drogas). Las condiciones requeridas coinciden específicamente con la adicción televisiva. De acuerdo con el psicólogo Robert Kubey, de la Universidad de Rutgers, quienes miran demasiada televisión padecen cinco síntomas, dos más que los necesarios para ser declarados adictos a substancias. Estos síntomas del teleadicto son:

1. No puede mirar uno o dos programas; una vez que inicia, ve horas y horas.
2. No es capaz de apagar el aparato.
3. No es capaz de cancelar la TV para hacer labores familiares.
4. Cuanto más mira, más tiempo quiere seguir mirando.
5. Si no ve televisión siente ansiedad (síndrome de abstinencia).

A todo mundo le parecería absurda una Asociación de Teleadictos Anónimos. Pero debería existir. Estamos hablando de uno de los principales problemas de salud pública de nuestra era. El más reciente estudio de la Universidad de Stanford (mayo de 1999) demuestra —con pruebas científicas, no con intuiciones— que los niños tienen mayor tendencia a la obesidad cuanto más tiempo pasan frente al televisor. Es una tendencia que van a volver a encontrar cuando crezcan. Y la obesidad es, ya, la segunda causa de muerte adulta en Estados Unidos...

EL OBSERVADOR 217-9

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CUADERNO DE NOTAS
Gracias a los santos

El Espíritu Santo se encuentra trabajando a ritmo frenético los últimos años del pontificado de Juan Pablo II. Hemos asistido —con gozo— a la canonización de un buen número de católicos que son como señales luminosas de la gloria y la salvación.

Periodistas, sacerdotes, filósofos, religiosas..., la santidad —nos dice el Papa— no conoce de profesiones específicas: es la vocación de todos los bautizados en la fe en Cristo.

No se trata de un espectáculo multimedia, como han planteado algunas plumas perversas, sino de una puesta en escena real de lo que es la esencia del cristianismo, sin excluir, por supuesto, el testimonio maravilloso del martirio.

Georges Bernanos tiene una frase interesante al respecto. «La Iglesia —dice el gran escritor francés— es como una compañía de transportes que, desde hace dos mil años, traslada a los hombres desde la Tierra al cielo. En dos mil años ha tenido que contar con muchos descarrilamientos, con una infinidad de horas de retraso. Pero hay que decir que, gracias a sus santos, la compañía no ha quebrado.»

En efecto: gracias a los santos, la llama del mandato de amor de Cristo a los miembros de su Iglesia no se ha apagado.

Faltaría por asignar los diferentes papeles de esta compañía de transportes que es la Iglesia, pero estoy seguro de que los fieles somos los pasajeros mientras que los santos son los que demuestran que el viaje tiene sentido.

Este es el quid de la cuestión: que el viaje de la vida tenga sentido, en virtud de la salvación del alma. Si Dios no existiera, si la vida eterna fuese un cuento para apaciguar nuestros terrores nocturnos (de nueva cuenta las plumas perversas): ¿tendría algún sentido el viaje?

Ni el viaje ni el camino ni nada tendría, en absoluto, sentido. La canonización de una mujer, de un hombre, es como la confirmación del mensaje recibido desde la estación de llegada (el cielo): «estamos bien, esperamos su arribo cuando se cumpla el tiempo del trayecto, vénganse con cuidado y no se olviden de alabar a Dios», nos dice la comunidad de los santos. Y es un mensaje audible, perfecto y claro. El problema (nuestro) es que los instrumentos para recibirlo los tenemos semi atrofiados de tanto escuchar el ruido del mundo, de tanta atención que le prestamos al barullo que arman los mercaderes de la carne y del espíritu. (JSC)

EL OBSERVADOR 217-10

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Más vivo que nunca
Bruno Ferrari

Diversos actores sociales y políticos van abarcando más espacios en los medios de comunicación. Da gusto observar cómo organizaciones civiles, como el Ilustre y Nacional Colegio de Abogados, lanzan una iniciativa para proteger la vida desde la concepción, la cual encuentra un eco en el arzobispado de la ciudad de México y se decide a lanzar una campaña de recolección de firmas para este reconocimiento legal. Por supuesto, esta declaración fue de inmediato radicalizada por los grupos contrarios a la vida: GIRE, Católicas por el Derecho a Decidir, y algunos de sus secuaces.¿Qué hay detrás de una iniciativa como ésta? Por un lado se tiene el deseo de proteger la vida humana desde el momento en que ha sido concebida, debido a que la Constitución no le otorga esa protección (cuando ésta fue redactada nadie se cuestionaba sobre el valor y los procesos de inicio y desarrollo de la vida); por el otro lado, se quiere apoyar la creación de una cultura más orientada a la vida. Esta lucha no esta siendo librada en los confines de la catedral metropolitana, ya que se han unido el arzobispo de Guadalajara y los obispos de Mérida y Querétaro con sus respectivos fieles.

¿Quién es el monstruo de las mil cabezas que trata de impedir un proyecto que protege la vida ? Su nombre es dinero y su aspecto es el de organizaciones que aparentan luchar por defender los problemas y desigualdades de las mujeres, llevando temas de carácter ético al terreno de lo político. Los intereses de estos grupos no van más allá del ingreso de importantes sumas de dinero para sus arcas. Algunos ejemplos de financiamiento, según el informe de Proyectos de Desarrollo y Población de las Naciones Unidas y el Foundation Center: GIRE recibió (oficialmente) durante los tres últimos años la friolera de un millón 796 mil dólares destinados al entrenamiento de sus agentes y la difusión de materiales que promueven la despenalización del aborto; Católicas por el Derecho a Decidir, en los dos últimos años, 743 mil dolares; MEXFAM, seis millones 461 mil 294 dólares, y el Centro de Orientación para los Adolescentes (CORA), 342 mil dólares.

Aquellos que se quieran sumar a la causa de la vida deben saber que este proyecto es costoso, no sólo por el dinero y la inercia creada en causas contrarias a la dignidad humana sino por el tiempo y la dedicación que merece para informar y crear una corriente de opinión positiva sobre el tema.

La propuesta ciudadana de elevar a rango constitucional la vida desde el momento de la concepción en Nuevo León sigue viva, y será dentro de algunas semanas cuando el Congreso del Estado discuta su aprobación. Los beneficios serán sin duda muy valiosos y ya se han comenzado a sentir al sumarse a este proyecto distintos credos religiosos y organizaciones civiles, lo que convierte a Nuevo León en líder indiscutible en la defensa de los derechos humanos, y en ejemplo del trabajo en equipo por alcanzar objetivos nobles.

EL OBSERVADOR 217-11

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Vida cristiana
Si dos se ponen de acuerdo
Isele

Si dos se ponen de acuerdo, pueden ocurrir maravillas.

Este domingo el Evangelio nos dice que si dos de nosotros nos ponemos de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, el Padre Celestial nos los concederá porque, «donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy Yo en medio de ellos», dice Jesús (Mt 18, 19-20).

De modo que no seamos tímidos. Al contrario, con audacia, llenos de esperanza, pidamos, reunidos dos o tres en nombre de Jesús, toda clase de bienes para nosotros y para la humanidad.

Y dice Jesús: el Padre nos los concederá.

EL OBSERVADOR 217-12

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Referéndum *
Paz Fernández Cueto

Señor Presidente:
Resulta difícil aportar algo nuevo a la diversidad de argumentos que han surgido en repudio a la huelga de la UNAM. Pocas veces la sociedad en su conjunto ha expresado tan abiertamente su rechazo a un movimiento que nadie parece entender y que, sin embargo, nos hemos visto obligados a padecer por la fuerza. Después de cuatro meses de huelga los padres de familia estamos desesperados. Hace dos semanas debían haberse reanudado las clases y las cosas siguen sin resolverse de manera racional, o cuando menos disolverse por la fuerza de una autoridad que no debería calificarse de brutal cuando se pone al servicio del orden.

Sé que conoce los ilícitos cometidos en contra de la comunidad universitaria; los daños irreparables e irreversibles planeados en complicidad con integrantes del PRD, de Antorcha Campesina o del EZLN. Es patente el despojo cultural e histórico, el lamentable desprestigio internacional, el rezago académico, el atraso científico, en fin, los actos de vandalismo perpetrados arbitrariamente ante el asombro del pueblo, pese a su indignación y coraje. El enemigo -»los ultras»- es violento; sus armas son la cobardía, la provocación y el anonimato; exigen tolerancia pero se imponen por la fuerza; la oposición y el odio se han convertido en discurso y método de una imposición sistemática, al margen de toda racionalidad; sus tácticas corresponden a las de profesionales en la desestabilización social; algunos de ellos son viles mercenarios que cobran por agitar, apoyados con fuertes sumas económicas de las que, estoy segura, el servicio de inteligencia nacional conoce la procedencia.

La comunidad universitaria no está conformada por una mayoría pasiva por el hecho de no haber sido agresiva. Han demostrado fortaleza al resistir, se han manifestado dando muestras heroicas, asistiendo a clases extramuros ubicadas en sedes, en ocasiones, distantes. ¿Si ellos cumplieron con su responsabilidad, por qué no se exige al gobierno de Cárdenas que, en lugar de promover su candidatura presidencial con el dinero de los contribuyentes, cumpla primero con su responsabilidad, meta orden y aplique la ley a quienes resulten culpables?

Es probable que usted espere un testimonio más vigoroso y público, un consenso irrefutable y de suficiente peso político que pudiera apoyar acciones firmes de aplicación del derecho. Permítame decirle, como madre de familia de universitarios, que existe este referéndum. Está a la luz pública para quienes lo quieran ver, avalado por las boletas de reinscripción de los estudiantes que en días recientes acudieron a pagar voluntariamente sus cuotas, según datos recabados por la Dirección General de Finanzas de la UNAM. Hasta el día 24 de agosto, 187,652 alumnos que acudieron a las cajas asignadas para efectuar los pagos de re-inscripción habían cubierto voluntariamente las «cuotas voluntarias». Esto significa que 147,783 alumnos pagaron entre 100 y 2 mil pesos y los 39 mil restantes pagaron de cero a 99 pesos. Los que pagaron «cero» representan una minoría del 0.805%. ¿No es esto contundente, señor Presidente, cuando precisamente el pretexto que desató la huelga fue el rechazo al Reglamento General de Pagos?¿No es ésta la «movilización democrática» que reclama para intervenir en la solución del conflicto de la UNAM?
*Artículo resumido, publicado con el permiso de la autora.

EL OBSERVADOR 217-13

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PERDER POR DEFAULT*
Elogio de la intolerancia
Diego García Bayardo

Parece un absurdo hablar actualmente a favor de cualquier tipo de intolerancia, y más disparatado todavía inaugurar así una columna periodística, pero permítaseme explicar a qué clase de intolerancia me refiero, antes de que empiecen los desacuerdos. Por supuesto, ningún cristiano intentaría cantar loas a esa intolerancia que implica negar que los demás puedan ser diferentes a uno. La secular alergia a lo distinto, el no soportar la idea de coexistir con otros modos de vida y de pensar es, sin duda, una intolerancia intolerable, si se puede decir así.

Hasta en religión hay una intolerancia que no puede ser elogiada, por más que sea muy católico el portador de semejante virus. Se trata de aquella idea de que la verdad se impone, aunque sea a la fuerza, que el no creyente es una amenaza y que el fin justifica los medios, incluso los violentos. La expulsión de los protestantes en algunas comunidades del sureste mexicano es un triste ejemplo, muy de actualidad.

La sana intolerancia es la actitud consecuente del que sabe que los valores son universales, pues lo que cambia nada más es nuestra percepción de ellos, y traicionar esos valores significa echar por la borda lo mejor de nosotros mismos, tirar un tesoro para recoger una piedra. El buen intolerante está dispuesto a aceptar la riqueza de un mundo donde todos somos distintos y nuestras opiniones son incontables como la arena del mar. Sin embargo, como nada puede ser verdadero y falso, bueno y malo al mismo tiempo y en las mismas circunstancias, la sana intolerancia marca ese límite que uno no puede rebasar sin dejar de ser uno mismo y convertirse en un alienado. En religión, un buen intolerante ama a todos porque el Señor ama a todos, pero sabe que no puede traicionar la ley divina por darle gusto a la gente, obtener una ganancia o evitar alguna clase de rechazo. Este es el sentido de aquello de que «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29). Estamos hablando, entonces, de no invertir la jerarquía de los valores y de no venderse.

¿Tolerantes o irresponsables?


El amor y la verdad son dos de los más altos valores, y su cultivo implica como condición rechazar el odio y la mentira, sus opuestos, pero el amor nunca debe hacer cerrar los ojos a la verdad, ni ésta debe difundirse sin el amor. Entonces ocurre algo curioso: uno puede respetar la doctrina de otro, por amor, y al mismo tiempo no perder de vista que esa doctrina es una completa sandez. Hoy en día esto último es lo que cuesta más trabajo, distinguir y además aceptar que la doctrina del otro pueda ser rematadamente estúpida, así, con todas sus letras -¡Qué van a decir de mí! ¡Me van a tachar de intolerante!-, pero la recta intolerancia no tiene por qué andar con hipocresías, ya que el amor no la dejará andar por ahí haciendo locuras, quemando libros o lastimando a la gente. La virtud de la intolerancia sabe decir «no pasarán», pero no dice nunca «a ellos y sin piedad», porque esa es la otra intolerancia, la que no alabo ni quiero hacer sentir a mi prójimo ni que éste me lo haga a mí.

En nombre de la intolerancia contra el error, la injusticia y el engaño, que es la virtud de que hablo, ojalá el pueblo católico recupere la conciencia de que abandonar a su suerte al protestante, al sectario o al ateo no es tolerancia sino cobardía, pereza; que abandonar al pecador en su pecado no es pasar por tolerante o «moderno», sino por irresponsable. Que nadie diga que todas las religiones «son más o menos lo mismo», que da igual creer o no creer y que evangelizar es «no respetar» las ideas de las demás. Salir al paso del error y corregirlo con amor es una virtud, una virtud de intolerancia.

*En varios deportes se dice que el jugador o el equipo que no se presenta a competir pierde por default. De forma parecida, el avance del mal y del error en el mundo se debe más a la indolencia de los justos que al trabajo de los inicuos, y nuestro México sufre entre crímenes, divisiones y fraudes de todo tipo, en gran medida, porque los hijos de Dios no se atreven a salir a cambiar al mundo y la sal de la Tierra ya no sala. Estamos perdiendo por default.

Texto de descanso: La virtud de la intolerancia sabe decir «no pasarán», pero no dice nunca «a ellos y sin piedad», porque esa es la otra intolerancia, la que no alabo ni quiero hacer sentir a mi prójimo ni que éste me lo haga a mí.

EL OBSERVADOR 217-14

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Credo para los mexicanos *

Creo en Dios Padre, que nos ama con su deliberada e inquebrantable voluntad y nos da este bendito suelo para construir una patria de hermanos, en libertad, corresponsabilidad, creatividad y solidaridad.

Creo en Jesucristo, que se hermanó con nosotros, compartió nuestros gozos y esperanzas, restauró nuestra vida en su cruz, y sigue dándonos bríos para amarnos de verdad, por encima de individualismos y rivalidades.

Creo en el Espíritu Santo, que nos llena de sabiduría y caridad, y nos anima a unirnos y complementarnos, alegres, perseverantes, por la concordia, el progreso y el bienestar común.

Creo en María, Virgen y Madre; que a lo largo y ancho de la patria nos reúne y cuida como hijos queridos y nos alienta a no soltar las manos del arado, venciendo cobardías y abriendo surcos a la esperanza.

Creo en el ser humano, en su sacrosanta dignidad de hijo de Dios, respetado en sus inviolables derechos, apoyado en sus inalienables responsabilidades, hermano de sus hermanos, copartícipe de un destino eterno en Dios.

Y por eso creo en el amor de un hombre y una mujer que, por encima de divorcios y vaciedades, fundan su hogar con voluntad y sentimientos firmes, dando a sus hijos ejemplos de amor a Dios y al prójimo, de verdad, justicia y laboriosidad, encaminados a una nueva civilización.

Creo en el trabajo, don maravilloso del Creador, que nos compromete a empeñar inteligencia y fuerzas físicas para dominar la creación en provecho de todos, sin exclusiones inhumanas ni privilegios orgullosos.

Creo en la cultura del bien y la verdad, lo digno, lo bello, noble y trascendente, imagen de las perfecciones divinas, que ayuda al hombre a crecer como persona en comunidad.

Creo en la política, la que convoca a edificar la armonía nacional, desechando partidismos que dividen y empobrecen y lo degeneran todo en «vencidas» donde nadie gana y todos pierden.

Creo en la economía, jamás esclava de la especulación de la oferta y la demanda, siempre al servicio exclusivo del hombre, su familia y los pueblos.

Creo en la justicia, con lo ojos y el corazón bien abiertos a la verdad y la caridad, que sólo privilegia al inocente, al indefenso, al desesperado y al arrepentido, hija de la sabiduría y el amor de Dios.

Creo en la lucha sacrificada por la reconciliación y la paz, el bien y la convivencia fraterna, que vence ambiciones de poder y desarma guerras de dineros.

Creo en el diálogo que aclara desconfianzas y conduce a la comprensión y al perdón, respeta al adversario y lo vuelve amigo, que derriba muros y construye caminos de comunión.

Creo en un nuevo México, consciente de sus limitaciones pero confiado en la ayuda de Dios, realista pero optimista en su empeño por superarse, humilde y servicial, abierto a las virtualidades de otros pueblos, que alza al viento su verde, blanco y rojo invitando a la comunión latinoamericana y universal, al amparo de la cruz.

Por eso juro a Dios y a mis conciudadanos amar a mi patria y desvivirme por hacer de este suelo la antesala del Cielo. Amén. (¡Y que Dios y la patria me lo demanden!).

Padre Aldo Nucifora,
Buenas Nuevas.

* Se ha cambiado del texto original: «argentino» por «mexicano», «Argentina» por «México», «azul y blanco» por «verde, blanco y rojo», y se convirtieron del femenino al masculino los adjetivos referentes a Argentina.
(FIN)

EL OBSERVADOR 217-15

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La paz no es posible si falta el amor
La familia: comunidad de vida y de amor

La familia, como comunidad educadora fundamental e insustituible, es el vehículo fundamental e insustituible, es el vehículo privilegiado para la transmisión de aquellos valores religiosos y culturales que ayudan a la persona a adquirir la propia identidad. Fundada en el amor y abierta al don de la vida, la familia lleva consigo el porvenir mismo de la sociedad; su papel especialísimo es el de contribuir eficazmente a un futuro de paz.

Esto lo podrá conseguir la familia, en primer lugar, mediante el recíproco amor de los cónyuges, llamados a una comunión de vida total y plena por el significado natural del matrimonio y, más aún, si son cristianos, por su elevación a sacramento; lo podrá conseguir además mediante el adecuado cumplimiento de la tarea educativa, que obliga a los padres a formar a los hijos en el respeto de la dignidad de cada persona y en los valores de la paz. Tales valores, más que "enseñados", han de ser testimoniados en un ambiente familiar en el que se viva aquel amor ablativo que es capaz de acoger al otro en su diversidad, sintiendo como propias las necesidades y exigencia, y haciéndolo partícipe de los propios bienes. Las virtudes domésticas, basadas en el respeto profundo de la vida y de la dignidad del ser humano, y concretadas en la comprensión, la paciencia, el mutuo estímulo y el perdón recíproco, dan a la comunidad familiar la posibilidad de vivir la primera y fundamental experiencia de paz. Fuera de este contexto de relaciones de afecto y solidaridad recíproca y activa, el ser humano "permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio" (Redemptor hominis, n. 10). Tal amor, por lo demás, no es una emoción pasajera sino una fuerza moral intensa y duradera que busca el bien del otro, incluso a costa del propio sacrifico. Además, el verdadero amor va acompañado siempre de la justicia, tan necesaria para la paz. El amor se proyecta hacia quienes se encuentran en dificultad: aquellos que no tienen familia, los niños privados de protección y afecto, las personas solas y marginadas.

La familia que vive este amor, aunque sea de modo imperfecto, al abrirse generosamente al resto de la sociedad, se convierte en el agente primario de un futuro de paz. Una civilización de paz no es posible si falta el amor.

(Tomado del Mensaje de Juan Pablo II, De la Familia nace la Paz, para la Jornada Mundial de la Paz)

EL OBSERVADOR 217-16

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