El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

12 de septiembre de 1999 No. 218

SUMARIO

bullet PINCELADAS Feliz con la felicidad de los demás
bulletA LAS PUERTAS DEL TEMPLO Poesía y pobreza
bulletPALABRAS MAYORES Pluralismo
bulletCUADERNO DE NOTAS Ganar la paz
bulletUn vistazo a la situación de los grupos neonazis en EUA y México
bulletCOLUMNA HUÉSPED ¡Viene el mesías!
bulletMEDIOS DE COMUNICACIÓN ¡Controlar el sexismo!
bullet¿La democracia se mide por el número de votos?
bullet«La Iglesia no teme a la verdad de la historia»: Juan Pablo II
bulletOPINIÓN Prevenir el abuso sexual


Pinceladas
Feliz con la felicidad de los demás
Justo López Melús *

Se trata de un hombre que estaba harto de llorar. Abrió los ojos y vio que tenía delante la felicidad. Estiró la mano y quiso cogerla. La felicidad era una flor: la cogió, pero apenas cogerla, ya se había deshojado. La felicidad era un rayo de sol: miró hacia él para calentar su rostro, pero una nube lo tapó. La felicidad era una guitarra: la acarició con sus dedos y las cuerdas se desafinaron. Al volver a casa por la noche, el hombre seguía llorando.

Al día siguiente siguió buscando la felicidad. Vio a un niño que lloraba. Cogió una flor y se la dio: la fragancia de la flor perfumó a los dos. Una mujer temblaba de frío: la llevó hasta el sol y se calentaron los dos. Unos niños cantaban: les acompañó con su guitarra y también él se deleitó. Por la noche, al volver a casa, el buen hombre sonreía de verdad. Había encontrado la felicidad.

* El autor es operario diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 218-1

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A las puertas del templo
Poesía y pobreza
(segunda de dos partes) *(segunda de dos partes) *
Javier Sicilia

Siempre he creído, junto con Jacques y Raïsa Maritain, que la poesía, en su sentido de creación, no es más que la imitación del Dios creador. Al igual que el místico intenta imitar el ser de Dios, el poeta intenta imitarlo en su parte creadora.

¿Qué tiene esto que ver con la pobreza?, se me preguntará. Yo digo que todo. No existe nada más pobre que Dios y su creación. Basta, para confirmarlo, con mirar el misterio cristiano de la Encarnación. Dios, el todo poderoso, repentinamente renuncia a sus privilegios y se encarna no sólo en un hombre, sino en una criatura pobre, indefensa, pequeña y débil, tan débil que podríamos aplastarla de un puñetazo. Y, sin embargo, en esa pequeñez, en esa pobreza, está contenida toda la inmensidad del poder y del infinito, esa inmensidad que hace a los poderosos doblar la rodilla. Lo pequeño no sólo, como decía Schumacher, es hermoso, sino también infinito.

Esta presencia de Dios entre nosotros, que permite la existencia y la experiencia mística (recordemos que el místico, el santo, es alguien que se ha empobrecido tanto en su ser que lo único que queda de él es la presencia de Dios que lo contiene) tiene su correlato en el acto creador de Dios. Simone Weil escribía admirablemente: «Dios sólo ha podido crear ocultándose. De otro modo no habría más que Él».

El ocultamiento de Dios a través de su creación es, en su renuncia, un acto de pobreza. Lo es también la creación misma en tanto reflejo de Dios, en tanto presencia de su presencia oculta. Nadie puede decir que algo creado es rico. Es pobre, como Dios, como la Encarnación que nos lo revela. La naturaleza, a diferencia nuestra, no expresa más que lo que es. No quiere ser más ni menos, quiere ser lo que es. No compite en su diversidad entre sí para homologarse en una forma de ser rica. La brizna de hierba no ambiciona ser roble, ni tal roble ambiciona ser otro roble. Son lo que son en su pobreza y esa pobreza es inmensamente rica: expresa el infinito. Cada cosa creada es una nueva, única e irrepetible expresión de la inmensidad de Dios. Su pobreza contiene el infinito.

Por eso la poesía, en tanto expresión de la imitación del Dios creador, participa de los mismos atributos. El ciego Borges, que sabía lo que decía, dijo de ella que «es inmortal y pobre». Y no se equivocaba. Al igual que la creación, como he tratado de expresarlo en el breve espacio que se me concede, nace de la intimidad de Dios, de su ocultamiento, la poesía nace de la experiencia interior, oculta del poeta. Pero también es la expresión del ser del creador, que nos revela la infinitud del espíritu. El conocimiento que emana de la poesía, que es pobre en su elementalidad, es así, al igual que la creación de Dios, una nueva y única creación de la realidad y, por lo mismo, un conocimiento de su trascendencia. A diferencia de los objetos utilitarios de nuestras sociedades materialistas y consumistas, los poemas, materializaciones de la poesía, como los seres y los objetos de la creación, no son sustituibles. De igual forma que un hombre, en su sentido espiritual y trascendente, no puede ser reemplazado por otro, ni el Popocatépetl es más hermoso que un guijarro o un roble que una brizna de hierba, la Divina comedia no reemplaza a la Eneida ni ésta a un hai ku de Basho. Si podemos prescindir de lo que los hombres llamamos riqueza (y hemos visto a lo largo de la historia grandes y ricos imperios desmoronarse como las bolsas de valores), no podemos prescindir ni de la pobreza de las grandes obras poéticas, ni de la de la creación, que ahora llamamos ecología. Son, en su irremplazable e irrepetible unicidad, revelaciones de nuestra trascendencia.

Las grandes obras poéticas son, en su pobreza, una reducción de lo múltiple a la unidad. Pero también una revelación de la multiplicidad infinita que hay en la unidad: la belleza, a diferencia de la verdad, que es una y que ilumina a la belleza, es muchas habitaciones en la morada del Padre o bien, como lo afirmaba Tarkovski, «un jeroglífico de verdad absoluta» expresado a través de las pobrezas de una imagen y de un ritmo: lo infinito expresado, como en la creación de Dios, en lo finito; la luz del espíritu filtrándose a través de una nueva forma; «lo espiritual -vuelvo a Tarkovski- dentro de lo material, la inmensidad a través (de la pobreza) de una forma».

* Se publica por convenio expreso con el autor.

EL OBSERVADOR 218-2


Javier Sicilia

Siempre he creído, junto con Jacques y Raïsa Maritain, que la poesía, en su sentido de creación, no es más que la imitación del Dios creador. Al igual que el místico intenta imitar el ser de Dios, el poeta intenta imitarlo en su parte creadora.

¿Qué tiene esto que ver con la pobreza?, se me preguntará. Yo digo que todo. No existe nada más pobre que Dios y su creación. Basta, para confirmarlo, con mirar el misterio cristiano de la Encarnación. Dios, el todo poderoso, repentinamente renuncia a sus privilegios y se encarna no sólo en un hombre, sino en una criatura pobre, indefensa, pequeña y débil, tan débil que podríamos aplastarla de un puñetazo. Y, sin embargo, en esa pequeñez, en esa pobreza, está contenida toda la inmensidad del poder y del infinito, esa inmensidad que hace a los poderosos doblar la rodilla. Lo pequeño no sólo, como decía Schumacher, es hermoso, sino también infinito.

Esta presencia de Dios entre nosotros, que permite la existencia y la experiencia mística (recordemos que el místico, el santo, es alguien que se ha empobrecido tanto en su ser que lo único que queda de él es la presencia de Dios que lo contiene) tiene su correlato en el acto creador de Dios. Simone Weil escribía admirablemente: «Dios sólo ha podido crear ocultándose. De otro modo no habría más que Él».

El ocultamiento de Dios a través de su creación es, en su renuncia, un acto de pobreza. Lo es también la creación misma en tanto reflejo de Dios, en tanto presencia de su presencia oculta. Nadie puede decir que algo creado es rico. Es pobre, como Dios, como la Encarnación que nos lo revela. La naturaleza, a diferencia nuestra, no expresa más que lo que es. No quiere ser más ni menos, quiere ser lo que es. No compite en su diversidad entre sí para homologarse en una forma de ser rica. La brizna de hierba no ambiciona ser roble, ni tal roble ambiciona ser otro roble. Son lo que son en su pobreza y esa pobreza es inmensamente rica: expresa el infinito. Cada cosa creada es una nueva, única e irrepetible expresión de la inmensidad de Dios. Su pobreza contiene el infinito.

Por eso la poesía, en tanto expresión de la imitación del Dios creador, participa de los mismos atributos. El ciego Borges, que sabía lo que decía, dijo de ella que «es inmortal y pobre». Y no se equivocaba. Al igual que la creación, como he tratado de expresarlo en el breve espacio que se me concede, nace de la intimidad de Dios, de su ocultamiento, la poesía nace de la experiencia interior, oculta del poeta. Pero también es la expresión del ser del creador, que nos revela la infinitud del espíritu. El conocimiento que emana de la poesía, que es pobre en su elementalidad, es así, al igual que la creación de Dios, una nueva y única creación de la realidad y, por lo mismo, un conocimiento de su trascendencia. A diferencia de los objetos utilitarios de nuestras sociedades materialistas y consumistas, los poemas, materializaciones de la poesía, como los seres y los objetos de la creación, no son sustituibles. De igual forma que un hombre, en su sentido espiritual y trascendente, no puede ser reemplazado por otro, ni el Popocatépetl es más hermoso que un guijarro o un roble que una brizna de hierba, la Divina comedia no reemplaza a la Eneida ni ésta a un hai ku de Basho. Si podemos prescindir de lo que los hombres llamamos riqueza (y hemos visto a lo largo de la historia grandes y ricos imperios desmoronarse como las bolsas de valores), no podemos prescindir ni de la pobreza de las grandes obras poéticas, ni de la de la creación, que ahora llamamos ecología. Son, en su irremplazable e irrepetible unicidad, revelaciones de nuestra trascendencia.

Las grandes obras poéticas son, en su pobreza, una reducción de lo múltiple a la unidad. Pero también una revelación de la multiplicidad infinita que hay en la unidad: la belleza, a diferencia de la verdad, que es una y que ilumina a la belleza, es muchas habitaciones en la morada del Padre o bien, como lo afirmaba Tarkovski, «un jeroglífico de verdad absoluta» expresado a través de las pobrezas de una imagen y de un ritmo: lo infinito expresado, como en la creación de Dios, en lo finito; la luz del espíritu filtrándose a través de una nueva forma; «lo espiritual -vuelvo a Tarkovski- dentro de lo material, la inmensidad a través (de la pobreza) de una forma».

* Se publica por convenio expreso con el autor.

EL OBSERVADOR 218-2

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PALABRAS MAYORES
Pluralismo
Joaquín Antonio Peñalosa / San Luis Potosí, S.L.P.

Pluralismo: sustantivo masculino singular. Palabra que no está en los diccionarios, pero que vibra en las gargantas y en las plumas a la hora de querer poner una etiqueta a esta sociedad, a este mundo en que nos tocó vivir. Una sociedad pluralista. Un mundo pluralista.

Antiguamente -excepción hecha de algunos momentos históricos o territorios de encrucijada-, todas las civilizaciones fueron como universos homogéneos y apenas permeables, dentro de los cuales existía un solo esquema mental, una única concepción de la vida y del mundo. Las ideas, las costumbres extrañas que podían llegar quedaban reducidas a objeto de refutación inmediata.

La ciudad se amurallaba, piedra sobre piedra, cerrada sobre sí misma y hacia el exterior, con unas puertas hechas más para dejar salir que para dejar entrar, y con unos altos torreones como observatorio para advertir la posible y peligrosa llegada del fuereño, del intruso, del conquistador. Con murallas o sin murallas, las ciudades y las naciones eran pequeños mundos en clausura, cada cual con su propio estilo de ser, de pensar, de vivir. Un poco islas en el inmenso archipiélago.

Hoy asistimos al fenómeno contrario. Se ha producido una especie de unificación de la humanidad, al grado de que por primera vez en la historia se puede hablar de un hombre planetario.

La técnica posee un lenguaje universal -el desciframiento científico de la realidad- que permite la comunicación instantánea entre todos los ámbitos del globo. Levanto los ojos del papel y contemplo algo que está sucediendo en este mismo momento a miles de kilómetros de distancia. Cayeron las murallas. No hay fronteras. Todo queda próximo. Y nada humano nos es ajeno.

Y sigo escribiendo estas líneas en un rincón de México, con un bolígrafo estadounidense, mientras escucho un concierto italiano ejecutado por músicos alemanes mediante un aparato fabricado en Japón. Esta variedad de culturas que conviven en un mundo unificado ha venido a romper definitivamente aquella homogeneidad de las antiguas sociedades. La diversidad profunda de los pueblos ha introducido el pluralismo dentro de cada pueblo.

En un multifamiliar de la ciudad de México, pared de por medio, vive un sueco prosoviético, un yanqui anglicano, un militar vegetariano, un homeópata y un cirujano, una feminista solterona y una rutinaria ama de casa, un partidario de Lenin y un enemigo de Lenin. Por el mismo elevador suben al séptimo piso, en el que todos viven, un ateo confeso, un dubitativo agnóstico, un testigo de Jehová y un fervoroso guadalupano. Buenos días a todos ustedes.

Eso es. Diferentes, plurales, pero no enemigos. No es ninguna paradoja decir que a una sociedad más pluralista debe corresponder un ciudadano más solidario. Independencia e interdependencia no se contradicen; porque ésta hace posible el diálogo y aquella hace posibles a los dialogantes.

A partir de que la Tierra fue fotografiada en su totalidad desde el espacio exterior, sabemos que no puede ser sino un hogar común o un único campo de batalla. Pero en el campo de batalla se sobrevive; sólo en el hogar se vive, se dialoga y se construye el bienestar de todos.

EL OBSERVADOR 218-3

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Cuaderno de notas
Ganar la paz

Si nos hicieran un examen –un pequeñísimo examen– para conocer en nosotros los tesoros más apreciables de la vida, diríamos, sin lugar a dudas: el amor y la paz. Si, además, nos preguntaran qué estamos haciendo por ganarlos, nos meterían en un aprieto. Y es que, la verdad sea dicha, muy poco hacemos para ganar lo que más deseamos (en palabras). Muy poco, casi nada: porque creemos merecer que nos quieran y no ser molestados en nuestras vidas o en nuestros bienes.

¿A eso vamos a reducir los (supuestos) tesoros vitales? Yo creo que el amor recibido, tanto como la paz armoniosa, son consecuencia de lo que hayamos sembrado. Sembrar es un verbo difícil de entender. Un verbo luminoso, por cierto: nos invita a dar en préstamo nuestro futuro; nos indica que el camino a seguir no es la cosecha inmediata, el fruto fácil; que la verdadera cima es llegar a considerar que el otro habita en mí y que yo no soy solamente responsable de lo que a mí me suceda: que soy enteramente responsable de lo que les suceda a todos.

Entiendo que habrá quien se encoja de hombros y diga: «Bastantes problemas tengo como para cargar con los de otros que ni siquiera conozco». A ellos solamente quisiera recordarles que en la constitución íntima de cada uno hay un nosotros insoslayable, un nosotros solidario que nos da la puerta de entrada al amor y al entendimiento. Ése es el quid de la cuestión: empezar, ya y de una vez por todas, a considerarnos como miembros de una misma tripulación, como hijos de un mismo Padre. En la medida en que integremos esta idea a nuestra existencia concreta, la solidaridad surgirá como borbotón de agua fresca, como chorro de amistad.

Ésa es la conversión a la que la realidad tan injusta, tan desequilibrada de nuestro país, estado, ciudad o colonia nos llama. Ésa es la vocación que tenemos dormida en nuestras almas. Vocación de acompañamiento: las obras no se pueden dar por sí solas: requieren el concurso (amoroso) de todos. Piense que la paz no se gana si no es con trabajo (como el amor no se gana si no es con la conversación, el esfuerzo, la apertura y el reconocimiento del otro). Una bellísima idea –la mejor de todas– es la escuela, el asilo, el orfelinato, el comedor popular, la parroquia o el dispensario de la colonia, de la cuadra, de la manzana en que vivimos. Está aquí, al lado de nuestra puerta. Nos necesita. Necesita que sembremos en ese espacio la paz y el abrazo fraternal. No la paz o el abrazo en abstracto: en la concreción de hechos que son palabras; palabras que son vida. Me parece innecesario agregar que la educación está en el fondo, en la esencia de un posible cambio en nuestro país. ¿Por qué no iniciar cambiando la educación de los más rezagados en nuestra colonia? Digo, es más fácil... (J.S.C.)

EL OBSERVADOR 218-4

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Un vistazo a la situación de los grupos neonazis en EUA y México
Diego García Bayardo

Una paradoja de la democracia es su obligada tolerancia hacia grupos políticos esencialmente intolerantes, que usan su derecho a expresarse públicamente, pero que si lograran obtener el poder público anularían inmediatamente esos derechos de los que ahora se sirven tan escrupulosamente. Tal es el caso de los grupos neonazis que proliferan en Europa y Estados Unidos principalmente, pero que empiezan a dar señales de vida también en Latinoamérica.

Las doctrinas fascista y nacionalsocialista (nazi) tienen como principio rector la subordinación total del individuo ante el Estado, así como la intolerancia institucionalizada contra todos los grupos sociales minoritarios en cuanto a su raza, religión, doctrina política o filiación étnica. Todo esto significa que los derechos y libertades garantizados por cualquier constitución política decente, y parece que todos los países de Europa y América tienen una de ésas, serían seriamente conculcados o incluso abolidos en caso de que un grupo neonazi ganara unas elecciones o lograra realizar un golpe de estado.

Aquí echa a andar el conflicto en la paradoja de la democracia: pese a su natural tolerancia hacia todos los hombres y grupos humanos, aún los minoritarios, una sociedad democrática debe ser intolerante con las ideas y los militantes del totalitarismo, pues le va la vida en ello. Si la democracia alienta el desarrollo de estos grupos comete un lento pero seguro suicidio. Podemos llamar a esto una sana intolerancia de los tolerantes.

Nazismo estilo gringo

Se sabe que en Estados Unidos operan varios grupos neonazis, como la National Alliance y el Partido Nacionalista Americano, cuyos miembros son responsables ya de cientos de asesinatos y miles de agresiones «menores», cuyas víctimas han sido siempre negros, judíos, inmigrantes latinoamericanos y asiáticos (incluyendo mexicanos), homosexuales y otros miembros de minorías sociales. También han sido simpatizantes o integrantes de grupos neonazis varios de los famosos francotiradores que han disparado contra multitudes en varios lugares de EUA. Por ejemplo, los dos adolescentes que realizaron la masacre en la secundaria de Columbine, Colorado, eligieron el 30 de abril como fecha de su ataque por ser el día de cumpleaños de Adolf Hitler.

Los «cabezas rapadas» y demás neonazis estadounidenses han desarrollado una ideología que tiene sus particularidades con respecto a la de sus correligionarios europeos, básicamente antijudíos. El nazismo estadounidense tiene fuertes vínculos con los segregacionistas raciales históricos del sur de su país, cuyo odio se ceba principalmente contra negros, mexicanos y católicos. Los nexos entre el Ku Klux Klan y los neonazis son muy fuertes. Es por esto que dichos grupos creen en la imposible suposición de que Estados Unidos será invadido por «hordas» de mexicanos, centroamericanos y asiáticos dirigidos -aunque usted no lo crea- por el secretario general de las Naciones Unidas. También de esta raíz proviene el infundio de que Dios ordena el racismo en la Biblia (Gen 9, 25-27), en el que tanto han insistido los predicadores protestantes segregacionistas. A diferencia del neonazismo europeo, de línea básicamente atea, el de los estadounidenses es más bien una prolongación del sueño sureño de una nación religiosa y racialmente pura (blanca y protestante).

También hay «a la mexicana»

Existen en México algunos pequeños grupos neonazis que se relacionan por internet con grupos extranjeros mayores, es de esperarse que principalmente de Estados Unidos. A principios de agosto se celebró en Guadalajara una reunión de estos neonazis mexicanos, quienes publicaron una declaración en la que hacen público su propósito de participar activamente en la vida política del país, así como de abandonar la línea abstencionista que habían seguido hasta la fecha. Parece que su consigna será apoyar a Roberto Madrazo si queda como candidato, debido a cierta lejana conexión que se supone tendría con el finado general argentino Perón. En cambio, Vicente Fox es considerado como el menos conveniente para los objetivos del movimiento neonazi.

Uno de los principios básicos del nazismo es la supuesta supremacía racial aria, por lo que el desprecio contra los hispanoamericanos es prácticamente una obligación. No es de extrañar que en todo México el número de miembros de las organizaciones neonazis apenas rebase los mil y que este movimiento esté condenado al más completo fracaso. Suponer que el pueblo mexicano quiera llevar al poder a un grupúsculo que odia a la mayoría mestiza e indígena es el mayor de los disparates.

EL OBSERVADOR 218-5

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Columna huésped
¡Viene el mesías! *
Jean Meyer

Todos los periodistas honrados lo reconocen: un editorial no es ni un pensamiento ni un punto de vista de conjunto, es un escalofrío. Así que los chavistas de Venezuela y de México me perdonen el escalofrío siguiente.

«Él es la luz, él es el camino. ¡Presidente y comandante Chávez!», dicen las letras que rodean la foto del nuevo prohombre. Nos encontramos en Venezuela. El teniente coronel Hugo Chávez (confieso haber sentido un escalofrío romántico a su favor; hace unos años, cuando intentó un golpe de Estado) es el prototipo del salvador que esperan con ansia muchos pueblos latinoamericanos. Menem, Fujimori y Bucaram fueron Gaspar, Melchor y Baltasar, los reyes magos venidos de sus orientes respectivos para manifestar la próxima llegada del mesías. ¡Ojalá sea sólo una llamarada de petate! Si no, tendremos que volver a leer las páginas pesimistas sobre una América Latina invertebrada y la maldición que pesaría sobre ella.

Se dice que Chávez dejaba (¿deja?) siempre a su lado un sillón vacío, el de Simón Bolívar. ¿Invocará su espíritu para ser el libertador de su pueblo? Por lo pronto, como Bolívar, llega a la dictadura por aclamaciones, sin haber necesitado la violencia inicial que lo había llevado a la cárcel: llega al poder pacíficamente, democráticamente, empujado por la rebelión de las masas, de los que votaron por él –80 por ciento o 90 por ciento, no recuerdo–. No es la primera vez en la historia que la democracia se deja seducir por el oráculo del guerrero; no cabe duda de que, en ciertas circunstancias, el carisma del césar funciona de maravilla.

Pero, sin ofender a nadie, ¡qué lejos nos encontramos de Bolívar! Las repetidas dictaduras bolivarianas no fueron nunca concebidas por el libertador como recursos constitucionales ni mucho menos como un procedimiento permanente.

Al derrumbar todas las instituciones de su país, al elaborar personalmente la Constitución suya, el presidente y comandante está preparando un triste mañana para sí mismo y para Venezuela. Ojalá pudiese meditar esa frase de Constant, escrita en 1829 contra Bolívar: «En nuestra organización social la dictadura es un crimen. Si un pueblo no se encuentra suficientemente ilustrado para ser libre, no es la tiranía la que lo conducirá a la libertad».
* Artículo resumido.

EL OBSERVADOR 218-6

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MEDIOS DE COMUNICACIÓN
¡Controlar el sexismo!
Santiago Norte

Una de las formas más brutales de ejercer la violencia sobre el otro consiste en volverlo objeto de uso o de cambio. Eso lo sabe cualquiera que tenga ganas de saberlo. Que tenga ganas de enterarse. Pero lo que muy pocos saben es cómo se disemina, socialmente, el uso del otro, el abuso de la intimidad del otro en su esencia singular e irrepetible. Pues bien: es la publicidad la causante de este boom cuasi universal, donde las mujeres (qué raro) ocupan el tristísimo papel de servir de plataforma a los anuncios sexistas, aunque con una notable irrupción de los hombres jóvenes en esta «pråctica».

Hay países (inútil considerar a México: aquí la publicidad puede hacer y deshacer, sin que nadie diga ni pío) que se están movilizando contra la publicidad machista de ambos sexos o, para abreviar, la publicidad sexista, predominantemente la perpetrada por el macho en contra de la hembra humana. España, por ejemplo. Allí se han creado la Asociación de Autocontrol de la Publicidad y el Observatorio de Publicidad (dependiente del Instituto de la Mujer). Hasta el cierre del primer semestre de 1999, el Observatorio ha recibido 139 denuncias por anuncios sexistas, comerciales de televisión que usan el cuerpo femenino como «gancho» para vender tinacos, escobas, tiendas o autopistas. Da lo mismo. Lo que importa es que el producto no tenga fuerza por sí mismo. Lo que no atrae la atención por su consistencia lo hace a través del cuerpo semidesnudo de una mujer.

Controlar la publicidad ominosa de la mujer me parece un paso de verdadero civilismo, incluso de avance democrático. Mantenerla incontrolada es una pauta cavernaria que solamente satisface a quienes creen digno comerciarlo todo. Es el coletazo visible del capitalismo estrambótico que nos han metido a la fuerza los adalides de la «libertad» de empresa y de la no menos sospechosa (desde que la defienden ellos) «libertad» creativa. Un Observatorio de la publicidad es un buen inicio, máxime si hace recomendaciones e impone sanciones a quienes están acostumbrados a pervertir todo lo que tocan «porque así lo exige el mercado.» La publicidad —y no sólo la televisiva— debe estar basada en un criterio de verdad, de respeto y de no promoción de la violencia. ¿Promoción de la violencia, se ha dicho? Pues eso: y si no, ¿cómo explicarle al varoncito que no maltrate a su hermana menor, usándola como su sirvienta, si eso ve que se hace hasta en las «mejores» familias televisivas? La violencia comienza con imponerle al otro una obligación autoritaria, por eximirnos del trato adecuado a su dignidad, por escamotearle sus derechos. Allí empieza. Muchas veces termina en la bofetada, la lesión o el ultraje.

Entiendo que habrá quienes alcen los brazos al cielo y pidan clemencia ante tales efluvios de un torquemadismo trasnochado. Allá ellos y sus complejos. Lo que no se puede, por ningún motivo, es soslayar la utilización violenta de las mujeres para anunciar cigarros, cervezas, alcoholes de todo tipo, jabones y objetos de aseo doméstico, bancos y un largo —larguísimo— etcétera. Se objetará que a esas mujeres se les paga por hacer el anuncio y que ellas «se dejan.» Es cierto. Lo decía Marguerite Yourcenar: no habrá verdadera liberación de la mujer (ni verdadera conciencia ecológica) mientras una jovencita se preste a ser usada para exhibir un abrigo de visón. Pero esto es irse a la forma, no al fondo. En el fondo está una industria, la publicitaria, que ha caminado «por la libre», que ha ido sembrando el valor de cambio de una mujer o un hombre joven, en razón de su cuerpo, no de su diferencia. ¿Cómo pedir respeto a la diferencia entre los niños y los jóvenes si han visto diez o 12 mil anuncios cada año en los que todo es materia de intercambio?

EL OBSERVADOR 218-7

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¿La democracia se mide por el número de votos?
Javier Algara Cossío* / San Luis Potosí, S.L.P.

El nudo gordiano al que se enfrenta el grupo pluripartidista encargado de buscar la llamada «Gran Alianza» o «Alianza por México» es el método por el cual la tal alianza haya de elegir a su candidato presidencial. Y no es problema menor, definitivamente. En su solución se enfrentan dos conceptos diferentes no sólo de metodología electoral sino del ejercicio mismo de la democracia. Está en juego nada menos que la naturaleza misma de los partidos políticos y de su misión.

Los negociadores del PRD afirman que la elección del candidato de la alianza, para que sea confiable y verdaderamente democrática, debe involucrar a todos los ciudadanos del país que tengan credencial de elector. O, por lo menos, a la mayor parte posible de ellos, pero sin distinción de filiación partidista; se trata –según aseveran– de que constituya la votación un verdadero referéndum popular sobre el candidato y la alianza misma. Algunos comentaristas políticos afirman que el PAN, el otro factor fuerte de la posible alianza, es menos democrático que el PRD porque pide que la elección se lleve a cabo vía una encuesta o en casillas reservadas a los miembros de los partidos aliancistas. El PAN arguye que la encuesta, bien diseñada y técnicamente bien aplicada, puede arrojar un resultado que indique el verdadero sentir de los panistas y perredistas y sin el peligro de un posible manipuleo electoral por gente mal intencionada. Y que esto para nada viola el espíritu democrático.

¿Será el simple número de votantes en una elección partidista lo que garantice el genuino ejercicio de la democracia? No parece que lo sea. La democracia tiene que ver más bien con una actitud personal: voluntad de participar honestamente en las decisiones de la comunidad a la que se pertenece. Abrir las urnas a priístas y a ciudadanos apartidistas para elegir al candidato del grupo que busca vencer al PRI no parece tener sentido democrático... ni común. ¿Qué actitud, qué objetividad y honestidad se puede esperar de una persona ajena o enemiga de la alianza? El priísta votará por aquel candidato que signifique menor peligro para el PRI; los demás posiblemente sometan su decisión al capricho de un volado. Deben ser los miembros de los partidos interesados quienes elijan a su candidato. Ya tendrá la ciudadanía la oportunidad de actuar democráticamente cuando se le presente el cartel completo de candidatos de todos los partidos, aliados o no. En ese momento estará en juego el nombre de quien haya de servir al pueblo, no el del candidato, y entrará en juego la responsabilidad de cada ciudadano.

* El autor es diputado federal por el estado de San Luis Potosí.

EL OBSERVADOR 218-8

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¿A quién y por qué debe pedir perdón la Iglesia?
«La Iglesia no teme a la verdad de la historia»: Juan Pablo II
ZENIT, NE, VIS, ACI, EL OBSERVADOR

El mea culpa de la Iglesia y los titubeos de algunos cardenales

En la primavera de 1994 Juan Pablo II reunió en el Vaticano a los cardenales en forma extraordinaria para transmitirles su intención de afrontar el Jubileo del año 2000 con un serio examen de conciencia sobre las culpas de la Iglesia, del cual se derivará un acto penitencial de «petición de perdón» a celebrarse el 8 de marzo del 2000, Miércoles de Ceniza.

No todos los purpurados acogieron con entusiasmo la iniciativa. Muchos de ellos tenían miedo de ofrecer armas a los enemigos de la fe, al admitir los posibles errores cometidos en la historia por personalidades u organizaciones eclesiásticas. Algunos reconocieron su miedo ante la posibilidad de que muchos fieles no entendieran esta actitud y, de este modo, la Iglesia como institución quedara debilitada. Frente a estos titubeos el pontífice respondió asegurando que la Iglesia no tiene miedo de la verdad y que no es posible afrontar los desafíos que plantea la modernidad sin realizar este examen de conciencia. En concreto, en su compromiso por promover la unidad entre las diferentes confesiones cristianas, el papa Wojtyla expresó su convicción de que es imposible pensar en un acercamiento entre las iglesias sin el reconocimiento de las culpas de todos. No se puede ser creíble ante el mundo cuando se obvian violaciones de los derechos humanos cometidas en momentos históricos por hijos de la Iglesia.

Los pecados de los hijos de la Iglesia

Basándose en estas reflexiones, el Santo Padre publicó en 1994 la carta apostólica Tertio millennio adveniente, dedicada a la preparación del Jubileo. En este documento exhorta a los fieles a «purificarse en el arrepentimiento de errores, infidelidades, incoherencias y retrasos». Habla de pecados cometidos por los hijos de la Iglesia. Denuncia el escándalo provocado por aquellos que se dicen discípulos de Cristo pero viven alejados de los valores cristianos. Admite abiertamente que ciertas acciones han «desfigurado el rostro de la Iglesia». Para realizar este examen de conciencia, el Papa instituyó una comisión teológico-histórica, presidida por el dominico Georges Cottier, teólogo de la Casa Pontificia. Esta comisión ha decidido analizar tres grandes cuestiones relacionadas con la historia de la Iglesia: el antijudaísmo, la Inquisición y la aplicación del Concilio Vaticano II. Ya se efectuaron sendos simposios sobre el antijudaísmo y la Inquisición. En febrero del 2000 se celebrará un tercer simposio que versará sobre la manera en que ha sido aplicado el concilio Vaticano II.

El escándalo de la división de los cristianos, culpa de todos

La semana antepasada el Papa anunció, ante unos 8 mil peregrinos de los cinco continentes, que, con actitud penitencial, la Iglesia «está dispuesta a reconocer los errores del pasado, cuando son confirmados por una investigación seria, y a pedir perdón por las culpas históricas de sus hijos», es decir, a «comenzar una nueva página de la historia, en la superación de los obstáculos que siguen separando entre sí a los seres humanos y a los cristianos en particular. El reconocimiento de pecados históricos implica una toma de posición en relación con los acontecimientos tal y como han sucedido, a la luz de reconstrucciones históricas serenas y completas. Por otra parte, el juicio sobre los acontecimientos históricos no puede prescindir de una consideración realista de los condicionamientos constituidos por los diferentes contextos culturales, antes de atribuir a los individuos responsabilidades específicas morales». La Iglesia -insiste el Papa- no tiene miedo de la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer los errores allí donde han sido comprobados, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las comunidades en momentos en que, erróneamente, llegó a pensarse que la verdad debía imponerse con la fuerza. Y también dijo que la petición de perdón no debe entenderse como una ostentación de falsa humildad ni como una manera de que la Iglesia reniegue de su historia de dos mil años, rica de méritos en los campos de la caridad, de la cultura y de la santidad. Simplemente la Iglesia, siguiendo una irrenunciable exigencia de la verdad, reconoce, junto a los aspectos positivos, los límites y las debilidades humanas de las muchas generaciones de los discípulos de Cristo.

Entonces recordarán su conducta y todas las acciones con las que se mancharon, y sentirán repugnancia de ustedes mismos por todas las maldades cometidas (Ez 20, 43).

EL OBSERVADOR 218-9

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OPINIÓN
Prevenir el abuso sexual

Todos los padres queremos evitarles a nuestros hijos la experiencia terrible de un abuso sexual. Con este fin, muchos padres limitan la vida de sus hijos de tal modo que el supuesto remedio se convierte también en algo perjudicial para el desarrollo del niño. Tenemos que cuidarlos, sí, pero sin llegar a extremos. ¿Cómo hacerlo? Hay que tener cuidado respecto a quién los cuida en casa, a dónde van nuestros hijos y con quién. Pero en vista de que no podemos controlar todos los ambientes ni podemos mantenerlos encerrados, el mejor modo de proteger a nuestros hijos es enseñarlos a cuidarse a sí mismos, a no aceptar tratos con extraños, a alejarse cuando algo les parezca sospechoso, a no permitir que los toquen de «ese» modo y pedirles que cuenten a sus padres cualquier cosa que les parezca extraña o molesta.

Desgraciadamente muchos niños no confían en sus propios padres. Quienes diseñaron los mensajes de la televisión que trataban este problema con los niños lo saben, por eso dicen: cuéntaselo a quien más confianza le tengas. Esta persona puede no ser el padre o la madre. Una de las más importantes medidas de prevención es tener abierta la comunicación con nuestros hijos en todos los aspectos. Y después, creerles. A muchos niños les ha ocurrido que cuentan que el tío trató de hacerles algo y el padre o la madre dicen: es la fantasía del niño, porque mi hermano no es capaz... Cuidado, porque puede ocurrir, y es mejor equivocarse por creerle al hijo que por no creerle.

Un punto más: cuidado con los hijos hombres. Creemos que las que están en peligro son las niñas y no es así: los niños también sufren abusos, más de los que imaginamos. Como decía una madre: yo cuidé mucho a mis hijas y vea lo que sucedió, del que abusaron fue de mi hijo.
(FIN)

EL OBSERVADOR 218-10

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