El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

19 de septiembre de 1999 No. 219

SUMARIO

bullet PINCELADA Concentrarse en la tarea
bulletPALABRAS MAYORES La ciudad y las pandillas
bulletCuando un hermano se va
bulletSentido salvífico del sufrimiento
bulletDe campañas y costos
bulletCUADERNO DE NOTAS Un día de paz
bulletOPINIÓN Para que México viva
bullet¿Por qué pide perdón el Papa?
bulletEntrevista exclusiva a Pablo Latapí Sarre
bulletA LAS PUERTAS DEL TEMPLO La experiencia del Espíritu
bulletPERDER POR DEFAULT La Iglesia: ¿renunció a su misión?
bulletMEDIOS DE COMUNICACIÓN La vida desde la pantalla
bulletINTIMIDADES. LOS JOVENES NOS CUENTAN Abuso sexual
bulletA DEBATE En el Congreso de la Unión: ¿la Ley Orgáni... qué?

Pinceladas
Concentrarse en la tarea
Justo López Melús *

El secreto para hacer las cosas bien es la concentración. Fuerza y empeño enfocados en la única tarea del momento. Todo el yo empleado en la acción concreta que me toca hacer. Nada de distracciones, de interrupciones, de miradas a los lados. La capacidad de concentración es la medida del éxito. Si te desparramas y te despistas, lo estropeas todo.

Un célebre jugador de golf estaba a punto de ganar el campeonato con una ventaja sobrante para salir vencedor. Entonces oyó una voz que lo felicitaba ya por el triunfo seguro. Se acercó a él y le agradeció su felicitación. Pero ahí estuvo su perdición. Perdió la concentración cuando más la necesitaba, pues sin concentración no hay juego. Erró el último golpe y se le fue el trofeo. La falta de concentración le costó el campeonato.

EL OBSERVADOR 219-1

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Palabras mayores
La ciudad y las pandillas
Joaquín Antonio Peñalosa / San Luis Potosí, S.L.P.

Tengo sobre mi escritorio un muestrario de recortes de periódicos de los últimos días. Cambia el lugar, la noticia es la misma. «En Guadalajara y municipios aledaños hay mil 500 pandillas». «El estado de México –Nezahualcóyotl, Naucalpan, Tlalnepantla– es el refugio del chico banda». «La capital, con más pandillerismo que nunca». Y así Tijuana, Acapulco, Monterrey. A ciudades mayores, mayores conflictos juveniles. Tal es la geografía de las pandillas. Y tal la juventud que está física y moralmente en la calle.

El pandillerismo es un fenómeno típicamente urbano. En las poblaciones pequeñas, en la paz campestre de los ranchos puede haber delincuentes y ladrones, pero casi siempre actúan en solitario o acompañados por un cómplice. Sólo en los hervorosos hacinamientos humanos surge la verdadera pandilla que es asociación delictuosa, agrupación de jóvenes para actividades inmorales, ilícitas, antisociales.

Si las ciudades densamente habitadas, sus barrios perdidos, sus orillas melancólicas de perros y horizontes flacos se levantan como escenario preferente del pandillerismo, es porque el joven encuentra ahí mayores dificultades para estudiar, trabajar y sobrevivir.

La sobrepoblación que se desborda en las ciudades industrializadas y turísticas supera las oportunidades escolares y las esperanzas de un trabajo estable y suficientemente remunerador. La demanda rebasa a la oferta. Tanto más que las pirámides de población nunca antes habían tenido tanta base juvenil como hoy.

Y ahí están en las esquinas del día y de la noche urbana unos jóvenes sin posibilidad de acceso a las aulas y a las fábricas, sin presente ni futuro, frustrados por saberse una fuerza sin fuerza. Bien entienden, como ellos dicen, que «no la harán». Queda entonces la calle y su aventura, queda la ociosidad forzada, queda la necesidad de dinero para las más elementales urgencias y la tentación de evadirse de tanta frustración por puertas falsas y prohibidas. Y entonces la ciudad incuba la pandilla y siembra sus huevos y sus larvas malditas ahí donde se mezcla la miseria económica y la injusticia social.

Hay otra razón que explica la proliferación de pandillas en las grandes ciudades: es el anonimato, que afecta mucho más a los jóvenes que a los adultos, puesto que éstos han alcanzado más o menos un estatus, una posición, un rol dentro de la sociedad. Oigan ustedes la confesión de un pandillero de Texcoco a un reportero:

«Soy uva (miembro de la pandilla Uva) porque así mantengo una categoría dentro de la gente, Pertenezco a un grupo, pandilla o banda, como tú quieras. Si te digo mi nombre, que es Pedro, pasaría yo totalmente desapercibido. No sería yo. Así es de canija esta sociedad».

En la pandilla el joven descubre que tenía nombre, voz y voto, que es alguien –uva, pantera, rocker, oso gris–, mientras que en la sociedad despersonalizada y masificadora de la ciudad es simplemente nadie. En la pandilla encuentra defensa para su inseguridad y acaso una especie de hogar sustituto que lo arropa cuando procede de un hogar donde el amor saltó roto en pedazos irreparables.

Ciudad estelar y bárbara, «maternal, dolorosa, bella como camelia y triste como lágrima» –son los cantos de Efraín Huerta–, donde una juventud perdida por ella y por nosotros vaga por las calles «como sombra o neblina».

EL OBSERVADOR 219-2

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Cuando un hermano se va *
Paz Fernández Cueto

En su Diario al Padre Eterno describe Joaquín A. Peñalosa lo triste que tuvo que ser para Adán la primera noche de la historia. Deslumbrado por la luz radiante de la recién nacida creación, las preguntas se le amontonarían en la cabeza cuando, después de haber quedado extasiado ante la belleza indescriptible del primer crepúsculo, el sol se puso y la obscuridad invadió toda la tierra. Tal vez se volvió a Dios para preguntarle si se había acabado el mundo o si se había quedado ciego.

Ante tal desconcierto seguramente exclamó inquieto a su Creador: «Es terrible esta obscuridad, no puedo ver ni la cercanía de mis manos. Del Paraíso no ha quedado sino un frío montón de sombras. Hoy sé que eran vanos los tesoros del día... me has dejado ausente del mundo, solo y aterrado, fuera de mi casa, perdido en un túnel infinito... ¿Qué hiciste con el sol, Padre?».

Seguramente le tomó tiempo descubrir que la noche y el día se complementaban maravillosamente a tal grado que la vida sería imposible si a todas horas sólo existiera la realidad cegadora del sol. Finalmente acabaría agradeciendo al Padre Eterno el regalo de la noche, de ese espacio ideal para reponer las fuerzas y descansar; apreciaría las horas silenciosas para meditar y entrar en conversación íntima con su Padre; amaría la obscuridad y descubriría que no había tal, porque brillaba esplendorosa la luna y el cielo se salpicaba de belleza con el fulgor de las estrellas hasta tocar el espacio infinito.

Al paso de los siglos el hombre ha comprendido el fenómeno del día y la noche y el contraste entre la obscuridad y a luz, imagen de gozo abierto y horas de dolor. ¡Y ambos son parte de una misma realidad, como lo es también la cruda realidad de la muerte!

Más difícil es comprender la muerte que la oscuridad intensa de la noche. Más duro contemplar a alguien que se va; cuando en el camino que nos falta por recorrer echaremos de menos al hermano que caminó junto a nosotros en la infancia y nos llenó de ilusión en la juventud.

A sus 53 años aún no se acortaban sus ambiciones ni se desvanecían sus sueños, no había renunciado a nuevos y audaces proyectos. Apasionadamente joven cuando joven, aprovechó su juventud y supo llenarla hasta los bordes; inquietamente inquieto al llegar a la madurez, mi hermano Antonio pasó por la noche de la muerte quizá en forma prematura, y digo quizá porque el tiempo es diferente en cada vida más allá de una sucesión lógica de años; sólo el Padre conoce en lo secreto la belleza de cada atardecer, la disposición íntima en las nubes del alma, el grado de bondad acumulado en servicios de amor a los demás, prueba definitiva y contundente con que seremos juzgados, porque «en aquel día seremos juzgados por el amor».

Sólo por un momento me vino a la cabeza el reclamo de Marta a su Señor cuando regresando Jesús después de la muerte de Lázaro pronunció aquellas palabras llenas de dolor: «Señor, si hubieras estado ahí no hubiera muerto mi hermano»... Mi rectificación surgió espontánea, casi inmediata, cuando yo le decía en la intimidad: «Señor, porque estabas ahí te llevaste a mi hermano; eras Tú quien lo esperaba en el monte cuando se dirigía completamente solo hasta tu encuentro. Fueron tus brazos de Padre los que lo recibieron con ternura infinita cuando tu luz lo derribó del caballo como a san Pablo. Así tratas tú a tus elegidos; cuando quizá ponen un poco de resistencia, salen finalmente vencidos por la fuerza irresistible de tu amor».

Toño ha vuelto a su casa en el año del Padre y descansa para siempre fuera de todo riesgo, libre en dichosa plenitud. Nos deja tranquilos con la seguridad de que ha encontrado la paz... Pero lo vamos a extrañar.

* Artículo resumido. Se publica con permiso de la autora.

EL OBSERVADOR 219-3

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Sentido salvífico del sufrimiento

Resumen del mensaje del papa Juan Pablo II para la VIII Jornada Mundial del Enfermo, que tendrá lugar en Roma el 11 de febrero del año 2000

En la VIII Jornada Mundial del Enfermo, que tendrá lugar en Roma el 11 de febrero del 2000, año del Gran jubileo, la comunidad cristiana analizará la realidad de la enfermedad y del sufrimiento desde la perspectiva del misterio de la encarnación del Hijo de Dios, para que este acontecimiento extraordinario ilumine con nueva luz esas experiencias humanas fundamentales.

A lo largo de la historia el hombre ha aprovechado los recursos de su inteligencia y de su corazón para superar los límites inherentes a su propia condición, y ha logrado grandes conquistas en la tutela de la salud. Basta pensar en la posibilidad de prolongar la vida y mejorar su calidad, aliviar los sufrimientos y valorar las potencialidades de la persona mediante el uso de medicamentos de eficacia segura y de tecnologías cada vez más avanzadas. A esas conquistas se añaden las de carácter social, como la conciencia generalizada del derecho a la asistencia sanitaria y su codificación en las diversas «Cartas de los derechos del enfermo». Además, no hay que olvidar la significativa evolución que se ha realizado en el sector de la asistencia gracias a la aparición de nuevas aplicaciones sanitarias, de un servicio de enfermería cada vez más cualificado y del fenómeno del voluntariado, que en tiempos recientes ha alcanzado niveles significativos de competencia. Sin embargo, no se puede decir que la humanidad ha hecho todo lo posible para aliviar el peso inmenso del sufrimiento que grava sobre las personas, sobre las familias y sobre toda la sociedad. Al mismo tiempo, con el eclipse de la fe, especialmente en el mundo secularizado, se añade una ulterior y grave causa de sufrimiento: ya no se capta el sentido salvífico del dolor y el consuelo de la esperanza escatológica.

La Iglesia, partícipe de las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de todos los tiempos, ha acompañado y sostenido constantemente a la humanidad en su lucha contra el dolor y en su esfuerzo de promoción de la salud. Al mismo tiempo se ha comprometido a revelar a los hombres el sentido del sufrimiento y las riquezas de la redención realizada por Cristo Salvador. En la historia ha habido grandes figuras de hombres y mujeres que, guiados por el deseo de imitar a Cristo mediante un profundo amor a sus hermanos pobres y enfermos, han puesto en marcha innumerables iniciativas de asistencia, realizando obras de bien a lo largo de los últimos dos milenios. Se trata de una presencia que hay que sostener y promover por el bien precioso de la salud humana, y con la mirada atenta a todas las desigualdades y contradicciones que perduran en el mundo de la sanidad.

En efecto, en el decurso de los siglos, además de las luces, ha habido sombras, que han oscurecido y oscurecen aún hoy el cuadro, en muchos aspectos espléndido, de la promoción de la salud. Pienso, en particular, en las graves desigualdades sociales para acceder a los recursos sanitarios, que existen todavía hoy en vastas áreas del planeta, sobre todo en los países del sur del mundo. Esta injusta desigualdad afecta, con creciente dramatismo, al sector de los derechos fundamentales de la persona: poblaciones enteras no pueden recibir ni siquiera los medicamentos de primera y urgente necesidad, mientras que en otros lugares existe un abuso y un despilfarro de fármacos incluso costosos. ¿Y qué decir del gran número de hermanos y hermanas que, privados del alimento necesario, son víctimas de todo tipo de enfermedades? Por no hablar de las numerosas guerras que ensangrientan a la humanidad, sembrando muertes, así como múltiples traumas físicos y psicológicos de todo tipo. El progreso económico, científico y técnico no ha ido acompañado por un auténtico progreso, centrado en la persona y en la dignidad inviolable de todo ser humano. Incluso las conquistas en el campo de la genética, fundamentales para el cuidado de la salud y, sobre todo, para la tutela de la vida naciente, se convierten en ocasión de opciones inadmisibles, de insensatas manipulaciones y de intereses opuestos al auténtico desarrollo, con resultados a menudo sobrecogedores. Por una parte se realizan grandes esfuerzos por prolongar la vida y también por procrearla de modo artificial; pero, por otra, no se permite que nazca quien ya está concebido, y se acelera la muerte de quien ya no es considerado útil.

Es de desear que también en el mundo del sufrimiento y de la salud se promueva «una purificación de la memoria» que lleve a «reconocer las faltas cometidas por quienes han llevado y llevan el nombre de cristianos». La comunidad eclesial está llamada a aceptar, también en este campo, la invitación a la conversión vinculada a la celebración del Año Santo. El ejemplo de Cristo, Buen Samaritano, debe inspirar la actitud del creyente, induciéndolo a hacerse «prójimo» de sus hermanos y hermanas que sufren, mediante el respeto, la comprensión, la aceptación, la ternura, la compasión y la gratuidad. Se trata de luchar contra la indiferencia que lleva a las personas y los grupos a aislarse de forma egoísta en sí mismos. Con este fin, «la familia, la escuela, las demás instituciones educativas, aunque sólo sea por motivos humanitarios, deben trabajar con perseverancia para despertar y afinar esa sensibilidad hacia el prójimo y su sufrimiento». En quien cree, esta sensibilidad humana se asume en el ágape, es decir, en el amor sobrenatural, que lleva a amar al prójimo por amor a Dios. El ejemplo de Jesús, Buen Samaritano, no sólo impulsa a asistir al enfermo, sino también a hacer lo posible por reinsertarlo en la sociedad. En efecto, para Cristo curar es, a la vez, reintegrar: de la misma forma que la enfermedad excluye de la comunidad, así también la curación debe llevar al hombre a reencontrar su lugar en la familia, en la Iglesia y en la sociedad.

La Iglesia, llamada a continuar la misión de Jesús, debe hacerse promotora de vida ordenada y plena para todos. En el ámbito de la promoción de la salud y de una calidad de vida entendida rectamente, dos deberes merecen una atención particular por parte del cristiano: ante todo, la defensa de la vida. En el mundo contemporáneo muchos hombres y mujeres luchan por una mejor calidad de vida, en el respeto a la vida misma, y reflexionan en la ética de la vida para disipar la confusión de los valores, presente a veces en la cultura actual. Sin embargo, hay también personas que, por desgracia, cooperan en la formación de una preocupante cultura de la muerte con la difusión de una mentalidad imbuida de egoísmo y materialismo hedonista, y con el apoyo social y legal a la supresión de la vida. En este marco, los creyentes están llamados a desarrollar una mirada de fe sobre el valor sublime y misterioso de la vida, incluso cuando se presenta frágil y vulnerable. Esa tarea interpela a todos los seres humanos, comenzando por los familiares de la persona enferma. Saben que «el deseo que brota del corazón del hombre ante el supremo encuentro con el sufrimiento y la muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en la desesperación y casi de abatirse en ella, es sobre todo aspiración de compañía, de solidaridad y de apoyo en la prueba. Es petición de ayuda para seguir esperando, cuando todas las esperanza humanas se desvanecen».

El segundo deber, al que los cristianos no pueden sustraerse, concierne a la promoción de una salud digna del hombre. En nuestra sociedad existe el peligro de hacer de la salud un ídolo al que se subordina cualquier otro valor. La visión cristiana del hombre contrasta con una noción de salud reducida a pura vitalidad exuberante, satisfecha de la propia eficiencia física y absolutamente cerrada a toda consideración positiva del sufrimiento. Pero la salud no se limita a la perfección biológica; también la vida vivida en el sufrimiento ofrece espacios de crecimiento y autorrealización, y abre el camino al descubrimiento de nuevos valores. La Iglesia y la sociedad están comprometidas a crear una ecología digna del hombre. En efecto, el ambiente tiene una relación con la salud del hombre y de las poblaciones: constituye «la casa» del ser humano y el conjunto de los recursos confiados a su custodia y a su gobierno, «el jardín que debe conservar y el campo que debe cultivar». Sin embargo, la ecología externa a la persona ha de ir acompañada de una ecología interior y moral, la única que responde a una recta concepción de la salud. Así, la salud del hombre, considerada en su integridad, se convierte en atributo de la vida, recurso para el servicio al prójimo y apertura a la acogida de la salvación.

En el año de gracia del jubileo, «año de perdón de los pecados y de las penas por los pecados, año de reconciliación entre los adversarios, año de múltiples conversiones y de penitencia sacramental y extrasacramental», invito a los pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los fieles y a los hombres de buena voluntad a afrontar con valentía los desafíos que se presentan en el mundo del sufrimiento y de la salud. Que en el camino de participación activa en las experiencias de los hermanos y hermanas enfermos, nos acompañe la Virgen Madre, la cual, al pie de la cruz, compartió los sufrimientos de su Hijo, y habiéndose convertido en experta en el sufrimiento, ejerce su constante y amorosa protección en favor de cuantos viven en el cuerpo y en el espíritu los límites y las heridas de la condición humana. A ella, Salud de los enfermos y Reina de la paz, le encomiendo a los enfermos y a cuantos están cerca de ellos, para que con su intercesión materna les ayude a propagar la civilización del amor.- Juan Pablo II

EL OBSERVADOR 219-4

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De campañas y costos *
José Arturo Lozano Madrazo

El refrán que dice «en el amor y en la guerra todo se vale» ya debería decir: «en el amor y en la guerra, como en la política y en el comercio, todo se vale».

Lo anterior no es axioma sino dolorosa conclusión que han establecido los actos cotidianos. Tenemos varios meses en que los procesos preelectorales están calando la actividad nacional, y donde el comportamiento de algunos precandidatos es de franca confrontación, propiciando un ambiente belicoso, no por guerrero o marcial sino por la rivalidad que está generando.

Se nos informa que el día 21 del mes de la revolución mexicana será la fecha para la ceremonia solemne y arranque de la alianza de todos contra todos. ¡Perdón! Una alianza por México. Pero, aunque algunos aparentan que van en caballo de hacienda y ni Dios Padre se opondría, ahora resulta que los más avezados politólogos nacionales están inclinándose por un final de llamarada de petate: en nada.

Debemos estar muy bien informados de este proceso electoral porque está en juego un enorme capital para el futuro inmediato al que tenemos derecho y nos pertenece, que anhelamos intensamente y se nos ha prometido en abundancia: bienestar para la familia y tierra de oportunidades para todos. Y lo que menos le importa a don Juan Pueblo es si la transición del poder se hace con o sin alternancia con tal de que sea más democracia real que propaganda electoral.

Yo me pregunto: ¿cuánto es lo que pueden costarnos estos ejercicios democráticos para el relevo constitucional del presidente de la república y del Congreso de la Unión, con alianza o sin ella? Alguien mencionó públicamente que éstas podrían ser las elecciones más caras en toda la historia de la humanidad. Tal sólo el IFE, sin incrementar el presupuesto del presente año, va a erogar 3 mil 800 millones, y los pre del PRI tienen un tope de 57 millones cada uno más lo no contable y en especie... y todavía nos falta la verdadera campaña electoral.

Donde se está poniendo sabroso el asunto es en el PRI por el nuevo procedimiento que está llevando a cabo para la selección de su candidato, porque las cosas no están como se esperaba. Según las encuestas de opinión, Labastida, que se le siente como el candidato oficial –que no existe–, está perdiendo preferencias que han medrado a favor de Madrazo, y esto como fruto de la campaña publicitaria agresiva y de abierto enfrentamiento que está llevando en contra del sistema, lo que hace preguntarnos qué es lo que puede pasar después de las elecciones: si el tabasqueño no es el triunfador, ¿cuál será la postura que asuma y cuál será el costo político que pueda significar para el PRI?

Un connotado político de oposición, famoso por su vasta cultura y actualmente retirado de toda actividad política, interpretando estos acontecimientos dijo que el proceso electoral que vivimos es de partidos sin candidatos y de candidatos sin partido.

* Artículo resumido.

EL OBSERVADOR 219-5

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Cuaderno de notas
Un día de paz

¿Por qué los seres humanos no nos damos un día de respiro en esa batalla que recorre los años de nuestra civilización? ¿Hay posibilidad de un día en que no se dispare ninguna arma en el mundo? La propuesta comienza a tomar cara. Circula ya por las vías del internet católico. Se trata de volvernos cooperantes de esta cruzada.

¿Cómo sería un día sin disparos en este atribulado planeta? ¿Una jornada en que las personas se dieran la mano no para abismarse una a la otra sino en señal de consistencia solidaria? Yo diría: un día en que volviéramos a los orígenes, a la esencia. No quiero excluir nuestra oscura raíz violenta. Pero, ¿es la violencia nuestra heredad? Me resisto a creerlo. Es la paz armoniosa en la que estriba la flama primera de los pasos del hombre en el reino de este mundo.

Dicen los historiadores que en los dos mil años que se cumplen pronto ha habido escasos 15 días de paz entre los hombres. Es complejo afirmarlo. Pero las nuevas modalidades de la red hacen posible controlar un día sin balazos. Sería éste el primero de enero próximo. ¿A quién habría que convencer?

Primero que nada a los principales propagadores de la violencia: los televisores de todo el mundo. Porque no debe disiparse ni una sola bala virtual o real. Segundo: a los generalotes y gobiernos, así como guerrilleros de toda latitud.

Aquí cabría meter en la cabeza de las televisoras comerciales la constancia del mal uso que hacen de sus espacios infantiles. Erradicar violencia significa sembrar futuro; erradicar violencia televisada significa darle un vuelco al contenido privilegiado de la comunicación, el que más aceptación tiene entre las nuevas generaciones (educadas –por la tele y el cine– en la violencia). Los dueños de los canales podrían ver las consecuencias enormes de su irresponsabilidad. Y las familias también: no podemos querer una sociedad madura, pacífica, si dejamos el doble de tiempo a los niños frente al aparato con respecto a las que pasan junto al maestro en el aula.

Un día de paz sería motor de la esperanza. Nos alimentaría saber que tenemos capacidad de generar las condiciones de vida que anhelamos. Y serviría como referencia histórica de que sí es posible darnos la mano. Hay que intentarlo. (J. S. C.)

Por lo pronto, este espacio periodístico lanza la convocatoria a quienes puedan reproducirla. Es muy simple: que haya paz durante el 1o. de enero del año 2000. Paz real y virtual. Que nadie alce en el campo o la pantalla la mano contra el otro y lo aniquile, así sea por convicción, ideología o mera diversión.

EL OBSERVADOR 219-6

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Opinión
Para que México viva

Para que México realmente viva tenemos que hacerlo vivir en nuestros corazones.

Tenemos que gozar sus paisajes, cantar sus canciones, amar a sus niños, abrazar sus sueños, contar su historia, realizar sus proyectos...

No basta con ver a México en perspectiva, como algo alejado, algo ajeno. México es nuestro, somos México.

Para que México viva hace falta que en verdad estemos vivos los mexicanos.


EL OBSERVADOR 219-7

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¿Por qué pide perdón el Papa?

Algunas opiniones registradas en el debate que ocurre entre teólogos e historiadores

Franco Cardini, catedrático de historia medieval en la Universidad de Florencia: «...una petición de perdón tan solemne es una señal fuerte, a nivel ético y simbólico; pero el jubileo ha sido siempre una ocasión de remisión recíproca de las culpas: si bien es unilateral, el gesto contiene, implícitamente, un desafío, una petición de reciprocidad... ¿ante quién cumple este gesto la Iglesia católica? Por ejemplo, Su Majestad británica ¿está dispuesta a pedir perdón por lo que los ingleses han hecho a los irlandeses en los dos últimos siglos? La República Francesa, heredera de la Revolución, ¿cuándo pedirá perdón por las masacres de terror y las rapiñas napoleónicas? Y los gobiernos laicistas desde Italia hasta los de la República Mexicana, ¿están dispuestos a pedir perdón por haber confiscado los bienes de la Iglesia?...».

Elio Guerriero, historiador de la teología y director de la revista Communio: «...En la purificación de la memoria de la Iglesia creo que hay que tener en cuenta, sobre todo, el aspecto teológico. La comunidad reconoce su propio pecado y pide perdón por sí misma y también por el pecado del mundo... En particular, me impresiona la insistencia de Juan Pablo II en la reconciliación con los hermanos separados... Tengo la impresión de que el Santo Padre está recorriendo él mismo el viaje interior de Pablo de Tarso o de Catalina de Siena y que consiste casi en «exagerar» nuestras responsabilidades para volver a alcanzar la unidad en el amor...».

Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia: «...El lado divino de la Iglesia permanece tanto más seguro, garantizado, cuanto más los hombres y la Iglesia misma se atribuyen los males, los defectos, los pecados... En lo que ha sucedido en la Iglesia no entra Dios, somos nosotros quienes tenemos la responsabilidad... el mensaje del Papa se refiere no sólo al pasado y a los hombres del pasado, sino también a los del presente. Creo que pedir el perdón por las culpas del pasado es el modo mejor para que estemos atentos a las culpas de hoy, para estar atentos también a las críticas que el mundo hace hoy a la Iglesia... Por tanto, tomar mayor conciencia del propio pecado se convierte para la Iglesia en una necesidad con vistas al objetivo principal del Gran Jubileo: el fortalecimiento de la fe».

EL OBSERVADOR 219-8

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Entrevista exclusiva a Pablo Latapí Sarre
Es imposible ayudar a otros en el terreno ético si uno mismo no ha seguido y experimentado un proceso de formación
* Desde los cuarentas, el civismo eclipsa a la ética.
* Se dicen cosas que nadie cree; lo vimos en el informe presidencial.
* Se da culto con los labios a ciertos valores que no se viven.

EL OBSERVADOR: Doctor Latapí: la moral regresa a la escuela. ¿Cuál es su opinión sobre la nueva materia escolar de secundaria?
PABLO LATAPÍ: Lo que yo intentó en mi libro La moral regresa a la escuela es una reflexión crítica sobre la ética laica en la educación mexicana. Trato de facilitar el acceso a una reflexión histórica y filosófica de la formación moral en México. Hoy reaparece la ética con la formulación de "formación cívica y ética", que desapareció en la enseñanza primaria y secundaria del año 1954. A medida en que el Estado siente la necesidad de afirmarse ante las conciencias de los ciudadanos, desde los cuarentas, el civismo eclipsa a la ética. Lo que va quedando es la asignatura de civismo. La ética no está ausente: hay referencias a la responsabilidad, al comportamiento solidario. El propio artículo tercero tiene muchísimos valores morales. No está ausente, pero es en este ciclo escolar 1999-2000 cuando reaparece la formación cívica y ética en los tres grados de secundaria.

EO: ¿Esta reaparición es como debe ser, o viene con demasiadas concesiones al pasado?
PL: Hay que dar la bienvenida a esta medida de las autoridades educativas. A este interés de la educación en valores. Es una gran oportunidad de recuperar la educación cívica y ética. Pero la manera como se presenta esta asignatura en el programa de estudios y, consecuentemente, en el libro de texto, que ya empieza a circular, tiene varias deficiencias. Las principales son dos: primera, se considera a la ética, más que como un cuerpo de conocimientos sistematizado, racional, explicado, y argumentado, como una recomendación en general a ser responsable, y no se pasa de allí. Lo cual no está mal, pero el chico de 12 a 14 años tiene muchas preguntas sobre la razón de ser de la obligación moral. En el programa no hay ninguna referencia a las posibles explicaciones del acto moral. La segunda crítica es que, por lo mismo, no aparece una concepción sistemática de este conjunto de conocimientos, sino que se van dando fragmentariamente a propósito de cada tema. Está bien, pero quedan enormes ausencias. No hay principios más generales para resolver los conflictos entre valores. Por ejemplo, la relación entre mi conciencia individual y una ley que puede ser injusta: ¿cuándo puedo preferir mi conciencia a una ley que considero injusta? Es el caso de la objeción de conciencia, proceder contra lo que dice la letra de la ley conforme a su espíritu, a través de una interpretación personal y responsable. El caso más conocido es el no prestar servicio militar en tiempos de guerra. Todos estos casos no se consideran. El muchacho de secundaria sale con algunas referencias de valores, pero sin la integración racional de un pensamiento ético.

EO: ¿Alguien más puede hacer esta integración de los valores?
PL: Es de esperar que lo hagan los maestros. Pero, viendo el problema más a fondo, en la educación de los maestros la ética también ha estado ausente. En el plan de licenciatura de educación primaria, que se reformo hace dos años, aparece una preparación para comprender esa asignatura y para poderla enseñar; nada hay referido a la formación moral de la persona del maestro. Es imposible ayudar a otros en el terreno ético si uno mismo no ha seguido y experimentado un proceso de formación.

EO: Educar es transmitir valores. ¿Qué valores se pueden transmitir para que el educando realmente incorpore esos conocimientos, hacerlos su manera de ser?
PL: Yo desconfío de una lista de valores. Porque es muy fácil ponernos de acuerdo en palabras: libertad, igualdad, participación, solidaridad, y así. Pero vamos a lo concreto y veamos cómo se interpreta la libertad deseable en ciertos sectores, si se entiende una libertad propia del neoliberalismo en lo económico o una libertad profunda del ser humano en busca de su destino. Y así... las listas hay que verlas con cierto escepticismo. Y la segunda razón por la que desconfío de las listas es que cada maestro va a interpretarlas a su manera. Poco nos ayuda. Lo que importa es que en la base de la educación, en la comunidad escolar, en la relación de los maestros con los alumnos se edifiquen esos valores en contacto con los padres de familia.

EO: ¿Cuál debe ser el rol del maestro en la sociedad?
PL: El maestro cumple tres roles. Es funcionario del Estado –hablo del maestro de escuela pública–, tiene la encomienda importante de construir en las nuevas generaciones determinados conocimientos y valores. Es él mismo, con sus propias maneras de ver la vida, de plantearse los problemas, de pensar de opinar. Y, por otra parte, es delegado de los padres de familia. Jaime Torres Bodet decía que, si no fuera por esta delegación implícita de los padres de familia, el maestro no tendría derecho de estar donde está. Así el maestro tiene que estar en contacto continuo con las familias de los alumnos y proceder de acuerdo con ellos. Esto es ser maestro, es ser educador; no es cumplir con las recetas del plan de estudio. La escuela es pública porque en ella convergen todas esas corrientes de pensamientos y de valores de nuestra sociedad.

EO: Los valores son una bonita definición de diccionario hasta que alguien los toma. ¿Hay falta de testimonialidad en nuestra sociedad?
PL: Hay un libro pequeño, Un mexicano más, de Sánchez Andraca. Es devastador porque es la historia de un adolescente de secundaria al que en cada capítulo se le va destruyendo una ilusión y un valor, fundamentalmente en su escuela, porque resulta que al maestro que les predicaba tal cosa se lo encuentra saliendo del burdel de la ciudad; porque encuentra que se miente en su casa y se simula en la escuela. La falta de testimonialidad es la razón profunda de esa falta de comportamiento cívico, ético y de comportamientos auténticos en muchos de nuestros jóvenes. Tome los valores cívicos, que en gran parte son éticos; tome el lenguaje político actual, la manera en cómo se desvirtúa el significado real de las palabras. Se dicen cosas que nadie está creyendo. Lo vimos en el informe presidencial, lo vemos todos los días en los discursos de los políticos, incluyendo muchos partidos de oposición. Se acostumbra una simulación verbal, se acostumbra dar un culto con los labios a ciertos valores, cuando es un hecho comprobado que esos valores no se viven. Esto destruye la credibilidad de las instituciones y esto los jóvenes lo perciben perfectamente. Qué puede esperar un joven que sale de la escuela y vive en la realidad de un país invertebrado éticamente. A base de simulaciones, de mentiras colectivas, nos estamos engañando a nosotros mismos. Se espera que el maestro haga ese aterrizaje de los libros de texto a la realidad del país.

EO: ¿No estamos exigiendo demasiado?
PL: En algunos casos sí, en otros no. Hay maestros que están preocupados por una formación verdadera. Hay maestros que todavía tienen la vocación inicial cuando decidieron dedicarse a una profesión mal pagada y sin mucho brillo social, por amor a México, por verdadero amor a los jóvenes, por ayudarles en esas etapas tan difíciles de su desarrollo. Dejémonos de ilusiones falsas de que por decreto se resuelvan estas situaciones. Así tuviéramos magníficos programas de estudio y leyes que normaran las perversiones de los medios de comunicación, la verdadera cultura ética, la cultura democrática no va a venir de eso. No viene de arriba a abajo. Lo que cuenta es lo que se construye en lo micro, en el aula, en la familia. Cuenta lo poco que se puede hacer, cuenta en la construcción de una mejor conciencia ética de un niño de una niña. Quedemos convencidos de que los esfuerzos pequeños son la solución, o es ello o no hay otra solución. Construyamos entonces a nuestro pequeño alrededor la moral que podamos, y así estaremos cumpliendo con nuestra parte.


Pablo Latapí Sarre, figura muy conocida en el escenario educativo. Escritor. Cursó sus estudios en México, Estados Unidos y Alemania.. Es investigador nacional en el Sistema Nacional de Investigaciones, y jefe de asesores del secretario de Educación Pública de México.

EL OBSERVADOR 219-9

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A las puertas del templo
La experiencia del Espíritu
(Primera de dos partes) *
Javier Sicilia

Ahora que la New Age está invadiendo todos los territorios de la vida religiosa con su confusión entre las experiencias psicológicas y las experiencias espirituales, es necesario reflexionar sobre el verdadero sentido de la experiencia del Espíritu. ¿Qué es? El tema es vasto y profundo y requeriría un estudio en el orden de la filosofía, la teología y la mística que es imposible hacer en estas breves páginas. No obstante, no creo innecesario el intentar aproximarnos un poco a dicha experiencia para tratar al menos de fundamentarla correctamente. Es natural, sobre todo en estos tiempos miserables en que la trascendencia ha sido sepultada bajo el peso de la barbarie tecnológica y neoliberal, que los hombres salgan al encuentro de esa pregunta consubstancial a la vida humana. A lo largo de la historia ha habido siempre experiencias místicas, acontecimientos que, para centrarnos en Occidente, la Iglesia ha interpretado como experiencias del Espíritu Santo. Los místicos dicen que han experimentado la proximidad inmediata de Dios como una irrupción repentina o como una ascensión larga y penosa, acompañada por estados extáticos, visiones o acontecimientos extraordinarios a los que la parapsicología o la psicología transpersonal se han acercado para estudiarlos. La misma New Age, que es una mezcla de corrientes místicas de muchas tradiciones, pone un énfasis fundamental en el hecho de las manifestaciones extraordinarias como testimonios de la presencia de la «energía cósmica» en el hombre. Incluso algunas de sus corrientes llegan a afirmar, como algo contradictorio a lo que han sido las experiencias de muchos místicos (que, como Marta Robin o san Francisco de Asís fueron grandes enfermos), que la enfermedad es una manifestación de una desarmonía con lo que llaman «energía cósmica».

Nada más lejos de la verdad. Si bien es cierto que en la experiencia mística hay a veces manifestaciones extraordinarias, éstas no son partes fundamentales de la experiencia del Espíritu, sino expresiones psicológicas. Los grandes místicos como santa Teresa, san Juan de la Cruz o el maestro Eckhart, previenen constantemente en sus tratados que esas manifestaciones tienen poco o nada que ver con la verdadera experiencia espiritual, y recomiendan no hacer caso de ellas a riesgo de perder la experiencia sustancial, que es común a todos los hombres en tanto creados por y para Dios.

Si la historia de la mística hubiera atendido esas recomendaciones y nos hubiera presentado la vivencia mística separada de sus fenómenos marginales y psicológicos, algunos cristianos que no han reflexionado en la mística o quienes se adhieren a la New Age hubieran comprendido que la experiencia del Espíritu no es un acontecimiento ajeno a la vida diaria de un ser humano. Es decir, comprenderíamos que el testimonio de los místicos acerca de sus experiencias y lo que en la sustancia de sus tratados hay es algo que todo hombre sincero experimenta, aunque lo pase por alto o lo reprima. Tratemos de comprenderlo.

El hombre, nos dice el teólogo Karl Rahner, «es inevitablemente el `ser de la trascendencia´ por el conocimiento y la libertad». La definición puede ser pedante e incluso podría acusársele de estar cargada de ideología. Pero es difícil no evitarla en lo que ella expresa de verdad, pues es algo que está en la parte más íntima de la estructura del hombre y de la que, por más que lo ignore, no puede prescindir. Y en efecto, «el hombre –continúa Rahner– está siempre presente (por su conocimiento) en los objetos diarios individuales y diferenciables de otros, pero también, siempre y al mismo tiempo (a causa de su libertad) por encima de ellos, aunque no preste atención ni nombre a ese `estar siempre por encima´ que le es dado (...) Lo sabido de modo individual, objetivo y con nombre, es abarcado siempre dentro de un horizonte silenciosamente presente, más amplio e innombrado, de un posible saber y de una posible libertad». Esta realidad del conocimiento y de la libertad no tiene fronteras, y el hombre se está moviendo siempre en ella: tenemos nostalgia del infinito y de su plenitud (de lo contrario nos pegaríamos un tiro) y caminamos hacia ella en medio de los actos y pensamientos de nuestra vida diaria. Las ideas y palabras que constantemente estamos usando para nombrar esa infinitud en la que estamos inmersos nos son la experiencia del misterio que rodea a la isla de nuestra conciencia diaria, sino pequeños símbolos que nos hablan de ese misterio «que se da en silencio, que al darse calla; misterio en el que vivimos (...) como en una noche o en un desierto del saber que nos recuerdan el abismo insondable en el que estamos», misterio de Dios que no es un fragmento de la realidad que añadimos o intercalamos con las demás realidades de nuestras experiencias diarias, sino el fundamento que lo abarca todo y que nadie puede abarcar; el Ser en el que, como dice san Pablo, «estamos, nos movemos y somos».

* Se publica por convenio expreso con el autor.

EL OBSERVADOR 219-10

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PERDER POR DEFAULT
La Iglesia: ¿renunció a su misión?
Diego García Bayardo

La Iglesia católica, en gran medida, ha renunciado a evangelizar al mundo. Terminaron aquellos tiempos de los Hechos de los Apóstoles, cuando 3,000 personas se convertían a la fe en un solo día.
La predicación del Evangelio a los infieles ha sido realizada exclusivamente por sacerdotes y monjes, y desde hace siglos la inmensa mayoría de los católicos -los laicos- no predica el Evangelio ni una sola vez en su vida. Ahora los seglares seguimos casi igual, pero además muchos países, como el nuestro, ya no son considerados por la jerarquía eclesiástica como «tierras de misión».

Por décadas la Iglesia en México ha andado con la inercia de creer que basta con bautizar a los hijos y darles un cursillo de catecismo -generalmente chafa y superficial- antes de su Primera Comunión para que se conviertan en óptimos cristianos. La pereza y la irresponsabilidad que subyacen a ese criterio se cobran caro y todos vemos los resultados: se supone que casi el 90 % de los mexicanos son católicos y, sin embargo, el país está lleno de asesinatos, narcotráfico, corrupción, agresiones, robos, asaltos y todos los delitos que uno pueda imaginar, en su mayoría cometidos por criminales «católicos». Ahí tiene usted un Mochaorejas muy guadalupano, por dar sólo un ejemplo. Los católicos mexicanos, en aplastante mayoría, no solamente no somos unos santos, como manda la vocación de cristianos, sino que tampoco somos siquiera unos medianos cumplidores de los más elementales principios y mandamientos de la fe católica.

Por si esto fuera poco, le aseguro al lector que jamás he visto a un solo laico, monje, sacerdote o ministro de más arriba salir a predicar a las plazas o de puerta en puerta para convertir a los que no creen. Existen las misionadas católicas, pero están dirigidas al mismo pueblo fiel y eso ya es otra cosa. La parte oscura del asunto es que sí he visto en plazas y puertas a multitudes angustiadas, sometidas al pecado, víctimas de todos los males, que bien quisieran encontrarse con Dios y descubrir su misericordia, pero nadie va y se lo predica. Excepto los Testigos de Jehová y algún otro sectario más.

Muchos católicos se burlan de los sectarios que predican de puerta en puerta, y alguno que otro sacerdote especialmente corto de entendederas se ha apresurado a decir: «lo que esos andan haciendo no es evangelización, sino proselitismo». Esta técnica burda de llamar a la misma cosa de un modo feo cuando la hacen los otros es la firma de la rendición: como no cumplo con mi deber, critico a los que sí lo hacen. Algunos católicos sí manifiestan cierta admiración por los sectarios y reconocen su valentía al andar esforzadamente de puerta en puerta. Lo malo está en que dicho reconocimiento suele expresarse así: «los admiro porque yo nunca me atrevería a hacer eso». Y otra vez firmamos nuestra rendición. Así es como perdemos por default.

Propuestas

Toda predicación debe contar con la guía de la jerarquía eclesiástica, así que cualquier cambio de actitud debe ser coordinado «desde arriba». Propongo entonces:
* Que adquiera rango oficial el llamado papal a considerar la Tierra toda como «tierra de misión».
* Que en los seminarios se prepare a los futuros sacerdotes para predicar el Evangelio como si fuera la primera vez, cambiando el enfoque de sus estudios.
* Que se convoque a un grupo de sacerdotes en cada diócesis y se les dé preparación o capacitación específica para salir a convertir a los no-creyentes y a los hermanos separados.
* Que dichos sacerdotes convoquen, capaciten y dirijan grupos de laicos que también se dediquen a predicar a los no-creyentes.

EL OBSERVADOR 219-11

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Medios de comunicación
La vida desde la pantalla
Santiago Norte

Hace tiempo corrió la noticia de una quinceañera de Chicago que se había pasado toda su vida sin salir de su casa, sin ir a la escuela, viendo la televisión mañana, tarde y noche. Por fin, un jueves de octubre, pisó la escuela, y todo porque su madre –asustada– había visto en la televisión (cómo no) un programa donde decían que en Estados Unidos era delito no escolarizar a los menores por causas derivadas de una interposición familiar, pues en el país del norte, de la primaria al bachillerato, es obligatoria la escuela. La madre llamó al teléfono de emergencia del ayuntamiento de Chicago, y, a partir de su pregunta, quedó establecido el caso más curioso de encerramiento catódico que la historia registre.

¡Quince años sin otro contacto con el mundo que la televisión! ¿Se imagina, lector, lo que habrá en la cabeza de esa señorita? ¿Cómo creerá que es la realidad? A los investigadores de estas cuestiones mediáticas se les ha de estar «haciendo agua la boca» por entrevistarla: «¡Por fin –se han de decir–, un ser humano de laboratorio sin interrupciones del mundo real, chapado a la medida de la pequeña pantalla!» En efecto, un manjar proporcionado por su propia progenitora cuya argumentación para ejercer sobre su hija tal encierro fue simplísima: «Chicago es una ciudad muy peligrosa y algo malo podría sucederle si camina por sus calles...».

Lo curioso es que la quinceañera mediática tiene una hermana de ocho años que sí va a la escuela, por lo que, a quien ya aspira a ver en la madre a una precursora de la investigación de medios electrónicos, una lidereza en estas cuestiones, como aquel monarca de Prusia que deseaba ver cuál era el idioma original de los bebés y decidió que a una camada de niños recién nacidos, reclutados en el reino, se les cuidara y no se les hablara. El resultado fue que a los seis meses todos murieron por ausencia de comunicación, lo que ha venido a darle a los investigadores una experiencia in vitro de que nadie puede sobrevivir si le falta el contacto verbal con el otro. En el caso de Chicago hubo una experiencia vicaria de la comunicación, pero el panorama final debe ser igualmente desolador.

Según las primeras fuentes que han tomado contacto con la adolescente de la tele, ésta se encuentra en buena condición física, conoce el alfabeto, los días de la semana y lee algunas palabras (obviamente aprendidas en la hora de los comerciales): up, down, in y out. También sabe sumar y restar números de un dígito. Todo lo anterior (¡tantísimas cosas!) lo aprendió viendo la tele. Y ese era otro argumento de su mamá: «Para qué va ir a la escuela si en nuestro aparato ponen programas educativos muy buenos, muy interesantes, muy instructivos...». Por cierto, con un resultado así más valdría a la televisión educativa revisar sus esquemas... pues ante los videoclips –que adoraba la muchacha por sobre todas las cosas– nada o muy poco tienen que hacer en mentes tan en blanco.

Según quienes revisan al personaje, desde el punto de vista psicológico, al menos en lo visible, no presenta ni tara ni problema mental. Tal parece que su madre y su hermana le ayudaron a entender las relaciones del mundo; pero un primera pregunta salta a la vista cuando se conoce el caso; ¿no es suficiente tara el considerar que la realidad toda cabe en la pantalla? ¿El no rebelarse ante tal imposición? ¿El no querer fruir directamente la vida? Ya se verá muy pronto la dificultad enorme que tendrá la chica para relacionarse con «otros», porque, si de algo estamos seguros, es de que la televisión provee de un sucedáneo de las relaciones que a muchos puede hacer pensar que se trata de las «relaciones verdaderas», aquellas que corren sin conflicto, y cuando lo hay se resuelven de la manera más sencilla: eliminando al más débil.

De cualquier forma estamos ante una nueva versión de Caspar Hauser, nada más que aquí el pan cotidiano no se lo pasaba un misterioso caballero vestido de negro, sino una máquina electrónica y una madre atemorizada por la violencia, que confió más en educar a su hija con la otra violencia: la del televisor en la sala de su casa.

EL OBSERVADOR 219-12

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INTIMIDADES. LOS JOVENES NOS CUENTAN
Abuso sexual
Yusi Cervantes

Soy una chica con problemas y baja autoestima, insegura de todo y sin bienes materiales. He sentido la necesidad de compartir con alguien algo que me ha hecho su esclava y, la verdad, no quiero lastimar a mi familia. Me da vergüenza contarte esto, pero ya no soporto esta terrible angustia. Cuando yo era niña, como de 7 ó 9 años, un niño dos años mayor que yo abusó de mí no sé cuántas veces, pues yo tenía miedo de contárselo a alguien y callé. Eso me ha hecho mucho daño. A lo largo de mi vida he tratado de superar eso y no puedo. Ahora tengo 23 años y mi novio me ha propuesto matrimonio. Tengo mucho miedo. No sé qué hacer, pues no sé si no soy virgen y el hecho de no serlo me ha amargado toda mi vida. Nunca he tenido relaciones con ningún hombre después de eso.

No te atormentes más: aun si el abuso del que fuiste víctima te hubiera quitado la virginidad física, tú tienes la virginidad más importante: la del corazón. No debes permitir que un hecho así te vuelva su esclava. Créeme, ese abuso no destruye tu vida a menos que tú se lo permitas. Si sanas las heridas emocionales que tienes te estarás dando permiso de ser feliz. Pero necesitas sanar, superar esa experiencia.

Por absurdo que parezca, muchas de las víctimas de abuso sexual se sienten culpables y avergonzadas. También, como te ocurre a ti, una experiencia así daña su autoestima y les provoca grandes confusiones respecto a su sexualidad. Humillación, miedo, impotencia, confusión, enojo y soledad son sólo algunos de los sentimientos que son consecuencia de un acto así.

El abuso sexual provoca una herida en quienes lo viven. Pero no para todos es igual. Hay muchos factores en juego: si hay o no violencia y de qué tipo, si otros se enteraron, si hay burlas al respecto, la edad de la víctima y la de quien abusa, la relación que hay entre ellos -no es lo mismo si se trata de un desconocido, de un conocido de la familia o de un familiar cercano-, si la experiencia es aislada o si se trata de una serie de abusos en una época de la vida, el tipo de mensajes que sobre la sexualidad se escuchaban en casa, si había o no confianza con los padres para contarles lo sucedido y, en caso de haberlo contado, si lo creyeron o no, si hubo dolor, placer, humillación, amenazas o engaños... en fin, cada experiencia es diferente y desde aquí no puedo ayudarte a entender qué fue lo que pasó en tu interior con esa experiencia que viviste, para que entonces puedas superarla.

Necesitas ayuda psicológica. Habla con tus papás. Diles que te sientes mal emocionalmente. Tal vez no sea conveniente que les digas por qué. En su momento habría servido para que te protegieran, pero ahora eso no tiene remedio y les provocarías dolor, culpas, enojo, confusión... Pero yo no conozco a tus papás, no sé cómo son ni cómo es tu relación con ellos. Necesitas valorar y decidir tú misma qué tanto les dices. Pero sí necesitan saber que te sientes mal para que te apoyen en cuanto a la terapia que necesitas.

Tampoco podría decirte si decirle o no a tu novio. En principio diría que es muy importante la confianza entre los esposos. Pero si él es demasiado celoso, si consideras que él no puede aceptar una noticia así o si tú tienes que seguir teniendo cierta relación con quien abusó de ti, tal vez sea mejor no decirle nada. Todo esto es muy delicado.

Necesitas ayuda para sanar las heridas que tienes. No te preocupes: vas a lograrlo. No olvides nunca que, pese a lo que pasó, la pureza de tu corazón está intacta. Y tú debes andar con la frente en alto sabiendo que puedes amar y que eres digna de ser amada.

La psicóloga Yusi Cervantes responderá las preguntas que se le envíen a la dirección de EL OBSERVADOR.

EL OBSERVADOR 219-13

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A debate
En el Congreso de la Unión: ¿la Ley Orgáni... qué?
Javier Algara Cossío * / San Luis Potosí, S.L.P.

Creo que puedo afirmar sin exagerar que poquísimos mexicanos saben –o se interesan en saber– que la actividad propia del Congreso de la Unión se rige por una norma llamada «Ley Orgánica». Pudiera parecer una nimiedad el dedicar tiempo a un tema que, a juzgar por las apariencias, no tiene nada que ver con el ciudadano común. Incluso habrá pocos lectores de la prensa nacional que hayan parado mientes en las notitas que anunciaban la aprobación de una reforma a la mencionada ley. O, si lo hicieron, con mucha probabilidad no entendieron la razón del prolongadísimo (más de un año) debate que antecedió a la reforma. Una vez aprobada la reforma por la Cámara de Diputados, y que sólo incluía la parte correspondiente al gobierno de dicha parte del Congreso, el Senado se tomó todo el tiempo que quiso en aprobarla y elaborar su parte correspondiente. Para el no iniciado todo eso constituye un misterio. No es de extrañarse. El Congreso no merecía atención alguna de la ciudadanía.

La recién reformada ley, en si misma, era la causante de que el Congreso hubiera sido reducido a un adminículo operativo al servicio de la visión presidencialista priísta. Las normas que regían el quehacer parlamentario mexicano tenían un solo objetivo: garantizar la permanencia del PRI en el poder absoluto, encarnado en el Presidente, por los siglos de los siglos. En la misma finalidad de «ese» Congreso estaba encerrada su perdición. La ley anterior orillaba al parlamento de nuestro país a devenir una entidad amorfa e insignificante, con nula repercusión en el quehacer genuinamente político y legislativo mexicano. La constitución de los diversos órganos legislativos, su relación mutua, las normas de gobierno camaral impedían cualquier intento de hacer oír democráticamente la voz ciudadana; propiciaban la improductividad, la corrupción y el dispendio irracional. De ahí nació lo que alguien llamó «la leyenda negra del Congreso» y que Zedillo y su partido se han esforzado en mantener viva. De ahí lo prolongado del debate; el PRI se estaba defendiendo.

La nueva Ley Orgánica, auspiciada mayormente por el PAN y construida en el contexto de la Cámara de Diputados plural, es fruto de un estudio riguroso de la realidad mexicana y de las diversas formas de vida parlamentaria de otros países. Su objetivo principal: garantizar una verdadera democracia parlamentaria, sustentada en la genuina representabilidad popular. Ello conducirá al Congreso a establecerse sobre bases firmes como un auténtico poder soberano que contrapese el poder ejecutivo.

El seguimiento ciudadano del desempeño de sus diputados y senadores ayudará a que la nueva Ley Orgánica logre sus objetivos. Los católicos, que nunca pueden estar al margen de la cosa pública, pueden ser piezas clave del éxito del nuevo Congreso, tanto dentro como fuera de él.

* El autor es diputado federal por el estado de San Luis Potosí.
(FIN)

EL OBSERVADOR 219-14

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