El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

10 de octubre de 1999 No. 222

SUMARIO

bullet PINCELADAS El amor y los detalles
bulletA DEBATE Por intereses partidistas
bulletEL RINCÓN DEL PAPA El don de las indulgencias ha estado rodeado de incomprensiones históricas
bulletEN SILENCIO, CON DIOS María, mi riqueza
bulletPecado social
bulletAtentado contra la libertad de conciencia
bulletA LAS PUERTAS DEL TEMPLO El ateísmo católico
bulletCORRESPONDENCIA A propósito de la PNL
bulletMEDIOS DE COMUNICACIÓN Políticos de risa
bulletPrimero de noviembre: jornada por la santidad de los mexicanos
bullet¿USTED QUÉ OPINA? ¿Casos perdidos o ganados?
bulletCUADERNO DE NOTAS Yo me acuso
bulletOPINIÓN Maternidad y empresa: colapso de derechos
bulletINTIMIDADES. LOS JÓVENES NOS CUENTAN ¿Nadie sabe lo que es el amor?
bulletPERDER POR DEFAULT Que nosotros somos los engañados
bulletDERECHOS HUMANOS La bolsa o la vida


Pinceladas
El amor y los detalles
Justo López Melús *

El amor se manifiesta sobre todo en los pequeños detalles. Y es que cuando hay amor hay detalles, y cuando no hay detalles es que no hay amor. Un corazón sensible no admite extravagancias ni faltas de respeto. Un caballero, por ejemplo, no permite que se burlen de su madre, y no tiene reparos humanos en mostrarle cariño.

Cuenta el cardenal Suenens que en una ocasión acompañaba al rey Balduino por una carretera secundaria. Conducía el rey, él era el único pasajero. De repente dio un brusco frenazo. Al pasar cerca de un pueblo vio una imagen de la Virgen sobre un pedestal, pero alguien había tenido el mal gusto de profanarla poniéndole en la cabeza un casco militar. El rey se bajó del coche, quitó el casco y lo tiró a una zanja. Luego cogió el volante y arrancó sin comentarios, como la cosa más natural del mundo.

EL OBSERVADOR 222-1

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A debate
Por intereses partidistas
Javier Algara Cossío * / San Luis Potosí, S. L. P.

Tienen los medios informativos, a veces, expresiones parecidas a ésta: «los fines partidistas parecen tener prioridad en la agenda política del país». Las palabras «fines partidistas», «intereses partidistas», matizadas de esa manera, suenan a los oídos ciudadanos con tonalidades de «traición a la ciudadanía» o algo parecido. Si los partidos persiguen sus intereses es que ya descuidaron los de la ciudadanía, concluye acongojado el lector de tales palabras. Tal pareciera a la mente del ciudadano común que los fines de un partido político son esencialmente irreconciliables con el bien público. Lo cual, al menos en principio y desde la óptica de las definiciones, es inexacto a todas luces. Los partidos políticos son grupos de ciudadanos que comulgan ideológicamente respecto a la forma como deben hacerse las cosas en la nación de modo que se garantice el bien común. El bien público, entonces, constituye el supremo fin de cualquier partido político y, en ese sentido, mal harían los partidos si no pusieran toda su energía por la causa de sus intereses. Imaginemos un escenario: se discute en el Congreso una iniciativa que busca legalizar el aborto, u otra que sugiere que el Estado tome de nuevo el control absoluto de la educación. Hay dos entre los tres partidos mayores que tienen posiciones encontradas al respecto. Los asuntos en cuestión no son cosa menor: para uno de ellos está en juego nada menos que su pilar ideológico central, el fundamento de su concepto de nación, la dignidad de la persona humana. Para el otro, se trata precisamente de dejar en claro qué entiende por persona y su importancia ante la sociedad. ¿Podría –debería– cualquiera de ellos ceder un ápice en su posición? ¿Puede negociarse una decisión intermedia? ¿Sería en ese caso traición a la ciudadanía que el partido buscara su interés cuando están en juego la persona y la sociedad como el único objetivo del bien público?

Lo que sí es lamentable, y contrario al bien público es que algún partido anteponga la búsqueda del poder a cualquier otra consideración. Porque también se da el caso. Sus actores, claro, alegan igualmente el interés nacional. Contubernios entre un partido y grupos de interés para lograr el poder y controlar el curso de los acontecimientos de modo que dichos grupos sigan siendo los dueños de la riqueza a costa de la pobreza de la mayor parte de la población, por ejemplo. El poder al servicio del poder. La miseria de millones de mexicanos es testigo mudo y humillado de esta lucha en pro de «intereses partidistas». El documento Ecclesia in America cita un ejemplo de esto: «Sumas ingentes obtenidas mediante préstamos internacionales se han destinado a veces al enriquecimiento de personas concretas, en vez de ser dedicadas a sostener los cambios necesarios para el desarrollo del país» (n. 22).

Sin duda hay de partidos a partidos y de políticos a políticos. Por ello es propio del ciudadano, especialmente el cristiano, observar el acontecer político nacional y discernir correctamente qué partidos buscan qué intereses. Los medios de comunicación tienen en ese proceso de discernimiento ciudadano un papel fundamental que debe descansar en la verdad. Los fieles a Cristo, además, tienen un deber muy especial de participar en la vida pública –también a través de los partidos– defendiendo siempre los legítimos intereses partidistas. «Por ello, la Iglesia debe comprometerse en formar y acompañar a los laicos que están presentes en los órganos legislativos, en el gobierno y en la administración de la justicia, para que las leyes expresen siempre los principios y los valores morales que sean conformes con una sana antropología y que tengan presente el bien común» (Ecclesia in America, n. 19).

* El autor es diputado federal por el estado de San Luis Potosí.

EL OBSERVADOR 222-2

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El rincón del Papa
El don de las indulgencias ha estado rodeado de incomprensiones históricas

«El don de la indulgencia» fue el tema de reciente catequesis de Juan Pablo II durante una audiencia general realizada en la plaza de San Pedro.

El Papa señaló que el tema de la indulgencia «es delicado y sobre éste no han faltado incomprensiones históricas». Agregó que «en el actual contexto ecuménico la Iglesia advierte la exigencia de que esta antigua práctica, entendida como expresión significativa de la misericordia de Dios, sea bien entendida y acogida».

La reconciliación del pecador con Dios, que es un don, implica un compromiso personal del hombre y de la Iglesia «por su acción sacramental».

«El hombre debe ser sanado progresivamente respecto de las consecuencias negativas que el pecado ha producido en él –explicó Su Santidad–. En vista de una curación completa el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor».

Respecto de la pena temporal el Santo Padre indicó que «realiza una función de medicina en la medida en que el hombre se deja interpelar por su conversión profunda».

El vicario de Cristo afirmó que la indulgencia es «la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados ya remitidos en cuanto a culpa, y que el fiel debidamente dispuesto y en determinadas condiciones, adquiere por intervención de la Iglesia».

«Existe el `tesoro de la Iglesia´, que es concedido por medio de las indulgencias. Tal distribución es, sobre todo, expresión de la plena confianza que tiene la Iglesia de ser escuchada por el Padre cuando le pide que mitigue o anule el aspecto doloroso de la pena, desarrollando su sentido medicinal a través de diferentes caminos de gracia».

El Papa terminó subrayando que las indulgencias «son ante todo una ayuda para un compromiso más generoso y radical», y que «se equivocaría, por tanto, quien pensase que puede recibir este don con algunos comportamientos exteriores. Éstos se requieren más bien como expresión y sostén del camino de conversión». (VIS / NE)

EL OBSERVADOR 222-3

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En silencio, con Dios
María, mi riqueza
María es mi gran riqueza,
después de Jesús mi todo;
es mi dicha, es mi cariño,
de mis virtudes tesoro.

Por ser más de su Hijo,
en todo de Ella dependo,
dejando a su providencia
mi dicha, mi alma y mi cuerpo.

Obrar en Ella y por Ella
es de santidad secreto
para en todo a Dios dar gusto
y fiel serle en todo tiempo.


SAN LUIS GRIGNION DE MONTFORT

EL OBSERVADOR 222-4

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Pecado social
Humberto Marsich *

La categoría de «pecado social» constituye, seguramente, en la teología contemporánea un gran aporte para la comprensión misma del pecado humano; sin embargo, necesitamos precisar su contenido para evitar el riesgo de llamar así a todo acto negativo que tenga alguna repercusión social y para evitar el peligro de diluir la responsabilidad social de cada persona en un impersonalismo colectivo sin ninguna trascendencia.

La exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia (1983), definiendo como pecado social aquél que tiene efecto social, aquél que agrede al prójimo y todo mal social, no hace otra cosa que amplificar lo que se conoce como dimensión social del pecado. Demasiado poco para ayudarnos a comprender, en términos de pecado, toda la realidad pecaminosa que nos rodea.

Pecado social es, de verdad, la categoría ético-teológica que nos permite detectar la presencia del pecado:

a) en las realidades sociales que dependen de la responsabilidad humana;
b) en la pasividad social de quienes deberíamos luchar en contra de esta presencia del mal-pecado en las realidades que nos entornan y en las que vivimos. Por pasividad omitimos acciones que, indirectamente, nos convierten en cómplices de estructuras, costumbres, leyes, y culturas contrarias al proyecto de Dios para con la humanidad.

Claro está que, en todo caso, el pecado social existe propiamente en el interior de la persona y depende de la responsabilidad activa o pasiva de cada uno de nosotros y en grados diversificados de culpabilidad.

Examen de conciencia del cristiano sobre sus responsabilidades sociales

a) Estructuras.

Económicas.- En un mundo económicamente globalizante, donde los pobres son siempre más y más pobres y los ricos siempre menos y más ricos:

¿Qué hago yo para no avalar esta situación descaradamente injusta? ¿Sigo siendo comprador compulsivo de productos innecesarios? ¿No hago nada para asociarme a grupos políticos de protesta y de resistencia pacífica? ¿Intento no comprar productos de multinacionales conocidas como explotadoras de mano de obra barata, boicoteando así su mercado? ¿Qué tanto contribuyo en el deterioro de la ecología y qué tanto participo en acciones de defensa de muestra naturaleza frente al saqueo que muchas industrias hacen de ella?

Políticas.- Frente a un sistema que convierte la política es un botín de pocos privilegiados y que utiliza maquiavélicamente cualquier medio para la conquista del poder:

¿Qué tan crítico o qué tan interesado soy en el momento de votar? ¿Considero mi obligación moral participar en las elecciones políticas de mi país? Teniendo carisma, moralidad y talento, ¿considero como pecado no entrarle a la contienda política? ¿Qué tan seriamente analizo y responsablemente selecciono las plataformas políticas de los partidos por los cuales votar?

b) Costumbres.

Somos un pueblo alegre y socializador; sin embargo, por respeto a los demás y por sentido común no deberíamos convertir cada acontecimiento religioso y cada aniversario en ocasiones vanidosas de derroche económico y en oportunidades para alimentar vicios y fomentar delitos.

¿Soy también yo derrochador y vanidoso? ¿Aprovecho cada cosa para caer en los vicios del alcohol, de la lujuria, del juego y de la droga? ¿Pongo más esmero en los aspectos exteriores de cada ceremonia religiosa que en preocuparme de entenderla y vivirla con interioridad y fe? La diversión, sea cual sea, ¿se está volviendo también para mí una obsesión?

c) Leyes.

No todas las leyes, por serlo, son forzosamente legítimas. Leyes abortistas, eutanásicas, de pena de muerte y discriminatorias no lo son.

He colaborado también yo en su reconocimiento? ¿Participo responsablemente en los movimientos de oposición y de resistencia pacífica? ¿Utilizo la fuerza de la ley para aplastar dignidades y pisotear derechos básicos?

d) Cultura.

Juan Pablo II ha definido repetidamente nuestra cultura como cultura más de muerte que de vida. Parece que la dignidad de la persona, sus derechos básicos y sus riquezas culturales han sido sometidas a la lógica del más fuerte, de lo inmediato y de los intereses de categorías y naciones privilegiadas de la sociedad mundial. La persona vale más por lo que tiene que por lo que es. El derecho a la vida es sólo de quienes tienen vida propia, sana y productiva. La sexualidad y los valores del amor conyugal, de la paternidad responsable y de la familia se ven siempre más deteriorados.

Los síntomas que denunciamos revelan la presencia de una cultura siempre más destructiva y fatal para la humanidad. Una cultura de muerte.

¿Me estoy dejando llevar por esta situación? ¿Vivo la sexualidad como experiencia de amor responsable y de generosidad reproductiva? ¿Me he convertido en un descarado consumidor de productos sexuales como la pornografía, el erotismo, las diversiones frívolas y degeneradas? ¿Prefiero satisfacer caprichos emocionales que luchar por la fidelidad matrimonial y por la integridad de mi familia? ¿Descuido a los sectores sociales más desprotegidos y frágiles, como los ancianos, los enfermos y los niños por nacer? ¿Dedico parte de mi tiempo, de mis recursos económicos y de mis energías para con los más necesitados? En mi escala de valores, ¿he puesto a Dios en el primer lugar o, por lo contrario, lo considero como un valor más entre otros?

EL OBSERVADOR 222-5

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Atentado contra la libertad de conciencia
Mario De Gasperin Gasperin *

El semanario EL OBSERVADOR reprodujo (n. 220) una denuncia hecha por la revista médica inglesa The Lancet a la violación constante de los derechos humanos que el Sector Salud en México viene cometiendo desde hace tiempo. Cita casos en los que se ha obligado, con toda clase de métodos y presiones, a las mujeres a que «se operen» o a que les coloquen el DIU. Éste es un instrumento que impide que el óvulo fecundado anide y se desarrolle y, en este caso, es abortivo. Habla también de presiones psicológicas y hasta económicas, pues denuncia que en algunas ocasiones los beneficios del Progresa sólo se aplican a las mujeres «operadas». Agrega The Lancet que se llega a presionar a los médicos católicos a proceder en contra de su conciencia.

Muchas de estas cosas se saben y pasan de boca en boca, sólo que pocos son los que hacen la denuncia. Si a usted le ha pasado algo de lo aquí descrito por la revista médica o algo parecido, debe denunciarlo. Apunte día, hora, institución y personal que lo atendió y vaya a Derechos Humanos. Sepa usted que están violando sus derechos, ofendiendo su dignidad humana y atentando contra la libertad religiosa. Quien lo hace, si es católico, está cometiendo pecado grave y no puede acercarse a los sacramentos sin antes enmendar su conducta y reparar el daño de alguna manera. Tanto la esterilización de la mujer mediante la ligadura de trompas, como la del hombre con la vasectomía, son mutilaciones y hacerlas en un organismo sano es pecado grave.

La llamada «planificación familiar» (la Iglesia prefiere llamarla «paternidad responsable») es un derecho de los esposos. Pero nadie puede obligarlos a usar métodos contra la naturaleza y contra su conciencia. La Secretaría de Salud está obligada a proporcionarles instrucción esmerada y completa sobre los métodos naturales de regulación de la fertilidad. Si no lo hace, está violentando la conciencia de los católicos orillándolos a ir en contra de lo que manda su religión; está violando los derechos religiosos, que son también derechos humanos. Es transgredir el estado de derecho.

Para que esto le quede claro, le vamos a citar el Catecismo: «Cuando una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del estado de derecho» (n. 2273).

Si alguien no es católico y quiere usar de métodos antinaturales, es su responsabilidad. Pero el sector responsable de la salud no puede orillar a los católicos a proceder en contra de su conciencia. Los matrimonios católicos tienen derecho a regular razonablemente su fertilidad y las autoridades del ramo de la salud están obligadas a proporcionarles los recursos para hacerlo sin violentar su conciencia y sus convicciones religiosas. Son servidores del pueblo y de la familia, no son Dios. Téngalo también presente a la hora de votar.

EL OBSERVADOR 222-6

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A las puertas del templo
El ateísmo católico
Javier Sicilia

Es terrible que la fiesta más solemne de la cristiandad, la muerte y resurrección de Cristo, que conmemoramos durante la Semana Santa, se viva en México, país católico, bajo el signo de la contradicción: junto a la solemnidad y el recogimiento de los templos, la mayoría de los mexicanos que se profesan católicos viven en el desorden y la distracción. Hay que vivir en provincia para ver cómo la fiesta de la Pascua, ese misterio que pide un intenso silencio y una profunda meditación sobre el sacrificio del amor, se oscurece en medio de los gritos, las discos, los balnearios, el consumismo y el ruido. Cuando se mira esto con los ojos libres de las telarañas que nos impone la modernidad, uno se da cuenta de que gran parte del mal que vivimos –las masacres y la no solución del conflicto chiapaneco, la miseria, la explotación, la prostitución, el hambre, la violencia, los crímenes...– se debe más a la incredulidad de un pueblo que se ostenta como católico que a la estúpida política económica que nuestros gobernantes promueven. Es esta incredulidad, que por desgracia no es falta de fe sino pura y simple irracionalidad, la que tolera y afirma la estupidez de nuestros gobernantes. Ya lo decía san Gregorio Niceno: «Sólo los que, pesados y sin energías, cual moscas, permanecen prisioneros de los vínculos de este mundo y quedan cogidos como entre redes por (...) la multitud de deseos, llegan a convertirse en la presa que intenta capturarlos». Por desgracia no son sólo ellos los que quedan capturados, son también aquellos inocentes que, como Cristo, son llevados a la cima del sacrificio gracias a la plebe ignorante.

La distracción, que nace de la irracionalidad y la ignorancia, y que la mayoría de la gente cree que es un consuelo para sus desgracias, en realidad es, como lo afirmaba Pascal, «la mayor de nuestras miserias».

Esta ignorancia es la forma moderna del ateísmo. Procede menos de un formal, deliberado y estudiado rechazo de la verdad revelada que de una incapacidad de pensar. Incapaces ya de pensar por sí mismos, estos seres tampoco son capaces de creer o de no creer. Pueden sentirse afortunados cuando logran captar las proposiciones que han llegado a sus mentes a través de la radio o de la televisión. Conservan el nombre de católicos, pero su fe en Dios está muerta, pues nunca encuentran expresión en ningún acto verdaderamente católico. En lo que a ellos concierne, Dios y su voluntad podrían no existir. La vida que llevan, y que expresan vehementemente en la Semana Mayor es franca y abiertamente impía. A veces incluso comenten bajezas que los virtuosos y verdaderos incrédulos no osarían cometer, porque éstos, al menos, en su discusión con Dios han encontrado una fuente de estímulo. Mientras los verdaderos ateos dirigen su mente, su voluntad y todo su ser contra Dios y la religión, aquéllos no se dirigen a ningún sitio: el pensamiento de Dios y el problema de su existencia no tiene en sus mentes un valor inmediato y práctico. Ni siquiera se molestan en negarlo. La destrucción de su fe sobrenatural es tan fuerte que, ajenos al problema de Dios, pueden creer, sin embargo, como ocurrió con el salinismo y aún ocurre con el actual régimen, en las más fantásticas aseveraciones de la propaganda política, aun como hoy, proverbial. Pueden despreciar el profundo misterio de la Redención y, no obstante, aceptar la declaración dogmática de una «estrella» de la televisión, que no cursó ni siquiera la secundaria, sobre el matrimonio o la física astral.

Gran parte de los hombres y mujeres de nuestro país que se profesan católicos han perdido el derecho intelectual de su fe o de su incredulidad teológica y, por lo tanto, han extraviado el sentido de la dignidad humana. Muerto Dios en su conciencia, han terminado por asesinar también en ella al hombre. Frente a estos hechos amargos, uno se pregunta si hay esperanzas de que México no vaya hasta el límite de su envilecimiento.

* Se publica por convenio expreso con el autor.

EL OBSERVADOR 222-7

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CORRESPONDENCIA
A propósito de la PNL

Me refiero a un artículo que leí en el número de EL OBSERVADOR correspondiente al 12 de septiembre («Dios: generador de bien y bondad», p. 12). En un estudio realizado por William Kilpatrick sobre el analfabetismo moral en los EUA, atribuye que la actual crisis de valores se debe a un nuevo método de enseñanza moral que se introdujo en los años 60. Éste se llamaba método de «tomar decisiones» o «aclaración de valores». Padres de esta revolución educativa se pueden considerar al doctor William Coulson, Abraham Maslow y Carl Rogers. Este último propuso un «método terapéutico» basado en la suposición de que cada persona tiene dos «yo», el yo real y el yo falso. El yo real es básicamente bueno y de fiar, pero tiende a ser reprimido, por lo que para actuar necesita una «estima positiva incondicional». El papel del terapeuta es facilitar que el cliente descubra su propia dirección y no imponerse nunca. Esta terapia se llama «orientación no directiva».

Para aplicar estas teorías al sistema educativo de los niños y adolescentes investigaron si algunos colegios estaban dispuestos a ofrecerse, y aceptaron las Hermanas del Corazón Inmaculado de María, de Los Ángeles, que entonces dirigían 59 escuelas de la zona con un personal de 600 religiosas. Empezaron con entusiasmo, pero se crearon divisiones entre las religiosas y los padres de familia. Las mismas monjas se preocupaban de su propia auto-actualización y se empezó a ver la enseñanza como secundaria. Muchas perdieron su fe. Después de sólo cuatro años quedaban dos de los 59 colegios y ninguna de las 600 monjas.

Por último, a propósito de la PNL (programación neuroligüística) hay que decir que en el fondo parte de una antropología mecanicista, es decir, considera al hombre como una máquina. La PNL refleja la síntesis de muchos campos:

- Programación: de la cibernética y de las matemáticas. Trata de establecer cómo la conducta puede estructurarse y secuenciarse para mayor facilidad del aprendizaje. De hecho uno de los fundadores fue Richard Bandler, matemático y especialista en computación.
- Neuro: de la neurología. Trata de analizar cómo el cerebro procesa los cinco sentidos.
- Lingüística: cómo el pensamiento es estructurado por el lenguaje.

La PNL considera que el ser humano es un programa que tiene como finalidad el propósito de conservarnos vivos, y funciona, en última instancia, a base de neuronas y por medio del lenguaje. Aquí el problema de fondo, además de la dimensión antropológica, es la de distinguir entre la psicología (la técnica en sí de la PNL), que en determinados casos puede ayudar a personas y cuya evaluación nosotros podemos realizar, y la teología. Considero que aquí está la parte más delicada del tema. Creo que cada ciencia cuenta con su campo de competencia respectivo, y querer realizar la mezcla de la psicología con la teología es un tanto peligroso y puede causar confusiones y desorientaciones impropias.

Rafael Jácome, L. C.

EL OBSERVADOR 222-8

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Medios de comunicación
Políticos de risa
Santiago Norte

He repetido varias veces aquí la famosa sentencia de Saint-Just: «Todas las artes han producido seres sublimes, solamente el arte de la política ha producido monstruos». Tenemos una variante a la mexicana: ahora el arte de la política está produciendo comediantes albureros, payasos de carpa, histriones. Se nos objetará que políticos payasos ha habido siempre, que no es nuestro patrimonio o herencia a la humanidad. De acuerdo, pero la aportación de los actuales candidatos, precandidatos, aspirantes y suspirantes consiste en que nunca, nadie, cayó tan bajo.

En uno de sus ensayos deslumbrantes, H.M. Enzesberger (Zigzag, 1999) nos invita a ya no insultar a los políticos: eso lo hace cualquiera, y los políticos han desarrollado en todo el mundo, la caparazón más dura contra el vituperio. Más bien, dice con esa ironía tan característica del poeta y ensayista alemán, empecemos a tenerles lástima: su miseria existencial es apabullante, las cosas que están obligados a hacer (ir con Ramones, con Derbez o con Brozo), la forma como son esclavizados por su agenda y por sus asesores de imagen no deja más espacio que para la pena ajena. En verdad hay que cambiar el discurso: en lugar de rabia o coraje, tengámosles conmiseración: no crean que exhibirse con el señor Ramones es para reírse de nadie...

Nuestros modernos histriones andan recolectando rating, lo que es lo mismo: andan buscando que los vean (no que los escuchen, pues al ser escuchados corren el peligro de dejar entrever sus ideas personales de las cosas). Ahora se estila eso: el ser visto sin ser oído; el pasearse por ahí, con amistades de la farándula, para que el público reconozca la altura del político (es tan importante, dice la gente, que hasta en la tele salió el otro día). La destrucción del lenguaje, herramienta por excelencia del arte de mandar, poco importa; importa –eso sí– el ganar puntos de audiencia, estar en la pantalla, codearse con los simpáticos del momento. ¿Simpáticos? Es un decir: viejos remedos, decrépitos remedos de la carpa o el Blanquita. Si hay que usar el albur como plan sexenal de desarrollo, lo utilizan. Si la próxima ocasión se tercia asistir al Informe vestido de domador, se visten de domadores; si a la ceremonia del Grito hay que disfrazarse de cura Hidalgo, se disfrazan. Lo que les han dicho sus asesores es que lo esencial significa que los miren.

Todo esto estaría bien si, aparte del pragmatismo espantoso que trae consigo (lo que importa es el poder y no los medios para llegar a él), no tuviera aparejada una catástrofe: la de la vida en sociedad. Todo lo que toca la televisión comercial lo convierte en basura: ¿será, de ahora en adelante, el ejercicio del poder un espectáculo mediático? No quiero exculpar a los payasos que hemos tenido en el pináculo sexenios atrás, simplemente quiero poner el dedo en el renglón: es imposible (impensable) que un hombre cuya dedicación estriba en contestar albures de un mediocre comediante sea capaz de conducir el destino de cerca de cien millones de seres humanos. Se podrá reír mucho, podrá presumirle a sus nietos que fue el «más pelado» de la colonia, pero de ahí a estar mínimamente capacitado para dictar razones desde la autoridad, media el abismo que existe entre Chaplin y Capulina.

Al paso que vamos, en el 2006 las elecciones se dirimirán en dos foros: el «A», de Chapultepec, y el «B», del Ajusco. Y los ciudadanos tenderemos que conformarnos con ser espectadores. Ahí está lo grave: que una democracia se construye con actores, con muchos actores, y con el menor número de espectadores. Lo que está propiciando la tele-política es un agujero de aburrimiento y desánimo en el entusiasmo social, en esa capacidad energética de los grupos para participar y abrirse al futuro. Hay que pensar un momento en el modelo de espectador que todos tenemos: el tipo de las palomitas, con la boca abierta, tragando aire, papando moscas...

EL OBSERVADOR 222-9

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Entrevista exclusiva
Primero de noviembre: jornada por la santidad de los mexicanos

La Comisión Episcopal para la Instrucción de Causas de Canonización en México (CEICC), presidida por el arzobispo emérito de San Luis Potosí, Arturo Szymanski Ramírez, ha instituido el día 1o. de noviembre como la Jornada de Oración por la Santificación del Pueblo Mexicano. EL OBSERVADOR entrevistó a monseñor Szymanski por esta iniciativa esencial.

¿Cuándo tomó la CEICC esta determinación? En la útlima reunión, el pasado 20 de agosto.
¿Cuál es el objetivo de que cada año se lleve a cabo una jornada por la santificación de los mexicanos? El objetivo es doble: dar gracias a Dios por todas las personas santas que han vivido en nuestra patria, y pedir para que los mexicanos nos esforcemos cada vez más por hacer que la santidad, nota característica de la Iglesia, se siga fomentando y viviendo en nuestro México.
¿Es una iniciativa nada más para las parroquias? No, en realidad queremos que sea una iniciativa sencilla y de fácil realización desde luego en las parroquias, pero también en las familias, los colegios, las comunidades, los grupos de oración...
¿Son los santos la Iglesia invisible? Son el alma de la Iglesia. Y en México Dios nos ha dado santos que están en los altares y también personas que han vivido santamente sin llegar a ser canonizadas o beatificadas.
¿Qué desea lograr, al cabo de los años, con esta iniciativa? Que en nuestra nación continúe la Iglesia católica poniendo signos personales de santidad en el tercer milenio y para siempre.


Si usted desea aportar algún testimonio de santidad de algún mexicano, favor de dirigirlo a la Comisión Episcopal para la Instrucción de Causas de Canonización en México. Francisco de la Maza 150, Col. del Valle 78250, San Luis Potosí, S.L.P.

EL OBSERVADOR 222-10

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¿Usted qué opina?
¿Casos perdidos o ganados?
Genaro Alamilla Arteaga

El doctor Zedillo ha declarado –con sus más y con sus menos– que no se usará la presión ni la fuerza. Ante esta decisión los rebeldes de Chiapas –que no ejército– y los paristas de la UNAM –que no verdaderos estudiantes– saltarían de alegría porque ellos sí usaron y están usando la fuerza y la presión, la violencia y hasta las armas, la ocupación de poblados y la invasión de instituciones. Pero la autoridad, nada. O mejor, sí, ha usado la tolerancia, las súplicas, las concesiones, promesas de no aplicar castigos penales a los implicados. Es decir, pura bondad aplicando aquello de que se pescan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre; pero en estos casos falló la bondad y se envalentonaron los revoltosos. Hablan de diálogo, pero ellos ponen las condiciones y ambos casos están inspirando otros semejantes.

La verdad es que este pueblo ya no soporta tanta maldad, pero tampoco tanta impunidad y el riesgo es que ya va haciendo justicia por la propia mano. Sería el caos a donde nadie quiere llegar.

Habría que tener presente que cuando la tolerancia pasa los límites de lo sensato tiene visos de complicidad, de impotencia o de temor.

Por otra parte –en los casos que tratamos–, se ha dado ingerencia mutua: los rebeldes de Chiapas han influido en el movimiento parista de la UNAM, así como el PRD, y los paristas ya han inspirado al sindicato de trabajadores de la Universidad –que se levantó en huelga– y a otros institutos de enseñanza, sin olvidar que toda la sociedad se mantiene en tensión.

Queremos estar seguros de que nadie ha pedido que las autoridades empleen la presión y la fuerza para solucionar los problemas, pero sí toda la comunidad nacional está por que se use la fuerza jurídica, legal, y que se aplique la ley penal a cuantos sean culpables de algún delito como el robo, perturbación social y sublevación, más si ésta es armada.

Estamos en tiempo de elecciones y no faltarán los políticos de segunda que quieran aprovecharse de estos casos para llevar el agua a su molino, como acontece en el caso de la UNAM.

Concluimos pensando que quedan meses para que termine el sexenio, y se ha dicho que no culminará con crisis económica. Ojalá así sea. Pero hay crisis política, social, de valores, ética y moral. ¿Usted cree que se resolverán en el resto del sexenio? Y en los caos, ¿quién gana y quién pierde? Nos parece que el pueblo. Autoridades y ciudadanos, pongamos lo que es nuestro deber para que siempre gane el pueblo. ¿Usted qué opina?

EL OBSERVADOR 222-11

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Cuaderno de notas
Yo me acuso

Yo, ciudadano mexicano, casado y mayor de edad, natural de Tampico, Tamaulipas; en pleno uso (supongo) de mis facultades mentales y (en lo que cabe) al corriente de mis contribuciones. Con domicilio para oír reclamos en Reforma 48, centro de Querétaro, me acuso de:

- Aceptar con resignación que los señores candidatos y precandidatos a diversos puestos de elección popular, especialmente a la presidencia de la república, envilezcan la política, un arte y una moral que han puesto al servicio de la pasión grotesca del poder por el poder mismo, y que alimento yo mirando sus anuncios televisivos, haciendo caso a sus groserías, creyendo que uno u otro es el mejor porque es el más pelado, el que más duro ataca a sus contrincantes, el que más mentiras dice.

- Permitir que jefes y jefazos de partidos políticos declinantes, asombrosamente incapaces de elaborar ideas, apoyen, lancen y permitan la indecencia de sus aspirantes, como si fuera una cosa de poca monta la que se están jugando (les recuerdo, jovenazos, que se trata del México que vamos a dejar a esos niños que hoy ignoran y que mañana, por sus chistecitos, van a heredar al narco como norma de conducta y a la barbarie como forma de resolver conflictos).

- Celebrar las ocurrencias de compañías publicitarias que han tomado por asalto el lenguaje y el tiempo de los mexicanos para anunciar, con bombo y platillo, con majaderías e insultos, que en la política «todo se vale» con tal de agenciarse el poder y con tal de hacer fracasar la democracia.

- Dar crédito a medios electrónicos e impresos carroñeros, quienes, muy alejados de ser vehículos de la verdad (cual sería su papel en una sociedad sana), se han puesto como alfombras para la guerra de facciones por el poder, queriendo, ellos mismos, ganar su botín. Y para ganarlo no reparan en convertirme a mí, telespectador, radioescucha o lector (con mi aceptación, claro está) en un objeto, en una cosa manejable e ignorante.

- Tragar sin empacho la basura encapsulada que hoy es el sucedáneo de la buena información, alejándome de toda disciplina por conocer la verdad y de todo esfuerzo por adquirirla. He elegido ese patético bolo alimenticio que a diario nos sirven en las pantallas, en los altavoces, en las páginas impresas como si eligiera un manjar, un lujo (y no es más que fast food llena de colesterol, grasas pútridas y larvas).

Yo me acuso de todo ello, de más y de lo que resulte. Sé que estoy corrompiendo el tránsito a la democracia. Sé que estoy dándoles luz verde a los demagogos para que aviven la llama del rencor entre los mexicanos y, así, cobrar próximamente los frutos (para ellos) de la división (de la nuestra). Y, sobre todas las cosas, soy absolutamente culpable de no participar, de quedarme a la orilla, de no moverme (asustadito, como estoy) por no «querer hacer olas», porque «no deseo ir con el perdedor», porque los que van a ganar «van a robar, claro, pero van a hacer algunas cosas por nuestro bien». Me acuso de mi ceguera, de mi sordera, de mi egoísmo. Y, si cabe, de mi estupidez. (J. S. C.)

EL OBSERVADOR 222-12

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Opinión
Maternidad y empresa: colapso de derechos

Hace meses escribí una nota donde una chica nos contaba que había perdido el trabajo a causa de su embarazo. Yo lamentaba la mentalidad contraria a la vida y a la familia, y el materialismo y el consumismo de nuestra sociedad, origen de este problema, y decía entonces que los empresarios tendrían que preguntarse a sí mismos si están siendo congruentes con su fe y si están construyendo una cultura de vida, si su apuesta es por la vida y por la civilización del amor.

El gerente y el jefe de personal de una importante empresa me hablaron al poco tiempo para pedirme que me reuniera con ellos. Estaban hondamente preocupados porque, manifestaban, tratan de ser congruentes con su fe, procuran el bienestar de sus trabajadores y se preguntan cómo manejar esta cuestión de las mujeres embarazadas dentro de este contexto. Porque, explicaron, hay otros puntos que considerar.

En esta empresa, como en muchas otras, se da la oportunidad de desarrollarse profesionalmente a mucha mujeres. Y ocurre que éstas llegan y se gasta mucho tiempo en capacitarlas; se les confían entonces funciones importantes, y de pronto un día dicen: adiós, ya me voy, me embaracé. ¿Qué hace la empresa? Tiene que volver a capacitar a alguien: gastar dinero, recursos, hacer cambios internos, enfrentar los problemas que le causa que una trabajadora deje el trabajo en el aire... La empresa no puede paralizar un departamento 80 días (40 antes y 40 después de que nazca el bebé). También es conflictivo capacitar a alguien y promoverlo temporalmente para luego regresarlo a su puesto cuando la nueva madre regrese a su trabajo, si es que regresa. Porque algunas, una vez que tiene al bebé, deciden que prefieren cuidarlo. A otras se les dificulta encontrar quién cuide al bebé. Por eso, antes de contratar a una mujer joven, muchas empresas quieren saber si está embarazada o si desea estarlo pronto, si tiene planes de casarse...

De modo que aquí hay un colapso entre los derechos de la mujer y los de la empresa. Por un lado, efectivamente, la mujer tiene derecho a ser madre y a ser protegida y apoyada en esta función. Por otro lado, la empresa necesita poder confiar en que los compromisos adquiridos por la mujer trabajadora serán llevados acabo.

El gerente y el jefe de personal se ven preocupados: ahora mismo tienen varias mujeres en puestos clave que están embarazadas. Otra más se enamoró, se casó y se va porque su esposo va a trabajar en otra ciudad. Y es difícil sustituirlas. Varias de ellas son profesionistas con maestrías o diplomados, muy especializadas. No es fácil encontrar a alguien así, hombre o mujer.

Las mujeres son muy capaces, excelentes trabajadoras, y hay que darles todas las oportunidades. Pero cuando se enamoran o se embarazan cambian sus prioridades. Es normal que así ocurra; sin embargo, debe ser hasta cierto límite, y muchas veces perjudican a la empresa. ¿Qué piden los empresarios? ¿Qué proponen?

Responsabilidad es la palabra. No se trata de que las mujeres renuncien a la maternidad, de ninguna manera, sino de que ésta sea responsable, lo que incluye que sea una decisión, no un accidente. Más que un compromiso externo: «sí, te prometo...», hace falta un compromiso interno, la conciencia de que se han adquirido responsabilidades con la empresa, que hay que cumplir. Y llegado el momento, avisar con anticipación los planes del embarazo para que la empresa pueda prepararse y prever qué hacer.

Las empresas, por su lado, pueden ser más flexibles con sus horarios, poner guarderías en el mismo centro de trabajo o en un lugar cercano –si se asocian varias empresas en el proyecto–, llegar a acuerdos con sus trabajadoras...

Efectivamente, hay empresas que necesitan cambiar su actitud frente a las mujeres, respetando y apoyando su derecho a ser madres. Pero también hay muchas mujeres que necesitan asumir una actitud realmente profesional frente a su trabajo y considerarlo seriamente al tomar sus decisiones, es decir, que sean responsables en lo laboral, en lo familiar y en lo personal. (Y. C.)

EL OBSERVADOR 222-13

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Intimidades. Los jóvenes nos cuentan
¿Nadie sabe lo que es el amor?
Yusi Cervantes

La verdad, como que uno quisiera tener una definición para cada cosa, algo que te pudiera definir, pero no se puede. Entonces, ¿nadie sabe lo que es el amor? ¿Cada quién tiene su definición para el amor? Porque no es lo mismo para un padre que para una madre o una novia, etc.

«El amor viene de Dios», nos dice san Juan. «Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, pues Dios es amor» (1 Jn 4, 7-8). Dios es amor. Y conocemos a Dios tanto cuanto amamos. Por eso saber qué es el amor nos resulta tan difícil. El amor es eterno, inmenso, profundo... Comprenderlo va más allá de nuestra capacidad, de nuestras limitaciones humanas.

Imagina que estás en una playa, frente al inmenso mar. Es imposible que los conozcas palmo a palmo, que puedas desentrañar todos sus misterios. Pero sí puedes tocarlo, meterte en él, escuchar su murmullo, ver sus colores, probar su sabor, sentir su temperatura, recorrerlo al menos en parte. Y podrás decir, desde tu playa, que conoces el mar, aunque no lo conozcas completamente.

Así ocurre con el amor. Nadie, sólo Dios, conoce plenamente qué es el amor. Pero entre nosotros, los hijos de Dios, hay quienes lo conocen más y quienes lo conocen menos. Hay quienes han pensado y reflexionado acerca de qué es el amor, lo conocen en teoría. Hay otros que aman, que viven el amor; éstos son los que realmente saben más del amor y de Dios. Pero es un conocimiento imperfecto.

Nadie puede tener una definición del amor; cada uno sólo puede hablar de lo que ha logrado conocer acerca de él. Así podemos hablar de unión, de ternura, de respeto, de comprensión, de cuidado, de comunicación, de acogida, de fuerza, de dar, de recibir, de salir de nosotros mismos, de descubrir el amor en nuestro interior... Todo esto tiene que ver con el amor, pero nada lo explica completamente. Como dices, cada quien lo entiende a su manera. Es decir, desde su percepción y su experiencia, en la medida de su sensibilidad, su inteligencia, su generosidad y su voluntad. Cada quien da testimonio del amor que ha logrado vivir.

Pero no podemos decir que todas las maneras de entender el amor sean auténticas. Podemos confundir o mezclar el amor con dependencia, con poder, con dominio sobre los demás. Por ejemplo, el padre que obliga al hijo a estudiar lo que él desea, la madre que chantajea a su hija para que no se vaya, el novio que desea a la novia y la seduce con palabras dulces, los esposos (y esposas) celosos... Todos creen que aman, pero parten de su miedo, de su egoísmo, de sus deseos: eso no es verdadero amor. No podemos decir: así entiendo yo el amor y así es. Si no es amor, no lo es, aunque alguien diga: te amo a mi manera.

Y sí, por supuesto, el amor es diferente cuando hablamos de hijos, padres, hermanos, amigos, novios, esposos... No es que existan diferentes tipos de amor: todo el amor viene de Dios. Se trata del mismo amor. Lo diferente es su expresión, la forma en que se vive en cada momento y con cada persona. Pero cualquier expresión del amor debe compartir la misma esencia del amor divino, que es contraria al miedo y al egoísmo.

Dios nos ha hecho a su semejanza, de modo que el amor es parte de nuestra naturaleza. Es una vocación y una necesidad, es el mandamiento más importante y es lo que, finalmente, nos conduce a Dios.

La psicóloga Yusi Cervantes responderá las preguntas que se le envíen a la dirección de EL OBSERVADOR.

EL OBSERVADOR 222-14

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PERDER POR DEFAULT
Que nosotros somos los engañados
Diego García Bayardo

La escasa voluntad de la Iglesia por convertir a los no-católicos, sobre todo a los protestantes y a los miembros de sectas cristianas, podría quedarse para siempre en la forma de una práctica generalizada pero no reconocida, que está ahí pero nadie comenta. El silencio era su mejor carta de naturalización, porque un vicio que se calla es un vicio contra el que no se lucha. Sin embargo, han aparecido algunos textos que intentan justificar la traición que hacemos todos los días a la orden perentoria que nos dijo el Señor: «Id y predicad el Evangelio...». Según estos libros, predicar la conversión a la fe católica es malo, intolerante, atrasado. Es más importante el diálogo que la predicación, o sea, es más importante el medio que el fin. Y resulta que echarse a la holgazanería es la más delicada muestra de caridad cristiana. Es más, los engañados somos nosotros, por lo que el diálogo con los protestantes no debe tender nunca a buscar su conversión, sino que debe estar dirigido exclusivamente a que nosotros, tan malos, al ver nuestra suciedad reflejada en el purísimo espejo protestante, corrijamos nuestras faltas y errores para que nos parezcamos a ellos, que están tan bien.

Aunque usted no lo crea, esa clase de elogios desproporcionados a las otras religiones, esa acomplejada crítica a la doctrina y a la fe católicas, no está en el sermón de algún exaltado predicador protestante, sino en libros católicos, incluso escritos por sacerdotes. Un ejemplo notable es el librito del padre Juan Carlos Urrea Viera: El diálogo interreligioso: Realidad y desafíos, publicado por la Conferencia del Episcopado Mexicano con el número 14 en la colección Tercer Milenio. Esta obra subraya una supuesta igualdad entre las distintas religiones que impide que unos intenten convertir a los otros. A esto, el P. Urrea lo llama «proselitismo», en el peor sentido de la palabra. Él considera que todo espíritu de confrontación es un antitestimonio de vida cristiana y que las convicciones religiosas son irrenunciables. Pero lo peor de todo es que asegura que la finalidad del diálogo interreligioso es que nosotros, los católicos, nos cuestionemos sinceramente nuestra propia fe, y si sobrevivimos a ello, entremos entonces a un enriquecimiento recíproco en mutua tolerancia. De modo que ya no podemos cuestionar a las herejías o a los paganos, pero nosotros sí debemos someternos a un riguroso examen. Con razón nos están comiendo el mandado.

Dice, finalmente, el P. Urrea, que «el diálogo interreligioso es un medio adecuado para examinar nuestra verdad y conocer lo que otros consideran como su verdad». Otra vez ellos proponen alegremente y nosotros, haciendo gala de un fuerte complejo de inferioridad, debemos cuestionar «nuestra verdad». Debo insistir en que la verdad sólo puede ser una, pues la realidad es una sola, y que el P. Urrea cae con aquella frase en el relativismo moral y en una visión subjetivista de la realidad. Ante semejante disparate epistemológico, ya no nos extraña que el padre termine diciendo que la unidad de los cristianos y paganos es contraria a la verdad y que ésta no puede ser «sacrificada» en aras de aquella. La unidad de los cristianos y paganos «irremediablemente conduciría a un relativismo y sincretismo religioso». O sea que Jesús se puede ir a paseo con su frasecita aquella de «Que todos sean uno...». ¡ Qué terrible conclusión!

EL OBSERVADOR 222-15

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DERECHOS HUMANOS
La bolsa o la vida *
Miguel Concha **

Tal es el título del libro de Eric Toussaint, presidente del Comité por la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo (CADTM), y uno de los teóricos más consistentes en el análisis de esta problemática. Analiza el mecanismo de subordinación de los pueblos y Estados de la periferia al centro que implica la deuda, por la pérdida de la soberanía y la transferencia de riquezas producidas por los pueblos periféricos a favor de la acumulación de capital, principalmente el localizado en los países industrializados, reforzadas por las políticas de ajuste estructural impuestas por el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), así como las posibilidades actuales de una reconsideración del costo social de la deuda a nivel nacional, continental y planetario.

Como lo acabamos de ver en la Asamblea de Gobernadores del FMI y BM, así como en el seno de la Comisión Europea, para Toussaint es factible alcanzar la cancelación parcial o total de la deuda pública externa de un Estado con otro, como las que se negocian a través del Club de París, con las limitantes de que se trate de un país muy pobre y endeudado, que haya, además, ejecutado durante seis años un programa de ajuste estructural reforzado, lo cual hace tan pesado el liberarse de la carga como la carga misma.

Desde 1996 se habló, en la cumbre de Lyon del Grupo de los Siete, de llegar a condonar hasta 80% de la deuda externa de 40 naciones del Africa subsahariana y de América Central andina, con la condición inflexible de que se consideraría únicamente la deuda anterior a la primera negociación, que en general se efectuó hacia el año 1985, lo que en realidad representa una reducción muy pequeña. En condiciones similares, el comisario europeo de Economía y Finanzas anunció esta semana que la contribución que la Comisión Europea está dispuesta a realizar a favor del alivio de la deuda de los países más pobres podría llegar sólo hasta los mil millones de euros, es decir, unos mil 40 millones de dólares. En el mismo sentido, el presidente Clinton ofreció hace unos días condonar los préstamos otorgados por su país a 36 de las naciones más pobres del mundo, aunque desde luego no expresó que la decisión unilateral de Estados Unidos de aumentar en los años 70 la tasa de interés, llevándola de 4-6% a más de 20% en pocos meses, significó en sí una traición a la buena fe de los contratos asumidos por los países del sur que se vieron obligados a tomar nuevos empréstitos para pagar los intereses, lo que para todo el continente latinoamericano implicó un pago extra de 106 mil millones de dólares.

La deuda de las naciones más desamparadas con Estados Unidos, principalmente de Africa, así como Bolivia, Nicaragua y Haití, alcanza sólo cerca de 5 mil millones de dólares. Confiamos en que al menos éstos les sean condonados sin más condición que su inversión en programas de desarrollo social, como lo exige la campaña internacional Jubileo 2000. Para Toussaint es todavía prácticamente impensable que las instituciones multilaterales renuncien a cobrar a los deudores, como se volvió a hacer patente el pasado 28 de septiembre, al rechazar las nuevas propuestas del BM y del FMI de reducir hasta en 27 mil millones de dólares los préstamos foráneos de los países más pobres del mundo.

* Colaboración resumida.
** El autor es dominico, presidente vitalicio del Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria.
(FIN)

EL OBSERVADOR 222-16

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D.R. Clip Art de Querétaro, S. de R.L. de C.V. 1995-2006