El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

24 de octubre de 1999 No. 224

SUMARIO

bullet A DEBATE La tolerancia
bulletCOLUMNA HUÉSPED Puro mimetismo
bulletEN SILENCIO, CON DIOS Que estás en el Cielo
bulletEl rincón del Papa «El día más feliz de mi infancia...»
bulletNo hay duda: la familia es anterior y superior al Estado
bulletA LAS PUERTAS DEL TEMPLO Recordando a Graham Greene
bullet¿USTED QUÉ OPINA? La emergencia supera egoísmos
bulletPERDER POR DEFAULT Políticos ateos en un México católico
bulletMIRADA DESDE LEJOS ¿Qué país queremos?
bulletMEDIOS DE COMUNICACIÓN ¿Dónde estamos hoy?
bulletA unos novios con problemas
bulletINTIMIDADES. LOS JOVENES NOS CUENTAN El amor de lejos sí existe
bulletVIDA CRISTIANA ¿Cómo van a creer si no han oído hablar de Él?
bulletOPINIÓN Tomar más en serio el noviazgo
bulletEXCLUSIVA Los valores que necesita México
bulletCUADERNO DE NOTAS Lo esencial y lo superfluo

A DEBATE
La tolerancia: nunca más oportuna que cuando se refiere a sí mismo
Javier Algara Cossío * / San Luis Potosí, S. L. P.

Hace unos días leía yo en la prensa las airadas quejas de un grupo de personas que dicen ser víctimas de la intolerancia religiosa y gubernamental. Fundamentan sus inconformidades en un argumento básico: la campaña a favor de la vida, iniciada por el cardenal Rivera, es una flagrante manifestación de intolerancia contra quien no cree en las enseñanzas de la Iglesia católica. Aportan argumentos como los que enumero enseguida: que la campaña para recabar firmas de apoyo encaminada a pedir el reconocimiento constitucional del derecho a la vida desde el momento de la concepción equivale a una violación a sus derechos fundamentales; que dicho reconocimiento expondría al Poder Legislativo –quien, finalmente debería sancionar tal adición al artículo 4° de la ley– como dispuesto a escuchar únicamente la versión católica del caso del aborto, con exclusión de otras posiciones y sin reconocer los derechos que les corresponden a quienes las sostienen; que tal conducta de los legisladores constituiría una violación expresa del mandato que obliga al Estado a mantenerse laico, ajeno a toda creencia religiosa. Si se llega a incluir el derecho a la vida en la Carta Magna –concluyen esas voces– las posibilidades de que la ley reconociera el derecho de las mujeres a optar por el aborto quedarían nulificadas por la contradicción interna que ello significaría. En otras palabras, ni el gobierno ni nadie debe entrometerse en el derecho que tiene una mujer de elegir entre abortar o no. Dentro de esa lógica, llamar crimen a la decisión de terminar la vida del propio hijo es intolerancia porque a nadie se debe limitar en su facultad de elegir, sobre todo en el caso de que la mujer que opte por el aborto lo haga convencida de que así debe ser.

Esta actitud, crítica de todo lo que huela a tradición y a fe, no sólo pone en tela de duda y estereotipifica como oscurantista la creencia en el valor absoluto –independiente de consensos humanos– de la vida del niño no nacido, sino que ejercita una versión muy particular de la virtud de la tolerancia. Porque mientras estas personas se exaltan y demandan tolerancia para todas las diferentes formas de pensar, creer y actuar, poca o ninguna tolerancia les merecen sus adversarios doctrinales, a quienes únicamente dirigen descalificativos, y menos aún les merecen tolerancia aquellos que más tolerancia necesitan: los niños no nacidos; los que han de perder de un solo golpe todos sus derechos en silencio cuando esas mismas personas decidan que no los pueden tolerar.

¡Qué oportuna es la virtud de la tolerancia!

«Los derechos fundamentales de la persona humana están inscritos en su misma naturaleza, son queridos por Dios y, por tanto, exigen su observancia y aceptación universal. Ninguna autoridad humana puede transgredirlos apelando a la mayoría o a los consensos políticos con el pretexto de que así se respetan el pluralismo y la democracia» (Ecclesia in America, n. 19).

* El autor es diputado federal por el estado de San Luis Potosí.

EL OBSERVADOR 224-1

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Columna huésped
Puro mimetismo
Bruno Ferrari

Pensando en los tiempos que se avecinan y escuchando las concurridas frases publicitarias de los precandidatos a la presidencia de la república, no puedo dejar de pensar en lo difícil que ha de ser para algunos cambiar de discurso, convicciones (y a veces hasta ideología) para ganar simpatías y votos por parte de los ciudadanos. Parecería que se tratara de camaleones (reptil saurio que posee la facultad de asimilarse al color del medio ambiente), lo cual no ha de ser tarea fácil pues se requiere de experiencia y una que otra peripecia dialéctica para tratar de quedar bien con todos.

Un legislador afirmó que "él legislaba para una persona", a fin de que no se vieran afectadas sus garantías individuales, olvidando aquel principio jurídico en el que se afirma que no se debe legislar para lo particular sino para lo general. Ese es el arte del buen gobierno y no la postura débil de oponerse a una ley que defienda la vida, a pesar de ir en contra de sus principios y convicciones personales. El síndrome camaleón se confirmó una vez más al ratificar que, quienes alguna vez han prometido algo, por la tibieza de su carácter y la falta de palabra, no son capaces de llegar hasta las últimas consecuencias de sus supuestas decisiones ¡Claro lo importante es ganar, no gobernar!. Cada día es más difícil confiar en estos camaleones, sobre todo cuando uno descubre que algunos de ellos se convierten en alebrijes, y la cola en lugar de ser de un saurio, la tienen de escorpión.

La propaganda política se ha multiplicado en todos los medios de información, lo que irremediablemente nos está llevando al proceso de discernir cuáles de las propuestas que escuchamos serán las mejores, no sólo para nosotros sino para todo el país. Hay que saber dar lectura a cada una de las palabras que se mencionan y a los tiempos y lugares en donde se dictan. Hay momentos que parece que el mensaje es para todos y, sin embargo, hay otros que más bien se asemejan a una declaración de guerra. No hay que confundirse y hay que saber analizar cada una de las plataformas. Nuestro mejor aliado es el tiempo, pues éste se ha encargado de pasar las facturas a aquellos que aprovecharon la oportunidad para servirse con la cuchara grande cuando de poder y dinero se ha tratado. Lo mismo dígase de las promesas de campaña no cumplidas.

Con el fin de evitar que el síndrome camaleón se convierta en un efecto negativo que evite el diálogo y los cuestionamientos serios a los precandidatos, habría que cuestionarnos lo siguiente: 1. En qué momento he escuchado hablar del orden público y del bien común (entendido como el bien para todos y sin exclusiones); 2. El mensaje que he escuchado, ¿tiene como fin garantizar la posición política de esa persona o se trata de una propuesta real de cambio y compromiso político que beneficie a todos? 3. ¿Los intereses del partido coinciden con aquellos que los eligieron como sus representantes y los llevaron al poder? Estas y otras preguntas nos haremos a lo largo de un proceso que apenas comienza y que probablemente tarde mucho tiempo en concretarse, ya que hay en algunos otros estados de la república quienes han llegado al poder después de muchos años de ser oposición, y, al cabo del tiempo, su lugar es ocupado nuevamente por otro tipo de saurios más feroces y sagaces que lo venían haciendo desde épocas remotas.

Estoy convencido de que si preguntásemos a la población si está dispuesta a cambiar a un estado democrático, la respuesta sería afirmativa. Todos queremos lo mismo; sin embargo, parece ser que algunos pretenden adelantar los tiempos pensando en la realización de pactos, a pesar de que existan posiciones antagónicas. Esto sin duda confunde a la población sobre lo que debería ser un proceso gradual de cambio, ya que, al igual que los grandes barcos, cuando el capitán decide dar un giro, éste no puede hacerlo de inmediato pues es la misma inercia quien se encarga de evitarlo. Cambio, sí, pero no a cualquier precio. Habrá que ver lo interesante de sus planteamientos y las posiciones que están dispuestos a ceder. Después vendrá la hora de las decisiones. Por el momento la moneda sigue en el aire y vemos la creciente tentación de negociar con cuestiones que, por su naturaleza, son innegociables, como por ejemplo la vida, la salud y la libertad.

Hemos sido testigos de los inicios de la alternancia, pero también hemos visto que quienes ahora promueven una democracia incluyente fueron los primeros en poner los candados para la transición. De nosotros depende el que nuestros representantes realmente hagan lo que deben y no representen a sus intereses, por encima de los de una sociedad que confió en ellos con su voto. Una traición a estas alturas no puede convertirse en un triunfo político sino en un acto criminal. Hay que estar alertas pues los camaleones andan sueltos y más activos que nunca.

EL OBSERVADOR 224-2

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En silencio, con Dios
Que estás en el Cielo

El Padre nuestro no está preso en ningún lugar.
El Padre nuestro no es de determinada nacionalidad.
El Padre nuestro no es de tal tiempo.
Él es del Cielo. De Él venimos, para Él caminamos.
Del Padre del Cielo para el Cielo del Padre.

Él no está lejos. Él no mora en un lugar apartado.
Él está en el Cielo. El Cielo es donde está Él.
Si Él está en mi corazón, ahí está el Cielo.

Cielo es la presencia de Él. Donde Él se coloca, coloca el Cielo.
Si Él se coloca en mí, coloca en mí el Cielo.
Si Él se coloca en el mundo, se van alcanzando las fronteras del Cielo.

Él es amor. El Cielo es vida de amor. El Cielo es vivir con Él.
El Cielo comenzó, para mí, cuando comencé yo a amarlo.

Cuando distribuyo amor, distribuyo el Cielo.
Cuando niego amor, huyo del Cielo.
Cuando me entrego a amar, vuelo para el Cielo.

Padre nuestro que estás en el Cielo,
Padre nuestro que estás en todas partes,
Padre nuestro que pones el Cielo en todas partes.

El Cielo es de mi Padre, de nuestro Padre. El Cielo es mío, es nuestro.
Es esto, en cuanto yo quiero, en cuanto nosotros queremos.

Jocy Rodríguez.

EL OBSERVADOR 224-3

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El rincón del Papa
«El día más feliz de mi infancia...»

Recientemente Su Santidad Juan Pablo II visitó una parroquia romana, y ahí los niños que acudieron a verlo y a escuchar su mensaje lo sometieron a varias preguntas:

«¿Cuál es tu recuerdo más feliz de niño?», quisieron saber los infantes. El Papa contestó que el día de su Primera Comunión. «¿Quién es tu mejor amigo?», continuó el interrogatorio. «Cristo –respondió Juan Pablo–. Él sembró una semilla en mí en mi Bautismo, luego durante mi educación en la escuela y en la familia y, por último, en mi vocación sacerdotal».

Quizá la pregunta más impresionante fue ésta: «¿Por qué perdonaste al que te quiso asesinar?». Y la respuesta, sencilla y tranquila, fue una verdadera lección para los chicos: «Lo perdoné porque eso es lo que Jesús nos enseña. Nos enseña a perdonar». Mehmet Ali Agca, su agresor, purga una sentencia de cadena perpetua dictada por autoridades civiles.


El amor: «alma» de todos los mandamientos

Unos días más tarde, en audiencia general, habló Su Santidad del amor que debemos a Dios, y que precisamente se manifiesta en nuestras relaciones con los demás. «En la base de la exigencia de amar a Dios en modo total está el amor que Dios mismo da al hombre –dijo–. Él espera una verdadera y auténtica respuesta de amor del pueblo que ama con amor de predilección».

Explicó que la caridad constituye la esencia del mandamiento nuevo enseñado por Jesús, y que «en la fuerza del Espíritu Santo la caridad anima la actuación moral del cristiano, orienta y refuerza todas las otras virtudes que edifican en nosotros la estructura del hombre nuevo».

EL OBSERVADOR 224-4

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No hay duda: la familia es anterior y superior al Estado

Conclusiones y propuestas para los políticos y legisladores de América sobre la vida y la familia *

Oportunamente informamos a nuestros lectores acerca de la realización del III Encuentro de Políticos y Legisladores de América, llevado a cabo en Buenos Aires, Argentina, del 3 al 5 de agosto del año en curso, convocado por el Pontificio Consejo para la Familia. El tema del encuentro fue La familia y la vida, a los 50 años de la Declaración universal de derechos humanos. Debido a la importancia de las resoluciones allí tomadas, así como por el carácter propositivo y permanente de sus iniciativas, publicamos ahora un resumen de la Declaración final del encuentro, que se conforma por una serie de conclusiones analíticas y otra de recomendaciones sobre el status que debe tener la familia y la vida humana en la vida pública en los países de América.

1. Nos asociamos a la celebración del cincuentenario de la Declaración universal de derechos humanos, reconocemos su valor y capacidad de inspiración y afirmamos que se trata de una vibrante defensa del hombre y su dignidad trascendente, inviolable, inalienable e insustituible.
2. La Declaración no otorga los derechos que proclama, sino que los reconoce, por ser inherentes a la dignidad de la persona humana.
3. Los derechos que aparecen en la Declaración forman un todo integrado que tiene como base común el principio de la dignidad de toda persona. La derogación de un derecho viola a la persona y a la totalidad de sus derechos.
4. El fundamento de los derechos humanos no está en la satisfacción particular del individuo, sino en la naturaleza social del hombre y de la familia. Los derechos humanos están basados en el derecho natural, que es la expresión de la sabiduría de la humanidad.
5. Resaltamos y reafirmamos que «La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado». La vida y la familia son fuente y condición de los demás derechos. Los derechos de la familia son tambiénel núcleo original de los del hombre y la defensa de esas dos instituciones es el fundamento y punto más alto del proceso de humanización.
6. La familia es el núcleo central de la sociedad civil y es comunidad natural de vida. La familia es anterior y superior al Estado, por lo que éste no debe intervenir en los campos en los que la iniciativa de la familia es suficiente.
7. En la actualidad se está promoviendo una consideración ambigua y errónea que atenta contra la naturaleza de la familia, por no reconocer que su identidad se basa en el matrimonio. Muchos rechazan a Dios y a su ley natural, por lo que pretenden que se reconozca como familia casi todas las formas posibles de convivencia, heterosexuales y homosexuales.
9. Esta crisis de la verdad ha propiciado que en algunos países se reconozcan a las uniones de hecho como familias. Pero éstas son uniones de hecho, no de derecho, y al aceptarlas con el pretexto de no discriminar a los homosexuales, el matrimonio comienza a volverse una institución socialmente irrelevante. Esta tragedia es fuente de patologías sociales.
10. Estos ataques contra la familia proceden de las mismas personas que atacan al niño por nacer y al enfermo por morir, porque no hay vida sin familia y no hay familia sin la vida.
11. El principio del derecho a la vida es el fundamento clave de todos los demás.
12. El embrión humano es sujeto de derechos propios, es decir, distintos de los de la madre y de terceros. En las legislaciones de algunos países se dice que el embrión es humano pero no persona, y con esto se establece un criterio injusto de discriminación entre seres humanos en distintos estados de su desarrollo. Es necesario proclamar los derechos del embrión y traducir en leyes las exigencias éticas que hacen ilícita la fecundación asistida y el tratamiento de embriones como si no fueran seres humanos.
13. La familia es el lugar más adecuado para cuidar a los enfermos y acompañarlos hasta la muerte. No se puede sustituir la dignidad por la utilidad al revisar los criterios de lo que es una muerte digna.
14. La globalización es negativa cuando se rige por las meras leyes del mercado, es fuente de injusticias y contiene criterios relativistas de juicio, donde las cosas y las personas tienen un valor subjetivo o indiferente. Es evidente la importancia que todo esto reviste respecto de la familia, y es preciso entonces dar un lugar central a la Declaración universal de derechos humanos, con la protección que garantiza a la familia y a la vida.

Algunas recomendaciones

Las conclusiones del III Encuentro de políticos y legisladores de América conllevan una serie de recomendaciones para los gobernantes, legisladores y funcionarios públicos de todos los países del continente.

1. Considerar la defensa de la familia y de la vida como ación central para los políticos y legisladores de cada país.
2. Influir en los gobiernos para que sus delegados en organismos internacionales representen auténticamente el sentir de la población del país, en favor de la vida y la familia.
3. Promover el conocimiento y difusión de la encíclica Evangelium Vitae.
4. Oponerse con firmeza a la legalización del aborto y procurar cambiar progresivamente las leyes permisivas donde existan.
5. Promover leyes que reconozcan al embrión humano como sujeto.
6. Procurar que las políticas de educación sexual estén basadas en los valores de la familia y la vida, el respeto, el uso adecuado de la libertad y el derecho de los padres sobre la educación de los hijos.
7. Vigilar que los medios de comunicación respeten y promuevan el valor de la vida y la familia.
8. Legislar a favor del embrión humano y en bien del hijo en el campo de la fecundación artificial.
9. Promover la lucha contra el dolor mediante curaciones paliativas y favorecer la asistencia humana, espiritual y física de los descapacitados y enfermos terminales.
10. Apoyar la organización de los organismos de salud.
11. Cuidar la formación del personal médico para que dé atención respetuosa a los derechos de la familia, incluyendo a los niños por nacer y a los enfermos terminales.
12. Vigilar que se apliquen las leyes a favor de la vida y la familia.

EL OBSERVADOR 224-5

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A las puertas del templo
Recordando a Graham Greene
Javier Sicilia
Javier Sicilia

Una de las grandes virtudes de Graham Greene es que detrás de la trama profana de sus novelas se representa otra. Más allá de los dramas que nos narra sucede siempre otro, como si una especie de contrapunto espiritual permitiera a los gestos, a las palabras y a las atmósferas obsesivas e incitantes de sus relatos revelarnos la presencia de otra realidad: la del mal y la del pecado. Esa presencia es tan poderosa que Dios, su gracia, su poder y su bondad parecen muertos. Los héroes de Greene están tan aplastados por el mal que su mayor tentación es, como lo señala Charles Moeller, «la tentación de la desesperación frente al silencio de Dios». Y, sin embargo, detrás de todo ese mal, Dios y la gracia están presentes.

En este sentido, una de sus más inquietantes novelas es The heart of the matter, una novela sobre la falsa piedad, sobre la presencia del mal en la experiencia de una caridad mal entendida.

Scobie, un oficial de la Sierra Leona, es, como bien lo define Moeller, «un partidario del orden, un ángel de piedad y un rebelde (en su catolicidad) contra Dios». Dulce, sobrio, fiel practicante religioso, el oficial Scobie no cree, sin embargo, en la virtud de su vida. Esta increencia se manifiesta en ciertos gestos: su oración es maquinal, si evita el pecado no es por la búsqueda del bien sino por pereza. Los vínculos con su mujer no son fruto del amor sino de la piedad. Esa piedad es la que lentamente lo irá hundiendo en el mal. Por piedad pide prestado dinero a un traficante de diamantes para pagarle a su esposa un viaje a África del Sur; por piedad comete adulterio; por piedad, por mostrarle a su mujer que no le ha sido infiel, comulga en pecado mortal. Finalmente, temeroso de que Ali, su sirviente, lo delate y su mujer sufra, lo deja asesinar.

Cuando Scobie se da cuenta de todo el mal que ha causado decide suicidarse. En medio de esa lucha, entra la voz de Dios que le dice internamente que aún puede vivir si le da una oportunidad al arrepentimiento, y la de Satán que le indica que no podrá soportar el peso de su desgracia, Scobie se desgarra y toma el camino de la muerte, a pesar de saber que se condenará y de que su suicidio le provocará a Dios un gran sufrimiento. Antes de morir escucha una voz que lo llama. Cree que es la de Ali. Al levantarse para ir en su auxilio pronuncia estas palabras y se mata: «Oh God, I love...».

Su piedad, que no se sustentaba en el amor y la confianza en Dios, le impidió elevarse al nivel del mundo espiritual que profesaba. Su gran pecado no es tanto su piedad equivocada, sino, como en Judas, su incapacidad de confiar en Dios y, en consecuencia, de amarse.

La pregunta que queda delante de The heart of the matter es si Scobie, a pesar de todo, encontró del otro lado la salvación. No lo sabemos. Ese asunto queda en el territorio de misericordia de Dios. Pero si atendemos a esa verdad teológica que nos afirma que al final de nuestras vidas se nos juzgará según el amor, hay una posibilidad para Scobie. A pesar del mal de su vida, hay un pasaje en donde su piedad encuentra por un momento su verdadero objeto y su trascendencia, en donde Scobie, sin saberlo, realiza un acto de amor perfecto a Dios. Es el instante en que delante de la agonía de una niña que pide ver a su papá, Scobie, presa de la piedad, se arrodilla y reza: «Padre, dale la paz. Toma para siempre la paz que es mía, pero dale la paz». Entonces la niña, que cree ver en él a su papá, sonríe y muere en paz.

Yo creo que, gracias a ese sacrificio perfecto, a esa simple oblación que Dios aceptó, Scobie se salvó. Es ahí en donde aparece claramente el reverso del decorado del mal que está en las obras de Greene, ese reverso en donde se entrevé la gracia. La obra de Greene, como vuelve a decir Moeller, es un comentario del precepto divino: «No juzgues... No juzgues el fracaso de Dios... porque el poder y la gloria de Dios están ahí presentes».

EL OBSERVADOR 224-6

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¿Usted qué opina?
La emergencia supera egoísmos
Genaro Alamilla Arteaga

Los fenómenos naturales han creado emergencia en cinco o seis entidades del país. Emergencia quiere decir urgencia, de inmediato, cuanto antes, etcétera. Es decir, hay que acudir, pero ya, donde se presente tal o cual necesidad de orden humano, como sería estar de por medio la vida humana, los bienes materiales necesarios y la alteración de las vías de comunicación. En una palabra, ante el desastre que todos conocemos se hace presente la emergencia que reclama la presencia inmediata de todos los conciudadanos en ofertas cuya medida es la capacidad de cada uno, de modo que el que más tenga dé más; pero nadie es tan pobre que de su pobreza no comparta al que nada tiene.

Sólo el egoísmo, la indiferencia, los de corazón cerrado y mente obtusa no responden en estos momentos de emergencia.

Puebla, Oaxaca, Veracruz, Tabasco, Hidalgo y Chiapas están a la espera de sus hermanos connacionales. Éstos se hacen hoy solidarios con los que sufren. La solidaridad en cristiano se llama caridad, amor.

Pero la maldad no se deja esperar y se da el caso de que hay desvíos –para no decir robos– de lo que la caridad está enviando a sus hermanos en desgracia. Estos desvíos pueden ser de alimentos, de material para reconstrucción o también de dinero. Nos viene a la mente lo que un obispo gritó con fuerza cuando un terremoto sepultó a toda una ciudad del Perú, Yungay, de 30 mil habitantes: «¡Maldito de Dios el que tome un solo sol (centavo) destinado a los hermanos en desgracia!». Y es verdad, no cabe en la mente humana tanta infamia de quien procede así: quitar de la boca del hambriento el pan.

Pero hay malvados que lucran políticamente con la tragedia que nos ocupa, entregando donativos con el logotipo del partido y condicionándolo: te doy esta despensa pero me das tu voto. Qué bien que el Presidente haya condenado esta actitud tan baja, tan vil.

Entonces superemos nuestro egoísmo, abramos nuestro corazón y dejémonos ganar por el amor y la caridad en estas horas de emergencia sin olvidar aquello de que hay más gozo y alegría interior en dar que en recibir. ¿Usted qué opina?

EL OBSERVADOR 224-7

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PERDER POR DEFAULT
Políticos ateos en un México católico
Diego García Bayardo

Un signo, entre muchos otros, de que nuestros políticos, históricamente, no son auténticos representantes del pueblo y ejecutores de la voluntad popular, está en ese curioso fenómeno de que en un país donde la apabullante mayoría de sus habitantes es católica, la mayoría de los políticos ha sido anticatólica y anticristo, que, dicho sin complejos, es lo mismo. También están los que, sin declararse abiertamente hostiles a la fe de los mexicanos, consideran cualquier palabra o acto público relacionado con la religión como una violación al sacrosanto principio de la separación Iglesia-Estado.
Y también hay algunos por ahí que dicen una cosa y hacen otra, bajo el agua, como meter modificaciones increíbles en el concepto de embarazo para brincarse la legislación y dejar a la voluntad popular con su palmo de narices, en calidad de mera espectadora de las acciones de esta clase de dictador.

Si las doctrinas políticas no andan tan bien como quisiéramos, por lo que respecta a la conducta personal de nuestros funcionarios públicos, sobre todo en lo que se refiere a lo que hacen con nuestro dinero, la cosa está igual o peor. Las quejas y los chistes acerca de la corrupción de los políticos ya son parte de nuestra idiosincrasia y nuestro folclore. De la impartición de justicia, ya mejor ni hablemos.

Una misión dirigida a convertir a los políticos a la fe católica no solamente es tan necesaria hoy en día como una misión para convertir a todos los demás: es algo indispensable para el buen manejo de la cosa pública, cuyas implicaciones afectan a todos los individuos que formamos la población de la patria. La conversión involucra la salvación personal, pero la conversión de las personas que rigen los destinos de la nación se convierte en una oportunidad de cambio para todos, cuando las viejas ideas jacobinas se van a la basura y las estructuras de pecado se quedan sin participantes.

¿Se imagina usted a unos diputados que no se fueran «de pinta» en las sesiones de la Cámara, rechazaran salarios inmoralmente altos y dejaran esa política de las zancadillas, mayoriteos a la mala y mentadas de madre? ¿Se imagina cómo sería México si desde el presidente de la República hasta el último funcionario todos los políticos vivieran los Mandamientos como lo que son, mandamientos, y no sugerencias pasadas de moda? Esto no es imposible ni quimérico. Es cuestión de ir a donde están esos políticos y predicarles el Evangelio como a cualquier persona común, pues, a fin de cuentas, sólo son personas comunes también. A ver si se les sale el chamuco.

Propuestas

* Como la mayoría de los políticos no tienen tiempo para nada, o viven como si no lo tuvieran, es muy difícil que en alguna misionada alguien pueda encontrarlos en su casa. Lo más seguro es que cualquier intento de predicación a estas personas sea con previa cita. Habrá que tener paciencia.
* En general puede funcionar muy bien el trabajo de los laicos que evangelizan y catequizan, pero en algunos casos será indispensable que sean sacerdotes los que busquen a los políticos, de forma privada, y les prediquen. Puede ser que hasta los obispos tengan que hablar pacientemente con algunos radicales de alto nivel.

EL OBSERVADOR 224-8

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MIRADA DESDE LEJOS
¿Qué país queremos?
Eduardo Magaña Ortega

Al cantar el himno nacional mexicano frente a la Casa Blanca en Washington D.C., Estados Unidos, en el reciente festejo consular por el día de la independencia mexicana, me puse a reflexionar sobre varias cosas. Esa ironía de estar recitando la máxima expresión del nacionalismo mexicano frente a la residencia oficial de nuestros vecinos del norte sólo puede hacernos pensar mucho sobre qué somos y qué hemos sido, pero más que nada, sobre qué podemos llegar a ser.

Sí, somos mexicanos, con orgullo lo confesamos, aún más estando lejos de nuestra querida patria, pero... ¿orgullosos de un país que en los últimos años, de cierta forma, ha exiliado a nuestros compatriotas que, en busca de trabajo, han tenido que dejar sus hogares; que ha aplastado, de alguna manera, aquella identidad netamente mexicana? Sí, porque México lo somos todos, en las buenas y en las malas, y hoy, más que nunca, en esta etapa de transición que culminará el año entrante, debemos preguntarnos qué es lo que queremos, y no únicamente de nosotros y de nuestro querido país, sino del país que dejaremos a nuestros hijos. Hoy más que nunca tenemos la oportunidad de crecer, de realizarnos, como individuos y sobre todo como nación.

Sea cual sea el futuro de México, éste debe ser brillante, porque debemos luchar porque México sea justo, sin opresiones, sin violencia y sin desigualdades, pero sobre todo para que logre esa grandeza que nos han negado y que puede, indudablemente, lograr. Una grandeza que sólo nosotros, mexicanos, le podemos dar, por la cual el México de nuestros hijos sea el México que siempre hemos querido.

EL OBSERVADOR 224-9

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Medios de comunicación

¿Dónde estamos hoy?
Santiago Norte

Una de las cosas más extrañas que están pasando en los niños de la era electrónica consiste en su difusa, confusa y sintomática ausencia de sentido de territorialidad. Difusa: hay rasgos que le permiten al pequeño saber que posee un terreno común, una patria; pero no sabe ni de dónde viene ni por qué es así. Confusa: varias líneas de identidad se entrecruzan en su experiencia cotidiana, pareciéndose en algunas fechas más al norte que al sur; en otras al este o al oeste. Sintomática: con la globalización del asunto local, las fronteras se han diluido: hoy todos somos ciudadanos de todas partes... y de ninguna.

Una encuesta o una investigación aleccionadora sería la que en México preguntara a los niños no ya por la historia del país (que sabemos ignoran en grado superlativo), sino por la situación geográfica en la que se encuentran. Las respuestas habrían de ser, seguramente, sesgadas, producto de un «contrabando» de universos alejados (cfr. James Clifford, Itinerarios transculturales, Gedisa) y distintos. La lógica de mi territorio, que operaba en generaciones previas a las de la imagen, no opera de la misma forma en las de la teledistancia y la telepresencia. Para el niño actual (hay que recordar que en México el promedio de exposición cotidiana al aparato televisor llega a los 255 minutos), la noción de territorio se ha expandido, hibridado, ensanchado, sí, pero en una especie de universo sin centro de gravitación, o, mejor dicho, con un centro de gravitación raro: la pequeña pantalla.

Si eso pasa con el territorio –que es un terreno claro e inmóvil–, ¿qué pasará con la cultura? Si entendemos ésta como un conjunto de imágenes y elementos que nos permiten situarnos en las coordenadas de un universo de representaciones y de acciones, es claro que a los niños auspiciados por el televisor no les queda otra que abrazar un modelo fragmentario, sin posibilidad de formar un mosaico coherente. Esquirlas de aquí y de allá se alojan en la mente del menor, haciendo una masa de conocimientos inconexos, un hatillo de verdades mediatizadas, un batiburrillo de acciones inconclusas. Donde más pega es en la moral: ¿Qué es el bien? ¿Qué debo hacer? ¿Quién es mi prójimo? Al acercar lo distante y alejar lo cercano, la televisión provee de elementos para pensar globalmente y no actuar locamente. Es, pues, la tergiversación de la solidaridad: los niños de ahora son capaces de conmoverse hasta las lágrimas por el exterminio de la ballena gris (no está mal), pero muchas ocasiones incapaces de estimar la diferencia y no agredir al compañerito «indígena» que les tocó al lado de su pupitre.

Se trata de una cultura temblorosa, como una cultura-gelatina. Los entrecruzamientos dislocan, revientan las coordenadas de identidad que, desde siempre, ha necesitado el ser humano para saber dónde está situado. Quizá por ello (es una hipótesis descabellada, lo sé) hayan aumentado los casos de esquizofrenia infantil en el mundo. ¿Qué puede pasar con un chico que vive en Zapotlán y posee imágenes de su vida del Bronx? La ruptura es clara. Cuando el universo de la representación se ve superpuesto a las imágenes de una otredad desbordante, ¿no cabría pensar en una escisión? La conciencia escindida es el disparador de la disfunción mental, según entiendo. Por supuesto que esto no es una suerte de transmisión mecánica, pero en los actos tan extravagantes que cumplen los pequeños teleadictos (su forma de vestir, por ejemplo) es imposible no cotejar estos signos con algo que se derrumba, estas señales de poca visibilidad de su horizonte.

Es cierto que hemos alcanzado –con la telepresencia– un nuevo estatus de comprensión del fenómeno global, una inserción en el mundo hasta estas épocas inimaginable. Pero ha traído consecuencias. Algunas nefastas, sobre todo para la humana solidaridad, base de cualquier desarrollo social y cultural.

EL OBSERVADOR 224-10

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A unos novios con problemas

Lo primero que quisiera decirles es que la relación que tienen es muy especial, es muy valiosa, y realmente no vale la pena que la echen a perder por celos, inseguridades, orgullo y otras tonterías.Han cometido errores. Les ha faltado arriesgarse al compromiso. Han tenido problemas por relacionarse más a partir de su inseguridad que de su amor. Han tratado de controlar al otro.

Yo les propongo que no se estacionen ahí, que pasen la hoja a esos errores, que no discutan quién hizo qué, que no se culpen mutuamente y que hagan de lado el orgullo. Perdónense de corazón. Aprovechen esta crisis para madurar y para resolver a fondo el problema. Tienen que preguntarse por qué llegaron a esto y qué es lo que tienen que hacer. Olvídense del «tú hiciste», «es que tú». Mejor compartan sus sentimientos: me sentí triste, me sentí sola, solo, me sentí confundida, confundido... no sé. Lo que sientan. No se pongan a la defensiva, en cambio busquen cómo comprenderse y cómo ayudarse uno al otro.

No se claven en posiciones inmaduras. Sean generosos uno con el otro. No pierdan esta oportunidad única que tienen en las manos. No se hagan daño. No traten de sujetarse. El verdadero amor no es posesivo. Ya sé que esto es un ideal, pero deben aspirar a construir ese amor que no es dependencia sino libertad; que no es asfixia, sino crecimiento; que no es control, sino unión profunda. Hay muchos conceptos que son clave en el amor: respeto, compromiso, apoyo, impulso, ternura, confianza, lealtad, conocimiento mutuo, trascendencia, comunicación, compartir el gozo de vivir. No pretendo que entiendan plenamente estos conceptos ahora: son muy jóvenes. Pero sí les propongo que vivan su amor con profundidad. Tal vez más adelante decidan que no quieren seguir esta relación. El suyo es un noviazgo, un momento en sus vidas para conocerse, para valorar si pueden y desean compartir el resto de sus vidas. Pero aun así, mientras el noviazgo dure, procuren vivirlo plenamente.

EL OBSERVADOR 224-11

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INTIMIDADES. LOS JOVENES NOS CUENTAN
El amor de lejos sí existe
Yusi Cervantes

Por favor, di a tus lectores que el amor de lejos sí existe. Mi novio y yo lo sabemos.

Tienes razón: existe. No es fácil. Hay anhelos, tristezas, nostalgia... Pero también mayor gozo en los encuentros y la conciencia de que hay que vivir plenamente cada momento que comparten. Ese plenamente no significa una actividad intensa. Puede ocurrir que estén en silencio, tomados de la mano, sencillamente sintiendo la presencia uno del otro, y eso también es plenitud.

La distancia los obliga a ser creativos, a encontrar nuevas formas de comunicarse, y estos tiempos modernos les ofrecen, además del teléfono (ya me imagino las cuentas), las ventajas del Internet, el cual ha logrado lo que muchos intentaron sin éxito: que los jóvenes lean y escriban, aunque no sea más que sus e-mails. De modo que la comunicación tiene más oportunidades de no ser superficial, como la de muchas parejas que no saben si ir a la disco, al cine o salir con los amigos, y se dan muy poco tiempo para realmente conocerse.

Pero tengan cuidado: es necesario que se esfuercen por verse lo más frecuentemente posible y en esas oportunidades conocer realmente el mundo del otro: sus familias, actividades, intereses... esa parte de ser personas que no pueden comunicarse por teléfono o por Internet.

Sean honestos, sinceros, confíen uno en el otro y asuman el compromiso que implica su relación. El amor de lejos sí existe, pero deben darle los cuidados especiales que este tipo de amor requiere.

La psicóloga Yusi Cervantes responderá las preguntas que se le envíen a la dirección de EL OBSERVADOR.

EL OBSERVADOR 224-12

La psicóloga Yusi Cervantes responderá las preguntas que se le envíen a la dirección de EL OBSERVADOR.

EL OBSERVADOR 224-12

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VIDA CRISTIANA
¿Cómo van a creer si no han oído hablar de Él?
Isele

¿Cómo van a invocar al Señor si no creen en Él? ¿Y cómo van a creer si no han oído hablar de Él? ¿Y cómo van a oír hablar de Él si no hay nadie que se los anuncie? (Rom 9, 14-15).

Nos asustamos de cómo en el mundo actual aumentan los adeptos a otras religiones, seudorreligiones y sectas. Los vemos y decimos: no es posible. Y los señalamos y les decimos que están errados.

Pero ocurre que no somos capaces de proclamarles el mensaje de Cristo. Como que pensamos que ya está hecho. Sin embargo, mucha gente se escapa cuando ve que no vivimos con congruencia, cuando no encuentra en nosotros una comunidad, cuando escuchan amenazas y normas que no entienden... No les hemos hablado realmente del Señor, no se los hemos mostrado en la inmensidad de su amor. No les hemos hablado de Jesús de modo que puedan entender, como pedía Pablo VI. De un modo que dé las respuestas que puede darles a sus inquietudes, a sus anhelos más profundos, a su necesidad de conocerlo de forma personal. No les hemos hablado del Señor de la Vida tal vez porque nosotros mismos no hemos tenido tan necesario encuentro personal con Él, como pide el Papa.

Deberíamos considerar una ventaja el que alguien busque al dios desconocido: podemos decirles, al modo de San Pablo, que Jesucristo es ese Dios al que tanto han buscado.

EL OBSERVADOR 224-13

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OPINIÓN
Tomar más en serio el noviazgo

Hoy hablamos de noviazgo. Independientemente de los problemas particulares que estos jóvenes plantean, vale la pena que reflexionemos un poco acerca de esta relación con frecuencia tan mal entendida.

Quizá lo que hace falta es inventar otras palabras. Porque no puede ser lo mismo la relación que establecen dos chiquillos de secundaria que la de dos jóvenes adultos, ni la de los que quieren al novio o a la novia para salir, divertirse y no sentirse solos que la de quienes desean realmente conocerse y acercarse, aun cuando no estén pensando todavía en un compromiso.

Esto debería ser el noviazgo: un aprendizaje de amor, una serie de ensayos acerca de cómo comunicarse, cómo compartir experiencias, cómo tener proyectos en común... Quizá a nuestros jóvenes les falta orientación en este sentido. Cuando hablamos de pláticas para novios pensamos muchas veces en los que ya tienen planes de casarse y muy poco en los que apenas comienzan a tener estas experiencias. Y si comenzáramos en este momento, incluso antes, estaríamos dando a los muchachos más herramientas para tener relaciones sanas y mayor claridad en sus decisiones.

Tendríamos que insistir en que el amor no es una fuerza incontrolable que surge sin contar con nuestra voluntad, sino que a amar se aprende. Y que el noviazgo de eso se trata.

EL OBSERVADOR 224-14

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Colaboración exclusiva para EL OBSERVADOR
Los valores que necesita México están presentes en la enseñanza católica como en el hecho guadalupano

Del 12 de octubre al 12 de diciembre en México y, recientemente, en América –por la entronización de Guadalupe como Reina continental– se abre un periodo de reflexión sobre las líneas de identidad nacional y americana: ¿Qué somos?, ¿A dónde vamos?, ¿De dónde venimos?, ¿Qué nos es lícito esperar? Preguntas fundamentales sobre nuestra esencia, origen, proyección al mundo. Nunca como ahora fue necesario hacérselas. Nunca como hoy: la pérdida de la identidad nacional, la pérdida de la unidad americana se hace patente. ¿Qué hacer? Por lo pronto, iniciar pensando sobre las raíces que nos son comunes. Tal es el sentido de estas reflexiones de monseñor Mario De Gasperin Gasperin, obispo de Querétaro. Con ellas iniciamos un ciclo de encuentros de cara al próximo 12 de diciembre, día de la mexicanidad, aunque no sea «oficial».

1. La nación mexicana se encuentra en estos momentos en situación de particular preocupación; en efecto, no sólo reclama cambios sino un verdadero proceso de transición y de transformación. La transición no sólo es una modificación de la situación anterior, sino que exige una situación nueva, no desconociendo el pasado sino integrándolo en un proceso de perfeccionamiento y de superación. La transición, para que sea fecunda, debe hurgar en las raíces profundas y vitales de la nación y, desde allí, revitalizar el presente y recrear el futuro. La verdadera transición implica un proceso transformador de la sociedad. Los creyentes, que estamos familiarizados con el actuar de Dios en la historia de la salvación, no le tenemos miedo al futuro pues sabemos que el Señor, nuestro Dios, siempre está dispuesto a hacer algo nuevo, a «renovar la faz de la tierra». Por eso es el Dios de la esperanza.

2. Es evidente que donde más se nota esta urgencia es en el campo de la política. El espectáculo que estamos presenciando no puede sino ser un síntoma claro de que algo está muriendo y algo nuevo tiene que brotar, y nosotros, los católicos, no podemos ser espectadores pasivos, sino agentes operantes y corresponsables de lo que suceda en nuestro país y a nuestro país.

3. Ante los variados hechos preocupantes que afectan la vida nacional, como son, por ejemplo, la crisis ya endémica de Chiapas y el reciente pero enconado conflicto de la Universidad Nacional; ante la fragmentación de las opciones políticas y la falta de comprensión ante la instauración de una democracia real, no parece bastar un mero «pacto de gobernabilidad» entre los diversos actores. La gravedad del momento más bien requiere de un nuevo pacto fundacional, es decir, un repensar nuestro país y reinterpretar la historia nacional purificando nuestra memoria de lastres y escorias y proponer un nuevo proyecto nacional, plural e integrador.

4. En efecto, la interpretación de la historia patria ha padecido una especie de esquizofrenia propiciando enfrentamientos, ataques mutuos y descalificaciones constantes. No sabemos ser nosotros mismos si no es descalificando al otro y eliminando al opositor. Esto no es gratuito, sino más bien producto de una ideologización perversa (en el sentido original del término) y contraproducente. Hemos sido «educados» para la descalificación del otro, la denigración y el engaño del semejante, que necesariamente generan violencia y división. De allí que el diálogo se confunda con la debilidad, que la tolerancia se equipare a la cobardía y que el ambiente se sature de sospechas y desconfianzas. Sobre este terreno minado y resbaloso es imposible construir una patria firme y estable y un porvenir alentador.

5. Es natural y obligatorio que los católicos nos preguntemos sobre nuestra responsabilidad en este momento. Sobre esto hay que decir que la Iglesia, la católica, ha estado presente desde los inicios de nuestra configuración nacional. El Evangelio se hizo presente desde los comienzos de nuestra existencia como nación, y Santa María de Guadalupe es un hecho presente e irrebatible de la identidad y unidad nacional. Santa María de Guadalupe, con su rostro mestizo, con la valoración e integración del indio Juan Diego a su misión evangelizadora, y con el reconocimiento a la autoridad eclesial del obispo Juan de Zumárraga, configuró un mensaje y un proyecto integrador y reconciliador centrado en la fe en su Hijo Jesucristo y en la fraternidad.

6. Es claro que esta presencia de la fe católica mediante la Iglesia y, sobre todo, de Santa María de Guadalupe por ser original (es decir, por estar en el origen) y por ser fundante (es decir, por construir el fundamento) de la nación, no puede dejar de estar presente en el repensar, refundar, reordenar este nuevo proyecto de nación. Se trata de reubicar a la nación («nación viene de nacer, de nacimiento) en su propio y genuino origen y, desde allí, relanzarla hacia el futuro con criterios capaces de unir a todos los mexicanos. Lo que podríamos llamar la subjetividad de la nación, por ejemplo, los derechos humanos, el estado de derecho, el desarrollo integral de las personas, el respeto a la vida y la vida digna, la justicia social, la educación integradora y liberadora, la participación ciudadana mediante la corresponsabilidad y la solidaridad, la captación de la pluralidad y de las diferencias en una integración mayor del bien común, son todos valores presentes tanto en la enseñanza católica como en el hecho guadalupano, y deben ser comunes a todo ser humano razonable. Los católicos añadiríamos ese «plus» que nos ofrece y exige el Evangelio, salvaguardando como un bien la aconfesionalidad del Estado.

7. La Iglesia católica no puede ser marginada ni, mucho menos, automarginarse del ser y quehacer de México como nación y de un futuro proyecto integrador. El futuro proyecto de nación, si se hiciera sin contar con los valores cristianos y guadalupanos, entendidos de la manera antes expuesta, resultaría inadecuado, excluyente e inoperante, y nos haría seguir cojeando. Si, por otra parte, la Iglesia se negara a participar en el proceso, sería claudicar de su misión. Tanto la madurez del Estado moderno como los principios doctrinales del concilio Vaticano II y demás documentos del Magisterio eclesiástico en esta materia han señalado ya con claridad y firmeza los límites y las tareas de ambas instituciones.

8. La visión católico-guadalupana ayudaría a todos a desideologizar la nación y a proponer a todos los mexicanos soluciones integradoras y éticas que vengan al rescate de la unidad, de la confianza y de la serenidad nacional. Proporcionaría, además, la base ética que necesitan las distintas opciones políticas y económicas para poder proponer soluciones, no sólo viables sino honestas, a todos los mexicanos. No nos va a salvar la economía sino la moralidad porque sin honestidad se frustra todo proyecto. Quien dice lo que es bueno o lo que es malo, quien señala los límites entre el bien y el mal, no es la política, ni la economía, ni los medios de comunicación, ni las ciencias experimentales, sino la ética y la moral. Éste es el gran bien que ofrece la religión.

9. Del vientre bendito de María Santísima brotó Jesucristo, nuestro Salvador: del regazo maternal de Santa María de Guadalupe y entre sus brazos nació y ha crecido la nación mexicana; por eso, del mensaje de Guadalupe y de la fe de la Iglesia de Jesucristo, fecundada con la sangre de tantos mártires, se ha conformado la matriz cultural de la nación. Es allí donde las tradiciones indígenas y la negritud, la europeidad y la catolicidad, todas ahora interpeladas por la globalidad, deben encontrar el espacio acogedor y vital capaz de gestar el México nuevo que llegue a ser en verdad «patria suave» para todos los mexicanos. Santa María de Guadalupe sabe del proyecto. Ella, por la infinita misericordia de su Hijo, quiera llevarlo a feliz término.

EL OBSERVADOR 224-15

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Cuaderno de notas
Lo esencial y lo superfluo

Los constantes mensajes del Papa referentes a las comunicaciones sociales deberían ser motivo de reflexión para todos los que gozamos del privilegio de los medios impresos o electrónicos. Digo todos y no nada más de los católicos, porque para nosotros Cristo es, o debería ser ya, el modelo a comunicar: su visión del mundo, de las relaciones, de la paz, de la dignidad del hombre; pues en el fondo del mensaje cristiano es imposible no reconocer un valor supremo que es el sentido de la vida. La mayoría de los pensadores que hoy intentan entender el colapso de la civilización de occidente llegan invariablemente a la conclusión de que hay pérdida de sentido de vivir en la gente, pérdida de rumbo, de orientación. Lo decía hace poco Federico Mayor Zaragoza (director general de la UNESCO): «Vivimos una civilización brillante en lo accesorio, pero muy pobre en lo esencial». ¿Y qué es lo esencial? Muy sencillo: la esperanza, la solidaridad, el gozo de la caridad, el amor entre hermanos.

Hay que entender que la comunicación pública no es un juego de vanidades ni una representación del poderío personal o de grupo. Quienes comunican sin sentido de tal responsabilidad están cometiendo el peor de los pecados sociales que se puedan cometer: el uso de un lugar asignado por el público para servirse del público. Por desgracia escuchamos monótonamente a «empresarios» de la comunicación decir: «ésta es mi empresa y yo hago con ella lo que quiero». Y han expresado su poderío en términos de una inversión fatal para encontrarle sentido a la existencia propia y a la de los otros, haciendo que lo superfluo (lo accesorio, como dice Mayor) se convierta en lo esencial.

He reflexionado mucho sobre este tema y concluyo que comunica la verdad el que tiene fe en el hombre como criatura divina, y no lo hace quien carece de esta dimensión fundamental, de este grave lente que hace ver a los hombre agigantados en su valor, como fueron constituidos por Dios. Tal vez no sea un gran avance, pero esta respuesta funciona, como funciona el bien, aunque tampoco sea muy popular. (J.S.C.)

(FIN)

EL OBSERVADOR 224-16

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D.R. Clip Art de Querétaro, S. de R.L. de C.V. 1995-2006