El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

31 de octubre de 1999 No. 225

SUMARIO

bullet COLUMNA HUÉSPED El amigo sincero
bulletMEDIOS DE COMUNICACIÓN Enseñar a ver tele
bulletPARA QUE LA HISTORIA CUENTE Recuerdos de una cristera
bulletJubileo, perdón de la deuda y... conversión
bulletEL RINCÓN DEL PAPA La novedad que trajo Cristo hace 2000 años
bulletA LAS PUERTAS DEL TEMPLO ¿Por qué soy católico?
bulletExperiencia con los sacerdotes casados rumanos
bullet¿USTED QUÉ OPINA? La UNAM agoniza, ¿le darán el tiro de gracia?
bulletPERDER POR DEFAULT «El Halloween contra las momias de Guanajuato»
bulletPantalla chica
bulletTercera edad: ¿cómo agradecerles...?
bulletLas leyes y «del dicho al hecho...»
bulletReflexiones de una niña en torno a la muerte
bulletOPINIÓN Aceptar la muerte
bulletLos niños ante las computadoras
bulletCUADERNO DE NOTAS Al umbral de la eternidad
bulletResumen de la carta del Santo Padre Juan Pablo II a los ancianos 1999

Columna huésped
El amigo sincero *
Bruno Ferrari

Para muchos sociólogos, uno de los símbolos de las sociedades actuales lo constituye el fenómeno de la falta de solidaridad entre las personas. Otros creen que este fenómeno se debe, entre otras cosas, a que las actuales urbes, con sus distancias y su ágil modo de vida, hacen que las personas se sientan cada vez más distantes unas de las otras; mientras que otros piensan que esto no es más que un "fruto" de la decadencia de los valores.

Particularmente considero que este deterioro tiene fundamento en muy diversas razones, entre las que se encuentran una gran falta de comunicación dentro de la sociedad, e incluso la falta misma de la amistad.

Hace algunos días llegó a mi computadora un correo electrónico que tenía como título «¿Busco un amigo sincero?». Lo firmaba una joven de veinte años y en él exponía: «Me han mentido y estafado vendiéndome el espejismo de la falsa libertad. El precio que he tenido que pagar ha sido el aislamiento y la soledad. Los jóvenes hemos caído en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos, eludiendo todo compromiso con los demás, anhelando así independencia y autonomía. Busco a alguien que aún siga creyendo en la amistad como la fuerza que une a los hombres». Posiblemente estas líneas encierren el sentir de muchos jóvenes.

Me es difícil comprender cómo miles de ellos se lanzan a navegar en internet en busca de amigos; y no es que esto tenga nada de malo, pero, me pregunto, ¿no será más fácil buscar amigos en el barrio, la escuela, el trabajo, etcétera? Pienso que la gran diferencia está en el compromiso. La amistad implica afecto, cariño y obligación entre dos personas, y no es posible borrarla con sólo apagar una computadora.

Alguien me dijo hace poco tiempo en el funeral de un amigo, que en ese momento le hacía sentido aquella canción de Alberto Cortez que dice: «Cuando un amigo se va/ queda un espacio vacío/ que no se puede llenar/ con la llegada de otro amigo». Tiene toda la razón, los buenos amigos son insustituibles. Este es el caso, por ejemplo, de don Gerardo, un hombre bondadoso, sencillo, enamorado de su mujer, su familia y su trabajo. La vida ha sido con él dura y generosa, pero jamás se doblegó ante el sufrimiento y las dificultades, como tampoco jamás se dejó llevar por el éxito obtenido.

Él me enseñó que la amistad implica esfuerzo, que siempre hay que estar atento para brindar un buen consejo a quien lo necesite, para animar a otros a tomar una decisión, y para estar pendiente de las dificultades del amigo y, en la medida de nuestras posibilidades, ayudarle desinteresada y discretamente.

¡Qué dichosos somos quienes hemos tenido la oportunidad de contar con alguien como él! Muchos tenemos cerca amigos ejemplares como éste y a veces los dejamos pasar de largo sin valorarlos o sólo nos damos cuenta de ellos cuando los perdemos.

Hoy lo invito a reflexionar para que no le pase a usted como a la joven del correo electrónico.

* Artículo resumido.

EL OBSERVADOR 225-1

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Medios de comunicación
Enseñar a ver tele
Santiago Norte

El reciente éxito obtenido en Gran Bretaña por el libro La enseñanza de los medios de comunicación, escrito por el especialista en temas de pedagogía audiovisual Len Masterman, indica a las claras un movimiento internacional para hacer frente, desde la escuela, a la enorme influencia de la televisión en la formación de las nuevas generaciones. El libro ha vendido ya 50 mil ejemplares en Inglaterra y comienza a ser requerido, junto con su autor, en otros países de Europa, preocupados por mejorar el equipamiento audiovisual y crítico de los menores.

La idea que maneja Masterman en el texto ya la habíamos esbozado en otra ocasión: introducir, desde ya, la materia de medios en las escuelas para no dejar a libre arbitrio el uso de la televisión entre los niños. A éstos se les muestra cómo escribir, cómo leer, pero no cómo enfrentarse a un aparato que, muy probablemente, va a ser decisivo en la conformación de su vida social. Según Masterman –y me adhiero a la idea–, el saber leer los mensajes de los medios es vital para «mantener la democracia». ¿Por qué? Bueno, porque si se es capaz de oponer una distancia ante aquello que quiere homogeneizar el gusto y la acción, se es capaz de elegir. Y la democracia, en su acepción primaria, es elección.

El problema de los niños y de los jóvenes ante los medios es que, de ordinario, se muestran incapaces de elegir. Todo es deglutido en una suerte de gran bacanal en la que no se distingue el alimento bueno del mediocre y el mediocre del francamente malo. De tal manera que el alimento bueno pasa inadvertido, cuando debería ser seleccionado y degustado por el comensal, en este caso, el telespectador. Se trata, pues, de hacer aprender a los jóvenes y a los infantes que pueden pedir y tomar lo mejor del menú cotidiano sin necesidad de volverse obsesos mediáticos, gente que come compulsivamente, sin recato: que come por comer.

La democracia no es solamente, creo yo, un ejercicio electoral, sino más primariamente, un ejercicio de crítica y control responsable de las acciones personales y de los otros. La democracia requiere ciudadanos responsables. ¿Cómo construirlos? Masterman piensa, y con razón, que un buen principio estriba en aprender a usar a favor de los menores de edad aquello que los manipula con una constancia aterradora en cuanto a lo que deben pensar, consumir, soñar y tomar. No sucumbir ala tentación del mensaje engañoso, no caer en la red del consumo indiscriminado: he ahí el sentido de La enseñanza de los medios de comunicación (Ediciones de la Torre, España). Ahora bien, ¿cuándo iniciar en la escuela esta asignatura y cómo?

El autor responde que el aprendizaje de los medios es lo mismo que el aprendizaje de la lectura: nunca es demasiado pronto, nunca es demasiado tarde. Se trata, sin más, de una materia escolar que debería colarse en los curricula académicos de hoy para que el mercado de los telespectadores no fuera tan ingenuo, no estuviera –como lo está hoy– casi a merced de los fabricantes de imágenes. En gran cantidad de ocasiones el niño representa el objetivo-meta de la publicidad y de los publicistas. Se le quiere convertir en una bestia de consumo, independiente de su nivel socioeconómico. ¿No es más libre, no sería más libre y, por tanto, más preparado para controlar la libertad social un niño que puede hacer distancia con esa aplanadora de consumo que se le viene encima las tres horas de promedio que ve la televisión al día? La distancia es la distinción, y la distinción, el equipamiento crítico, son activos fundamentales a la hora de contar con actores para la democracia; actores y no espectadores natos, como hasta hoy contamos.

EL OBSERVADOR 225-2

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Para que la historia cuente
Recuerdos de una cristera
Elena Herrera de Bautista

Doña María era una de las figuras más relevantes por su posición económica, moral y social en aquel pueblecito de Vizarrón de Montes, Qro. Aquella tarde fría del 21 de enero de 1929 se presenta en la casa «Bundo», uno de sus pastores, para decirle: «Niña, esconde tus cosas, hay gente emboscada en el arroyo del Garricillo».

A partir de aquel momento la población fue presa de inquietud y sobresalto. El delegado municipal Ricardo Leal Herrera, un joven de 25 años, ya había sido avisado y tomaba precauciones enviando un parte al destacamento federal en Cadereyta a cargo del coronel Márquez. Se dio el aviso por teléfono desde la hacienda de San Javier de las Tuzas, pues recorrer 28 kilómetros a caballo se llevaba tiempo.

Conforme avanzaba la tarde y llegaba la noche, el temor crecía, pues se adivinaba que aquello iba a ser un asalto. Como a las ocho de la noche se oyeron grandes descargas de tiros, galopes de caballo y gritos de «Viva Cristo Rey», «Viva la Virgen de Guadalupe». En los poyitos de la plaza esperaban el delegado y otros jóvenes, que se quedaron estupefactos y desorientados con aquellos «vivas».

– Griten «Viva Cristo Rey», hijos de la...
– «Viva Cristo Rey» –gritaron los muchachos.
– Cristeros tales por cuales, así queríamos agarrarlos...

El desconcierto aumentaba, pero se identificaron bien pronto como federales por su «gentilísima entrada». Ya traían «santo y seña» porque habían cogido antes a un individuo del pueblo que, con amenazas o por «Judas», les había informado de todo el movimiento del lugar.

Ya identificado el delegado municipal y sabiendo que había dado parte al coronel Márquez, le guardaron cierto respeto; pero la soldadesca, ya con su consigna, fue a buscar al sacerdote don Crisóforo González, a don Romualdo Montoya y a su hijo Fausto Álvarez, acompañados por sus respectivas esposas. Fueron llevados al centro de la plaza para ser inquiridos sobre su participación en asuntos cristeros.

Mientras tanto, en casa de doña María García, ésta cenaba rodeada de sus pequeños hijos cuando se oyeron los balazos a la entrada de los soldados. Se levantaron y se fueron a esperar los acontecimientos a la sala, cuando tocaron a la puerta. La señora ordenó a su niña que se fuera a acostar, y acompañada de su hijo mayor (de 14 años) salió a abrir la puerta. Entraron un oficial y dos soldados, y de manos a boca ordenó el primero:

– Doña María, entrégueme usted al cura.
– Desde que fue cerrado el culto, el sacerdote don Crisóforo González se fue de aquí –contestó.
– Dese por presa y va con nosotros a la plaza, donde está mi coronel.

Custodiada por los soldados salió la señora de su casa en compañía de su hijo Rosalío, ya mencionado, y de Lole, el vaquerito, un jovencito también de 14 o 15 años. ¿Cómo iba a salir de su casa doña María dejando a sus tres pequeños hijos solamente en compañía de «Minga», la muchacha sirvienta? Por lo que, recordando lo que su esposo le había recomendado a raíz de la Revolución, en la que se veían situaciones parecidas, les ofreció que cenaran, pero uno muy desconfiado le contestó:

– No, doña María, no nos vaya a dar hierbita (veneno).
– No, señores, no llega allá mi corazón –contestó ella.

Así que se fueron a la plaza de Vizarrón, donde fue presentada la señora a los jefes del grupo de soldados. Nuevamente le preguntaban dónde estaba escondido el cura y cómo se llamaba. Ella negó todo, y después de horas de interrogatorio, el jefe dio la orden de fusilarla. Se formó el grupo que la ejecutaría, pero ella, doña María, les pidió con entereza:

– Permítanme, señores, voy a hacer un acto de contrición – se arrodilló, rezó el Yo pecador, se persignó y se puso de pie diciéndoles: –Estoy a sus órdenes, señores...
– Contraorden –dijo el militar–. Llévenla a su casa para que entregue al cura, los vasos sagrados y el dinero.

Impresionante era la escena semioscura, solamente alumbrada por una vela de parafina; y sus pequeños hijos, parados y como protegiéndose con el barandal de la cama.

Y de nuevo el interrogatorio:

– ¿Dónde está el cura?
– No lo sé, señores.
– Entregue el dinero que tenga, señora.
– Tengo terrenos, casas, animales; tomen lo que quieran, pero dinero en efectivo no tengo...
– Usted esconde al cura, doña María... le vamos a colgar a uno de sus hijos y verá cómo vomita (habla)...

Con gran valor y decisión les contestó señalando a los tres hijos:

– Ahí están, señor, el que guste...

Se comprende el íntimo pesar que esta resolución le costaba, pero su gran valor admiraba a los soldados. Uno de ellos dijo:

– Qué... de vieja.

El valor de la madre animaba a sus hijos, que escuchaban todo con miedo pero sin perder detalle.

Nuevamente se la llevaron a la plaza después de romper una alcancía con algún dinero que entregó la señora y que fue a dar a la bolsa del soldado que como jefe iba allí.

Durante todo ese tiempo que se ha descrito, los soldados saquearon la casa llevándose cobijas, ropa, objetos de valor, que quemaron a media plaza. Mientras tanto, saqueaban también la casa de don Romualdo Montoya, que, atado del cuello, lo subían y bajaban de un árbol, lo mismo que a su hijo. En su casa también estaban saqueando dos soldados con el pretexto de buscar al sacerdote que, efectivamente, estaba escondido allí, abajo de una cama. Uno de ellos lo descubrió y lo sacó diciéndole muchas malas palabras, y a base de empujones lo encaminaba a la plaza donde, sin duda, lo hubieran asesinado; pero de seguro movió Dios el corazón del otro, que era superior en grado, quien amenazó con fusilar al soldado si éste entregaba al cura. El padre se quitó su medalla y cadena del cuello y las entregó en gratitud al oficial que lo había salvado. Lo llevaron al corral de la casa y lo metieron dentro de un mogote de zacate. Más tarde, ya solo, ayudado por su sobrina y su sirvienta, saltó la pared que lo separaba de su casa.

Eran las tres o cuatro de la mañana cuando se escucharon tropeles que llegaban a la plaza.

– El enemigo, compañeros –dijeron los soldados.

Y doña María, que seguía presa, les dijo:

– No se espanten, señores; es gente del gobierno que mandé llamar –dijo así, pues con uno de sus peones se mandó el aviso al delegado de Cadereyta, donde residía ese destacamento. Esto la salvó y, después de recibir una reprimenda por cristera, la dieron libre.

Ella había enviudado ocho años antes, y desde entonces vestía de luto, y eran tantos sus deseos por la libertad religiosa que prometía a sus amistades que el día que se abriera el culto ella se vestiría de rojo. Y así fue: todo el mundo la veía rara aquel día de junio en que dejó el luto para siempre.

Y para siempre llevó en su alma y en su corazón el amor de Dios nuestro Señor y a su Madre Santísima, pues mientras no había sacerdote por la Revolución o por la persecución religiosa, no hubo día en que en la iglesia no rezara el Rosario, y los domingos en la mañana rezaba las oraciones de la Misa en su libro de Lavalle, y en las tardes el Trisagio a la Santísima Trinidad. El Jueves Santo celebraba la «Cena de los Apóstoles», organizada en su casa, con las señoras ancianas del pueblo, para no comprometer a los hombres.

Una fiesta muy solemne era la de Cristo Rey. Se traía de la iglesia con los muchachos del pueblo y en completa oscuridad de la noche la imagen del Sagrado Corazón, que es bastante grande, y en la sala de su casa, que era grande también, se entronizaba a Cristo Rey, con su corona y cetro, que le había mandado hacer de madera dorada, y sobre un cojín de seda roja.

¿De flores? Dios las daba; mandaba al campo a sus cuatro hijos con canastas y tijeras a cortar schotos, flores amarillas, en abundancia.

El altar estaba precioso, y el padre llegaba de donde sólo Dios sabe. Las campanas no enmudecieron, pues se llamaba con ellas para los actos religiosos.

Ya cuando Osornio fue gobernador limitaron el número de sacerdotes que podían ejercer. Me parece que eran treinta para toda la Diócesis. Pero uno que era tan celoso para su sacerdocio, el padre Ramón Concha, que en paz descanse, llegó una noche a caballo de Cadereyta a Vizarrón para auxiliar aquella región. Naturalmente, a la casa de doña María, donde fue recibido con gran cariño. Iba a auxiliar cada 15 días para celebrar la Misa, renovar el Sagrado Depósito y atender enfermos, bautizos, etc.

El cuartito más pequeño y escondido era la capillita improvisada, y diario iba gente que, con el consabido «buenos días, doña María», entraba a visitar al Santísimo.

Cuando ya hubo libertad, con repiques, música y cohetes salió de la casa de doña María nuestro Señor, que había sido su huésped durante algún tiempo. Algunos de los que ahí vivían recuerdan que se oía ruido, pero ya daban por hecho que a esas horas de la media noche era doña María, que iba a visitar a nuestro Señor y ver si la lámpara estaba encendida.

Ya en libertad ella gozaba y ayudaba y, cuando pensaba en la muerte, una y otra vez decía; «Lo que le pido a nuestro Señor es que permita que mis últimas palabras sean para la Santísima Virgen».

Sufrió dos enfermedades, y en la última, en que padeció mucho, quien la acompañaba le estaba rezando el Acordaos a la Santísima Virgen, para consolarla. Con voz apagada, la enferma siguió la oración y, al llegar a donde dice: «Y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a aparecer ante tu presencia soberana, ¡déjame llegar a tu presencia!», Dios le concedió lo que pidió y así murió.

Esto es lo que yo, como pequeña que era, recuerdo.

¡Aquella mujer era mi madre,
de quien me siento orgullosa!

EL OBSERVADOR 225-3

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Jubileo, perdón de la deuda y... conversión
Javier Algara Cossío * / San Luis Potosí, S. L. P.

EL OBSERVADOR 225-3

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Jubileo, perdón de la deuda y... conversión
Javier Algara Cossío * / San Luis Potosí, S. L. P.

Juan Pablo II ha venido pidiendo a los países ricos el perdón de la deuda de los países pobres. Su voz ha tenido eco. Ya varios países han decidido seguir el consejo del Papa. Muchos católicos mexicanos, como preparación del jubileo del año 2000, han firmado un pliego para solicitar que también la deuda mexicana alcance ese perdón.

Personalmente no creo que todos los firmantes estén al tanto del espíritu y alcance del jubileo y de su relación con la deuda nacional. Si bien nos agrada la idea de que el país vea reducida su ingente deuda, y aumentadas por ello las posibilidades de bienestar ciudadano, probablemente no nos hará igualmente felices percatarnos de lo que para cada cristiano significa nuestra firma en la solicitud, en los términos del jubileo. No me ha tocado aún escuchar un sermón dominical que lo explique. Hace más ruido el anuncio televisivo que promueve los viajes a Roma para participar en las celebraciones jubilares. La petición papal, sin explicación contextual, corre el riesgo de convertirse sencillamente en un programa «Punto Final» de matices religiosos.

Hay en el tema del jubileo y del perdón de la deuda un aspecto personal de conversión y, consecuentemente, de redefinición de la propia acción vis à vis las causas y efectos de la deuda. Los obispos americanos reconocieron durante su sínodo «que la deuda es frecuentemente fruto de la corrupción y de la mala administración», según afirma la Ecclesia in America (n. 22). La deuda tiene repercusiones sociales devastadoras. Continúa el documento pontificio: «Ya el mero pago de los intereses es un peso sobre la economía de las naciones pobres, que quita a las autoridades la disponibilidad del dinero necesario para el desarrollo social, la educación, la sanidad y la institución de un depósito para crear trabajo». En otras palabras, la miseria ocasionada por la deuda a millones de compatriotas es también el producto terminal de un esquema económico y sociopolítico enmarcado en el egoísmo, la ambición y el desdén a la dignidad de la persona. Es el resultado de un pecado en el cual todos somos cómplices. Los pequeños o grandes actos rutinarios de corrupción- activa o pasiva, por acción u omisión- utilizados por muchos de nosotros para sobrevivir en este país son parte de ese sistema y son, también, ladrillos del edificio del pecado social. El llamado de Juan Pablo II, entonces, al perdón de la deuda, se convierte en un llamado personal a la conversión. De nada serviría pedir a otros países que nos perdonen la deuda si no erradicamos sus causas. Cambiar por decreto constitucional el sistema actual no basta. ¿Cómo pedir a otros que perdonen nuestra deuda si a nosotros el pecado nos impide perdonar a otros, rehusarnos a participar en una transa, vencer la inercia política, el consumismo y otras señales de corrupción social?

El pecado es irradicable sin la conversión del pecador a Dios a través de la fe en Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo. La parábola del Hijo Pródigo describe dramáticamente el proceso de la conversión. Es precisamente esta vuelta al Padre la que será eventualmente la causa de nuestro jubilar.


Javier Algara Cossío * / San Luis Potosí, S. L. P.

Juan Pablo II ha venido pidiendo a los países ricos el perdón de la deuda de los países pobres. Su voz ha tenido eco. Ya varios países han decidido seguir el consejo del Papa. Muchos católicos mexicanos, como preparación del jubileo del año 2000, han firmado un pliego para solicitar que también la deuda mexicana alcance ese perdón.

Personalmente no creo que todos los firmantes estén al tanto del espíritu y alcance del jubileo y de su relación con la deuda nacional. Si bien nos agrada la idea de que el país vea reducida su ingente deuda, y aumentadas por ello las posibilidades de bienestar ciudadano, probablemente no nos hará igualmente felices percatarnos de lo que para cada cristiano significa nuestra firma en la solicitud, en los términos del jubileo. No me ha tocado aún escuchar un sermón dominical que lo explique. Hace más ruido el anuncio televisivo que promueve los viajes a Roma para participar en las celebraciones jubilares. La petición papal, sin explicación contextual, corre el riesgo de convertirse sencillamente en un programa «Punto Final» de matices religiosos.

Hay en el tema del jubileo y del perdón de la deuda un aspecto personal de conversión y, consecuentemente, de redefinición de la propia acción vis à vis las causas y efectos de la deuda. Los obispos americanos reconocieron durante su sínodo «que la deuda es frecuentemente fruto de la corrupción y de la mala administración», según afirma la Ecclesia in America (n. 22). La deuda tiene repercusiones sociales devastadoras. Continúa el documento pontificio: «Ya el mero pago de los intereses es un peso sobre la economía de las naciones pobres, que quita a las autoridades la disponibilidad del dinero necesario para el desarrollo social, la educación, la sanidad y la institución de un depósito para crear trabajo». En otras palabras, la miseria ocasionada por la deuda a millones de compatriotas es también el producto terminal de un esquema económico y sociopolítico enmarcado en el egoísmo, la ambición y el desdén a la dignidad de la persona. Es el resultado de un pecado en el cual todos somos cómplices. Los pequeños o grandes actos rutinarios de corrupción- activa o pasiva, por acción u omisión- utilizados por muchos de nosotros para sobrevivir en este país son parte de ese sistema y son, también, ladrillos del edificio del pecado social. El llamado de Juan Pablo II, entonces, al perdón de la deuda, se convierte en un llamado personal a la conversión. De nada serviría pedir a otros países que nos perdonen la deuda si no erradicamos sus causas. Cambiar por decreto constitucional el sistema actual no basta. ¿Cómo pedir a otros que perdonen nuestra deuda si a nosotros el pecado nos impide perdonar a otros, rehusarnos a participar en una transa, vencer la inercia política, el consumismo y otras señales de corrupción social?

El pecado es irradicable sin la conversión del pecador a Dios a través de la fe en Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo. La parábola del Hijo Pródigo describe dramáticamente el proceso de la conversión. Es precisamente esta vuelta al Padre la que será eventualmente la causa de nuestro jubilar.

EL OBSERVADOR 225-4

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EL RINCÓN DEL PAPA
La novedad que trajo Cristo hace 2000 años

Ante unos 14 mil peregrinos de los cinco continentes, Juan Pablo II habló hace unos días en la plaza de San Pedro con estas palabras: «Si se ama de verdad con el amor de Dios, se amará también al hermano como Él le ama. Aquí está la gran novedad del cristianismo: no se puede amar a Dios si no se ama a los hermanos, creando con ellos una íntima y perseverante comunión de amor».

Su Santidad hizo un recorrido por el Antiguo Testamento, poniendo de relieve los albores de la enseñanza cristiana: «El amor a los propios semejantes es recomendado ya a los israelitas: 'No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo' (Lv 19, 18). Si este precepto en un momento parece restringido sólo a los israelitas, con el tiempo se va extendiendo de manera más amplia hasta incluir también a los extranjeros que viven con ellos, recordando que el mismo Israel fue extranjero en tierra de Egipto».

El amor exigido en el Nuevo Testamento es, en cambio, claramente universal: «supone un concepto del prójimo que no tiene fronteras y se extiende también a los enemigos», y esto porque es una «imitación y prolongación de la bondad misericordiosa del Padre Celestial, que provee a las necesidades de todos y no hace distinción de personas», explicó el vicario de Cristo.

Agregó que el amor a Dios y al hombre se puede entender fácilmente no sólo como fruto del Espíritu Santo, sino como el fruto por excelencia: «Al igual que la luz del sol se expresa en una gama difuminada de colores, también la caridad se manifiesta en múltiples frutos del Espíritu».

El Papa manifestó que, dado que la medida del amor al prójimo «es el amor de Cristo, puede decirse que es un 'mandamiento nuevo' que permite reconocer a los auténticos discípulos».

«El significado cristológico del amor al prójimo resplandecerá en la segunda venida de Cristo –finalizó–. Precisamente entonces se constatará que la medida para juzgar la adhesión a Cristo es precisamente el ejercicio cotidiano y visible de la caridad hacia los hermanos necesitados: 'Tuve hambre, y me dieron de comer...'».

EL OBSERVADOR 225-5

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A las puertas del templo
¿Por qué soy católico? *
Javier Sicilia

Hace algunos años un amigo me preguntaba: ¿por qué eres católico si la Iglesia es esto, si el obispo es lo otro, si creó y consintió la inquisición, etc.? Recuerdo que le respondí: «Tienes razón, la Iglesia es una prostituta, pero es mi madre. Y no soy de aquellos malos hijos que se apartan de ella para humillarla más. La amo y prefiero, antes que despreciarla, ayudarla a recoser su túnica. La Iglesia –continué con un argumento de Chesterton– no es una Iglesia de santos, sino un hospital de pecadores. De lo contrario nadie podría habitarla, ni siquiera tú y tu pureza, que es bastante limitada».

Quisiera ir hoy un poco más allá y decir que creo, como Lanza del Vasto, que la Iglesia tiene, como nosotros, un cuerpo y un alma. Su cuerpo es la institución, el grupo humano, el pueblo de Dios en el cual se encarna. Este cuerpo, como todo cuerpo, está lleno de defectos. Si pensáramos que no los tiene estaríamos afirmando una contradicción, pues estaríamos afirmando que nada humano hay en ella. Este cuerpo limitado, con sus carencias y debilidades, es querido por Dios y no hay por qué rechazarlo. Nosotros convivimos día y noche con nuestro cuerpo y lo amamos, no obstante sus quebrantos y defectos. También el día de nuestra boda nos casamos con alguien y nadie nos prometió que nos uniríamos a un ser perfecto. Si cometimos la estupidez de creerlo así, entonces el día de la debilidad y del error lo rechazamos y lo repudiamos. De la misma forma (y creo que esto le sucedió a mi amigo y le sucede a infinidad de católicos vergonzantes que poseen el ciego orgullo de creer tener el derecho de lanzar la primera piedra) si creemos que la Iglesia es perfecta como cuerpo y que es mejor que otra, el día de la debilidad correremos a los brazos de otra tradición maldiciendo y refunfuñando. No se puede creer que el cuerpo de ninguna religión, como el cuerpo de ningún ser humano, es perfecto. Sólo Dios es perfecto, sólo Él. Pero el fin del cuerpo y de mi religión también lo son. Mi fe me dice que hay en la substancia, en el fin y en el fundamento de mi religión una realidad divina, y eso me basta para serle fiel y estarle agradecido, aunque no sea tan bella y tan poderosa como la quisiera.

Pienso, al reflexionar en mi Iglesia, que, como me lo enseñó Lanza, «la institución histórica a la que yo, hombre de carne, me ato, en la que he nacido o por la que he optado, esta institución no es la que adoro; es el instrumento de mi adoración».

El cuidado del cuerpo, que es un deber, compromete ciertos actos de defensa. La Iglesia, como nuestro cuerpo, no puede mantenerse pura por sí misma. Por ello nos pide esfuerzos, actos de preferencia y de rechazo. Sólo lo necesario. Así, dice Lanza, «en tanto institución que se opone a todas las demás (hay que defenderla) sobriamente. Guardémonos de ser encarnizados, agresivos o imprudentes como los que se esfuerzan en hacer prevalecer el cuerpo, olvidando el alma». Por ello, ningún católico que comprenda esto puede tolerar que se insulte a la Iglesia, que se nos imponga un culto que no es el nuestro, o que nuestros correligionarios corrompan su doctrina y sus tradiciones. «Y por ello estaremos obligados a combatir... (Pero) lo haremos lo menos posible, no lo haremos donde no sea necesario».

Pero también la Iglesia tiene un alma, y esa alma, que está en Dios, se abre a Él y a todos los hombres. Si el cuerpo de la Iglesia se opone a los demás cuerpos, su alma no se opone a ningún alma. El alma de la Iglesia, que está anclada en el infinito misterio de Cristo, vive a través de su cuerpo el acogimiento, y su expresión más profunda está en la vida de los santos, en las órdenes que, como las de Teresa de Calcuta, de san Benito y del Arca, acogen sin rechazar a nadie en el amor.

Como una madre, el amor de la Iglesia me ha enseñado a mirar a todos como mis hermanos y amarlos en el misterio mismo de Dios, cuya trascendencia es inmensa.

* tículo resumido. Se publica por convenio expreso con el autor.

EL OBSERVADOR 225-6

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El celibato sigue siendo la mejor opción
El celibato sigue siendo la mejor opción
Experiencia con los sacerdotes casados rumanos

«El hombre sin casar se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradar al Señor. Al contrario, el que está casado se preocupa de las cosas del mundo y de agradar a sus esposa, y está dividido» (1 Co 32-33).

Rumania, al igual que otros países de Europa del Este, cuenta con sacerdotes católicos de rito oriental casados. Monseñor Virgil Bercea, obispo de Oradea Mare de los Rumanos, se refirió al tema, tocado en el Sínodo de Europa:

«El celibato no es un problema para nosotros –dijo el prelado–, se trata de una opción. Me parece que el debate que se ha desarrollado en Occidente está marcado por el desconocimiento en la materia. En nuestra Iglesia el 20% de los sacerdotes de rito greco-católico están casados, mientras que los otros, de rito latino, viven el celibato. En mi diócesis tengo sacerdotes casados, con hijos, y, en general, tienen más problemas que los demás, pues los célibes pueden dedicarse a la misión a tiempo completo, mientras que los casados tienen que entregar una parte de su tiempo y preocupaciones a guiar y sostener a la familia. Yo les comprendo y ayudo, pero hay que reconocer que la vida familiar es un gran compromiso».

El obispo Bercea recuerda además que, «en el periodo en que la Iglesia fue perseguida, los sacerdotes casados sufrieron más, pues el régimen los chantajeaba amenazando a sus familias, de manera que en ocasiones cedieron, aceptando renegar de la fe. Ahora muchos de estos sacerdotes viven con grandes problemas de conciencia».

EL OBSERVADOR 225-7

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¿USTED QUÉ OPINA?
La UNAM agoniza, ¿le darán el tiro de gracia?
Genaro Alamilla Arteaga

Por fin, ante la felonía, la arbitrariedad, la violencia y la violación de los derechos humanos cometidas por los paristas apoyados por el PRD e inspirados por los rebeldes de Chiapas y por simpatizantes izquierdistas, por fin, decimos, las autoridades del D.F. cumplieron con su deber de guardar el orden público, la paz en la ciudad, sometiendo al orden a los paristas que impedían la libre circulación en el Periférico sur, una de las principales vías rápidas con que cuentan los ciudadanos.

Los infractores no tienen argumentos válidos para defenderse, porque cuando se ejerce un derecho -el de manifestarse, en el caso- violando el derecho de terceros -el de la libre circulación- se convierte en violencia, la que debe impedir la autoridad correspondiente, teniendo entendido que ejercer la autoridad ni es represión ni es fuerza violenta, es fuerza jurídica y legal.

En el caso que nos ocupa, al parecer algunos granaderos se excedieron -habría que investigar si no fue al defenderse del ataque de los manifestantes-, pero, por otra parte, no iban a ejercer su mandato con plumas de pavo. Bien por la regente del D.F. Que continúe así.

Por enésima vez tocamos el asunto de la Universidad cautiva, por lo que ya se sabe y es voz pública, es decir, voz de los ciudadanos, que la máxima casa de estudios está en agonía, la están liquidando, impidiendo que respire con el aliento de los verdaderos estudiantes al impedirles su ingreso, por los robos que a diario padece, por la clausura de -hasta hoy- 9 institutos y 4 centros de investigación, por el destrozo que se hace de toda clase de enseres, etcétera. No es falso que se diga que la UNAM está en agonía. Lo que sería un mal nacional es que le dieran el tiro de gracia, cerrarla en definitiva para abrir una universidad popular y pluralista, lo que tiene sabor de un refinado izquierdismo. Esto ya se ha dicho, no es invento nuestro.

¿Esto es lo que esperan las autoridades responsables? ¿Ya nos estamos acostumbrando a que los problemas crezcan sólo por que la autoridad dice que no oprimirá ni usará la fuerza y no se quiere entender que la autoridad se debe ejercer con el derecho y la ley usando los medios adecuados? Seis meses y el mal sigue creciendo, gracias a la tolerancia y prudencia de las autoridades. ¿Usted qué opina?

EL OBSERVADOR 225-8

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PERDER POR DEFAULT
«El Halloween contra las momias de Guanajuato»
Diego García Bayardo

Otra vez celebramos las fiestas de Todos los Santos y Fieles Difuntos y, como ya se está haciendo costumbre, llegan con ese pegoste llamado Halloween o, mejor dicho, All Hallow'Even. Esta fiesta sajona es un atentado directo contra la cultura de México que ataca dos de las columnas fundamentales del ser nacional: la fe católica y las tradiciones. Insidiosamente, la fiesta gabacha va eliminando altares de muertos, visitas al cementerio y misas de difuntos para poner en su lugar fiestas de disfraces, bailes de discoteca y correrías de mamarrachos, limosnerillos disfrazados de cadáver que, so pena de infligirle alguna pillería, obligan a cualquiera a soltar dulces o dinero. No dudo que pueda ser más divertido andar por ahí haciendo picardías que hacer un altar de muertos; tampoco dudo que estos altares sean ya una tradición decorativa sin fundamento religioso, pues todos sabemos que los muertos no vienen a la Tierra cada 1 y 2 de noviembre a compartir los alimentos con sus deudos. ¿Por qué debemos defender entonces esas costumbres contra el embate yanqui del jálogüin?

Pues porque un pueblo que manda sus costumbres y tradiciones centenarias a la basura sólo por un poquito de diversión y un mucho de complejo de inferioridad es un pueblo condenado a la desaparición. Bien dice la antropología que la fiesta, el rito y la tradición son elementos de gran importancia en eso que llamamos nivel de integración, del cual depende en gran medida la supervivencia de una nación como tal. Pero además, hablando ahora desde la religión, sustituir el Día de Muertos y el de Todos Santos por el Halloween gringo es eliminar dos importantes fiestas del calendario litúrgico, que nos recuerdan nuestro fin último y el papel de la muerte en esta vida y en la otra, a favor de una fiesta céltica, pagana y con resabios de auténtico satanismo, que nos dice que la redención no existe y que nuestros difuntos -sí, su abuelito, su mamá o cualquier otro difunto que usted tenga- son ahora horribles espíritus malignos, sin Dios y sin misericordia.

Y otra vez los católicos, en inconsciente traición a su fe religiosa, decoran sus tiendas y casas con brujas y calabazas, llenan sus tiendas de autoservicio con disfraces y aditamentos asquerosos, organizan fiestas o bailes de Halloween y mandan inadvertidamente, de taquito, en autogol, su cultura y su práctica religiosa al demonio.

Propuestas

* Que las escuelas dejen de organizar fiestas de Halloween ni presten más sus instalaciones para este tipo de actos, o que declaren pública y abiertamente que el mandato constitucional de «proporcionar una educación nacionalista» les vale sorbete.
* Que las autoridades educativas giren orden a las escuelas públicas y muy especialmente a las privadas para que no celebren el Halloween, supervisen que se cumpla la orden y establezcan sanciones para los desacatos que se descubran.
* Que los sacerdotes desde su cátedra desautoricen la celebración del Halloween y adviertan a los fieles sobre sus nefastas consecuencias.
bulletEsta vez parezco más intolerante que de costumbre, pero pregunte a cualquiera si está de acuerdo con que desaparezcan nuestras tradiciones y verá que el 100% de sus entrevistados le dirá que no. Así que mi postura no es nada impopular. Además, el Halloween es el tipo de costumbres que se pueden erradicar fácilmente con sólo repudiarlas públicamente, a diferencia de otras desviaciones que se endurecen más cuando se les ataca.

EL OBSERVADOR 225-9

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Pantalla chica
Grupo Inter Mirifica

Ante la incisiva influencia de la televisión en las conciencias de los individuos, la familia y la sociedad, es imprescindible que ese aparato se utilice con recto criterio, racional y moral, ya que daña seriamente la mente y la conducta de niños y jóvenes principalmente, cuando su contenido atenta contra los valores más trascendentes del ser humano. Afortunadamente, no todos los programas de televisión constituyen una pérdida de tiempo. Algunos son útiles y hasta benéficos para la vida familiar. Pueden seguirse estos criterios para seleccionar los programas televisivos (Stenson, James B. Mejores padres, mejores hijos):

a) Aquellos que contribuyan a reunir a la familia en un solo grupo de espectadores y que además promuevan la conversación durante o después del programa (juegos deportivos, informes presidenciales, actuaciones especiales de artistas sobresalientes, espectáculos bien montados y otros similares).
b) Los que promuevan una completa comprensión y entendimiento de la ciencia, la cultura, la historia, asuntos de actualidad (documentales, entrevistas con expertos, programas con un enfoque positivo en la educación o en la diversión).

De acuerdo con el primer criterio, presentamos dos opciones en la televisión abierta:

Atínale al precio. (Televisa. Lunes a viernes 6:00 P.M. Canal 2)
Programa de entretenimiento familiar sano. Consta de numerosos concursos en los que los participantes deben conocer o adivinar el precio de diferentes productos. Muestra entusiasmo, alegría y solidaridad del público con el participante.

Jeopardy. (Televisión Azteca. Lunes a viernes. Canal 13)
Programa para toda la familia. Concurso de conocimientos generales. Es dinámico y abarca temas asequibles a un público de diferentes edades.

Si se anotan las respuestas en ambos programas puede propiciarse la interacción, diversión y convivencia de los espectadores.

EL OBSERVADOR 225-10

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Tercera edad:
¿cómo agradecerles...?*

Se dice que vivimos en una sociedad de jóvenes en la que se teme a la vejez y se evitan sus apariencias. En este contexto debemos preguntarnos si la llamada tercera edad no es parte de la vida y, por lo tanto, también un tiempo de esfuerzo, de participación, de crecimiento. A partir de nuestro nacimiento empezamos a envejecer, vamos percibiendo cambios físicos, psicológicos y espirituales a lo largo de la vida; por ello, la reflexión y la conciencia del paso del tiempo, del sentido de la vida y de la muerte no deberían sorprendernos.

¿Es la tercera edad una época de decadencia? Podríamos preguntárselo a Goethe, que a los 80 años publicó Fausto; A Cervantes, que a los 68 sacó a la luz la segunda parte de El Quijote, o a Miguel Angel, quien después de los 80 años proyectó su obra en la cúpula del Vaticano; también nos ayudarían Platón, Verdi o Stravinski, quienes realizaron los mejor de su genial obra a los 70 años. No perdamos de vista que, aun cuando no estén registrados en los libros de historia, hay mil y una personas de la tercera edad fecundas y productivas. Todos conocemos a más de una. Ciertamente en la tercera edad no se tiene la jovialidad, la fortaleza física, la salud que se tenía, mas ¿quién dijo que el valor de la vida humana depende de esas características? Es muy esperanzador ver que si bien la «eficiencia» va disminuyendo, va aumentando la capacidad de sentido, la posibilidad de discernir entre lo valioso y sus apariencias, y la sabiduría.

Tal vez la tercera edad resulta tan dolorosa precisamente porque nos hace patente que la vida termina. Sin embargo, «el hombre no ha sido hecho para vivir siempre en la tierra, sino para realizar una tarea humana y luego partir; la muerte puede ser un drama cuando la vida se trunca bruscamente, pero una vida que acaba después de haber dado sus frutos es hermosa» (Sánchez de Armella, Ivonne, A los mayores, Minos, p. 99).

Afirma Romano Guardini, en Las etapas de la vida, que la forma de vida de la persona anciana es la del hombre sabio, es la de quien sabe el final y lo acepta. «El final de la vida sigue siendo vida. En él se realizan valores que sólo en él pueden realizarse. Al aceptarlo, la actitud de la persona adquiere una peculiar calma y una cierta elevación y superioridad en sentido existencial». Al hacernos viejos llegamos a tocar con las manos el fondo de la existencia. En la tercera edad se tiene el especial encargo de prepararse para lo que sigue, para la eternidad.

¿Cómo ayudarles a las personas de la tercera edad a solucionar sus problemas tanto económicos como de salud, de descanso, de integración, de estima propia? ¿Cómo agradecerles la tarea realizada? ¿Cómo hacer que no sean ni se sientan excluidos? ¿Cómo acompañarlos y comprenderlos amorosamente en este entrañable momento de su vida? ¿Cómo cambiar nuestra intransigencia ante sus humanas equivocaciones, nuestra prisa ante su soledad, nuestra certeza ante su misterio, nuestra fuerza ante su debilidad?

Hoy México cuenta con cerca de cinco millones de ancianos. La cifra va en aumento y no estamos preparados para atenderlos ni hemos creado la conciencia en las personas de su existencia, de sus necesidades y de su valor. Tampoco hemos construido la infraestructura que requieren y a la que tienen derecho: asilos, especialistas, parques, programas... Nunca es tarde para tomar conciencia y actuar responsablemente.

EL OBSERVADOR 225-11

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Las leyes y «del dicho al hecho...»
Arturo Lozano Madrazo

Las leyes mexicanas que he conocido son verdaderos paradigmas de sabiduría humana en lo político, en lo económico y en lo cultural. Lo que pasa es que del dicho al hecho hay mucho trecho.

El año fiscal ya está en su etapa culminante y se deben estudiar, analizar y legislar los comportamientos económicos de la nación para el próximo año. Una vez más se incrementará la debilidad económica nacional. La deuda externa ronda por los cien mil millones de dólares y ha sido rebasada por el IMPAB. Dicen que para mediados del año 2000 llegará a los ciento sesenta mil millones de dólares que, convertidos a pesos mexicanos, exceden el billón y medio.

Pero existe el temor de que se reproduzca el momento angustioso que hubo el año pasado en este Congreso que se ha caracterizado por la intransigencia partidista. Además, el Ejecutivo federal, atenido a que se lo permite la ley, envía el presupuesto a las últimas, y así se carece del tiempo necesario para estudiarlo y discutirlo a conciencia. Los diputados y senadores completan el cuadro. Y, como el tiempo se impone, todo hace suponer que el trance doloroso se repetirá este año.

Ya están presentes e incrementándose los chismes «oficiales» sobre las cifras de la inflación del 99 (¿13%?) y la revisión de los salarios del 2000 (¿13% de incremento?), asuntos que, por viejos, rutinarios y persistentes en los últimos años, son históricos y parte interesante del ajetreo nacional. Todo en un contexto en el que lo menos que pasa es que los 45 mexicanos más ricos detentan el 60% del PIB, y cuando el salario mínimo se incrementa en un 65%, las medicinas lo hacen en un 300%, y así seguimos interminablemente en la carrera que existe entre la inflación-devaluaciónpérdida del poder adquisitivo, carrera que no es «parejera» y en la que los salarios mínimos llevan las de perder.

Me integro al Jubileo que la Iglesia católica está llevando a cabo con motivo del año 2000, por lo que incluyo aquí un párrafo de una hermosa oración de Su Santidad Clemente XI que los sacerdotes de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri del templo de san Judas Tadeo nos están brindando: «Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con firmeza; espero en Ti, pero ayúdame a esperar sin desconfianza; te amo, Señor, pero ayúdame a demostrarte que te quiero; estoy arrepentido, pero ayúdame a no volver a ofenderte».

EL OBSERVADOR 225-12

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Reflexiones de una niña en torno a la muerte

¿Por qué morimos?

La muerte es algo que asusta, pero la muerte existe porque así lo hizo Dios. Pero la muerte es algo que ahorita que estás vivo no te tiene que importar. Bueno, yo, como mi familia, pasamos momentos felices o tristes, y yo me pregunto por qué morimos. Nosotros no podemos hacer que ya no exista la muerte, así que yo no le temo. No le temas a la muerte, mejor disfruta que no tienes enfermedad de muerte (Yusi Jiménez, en 1998, a los siete años de edad).

EL OBSERVADOR 225-13

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Opinión
Aceptar la muerte

La muerte nos plantea la exigencia de pensar en presente.

«Velad siempre», dice el Evangelio. El encuentro con el Esposo –es decir, el encuentro con Dios, que ocurrirá cuando esta vida mortal termine– puede estar a la vuelta de un instante.

Hay que planear el futuro, cierto, tener proyectos a corto, mediano y largo plazo. Tenemos, incluso, que sembrar sin esperar cosechar. Pero debemos vivir como si éste fuera el último momento de nuestra vida. Es decir, en gracia, en presencia de Dios, intensamente, amando hoy.

No podemos esperar a mañana para reconciliarnos con nuestro hermano; no podemos posponer el decir: te quiero, te admiro, estoy orgulloso de ti.

La vida es hoy. Y para entenderlo tenemos que aceptar la muerte.

EL OBSERVADOR 225-14

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Los niños ante las computadoras

Estos son algunos de los puntos a favor y en contra que se manejan actualmente acerca del uso de las computadoras en la educación de los niños:

A favor

* La computadora atrae a los niños y les incentiva en determinadas tareas
* Con ella, exploran el mundo mejor que con otros medios
* Desarrollan habilidades útiles para desenvolverse en la vida
* Su uso prepara para un futuro en el que la computadora será predominante
* Crea una nueva forma de interactuar con el profesor
* Fomenta la seguridad de los niños; si se equivocan pueden retroceder
* Son aparatos modernos y útiles
* Tiene posibilidades multimedia: imágenes, animaciones, sonidos...
* Con Internet, un mundo de saberes se pone al alcance de los niños
* Internet favorece el aprendizaje de idiomas
En contra

* Engancha a los niños y les quita tiempo para otras actividades
* No aporta nada a los medios clásicos, como el profesor o un buen libro
* Las destrezas que desarrolla se pueden conseguir por otros medios
* Las computadoras del futuro no funcionarán como las de ahora
* Exige al profesor una formación que puede no tener o no querer tener
* En la vida real es muy posible que los errores sean irreparables
* Son aparatos y programas complejos que se estropean con facilidad
* Los programas muchas veces no cumplen con lo que prometen
* En Internet hay también un mundo entero de contenidos nocivos
*En Internet casi todo está en inglés

EL OBSERVADOR 225-15

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CUADERNO DE NOTAS
Al umbral de la eternidad

¡Qué orgullo para los católicos y para la humanidad completa tener a Juan Pablo II entre nosotros! ¡Qué alegría conocer desde su palabra y su testimonio la grandeza de vida a la que estamos —todos— convocados! Es un faro entre las tinieblas de la noche que cubren el espiritu del hombre. Hoy, en su ancianidad, atacado por la enfermedad del cuerpo, el Santo Padre enciende la voz y exclama: «no tengan miedo, crean, sean felices!»
        
«Encuentro una gran paz —escribe el Pontífice— al pensar en el momento en que el Señor me llame de la vida a la Vida.» ¿Quién de los ancianos puede expresar tan altísima convicción? El que ha depositado su fe en Dios, el que espera la salvación y la vida eterna con la alegría de la certeza. Ya sabemos que al llegar el ocaso de nuestra vida seremos juzgados por las obras que nuestro amor haya realizado. ¿No hemos visto el apagamiento rencoroso, vil, de hombres y mujeres que hicieron su dios del dinero, del atropello, de la acumulación? ¿Se compara su desgarrada torpeza expresiva, su derrumbe moral con las palabras serenas y sabias que hoy Su Santidad le dice a sus hermanos ancianos ante la cercana muerte?
        
Jean Guitton decía que no existe la vejez sino que hay formas complementarias de juventud. A sus 98 años afirmaba que la fuente de su vitalidad era la fe: «no es que crea que hay vida eterna —solía afirmar Guitton—: es que lo sé.» Con palabras más, palabras menos, Juan Pablo II, a sus 79 años, violentado su cuerpo por el Parkinson, por la metralla de la ira y por la fatiga del esfuerzo extremo, viene a explicar lo mismo en esta «Carta a los ancianos». La vida es una peregrinación hacia la casa del Padre: ¿no divisamos con júbilo el farol que ya brilla a lo lejos en el dintel de Su puerta? Nosotros, pobres, pobres, seguimos amarrados a la visión interior del mundo. Una visión cortísima, que no alcanza más que para el temor y el temblor. Qué voz más potente la que nos susurra al oído: «ve, ve adelante, cruza sin miedo el umbral; es lo que esperabas: ése que te sale al encuentro es el Padre eterno; mira a Jesús, ahí, a su lado, María, y los ángeles y los santos...». (J.S.C.)

EL OBSERVADOR 225-16

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Resumen de la carta del Santo Padre Juan Pablo II a los ancianos 1999
«Hablo a los de mi edad, con analogía en mi experiencia»

A mis hermanos y hermanas ancianos!

" Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil
porque pasan aprisa y vuelan "
(Sal 90 [89], 10).

Setenta eran muchos años en el tiempo en que el Salmista escribía estas palabras, y eran pocos los que los superaban; hoy, gracias a los progresos de la medicina y a la mejora de las condiciones sociales y económicas, en muchas regiones del mundo la vida se ha alargado notablemente. Sin embargo, sigue siendo verdad que los años pasan aprisa; el don de la vida, a pesar de la fatiga y el dolor, es demasiado bello y precioso para que nos cansemos de él.

He sentido el deseo, siendo yo también anciano, de ponerme en diálogo con ustedes. Lo hago, ante todo, dando gracias a Dios por los dones y las oportunidades que hasta hoy me ha concedido en abundancia.

Mi pensamiento se dirige con afecto a todos ustedes, queridos ancianos de cualquier lengua o cultura. Les escribo esta carta en el año que la Organización de las Naciones Unidas, con buen criterio, ha querido dedicar a los ancianos para llamar la atención de toda la sociedad sobre la situación de quien, por el peso de la edad, debe afrontar frecuentemente muchos y difíciles problemas.

Los ancianos en la Sagrada Escritura

"Juventud y pelo negro, vanidad", observa el Eclesiastés (11, 10). La Biblia no se recata en llamar la atención sobre la caducidad de la vida y del tiempo, que pasa inexorablemente, a veces con un realismo descarnado: " ¡Vanidad de vanidades! [...] ¡vanidad de vanidades, todo vanidad! " (Qo 1, 2). ¿Quién no conoce esta severa advertencia del antiguo Sabio? Nosotros los ancianos, especialmente nosotros, enseñados por la experiencia, lo entendemos muy bien.

No obstante este realismo desencantado, la Escritura conserva una visión muy positiva del valor de la vida. El hombre sigue siendo un ser creado "a imagen de Dios" (cfr. Gn 1, 26) y cada edad tiene su belleza y sus tareas. Más aún, la palabra de Dios muestra una gran consideración por la edad avanzada, hasta el punto de que la longevidad es interpretada como un signo de la benevolencia divina (cfr. Gn 11, 10-32).

Así pues, a la luz de la enseñanza y según la terminología propia de la Biblia, la vejez se presenta como un "tiempo favorable" para la culminación de la existencia humana y forma parte del proyecto divino sobre cada hombre. "La ancianidad venerable —advierte el libro de la Sabiduría— no es la de los muchos días ni se mide por el número de años; la verdadera canicie para el hombre es la prudencia, y la edad provecta, una vida inmaculada" (4, 8-9). Es la etapa definitiva de la madurez humana y, a la vez, expresión de la bendición divina.

Depositarios de la memoria colectiva

En el pasado se tenía un gran respeto por los ancianos. A este propósito, el poeta latino Ovidio escribía: "En un tiempo, había una gran reverencia por la cabeza canosa". Siglos antes, el poeta griego Focílides amonestaba: "Respeta el cabello blanco: ten con el anciano sabio la misma consideración que tienes con tu padre".

Si nos detenemos a analizar la situación actual, constatamos cómo, en algunos pueblos, la ancianidad es tenida en gran estima y aprecio; en otros, sin embargo, lo es mucho menos a causa de una mentalidad que pone en primer término la utilidad inmediata y la productividad del hombre. A causa de esta actitud, la llamada tercera o cuarta edad es frecuentemente infravalorada, y los ancianos mismos se sienten inducidos a preguntarse si su existencia es todavía útil. Se llega incluso a proponer con creciente insistencia la eutanasia como solución para las situaciones difíciles. Más allá de las intenciones y de las circunstancias, la eutanasia sigue siendo un acto intrínsecamente malo, una violación de la ley divina, una ofensa a la dignidad de la persona humana.

Los ancianos ayudan a ver los acontecimientos terrenos con más sabiduría, porque las vicisitudes de la vida los han hecho expertos y maduros. Ellos son depositarios de la memoria colectiva y, por eso, intérpretes privilegiados del conjunto de ideales y valores comunes que rigen y guían la convivencia social. Excluirlos es como rechazar el pasado, en el cual hunde sus raíces el presente, en nombre de una modernidad sin memoria. Los ancianos, gracias a su madura experiencia, están en condiciones de ofrecer a los jóvenes consejos y enseñanzas preciosas.

" Honra a tu padre y a tu madre "

¿Por qué, entonces, no seguir tributando al anciano aquel respeto tan valorado en las sanas tradiciones de muchas culturas en todos los continentes? Para los pueblos del ámbito influenciado por la Biblia la referencia ha sido, a través de los siglos, el mandamiento del Decálogo: "Honra a tu padre y a tu madre", un deber, por lo demás, reconocido universalmente. De su plena y coherente aplicación no ha surgido solamente el amor de los hijos a los padres, sino que también se ha puesto de manifiesto el fuerte vínculo que existe entre las generaciones. Donde el precepto es reconocido y cumplido fielmente, los ancianos saben que no corren peligro de ser considerados un peso inútil y embarazoso. Este mandato divino es el único al que se añade una promesa: " Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar " (Ex 20, 12; cfr. Dt 5, 16).

Nuestra fuerza está en Dios

Mis queridos ancianos que se encuentran en precarias condiciones por la salud u otras circunstancias, me siento afectuosamente cercano a ustedes. Cuando Dios permite nuestro sufrimiento por la enfermedad, la soledad u otras razones relacionadas con la edad avanzada nos da siempre la gracia y la fuerza para que nos unamos con más amor al sacrifico del Hijo y participemos con más intensidad en su proyecto salvífico. Dejémonos persuadir: ¡Él es Padre, un Padre rico de amor y misericordia! Pienso de modo especial en ustedes, viudos y viudas, que se han quedado solos en el último tramo de la vida; en ustedes, religiosos y religiosas ancianos, que por muchos años han servido fielmente a la causa del Reino de los Cielos; en ustedes, queridos hermanos en el sacerdocio y en el episcopado, que por alcanzar los límites de edad han dejado la responsabilidad directa del ministerio pastoral. La Iglesia aún los necesita. Ella aprecia los servicios que pueden seguir prestando en múltiples campos de apostolado, cuenta con su oración constante, espera sus consejos fruto de la experiencia, y se enriquece del testimonio evangélico que dan día tras día.

No faltan, en la cultura de la humanidad, desde los tiempos más antiguos hasta nuestros días, respuestas reductivas, que limitan la vida a la que vivimos en esta tierra. Incluso en el Antiguo Testamento, algunas observaciones del Libro del Eclesiastés hacen pensar en la ancianidad como en un edificio en demolición y en la muerte como en su total y definitiva destrucción (cfr. 12, 1-7). Pero, precisamente a la luz de estas respuestas pesimistas, adquiere mayor relieve la perspectiva llena de esperanza que se deriva del conjunto de la Revelación y especialmente del Evangelio: Dios "no es un Dios de muertos, sino de vivos" (Lc 20, 38).

Por eso son loables todas aquellas iniciativas sociales que permiten a los ancianos, ya el seguir cultivándose física, intelectualmente o en la vida de relación, ya el ser útiles, poniendo a disposición de los otros el propio tiempo, las propias capacidades y la propia experiencia. De este modo, se conserva y aumenta el gusto de la vida, don fundamental de Dios. Por otra parte, este gusto por la vida no contrarresta el deseo de eternidad, que madura en cuantos tienen una experiencia espiritual profunda, como bien nos enseña la vida de los Santos.

Un augurio de vida

Con este espíritu, mientras les deseo, queridos hermanos y hermanas ancianos, que vivan serenamente los años que el Señor haya dispuesto para cada uno, me resulta espontáneo compartir hasta el fondo con ustedes los sentimientos que me animan en este tramo de mi vida, después de más de veinte años de ministerio en la sede de Pedro, y a la espera del tercer milenio ya a las puertas. A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello. Es hermoso poderse gastar hasta el final por la causa del Reino de Dios.

Al mismo tiempo, encuentro una gran paz al pensar en el momento en el que el Señor me llame: ¡de vida a Vida! Por eso, a menudo me viene a los labios, sin asomo de tristeza alguna, una oración que el sacerdote recita después de la celebración eucarística: In hora mortis meae voca me, et iube me venire ad te; en la hora de mi muerte llámame, y mándame ir a ti.

Señor: cuando venga el momento del "paso" definitivo, concédenos afrontarlo con ánimo sereno, sin pesadumbre por lo que dejemos. Porque al encontrarte a Ti, después de haberte buscado tanto, nos encontraremos con todo valor auténtico experimentado aquí en la tierra, junto a quienes nos han precedido en el signo de la fe y de la esperanza. Y tú, María, Madre de la humanidad peregrina, ruega por nosotros " ahora y en la hora de nuestra muerte ". Manténnos siempre muy unidos a Jesús, tu Hijo amado y hermano nuestro, Señor de la vida y de la gloria. ¡Amén!

Vaticano, 1 de octubre de 1999.
(FIN)

EL OBSERVADOR 225-17

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