El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

21 de noviembre de 1999 No. 228

SUMARIO

bullet PINCELADAS El hijo del rabino
bullet¿USTED QUÉ OPINA? Retomando el tema Iglesia y política
bulletMEDIOS DE COMUNICACIÓN Persona soberana
bulletA DEBATE De la información: ¿Es el derecho o el deber lo que libera?
bulletA LAS PUERTAS DEL TEMPLO Reflexiones sobre la Resurrección
bulletPERDER POR DEFAULT De fantasmas, novísimos y otros espantos
bulletLos doctores Billings y su aporte a la humanidad / I
bulletCUADERNO DE NOTAS En manos de la tele
bulletPaternidad responsable /III

PINCELADAS
El hijo del rabino
Justo López Melús *

El rabino Abrahán tenía fama de santo y dejó este mundo rodeado del afecto de su comunidad. Cuando llegó a la otra vida los ángeles quisieron agasajarle y ofrecerle un homenaje. Pero el rabino, afligido y como ausente, no quería ser agasajado. Finalmente lo condujeron ante el Tribunal, donde se sintió rodeado de una infinita y amorosa benevolencia y oyó una voz que le decía:

– ¿Qué es lo que te aflige, hijo mío?
– Oh, Señor –respondió el rabino–, yo no merezco estos honores. Aunque fuera considerado un ejemplo para los demás, tiene que haber algo malo en mi vida, pues mi único hijo, a pesar de mi ejemplo, ha abandonado nuestra fe y se ha hecho cristiano.

Entonces el Padre Eterno le respondió:

– Eso no debe inquietarte, hijo mío. Comprendo muy bien como te sientes, porque tengo Yo un Hijo único que también se ha hecho «cristiano».

Esto dicen que le pasó a Teodoro Herzl, el fundador del sionismo.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 228-1

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¿Usted qué opina?
Retomando el tema Iglesia y política
Genaro Alamilla Arteaga

En artículo anterior abordamos este tema que ahora está de moda, pero no era posible –por razón de espacio– extendernos más, y se quedaron en la computadora algunas reflexiones que creemos de interés para tener un cuadro más completo sobre asuntos de tanta actualidad y de tanta importancia para mejor conocimiento sobre el binomio Iglesia y Estado en la vida política del país; por eso nos permitimos volver sobre él.

Principiamos con algo muy sencillo: pediríamos con el máximo respeto a personas del mundo oficial, a políticos profesionales, a hombres de Iglesia, jerarquía y seglares, a miembros de partidos o grupos políticos, a los medios de comunicación que, para evitar confusiones, tergiversadas interpretaciones y desviaciones en los juicios que suelen hacer los destinatarios, cuando hagan referencia de la presencia de la iglesia en política activa especifiquen si se refieren a miembros de la jerarquía –diáconos, sacerdotes u obispos– y que prueben esa presencia de política activa partidista, porque entonces sí estarían violando la ley civil y eclesiástica. Pero si se trata de católicos seglares, no hay problema porque como ciudadanos tienen derecho y obligación de estar presentes en política activa porque así lo establece la Constitución, y como creyentes de fe católica saben que «la propia fe es un motivo que les obliga (a los católicos) al más perfecto cumplimiento de todas ellas (las tareas temporales, entre las cuales están las políticas) según la vocación personal de cada uno». Pero los seglares católicos, ejerciendo sus derechos políticos, no son voz de la Iglesia ni la representan; actúan bajo su propia responsabilidad; y los miembros de la jerarquía, participando activamente en política del bien común, apoyan, promueven y enseñan cuanto ayude a crear las «condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones (las instituciones) puedan lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección» (meta y objetivos). Es evidente que entre esas condiciones que señala el Concilio está el que el hombre pueda tener la oportunidad de formarse en la ciencia política y en lo cívico-político; aquí es donde la Iglesia jerárquica –como maestra que es de humanidad– cumple con su función de participar en política activa del bien común.

Desgraciadamente seguimos padeciendo el analfabetismo cívico-político y, por lo tanto, carecemos de una verdadera cultura política, a tal grado que el mismo señor Cárdenas quiere que se reforme el artículo 130 para que los ministros de culto puedan hasta llegar a ocupar puestos públicos, ignorando que al menos en la Iglesia católica les está prohibido, aun cuando en lo civil se permitiera. Carencia de cultura política. ¿Usted qué opina?

EL OBSERVADOR 228-2

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Medios de comunicación
Persona soberana
Santiago Norte

Una de las (tantas) intuiciones geniales del escritor checo Franz Kafka fue adivinar lo que podríamos llamar hoy la inflación del Estado moderno, que no es otra cosa sino la eliminación –paulatina, letal– del principio occidental y cristiano de la persona como origen y meta de la organización social, En pocas palabras, hemos pasado de la persona soberana (en teoría) a la persona esclavizada a las decisiones del Estado (en la práctica). La nación (tierra de nacimiento) dejó de ser una patria (lugar de nuestros padres), para condensarse en una «razón de causa mayor», en donde lo que se hace, las leyes que se generan, las teorías que no se discuten solamente tienen pertinencia si el grupo en el poder se identifica con ellas.

Bonita paradoja: el Estado debería velar por el desarrollo de las personas, y ahora son las personas las que están al servicio del desarrollo del Estado. Kafka, por ejemplo, en su aterradora (y actualísima) novela (¿sería novela esta alegoría que describió hasta el último detalle los campos de exterminio nazis y los vericuetos de la soledad contemporánea?) El proceso, anuncia esta desventaja brutal entre el individuo y el Estado al narrar el juicio al que es sometido un ciudadano cuyo apellido (sobrenombre, quizá su única partícula elemental de aferrarse a la vida) es «K», por un delito que nunca conoce y del cual se le niega explicación alguna. Para el Estado kafkiano (el nuestro) sólo cabe ser rehén, ser culpable, bajar la cabeza y enterarse de la «falta» sin tener jamás ningún derecho a responder, a replicar. Un Estado totalitario, dictatorial, porque quita la conversación y la sustituye por el dictado (vertical, de arriba a abajo). La dictadura dicta la palabra hablante: o por las armas o por los medios de comunicación; mas su imposición es notoria, y tanto que hoy cualquier análisis sobre la realidad de fin de milenio tiene que pasar por esa estación obligatoriamente: el escamoteo del habla al hablante; el robo del significado al ser significante, en fin, la regularización de la vida en él plantea a partir del vender y el comprar, del poseer y actuar, en detrimento del desprenderse y reflexionar.

Es más, los derechos no son –desde esta perspectiva– lo propio de la persona por el mero hecho de ser persona: se le «otorgan» (como dice en su primer párrafo –ya desde ahí comienza el problema– de la Constitución mexicana), se le regalan como un obsequio de «los de arriba». Y así como se le dan, se le pueden quitar. A esas hemos llegado. Al personaje de Kafka se le condena o se le absuelve sin que sea culpable o inocente: sirve al engranaje de su sistema que saberlo que nos conviene, y que no busca más que el bienestar de nuestra familia... Sirve de pretexto para explicar la burocracia, el presupuesto, los juzgados, la «mordida», la oficialía de partes, las comisiones coordinadoras, las subdelegaciones y, por supuesto, los sueldazos de los funcionarios. Como el Estado está en todos lados, no está en ninguno, siguiendo a Durkehaim. Y como últimamente ha declarado, a través de los gobiernos que no quieren tomar parte ninguna en la vida de las personas, el hueco se llena con la cháchara de los medios, que son una especie de Estado moderno: la dictadura de la máquina sobre la persona: el habla se convierte en reflejo del instrumento: no desafía ni intuye: acata.

El verdadero cambio en la política –ése que anhelamos los hombres de hoy, y en especial los mexicanos, pero que cada vez se sitúa más hacia la línea del lejano horizonte– sería que la persona recuperase su lugar de privilegio en las decisones de la autoridad, en los planes de gobierno, en la conducción de la economía. La persona concreta, con su libertad concreta, con su necesidad (su sed) de trascendencia. Pero, sobre todo, la persona como un ser dialogante, esperanzador, constructor de una libertad que le es protegida por el Estado como un tesoro. Recuperar el habla, reformar el lenguaje, bajarle el volumen a la televisión, a la radio, a la prensa: hacerlos que digan palabras de verdad, reglamentar sus dichos, someterles para que no fijen las normas de una moderna dictadura electrónica.

EL OBSERVADOR 228-3

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A DEBATE
De la información: ¿Es el derecho o el deber lo que libera?
Javier Algara Cossío * / San Luis Potosí, S. L. P.

A DEBATE
De la información: ¿Es el derecho o el deber lo que libera?

Javier Algara Cossío * / San Luis Potosí, S. L. P.

A DEBATE
De la información: ¿Es el derecho o el deber lo que libera?
Javier Algara Cossío * / San Luis Potosí, S. L. P.

Los grandes filósofos están de acuerdo: la verdad es lo que hace libre al hombre. San Juan afirma en el capítulo octavo de su evangelio que el Señor también concuerda con ese pedazo de sabiduría. Y todo el mundo sabe que uno de los medios con mayor posibilidad de servicio para la verdad es la información. Por eso todo el mundo quiere tener parte en el dominio o posesión de la información. La cosa ha llegado a tales extremos que «información» ha venido a ser casi sinónimo de «libertad», por una machincuepa semántica que ha venido a substituir el fin con el instrumento. Es lógico: hay todo un proceso de raciocinio- de antaño y de hogaño- detrás de todo esto. El poder otorga a su poseedor dominio sobre sí mismo y sobre aquellos pobres mortales que no lo tienen; el poder es hijo de la posesión de información, porque ésta es instrumento de la verdad. Si se tiene acceso a la información, entendiendo esto como posesión de datos objetivos de la realidad, se da el poder de modificar la propia vida para que se adecue a esos datos y se libere de aquello que no le es necesario. De este primer poder liberador, con diferencias importantes de matices, hablan tanto el Señor como los filósofos. Se puede también, con los datos de la realidad en la mano, ofrecerlos a otros, que nos los tienen, a cambio de servicios especiales en una parodia de trueque libertador o, peor aún, modificar los datos para crear una realidad que no existe y venderla al pueblo como genuina y libertadora verdad. Las historias nacionales de muchas naciones no son sino una verdad mendaz, utilizable principalmente para beneficio de tiranías, plutocracias y otras maldades semejantes.

Hace unos días se debatió en la Cámara de Diputados un asunto cuyo núcleo radica precisamente en el alcance y relación mutua del derecho a la información y sus deberes consecuentes. El PRD propuso que la lista del Instituto de Protección al Ahorro Bancario (IPAB) que contiene los mil y pico nombres de personas o empresas señaladas como casos irregulares por el ya legendario auditor Mackey pasara a manos de la Cámara de Diputados. El PAN se opuso parcialmente a esa iniciativa basado en el uso que anteriormente el PRD ha dado a listas semejantes. En primer lugar los perredistas han dado a conocer las listas a todo mundo, y además han dado a entender que si alguien está inscrito en ellas es que es un «defraudador» de la banca nacional, un pillo de siete suelas, como si «irregular» e «ilegal» fueran términos intercambiables. Es un hecho que muchos mexicanos están en las listas fatídicas por maluso de la riqueza nacional, pero es igualmente verídico que muchos mexicanos enlistados están ahí porque las crisis financieras los ahogaron y no han podido pagar sus deudas. Muchos ciudadanos inocentes incluso ni siquiera saben que están en las listas porque sus bancos nunca les informaron que los habían «cedido» a FOBAPROA. El PAN ofreció una contrapropuesta: que se divulguen las listas de aquellas entidades a las que se les haya comprobado dolo; los demás nombres deben seguir en posesión reservada del IPAB.

¿Usted qué opina? ¿Proporcionará esta información a los diputados federales un instrumento al servicio de la verdad liberadora? ¿Será México más libre por el simple hecho de saber la lista de todos los deudores, tanto los buenos como los malos? ¿Qué es lo que hace libre: el derecho a la información, o sus deberes cumplidos?

EL OBSERVADOR 228-4

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A las puertas del templo
Reflexiones sobre la Resurrección
Javier Sicilia *

La Resurrección es la culminación del misterio redentor de Cristo. Es el misterio en el que Dios encarnado, hecho hombre, vence a la muerte y abre de nuevo el Cielo para el hombre. Es la consecuencia de la Encarnación y la crucifixión. Misterios que se suceden en el tiempo (no sólo en el histórico –el periodo de la vida de Cristo–, sino también en el ciclo litúrgico de la Iglesia, que los conmemora en distintos momentos del año), pero que son simultáneos en la eternidad de Dios. En ese sitio, inimaginable para nosotros, y sólo representable en la celebración cotidiana de la liturgia eucarística (esa celebración que al moverse dentro del espacio poético del signo nos permite, a través de la analogía, manifestar lo invisible en lo visible), Cristo encarna, pasa por la cruz y resucita, en un mismo momento: el del amor. Pues sólo desde la dimensión del amor un conjunto de hechos, que parecen concatenados en la sucesión del tiempo, pueden experimentarse y comprenderse como una realidad simultánea.

Y en efecto, la crucifixión y la Resurrección están ya dadas en el acto inmensamente amoroso de la Encarnación. En el momento mismo en que Dios decide renunciar a su divinidad, vaciarse de ella, para hacerse hombre, en ese mismo instante sucede todo lo demás. Sólo renuncia a sí mismo quien ama para que otros vivan, y quien renuncia a sí se abaja y se crucifica. Pero, al mismo tiempo, porque su desposesión hace vivir a otros, resucita. Pues la posesión de su vida se hace plena en el amor, se hace vida en sí y nos arrastra a ella. Así, en el misterio crístico, la crucifixión y la resurrección son sólo evidencias en el tiempo de un hecho que está plenamente dado en la Encarnación. Si se llega a comprender este misterio, los otros dos quedan iluminados inmediatamente.

Jesús lo sabe y, desde el principio, sin privarse del dolor y la angustia que comporta en el tiempo la experiencia de la muerte, no ceja de clamar de qué muerte ha de morir y en qué momento ha de resucitar. No ceja tampoco de clamar que quien quiere salvar su alma debe de perderla, y quien quiera seguirlo y acceder a la resurrección debe pasar por la desposesión y el dolor infinito de la cruz. No hay resurrección sin ella, pues no hay vida sin amor y no hay amor sin renunciamiento de sí.

Dios «se agota –como dice Simone Weil– a través del espesor infinito del tiempo y del espacio para (a través del misterio redentor) alcanzar al alma, seducirla» y salvarla. Si ella se deja tocar por un primer movimiento de renuncia de sí que la hace quedar abierta al misterio del infinito, aunque sólo sea por el tiempo que dura un parpadeo, entonces «Dios hace su conquista. Y cuando ella se convierte en algo íntegramente de Él» (por la misma pedagogía con la que se revela en Cristo: la renuncia, kénosis –que quiere decir vaciamiento–, que se da en la Encarnación y que se expresa con todo el peso de la evidencia en la soledad y el silencio de Dios en la cruz), «la abandona. La deja completamente sola», y ella entonces, a su vez, pero (a diferencia de Cristo, que vive, en su profunda vinculación con el Padre, plena y lúcidamente el misterio redentor) tanteando, debe atravesar el espacio, en busca de Aquel que ama» y que se le reveló en Cristo. «Así, el alma rehace en sentido inverso el viaje que Dios hace hacia ella. Y eso es la cruz». Pero también la resurrección que ya está en ella por el misterio de Cristo, pero que encontrará plenamente realizada al final de la experiencia kenótica de la muerte.

EL OBSERVADOR 228-5

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PERDER POR DEFAULT
De fantasmas, novísimos y otros espantos
Diego García Bayardo

Hace mucho tiempo, se puso de moda en la Iglesia la meditación acerca de las cosas últimas y del destino final del hombre; el Cielo, el Purgatorio y el Infierno se convirtieron en tema de sermones, libros y oraciones. Esta línea de pensamiento confrontó a muchas personas con la realidad de la muerte y la vida eterna, de manera que muchos experimentaron un fuerte impulso hacia la conversión o, por lo menos, a llevar una vida menos disipada. Esta es la parte buena de la historia.

Lo malo es que en este mundo nada viene sin su opuesto, y la reflexión acerca de dichos temas, los famosos novísimos, llevó a muchos también a entender la religión como una cosa de miedo, donde las trompetas del juicio estaban siempre listas para sonar y el Padre nuestro se convertía en el Juez terrible. La meditación de los novísimos fue abandonada.

Pasó el tiempo y la gente olvidó el miedo a aquel Dios castigador, pero también olvidó que existe la vida eterna, se empantanó en la vida presente y empezó a creer que las palabras Cielo, Infierno, ángeles, demonios, etc. solamente se referían a antiguas fábulas y cuentos para espantar a los niños malcriados. Por eso hubo tantas malinterpretaciones cuando el Papa habló recientemente en sus catequesis sobre el Cielo, el Purgatorio y el Infierno.

Hace poco, en el número 220 de El Observador, Mons. Joaquín Antonio Peñalosa comentó una encuesta, realizada por cierto instituto, sobre las creencias de algunos mexicanos. Según esta encuesta, ante la pregunta: ¿Cree usted en los espíritus?, el 64 por ciento de los entrevistados dijo que no. Parece que los católicos de hoy creen que no tienen espíritu y que al morir simplemente dejarán de existir. Con razón el 42% de los entrevistados negó creer en la otra vida. El 64% dijo que no cree en el diablo, y eso ya es casi una herejía, pues Cristo, cuya palabra no tiene mentira, habló muchas veces de el diablo y sus demonios y hasta se enfrentó con él una vez. Quién sabe qué clase de católicos son los católicos de hoy en día. Ya ni nos extraña que el 75% de los entrevistados haya negado que pueda existir la comunicación con los muertos: según esta gente, no tiene caso rezarle a los santos, pues, como usted sabe, están muertos; la comunión de los santos es negada en dicha respuesta.

Hasta aquí las respuestas demuestran que el abandono de los novísimos ha tenido consecuencias nefastas en la fe popular, pues una fe que desconoce el futuro y niega la vida espiritual es una fe completamente materialista. Hemos inventado el «materialismo católico», tan nocivo y espantoso como el «materialismo histórico» (socialismo).

Pero resulta muy interesante observar que el propio Mons. Peñalosa cae en una incredulidad semejante. Ante la situación de que un 25% de los entrevistados cree en las brujas y un 17% cree en fantasmas, Mons. Peñalosa se manifiesta sorprendido, preocupado y divertido, y demuestra que él no cree en esas cosas. Yo le preguntaría entonces:¿Por qué la mayoría de los sacerdotes nos prohíben a los fieles recurrir a la brujería? ¿Por qué los apóstoles hacían que los brujos convertidos quemaran sus libros de magia? ¿Por qué los exorcistas dicen que la brujería es uno de los caminos más fáciles para que comience una opresión, una obsesión o una posesión diabólicas? En cuanto a los fantasmas, no hay familia en la que por lo menos un miembro no asegure haber visto alguno, y muchos sacerdotes católicos, cuando se sienten en confianza, cuentan historias de fantasmas incluso con el protagonista en primera persona. Las historias de fantasmas son universales en el tiempo y el espacio, por lo que deben encerrar un fenómeno que sólo podrá ser explicado satisfactoriamente cuando se les estudie con seriedad y dejen de ser simplemente negadas o ridiculizadas.

Propuestas

* Que regresen los novísimos a la catequesis popular, cuidando no llevarlos a excesos como los del pasado.
* Los católicos, a diferencia de los cristianos fundamentalistas, nos permitimos vivir la religión y desarrollar la ciencia al mismo tiempo. Que científicos católicos analicen con rigurosa metodología empírica los fenómenos sobrenaturales como las apariciones fantasmales, para que aclaren definitivamente si existen o no. Insisto que, en nuestro actual estado de conocimientos, es tan anticientífico creer en fantasmas como negar que existan.
* Si los demonólogos y, sobre todo, los exorcistas insisten en decir que la magia negra sí puede ser efectiva, que se investigue definitivamente el problema y todos los sacerdotes unifiquen su criterio.

EL OBSERVADOR 228-6

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Entrevista
Los doctores Billings y su aporte a la humanidad / I
Yusi Cervantes

¿Qué los motivó a comenzar esta investigación?, preguntamos a los doctores Billings. «La bondad de la gente», fue su respuesta.

La bondad del ser humano exige un método de planificación familiar seguro, eficaz y que no menoscabe en ningún sentido su integridad personal. Hacia 1953 la necesidad de muchísimos matrimonios de encontrar un método con esas características movió a los doctores Billings a comenzar una exhaustiva investigación en torno a la fertilidad humana. El método de ovulación, dado a conocer oficialmente en 1964, ha seguido refinándose y simplificándose hasta como hoy lo conocemos. Los Billings estuvieron en México dando conferencias e impartiendo cursos. En un rato entre dos de éstos, nos recibieron. Quisimos saber por qué un método de planificación familiar que es indiscutiblemente tan bueno no ha sido, sin embargo, más ampliamente aceptado por las propias parejas e incluso por los programas familiares de los gobiernos.

JOHN.- Hay varias razones. Las parejas lo aceptarían si escucharan que existe, pero es difícil hacerles llegar la información porque no hay fondos para ello y los gobiernos no apoyan la difusión del método. No sólo las personas no lo conocen, sino que en ocasiones hasta las desaniman respecto a él quienes se oponen a los métodos naturales.

EVELYN.- Valdría la pena llevar a cabo un esfuerzo por difundirlo. Una prueba de su bondad y buen funcionamiento es que quienes lo han aprendido se quedan con él.

JOHN.- Otra causa por la que no es aceptado es que muchos doctores no lo conocen y lo confunden con el ritmo; por lo tanto, no lo recomiendan. Por otra parte, debemos tomar en cuenta el hecho de que existen quienes se benefician económicamente con los otros métodos. Y también ocurre que hay algunas personas tan faltas de criterio que consideran a éste como un método estrictamente católico, siendo que tiene fundamentos biológicos.

¿Es el suyo un método que pueden usar todas las personas?

EVELYN.-
Es un método para todo el mundo y ya se ha demostrado. Lo usan lo mismo musulmanes, budistas, católicos y ateos... no importa la religión ni la raza. Y es tan sencillo que incluso una mujer analfabeta es capaz de aprenderlo. Puede emplearse en cualquier época de la vida, también en la lactancia y la menopausia.

¿Cuáles son las principales objeciones que se le hacen al método?

EVELYN.- Algunas personas dicen que quieren tener relaciones sexuales todo el tiempo.

JOHN.- Sexo instantáneo, como el café.

EVELYN.- Pero esto no va de acuerdo con la naturaleza humana, ni siquiera con la biológica, porque debe haber tiempos de descanso en la relación sexual. Y cuando el descanso coincide con las diferentes partes del ciclo de la mujer, se puede usar este método para las decisiones que tome la pareja.

JOHN.- Es un método que restaura y ayuda a entender que el amor no es sólo relación sexual. Si la relación sexual se lleva a cabo con demasiada frecuencia, es también menos satisfactoria y atractiva. Es como tener un desayuno superopíparo, una comida y una cena superopíparas. Y esto no un día, sino diez... Cuando esto sucede en las relaciones sexuales, la insatisfacción lleva a las personas a cambiar su inclinación sexual y a buscar afrodisiacos. ¡No saben que el mejor afrodisiaco es la abstinencia!

EVELYN.- Tener un poco de hambre es más satisfactorio.

JONH.- Si lo que un matrimonio busca es la relación física, seguramente no va a durar. Sucede en muchos de los matrimonios actuales: los une la relación sexual, por eso fracasan.

EVELYN.- Es necesario el amor, aunque sea lo único que exista.

(Entrevista publicad en la revista Señal, núm. 1604, junio de 1990)

EL OBSERVADOR 228-7

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Cuaderno de notas
En manos de la tele

Las «primarias» del PRI –que fueron históricas no tanto por el resultado, sino por el tiempo que tardaron en producirse– arrojaron una lección: en México ha desaparecido todo vestigio de sabiduría política para darle vía franca al «conocimiento» en esta materia tan delicada, tan necesaria, impartido por la televisión.

Nadie de buena fe podrá objetar que las elecciones internas del tricolor fueron guiadas, monitoreadas, disputadas en y desde la pequeña pantalla. Desde la boda de Azcárraga Jean hasta los espacios publicitarios Triple A, la lucha entre Madrazo y Labastida (¿Salinas contra Zedillo?) no cejó de dirimirse en la tele comercial: es ahí donde seguirá jugándose el futuro político de nuestro país.

Por lo mismo, la transición hacia la democracia simplemente ha enloquecido: estamos frente a una transición despistada, donde nadie sabe qué quiere ni para que lo quiere, y dónde la «lógica» (ilógica) del poder (por el poder mismo) se impone sobre toda otra consideración; por ejemplo: el bien de la nación, el desarrollo de la sociedad, la nivelación de la riqueza, etcétera.

En manos de la televisión, ya sabemos lo que nos espera: un país donde las ganancias se privatizan y las pérdidas (por ejemplo, el rescate bancario) se socializan. Esto es, el mismo espectáculo, nada más que ahora degradado, llevado a niveles de indecencia que no solamente son incapaces de promover la participación social, sino que inducen a las claras hacia la depauperización moral, el reino del «sálvese quien pueda», el lugar en el que cada quien toma para sí y para su provecho lo que es de todos y para provecho de todos. En efecto, la transición ha enloquecido: ahora debemos preparar la consecuencia inmediata que consistirá en el desbordamiento de la moral pública por el egoísmo del poder individual o de grupúsculo.

En México –hay que decirlo todo– se ha resquebrajado el sistema tradicional de mediación o de socialización (parroquia, escuela, familia) a través del cual adquirimos opinión y noción de ciudadanía. Ni la Iglesia ni los maestros ni los padres tienen hoy mucho qué decir a las nuevas generaciones. En cambio, la televisión les dice absolutamente lo necesario para moverse en el mundo, para saber de qué van las cosas, para entender el sentido de los acontecimientos.

Las antiguas redes de protección (que también eran redes de comunicación) hoy yacen desgarradas, expuestas al viento devastador de la pequeña pantalla. La educación –palanca del desarrollo– queda disminuida a la exposición del televidente a temas insulsos, sensacionalistas, amarillentos. La democracia, por citar el ejemplo canónico, se ve reducida a una batalla de imágenes, vituperios, balandronadas y tonterías. Cuando la publicidad se convierte en el mecanismo de lanzar ideas políticas, la política deriva en –con perdón de ellas– pleito de vecindad, además de en artículo comercial, de consumo. (J. S. C.)

EL OBSERVADOR 228-8

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La familia ante el nuevo milenio
Paternidad responsable
(Parte III)

Hasta que los hijos se vayan

La paternidad responsable, es obvio, no termina con la decisión de cuántos hijos tener y cuándo, ni con la elección del método de planificación familiar. La paternidad responsable es un compromiso que continúa a lo largo de los años, hasta que los hijos sean adultos.

Significa acoger, amar incondicionalmente, educar, respetar, estar atentos y ser sensibles a las necesidades de nuestros hijos. Significa también dar testimonio con la propia vida. Los hijos necesitan tener padres responsables cuando son bebés, en su infancia, en su adolescencia y en su juventud.

No es suficiente con el amor y el sentido común para ser buenos padres. Tenemos que prepararnos para serlo. Para esto podemos acudir a libros, cursos, conferencias, escuelas para padres, al intercambio con los maestros y otros guías de nuestros hijos, a la orientación del sacerdote y de profesionales relacionados con la salud y la educación. Sin olvidarnos también de acudir a nuestros propios hijos, de conocerlos realmente, saber quiénes son, qué sienten, qué opinan, qué quieren...

Tenemos que procurar su salud integral, su desarrollo óptimo y que logren interactuar en forma comprometida con la comunidad. Esto implica tener al menos nociones básicas de pedagogía, psicología, higiene, ética, religión... Y tener también conciencia de la realidad externa a la que se enfrentan nuestros hijos: la situación del mundo, la sociedad en que vivimos y el papel que les corresponde en este ámbito.

Paternidad responsable es educar a nuestros hijos. ¿Y qué pretendemos al educar? ¿Cuál es el objetivo que queremos alcanzar? Cuando educamos, pretendemos dirigir al niño a otra situación concreta: la de adulto; un cambio que se logra lentamente, de acuerdo con el proceso evolutivo del niño. Necesitamos, por tanto, saber primero qué es un niño*.

Hace falta conocer las necesidades del niño (de ternura, afecto, protección...); la evolución del niño, sus diferentes etapas, los cambios que van ocurriendo en su inteligencia, su afectividad, su sociabilidad y la personalidad de cada niño en particular*.

Este niño habrá de convertirse en adulto. ¿Qué entendemos por adulto? Un adulto es una persona responsable, sabe hacer uso de su libertad, tiene madurez afectiva y social, se acepta a sí mismo y se adapta al cambio. Es un ser completo, por tanto, está abierto a la trascendencia*.

La transformación del niño en adulto debe hacerse de un modo armónico, es decir, la educación debe ser integral, debe desarrollar todas las facultades, todas las dimensiones de la persona*.

Ser padres responsables es algo íntimamente ligado al sentido de la vida. Es ayudar a otros seres humanos a ser y estructurarse como tales. Es construir un mundo mejor. Es realizar una vocación humana que va de la mano con la vocación para el matrimonio y, finalmente, con la vocación para el amor. (YUSI CERVANTES)

* Tomado del primer tema del curso para padres de ECCA, escuela para padres.
(FIN)

EL OBSERVADOR 228-9

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