El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

12 de diciembre de 1999 No. 231

SUMARIO

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PINCELADAS El falso asceta y el elefante

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A DEBATE «Pero si yo me porto rete bien...»

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ENTREVISTA Los doctores Billings y su aporte a la humanidad /III

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CRÍTICA DE MEDIOS DE COMUNICACOÓN Educar en la duda

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A LAS PUERTAS DEL TEMPLO In memoriam Joaquín Antonio Peñalosa

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PERDER POR DEFAULT Esas cosas que llaman «posadas»

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Oposición de Schulenburg a que Juan Diego sea canonizado

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CUADERNO DE NOTAS Otra vez: qué pena, señor ex Abad

PINCELADAS
El falso asceta y el elefante
Justo López Melús *

Había un rey en la India que tenía un elefante loco que le destruía todo lo que encontraba, y nadie le hacía nada porque era del rey. Un falso asceta se fue por donde estaba el elefante, pues confiaba en su sabiduría ya que su maestro le había enseñado a ver a Dios en todas las cosas. Y aunque le aconsejaban que se apartara del elefante, no quiso hacer caso. Se sentía tan fuerte que no le importaban los peligros.

Apenas había recorrido un breve trecho de camino, apareció el elefante, lo alzó del suelo con la trompa y lo lanzó contra un árbol. Él se puso a gritar de dolor. Los soldados del rey se presentaron y lo salvaron. Él fue a su maestro y le dijo:

– Es falso lo que me enseñaste. Me dijiste que viera en todas las cosas a Dios, y mira lo que me pasó.
– ¡Qué estúpido eres! ¿Por qué no viste a Dios en los habitantes de la aldea que te previnieron contra el elefante?

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 231-1

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A DEBATE
«Pero si yo me porto rete bien...»
Javier Algara * / San Luis Potosí, S. L. P.

Los católicos somos muy dados a usar la frase que sirve de título a este escrito cuando queremos escapar de la monserga de una invitación a la confesión, a la Misa dominical, a estudiar la Biblia, etc. Probablemente sí nos portamos bien y lo que queremos decir es que con nuestras buenas acciones basta; lo demás es simplemente un «plus» perfectamente opcional. Estamos seguros de que la buena acción es la llave que abre el Cielo. Recientemente el Vaticano firmó una declaración conjunta con la Iglesia Luterana. Su lectura nos pone a pensar a los católicos si nuestra confianza ilimitada en el valor de las buenas obras tiene fundamento y si no necesitamos una desempolvadita a nuestros conceptos sobre las condiciones de la salvación.

Entre otras muchas cosas, la dicha declaración dice, en su número 19: «Juntos –luteranos y católicos– confesamos que en lo que atañe a su salvación, el ser humano depende enteramente de la gracia redentora de Dios. La libertad de la cual (el individuo humano) dispone respecto a las personas y las cosas de este mundo no es tal respecto a la salvación porque por ser pecador depende del juicio de Dios y es incapaz de volverse hacia él en busca de redención, de merecer su justificación ante Dios o de acceder a la salvación por sus propios medios. La justificación es obra de la sola gracia de Dios.» Más claro: el agua. Si bien el documento de marras prosigue señalando las diferencias entre las dos Iglesias y subrayando la creencia católica sobre la posibilidad de que el ser humano coopere con Dios en su propia salvación (ibídem n. 20), el mismo texto dice que incluso la capacidad humana de cooperar en su propia justificación es obra de Dios. Ojalá esté yo equivocado, pero sospecho que la mayor parte de los católicos tenemos una idea bastante nebulosa de esta parte tan importante de nuestra doctrina. ¿De dónde nace entonces esa confianza católica en la suficiencia del acto bueno personal? ¿Catequesis defectuosa o ineficiente? ¿Predicación dominical superficial? ¿Desinterés por las lecturas católicas? ¿Sobrerreacción ante el protestantismo que niega hasta la capacidad humana de colaborar con Dios? ¿Hipervaloración propia? Sea como fuere, es urgente reparar ese defecto; sus consecuencias están a la vista: exagerada atención a la actividad de servicio con minimización de la vida litúrgica y comunitaria, apego superficial a la «línea gruesa» de los mandamientos («yo ni miento, ni mato, ni robo... por eso voy a Misa sólo cuando me nace»), desvalorización del papel de la Iglesia, etc. La peor de estas consecuencias es que Jesucristo se convierte en personaje de relativa importancia frente a los modelos salvadores más populares. El Señor Jesús es visto por algunos como un simple par del Che Guevara o Emiliano Zapata. No sólo eso, sino que a personajes cuya actividad a favor de los marginados es fruto de una intensa vida de fe: la Madre Teresa, Samuel Ruiz y otros, se tiende fácilmente a incluirlos en el extenso panteón de los filántropos activistas y a respetarlos simplemente como tales, como si sus actos de entrega generosa a los pobres y enfermos fueran el resultado de la autodisciplina y no de la justificación de la fe, que capacita a la persona a esa donación de si misma al hacerle saber que en definitiva lo más importante es la voluntad de Dios. Las obras buenas del cristiano son el resultado, y el testimonio más claro, de la justificación por la fe. «Juntos confesamos que las buenas obras, una vida cristiana de fe, esperanza y amor, surgen después de la justificación y son fruto de ella. Cuando el justificado vive en Cristo y actúa en la gracia que le fue concedida, en términos bíblicos, produce buen fruto. Dado que el cristiano lucha contra el pecado toda su vida, esta consecuencia de la justificación también es para él un deber que debe cumplir. Por consiguiente, tanto Jesús como los escritos apostólicos amonestan al cristiano a producir las obras del amor», dice el documento en su número 37.

El espacio de un artículo de periódico no da para mayor profundización. Ojalá que se hiciera un esfuerzo eclesial para hacernos a todos los cristianos conscientes de esta característica de nuestra vida.

* El autor es diputado federal por el estado de San Luis Potosí.

EL OBSERVADOR 231-2

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ENTREVISTAENTREVISTA
ENTREVISTA
Los doctores Billings y su aporte a la humanidad /III
Yusi Cervantes Leyzaola

El tiempo pasó rápidamente y la doctora Evelyn Billings se despidió de nosotros, pues debía ir a un curso para jóvenes. Quedamos entonces con su esposo.

Efectos nocivos de otros métodos

¿Es abortiva la píldora?

JOHN.- Ciertamente tiene efectos abortivos, pues daña el recubrimiento del útero, el endometrio. Puede ser que la píldora provoque que no se presente la ovulación; también daña el cuello del útero, lo que impide la entrada de los espermatozoides. Aun así, en algunos casos ocurre la fecundación, pero el embrión no puede anidar con ese endometrio dañado.

¿Es abortivo el DIU (dispositivo intrauterino)? ¿Qué daños causa? ¿Es verdad que en algunos países dejó de producirse por sus efectos negativos?

JOHN.- Definitivamente es abortaciente. Tiene efectos que, en ocasiones, evitan la concepción, pero también destruye al embrión. Y sí, presenta complicaciones serias: destruye la fertilidad, provoca embarazos ectópicos (fuera del útero), infecciones y aborto séptico (la mujer se embaraza con el DIU instalado, por el que se introduce la infección. El embarazo es infeccioso. En todos los casos el bebé muere y la mujer puede sufrir septicemia: envenenamiento de la sangre). El DIU está saliendo de uso especialmente en Estados Unidos, Europa y Australia, y lo más seguro es que salga definitivamente.

¿Tiene efectos físicos el ligado de trompas?

JOHN.- Sí. En primera instancia, están los riesgos ordinarios de todo tipo de operación. Cuando la técnica es cauterización, en ocasiones se queman otras partes. Puede ser que la mujer, después de ligada, de todas formas se embarace y que este embarazo sea entonces ectópico. Un 25 % de las mujeres después de la operación sufren menstruaciones profusas, sangrados muy grandes que son muy difíciles de curar por medio de medicamentos, así que tienen que practicarles una histeroctomía.

Independientemente del aspecto moral, ¿es el preservativo un método efectivo para prevenir el SIDA?

JOHN.- Definitivamente no sirve para prevenir el SIDA. De hecho, se puede acusar a los programas que lo promueven de ser totalmente irresponsables. Es seguro que en muchos casos se ha transmitido la enfermedad aun con el uso del preservativo.

Más de 50 millones de parejas beneficiadas

El amor, han dicho los doctores Billings, significa un poco de trabajo arduo que se cristaliza en aspectos prácticos. En este sentido proponen un método de planificación familiar altamente efectivo: no hay ningún otro que lo sea más y que no sea dañino. Éste, por el contrario, construye y fortifica a la familia, enseña a amarse el uno al otro.

¿En qué parte del mundo tiene más aceptación el método?

JOHN.- En todas partes. Pero es en los países pobres donde se difunde más, sencillamente porque en los países ricos la gente está más dependiente de las cosas fáciles y suprime el esfuerzo aun de aquello que signifique su propio bien.

¿Tiene información sobre cuántas parejas lo utilizan?

JOHN.- En 1987 se estimó que 50 millones lo practicaban en todo el mundo.

La entrevista termina, el trabajo continúa. El doctor nos da las gracias; nosotros, con mucha más razón, se las damos a él y a Paty Chávez, quien tan amablemente nos sirvió de traductora.

EL OBSERVADOR 231-3

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CRÍTICA DE MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Educar en la duda
Santiago Norte

La expresión de los fanatismos, de los integrismos que hoy sufre buena parte de la humanidad tiene mucho que ver con un sentido torcido de la educación y la cultura que se promueve en los medios de comunicación: para toda necesidad tenemos a la mano una solución; para cualquier urgencia, un remedio. Es el triunfo de la tecnología: es el triunfo de la sociedad de consumo.

Vea usted la publicidad, por ejemplo. Si por ventura llega a tener una disposición de ánimo lo suficientemente extravagante como para probar su «pasión por conducir» (¿quién llega a esos extremos?), a la mano posee, en número indeterminado, automóviles que le van a saciar. Si su afecto es el de poseer un objeto-mujer o un objeto-hombre con las especificaciones de mercado necesarias, siempre habrá alguna loción, perfume o fragancia dispuestos a allegársela(o).

Por supuesto que no faltan las «soluciones» para las arrugas y los deseos de viajar, para los pies y la melancolía. Todo, absolutamente todo, tiene con certeza un remedio, alguna pócima, algún bálsamo indicado para ese mal, ese anhelo inconfesado (a menudo, de tan cursi, inconfesable) o ese asunto insatisfecho. Aquel que piense que el mercado no provee está perdido. Ante el mercado (de las ideas, de los productos, de los servicios) hay que actuar resueltamente, con fe en que existe «lo que yo necesito y a la hora que lo necesito».

¿Cómo se conecta esto con el fanatismo? Hay que reconocer que éste requiere un tipo de persona educada, justamente, en la certeza de que hay certezas indubitables en el trasunto terrenal. Si a nuestros niños les martillamos astutamente con el asunto de que la tecnología ha llegado a extremos de desarrollo tales que a través de su expansión no está lejos el día en que nuestra debilidad sea resuelta, lo primero que vamos a lograr es que esos niños hagan –a la larga, si se quiere– de la técnica un dios y le rindan culto.

De manera sutil pero efectiva los medios de masas preparan al sujeto para ser demolido en su capacidad de diferencia. No existe ninguna ideología fundamentalista capaz de soportar la duda, como tampoco alguna publicidad que la propicie. Incluso la propaganda política no escapa –antes al contrario la perfecciona– a esa estrategia. Tal o cual «alternativa» es la que «sin duda» habrá de colmar las ansias de tal o cual «consumidor». Miles de anuncios comerciales y políticos comienzan con el fin de «sus» (los nuestros) problemas.

El arte, por su lado, es educador en la incertidumbre. Como decía el recientemente fallecido Joseph Brodsky: «La literatura lleva a la mayoría de los individuos con cualquier grado de resolución a la duda». Y con la literatura el arte y el pensamiento. ¿Y de qué sirve la duda? La respuesta es del mismo Brodsky: «Una vez en la duda la literatura (el arte, el pensamiento) enseña a los hombres a actuar generosamente». Ya no se saben (los hombres) poseedores de la verdad, dueños de la certeza, amigos de la idea. Se saben abiertos a la verdad verdadera; se saben en camino.

Volvemos a Brodsky: «Por eso es por lo que la literatura es necesaria, porque la literatura enseña incertidumbre. Es un error, tanto de muchos ciudadanos como de sus mentores, no leer literatura. Y lo cometen simplemente porque no les gusta la incertidumbre. Y desde la incertidumbre la única dirección en la que se puede caminar es hacia la certidumbre de un género o de otro. La gran solución puede ser el educar a la gente en la duda para evitar los extremismos. Así de simple».

Y así de complejo. Si ello sucediera, adiós publicidad, adiós promesas electorales, adiós engaño y simulación; adiós utilización del otro: adiós poder. ¿Los medios comerciales que conocemos estarían dispuestos a esa revolución? Ni locos.

EL OBSERVADOR 231-4

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A LAS PUERTAS DEL TEMPLO
In memoriam
Joaquín Antonio Peñalosa *
(1921-1999)
Javier Sicilia

En 17 de noviembre murió en la ciudad de San Luis Potosí el sacerdote y poeta Joaquín Antonio Peñalosa. Su obra, vasta: ensayos, biografías, estudios históricos y poesía, coexistió en íntima vecindad con su trabajo sacerdotal que lo llevó a fundar el «Hogar del Niño», en donde viven y estudian niños desamparados. Y digo en íntima vecindad porque para Peñalosa el mundo era un don, un acogimiento fraterno. Su poesía, que es el más vivo reflejo de su alma y que fue reunida en 1997 por la editorial Ponciano Arriaga y Verdehalago, bajo el franciscano título de Hermana poesía, muestra esa experiencia del mundo con toda su intensidad.

A diferencia de otros poetas y sacerdotes religiosos, Peñalosa vivió y experimentó el mundo no como una teofanía del Cielo, sino como su presencia misma. Por ello su canto y su vida fueron una constante celebración y una búsqueda del acogimiento. Para Peñalosa el mundo es una bienaventuranza. Si no estuviera prometido el encuentro cara a cara con Dios, este mundo le habría bastado. Por eso su poesía nunca es desgarradora, sino alegre y puntuada de humor.

El octubre del año pasado fui a San Luis Potosí y me hospedé en casa de mi amigo el poeta e historiador Tomás Calvillo. Tomás me dijo que Peñalosa estaba muy enfermo. Una tarde nos trasladamos a su casa para saludarlo. Su enfermedad, nuestro mutuo amor por la poesía y por Concepción Cabrera de Armida, a quien Peñalosa conoció cuando niño y sobre la cual escribió una biografía, Yo soy Conchita Armida, eran un buen pretexto.

Lo encontramos muy disminuido. A pesar de su mala salud y de que ya casi no podía leer, nunca se quejó. Al igual que lo hizo con su poesía, alabó: «No tengo por qué quejarme –dijo–. Un poco de dolor a cambio de todo el bien y la alegría que Dios me ha dado».

Se quitó los tubos del oxígeno, se levantó trabajosamente y nos invitó a tomar rompope en el comedor. Estaba contento. Su mente continuaba lúcida y su conversación fluida y precisa. Cuando concluimos nos invitó a su biblioteca.

Tomás, que tiene el gusto de compartir cada vez que la ocasión es propicia la poesía, dijo, mientras ojeaba un libro de Peñalosa: «Padre, vamos a leer algo suyo». «Bueno», respondió. «¿Cuál quiere que leamos?», preguntó Tomás. Peñalosa entornó un momento los ojos, los abrió y dijo: «Voy a morir muy pronto y me gustaría que leyera 'De rodillas', está en el libro Pintura infantil. Lo escribí hace muchos años pensando en mi muerte». Tomás leyó:

Cuando la muerte me sea bienvenida,
id por el carpintero de brazos cruzados,
de tiempo disponible y mano diestra,
y pedidle un cajón al gusto del usuario
donde yo quede precisamente de rodillas,
que no basta la vida para pedir perdón
.

Creo que a Peñalosa le habría gustado quedarse en silencio, meditando ese poema, pero delante del misterio de la poesía y de la comunión de la amistad, Tomás y yo continuamos leyendo, mientras Peñalosa, con los ojos entornados, escuchaba y señalaba qué poema quería escuchar.. No recuerdo qué otros poemas leímos. Sólo recuerdo que Peñalosa estaba conmovido.

Ese primer poema que leyó se quedó conmigo. Ahora, delante de su muerte, lo he recordado. En él se resume la humildad con la que Peñalosa acogió la vida y la muerte. Descanse en paz y que su poesía continúe mostrándonos la alegría de este mundo redimido que supo celebrar como pocos.

* Artículo resumido. Se reproduce con autorización expresa de su autor.

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Joaquín Antonio Peñalosa *
(1921-1999)
Javier Sicilia

En 17 de noviembre murió en la ciudad de San Luis Potosí el sacerdote y poeta Joaquín Antonio Peñalosa. Su obra, vasta: ensayos, biografías, estudios históricos y poesía, coexistió en íntima vecindad con su trabajo sacerdotal que lo llevó a fundar el «Hogar del Niño», en donde viven y estudian niños desamparados. Y digo en íntima vecindad porque para Peñalosa el mundo era un don, un acogimiento fraterno. Su poesía, que es el más vivo reflejo de su alma y que fue reunida en 1997 por la editorial Ponciano Arriaga y Verdehalago, bajo el franciscano título de Hermana poesía, muestra esa experiencia del mundo con toda su intensidad.

A diferencia de otros poetas y sacerdotes religiosos, Peñalosa vivió y experimentó el mundo no como una teofanía del Cielo, sino como su presencia misma. Por ello su canto y su vida fueron una constante celebración y una búsqueda del acogimiento. Para Peñalosa el mundo es una bienaventuranza. Si no estuviera prometido el encuentro cara a cara con Dios, este mundo le habría bastado. Por eso su poesía nunca es desgarradora, sino alegre y puntuada de humor.

El octubre del año pasado fui a San Luis Potosí y me hospedé en casa de mi amigo el poeta e historiador Tomás Calvillo. Tomás me dijo que Peñalosa estaba muy enfermo. Una tarde nos trasladamos a su casa para saludarlo. Su enfermedad, nuestro mutuo amor por la poesía y por Concepción Cabrera de Armida, a quien Peñalosa conoció cuando niño y sobre la cual escribió una biografía, Yo soy Conchita Armida, eran un buen pretexto.

Lo encontramos muy disminuido. A pesar de su mala salud y de que ya casi no podía leer, nunca se quejó. Al igual que lo hizo con su poesía, alabó: «No tengo por qué quejarme –dijo–. Un poco de dolor a cambio de todo el bien y la alegría que Dios me ha dado».

Se quitó los tubos del oxígeno, se levantó trabajosamente y nos invitó a tomar rompope en el comedor. Estaba contento. Su mente continuaba lúcida y su conversación fluida y precisa. Cuando concluimos nos invitó a su biblioteca.

Tomás, que tiene el gusto de compartir cada vez que la ocasión es propicia la poesía, dijo, mientras ojeaba un libro de Peñalosa: «Padre, vamos a leer algo suyo». «Bueno», respondió. «¿Cuál quiere que leamos?», preguntó Tomás. Peñalosa entornó un momento los ojos, los abrió y dijo: «Voy a morir muy pronto y me gustaría que leyera 'De rodillas', está en el libro Pintura infantil. Lo escribí hace muchos años pensando en mi muerte». Tomás leyó:

Cuando la muerte me sea bienvenida,
id por el carpintero de brazos cruzados,
de tiempo disponible y mano diestra,
y pedidle un cajón al gusto del usuario
donde yo quede precisamente de rodillas,
que no basta la vida para pedir perdón.

Creo que a Peñalosa le habría gustado quedarse en silencio, meditando ese poema, pero delante del misterio de la poesía y de la comunión de la amistad, Tomás y yo continuamos leyendo, mientras Peñalosa, con los ojos entornados, escuchaba y señalaba qué poema quería escuchar.. No recuerdo qué otros poemas leímos. Sólo recuerdo que Peñalosa estaba conmovido.

Ese primer poema que leyó se quedó conmigo. Ahora, delante de su muerte, lo he recordado. En él se resume la humildad con la que Peñalosa acogió la vida y la muerte. Descanse en paz y que su poesía continúe mostrándonos la alegría de este mundo redimido que supo celebrar como pocos.

* Artículo resumido. Se reproduce con autorización expresa de su autor.

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Joaquín Antonio Peñalosa *
(1921-1999)
Javier Sicilia

En 17 de noviembre murió en la ciudad de San Luis Potosí el sacerdote y poeta Joaquín Antonio Peñalosa. Su obra, vasta: ensayos, biografías, estudios históricos y poesía, coexistió en íntima vecindad con su trabajo sacerdotal que lo llevó a fundar el «Hogar del Niño», en donde viven y estudian niños desamparados. Y digo en íntima vecindad porque para Peñalosa el mundo era un don, un acogimiento fraterno. Su poesía, que es el más vivo reflejo de su alma y que fue reunida en 1997 por la editorial Ponciano Arriaga y Verdehalago, bajo el franciscano título de Hermana poesía, muestra esa experiencia del mundo con toda su intensidad.

A diferencia de otros poetas y sacerdotes religiosos, Peñalosa vivió y experimentó el mundo no como una teofanía del Cielo, sino como su presencia misma. Por ello su canto y su vida fueron una constante celebración y una búsqueda del acogimiento. Para Peñalosa el mundo es una bienaventuranza. Si no estuviera prometido el encuentro cara a cara con Dios, este mundo le habría bastado. Por eso su poesía nunca es desgarradora, sino alegre y puntuada de humor.

El octubre del año pasado fui a San Luis Potosí y me hospedé en casa de mi amigo el poeta e historiador Tomás Calvillo. Tomás me dijo que Peñalosa estaba muy enfermo. Una tarde nos trasladamos a su casa para saludarlo. Su enfermedad, nuestro mutuo amor por la poesía y por Concepción Cabrera de Armida, a quien Peñalosa conoció cuando niño y sobre la cual escribió una biografía, Yo soy Conchita Armida, eran un buen pretexto.

Lo encontramos muy disminuido. A pesar de su mala salud y de que ya casi no podía leer, nunca se quejó. Al igual que lo hizo con su poesía, alabó: «No tengo por qué quejarme –dijo–. Un poco de dolor a cambio de todo el bien y la alegría que Dios me ha dado».

Se quitó los tubos del oxígeno, se levantó trabajosamente y nos invitó a tomar rompope en el comedor. Estaba contento. Su mente continuaba lúcida y su conversación fluida y precisa. Cuando concluimos nos invitó a su biblioteca.

Tomás, que tiene el gusto de compartir cada vez que la ocasión es propicia la poesía, dijo, mientras ojeaba un libro de Peñalosa: «Padre, vamos a leer algo suyo». «Bueno», respondió. «¿Cuál quiere que leamos?», preguntó Tomás. Peñalosa entornó un momento los ojos, los abrió y dijo: «Voy a morir muy pronto y me gustaría que leyera 'De rodillas', está en el libro Pintura infantil. Lo escribí hace muchos años pensando en mi muerte». Tomás leyó:

Cuando la muerte me sea bienvenida,
id por el carpintero de brazos cruzados,
de tiempo disponible y mano diestra,
y pedidle un cajón al gusto del usuario
donde yo quede precisamente de rodillas,
que no basta la vida para pedir perdón.

Creo que a Peñalosa le habría gustado quedarse en silencio, meditando ese poema, pero delante del misterio de la poesía y de la comunión de la amistad, Tomás y yo continuamos leyendo, mientras Peñalosa, con los ojos entornados, escuchaba y señalaba qué poema quería escuchar.. No recuerdo qué otros poemas leímos. Sólo recuerdo que Peñalosa estaba conmovido.

Ese primer poema que leyó se quedó conmigo. Ahora, delante de su muerte, lo he recordado. En él se resume la humildad con la que Peñalosa acogió la vida y la muerte. Descanse en paz y que su poesía continúe mostrándonos la alegría de este mundo redimido que supo celebrar como pocos.

* Artículo resumido. Se reproduce con autorización expresa de su autor.

EL OBSERVADOR 231-5

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PERDER POR DEFAULT
Esas cosas que llaman «posadas»
Diego García Bayardo

Están por comenzar los nueve días de posadas y vale la pena repasar qué son y, sobre todo, qué no son esas peculiares fiestas nocturnas mexicanas. Las posadas se realizan del 16 al 24 de diciembre y forman una serie de nueve noches seguidas que concluyen con la fiesta de Navidad. Son nueve porque se trata de una novena, es decir, del rezo del rosario por esa cantidad de días. Esto nos remite a la esencia de lo que es una verdadera posada: un rosario.

La novena de posadas es un período de oración que debe preparar las almas para recibir a nuestro Señor en el día de su Natividad. Cada posada es una reunión para rezar el rosario, pero por ser un período espiritualmente referido a esa fiesta tan gozosa que es la Navidad, se trata en este caso de un rosario especialmente festivo, que ha ido adquiriendo una serie de actividades complementarias y divertidas, además de aleccionadoras, como son el canto para pedir posada, cargando a los Peregrinos, y las piñatas, que nos recuerdan la lucha de la fe contra el mal. Por todo eso, una posada auténtica y bien llevada es toda una catequesis popular, y si va acompañada de una buena pastorela, pues mejor todavía.

Lo que importa resaltar aquí es que las posadas están hechas de oración y de juegos con evidente sentido catequético. Además, recordemos que en aquellos antiguos hoteles llamados posadas también se comía y bebía, así que en nuestras fiestas del mismo nombre se comparten alimentos sencillos y bebidas calientes, todo con la intención y el resultado de estrechar los lazos de hermandad cristiana.

Pero hoy en día llaman «posada» casi a cualquier cosa, sin fijarse en que no se vale organizar una fiesta cualquiera y llamarla «posada» sólo porque se va a hacer en diciembre. Eso es desvirtuar el sentido de aquellos rosarios-fiesta tradicionales. Empieza aquí la corrupción de una celebración de sentido religioso que acaba convirtiéndose en una pachanga mundana, profana y a veces profanadora. Las fiestas de discoteca, donde se baila mucho, se bebe más, no se come y mucho menos se reza, son anunciadas como «posadas» sólo porque se realizan en diciembre por la noche. Y de igual manera, cualquier fiestecilla, baile, reunión, francachela, banquete, orgía o borrachera repugnante recibe en estas fechas la etiqueta de «posada» y ya por eso se ha de suponer que es más virtuosa que cualquier otra parranda común y corriente. Todo nomás porque es «la temporada».

Si usted, católico lector, piensa organizar una fiesta o un baile en estos días llámelo así, fiesta o baile, pero no lo haga pasar como posada si no lo es. Que sea por respeto a las tradiciones y al Niño a quien se evoca, reza y aguarda con esperanza en las verdaderas posadas. No se preocupe por el nombre: su fiesta no va a ser más buena o más mala, más divertida o más sana sólo porque insista en llamarla inapropiadamente posada. Pero eso sí, si usted reúne a sus amigos para rezar el santo rosario, lleva a los Peregrinos de puerta en puerta, pidiendo posada con candelitas en las manos, rompe piñatas, bebe ponche caliente y sabroso, le arranca con los dientes su dulzura a la caña, llena la oscuridad con el fuego de las luces de bengala, canta con la inocencia visionaria de los villancicos navideños, se llena los bolsillos de frutas y cacahuates tostados y juega y platica y comparte la alegría de los niños y el sereno gozo de los mayores, entonces usted, verdaderamente católico lector, ha estado en una auténtica posada: usted no está perdiendo por default, sino ganando en triunfo sonoro más fe, devoción, fraternidad, calidez, alegría y patria.

EL OBSERVADOR 231-6

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Oposición de Schulenburg a que Juan Diego sea canonizado

Su Santidad Juan Pablo II beatificó a Juan Diego, el vidente del Tepeyac, en solemne ceremonia efectuada en la basílica de Guadalupe (de la cual era abad Guillermo Schulenburg –y lo fue durante 33 años–) el 6 de mayo de 1990. Junto con Juan Diego fueron beatificados los tres niños mártires tlaxcaltecas, Cristóbal, Antonio y Juan, así como el sacerdote José María de Yermo y Parres.

Cinco años más tarde, el todavía abad de Guadalupe, monseñor Schulenburg, empezó a negar rotundamente la historicidad de Juan Diego, y ahora, cuando parecía inminente la santificación del venerado indígena, ha hecho llegar a la Santa Sede una carta de protesta por el proceso de canonización y, no conforme con ello, amenaza con difundir una carta pública de sacerdotes desconociendo el milagro guadalupano. Acusa al ex arzobispo primado de México, Ernesto Corripio Ahumada, de haber falseado los hechos para buscar la elevación a los altares de nuestro connacional.

Ha sorprendido a todo el mundo la tozudez de monseñor Schulenburg, máxime cuando implica que durante 33 años él mismo habría sido el custodio de un error. Ahora su oposición es secundada por el arcipreste Carlos Warnholtz y un oscuro archivista. Bien sabido es que la beatificación y la canonización son reconocimientos que se hacen a personas, no a ideas o símbolos. Sin Juan Diego no podrían demostrarse las Apariciones. El hecho guadalupano y la historia de Juan Diego son inseparables y las fuentes de información que les atañen son las mismas. Sin mensajero no hay mensaje: la mariofanía del Tepeyac sería cuento vano.

Conceptos del Papa durante la beatificación
Durante la beatificación de Juan Diego el Santo Padre dijo, entre otras cosas:

* Los nombres de Juan Diego y de los beatificados están «inscritos ya en el Cielo, están desde hoy escritos en el libro de los bienaventurados y en la historia de la fe de la Iglesia de Cristo».

* En los albores de la evangelización de México tiene un lugar destacado y original el beato Juan Diego. Su amable figura es inseparable del hecho guadalupano.

Las noticias que de Juan Diego nos han llegado encomian sus virtudes cristianas: fe, esperanza, caridad, desprendimiento y pobreza evangélica.


El día que inició la controversia

Corría el segundo semestre de 1995 cuando el vigésimo primer abad de la basílica de Guadalupe, Guillermo Schulenburg, fue entrevistado para la revista IXTUS.

PREGUNTA: ¿Qué pasa entonces con Juan Diego, existió?
RESPUESTA: Es un símbolo, no una realidad.

PREGUNTA: ¿Entonces cómo encaja aquí la beatificación que de él hizo el Papa?
RESPUESTA: Esa beatificación es un reconocimiento de culto. No es un reconocimiento de la existencia física y real del personaje. Por lo mismo no es propiamente hablando una beatificación.



Descalificaciones a la postura de Schulenburg

Cardenal Norberto Rivera, arzobispo de México: Hay la fortuna de que los testimonios históricos, iconográficos, de tradición y de documentación coinciden en afirmar no sólo la existencia de Juan Diego sino la práctica de sus virtudes heroicas.

Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, arzobispo de Guadalajara: Las declaraciones del ex abad son una ofensa a la fe del pueblo de México que no está fundada en un supuesto, está fundada en una realidad, y en una realidad que ha sido debidamente considerada y estudiada por la Iglesia. No sé si será protagonismo de Schulenburg, afán de hacerse notar; no sé si tendrá asesores no creyentes, que es lo que pienso, extranjeros que lo mal aconsejan y que lo están usando con el fin de crear confusión y dañar al pueblo de México.

Cardenal Adolfo Suárez Rivera, arzobispo de Monterrey: Yo creo que quienes hablaron no tienen propiamente autoridad para hacerlo. El papa Juan Pablo II beatificó a Juan Diego y él tiene mucha visión allá, además de todos los documentos históricos, para que, si él lo determina, pueda hacer la canonización... Y yo pienso que el Santo Padre lo va a hacer.

Comisión de historiadores en Roma que apoyan la causa de canonización de Juan Diego: Monseñor Guillermo Schulenburg Prado jamás ha sido conocido como intelectual ni se le conocen publicaciones de rigor científico. Y si, como dicen el ex abad y sus apoyadores, han actuado movidos sólo por el amor a la Iglesia y a la verdad, ¿cómo es que vivieron y viven a expensas de la basílica de Guadalupe?

EL OBSERVADOR 231-7

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CUADERNO DE NOTAS
Otra vez: qué pena, señor ex Abad

La rebelión de los «ex» podría llamarse esta cortinita de humo lanzada con toda la maña del mundo por algunos vivos para desviar la atención de los grandísimos problemas por los que atraviesa el país. El ex Abad, el ex Arcipreste, ambos de la basílica de Guadalupe, andan metidos en una conjura rocambolesca para descanonizar a Juan Diego. Schulenburg y Warnholtz son muchos extranjeros contra un indígena como para confiar en que no haya un cierto racismo incluido en este intento por frenar la elevación del natural elegido por la Virgen para extender su manto protector sobre México.

¿A quién le interesaría que Juan Diego no fuese canonizado el próximo mes de mayo del 2000? Aparte de a estos curiosísimos personajes –felizmente retirados de la escena pública de la Iglesia–, a los enemigos de siempre: a aquellos que por tradición (o por incapacidad) han calificado a la Iglesia como una productora de baratijas, como una embaucadora de inocentes. Algunos masones y otros mensos estarán de plácemes con las cartitas del ex Abad y las maquinaciones del ex Cabildo de su ex reino llamado basílica de Guadalupe. Qué pena que ya no puedan mover a su antojo el máximo santuario de los mexicanos, de América Latina. También los católicos –como la sociedad– hemos crecido en México. También nosotros estamos dispuestos a dar la cara por conservar lo más precioso, lo que nos une, lo que nos obliga al amor.

¿Creen, de verdad, que están actuando «en conciencia»? Si así fuera, ¿por qué el ex abad Schulenburg no renunció antes y duró casi tres décadas al frente de la Basílica? ¿Por negocio o porque no creía en las apariciones y quería creer? El ex Abad y el ex Arcipreste, ¿son tan ingenuos como para olvidarse de que en la esfera oficial mexicana se práctica un jacobinismo recalcitrante capaz de convertir las creencias más profundas de un pueblo en material de risa, en fantasmones ridículos del siglo XVII? O están locos o se hacen. No es posible, salvo caso de sospechosa necedad, ignorar cómo ha sido combatida la religión, la religiosidad, la Iglesia y la libertad religiosa en México; ignoran la soberbia transformación del aparato en el poder de los católicos en ciudadanos de tercera. El arrinconamiento y la humillación han sido nuestros panes amargos. De nosotros y de los indígenas, muchos de ellos –además– católicos, cuya indefensión sería menos grave si contaran con un intercesor en el Cielo, ya que en la tierra les hemos negado no solamente la comprensión sino el sentido más elemental de la justicia.

El gozo de una canonización es grande. México necesita esa grandeza para suturar heridas, cicatrices brutales que han abierto siglos de extrañamiento, incomprensión y mala voluntad. México necesita a un indígena heroico que interceda ante Dios por sus hermanos y por la nación que él mismo vio nacer en el Tepeyac, en su encuentro con María de Guadalupe. ¿Que no están los huesos de Juan Diego? ¿Que no hay constancia del milagro? Mire, señor ex Abad y quienes lo acompañan en su viaje «desmitificador»: la única característica de los milagros es que no se pueden explicar. Si se explicaran, no serían milagros. Punto. (J. S. C.)
(FIN)

EL OBSERVADOR 231-8

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