El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano

26 de diciembre de 1999 No. 233

SUMARIO

bullet PINCELADAS El siervo y el patrón
bulletA DEBATE La familia en la política
bulletCRÍTICA DE MEDIOS DE COMUNICACIÓN Por una ética del consumo
bulletFelicitación
bullet«Encontrar la fuerza en el Evangelio; cambiar al mundo»
bulletSugerencias para aquellos a los que la Misa no les dice nada...
bulletCOLUMNA HUÉSPED Ayer y hoy
bulletORIENTACIÓN FAMILIAR Un modelo para nuestras familias
bulletA LAS PUERTAS DEL TEMPLO Algo sobre la Navidad
bulletPERDER POR DEFAULT ¿Y el fin del mundo, pues?
bulletY tú, Belén, aunque eres la más pequeña entre las ciudades de Judá...
bulletCuento de Navidad La canica (historia popular)
bulletCUADERNO DE NOTAS La creencia y su sombra
bulletEl Niño Jesús habla en la cuna

PINCELADAS
El siervo y el patrón
Justo López Melús *

Un grande y poderoso patrón tenía un siervo pequeño y desmirriado, del que se burlaba continuamente. Lo utilizaba como bufón para reírse y humillarlo. Un día el siervo se atrevió a decirle:

– Gran Señor, he tenido un sueño y tengo algo que decirle.
– ¿Quién: tú a mí? Cuenta, que me ría un poco.
– He soñado que estábamos los dos juntos, juntos y desnudos ante nuestro patrono san Francisco.
– ¿Los dos juntos?
– Sí, juntos. Entonces san Francisco llamó a un ángel y le dijo: toma una copa de oro llena de miel, y cubre todo el cuerpo del patrón con la miel. Luego toma un recipiente lleno de excrementos y ensucia todo el cuerpo del siervo.
– Muy bien –dijo el patrón–. ¿Nada más?
– Sí, después san Francisco ordenó: Y ahora deben lamerse el uno al otro, lentamente y por mucho tiempo.

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 233-1

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A debate
La familia en la política
Javier Algara * / San Luis Potosí, S. L. P.

«La administración pública depende, en efecto, de los hombres que se emplean. Deben escogerse ministros que se parezcan a uno mismo; parecerse uno mismo a la razón, y buscar la razón en el amor a la humanidad. El amor a la humanidad es el hombre entero; su parte principal es el amor por la familia... El príncipe no debe olvidar regularse a sí mismo. En esta perspectiva no debe olvidar dar a su familia lo que le es debido. Para ello, no puede permitirse desconocer a los hombres. Y para conocerlos, es absolutamente indispensable que conozca el cielo». El texto anterior, por su estilo, delata su procedencia oriental. Por su contenido se acerca a algo sacado de los libros sapienciales de la Biblia. En realidad son palabras encontradas en el libro de «La prudencia» (o «El Centro Inmutable», como le llaman algunos), atribuido a Confucio. El mensaje, una enseñanza dirigida a los políticos: «Si quieres realmente ser guía de pueblos, primero ama a los seres humanos. La mejor forma de amar a los seres humanos es amando realmente a la (tu) familia. Si quieres amar a (la) tu familia, está atento a la voluntad de Dios». Si bien el concepto confucianista de «cielo» no concuerda exactamente con el nuestro de «Dios», Confucio encuentra, sabiamente, la raíz de la prudencia y de la justicia –virtudes cardinales del político–, y de la exigencia de autodisciplina que esas virtudes conllevan, en la auscultación de la voluntad divina.
        
En menudos aprietos pone el ilustre maestro chino a los políticos. Nada fácil les pone tampoco las cosas a las personas responsables de la cosa pública la Palabra revelada en la Biblia y la enseñanza de la Iglesia. ¿Dios? ¿Familia? ¿Autodisciplina? Parecen ser éstos los temas menos prioritarios en las agendas de muchos políticos. La globalización económica, el neoliberalismo, las tendencias «de género» de algunas políticas de la ONU y sus secuelas nacionales, etc., apuntan más bien en la dirección opuesta. Dios Creador, formando al primer varón y a la primera mujer, y mandando «sed fecundos y multiplicaos» (Gn 1, 28), estableció definitivamente la familia. De este santuario nace la vida y es aceptada como don de Dios.... Son muchas las insidias que amenazan la solidez de la institución familiar en la mayor parte de los países de América...: el aumento de los divorcios, la difusión del aborto, del infanticidio y de la mentalidad contraceptiva. Ante esta situación hay que subrayar «que el fundamento de la vida humana es la relación nupcial entre el marido y la esposa, la cual entre los cristianos es sacramental» (Ecclesia in America, n. 46).
        
Buscar al hombre en el seno de la familia debe ser para todo persona política una llamada, antes que nada, a vivir ella misma intensamente toda la entrega que significa ser padre, esposo, hijo o hermano. Ahí, como en ningún otro lugar, descubrirá y aprenderá a respetar de seguro la dignidad humana. Encontrará, también, si se afana, la voluntad del Cielo. Será también una llamada a la clase política a respetar a la familia, la institución y nudo indispensable de la trama social, a legislar en su favor, a emprender subsidiariamente programas de gobierno que la protejan y le aseguren las condiciones necesarias para el cumplimiento de su misión.
        
Estamos en la antevíspera de elecciones: federales, estatales y municipales. Nuestra participación en la tarea de elegir a los mejores hombres y mujeres podrá afinarse si podemos cerciorarnos de la intensidad y profundidad del amor de los candidatos a (la) su familia. Eso nos dará más confianza de que sus decisiones y sus actos de gobierno siguen la voluntad de Dios.

* El autor es diputado federal por el estado de San Luis Potosí.

EL OBSERVADOR 233-2

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Crítica de medios de comunicación
Por una ética del consumo
Santiago Norte

Entiendo que es difícil plantear una ética del consumo en una sociedad que tiene arraigado el consumo como forma de ser feliz, como acceso privilegiado a la felicidad misma. La sonrisa de los maniquíes comerciales en los anuncios, su sensación de «encanto» tras beber un refresco o conducir un auto, se ha transminado al subconsciente de los teleniños hasta dominar sus expectativas de futuro. Muy pocos han querido ver en este achatamiento de miras la enfermedad espiritual que ataca hoy a las nuevas generaciones. Pero, ¿qué se puede esperar de un pequeño cuya decisión estará marcada por el poseer y jamás por el ser?

Es una vieja discusión, hoy saldada a favor del poseer. Se es en la medida que se tiene y no en virtud de la libertad para ser uno mismo. El llamado consumismo no es más que esa operación de suma aritmética en la cual el sujeto queda prendado de los objetos, de la acumulación de bienes. No importa nada el sentido de la acumulación sino el acto de acrecentar la cuenta bancaria, el acervo de autos, trajes, cosméticos, hectáreas, personas... En efecto, de la colección de cosas nace la pasión de colectar personas. La singularidad del otro queda soterrada, suprimida. Sirve porque le sirve al coleccionista. Es una muesca más en su haber, una señal de su poderío. Poder de consumo es poder a secas. La prueba está en esas encuestas que regularmente presentan los medios electrónicos: si usted se ganara la lotería, ¿qué haría? Las respuestas suelen lindar la ausencia total de inteligencia: comprarme una supercasa, irme seis meses de vacaciones, tener un BMW, adquirir un castillo, lanzarme a la presidencia... Nadie habla, o muy pocos, por ejemplo, de montar una gran red de solidaridad para extender la «lotería» a los que menos tienen.

Introducir una ética del consumo parece ser, de acuerdo con el desarrollo de la idea de que consumir mucho es consumir bien, una tarea destinada al fracaso. Sin embargo, de acuerdo con la catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, Adela Cortina, se trata de «la más radical de las revoluciones pendientes»: la de vivir con calidad. Es decir, la de cifrar la esperanza en vivir con poco y bueno, en lugar de la actual circunstancia que nos impele a vivir con mucho y malo. Qué consumir, para qué consumir y quién toma la decisión del consumo son las tres preguntas fundacionales de toda ética en este campo. Hasta ahora las respuestas generales son: consumir todo lo que salga en la tele para tener felicidad, de acuerdo con lo que nos dicen los publicistas.

Una de las características de la ética es su vocación equilibrada, su noción de justicia. En tratándose del consumo, éste debe ser el justo para llevar una vida buena, una buena vida. Significa consumir sin detrimento del otro, sin su detrimento, sin necesidad de amolarle el panorama. Umberto Eco, en un ensayo reciente, hablaba del papel que tuvieron las legumbres en la Edad Media (sobre todo entrando el año 1000) para sacar adelante a Europa. Todo el mundo pensaría que la civilización occidental tomó impulso por los inventos, la maquinaria agrícola, la tenacidad y el desvelo de sus hombres de ciencia. No es así: por encima del timón en los barcos o del arado y las colleras en los campos, de los experimentos con matraces y la pólvora o el astrolabio, Europa creció, literalmente, por las lentejas, los chícharos y los garbanzos. La ética en el consumo invita a fijar la atención en lo esencial. Como Sócrates en aquel ventorrillo ateniense, ¡cuántas cosas hay en venta que no necesitamos para nada!

EL OBSERVADOR 233-3

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Felicitación

El señor Obispo saluda con afecto a todos los lectores del semanario EL OBSERVADOR y les desea, lo mismo que a todo el personal que hace posible este noble y hermoso ejemplo de comunicación de los valores cristianos, una santa Navidad, para que la gracia y bendición que nos ofrece la Iglesia durante el Gran Jubileo de la Encarnación llene sus corazones y exista paz y gozo en todas sus familias.

Reciban mi felicitación y bendición.

Santiago de Querétaro, Qro., Navidad de 1999.



+ Mario De Gasperin Gasperin
Obispo de Querétaro


EL OBSERVADOR 233-4

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Hacia el año 2000

«Encontrar la fuerza en el Evangelio; cambiar al mundo» *

+ Rodrigo Aguilar Martínez **

Unos ven el fin del segundo milenio con especulaciones catastróficas hasta cósmicas. El papa Juan Pablo II, desde el inicio mismo de su pontificado, nos empezó a preparar a estas fechas en otra perspectiva. Entonces, en su primera carta encíclica, nos decía: «... está ya muy cercano el año dos mil... Será el año de un gran jubileo. Nos estamos acercando ya a tal fecha que –aun respetando todas las correcciones debidas a la exactitud cronológica– nos hará recordar y renovar de manera particular la conciencia de la verdad-clave de la fe, expresada por san Juan al principio de su evangelio: 'y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros' ».

El cristianismo comienza con la Encarnación

Efectivamente, el enfoque más convincente para recibir el año 2000 como cristianos es centrados en Cristo Jesús. La encarnación y el nacimiento de Cristo es una acontecimiento que ha dividido la historia, la cual contamos según «antes» o «después de Cristo». Cierto que esto es un uso cristiano y occidental, ya que para los hebreos el 2000 será más bien 5760; para los budistas, 2544; para los musulmanes, 1421. Sin embargo, aun muchos no cristianos tienen la conciencia de que con Jesús algo nuevo ha iniciado en la historia. Ya lo ha dicho el Papa: «Jesucristo es el centro del cosmos y de la historia», «El cristianismo comienza con la Encarnación del Verbo. Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios que viene en persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo... El Verbo encarnado es, pues, el cumplimiento del anhelo presente en todas las religiones de la humanidad». ¿Qué significa esperar y vivir el año 2000 centrados en Cristo? Doy algunas respuestas:

Estar atentos a que las fiestas en las que participemos no se queden en lo superficial, en lo carnavalesco; sino que sean de una alegría sana y en que Cristo esté presente y a gusto; con nuestra conducta no dejemos a Jesús en un rincón o no lo echemos a la calle; al contrario, si somos cristianos, que Cristo sea el invitado principal en nuestra reunión y fiesta.

No caer en el enfoque milenarista de quienes, incluso pretendiendo apoyarse en la Biblia, hablan de desastres, terremotos, incluso de fin del mundo. Cuando el Apocalipsis habla de mil años en que Satanás estará encadenado y otros mil en que será desencadenado y tratará de extender su poder, dicho periodo de tiempo ha de entenderse en forma simbólica. Cristo mismo habla también con este lenguaje apocalíptico ; pero, por un lado, menciona que «en cuanto al día aquel y a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del Cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre»; por otro, que «cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza, porque se acerca su liberación». De modo que hay que esperar a Cristo Jesús estando vigilantes y preparados, pero no con miedo o angustia sino con alegría y esperanza.

La plenitud de los tiempos

En cuanto a los anuncios de que viene una nueva era, la de acuario, y que la de piscis (=pez, símbolo de Cristo en la Iglesia primitiva) está por terminar, san Pablo dice: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de una mujer», y también cómo Dios «nos ha dado a conocer su plan salvífico, que había decidido realizar en Cristo, llevando su proyecto salvador a su plenitud al constituir a Cristo en cabeza de todas las cosas». En este sentido sí estamos en el tiempo final de la historia, pero porque Cristo Jesús ha llegado y con Él se ha inaugurado la plenitud de los tiempos, plenitud que no puede terminar. Quien crea en Cristo no puede admitir otro tiempo después de Él y ajeno a Él.

* Colaboración resumida.
** El auto es el obispo de la diócesis de Matehuala.

EL OBSERVADOR 233-5

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Sugerencias para aquellos a los que la Misa no les dice nada...

... y quieren seguir así.

1.- Al oír en la mañana del domingo la llamada de la campana, que invita a los creyentes a la oración y acción de gracias a Dios, no la dejes resonar en tu interior, bastante ocupado estás en organizarte bien el domingo.

2.- Nunca llegues al templo unos minutos antes, con tiempo suficiente para estar un rato en silencio y prepararte a vivir la celebración; es mejor entrar a última hora, de manera atropellada, así se hará todo más corto.

3.- Colócate lo más atras posible, porque es más difícil seguir de cerca lo que se realiza en el altar, pero se domina mejor la situación, se está más tranquilo, y además podrás ser de los primeros en salir.

4.- De ser posible, no abras la boca en la celebración: ni para cantar ni para unirte a la oración; esto es para personas más piadosas, a ti te va mejor una postura más seria y digna.

5.- Si te animas a cantar, no se te ocurra fijarte en la letra para ver qué estás diciendo, lo importante es que la canción salga bien; ya habrá tiempo para comunicarte con Dios.

6.- Al sentarte para oir la Palabra de Dios, no escuches el mensaje de la lectura bíblica, para qué; es un buen momento para ponerte cómodo y descansar, puedes observar qué personas han acudido a Misa.

7.- La homilía puede ser un verdadero ejercicio de paciencia, todo hay que decirlo; en cualquier caso ya te sabrás más o menos lo que dirá el sacerdote, puedes incluso comentarlo a la salida, pero no se te ocurra escuchar interpelación o llamada alguna para ti.

8.- Aprovecha los momentos de silencio para recordar lo que tienes que hacer al salir de Misa. No entres dentro de ti para darle gracias a Dios o pedirle perdón, a ti no te van esas cosas. Al comulgar muestra tu habilidad; hazlo de manera rápida y ágil, así podrás pasar revista a los que vienen después de ti.

9.- Al llegar a tu sitio no te recojas interiormente para comunicarte con Cristo, eso se hacía antes del Concilio. Sobre todo sé rápido al final, porque ya sabes cómo se amontona la gente al salir.

10.- No necesitas quedarte a recibir la bendición de Dios, Él te quiere y te bendice incluso cuando estás ya fuera del templo; pero, eso sí, cuando el sacerdote diga en la Misa «Levantemos el corazón», tú no abras la boca, no digas: «Lo tenemos levantado hacia el Señor». No lo digas porque no es verdad, todavía no has levantado el corazón hacia el Señor y, si no lo haces, difícilmente te podrá decir algo la Misa.

EL OBSERVADOR 233-6

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Columna huésped
Ayer y hoy
Bruno Ferrari

Bolillos y conchas calientitos, triciclos y soldados de plomo, Ada y los recuerdos.

Recordar, hacer presente al que ya partió, revivir literalmente el primer beso y saborear los tamales con atole del convento de las monjas de la calle de la campana. Disfrutar la majestuosa montaña y oír la nieve estrellarse contra tu incómodo traje de astronauta. Paladear las conchas y bolillos calientitos de la panadería de la esquina. Capturar el delicioso aroma de Navidad, vibrar abriendo con toda premura un regalo bajo el árbol. Sorprenderse con la belleza de una flor, apreciar la sabiduría de un anciano, volver a sentir el corazón devastado por aquella primera muerte. Aprender, perdonar, construir, idear… amar…

El menú es inmenso, pero, ¿por qué somos capaces de experimentar tantas experiencias? ¿De qué nos sirven tantas sensaciones buenas y malas que podemos lograr simplemente al hacer un viaje por nuestra memoria, meditando en los recuerdos?

Después de mucho oír, oler, masticar, revivir y abrazar esas remembranzas y hacerme consciente del efecto que producen en mí, desde el provocar una mueca de asco en mi rostro, pasando por el nudo en la garganta y la inminente lágrima que asoma hasta desembocar en una solitaria y espontánea carcajada, me doy cuenta de que el recordar no se da nada más por que sí, arbitrariamente y sin sentido. Los recuerdos nos hacen recapacitar, reflexionar, ver las cosas en otra perspectiva, darle a cada circunstancia su peso real y específico a lo largo de una vida.

Lo cierto es que recordar, si se hace con honestidad y objetivamente, nos ayuda, nos devuelve un poco de aquel pasado, haciéndonos más dueños del presente y preparándonos para el futuro. Cada vez más los hombres nos empeñamos en vivir más deprisa sin detenernos, sin sorprendernos; el asombro es ya una sensación en extinción. Todo es nuevo, diferente, desechable y sustituible. Nos olvidamos de observar, viendo sólo superficialmente; de escuchar, oyendo sólo sonidos sin sentido; no sabemos cómo amar, dándonos a quienes amamos porque sólo hemos aprendido a querer, pidiendo sólo aquello que nos hace falta.

Amigo lector, el día de hoy lo invito a recordar; aléjese por un momento de la vida cotidiana, trate de detener el ritmo que la vida moderna ha puesto a su vida y, aunque sea por unos momentos, deje de pensar en el avance indiscriminado de la violencia, de las siempre actuales y siempre viejas pugnas políticas, de la devaluación moral, de la indiferencia cotidiana, del egoísmo, la superficialidad y el monetarismo que se vive en la actualidad, y recuerde, piense que usted es también resultado de sus experiencias, revise aquellos ideales por los que quizá algún día juró dar su vida, por aquellos sueños que con tanto esfuerzo y determinación hizo realidad, por aquellos otros que aún están pendientes. No olvide la sonrisa que iluminó su rostro cuando era sólo un niño, revívala ahora en los rostros de sus hijos, de sus nietos, de aquellos que empiezan a vivir y que buscan su ejemplo y el sentido de la existencia. Es un buen momento para que evalúe qué es lo que realmente está atesorando, qué es lo que lo llena y lo hace feliz. Dese cuenta de que si a eso le puede poner un valor en cifras, está desperdiciando el maravilloso regalo de su existencia.

Ojalá que los recuerdos le regresen a aquellos días en que todo tenía valor si podíamos sentirlo con el corazón. Después de esta reflexión amigo mío, pregúntese cómo quiere ser recordado en el efímero paso por esta vida. Trate de escribir usted mismo lo que algún día querrá ver escrito por otros en su epitafio y dese cuenta todavía a tiempo de que lo único cierto, la única cita a la que sin duda llegaremos todos irremediablemente será la de la muerte. Que no lo sorprenda ésta habiéndose preocupado tanto por todo y a la vez por nada, por aquello en lo que usted creyó encontrar la tranquilidad para vivir y sólo lo ayudó a vivir tranquilamente. Recuerde pues y despierte, descubra que aún nos queda tiempo, empéñese en volver a vivir cada día con intensidad, agradecimiento y asombro y verá que así la vida por sí misma le resultará atractiva.

EL OBSERVADOR 233-7

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Orientación familiar
Un modelo para nuestras familias
Yusi Cervantes Leyzaola

La Iglesia nos propone como modelo a la Sagrada Familia. Y tenemos las escenas principales de su vida. Desgraciadamente sabemos muy poco de cómo era su vida cotidiana. ¿A qué hora se levantaban? ¿Qué acostumbraban comer? ¿Quién hacia qué? ¿Qué hacían con su tiempo libre? ¿Cómo se relacionaban con los parientes?

Sin embargo, sabemos que se amaban. Y eso significa muchas cosas en la vida cotidiana porque el amor no es algo abstracto ni nada más sentir bonito en el corazón. El amor en la familia se vive por medio de actos concretos. Por tanto, podemos ir con la imaginación hasta el hogar donde vivían Jesús, María y José y descubrir cómo eran en la intimidad:

* Era una familia en la que se sonreían con frecuencia unos a los otros. Puesto que se amaban, experimentaban el gozo de estar juntos. Sí, debió ser una familia alegre.
* Una familia donde los padres trataban con respeto a su hijo.
* Una familia donde los padres permitían a su hijo ser él mismo. Lo educaron, sí, lo cuidaron y protegieron, pero no pusieron obstáculos para que fuera exactamente quien era ni para que llevara a cabo su misión.
* Una familia donde el hijo estaba sujeto a sus padres.
* Una familia donde todos sentían gusto por servir al otro: no te molestes, yo lo hago; hoy descansa, yo me hago cargo; ¿qué necesitas?; ¿en qué puedo ayudar?
* Una familia que oraba: cada uno a solas con Dios, en familia y en comunidad (en la sinagoga).
* Puesto que estaba en gracia y había paz en sus corazones, seguramente era una familia donde reinaba el buen humor.
* ¿De qué modo expresaban el cariño y la ternura? No lo sabemos. Pero seguramente lo expresaban de algún modo.
* Puesto que su amor era profundo y verdadero, podemos dar por cierto que estaban atentos uno al otro; que eran sensibles a las necesidades y anhelos de los otros; que estaban ahí, que verdaderamente podían contar con el esposo, la esposa, el hijo, el padre y la madre.
* Confiaban unos en los otros.
* Se interesaban por el bienestar de parientes, vecinos, amigos y conocidos.
* No había odios, resentimientos, celos, lucha por el poder, insultos, manipulación, chantaje, envidia, mezquindades, competencias...

Jesús, María y José, la familia modelo. ¿Cómo sería nuestra familia si fuésemos santos como ellos y como Jesús nos pide? Seguramente nuestra vida sería más agradable, no inventaríamos problemas, creceríamos más y el mundo sería mejor.

Podemos hacerlo. Por lo menos podemos acercarnos un poco, paso a paso, a este ideal de familia.

Nuestros hijos no son Dios, como Jesús, pero igual merecen respeto. Su valor como seres humanos es inmenso y se lo deben a Dios, no a nosotros; por tanto, en esencia, somos iguales a ellos; jamás debemos ponernos en un plano superior.

Nuestros hijos, como Jesús, también necesitan que les permitamos ser ellos mismos y descubrir su misión, con todo lo que esto implica.

Nuestras familias necesitan alegría, paz, armonía, confianza, oración, respeto, servicio, cariño, atención, sensibilidad, generosidad, todo eso que estamos seguros era realidad en el hogar de la Sagrada Familia.

Si pretendemos compararnos, no olvidemos que nuestras familias también son sagradas. Son Iglesia doméstica y cada uno de nosotros es templo del Espíritu Santo. Vivamos de acuerdo con esta realidad.

La psicóloga Yusi Cervantes Leyzaola responderá las preguntas que se le envíen a la dirección de EL OBSERVADOR.

EL OBSERVADOR 233-8

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A las puertas del templo
Algo sobre la Navidad *
Javier Sicilia

Como cada fin de año, el mundo de Occidente se dispone a celebrar la Navidad, una de las grandes fiestas litúrgicas del mundo cristiano. ¿Qué significa? Las fiestas no tienen, en su sentido profundo, nada que ver con el «reventón» contemporáneo. No son un momento de dispersión o de diversión. Por el contrario, son esos grandes momentos de suspensión que nos aguardan en las encrucijadas del año para que nos recojamos y meditemos. Las fiestas son, por lo tanto, misterios. El de la Navidad, que quiere decir nacimiento, es el de la encarnación de Dios, el del descendimiento de lo alto a lo bajo, el signo de un trastocamiento profundo y secreto, tan profundo y tan secreto que parece simple como la vida diaria. Pues si en la Navidad celebramos el nacimiento de un Niño pobre en la intimidad de la gruta, celebramos en él el descenso de la inmensidad de Dios a la inerme pequeñez de una criatura. Trastocamiento de los trastocamientos, locura para los paganos de antaño como para los de hoy. ¿A quién, si no a la locura divina, podría ocurrírsele renunciar a los privilegios del todo poder para encarnarse en una indefensa criatura? El misterio es, por lo tanto, inmenso.

Quisiera reflexionar sobre tres de los elementos que lo acompañan: la gruta, la Virgen y el Niño. Todas las grutas están en el interior de las montañas, y toda montaña es el impulso de la tierra hacia el cielo. La gruta es el interior de la montaña, es su intimidad, su alma y su vientre. Los santuarios más antiguos de la humanidad son grutas, también los más modernos: pienso en las cuevas de los Himalaya o en la gruta de Lourdes. La gruta, en la simbología evangélica, nos introduce así en el misterio de la Virgen Madre.

Se podría asociar a María, como frecuentemente ha hecho cierta historiografía moderna, con la gran Madre adorada en Creta, con Isis, con Kali, etc. Las analogías son infinitas y hermosas, y no hay que apartarse de ellas con horror. En realidad todas esas diosas la prefiguraban, como todas las grutas sagradas de la antigüedad prefiguraban el inmenso acontecimiento de la Navidad.

Sin embargo, María no es una diosa. Los católicos no la adoramos, adoramos a Dios en ella. Su presencia y su necesidad en el misterio de la Navidad son ya parte de ese inmenso trastocamiento que es la Encarnación y que se expresa en ese Niño nacido de sus entrañas. Y porque Dios se ha abajado hasta presentársenos inerme y necesitado, desnudo y escondido, porque se ha puesto a nuestra merced, al grado de que en su pequeñez y en su delicadeza podríamos aplastarlo de un puñetazo, nos arroba el corazón, nos seduce y nos obliga a arrodillarnos y a venerarlo.

Si el misterio de la Pascua es el misterio de la Resurrección en el Reino de los Cielos, el de la Navidad, como afirma Lanza del Vasto, «es el de nuestro segundo nacimiento en este mundo, el de nuestra entrada al Reino de los Cielos». Su misterio no es, por lo tanto, una invitación a contentarnos con celebrarlo delante de una mesa bien provista y en medio de regalos, sino un llamado a un renacimiento de nosotros mismos para encontrarnos con la inmensa y maravillosa pobreza del Reino.

EL OBSERVADOR 233-9

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PERDER POR DEFAULT
¿Y el fin del mundo, pues?
Diego García Bayardo

No esperéis demasiado del fin del mundo.

En los años 70 abundaban los libros baratos, de esos de supermercado, que anunciaban con inconmovible certeza el fin del mundo para el año 2000. Según ellos, esta era la conclusión lógica y cierta del estudio de la Biblia, las pirámides, Nostradamus, etc. El libro o la técnica adivinatoria que usted guste.

Hoy no encuentra usted un libro de esos ni por casualidad. ¿Por qué? Pues porque nadie, ni los autores, creían en semejantes patrañas, y un texto semejante se lee únicamente por diversión, como una novela de terror que contiene sobresaltos y deliciosos estremecimientos, de esos que uno exorciza fácilmente con sólo cerrar el libro y dedicarse a otra cosa. Después de todo, el fin del mundo es sólo un juego. ¿O no, Charles T. Russell, William Miller, Paco Rabbane y demás profetas del final de los tiempos? Pero lo que puede ser divertido en los 70s ya no lo es tanto en la última semana de 1999, cuando nadie quiere echarse a perder la fiesta de año nuevo pensando y creyendo en cataclismos aterradores, por eso ya nadie lee aquellos libros. La moraleja es que el fin del mundo se ve interesante, pero de lejos.

Como nadie quiere creer en cosas desagradables, si están próximas, en los 90s la moda de las predicciones fue justamente la opuesta: la New Age. Esta onda, que afortunadamente ya está pasando de moda, decía que por estos años empezaría una nueva era en la que todo sería felicidad. Era algo así como una escatología para holgazanes: las guerras, el hambre, la injusticia, los impuestos, el racismo, la gripe y todas, todas las cosas desagradables del mundo iban a desaparecer así, zaz, mágicamente, sin esfuerzo alguno, por pura gracia de la naturaleza, los avatares, los extraterrestres o quien quiera que sea, nomás por haber pasado, según el zodíaco, de la casa de Piscis a la casa de Acuario. ¿Fácil, no? Por algo los new agers son unos optimistas incorregibles. La moraleja es que todos nos creemos unos supervivientes: «tal vez los demás se van a morir, pero yo no».

Lo más seguro es que en esta semana, ya sin catastrofistas y sin New Age, tendremos que conformarnos con los brujos y astrólogos de siempre, esos de la televisión, para saber, ahora sí con seguridad invencible, lo que nos depara el destino en el inminente año 2000. Todos los programas de variedades y los dirigidos al público femenino harán hasta lo imposible por tener en sus platós algún adivino que nos diga lo que va a pasar el próximo año. Empieza entonces la diversión: el brujo o bruja dirá que va a temblar en México (¡Maravilloso, maravilloso! ¿Sabía usted que tiembla miles de veces al año en México?). Que va a morir una persona importante (Lo sensacional sería que la gente no se muriera. Digo, ¿no?). Pero lo mejor será cuando le pregunten al adivino de las narices: ¿Quién ganará las elecciones presidenciales? Entonces se hará bolas, dará evasivas, se saldrá por la tangente y nos dejará igual que como estábamos antes de haber contado con sus profundas palabras, con su magnánima y milenaria, visionaria y prodigiosa sabiduría. Lo más curioso es que sus predicciones, tan vagas, no van a coincidir siquiera con las del brujo de la televisora vecina. ¿Por qué será, si las estrellas se ven igual desde San Angel que desde el Ajusco? La moraleja es que más vale desgracia conocida que esplendor por conocer.

Default se despide por este año, que aunque juren y perjuren en la tele que fue el último año del siglo XX y que este sábado 1o. habremos entrado a otro milenio, en realidad fue el penúltimo de este atormentado siglo, pues no hay decenas de 9 ni centenas de 99. Todavía falta un año para cambiar de siglo y, para concluir, os diré un pequeño secreto, parafraseando el epígrafe: no esperéis demasiado del nuevo milenio. Gracias a Dios.

EL OBSERVADOR 233-10

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Y tú, Belén, aunque eres la más pequeña entre las ciudades de Judá...
La ciudad que vio nacer a Jesús, el Mesías, el Dios hecho hombre, ciertamente ha cambiado al paso del tiempo; sin embargo, aún no pierde el encanto de antaño con sus callecitas estrechas, sus muros de piedra y sus arcos. Pero, de todos los sitios hermosos que podrían encontrarse en la otrora insignificante ciudad judía, el cristiano no podría inclinarse más por otro que no sea la Gruta, el lugar donde la Virgen María dio a luz al que es la Luz.

Aunque Belén no fue en sí mismo un lugar importante en los tiempos bíblicos, debe su fama a sus asociaciones con David y con el nacimiento de Cristo.

Esta ciudad está en el borde occidental del desierto de Judea y en todas las épocas ha sido lugar de acogida para la gente que llegaba del desierto. La historia de Rut (Rut, 1, 1) indica, sin embargo, que la propia Belén podía sufrir escasez de agua si fallaban las lluvias.

A pesar de que David pasó la mayor parte de su vida adulta en Hebrón y Jerusalén, su vínculo con Belén a través de su nacimiento dio lugar a la esperanza profética de que nacería quien habría de señorear a Israel:

«Y tú, Belén Efratá, aunque eres la más pequeña entre todos los pueblos de Judá, tú me darás a Aquél que debe gobernar a Israel, cuyo origen se pierde en el pasado, en épocas antiguas» (Miqueas 5, 1).

La profecía significaba que el Mesías saldría de la familia de David, cuyas raíces estaban en Belén. No estaba claro, en cambio, que debía nacer en Belén, a pesar de que Miqueas parecía oponer a este rey pacífico, nacido de un pueblo rural, a los reyes inútiles de la capital. Pero posteriormente muchos entendieron que el Mesías debía nacer en Belén.

Con el nacimiento de Jesús, Belén pronto figuró en los itinerarios de los peregrinos, siendo la basílica fundada en el año 330 por el emperador Constantino el centro de atención de su visita. Dos siglos después fue construida una nueva basílica sobre la primera, pero aún se conservan numerosos restos de la primera.

EL OBSERVADOR 233-11

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Cuento de Navidad
La canica La canica (historia popular)

Había un gran alboroto en el Cielo, pues se había corrido la noticia de que Jesús, el Hijo de Dios, iría a la Tierra a salvar a todos los seres humanos. Todos los ángeles, presurosos, preparaban con gran alegría, con mucho esmero y amor, una gran fiesta de despedida. Cada uno de ellos tenía su comisión: adornar el salón, preparar los bocadillos, las bebidas, el mobiliario, enviar las invitaciones, y todo aquello que significa la organización de una fiesta.

Pues bien, otro ángel era el encargado de supervisar que todos los ángeles, querubines, serafines, principados, potestades, santos, santas, beatos y beatas y, en fin, todo el que habita allá arriba, tuviera a bien preparar un obsequio y/o recuerdo que el Señor Jesús necesitara en la Tierra.

Pero había un pequeño angelito que era, para su mala fortuna, el más pequeño, desastroso, rebelde, inquieto, juguetón y travieso; pero era un «ángel» de amor, bondad, ternura y servicialidad. Este pequeño no encontraba entre sus pertenencias algo que valiera la pena para obsequiarle el Señor Jesús, y corrió de tienda en tienda buscando un regalo especial. Nada encontró. Y triste, muy triste, se fue a refugiar a su habitación. Ahí se puso a jugar con su único tesoro: una pequeña canica vieja y cascada que un niño en la Tierra le regaló en alguna ocasión. Y brincó de alegría, pues eso iba a ser el regalo para Jesús, pues pensó que Jesús vendría a la Tierra como niño y no iba a tener juguetes; ese sería su primer juguete.

Lo envolvió lo mejor que pudo, pues en la tienda ya no había papel para envolver, ni moños, y el día de la despedida del Señor Jesús, presuroso, cayéndose y tirando todo lo que a su paso encontraba, llegó frente a Jesús y le dijo: Toma, te la regalo para que juegues con ella, no es nueva, está algo viejita, pero es muy bonita. El Señor Jesús tomó el regalo y partió hacia la Tierra.

Y esa pequeña canica viejita y gastada se convirtió en la Estrella de Belén que guió a los Magos de Oriente hacia el pesebre donde nació nuestro Salvador.

EL OBSERVADOR 233-12

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Cuaderno de notas
La creencia y su sombra

Hay muy pocos estudios sobre las creencias reales de los mexicanos. Generalmente aceptamos las estadísticas del INEGI con respecto a la religión. Y todavía no encuentro mexicano antiguo que, al ser preguntado sobre si es seguidor de Cristo, lo niegue; quizá nada más por hacerle pasar un rato amargo al encuestador oficial, al que le asignamos un laicismo oficial y recalcitrante. Por sí o por no, casi todos nos apresuramos a declararnos católicos, con independencia de que esa fe se traduzca en obras. Lo primero que podemos descubrir es que la salvación es un artículo de último recurso: se tiene ahí para cuando se ocupe. El Cielo es una costumbre que se enhebra con el lenguaje, pero que no consigue enredarse en la vida cotidiana de la gente. Se cree en una vida después de la vida; empero, mientras eso llega, se cree en los poderes terrenales.

Sin embargo, si en este momento se hiciera el sondeo sobre el pilar fundamental de la creencia del mexicano, éste estaría fincado en la familia. Ser familia, viajar en familia, vivir en familia, comer en familia y, a la hora de morir, morir arropado por la familia es la máxima aspiración que tenemos. Pero muy poco hacemos por fomentar el ideal.

El trabajo (y el dinero que viene aparejado a éste) es en anhelo de quienes jamás tienen chamba estable ni dónde caerse muertos. Trabajar en lo que sea, pero trabajar: he ahí el valor vital de la acción social del mexicano. ¿Para qué? Obvio: para, una vez en el trabajo, dedicarnos a matar el tiempo, espantar moscas, comer tortas a las once de la mañana y tratar de «hacer como que trabajamos» mientras el patrón se dedica a «hacer como que nos paga». Esa suerte de esquizofrenia nos persigue: un valor es algo en que los mexicanos creemos, pero que no estamos dispuestos a conquistar; eso es cosa de japoneses o de alemanes (bien alimentados).

También creemos en la educación. Son incontables los casos de padres que se quitan el pan de la boca para darle educación a sus hijos. Sin embargo hay un abismo. En una toma (imaginaria) el niño corre desharrapado pateando una pelota; en la siguiente toma, el niño ya es un diplomático de carrera. Pero una vez disipado el sueño, lo único que queda es el niño desharrapado pateando la pelota; lo demás lo disolvió la flojera, la ausencia de dos años de la maestra y el que el muchacho prefirió dedicarse al futbol.

Entonces, ¿en qué creemos? He ahí una pregunta que debería suscitar más investigaciones y más observación.

EL OBSERVADOR 233-13

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El Niño Jesús habla en la cuna
Joaquín Antonio Peñalosa

Nacer aquí al portal de tus pestañas,
bajar del cielo y verlo en tus pupilas,
dejar el Sol para encontrar la Estrella
y en tu alborada no extrañar mi noche.
He venido a sufrir, pero te tengo,
¡oh gozo de llorar porque me duermas!
Diles mi nombre mientras me lo enseñas.
¡Vuélvame ya tu manto, tengo frío!
No eligieron los lirios su semilla
ni su alcoba de nácar los jazmines;
en busca de su cuna anduvo el niño,
soy el único amor que escoge el suyo.
Puse fuego en la nieve, flor al fruto,
daré el otoño la estación primera,
vino el viento de Dios sembrando el germen
y atravesé tus campos sin romperlos.
¡Cántame, tengo sueño!
Me dirán que reflejo tus corolas
como a la madre se parece el hijo,
y eres tú la que imitas mis jardines,
y Dios aprende a niño con tus lágrimas.
¡Apaga esas estrellas!
(FIN)

EL OBSERVADOR 233-14

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