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EL OBSERVADOR 234-2
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EL OBSERVADOR 234-3
Crítica de medios de comunicación
Adicciones en cadena
Santiago Norte
Un estudio reciente, elaborado por investigadores de la Universidad de Washington en Saint-Louis, ha puesto de manifiesto una intuición muy antigua: que las adicciones van en cadena, es decir, que existe un hilo conductor que va moldeando lo que podríamos considerar la personalidad adicta. El trabajo en cuestión fue publicado en la revista
Addictive Behaviors y se basa en una encuesta realizada a una muestra de 129 universitarios de una institución privada del Medio Oeste de los Estados Unidos.
Tendencias: las mujeres tienen más probabilidades de convertirse en adictas al café (en realidad, a la cafeína) y a los chocolates, mientras que los hombres son susceptibles al alcohol, al tabaco, al juego, a la televisión y al internet. Esto es, los machos humanos tienen mayor predisposición a ser adictos a una sustancia o a una actividad que las hembras humanas. Con ello, de paso, se le da otro empujón más a la idea ancestral de que la mujer representa el «sexo débil». Si en alguna conducta existe prueba manifiesta de debilidad es en la adicción, en ese abandono del sí-mismo a ser regido desde afuera de sí por un agente que, la mayoría de las veces, es atentatorio contra el desarrollo sano en lo físico y en lo espiritual o moral.
Llama la atención, por lo demás, que en este experimento se haya incluido a la televisión como una actividad que provoca adicción. Ya hemos publicado en estas páginas otros estudios que comprueban el fenómeno, pero eran estudios, por decirlo de alguna forma, no oficiales; esto es, no tan válidos científicamente como el que presenta ahora la Universidad de Washington.
Otra parte del trabajo que comentamos expresa que hay «una clara tendencia entre los estudiantes universitarios a hacerse adictos a más de una sustancia o actividad». Según explica David K. Dodd, cabeza de esta investigación, los estudiantes que mostraban altos niveles de adicción al juego también se reconocían adictos a los videojuegos, mientras que los grandes fumadores también resultaban grandes bebedores. Lo dicho: hay una personalidad adictiva cuya centralidad podría ser no soy psicólogo la dificultad para discernir, la abulia para anteponer conciencia (es decir, conocimiento de sí) a alteración. El adicto es un ser poco capaz de introspección, de soledad, de reflexión. Vive desde y para la epidermis y, por lo mismo, es un hombre o mujer extremadamente sencillo de colocar. No pertenece sino al lugar que le marca su adicción.
Dicho de manera esquemática: se ingresa a la adicción por lo menos parecido a una adicción para, más tarde, aunque no siempre, seguir con las adicciones duras. Antes hablaba de la televisión. En efecto, es el primer disparador de la personalidad adictiva de este fin de siglo. Por la sencilla razón de que muy pocos padres de familia la consideran como una costumbre peligrosa. La tienen en altísima estima. Tanto así que el promedio de horas-niño en México es de los más altos del mundo con 255 minutos diarios de exposición al chorro catódico. Por ahí comienza la elaboración de las adicciones. Y todavía hay quien se sorprende del aumento extraordinario de niños consumidores de drogas, de jóvenes alcohólicos y de adolescentes enganchados a los videojuegos. Es consecuencia normal de la permisividad y de la falta de discernimiento que arrastra consigo la primera y más temprana adicción: la televisiva.
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EL OBSERVADOR 234-4
Javier Sicilia
Entre los aforismos de Chesterton que Ignacio Solares suele recordar frecuentemente está uno que para mí resume admirablemente el sentido del ser cristiano: «El cristianismo es ir de la mano de alguien a algún sitio».
Pocas cosas, en su sencillez, he escuchado más bellas y profundas. Lo que con esta frase Chesterton le recuerda a un mundo que exalta la individualidad y el darwinismo económico y social, es que el hombre no es nada sin los otros. Si bien nuestro ser es creación de Dios, éste no se cumple sin el acogimiento de nuestros semejantes, sin que otros nos tomen de la mano y caminen a nuestro lado. Sin esto, sin esta sencilla y a la vez profunda expresión de lo cristiano, no habría cultura, ni mundo, ni memoria histórica.
Los seres humanos no somos porque nos aprovechamos de otros, porque tengamos más sabiduría o más dinero, somos porque caminamos tomados de las manos, conduciéndonos, enseñándonos unos a otros, acogiéndonos, incluso, sacrificándonos.
Desde que llegamos al mundo alguien o algunos nos acogieron, nos arroparon, nos tomaron de la mano y nos enseñaron a caminar y amar el mundo; después llegaron otros e hicieron lo mismo; y nosotoes hicimos y hacemos lo mismo con otros: siempre habrá alguien que tomará nuestra mano y nos acompañará hasta el final, al umbral de la muerte, en donde Dios nos aguarda.
Es, sin embargo, esta falta de sentido de la existencia la que nos está llevando por un derrotero camino de destrucción.
La negativa, muy moderna, de no tomar de la mano a otros para ir a algún sitio, es la raíz envenenada de los males que nos aquejan, del Fobaproa, de la impunidad, de los secuestros, de la lucha por el poder a costa de cualquier cosa. Ese mal viene de la estupidez, viene de la incapacidad, de ya no estar dispuestos a caminar juntos.
El aforismo de Chesterton, en su simpleza, nos recuerda el único valor por el que la humanidad puede recuperar su condición de humanidad y de salvarse (y yo sé bien cuánto le debo a muchos hombres y mujeres que han tenido la generosidad de tomarme de la mano y caminar a mi lado para que no caiga, para que no me pierda), es también un desafío a todos los cristianos para que la santidad se encarne en los actos de nuestra vida diaria.
Los cristianos, en un mundo amenazado por los poderes del individualismo, debemos esforzarnos por cristianizar, en el sentido en que Chesterton lo resume, las formas en que se manifiestan las sociedades humanas. Lo que Chesterton nos pide es que volvamos a recuperar el sentido de la existencia que es el acogimiento de los otros, por encima de las petulancias de la globalización y de los reductivismos económicos. En síntesis, nos pide que volvamos a ser capaces de tendernos la mano unos a otros y de volver a caminar juntos.
Entre mayor sea la humanidad que se santifique, es decir, entre mayor sea el número de hombres y mujeres que estén dispuestos a renunciar a los mitos del desarrollo para tomar generosamente las manos de otros y caminar hacia el Reino, hecho de gratitud y de pobreza, menores serán las coerciones sociales, porque mayor será el impulso hacia el bien.
Para ello, es decir, para que el aforismo de Chesterton se cumpla en su totalidad, es necesario que la «comunidad» social, hecha de impunidad, de leyes y de coerción, le haga sitio poco a poco a una comunión de amores personales, gratuitos y libres. El verdadero amor realiza el milagro de unir el máximo don a otro ser y el máximo de gratitud y de libertad recíprocas.
En esto creo que se encuentra el sentido mismo de las palabras de Chesterton.
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El rincón del Papa EL OBSERVADOR 234-5
La construcción de la civilización del amor
«Nuestra responsabilidad de cristianos se expresa en el compromiso de la nueva evangelización, uno de cuyos frutos más importantes es la civilización del amor». Así habló Juan Pablo II en audiencia general tras denunciar que, a lo largo de las décadas pasadas, la pérdida del sentido de Dios ha coincidido con el «avance de una cultura nihilista» que relativiza los valores fundamentales, como los de la familia y el respeto de la vida.
La paradoja moderna
Su Santidad lamentó profundamente que, «paradójicamente, se exige que el Estado reconozca como derechos muchos comportamientos que atentan contra la vida humana».
Existe «un rechazo cada vez mayor del otro en cuanto a otro explicó el Papa que interroga nuestra conciencia de creyentes». Y es que, frente a la «cultura de la muerte», la «civilización del amor» tiene en su centro «el reconocimiento del valor de la persona humana y, concretamente, de todas las personas humanas. La visión cristiana del ser humano como imagen de Dios implica que los derechos de la persona sean respetados por la sociedad», ya que dicha sociedad no es la que crea tales derechos, sino «simplemente los reconoce».
Que no quede en palabras
Juan Pablo II afirmó que, para que la doctrina sobre la dignidad de la persona humana no se quede sólo en palabras, hace falta que la vida social esté «animada por el soplo de una auténtica experiencia religiosa».
La Iglesia ha ayudado, y continúa haciéndolo, en la proclamación de los derechos inalienables de la persona humana de varias maneras, pero la principal es la del testimonio de todos los cristianos: «El cristianismo ofrece su contribución a la construcción de una sociedad a medida del hombre manifestó el vicario de Cristo, asegurándole un alma y proclamando las exigencias de la ley de Dios, que deben ser respetadas por todas las organizaciones y legislaciones de la sociedad. Esta contribución de la Iglesia concluyó pasa sobre todo a través del testimonio ofrecido por los cristianos, y en particular por los laicos en su vida cotidiana».
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EL OBSERVADOR 234-6
Diego García Bayardo
Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos.
J. R. R. TOLKIEN. El señor de los anillos.
La delincuencia creciente y la impunidad han hecho que algunos exaltados clamen otra vez por la aplicación de la pena de muerte en México. ¿Por qué una parte de la sociedad propone la violencia como remedio de la violencia? Porque el mal, esa fuerza que se empeña en destruir la obra de Dios, no se limita solamente a causar daño y sufrimiento: su mayor triunfo consiste en convertir a las víctimas en victimarios, pervertir la conciencia de los hombres y lograr que los que sufrieron un mal se encarguen en el futuro de hacérselo sufrir a otros.
Casi todos los delincuentes provienen de familias con problemas de desintegración, donde en su niñez sufrieron alguna clase de maltrato o carencia culpable. Ya les tocó sufrir de pequeños, ahora han vuelto como criminales. Se cierra entonces el círculo del mal, complacido de no sólo haber martirizado a una generación, sino también a la siguiente, y de haber convertido a los que antes lloraban en unos desalmados. Del mismo modo, si la sociedad empieza a ver la pena de muerte como algo aceptable es que ha sufrido a nivel colectivo un daño psicológico y espiritual similar al del individuo ultrajado: de víctima pasa a convertirse en turba vengativa que busca la destrucción del que le hizo daño, sin pensar en las consecuencias a corto y largo plazo de su furia desatada. El mal pervierte a toda la sociedad, la hace
mala.
En nuestro catolicismo a la mexicana, champurrado, para no decir light, no es extraño ya ver católicos llevados por el sentimentalismo y la venganza que abogan por la instauración de la pena de muerte, convencidos de que cuando Dios dijo «No matarás» sólo estaba expresando una opinión como cualquier otra, o que el pobrecillo, poco previsor, no sabía que en el siglo XX las cosas se iban a poner muy feas y que sus mandamientos ya no iban a dar el ancho. Si supieran que no hay nada nuevo bajo el sol y que en el Canaán bíblico era un pasatiempo ordinario estrellar bebés contra las rocas...
Los apologistas de la pena de muerte dicen que este castigo ejemplar asustaría a los criminales potenciales, de modo que ya no se atreverían a delinquir. Esta falacia es fácil de derribar: en los países donde existe la pena capital se perpetra más o menos el mismo número de crímenes graves que en los que no se aplica tal pena, basta ver las estadísticas. Además, cuando un delincuente comete un ilícito de esos y sabe que si lo capturan lo ejecutarán, hará cualquier cosa por escapar, incluso si para ello es necesario que cometa más y más crímenes. Del mismo modo, la suposición de algunos apologistas de que la ejecución del reo es la única forma de garantizar que no vuelva a hacer daño también es insostenible: basta la cadena perpetua o un encarcelamiento muy largo para lograr el mismo fin -un reo de 30 años de edad condenado a 40 años de prisión saldrá a los 70 y seguramente ya no podrá hacer daño alguno.
Cualquier argumento de tipo económico a favor de la pena de muerte (aliviar la sobrepoblación de las cárceles, no tener que alimentar y vestir a los delincuentes si se les ejecuta, etc.) es simplemente satánico. Es convertir la deshumanización salvaje del neoliberalismo en legislación penal y tratar a los humanos, aunque sean delincuentes, como piezas desechables de una máquina sin espíritu ni Dios. ¿Es malo matar? Entonces que no mate nadie, ni el Estado. ¿Es injusto hacer de las mujeres viudas y de los niños, huérfanos? Entonces que no sea el Estado precisamente el autor de esa vileza.
Si México se deja de vías rápidas o soluciones facilonas pero estúpidas, y en lugar de imitar legislaciones extranjeras de probada ineficacia y de exponer al delincuente a la ciega venganza del populacho, invierte sus recursos y talentos en prevenir el delito, pronto se verá que es más eficaz, justo y hasta barato educar en la rectitud que castigar bárbaramente por acá y por allá. O como quisiera advertir cierto refrán, tapar el pozo antes de que se ahogue el niño.
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EL OBSERVADOR 234-9
¿Es posible lograr un mundo mejor para todos? Si es así, ¿cuáles son sus condiciones? Al despuntar el tercer milenio de la cristiandad son preguntas obligadas que debemos hacernos en familia, en grupo e individualmente. No se trata de fomentar el ocio, sino de interrogantes esenciales para seguir adelante.
¿Es posible un mundo mejor? La respuesta espontánea, la que surgirá de usted, amable lector, será: «¡Claro que es posible!». Yo pienso igual. El problema, sin embargo, es el
cómo lo vamos a lograr. Me salta a la vista una condición imposible de eludir: que en el trabajo hacia la transformación de la realidad actual y mundana estén los demás, todos los demás, incluidos. Bastante tristeza histórica causa comprobar cuántas lágrimas han sido producto del egoísmo de quien desea salvar su pellejo sin importar mucho (a veces nada) el pellejo de los demás.
Otra cosa: construir un mundo más respirable requiere sacrificio, austeridad, frugalidad. Es impensable seguir en la cultura del desperdicio y del desprecio desde la que hemos venido actuando. Una labor de perfeccionamiento personal en la renuncia y de donación solidaria en la entrega de aquellos bienes que nos habíamos apropiado y que son de todos. El sacrificio causa dolor, lo sé, pero es el único camino hacia ese nuevo mundo que decimos querer.
Estamos, pues, en el terreno de las condiciones o prerrequisitos para cambiar el estado de la situación actual. Además del sacrificio está la participación. El hueco que dejamos cuando nos quedamos mirando la vida lo llenan otros con sus intereses y con sus necesidades de poder. Dejar que el mundo ruede es ignorarlo. Ser indiferentes es matar nuestra mayor cualidad: la de aplicar la razón para salvarnos juntos.
Finalmente hay que decir que el hombre es una criatura divina. Ha salido de Dios, ha sido redimido por Dios y no descansará hasta volver a Él. Quiero decir que la fe en Dios será el motor más potente para cambiar al mundo. (J. S. C.)
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1 de enero de 2000 EL OBSERVADOR 234-11
«Paz en la Tierra a los hombres que Dios ama»
Extracto del mensaje de Su Santidad Juan Pablo II para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz
Éste es el anuncio de los ángeles que acompañó al nacimiento de Jesucristo hace 2000 años (cfr.
Lc 2,14). Dios ama a todos los hombres y mujeres de la tierra y les concede la esperanza de un tiempo nuevo, un tiempo de paz. Su amor, revelado plenamente en el Hijo hecho carne, es el fundamento de la paz universal.
A todos les digo que la paz es posible. Pedida como un don de Dios, debe ser también construida día a día con su ayuda a través de obras de justicia y de amor. Ciertamente, son muchos y complejos los problemas que a menudo hacen que sea difícil y desalentador el camino hacia la paz, pero ésta es una exigencia profundamente enraizada en el corazón de cada ser humano. Por eso no debe disminuir la voluntad de buscarla incesantemente, pues su fundamento se halla en la conciencia de que la humanidad, marcada por el pecado, el odio y la violencia, está llamada por Dios a formar
una sola familia.
Con la guerra, la humanidad es la que pierde.
El siglo XX nos deja en herencia, sobre todo, una advertencia: unas guerras a menudo son causa de otras, ya que alimentan odios profundos, crean situaciones de injusticia y ofenden la dignidad y los derechos de las personas. En general, además de ser extraordinariamente dañinas, no resuelven los problemas que las originan y, por tanto, resultan inútiles.
Con la guerra, la humanidad es la que pierde.
Frente al escenario de guerra del siglo XX, el honor de la humanidad ha sido salvado por los que han hablado y trabajado en nombre de la paz. Es un deber recordar a los que han contribuido a la afirmación de los derechos humanos y a su solemne proclamación, a la derrota de los totalitarismos, al final del colonialismo, al desarrollo de la democracia y a la creación de grandes organismos internacionales.
La vocación a ser una sola familia
No podemos prever el futuro; sin embargo, podemos establecer un principio exigente:
habrá paz en la medida en que toda la humanidad sepa redescubrir su originaria vocación a ser una sola familia, en la que la dignidad y los derechos de las personas sean reconocidos como anteriores y preeminentes respecto a cualquier diferencia o especificidad.
Por eso es necesario un cambio radical de perspectiva; ante todo debe prevalecer el bien de la humanidad. La consecución del bien común de una comunidad política no puede ir contra el
bien común de toda la humanidad, concretado en el reconocimiento y respeto de los derechos del hombre.
Crímenes contra la humanidad
De este principio surge una consecuencia de gran importancia: quien viola los derechos humanos, ofende la conciencia humana en cuanto tal
y ofende a la humanidad misma. El deber de tutelar tales derechos transciende, pues, los confines geográficos y políticos dentro de los que son conculcados.
Los crímenes contra la humanidad no pueden ser considerados asuntos internos de una nación.
El derecho a la asistencia humanitaria
En todo caso, ante estas situaciones complejas y dramáticas y contra todas las presuntas « razones » de la guerra, se ha de afirmar el
valor fundamental del derecho humanitario y, por tanto, el deber de garantizar el derecho a la asistencia humanitaria
de los refugiados y de los pueblos que sufren.
Quiero aquí reafirmar mi profundo convencimiento de que, ante los actuales conflictos armados, la negociación entre las partes, ayudada con
oportunas intervenciones de mediación y pacificación llevadas a cabo por organismos regionales e internacionales, asume la máxima relevancia para prevenir los mismos conflictos o, una vez que han estallado, para que cesen, restableciendo la paz por medio los derechos y de los intereses en juego.
La «injerencia humanitaria»
Evidentemente, cuando la población civil corre peligro de sucumbir ante el ataque de un agresor injusto y los esfuerzos políticos y los instrumentos de defensa no violenta no han valido para nada, es legítimo, e incluso obligado, emprender iniciativas concretas para desarmar al agresor.
A este propósito la misma Organización de las Naciones Unidas tiene que ofrecer a todos los Estados miembros la misma oportunidad de participar en las decisiones, superando privilegios y discriminaciones que debilitan su papel y credibilidad.
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La paz en la solidaridad
Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz duradera. No hay verdadera paz si no hay equidad, verdad, justicia y solidaridad. Está condenado al fracaso cualquier proyecto que mantenga separados
dos derechos indivisibles e interdependientes: el de la paz y el de un desarrollo integral y solidario.
Es necesaria una reorientación de la cooperación internacional, en los términos de una nueva cultura de la solidaridad.
Es preciso, en especial, encontrar soluciones definitivas al viejo problema de la deuda internacional de los países pobres, garantizando al mismo tiempo la financiación necesaria también para la lucha contra el hambre, la desnutrición, las enfermedades, el analfabetismo y la degradación del medio ambiente.
Jesús, don de paz
En todo el mundo, en el contexto del Gran Jubileo, los cristianos están comprometidos a hacer solemne memoria de la Encarnación. Retomando el anuncio de los ángeles en Belén, ellos proclaman este acontecimiento con la conciencia de que Jesús
«es nuestra paz » (Ef 2,14). Sus primeras palabras a los discípulos después de la Resurrección fueron:
«La paz esté con ustedes» . Él vino para unir lo que estaba dividido, para destruir el pecado y el odio, despertando en la humanidad la vocación a la unidad y a la fraternidad. Él es, por tanto, el principio y el ejemplo de esta humanidad renovada, llena de amor fraterno, de sinceridad y de espíritu de paz, a la que todos aspiran.
(FIN)
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