El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano
Periodismo católico para la familia de hoy

23 de Enero de 2000 No. 237

SUMARIO

bullet PINCELADAS La unión hace la fuerza
bulletA LAS PUERTAS DEL TEMPLO El laico frente a la política
bulletEL RINCÓN DEL PAPA «Hagan lo que Él les diga»
bulletUn «error de traducción» provocó el grito unánime: «Que el Papa no renuncie»
bulletPERDER POR DEFAULT Los mormones ante la arqueología
bulletEl hombre del tercer milenio. Retos, aspiraciones y compromisos (II)
bulletAL ALBA DEL MILENIO Yermo: la paradoja cristiana
bulletORIENTACION FAMILIAR Mi esposo salía con otra mujer
bulletEl vocabulario cristiano para el nuevo milenio

PINCELADAS
La unión hace la fuerza
Justo López Melús *

Hay muchas cosas que no podemos hacerlas solos. Pero podemos hacerlas pidiendo ayuda a los demás, y así crece la fraternidad, y pidiendo ayuda al Señor crece nuestra filiación hacia el Señor. Pedro había estado toda la noche pescando en el lago de Genesaret y no había pescado nada. Jesús le ordenó que echara la red al otro lado y la pesca fue muy abundante. Trabajando con el Señor todo fue más fácil y mejor.

David estaba cavando en el huerto, con su padre, cuando tropezaron con una gran piedra.

– Tenemos que quitarla –dijo el padre.
– Yo la quitaré –dijo David. Pero después de esforzarse mucho confesó:– No puedo.
– Yo creo que puedes si lo intentas en serio.
– Ya lo he intentado todo, y no puedo.
– ¿Ya has intentado todo?
– Yo creo que sí.
– Hay algo que has olvidado. Podías haberme pedido ayuda a mí.
– Papá, ¿quieres ayudarme?

Y los dos juntos lo consiguieron.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 237-1

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A LAS PUERTAS DEL TEMPLO
El laico frente a la política
(Tercera y última parte)
Javier Sicilia

Quiero, al llegar aquí, relatar una anécdota que pude ilustrar mi análisis. Corría la década de 1900. Charles de Foucauld, que había renunciado a su condición de noble, a su estatuto de oficial en el ejército francés y que, siguiendo su vocación de imitar la vida oculta de Jesús de Nazaret, se había establecido en Beni Abbés, región argelina situada cerca de Marruecos.

En el Sahara eran y continúan siendo muchos, pero en la época de Foucauld eran más los esclavos. Pese a los esfuerzos de las sociedades antiesclavistas no había podido suprimirse la esclavitud en el Sahara y ni siquiera mejorar la condición de vida de los esclavos. Sus amos, después de haber exigido de ellos el trabajo que necesitaban, no los alimentaban ni los vestían. Su principal trabajo era sacar agua de los pozos para regar las palmeras. Si detenían su labor o la hacían lenta, eran golpeados. Si se evadían, eran cazados como bestias, y si se les atrapaba vivos, se les cortaban los tendones de los pies para que no volvieran a escapar. Foucauld se dio cuenta de la situación. Habló con las autoridades francesas de la región. Pero éstas, como sucede con todos los representantes de instituciones que tienen intereses políticos y económicos que proteger, no procedieron. Veían con malos ojos la esclavitud, pero la consentían por no contrariar a los nobles del país, propietarios de los esclavos. Foucauld, como fiel discípulo de Jesús, no tenía intereses que defender ni causa que proteger ni relaciones que armonizar. Comenzó, pues, a comprar esclavos y a liberarlos. Pocos, cinco o seis, pero los suficientes para crear un conflicto de orden político. Apenas empezó su actividad el ruido se extendió por todo el oasis. Muchos esclavos llegaban a su ermita a suplicarle que los rescatara. Los propietarios, inquietos, protestaron ante los oficiales franceses acusándolo de quererles quitar la mano de obra. Se llamó a Foucauld a la cordura, pero éste continuó su actividad. Después de tres años de situación límite, los jefes anexos a los oasis tomaron por acuerdo común las medidas necesarias para su primir la esclavitud de manera progresiva. La primera medida que se tomó fue que los esclavos no podían cambiar de amo, pero, si no eran bien tratados, los jefes los liberarían.

Foucauld había abandonado todo, excepto la causa de Dios. Había llegado no para ayudar a los franceses o para interferir en asuntos políticos, simplemente había llegado para vivir el Evangelio. Cuando esa experiencia se cruzó con la vida de los esclavos, su amor por cada uno de ellos derivó en un conflicto político y económico.

Esta enseñanza, que es una imitación viva de Cristo, nos recuerda a los cristianos que todas nuestras actividades deben estar llenas del Evangelio hasta el extremo de que seamos capaces, con toda independencia y respeto de los poderes y de las ideologías de este mundo, de afirmar, cueste lo que cueste, los únicos valores que garantizan plenamente la trascendencia y los derechos fundamentales de la persona humana. El cristiano, si se respeta como tal, está obligado a proceder como Cristo. Sea cual sea su posición en las luchas sociales y políticas y en la estructura económica del país, su fidelidad debe estar del lado del Evangelio, es decir, del hombre. Quien no esté dispuesto a ello y, en consecuencia, a transformarse y a transformar las estructuras de pecado de nuestro mundo social, político y económico, para hacerlas dignas del bien común y del hombre, entonces no merece haber puesto la mano en el arado. El cristiano es amor y fecundidad en la justicia; es, por lo tanto, un hombre de fidelidad y de honor. La sociedad del consumo, del mercado, del monetarismo, de la usura bancaria –la nuestra–; esta sociedad que prefiere sacrificar hombres antes que el dinero, es una sociedad que carece de honor, y el cristiano que se olvida de las enseñanzas de Jesús se contamina de ella y termina por ofrecerse en todos los mercados a cualquier clase de servidumbre. Por ello, contra el flujo inhóspito de esta sociedad neoliberal, el cristiano está cada vez más llamado a transformarla, incluso, como Cristo lo mostró, a riesgo de su propia vida. Si los cristianos no estamos dispuestos a ello y a imitar a Cristo hasta en sus últimas consecuencias, ¿quién entonces salvará al mundo?

EL OBSERVADOR 237-2

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El rincón del Papa
«Hagan lo que Él les diga»

Desde el tiempo de la reforma de Lutero, una de las mayores disputas entre las confesiones cristianas ha sido la del papel de María en la historia de la salvación. Juan Pablo II ha despejado los malentendidos en una de sus más recientes audiencias generales:

El Padre Celestial «quiso que María estuviera presente en la historia de la salvación –explicó Su Santidad–. Cuando decidió enviar a su Hijo al mundo, quiso que llegara a nosotros naciendo de una mujer. De este modo quiso que esta mujer, la primera que acogió a su Hijo, lo comunicara a toda la humanidad. Por tanto, María se encuentra en el camino que va desde el Padre a la humanidad como madre que nos da a todos al Hijo Salvador. Al mismo tiempo se encuentra en el camino que tienen que recorrer los hombres para ir al Padre, por medio de Cristo en el Espíritu».

María no compite con Cristo

«Para comprender la presencia de María en el itinerario hacia el padre –continuó el vicario de Cristo–, tenemos que reconocer con todas las Iglesias que Cristo es «el camino, la verdad y la vida» y el único mediador entre Dios y los hombres. María está presente en la única mediación de Cristo y está totalmente a su servicio. De modo que la misión maternal de María hacia los hombres de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. No estamos afirmando ni mucho menos que el papel de María en la vida de la Iglesia está fuera de la mediación de Cristo o junto a ella, como si se tratara de una mediación paralela o en competencia». La Iglesia reconoce abiertamente esta función subordinada de María, la experimenta continuamente y «la recomienda al amor de los fieles para que, apoyados por esta ayuda materna, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador».

María no pretende brillar

Puntualizó el Papa que «María en realidad no quiere atraer la atención sobre su persona. Vivió en la tierra con la mirada puesta en Jesús y en el Padre Celestial. Su deseo más fuerte fue el de hacer que las miradas de todos convergieran en esta dirección». Por eso «cada generación de cristianos sigue escuchando el eco de las palabras dirigidas a los servidores durante el milagro de Caná; 'Hagan lo que Él les diga'».

EL OBSERVADOR 237-3

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Un «error de traducción» provocó el grito unánime: «Que el Papa no renuncie»

Una nota publicada el 9 de enero fue publicada por la agencia italiana ANSA en la que se retomaban las declaraciones del obispo Karls Lehmann, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, levantó revuelo primero en Italia y luego en el resto del mundo. En ella se pedía la renuncia del Papa.

El Vaticano tomó con mucha tranquilidad las supuestas declaraciones de Lehmann, limitándose a opinar que monseñor Lehmann no había podido decir tal cosa. Y, efectivamente, el prelado no lo había hecho, tal como se confirmó cuando se recibió el texto original de lo expuesto por Monseñor.

ANSA aceptó su culpa con estas palabras del director: «Dimos en dos líneas un texto que en total llena 80 líneas. Está claro que en dos líneas no se expresa exactamente lo que dijo el Obispo».

De todo esto, sin embargo, se ha obtenido algo bueno: la adhesión expresa de la Iglesia, desde obispos hasta laicos, al obispo de Roma. La agencia católica ZENIT ha colectado algunas de las declaraciones que trajo semejante «error de traducción»:


El Papa no es el directivo de una multinacional, sino el pastor que Cristo ha dado a su Iglesia. Para cumplir con este encargo se requiere sabiduría, algo que con la edad aumenta, en lugar de disminuir. Además, su vejez y enfermedad constituyen para los ancianos y enfermos un signo de esperanza.

Card. Joachim Meiser, arzobispo de Colonia.


Juan Pablo II es anciano y débil, pero todos los días se indaga demasiado despiadadamente sobre su enfermedad. Sin embargo, este pontífice se asoma al 2000 con un sueño, con un proyecto y con muchas ideas.

Andreas Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio.


Estoy en contra de un retiro de Karol Wojtyla.

Hans Küng, teólogo famoso por sus errores doctrinales y divergencias con Juan Pablo II.


El Papa está haciendo mucho más de lo que debería en este Jubileo: quiere presidir todas las celebraciones importantes, incluso aquellas que sus sucesores delegaban a eminentes cardenales. Es la demostración de que Juan Pablo II quiere llevar su cruz en este Jubileo. ¿Después? Dios proveerá. Por ahora, sus colaboradores más cercanos y todos los que se encuentran con él afirman que el Papa es totalmente lúcido, a pesar de sus limitaciones físicas. Por tanto, no hay que esperar ninguna renuncia en este año jubilar.

Vittorio Messori, periodista católico, autor del libro Cruzando el umbral de la esperanza.


Yo le conozco, puedo decir que el Papa tiene plena conciencia de los asuntos del mundo. Siente de una manera tan grande su responsabilidad que considera oportuno continuar hasta que las fuerzas le tengan en pie, sin ahorrar energías.

Ersilio Tonini, arzobispo emérito de Rávena, Italia.

El Papa demuestra que es perfectamente capaz de desempeñar con plena responsabilidad personal su ministerio de pastor universal de la Iglesia. Es más, puedo decir que el Papa realiza con indudable cansancio y sacrificio tareas que no estaría obligado a desempeñar personalmente.

Camillo Ruini, obispo vicario de Roma.


Santidad, le necesitamos.

El embajador de la República de San Marino y decano del Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede, en representación de 170 países.

EL OBSERVADOR 237-4

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PERDER POR DEFAULT
Los mormones ante la arqueología
Diego García Bayardo

Contrariamente a lo que muchos suponen, sobre todo si vieron las películas de Indiana Jones, la arqueología no es un pasatiempo informal para coleccionistas de antigüedades, ni es una diversión para excéntricos de gustos caros. Se trata de una ciencia histórica y antropológica que busca conocer y comprender al hombre en sociedad por medio del estudio de los objetos y materiales que éste elabora. De ahí que el arqueólogo trabaje más con piedras, tepalcates, pirámides y huesos que con documentos y crónicas del pasado.

Aunque la arqueología es una ciencia todavía en construcción, sus objetivos, métodos y técnicas han alcanzado ya un grado notable de precisión y rigor, de modo que en la segunda mitad del siglo XX hemos generado una cantidad enorme de información veraz sobre el hombre antiguo. Lo que ahora sabe cualquier niño de primaria o de secundaria sobre los mexicas, toltecas, mayas, teotihuacanos, olmecas, etc. es información que hace sólo cincuenta años nadie sabía ni imaginaba.

En el siglo XIX, la arqueología estaba en pañales en Europa, pero en América, incluyendo a los Estados Unidos, por esos tiempos ni había nacido; nadie imaginaba que algún día podríamos reconstruir la historia de los indígenas americanos, o que sería posible obtener fechas exactas de acontecimientos muy remotos, o que el análisis de los huesos humanos procedentes de tumbas y entierros prehispánicos, nos permitiría saber con exactitud la edad, sexo, raza, grupo sanguíneo, enfermedades, dieta y causas de la muerte de aquellas personas. Por otra parte, a mediados del siglo XIX se desarrolló en EUA un clima material y espiritual muy peculiar, todavía poco estudiado, que dio pie a que varios exaltados y «videntes» fundaran muchas religiones cristianoides nuevas. Es en este contexto histórico cuando al estadounidense Joseph Smith se le ocurrió inventar el Libro de Mormón y crear el mormonismo, o sea, la Iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días.

El libro de Mormón es una fantasía histórica, una continuación imaginaria del Antiguo y Nuevo Testamentos que conjuga la mentalidad estadounidense decimonónica con el lenguaje y las formas estilísticas de la Biblia. Como adelantándose al modo yanqui de hacer cine, el Libro de Mormón es algo así como La Biblia II. Jesucristo contraataca. Con el etnocentrismo estadounidense como base, el señor Smith imaginó una historia paralela a la bíblica, en la que dos tribus judías se embarcan y llegan a América. Conservan su cultura, tecnología y costumbres semitas, tienen profetas, reyes, guerras y demás rasgos similares a los del pueblo judío, y hasta llega con ellos Jesús, quien luego de su Ascensión, en lugar de ir al Cielo se va a América, a predicar igual que como había hecho en Palestina. También elige doce apóstoles americanos. Por cierto, una curiosa manifestación del racismo de Smith y de los estadounidenses está en que, según dicho libro, los judíos que se portaron mal en América (los lamanitas) se volvieron morenos, por castigo de Dios, y esos son los indígenas americanos. En cambio, los que se portaron bien (nefitas) siguieron siendo blancos, y si un lamanita dejaba el pecado se volvía a blanquear (!). Luego resultó que los morenos exterminaron a los blancos, y por eso los conquistadores europeos ya encontraron aquí sólo gente de piel oscura.

Esta increíble impostura fue más o menos creíble, desde el punto de vista estrictamente racional, hasta que apareció la arqueología en escena. Pero entonces resultó que esta ciencia empezó a mostrar que los indígenas no tenían parentesco racial con los semitas, que su arquitectura era completamente diferente, así como sus idiomas, que no hubo tribus blancas aquí, que no existe una sola evidencia de que aquí se usara la escritura «egipcia reformada» que inventó Smith, que aquí no había vacas, caballos, cabras y demás animales del viejo mundo, que los amerindios nunca conocieron el hierro y el acero, como dice el Libro de Mormón, ni usaron la cimitarra (típicamente árabe), ni conocieron la brújula ni rasgo alguno de los que quiso trasladar Smith desde Judea hasta América. Todo el esquema mormón se vino abajo estrepitosamente. Preocupados, los mormones fundaron la New World Archaeological Fundation, que es una institución arqueológica que trabaja principalmente en el sureste mexicano, donde se desarrolló la civilización maya, con la esperanza de encontrar evidencias arqueológicas de que los indígenas eran en realidad judíos que se fueron degenerando y que olvidaron poco a poco los usos y costumbres de los hebreos «clásicos». No han encontrado nada, por supuesto, sólo escasísimas coincidencias y rasgos aislados, parecidos, cuya similitud puede explicarse fácilmente por las leyes de la probabilidad. Pero ellos siguen creyendo tales cosas, y por eso algunos de sus templos tienen adornos estilo maya, las ilustraciones del Libro de Mormón muestran escenarios y ambientaciones de tipo indígena y hasta anda por ahí un dibujo de Jesús predicando al pie de una pirámide, rodeado de unos apóstoles muy judíos en cuanto a su tipo físico, pero vestidos a la usanza azteca.

Aquí es doblemente cierto aquello de «católico ignorante, seguro protestante», pues todavía hay mormones que andan a la caza de católicos que no saben ni de su fe ni de su historia. Y por ahí van predicando esas parejas de «misioneros», siempre formadas por un élder blanco, estadounidense, servido por su fiel élder moreno, mexicano, buscando paisanos que de arqueología e historia no sepan un pito.

EL OBSERVADOR 237-5

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El hombre del tercer milenio. Retos, aspiraciones y compromisos (II)
Que lo económico no sea el centro de la vida
Lorenzo Servitje Sendra

La globalización se abre a la cultura, a las corrientes de ideas y conocimientos, pero estas corrientes son desequilibradas, cargadas en un solo sentido: de los países ricos a los países pobres.

Hablar del hombre del tercer milenio es tratar de inventar el futuro, y nadie puede hacerlo. Simplemente hay demasiados conocimientos, demasiados proyectos, demasiadas posibilidades. Ya lo decía el humorista involuntario Yogi Berra: «La predicción es muy difícil, especialmente cuando se refiere al futuro».

Por ello, a la luz de los datos disponibles y mi experiencia, trataré de imaginar cómo podría ser ese hombre del tercer milenio, los retos que ha de afrontar, sus aspiraciones y, finalmente, a qué debe comprometerse. Pero, como ya hemos visto que la tarea es muy ardua, lo que imagine trataré de circunscribirlo a los próximos 25 años, y como escenario en lo posible, nuestro país.

El nuevo siglo y milenio, que están cronológicamente por comenzar, tienen ya su inicio en los acontecimientos de este siglo. Jamás se parte de cero. Los paradigmas que serán marco y brújula del hombre del tercer milenio hunden sus raíces en el pasado próximo y en el presente vertiginoso.

La actividad humana puede verse en sus diversas facetas de lo personal, lo familiar, lo profesional y lo social, a su vez influido, conformado o inspirado de algún modo por lo científico, lo económico, lo social, lo político, lo moral y lo religioso, todo ello relacionado en una intrincada vinculación.

En los últimos diez años ha habido mayores avances científicos que en toda la historia de la humanidad. Se prevé que estos avances en las primeras décadas del nuevo siglo serán sencillamente inimaginables para el común de los mortales. Y también lo serán las consecuencias que tendrán para la vida cotidiana.

En su libro Visiones el físico Michio Kaku ha afirmado que a finales del siglo XX la ciencia ha llegado a la terminación de una época, desentrañando los secretos del átomo, desenmarañando la molécula de la vida y creando la computadora electrónica. Y que con estos descubrimientos fundamentales, desencadenados por la revolución cuántica, la revolución del ADN y la revolución informática, se resuelven, en lo esencial, las leyes fundamentales de la materia, de la vida y de la mente.

Estos avances científicos traerán ventajas indudables al hombre del tercer milenio. La alimentación, la salud, la comunicación, el trabajo, el transporte, la educación, los intercambios y muchas otras cosas se verán enriquecidas con sus aportaciones.

Pero este hombre deberá afrontar retos enormes y evitar caer en la idolatría de lo material. Habrá de aspirar seriamente a ser dueño y señor de esos poderosos instrumentos y comprometerse a vigilar y pugnar porque no destruyan los valores propios de su naturaleza: su dignidad de persona humana, su espiritualidad, su sentido moral, su sensibilidad artística, su capacidad de amar y, en pocas palabras, su admiración y reverencia de Dios.

Por los avances científicos y su consiguiente desemboque tecnológico, la vida económica continuará experimentando cambios radicales. Alvin y Heidi Toffler, que hace 25 años publicaron un libro de gran circulación: El shock del futuro, dicen en un libro reciente que una nueva civilización está surgiendo; que la especie humana ha experimentado hasta ahora dos grandes olas de cambio: la primera, la revolución agrícola, que invirtió en su desarrollo miles de años, y la segunda ola, el auge de la revolución industrial, con sólo trescientos años; y que la tercera ola, en la que ya estamos inmersos, trae un estilo de vida auténticamente nuevo.

Esta civilización de la tercera ola está basada en nuevos métodos de crear y explotar conocimientos, cuenta con fuentes diversificadas y renovables de energía y con sistemas de producción que dejan anticuadas a la mayoría de las cadenas fabriles de montaje. Se desmasifican los productos y se segmentan los mercados. La complejidad del sistema requiere un intercambio cada vez mayor de información, y esto crea una necesidad voraz de computadoras, redes de comunicación digitales y nuevos medios de información.

En este nuevo mundo económico se presenta de manera abrumadora el fenómeno de la globalización, impulsado por las nuevas tecnologías de información y comunicación y por la eficiente modernización del transporte. La gente de todas partes se está conectando y es afectada por acontecimientos en remotos rincones del planeta. Esta globalización abre a la vida de la gente, a la cultura, a las corrientes de ideas y conocimientos, pero estas corrientes son desequilibradas, cargadas en un solo sentido: de los países ricos a los países pobres.

EL OBSERVADOR 237-6

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Al alba del milenio
Yermo: la paradoja cristiana

Leo y releo A solas con Cristo (Jus, 1990), notas íntimas de los últimos ejercicios espirituales que escribiera el ahora beato y entonces sacerdote José María de Yermo y Parres (1851-1904). Notas íntimas que no fueron escritas para ser publicadas –quizá por ello su enorme interés humano, su profunda sinceridad teológica y que debo su conocimiento a la hermana Luz del Carmen, sierva del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres, congregación fundada en 1885 por el padre Yermo y que tiene por lema esa verdad tan propia del creyente (y que tan a menudo se le olvida al creyente): «Dios proveerá».

La Providencia de Dios es infinita, solemos repetir mecánicamente; pero no la asumimos, no la pensamos así: preferimos poner siempre en nuestras manos que en las manos de Dios nuestro destino. Las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres son el eco actual de la fe del beato Yermo: «Elijo con toda voluntad, ahora y para siempre, lo que sea tu sapientísima voluntad». ¿Basta elegir? Desde luego que no: he aquí que Yermo elige la voluntad de Dios pero sin la menor presión, libremente. Es la paradoja cristiana: ser libres en la esclavitud de la Voluntad divina.

Suena muy duro: lo es. Más aún cuando esa esclavitud libérrima arrastra al orgullo, a esa pesada pasión que nos hace situarnos por encima del mundo. La paradoja cristiana es que, siendo el hombre la criatura más querida por Dios, debe humillarse para cumplir su misión sobre la Tierra. Por eso Yermo dice a los cuatro vientos (con san Agustín): «Arráncame de mí mismo y entrégame a Ti, Dios mío». Arráncame del barro mal cocido que soy y redímeme en la sabiduría de saberme nada. ¿Quién mira la eternidad mientras es consumido por la necesidad, el dolor o, incluso, por la arrebatadora alegría? El cristiano. Las notas finales de la vida de Yermo son cantos, aleluyas por la muerte próxima. Solamente la Gracia puede dibujar una oración de alabanza en los labios del moribundo. Y la dibujó en Yermo. (J.S.C.)

El beato Yermo y Parres será canonizado por Su Santidad Juan Pablo II este año 2000, en Roma.

EL OBSERVADOR 237-7

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ORIENTACION FAMILIAR
Mi esposo salía con otra mujer
Yusi Cervantes Leyzaola

Hace un par de días me dijeron que mi esposo tenía «otra persona». Comprobé que es cierto, que había una mujer con la que salía muy a menudo. No acostumbro fingir cosas que no siento e inmediatamente hablé con él. Hice algunas averiguaciones previas para no dejarle ninguna puerta abierta cuando tratara de escapar. Después de dar todas las vueltas posibles, admitió la verdad, aunque no estoy segura de que sea «la verdad». Creo que no ha tenido relaciones con ella, pero los celos que siente en este momento, aunado a la decepción y el dolor que acompaña a la infidelidad, me hacen dudar fuertemente.

Tengo dos hijos que serían muy buena razón para continuar. Sé de antemano que como católica tengo que perdonar, y sinceramente no me parece aberrante la idea, sólo que no tengo ni idea de por dónde empezar. Lógicamente, ya no tengo confianza en mi esposo, y siente un rencor muy grande. Y quisiera saber si el hecho de perdonar no origine que se le haga muy fácil hacerlo de nuevo. Su naturaleza es muy despegada del hogar, incluso sé que el hecho de que su papá se fuera no haría infelices a mis hijos. Siempre me dije que eso no se perdona y ahora no sé qué hacer.

Sientes dolor, tristeza, enojo: está bien. Es natural. Y es necesario que expreses esas emociones. Llora cuanto puedas, exprésale -desde ti, sin ofensas- tu enojo a tu marido, golpea cojines, platica con alguien ajeno al problema (que no sea familiar de ustedes ni amigo mutuo): puede ser un sacerdote, un orientador, alguien de la parroquia... Descarga todo eso, no cierres la puerta, no finjas indiferencia. Y una vez que has reconocido y que estás expresando esas emociones, tienes que preguntarte qué vas a hacer con esta experiencia en tu vida. Esta crisis -difícil, dolorosa- es al mismo tiempo una magnífica oportunidad para revisar qué es lo que pasa en su relación de matrimonio. Pero, para lograrlo, y perdóname si te parezco dura, tienes que abandonar tu papel de víctima y meterte en los zapatos de tu marido. ¿Qué es lo que pasa con él? ¿Cómo llegó a este punto? ¿Qué siente? ¿Cuáles son sus miedos? ¿Cuáles sus quejas?

No podemos conocer la realidad tal cual es. Todo lo que percibimos pasa por la distorsión de nuestros sentidos, la perspectiva desde donde nos encontramos y los conocimientos, ideas y prejuicios anteriores de nuestra mente. Así, ahora, tú tienes una interpretación de la realidad que ves como verdadera. Y lo es, en cierto modo. Pero falta la otra parte, porque aquí se trata de una relación. Ya has proyectado tu película. Ahora proyecta y observa la de tu marido. Aun si él se cerrara en sí mismo y no quisiera hablar del asunto, su película tiene muchos otros elementos que seguramente tú conoces y que van desde cómo se conocieron, sus motivos para casarse y cómo ha sido su vida matrimonial, siempre desde su perspectiva. Hará falta una tercera película, una que trate de la relación, de su proyecto en común, de cómo encajaron las carencias de cada uno, de cómo ha sido la comunicación o su ausencia, de la dependencia mutua, del porqué de su desapego, de la posesividad, de los hijos (por cierto, por más desapegado que esté el papá, a los hijos les afectaría una separación) y también del amor, que seguramente también lo ha habido.

Al pasar esas tres películas habrá varios conceptos que tendrás que revisar. Uno de ellos es el de los celos. Los celos tienen un valor: cuando son razonables y no excesivos respecto a la realidad, ayudan a cuidar una relación, son un alerta frente a los peligros. Es normal que en estos momentos sientas celos, pero debes tener claro que los celos no son amor. Al contrario, vienen del miedo y de un sentimiento de posesión respecto al otro. Es considerar que el otro es mío y que no tiene derecho a dar a otra persona lo que me corresponde. Otro es el de la confianza. Te sientes decepcionada y dices: ya no puedes confiar en él. Y me pregunto: ¿estás decepcionada del ser humano que es tu marido o de una imagen que te formaste respecto a él, a cómo debería ser, a cómo debería funcionar en tu vida? Esa imagen está rota, obviamente, y desde ahí no puedes confiar. Pero si vieras realmente al ser humano que él es, verías al ser creado por Dios y no podrías decepcionarte. Y podrías volver a confiar, por supuesto, porque la confianza nace en tu corazón.

La pregunta por ti misma

Es necesario también que te preguntes por ti misma. Es necesario que revises tu vida. ¿Hacia dónde vas? ¿ Cuál es el sentido de tu vida? ¿Tienes una vida propia?

Muchas mujeres descubren que sus vidas han girado en torno a su marido y a sus hijos y no en torno a su propio centro. Cuando es así es lógico que una infidelidad se viva como catastrófica, de una forma mucho más terrible que como la viviría quien está parado en sus propios pies. Si así te ocurre, tienes que recuperar el centro de tu vida, y con ello la responsabilidad respecto a tus actos y a tus sentimientos. Nada ni nadie puede arrebatarte la dignidad ni el sentido de tu vida. Tienes que aprender que la felicidad está en ti, es parte de tu naturaleza; está en tu corazón porque Dios te ama, y no depende de nadie, ni siquiera de tu esposo.

El perdón

Perdonar es un proceso que pasa por el dolor, la negación, el culpar al otro y culparnos a nosotros mismos, hasta llegar a la aceptación y a la paz interior. Parte de una decisión personal. Ese es el primer paso, decidirlo. El siguiente es esa revisión de qué es verdaderamente lo que te ocurre, situándolo en tu historia y considerando tus miedos. El último paso es soltar el resentimiento y encontrar tu paz interior.

Perdonar no depende del otro, de si cambia o no, de si pide disculpas o de si está arrepentido. No, perdonar es algo interior, muy propio, que implica liberarnos del rencor y del dolor. El primer obstáculo que tienes es esa idea preconcebida de que «eso» no se perdona. ¿Y por qué no? Tendrías que revisar tus ideas al respecto, aunque ya se ve que estás abierta a perdonar.

Tu matrimonio se puede salvar, si los dos se lo proponen. Y tú eres capaz de perdonar. Tal vez creas que ya nada será como antes. Es verdad, pero puede ser mejor. Ustedes pueden lograr una relación que no esté basada en ilusiones, sino en la cercanía, la intimidad, la comunicación. Una relación más real, más madura. Una relación que supere egoísmos para construirse en el auténtico amor. No es fácil, hace falta valor, humildad, coraje. Pero ustedes, con la ayuda de dios, pueden lograrlo.

(La psicóloga Yusi Cervantes Leyzaola responderá a las preguntas que se le envíen a la dirección de EL OBSERVADOR)

EL OBSERVADOR 237-8

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El vocabulario cristiano para el nuevo milenio

Hace falta captar y hacer propio el sentido de los términos en que se nos enuncian los diversos mensajes que hoy se emiten en el campo de la doctrina social: desentrañar el sentido de las palabras claves; nada de vacíos ni de huecos de comprensión. El momento es de identificación y compromiso, más allá de una piedad aislada y aislante, y ello sólo es posible en un acuerdo común sobre el valor justo de los vocablos. EL OBSERVADOR corre traslado a sus lectores de algunas importantes explicaciones o precisiones:

Caridad.- El magisterio entiende la caridad en su dimensión social como un vínculo abierto a toda la comunidad. La caridad es como el alma de la sociedad y su fuerza de cohesión interna: no puede faltar sin grave deterioro del orden social mismo. La caridad no destruye las virtudes naturales de la amistad y la justicia, sino que las eleva. Actuar por amor significa que no somos subyugados por la ley. Para vencer las injusticias sociales hace falta una energía espiritual que encontramos en la caridad. Esta energía está en la base de nuestra vida moral.

Justicia.- Juan Pablo II insiste en la necesidad de encontrar modelos de desarrollo que respeten en mayor grado la justicia social: el amor rebasa la justicia, pero al mismo tiempo encuentra su verificación en la justicia. Hasta el padre y la madre, al amar a su hijo, deben ser justos con él. Si se tambalea la justicia, también el amor corre peligro. Un cristiano que ama a los demás cumple con sus responsabilidades sociales.

Relación caridad-justicia.- La caridad, expresada dentro del concepto de la civilización del amor, y la justicia social están relacionadas entre sí. La vida social tiene necesidad de las dos virtudes. Los deberes de la justicia y de la caridad se complementan. La caridad sobrenatural empuja al cristiano hacia una justicia más abundante y superior y le ayuda a sobrepasar las barreras del egoísmo. A su vez la caridad tiene necesidad de la justicia porque no sería caridad si fuera injusta. La caridad pide el respeto a los derechos del otro y, a la vez, da un nuevo espíritu a la justicia. La justicia se debe cumplir con amor, y el amor se debe realizar de un modo justo.

Solidaridad.- La solidaridad no es una actividad sólo al nivel humano. Juan Pablo II habla de ella como una categoría moral y como una virtud. Dice: a la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de gratitud total, perdón y reconciliación. El prójimo no es sólo un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. El principio de la solidaridad es uno de los principios básicos de la concepción cristiana de la organización social y política.

Bien común.- Ante todo, debe prevalecer el bien de la humanidad y no el bien particular de una comunidad política, racial o cultural. ¿En qué consiste este bien común? Los que gobiernan tienen su razón de ser precisamente en el bien común. Todos los miembros de la sociedad deben participar en el bien común, aunque esta participación no tiene que ser exactamente igual para todos, sino proporcional a la condición de cada uno. Al mismo tiempo, se debe prestar especial atención a los miembros más débiles de la sociedad. El bien común no se limita a asegurar la felicidad en este mundo, sino que debe facilitar también la salvación eterna del hombre. Juan Pablo II recuerda que no siempre existe una visión adecuada del bien común: no es simplemente una suma de los intereses particulares de los individuos, sino que implica una jerarquía de valores y una recta visión de la dignidad y de los derechos de la persona.

Destino universal de los bienes.- Aunque la Iglesia defiende la propiedad privada, también la reflexión sobre este derecho no concibe la posesión particular como algo absoluto. El Vaticano II dice así: Dios ha destinado la Tierra y cuanto contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad. Sean las que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de los pueblos según las circunstancias diversas y variables, jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes. El derecho del individuo a poseer bienes no está por encima de las necesidades de los demás de un modo absoluto.
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EL OBSERVADOR 237-9

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