El Observador de la Actualidad

El Observador

Información con valor cristiano
Periodismo católico para la familia de hoy

20 de Febrero de 2000 No. 241

SUMARIO

bullet PINCELADAS Si yo fuera emperador
bulletEl hombre del tercer milenio VI
bullet A LAS PUERTAS DEL TEMPLO Soñar con México IV
bulletPanis caritatis, un pan con valor agregado
bulletCOLUMNA HUÉSPED ¿Gobernabilidad sin transición?
bulletCRÍTICA DE MEDIOS DE COMUNICACIÓN Amor de telenovela
bulletPERDER POR DEFAULT Para católicos de último minuto
bulletDESDE EL CENTRO DE AMÉRICA Los enemigos de la Iglesia
bulletGRANDES FIRMAS ¿Cuál bomba demográfica?
bulletLas andanzas del bracero global
bulletAL ALBA DEL MILENIO La fuerza de la moral
bulletSe va don Justo Mullor
bulletEnfermos y artistas en el Jubileo
bulletEDITORIAL Siembra de tormentas


PINCELADAS
Si yo fuera emperador
Justo López Melús *

Francisco de Asís, juglar de Dios, es el gran poeta y cantor de la naturaleza, su amigo y hermano. No quería que cortaran los árboles de raíz, para que rebrotaran, ni que dedicaran todo el huerto para hortalizas, también para flores. Si pudiera, prohibiría la caza. Disfrutaba acariciando cada cosa: agua, hierba, árboles, animales. Caminaba suavemente sobre las piedras... «¡Loado seas, mi Señor, por todas tus creaturas!».

Apartaba del camino a los gusanillos para que nadie los pisara. Daba miel y vino a las abejas en invierno para que resistieran el frío. Si yo fuera emperador, decía, ordenaría, el día de Navidad, esparcir granos por los caminos para proveer a las alondras y a todos los pajarillos más débiles, que ese día deberían comer ración doble... «¡Alabemos al Creador, hermano faisán. Canta, canta, hermana cigarra!».

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 241-1

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El hombre del tercer milenio. Retos, aspiraciones y compromisos (VI)
Superar la crisis de la familia
Lorenzo Servitje Sendra

Las crisis económicas, debidas a la ineptitud y/o corrupción de las autoridades, serán superadas con la vigilancia de una ciudadanía educada en los valores, empezando por el de la familia; pero ésta ha sido debilitada por una nueva cultura sexual.

El reto para los mexicanos en el próximo milenio es consolidar este avance democrático. Aspirar a una verdadera democracia en nuestro país es imperativo, pero para ello debemos comprometernos a su plena vigencia.

Las crisis recurrentes que hemos sufrido se deben, a mi juicio , a grandes fallas de nuestras autoridades. Unas han sido ineptas, otras corruptas, y unas cuantas ambas cosas. Esto sólo se corregirá con una participación cívica y política de toda la ciudadanía.

La acción del Estado es indispensable en muchos ámbitos de la vida humana, pero sólo se mantendrá dentro de sus límites propios con una acción crítica y vigilante de esa ciudadanía.

Se impone en la sociedad plural –que ya es la nuestra– llegar a un acuerdo en lo esencial, en los valores mínimos para esa convivencia justa, pacífica y civilizada que hemos mencionado. Y aquí debe señalarse que una reafirmación del papel de la nación es importante como fuerza estabilizadora frente a la fragmentación que se advierte. Reconociendo que se debe ser tolerante con la diversidad y afiliación múltiple de la población, de todos modos esa reafirmación de la identidad es indispensable.

Al llegar a este punto en que debemos examinar lo social, salta a la vista de inmediato un fenómeno de las últimas décadas que es el individualismo utilitario y hedonista, en el que predomina lo que se ha llamado el «yo-primero». Una actitud muy extendida en los países desarrollados que nos llega también a México. Una falta de interés casi total por los demás y una afirmación desmesurada de lo propio.

Otro fenómeno social que también preocupa es el debilitamiento de la familia. En nuestro país la familia, que siempre supusimos que era unida y estable, está en crisis. Millones de hogares son sostenidos exclusivamente por mujeres. Miles de niños crecen sin conocer a sus padres.

Esta crisis de la familia se debe en parte a que cada día más la mujer trabaja fuera del hogar, pero, sobre todo, a mi juicio, al debilitamiento del matrimonio como institución que protege y da estabilidad al vínculo conyugal.

Y este debilitamiento se debe a su vez –debemos reconocerlo– a una nueva cultura de la relación sexual fuera del matrimonio, que se manifiesta en la promiscuidad, el amor libre, las relaciones prematrimoniales, la infidelidad conyugal y las perversiones que, si bien siempre han existido, hoy se presentan de manera más extendida y aun, en ciertos medios, abiertamente aceptadas.

Este debilitamiento del matrimonio y la familia tiene como consecuencia que sufre la educación de los hijos. La educación en el hogar es el fundamento de la educación moral de niños y jóvenes. A falta de ella se deteriora la fibra moral de las personas y, consecuentemente, el tejido social; fenómeno generalizado que padecemos y que se manifiesta en inseguridad, violencia, deshonestidad, adicciones, corrupción y falta de respeto a la autoridad, entre otros males.

Por su lugar en la familia, y en forma creciente en el trabajo, la política y la vida social, debemos examinar cuál será en el futuro el papel de la mujer.

No hay duda del lugar relevante que la mujer ha alcanzado hoy en muchas actividades de la vida social, a las que ha aportado su singular habilidad y sensibilidad. Cada día se verá una mayor participación de ella en campos en los que ha estado ausente o de manera mínima. Incluso alguien ha afirmado que el hombre del tercer milenio será una mujer.

Sin embargo, las mujeres del tercer milenio deberán afrontar el reto de preservar la vocación de madre que la mujer tiene por su naturaleza y la de dueña y señora del hogar por su historia. Si, en aras de afirmar su justificada igualdad esencial con el hombre, la mujer se «masculiniza», sería una gran pérdida para la humanidad.

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A las puertas del templo
Soñar con México
(Última de cuatro partes)
Javier Sicilia

¿Cuál es el México con el que yo desearía, con el que sueño? Uno distinto, que rompiera el paradigma de la economía moderna y que se basara en la observación de lo que realmente es México.

México, pese al esquema económico que se está imponiendo, no es una unidad, es un plural hecho sobre todo de poblaciones rurales y de barrios; son éstos, y no las ciudades, expresiones de las formas económicas que he tratado de analizar someramente, los que deberían se la unidad social y económica del país.

El espíritu de esta unidad yo lo definiría por lo que Gandhi llamó acertadamente khadi, etimológicamente «hecho con nuestras manos». Creo que todas las actividades que presentan esta cualidad: desde sembrar maíz y frijol hasta construir una casa con materiales sobrios y autóctonos, llevarían a la gente de nuevo a la equidad y a la libertad.

En una economía inspirada por este concepto, varias pequeñas industrias, todas a escala del pueblo o del barrio, convencerían a las personas de que pueden vivir dentro de la pobreza, pero con mayor autonomía y control de sus propias vidas, de la naturaleza y del servicio al prójimo. Lejos de sobrevivir bajo la inestable férula de un empleo, que es la base económica de la urbe, la gente podría trabajar, vivir y alimentarse. Con herramientas apropiadas a escala de los pueblos y de los barrios, las comunidades locales podrían generar el suficiente trabajo, del que la economía moderna las ha despojado, para completar y equipar la agricultura tradicional. Para ello se requiere mucha inventiva y poco capital. «Cada cosa –escribía Schumacher– que la gente necesita realmente puede hacerse de manera muy simple y eficaz, a escala modesta, con un capital inicial muy pequeño y sin violentar el ambiente». «Si la agricultura –vuelvo a Hoinacki– pudiera conservar algún carácter esencial de agricultura de subsistencia, si la producción de bienes y de intercambio de servicios pudieran ser limitados, en la medida de lo posible, a la escala del pueblo, entonces la gente descubriría que es capaz de trabajar más autónomamente, al mismo tiempo que necesitaría ejercer su imaginación y su inteligencia».

Yo creo, junto con Gandhi, Hoinacki y muchos otros, que formamos una minoría, que la descentralización, la autonomía y las economías pobres, trabajadas a través de un buen plan de educación pueblerina, podría hacer florecer a los pueblos y limitar la despersonalización y la miserabilización que provoca la economía moderna. Tomaría en cuenta la condición humana tal y como es y no al «hombre ideal» o, para usar un término ad oc, «virtual», de los sistemas tecnológicos. Sería una economía incluyente, sencilla que permitiría devolverle a la nación su humanidad y darle a cada hombre la dignidad que le hemos usurpado.

Creo que esto es todavía posible, Sin embargo, el problema no es la posibilidad (Gandhi demostró no sólo su viabilidad sino sus efectos benéficos en el orden de la vida), sino la mentalidad que nos rige y que considera los postulados de la economía moderna como un axioma. ¿Quién –pregunto– de todos nosotros está dispuesto a renunciar a la mentira económica que vivimos para caminar hacia la pobreza y la autonomía?

Tal vez tengamos que llegar al límite de la catástrofe para entender estas verdades tan sencillas, nobles y viejas como los cerros y podamos entonces volver a la sencillez de la pobreza y al magnífico don de la convivencia humana y de la inventiva creadora. La moneda aún está en el aire.

EL OBSERVADOR 241-3

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Panis caritatis, un pan con valor agregadoPanis caritatis, un pan con valor agregado

Con el lema «Dale más valor a tu pan cotidiano» , ha sido lanzado en México el programa del «pan de la caridad», tal como lo informó El Observador en su número anterior. ¿Pero qué es el pan de la caridad? ¿Quién lo inventó? ¿Cómo se benefician los pobres con él? ¿Dónde puede adquirirse?

El derecho a la alimentación es uno de los principios fundamentales de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, proclamada al finalizar la segunda guerra mundial.

Sin embargo, aunque ha pasado medio siglo desde aquel día, el hambre y la desnutrición es la experiencia cotidiana en muchos de los países del mundo. Esto no sólo menoscaba la integridad física sino incluso la dignidad moral del individuo. Es por ello que Juan Pablo II, en la carta apostólica Tertio millennio adveniente, nos alienta a proponer iniciativas concretas y a buscar respuestas al problema del hambre y de la desnutrición. Dentro de este ámbito, el año de 1999 fue proclamado el Año de la Caridad, y en el año 2000, tiempo del Gran Jubileo, se propone un momento de reflexión y de sensibilización de toda la humanidad –más allá de cualquier creencia– a no renunciar a dar una solución al problema del hambre.

Numerosas iniciativas en favor de la lucha contra la desnutrición y el hambre han visto progresivamente la luz del día en todos los rincones del mundo. Una de ellas, el panis caritatis o pan de la caridad, propuesto por la empresa Puratos –grupo alimenticio belga con más de 70 subsidiarias en todo el mundo– al Pontificio Consejo «Cor Unum», es una extraordinaria iniciativa que pretende, a través de un pan, la recolección de fondos para la realización de proyectos a favor de pueblos afligidos por la pobreza, el hambre y la desnutrición.

«Cor Unum» apoya en modo muy particular al panis caritatis en la medida que el pan es un alimento universal y cargado de numerosos símbolos. El mismo papa Juan Pablo II ha dado su aprobación personal a esta iniciativa bendiciendo el primer panis caritatis, y encargando al consejo pontificio mencionado la tarea de entregar lo que se recabe por la venta de este pan a quien no tiene nada para comer.

La ruta de la caridad

Para hacer llegar los beneficios del programa a los necesitados, el ciclo de comercialización del panis caritatis sigue este mecanismo:

1.- Puratos produce una harina especial, aprobada por el Pontificio Consejo «Cor Unum», que lleva el nombre de Tegral Pandelmondo. Se trata de un preparado de harina de trigo, copos de trigo, copos de avena, semillas de girasol, vitamina C y alfa amilasa.

2.- Puratos vende el producto a panaderías tradicionales y tiendas de autoservicio.

3.- Las panaderías preparan el pan y lo venden al público con una etiqueta de garantía.

4.- Por cada kilogramo de Tegral Pandelmondo vendido, Puratos aporta –en el caso de nuestro país– la cantidad de un peso con treinta y dos centavos a Cáritas Mexicana, I.A.P.

5.- El pago de esta contribución la hace exclusivamente Puratos de México. Ni el panadero ni el consumidor final tienen alguna obligación al momento de vender o adquirir el panis caritatis.

6.- Como un kilogramo de Tegral Pandelmondo permite elaborar cuatro panis caritatis, significa que, por cada hogaza que se adquiere, 33 centavos son destinados a obras humanitarias y programas locales de desarrollo en México.

7.- El dinero es manejado a través de un fideicomiso constituido por Cáritas Mexicana, I.A.P., la Cámara Nacional de la Industria de la Panificación, AVSI, y Puratos de México.

8.- Cáritas Mexicana emitirá periódicos informes de las diferentes fases de los proyectos a los que se destinen las contribuciones recibidas.

El significado del pan

Una hogaza del pan de la caridad, que pesa unos 330 gramos, tiene 12 divisiones, simbolizando a los apóstoles del Señor. El círculo central simboliza a los pobres.

La garantía de calidad y la recaudación de fondos se avala por la etiqueta roja con el logotipo de panis caritatis.

El precio obligado de venta es de seis pesos.

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Columna huésped
¿Gobernabilidad sin transición? *
Antonio Sánchez Díaz de Rivera

Por fin llegó el casi místico 2000 y con él las elecciones más importantes y competidas que habrá tenido México. Importantes porque de éstas dependerá si se inicia un nuevo sistema político mexicano o regresamos al viejo régimen. Competidas por el número de candidatos y la poca diferencia que hay en las preferencias, según las encuestas, entre el candidato del PRI, Francisco Labastida, y el del PAN, Vicente Fox.

Para este año el gobierno se ocupó de lograr un blindaje económico, mas no político. Por primera vez en tres décadas es posible que no haya crisis económica y financiera en el último año del sexenio. Esperamos que ésta no se dé en el año 2001 o 2003, cuando hay vencimientos significativos de la deuda. Hay estabilidad, el crecimiento ha sido más de lo esperado, pero todavía insuficiente; aunque la pésima distribución del ingreso persiste. Quienes idearon el blindaje económico y están orgullosos de él presuponen que éste es suficiente para el desarrollo político, lo cual no es así.

En lo político ha habido avances, como un IFE ciudadanizado que garantiza la organización y limpieza en las elecciones, no sé si la equidad en las campañas, y, desde luego, no evitará el acarreo.

La transición de México no ha culminado, como sostienen los mismos que antes dijeron que dicha transición no existía. La transición no es el tránsito de un sexenio a otro, como algunos funcionarios del gobierno federal consideran.

Philippe Schmitter, profesor de la Universidad de Stanford y estudioso de las transiciones en diferentes países del mundo, dice que la transición en México ha sido muy larga y no ha concluido, como es el caso de Brasil, Chile y Argentina. «Como regla general –opina–, no he creído que la alternancia sea indispensable para hablar de democratización. Hay países como Japón, Italia, Alemania e Israel en los que un partido se mantuvo en el poder después de su democratización, a partir de unas elecciones 'funcionales'; pero en México creo que la alternancia es absolutamente indispensable porque el régimen priísta es muy distinto». Lo que sucede es que el PRI no ha asumido el reto de la transición, cambia sólo lo necesario para mantenerse en el poder, según las presiones de la sociedad y las internacionales.

Después del 2 de julio se requiere que en nuestro país se mantenga la gobernabilidad al mismo tiempo que se avance en la transición. Gobernabilidad no es carro completo, ni acuerdos cupulares de los grupos en el poder, ni regresar al autoritarismo que algunos añoran. Gobernabilidad es estado de derecho, capacidad de mando y conducción política, pero también es la forma en que el gobierno interactúa con la sociedad.

* Artículo resumido.

EL OBSERVADOR 241-5

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Crítica de medios de comunicación
Amor de telenovela
Bruno Ferrari

Recientemente terminó una de las más controvertidas telenovelas que se han transmitido por la pantalla chica. En el último capítulo todo pareció acabarse de la mejor manera, como por arte de magia: se llegó a un acuerdo en las posiciones –que parecían irreconciliables– de un matrimonio que sufrió los peores engaños; y así, de un momento a otro, cada uno de sus miembros se encontró feliz y celebrando la llegada de un nuevo amor en sus vidas, en uno de los casos con alguien de mucha menor edad.

La mente «progresista» de la productora que trabaja para Televisión Azteca no tuvo límites, ya que, para cerrar con broche de oro, mostraba a diversas parejas celebrantes, las cuales se habían formado de la manera más absurda y, según la lógica, con pocas probabilidades de permanecer unidas por más de un mes.

Uno podría pensar que allá ellos con sus estrecheces intelectuales y sus insensatos argumentos; pero el problema se presenta cuando creen que de verdad están haciendo un bien a la juventud que ve sus programas (tres horas y media al día, en promedio).

Una amiga se tomó el tiempo para escribir un correo electrónico solicitando se le informara el porqué de tan desvariada telenovela. La respuesta fue simple: «son los valores del nuevo milenio». Sin comentarios.

Esta reflexión lleva indudablemente a pensar en la guerra de baja intensidad que algunos medios de comunicación y otras organizaciones han emprendido contra el modelo natural y tradicional de las familias., Gracias a ésta es sorprendente el deterioro que la familia como unidad básica de nuestra sociedad está sufriendo.

Hoy debemos reconocer con tristeza la ausencia de las figuras paternas, bien sea parcial o totalmente; las dificultades para compartir el tiempo y las actividades entre los miembros de la familia, e incluso los maltratos que pueden ocurrir dentro de ella; pero ninguna de estas situaciones deben engañarnos para hacernos creer que la familia y los valores que ésta implica están en decadencia o en «vías de extinción».

Y aunque a algunos les parezca raro y las telenovelas no lo reflejen en su programación habitual, he de decirles que existen familias felices, lo que no quiere decir que no tengan problemas o dolores, porque eso es imposible.

Me refiero a aquéllas en las que los motivos de alegría superan las tristezas y dificultades, en las que la falta de recursos económicos es superada por el espíritu de solidaridad y creatividad que siempre nos ha caracterizado a los mexicanos; aquéllas que saben construir a partir del perdón cuando alguno de sus miembros la ha traicionado y en las cuales la mayor fortuna es contar precisamente con el amor que sólo se da entre padres, hermanos e hijos.

La familia no es invención de ningún hombre ni de ninguna mujer, y es la misma desde que fue creada y conformada, aunque los roles de sus miembros hayan sido diversos a través de la historia. Por eso ya basta de presentar como modelos de familias y matrimonios uniones egoístas y tergiversadas que para nada piensan en aquél a quien se ama, y mucho menos en los hijos de esa unión, donde no existen ni códigos de ética, ni principios, ni limitación alguna para hacer lo que se nos dé la gana.

Es muy diferente partir de aquello que nos interesa o nos satisface para hacernos felices, que hacerlo buscando nuestra felicidad con base en la dicha de la persona a la que amamos.

Quizá suena poético decir que se es más feliz cuando uno ama y se entrega que cuando es amado. Mucha tinta se ha gastado hablando de testimonio sobre la felicidad que hay en el dar, la cual es infinitamente superior a la de recibir; es una pena que nos hayamos acostumbrado a ver esto como algo «irreal». Quienes han amado y son capaces de dar la vida por lo que se ama, seguramente comprenden lo que digo; quienes no han experimentado esta situación deben ver en estas líneas una invitación para amar verdaderamente. Piense usted, amigo lector, cuando un triunfo se le dificulta lo mucho que lo ha disfrutado; así pasa con la felicidad: la que se obtiene fácil es pasajera, la verdadera sólo se logra luchando.

EL OBSERVADOR 241-6

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PERDER POR DEFAULT
Para católicos de último minuto
Diego García Bayardo

Qué feo es pensar en la muerte, en la de uno y en la de los seres queridos. No nos gusta recordar que la vida ha de acabarse y que afrontaremos el juicio divino, nomás al dar el salto mortal hacia la otra vida. Pero hay otra etapa de la existencia a la que le tenemos aun más miedo y que evitamos considerar a toda costa: la vejez. Nunca, ni por equivocación pensamos en el ineludible hecho de que nuestro cuerpo no va a ser el mismo dentro de unos años, que la fuerza, la agilidad y la belleza se van a disolver lentamente y que por años viviremos con un cuerpo que ya no responde como antes a nuestra voluntad, que carecerá de fuerzas y que seguramente tendrá un buen número de enfermedades y achaques crónicos. Nadie quiere estropearse la digestión o el buen humor pensando en que, más pronto que tarde, necesitará un bastón para caminar o una silla de ruedas, ni mucho menos en pensar que quizá pasará los últimos años de su vida confinado a un sillón o a una cama, probablemente ni siquiera en el propio hogar, sino en un asilo o un hospital, tal vez con demencia senil, mal de Alzheimer o de Parkinson. La perspectiva se ve tan poco agradable que tal vez ahora usted, paciente lector, sienta la tentación de dejar de leer estas antipáticas líneas. Pero espere un momento. Quiero comunicarle un pequeño descubrimiento, una teoría que se me ha ocurrido y que tal vez le sirva el remoto día en que empiece usted a sentirse viejo -y siento decírselo, pero deveras le va a llegar ese día, se lo juro- y se pregunte ese antiguo enigma que acaba uno por plantearse a la hora de reclamarle a Dios que haya hecho las cosas como son: ¿Para qué sirve la vejez? Creo haber descubierto para qué sirve esa cosa fea que nadie quiere pero de la que nadie escapa, a menos que se muera uno «prematuramente» (aunque casi todo mundo cree que su muerte es prematura, ¿no? Cuando llega La Flaca siempre ha de decir uno aquello de: «No me voy, me llevan»).

Como usted sabe, católico lector, de la conducta que llevemos en esta vida depende nuestra salvación o condena, pero en los años de juventud es muy fácil desviarnos del camino recto y engolosinarnos en la belleza, el placer, la diversión y el poder. La belleza de la juventud, por ejemplo, puede convertirse en el centro de la vida, y entonces todos los esfuerzos se van en lograr tener un cuerpo bonito, cueste lo que cueste, en vestir bien, en broncearse mejor, etc. El placer y la diversión también pueden ser buscados como un bien supremo, cuya calidad y variedad depende de la juventud física y de la salud. Resulta entonces que los años mozos constituyen la condición ideal para disfrutar de todos los bienes que el mundo expone crudamente ante nuestros sentidos, con la promesa implícita de que ahí está la felicidad. Por eso las tentaciones más fuertes están dirigidas hacia los jóvenes, y los propósitos de practicar la virtud suelen irse al cuerno cuando el cuerpo es joven y bello y parece que el mundo está a nuestros pies. Los mandamientos se desdibujan, las virtudes cardinales se olvidan, y vive uno con la ilusión de que ya habrá tiempo, muy al final, para regresar al buen camino y reconciliarse con Dios. Queremos lo mejor de los dos mundos. Esta tendencia a dejar la conversión para el último minuto (como si supiéramos cuándo nos vamos a morir) ha sido expresada genialmente por el pueblo en esa frase que dice: «La carne se la damos al diablo y los huesos a Dios».

¿Por qué Dios inventó la vejez, entonces? Por amor. Por misericordia. Al saber el Señor que en nuestra juventud, muchos desperdiciaríamos las oportunidades de vivir según la Ley perfecta de sus mandamientos y despreciaríamos constantemente el don de la Vida eterna, embelesados en los bienes del mundo y la carne, decidió el Rey darnos una última oportunidad de conversión que no podríamos rehusar. Nos dio la vejez. Entramos en años y vemos cómo perdemos nuestra belleza, la piel se cuelga y se arruga, el pelo cae o encanece y todo nuestro cuerpo pierde su lozanía, su fuerza y agilidad. Nuestra inteligencia, que era nuestro orgullo durante la juventud, empieza a debilitarse con nuestra oscurecida memoria. La salud desaparece, la casa se llena de medicamentos, nuestro cuerpo de achaques y nuestra conversación de remedios, consejos y recetas. Todavía se pone la cosa peor. Necesitamos ayuda para todo, la independencia desaparece y a veces llegamos a necesitar auxilio hasta para las cosas más íntimas y vergonzosas, con lo que nuestro antiguo orgullo acaba por desplomarse y hacerse pedazos. ¿Cómo no practicar la castidad entonces, si el cuerpo ha perdido su belleza y salud? ¿Cómo no hacerse devoto, si el cuerpo ya no permite las juergas, el exceso, los deportes y las diversiones? ¿Cómo no hacerse prudente y austero, si la salud quebrantada nos confina a cuatro paredes y una cama por el resto del tiempo que nos queda? En suma, ¿cómo no hacerse humilde y santo si el cuerpo se ha convertido en una cárcel de temblores y convulsiones, infartos e indigestión, debilidad y enfermedades, olvidos y torpezas, de impotencias tales que el espíritu está preso e indefenso ante el propio cuerpo que se ha vuelto contra él? Perdida la libertad y el orgullo, el hombre anciano que necesita de otros hasta para la higiene más básica acaba por transparentarse completamente, guiado por el Espíritu de Dios, y convertido otra vez en un niño indefenso que no puede ya tener la mínima soberbia ante su condición miserable, alcanza la conversión completa y logra abandonarse por completo a la misericordia del Padre bueno, que a sólo unos días o unas horas le saldrá al paso para recibirlo en la vida nueva y eterna, a la que llegará tan desnudo y débil como un recién nacido, tan solo y desvalido como un cadáver. Si eso no es misericordia perfecta, entonces no sé lo que es.

EL OBSERVADOR 241-7

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Desde el centro de América
Los enemigos de la Iglesia
Claudio de Castro S. / Panamá.

Desde siempre la Iglesia ha tenido muchos enemigos. Es natural. Una vez escuché a un conocido decir: «Cuando los enemigos de la Iglesia piensan que la han destruido, se alegran y festejan. Entonces, mientras ellos celebran su triunfo, empiezan a florecer santos por todas partes. Y la Iglesia resurge con más fuerza, casi de la nada».

¿Lo has notado? Los ataques suelen llegar de improviso. Golpean el corazón del hombre como una ola silenciosa y los arrastra al mar. Casi siempre vienen ocultos en una noticia espectacular. Es un dardo certero para el que está desprevenido. Hace algún tiempo leí una, de por sí extraña: «La Hostia tiene una sustancia química que induce, cuando se consume a diario, tal enfermedad». Uno puede deducir el trasfondo de estas noticias. Es verdad que la hostia consagrada, cuando es consumida muy seguido, produce algo en el hombre, lo cambia y a veces lo confunde. Es verdad. Produce santos.

Los ataques no cesan. El lunes 10 de enero un periódico publicó esta nota: «El Papa debe tener el coraje de retirarse, dice obispo alemán». «El presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, Karl Lehman, planteó públicamente la hipótesis de un retiro del papa Juan Pablo II a causa de su precario estado de salud». «El Obispo afirmó que el Pontífice debe tener el coraje de decir: 'Ya no puedo seguir desempeñando el cargo así como sería necesario'. El obispo Lehman añadió: 'La iglesia necesita un hombre fuerte que la conduzca'».

Al día siguiente desmintieron lo dicho, pero el daño estaba hecho. Cuando lees esta noticia piensas en la frase que colaron en el artículo refiriéndose al Papa: «Que en mayo cumplirá 80 años». Y concluirás: «»Es verdad, está muy viejo, mejor que se jubile». Pero, si lo meditas un poco, comprenderás que tenemos un Papa extraordinario que ha sido y es una bendición para toda la humanidad. Entenderás entonces que no necesitamos hombres fuertes en la Iglesia. Necesitamos hombres santos. Así es. Jesús a nadie le pidió que fuera fuerte. Pero a todos nos pidió que fuéramos santos. Sí, la Iglesia tiene muchos enemigos. Y a veces contribuimos con ellos. Les facilitamos su labor. Sobre todo cuando murmuramos y oramos poco, cuando no somos ejemplo para otros, cuando dejamos de amar a los demás y cuando olvidamos nuestra fe.

¿Amas a la Iglesia? Hay una frase de Santa Teresita que siempre me gustó. Ella escribió: «Me pregunto qué debo hacer para tener contento a Jesús». Y es que ella conocía bien a Jesús. Por eso se empeñaba en agradarle, en ser humilde y estar siempre feliz. La respuesta que he encontrado es amar mucho a Jesús; amar a su Iglesia mucho, mucho; amar al Papa y vivir nuestra fe. Ser fieles hijos de Dios. Hijos de María. Hijos de la Iglesia. Amén.

EL OBSERVADOR 241-8

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Grandes firmas
¿Cuál bomba demográfica?

Jean Meyer

Nos han hablado tanto de la explosión demográfica que no vieron llegar la «implosión» demográfica de los países desarrollados de Europa y Asia que acaban de descubrir que los puede destruir la falta de nacimientos y el envejecimiento acelerado de su población. Lo que ocurre hoy en España, Japón y Rusia, para tomar los casos más espectaculares, ocurrirá mañana en los países que se creen aún amenazados por la «explosión». Y conste que no tengo nada contra el control voluntario de la natalidad y la paternidad-maternidad responsable.

Predecir el comportamiento demográfico de la humanidad es muy difícil. Nadie en 1900, cuando había mil 650 millones de hombres, previó que habría seis mil millones un siglo después. Las proyecciones para el 2100 no son menos aleatorias, pero lo seguro es que toda Europa, Japón y China están amenazados a corto plazo por la disminución de su población total y especialmente de su población activa.

Sin cambio radical en su fecundidad o en la inmigración, entre 2000 y 2050 Italia vería bajar su población de 57 a 41 millones, España de 39 a 30 millones, Rusia de 147 a 121 millones. Es cierto que durante esos 50 años África vería duplicar su población y Paquistán también. Pero el fenómeno esencial sería el declino de toda Europa y de Japón, y, más tarde, de China. Entre todos los países desarrollados sólo Estados Unidos seguiría creciendo, para culminar en 350 millones de habitantes.

¿Podemos imaginar lo que significaría la desaceleración y luego la parada de locomotoras socio-económicas como Alemania y Japón? Ahí está el caso de Rusia.

A una escala menor, la nacional, se percibe lo que amenaza a España, el país con menor tasa de fecundidad del mundo, en compañía de Italia y Hong Kong. Si en 1974 nacieron en España 700 mil niños, esa cifra cayó a 360 mil en 1998. Con una tasa de 1.07% hijos por mujer fértil, la última del mundo (se necesita 2.1% para asegurar el reemplazo de una generación), el país no puede mantener la población existente sin recurrir a una inmigración masiva, africana o latinoamericana. Lo que abre interesantes perspectivas, tanto sociales como culturales y religiosas. Las relaciones entre los países ricos y los países pobres, entre las culturas nacionales, entre las razas, están llamadas a conocer un giro dramático. A ver cómo lo tomarán esos hombres que, por tener menos hijos, tendrán que aceptar más inmigrantes, esos «mojados», clandestinos, ilegales, rechazados hasta el día de ayer, si no es que de hoy.

Se calcula que España necesita importar, por lo menos, cien mil trabajadores inmigrantes en el presente año; según la ONU tendrá que aceptar 12 millones de inmigrantes en los próximos 50 años, lo que implica no sólo legalizar la inmigración, sino proclamar que es un fenómeno positivo. El sistema productivo descansará en gran parte sobre los inmigrados, los cuales no podrán más ser tratados como bárbaros indeseables, sino como salvadores indispensables. Y eso vale, más o menos, para toda Europa y para Japón.

¿Qué significa para América Latina, aparte de que su población excedente puede ir a rescatar a la vieja Europa? Que los vuelcos demográficos son rápidos y sorprendentes. Hace 40 años España tenía una alta natalidad y exportaba sirvientas, obreros y peones; hoy, amenazada por el envejecimiento y el despoblamiento, se debe preparar a vivir bien su nueva naturaleza de país de inmigración. ¿Qué nos depara el futuro en México y América Latina?

Caminos de pobreza en México y Estados Unidos

EL OBSERVADOR 241-9

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Las andanzas del bracero global

Casi tres millones de mexicanos han puesto a prueba su fortuna, por lo menos una vez, tratando de encontrar trabajo y futuro en los Estados Unidos. Los campesinos y ganaderos sin recursos, jóvenes desempleados de origen urbano, aldeanas que no tenían antes más opción que trabajar como sirvientas, la gente, en fin, olvidada por la macroeconomía y los foros internacionales sobre desarrollo global, mira cada vez con mayor insistencia hacia la frontera norte de nuestro país, con la esperanza y el sueño de que en Estados Unidos encuentre lo que le ha faltado; ese trabajo bien pagado con el que, piensan, ningún empleo en México puede compararse.

El perfil del emigrante mexicano ha cambiado a través de los años: aunque todavía es muy grande el número de personas provenientes de medio rural que se contratan en EU como peones agrícolas, ha ido aumentando rápidamente la cifra de los trabajadores de origen urbano que buscan empleo en la industria como obreros, ayudantes y operadores de maquinaria. Lo que no ha cambiado es el nivel socioeconómico del que procede la inmensa mayoría de los emigrantes, que se caracterizan por su pobreza y por una escolaridad baja que promedia los 6.2 años. Esto significa que, en general, los emigrantes sólo han estudiado la primaria. Sólo el 6% de las personas que han ido por lo menos una vez a trabajar a Estados Unidos tienen estudios técnicos o profesionales, pues todavía es posible encontrar empleo de tipo profesional en diversos lugares de la República. Los trabajadores con estudios universitarios o técnicos protagonizan entonces otro tipo de migración, más discreta pero también más cambiante, que se lleva a cabo de estado en estado y de ciudad en ciudad, según la capacidad que tenga en ese momento la localidad para generar empleos atractivos.

Los que no encuentran oportunidades adecuadas de trabajo aquí intentan entonces pasar a Estados Unidos, mas pocos tienen acceso a las instancias que permiten entrar y trabajar legalmente en dicho país, aunque sea de manera eventual. Obligados por las circunstancias, más del 80% de los emigrantes mexicanos son ilegales. Viviendo arriesgadamente en el país vecino, hechos a la idea de que su empleo, por más remunerativo que sea, es sólo provisional, los trabajadores mexicanos que logran permanecer algún tiempo en EU se enfrentan de todos modos a una situación económica desfavorable. A semejanza de lo que pasa en México, la economía estadounidense ha tenido un ascenso sostenido en los rubros que contemplan las cifras de la macroeconomía globalizada, pero el dinero no llega al bolsillo de las mayorías. Varios estudios recientes, oficiales unos e independientes otros, muestran que la brecha entre ricos y pobres ha crecido en EU en los últimos diez años, pues aunque el sector más rico de la población ha visto crecer sus ingresos en un 15%, el sector más pobre sólo ha obtenido un aumento del 1%. La mayoría de los inmigrantes mexicanos pertenece a este último sector, por lo que a la precariedad de sus actividades laborales se suman unas posibilidades casi nulas de progreso o mejoramiento económico, en caso de que consigan quedarse trabajando en EU por largo tiempo.

EL OBSERVADOR 241-10

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Al alba del milenio
La fuerza de la moral

En Mi testamento filosófico el gran filósofo Jean Guitton recuerda una conversación con el entonces muy próximo a morir presidente de Francia, François Miterrand:

        – Supongamos, señor Presidente, que me hubiera ido a cazar jabalíes con un amigo. Al rato lo pierdo de vista. De pronto oigo ruidos en la maleza. Parece un jabalí. Pero no sale. Se aleja. Qué le vamos a hacer. Apunto, voy a tirar.
        – ¡No tire, desgraciado! ¡Mire que si fuera el amigo...!
        – Pero si fuera un jabalí, ¡qué pena!
        – Sí, y si fuera el amigo, ¡qué tragedia!
        – Señor Presidente, vea usted el porqué de la moral.
        – Sí, por si fuera el amigo.
        – Cuando uno no sabe cuál es el camino verdadero, el buen camino es a la fuerza el verdadero...

La idea expresada en este certero intercambio de palabras entre un filósofo católico y un presidente ateo me parece maravillosa: la moral que debe guiar nuestra acción es aquella decisión que provoca el bien. Pongámonos un momento en la postura del cazador. Tiene dos caminos: o abalanzarse sobre la supuesta presa y cobrarla (dando, así, razón a su cacería), o reflexionar un poco y detener el rifle para no herir, quizá mortalmente, a su amigo. La primera alternativa es egoísta: aunque pueda alcanzar un «bien» (la pieza cobrada), puede también acarrear una tragedia. Entonces el «bien» no lo era sino para él. En la segunda opción se plaza el «bien» por el bien del otro: es la opción moral por excelencia, puesto que el cazador está poniendo por encima del jabalí (y su carne, y el dinero de su piel, y...) el bienestar de su amigo. De éste, él no va a obtener nada, pero va a hacer que el cosmos siga contando con un hombre, con su palabra, sus sueños, su vocación de ser...

«La fuerza de la moral» he intitulado esta colaboración. Y bien es verdad que la decisión del cazador la demuestra. ¿Cuántas veces no sabemos por dónde ir, qué hacer, cómo actuar? La duda sobre lo verdadero nos inquieta. Entonces pensemos en el cazador bajando el cañón de su escopeta al piso: escogió «el buen camino». Es la fuerza de la verdad, la fuerza que funda la moral, la que guió su determinación: el universo floreció y Dios sonrió ante la decisión del cazador. (J. S. C.)

EL OBSERVADOR 241-11

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Se va don Justo Mullor
Según parece será abril el mes en que abandonará México el nuncio apostólico don Justo Mullor García. El Papa lo ha nombrado presidente de la Pontificia Academia Eclesiástica en Roma, institución en la que se forman los futuros diplomáticos de la Santa Sede, surtidora, por lo mismo, de los nuncios para las diferentes partes del mundo. Don Justo sustituirá al alemán Georg Zur, quien fue nombrado nuncio en la Federación Rusa. El nuevo nombramiento hecho en la persona de Mullor presenta las características de una promoción y no concuerda con la visión politiquera de «especialistas» que siempre ven móviles extrarreligiosos en las acciones de la Iglesia.

Don Justo Mullor –«diplomático con toda la barba», lo definió Humberto Lira Mora– es, como lo ha expresado el arzobispo don Luis Morales Reyes, «una persona coherente que en poco tiempo supo ganarse la simpatía de obispos, sacerdotes, laicos y funcionarios públicos». Aquí guardamos recuerdo de la bonhomía y afabilidad que nos mostró aquel día que estuvo en El Observador.

EL OBSERVADOR 241-12

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Enfermos y artistas en el Jubileo: crónica de un encuentro con el perdón divino

El calendario jubilar se desarrolla con toda puntualidad. El viernes 11 de este mes se efectuó el Jubileo de los Enfermos y de los Agentes Sanitarios, y el día 18 el de los Artistas.

Del de los enfermos se ha dicho enfáticamente que «nunca en la historia de la Ciudad Eterna se había organizado nada parecido», lo cual se convierte en un elogio para el prelado mexicano monseñor Javier Lozano Barragán, presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios, sobre quien recayó el peso de la organización.

Acudieron a la Celebración Eucarística del día 11 treintaicinco mil personas, entre enfermos, asistentes, médicos, enfermeros y personal sanitario auxiliar. Un grupo especial de enfermos se componía de mil 653 peregrinos en silla de ruedas y siete que fueron llevados en camilla.

En su homilía, el Santo Padre afirmó: «En Jesús encontramos el apoyo y la respuesta a nuestras expectativas más profundas. En su cruz todo sufrimiento alcanza la posibilidad de encontrar un sentido... Dios no quiere la enfermedad, no ha creado el mal ni la muerte. Pero, desde el momento en que, a causa del pecado, han entrado en el mundo, su amor tiende totalmente a volver a sanar al hombre, a curarlo del pecado y de todo mal, a colmarle de vida, de paz y de alegría... la enfermedad no deja de ser una prueba, pero es iluminada por la esperanza».

La Unción de los Enfermos se produjo inmediatamente después de la homilía papal y Su Santidad la administró personalmente a diez enfermos graves. Junto de él la estuvieron administrando también diez obispos. Los enfermos contaron en todo momento con la ayuda de mil 200 voluntarios de los Caballeros de Malta, de la Cruz Roja y de otras instituciones católicas de ayuda. En la plaza de San Pedro la UNITALSI (institución católica que organiza peregrinaciones a los santuarios marianos) había colocado una tarima con un dispositivo que, gracias a un sistema de resistencias eléctricas, permitió a los enfermos seguir el acontecimiento sin sufrir las consecuencias de las temperaturas invernales de la mañana.

Al final de la celebración los enfermos fueron invitados a comer al restaurante del gran estacionamiento recién inaugurado por Juan Pablo II. Cuando comenzaba a anochecer en Roma participaron en una procesión de antorchas –como las que caracterizan al santuario de Lourdes– que desembocó en la plaza de San Pedro. Los peregrinos olvidaron durante unos buenos momentos sus preocupaciones y sufrimientos, en especial al sentir el resplandor de los impresionantes fuegos artificiales que iluminaron la fachada de la basílica vaticana.

Algunos de los santuarios más concurridos se unieron directamente por satélite al encuentro. Así sucedió con el santuario de Guadalupe, de México, en el cual más de cinco mil enfermos participaron en la Celebración Eucarística presidida por el cardenal Norberto Rivera Carrera.

Intérpretes privilegiados del misterio del hombre

El Jubileo de los Artistas se llevó a cabo el día en que se hace memoria liturgia del beato Angélico. Los artistas fueron mencionados como «intérpretes privilegiados del misterio del hombre... que llegaron a Roma para manifestar su fe en Jesucristo, Verbo de Dios encarnado, epifanía de la belleza divina en la figura humana». La especial importancia que la Iglesia da al diálogo con el arte se funda en la convicción de que Cristo es la fuente suprema de inspiración del arte universal.

Lo que ha de venir

El programa sigue: el día de hoy tendrán su propio jubileo los diáconos permanentes y pasado mañana (martes 22) lo tendrá la curia romana. El fin de semana venidero se llevará acabo un congreso de estudio sobre la aplicación del concilio ecuménico Vaticano II.

EL OBSERVADOR 241-13

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-Editorial-
Siembra de tormentas

La UNAM y la crisis de la educación superior en México van de la mano. Y esto es resultado de muchos años de deterioro: no situemos en su origen al Consejo General de Huelga, al «Mosh» y sus secuaces. Situémoslo más bien ahí donde el Estado mexicano comenzó a hacerse propietario no sólo de la educación superior sino de toda la educación, de toda la industria, de todo el pensamiento mexicanos.

Las prácticas monopólicas en la educación crean monstruos. Lo que hoy contemplamos absortos y apesadumbrados en la UNAM es el reflejo de lo que ayer se sembró. Los rijosos del CGH son hijos de una cultura que ha privilegiado la violencia sobre la democracia; la violación sobre el respeto; la agresión sobre el diálogo.

¿Queremos jóvenes pacíficos cuando hemos entregado su educación a las televisoras comerciales? ¿Queremos jóvenes dialogantes cuando les hemos enseñado que el poder no se comparte? ¿Queremos jóvenes tolerantes cuando les hemos confiscado la posibilidad de crecer en el respeto a la diferencia, en el respeto a la pluralidad? No se engañen: quienes ahora dirigen sus baterías hacia esa juventud, indudablemente descarriada y protestona, son, exactamente, quienes hace años la echaron a perder. No es intuición histórica la nuestra: es simple lógica, sentido común: es imposible construir tanta indecencia de la nada.

En este vacío que ha creado un poder que lo quiere todo cabe cualquier cosa: desde el EPR hasta los movimientos recalcitrantes de derecha; desde «el Diablo» hasta los movimientos urbanos de reivindicación de predios para vivienda. La UNAM es el espejo del país, de un país desarbolado, sin guía, sin rumbo, sin mando, o, más bien, con una mano a distancia, con una autoridad que se niega tozudamente a encauzar en valores objetivos a los jóvenes sedientos de valores objetivos.

¿Cómo no ver tras esas muchachitas universitarias, prepratorianas, equipadas con un bote de aerosol para las «pintas», en su grito y en su exposición frecuente a las vejaciones, un foco rojo de alarma: «ya estamos hartas de no encontrarle sentido a nada, queremos cambiar pero no para seguir iguales sino para llegar a cumplir metas concretas en la vida , como un empleo digno y bien remunerado, como un poco de ocio y descanso, una familia capaz de hacernos crecer como personas»? Es innegable que hay quienes las manipulan, quienes manipulan el movimiento desde los intereses absurdos del egoísmo político-social.

Empero, también es innegable que existe una presión brutal sobre esos que hoy se han entregado al desmán como modus vivendi: presión de ver crecer, inexorablemente, el número de familias pobres absolutas en el país; presión por ver avanzar la corrupción en grado superlativo en las esferas de gobierno; presión, en fin, porque para ellos –para los jóvenes y los niños de México– hay una herencia expresada en la frase tan manida de nuestra política: «el que no transa, no avanza».

Nadie que tenga sangre en las venas va a quedarse impávido cuando le han confiscado la esperanza, y en este país, mayoritariamente de jóvenes, les hemos confiscado la esperanza.
(FIN)

EL OBSERVADOR 241-14

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