El Observador de la Actualidad

El Observador

Periodismo católico para la familia de hoy

5 de Marzo de 2000 No. 243

SUMARIO

bullet PINCELADAS Dar y recibir
bulletEl hombre del tercer milenio Retornar al aprecio de las buenas costumbres
bullet¿Ya recibiste en tu casa al ángel de la guarda?
bulletCRÍTICA DE MEDIOS DE COMUNICACIÓN Un día sin hombres
bulletLa amistad (Don Quijote)
bulletCuaresma: punto culminante del camino de reconciliación en el Jubileo
bulletAL ALBA DEL MILENIO Elogio al párroco
bulletCOLUMNA HUÉSPED Gracias, don Justo
bulletJuan Pablo II tras la pista de Moisés en el Sinaí, en Egipto
bulletEDITORIALES

PINCELADAS
Dar y recibir
Justo López Melús *

En el libro de los Hechos de los apóstoles (20, 35) se citan unas palabras de Jesús que no están escritas (ágrapha) en el Evangelio: «Hay más felicidad en dar que en recibir». Sí, es agradable poder dar. Pero la actitud y disponibilidad en aceptar y recibir es también buena; indica generosidad. Sentiríamos si nadie aceptara nuestros dones, «Ser en la montaña un eco/ para el silbo del pastor,/ ser tierra para la lluvia,/ ser amor para el amor» (Pemán). San Francisco de Sales aconsejaba a una superiora absorbente que no quisiera para ella todas las coronas, que supiera también recibir.

En el desierto de Escitia un anciano quiso servir a los monjes. Nadie lo aceptó, excepto el abad Juan el Enano. «¿Te consideraste digno de ser servido por tan santo varón?», le preguntaron. Y él contestó: «Cuando ofrezco un vaso de agua soy feliz si lo aceptan. ¿Iba yo a entristecer a ese anciano privándole del gozo de darle algo?». Saber aceptar, dar oportunidades a los demás es un gesto propio de almas delicadas.

El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro

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El hombre del tercer milenio. Retos, aspiraciones y compromisos (Concluye)
Retornar al aprecio de las buenas costumbres
Lorenzo Servitje Sendra

Hay un gran vacío en la vida humana. Y, sin embargo, llega un momento en que los hombres de hoy buscan consciente o inconscientemente a Dios.

Es oportuno insistir en los daños que causan algunos contenidos de los mensajes, espectáculos y programas de los medios de comunicación, como el cine, la radio, las publicaciones y la televisión. Especialmente por el menosprecio de lo valores de la familia, el desorden sexual y la violencia que de algún modo no sólo justifican sino aun alientan. Un estudio reciente afirma que, alrededor de los años 50, en la manera de pensar de la gente y en su conducta la influencia de la familia era aproximadamente del 45% y la de los medios de comunicación de un 5%, y que ahora es del 27 y del 23%, respectivamente.

No hay duda de que en la influencia de los medios de comunicación la de la televisión, por mucho, es la más importante y entraña riesgos muy grandes no sólo en lo moral sino también en lo político. Karl Popper, el famoso pensador, dijo unos meses antes de su muerte que el poder de la creciente influencia de la televisión era una real amenaza para la democracia y que el Estado debiera tenerlo muy en cuenta.

Educación del carácter, práctica de la virtud, promoción de los valores, formación moral. Cada día se habla más de esto porque se siente vivamente su necesidad. Estoy convencido de que el hombre del tercer milenio tendrá que retornar al aprecio de la moral y de las buenas costumbres y comprometerse a sostenerlas por su propia supervivencia y felicidad. Y debe señalarse que los principios morales tienen más solidez y fuerza cuando están fincados en una fe religiosa. Los destacados historiadores Will y Ariel Durant, no creyentes, afirmaron: «No hay un ejemplo en la historia, antes de nuestro tiempo, de una sociedad que no mantenga eficazmente una vida moral sin la ayuda de la religión».

La realidad es que vivimos en un mundo en el que los medios de comunicación nos condenan a las apariencias y callan en lo esencial; en el que lo que dicen los líderes es para dar gusto a todos y así avanzamos hacia el porvenir. Es la cultura de hoy, que olvida las premisas que están en la conciencia del hombre, de donde brotan las últimas preguntas. Preguntas malditas, que decía Dostoyevski. Preguntas que Paul Gauguin inscribió en una de sus pinturas: «¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos?». A las que yo añadiría: ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué sentido tienen el mundo, el hombre, la vida y la muerte?

La fe nos lleva a adentrarnos en el misterio de Dios. Misterio insondable que se nos escapa, pero del que no podemos sustraernos. El hombre del tercer milenio, deslumbrado por los avances de la ciencia y adormecido por las comodidades de la modernidad, trata de no ir más allá de lo cotidiano; pero tendrá que afrontar tarde o temprano estas dramáticas preguntas pues, de lo contrario, irá declinando irremediablemente su humanidad.

Prevalece hoy un nihilismo que es agnóstico, placentero, conformista y que proclama la trivialización de la existencia. No hay esperanza, ningún ideal, ningún valor, sólo el tener un placer pronto y a cualquier precio. Hay un gran vacío en la vida humana. Y, sin embargo, llega un momento en que los hombres de hoy buscan consciente o inconscientemente a Dios. Será necesaria una revolución en defensa del ser humano, y ésta sólo podrá tener un signo: el signo religioso. Y en esta tarea los cristianos deberemos comprometernos en la búsqueda continua de Jesucristo, abrirnos a su encuentro y presencia y perseverar en su seguimiento, de tal modo que con el amor al prójimo y nuestra conducta demos testimonio de nuestra fe y nuestra esperanza.

En un mundo complejo y vertiginoso nos acercamos al nuevo milenio con incertidumbre y asombro. Sin embargo, los mexicanos hemos de afrontarlo con esperanza. En México tenemos un gran país y –a pesar de sus defectos– un gran pueblo. Tenemos fe en Dios, alegría de vivir, tradiciones valiosas, reciedumbre ante las vicisitudes, capacidad de entendimiento y sentido de nación. Enrique Krauze ha dicho que en México se nos ha dado la unidad en la diversidad y la diversidad en la unidad, un verdadero milagro, y que lo único que nos hace falta es recobrar el ánimo. Tengamos confianza.

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¿Ya recibiste en tu casa al ángel de la guarda?
Rafael Jácome

La próxima vez que te llamen para decirte que te mandan al ángel, recuérdales que ya tienes uno desde que naciste.

1. Hace un par de días una señora me comentaba, muy contenta, que recientemente había recibido en su casa al ángel de la guarda. Sus hijos estuvieron muy felices de esta celestial visita e incluso uno de ellos le dejó su cama para que el ángel pudiera pasar la noche. Por lo que he podido constatar, esta práctica se ha convertido en una verdadera moda y se ha difundido ampliamente en varias partes de México.

Varias personas me han comentado que esta cita angelical les ha ayudado para renovar y recordar su acercamiento a los ángeles, que lo tenían bastante empolvado y, en algunos casos, totalmente olvidado. Lo que más me maravilló ante estas experiencias fue que los ángeles son enviados por las personas, hay que abrirles la puerta, recibirlos con una vela encendida y, por supuesto, esperarlos en oración.

2. Que los ángeles existen es una verdad de fe que lo atestigua la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia. A este propósito san Agustín decía que «el nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel» (Psal. 103, 1,15). Los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Porque contemplan «constantemente el rostro de mi Padre que está en los Cielos» (Mt 18, 10), son «agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra» (Sal 103, 20).

Ahora bien, según el Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 336, dice que, desde la infancia hasta a la muerte , la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. «Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida» (S. Basilio, Eun.3,1). Desde esta tierra la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios.

3. ¿Cómo se puede «enviar» al ángel si estos seres espirituales sirven a Dios y a los hombres, pero no están al libre albedrío o capricho de cada quien? Ellos no son nuestros mensajeros, son los mensajeros de Dios, así como el arcángel Gabriel le llevó la gran noticia a la Virgen de que iba a ser mamá ni más ni menos que del Hijo de Dios. Por otro lado, eso de «enviar» supone que no tengo a un ángel en mi vida, cuando la doctrina de la Iglesia dice que me acompaña en toda la travesía de la vida para ayudarme y cuidarme, como lo hizo el arcángel Rafael con Tobías. Además, «abrirle la puerta de tu casa al ángel» ciertamente es una gran cortesía, pero no hace falta dado que los ángeles son seres espirituales y, por lo mismo, pueden hacer acto de presencia sin necesidad de tocar puertas ni abrir ventanas.

4. Ante todo esto hay que aclarar que toda esa fiebre por los ángeles es fruto de una moda de la Nueva Era que presenta a los ángeles de forma esotérica con mezcla de algunas verdades católicas; y aquí está el gran problema por la confusión que causa cuando no se tienen las ideas claras. Me parece maravilloso que este tipo de experiencias nos ayude a recordar que todos tenemos nuestro ángel de la guarda, pero lo que no podemos permitir es que nos engañen con doctrinas que no tienen nada que ver con la fe de la Iglesia. En una sociedad tan relativista en donde cada quien «inventa sus verdades y sus propios credos o religiosidades», es importante conocer las auténticas verdades de la fe por aquello de: «que no le digan y que no le cuenten, porque a lo mejor le mienten».

5. Por último, conviene subrayar que los ángeles también son creaturas igual que nosotros, si bien más perfectas por ser puramente espirituales. Ellos están al servicio de Dios y para nosotros son nuestros guías que nos llevan por el buen camino para llegar a Dios. Por ello es importante recalcar que el centro de nuestra fe es Cristo, Camino, Verdad y Vida. Los ángeles, los santos y hasta la misma Virgen María son mediadores o intercesores para llegar a Jesús.

La próxima vez que te llamen o te manden un mail para decirte que te mandan al ángel, recuérdales que ya tienes uno desde que naciste y que es un poco celoso y no acepta competencias.

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Crítica de medios de comunicación
Un día sin hombres
Santiago Norte



Sería el 8 de marzo. Se trataría de una jornada –¡una sola!– en la que no hubiera hombres (varones) al frente de medios de prensa. Un día en que la información estuviera sustentada en la visión femenina del mundo. Y estamos hablando de la visión mayoritaria de la población actual: según las últimas estadísticas, 52% de los ojos que ven hoy al mundo son ojos de mujer.

Pero la prensa, como el poder político, como el poder económico, está en manos de varones. En la economía, por ejemplo, la mujer ocupa solamente el 2% de la renta total del orbe. En la política no llega ni al 8% de la representación en puestos de mando o decisión social. Ignoro en medios de comunicación. Pocos, muy pocos son dirigidos por mujeres. EL OBSERVADOR es co-dirigido por una mujer, Maité Urquiza, y los resultados son extraordinarios.

La iniciativa del 8 de marzo coincide con el Día Internacional de la Mujer, y ha sido efectuada desde la nueva oficina de la dirección general de la UNESCO. Su nueva cabeza –Koichiro Matsuura– ha visto la necesidad de conocer en las noticias la versión femenina de la actualidad. En su papel sucesorio de Federico Mayor Zaragoza, tiene la urgencia de aplicar novedades significativas en la promoción de la educación y la cultura en las naciones miembros de UNESCO. Difícil tarea, a mi entender. La promoción de la paz que hizo Mayor Zaragoza es uno de los hitos de esta organización perteneciente a la ONU, que había estado condenada a vegetar sin rumbo hasta antes de la presencia del español.

Ahora el japonés ha dado un paso interesante. ¿Es realmente diferente la visión masculina de la femenina en cuanto a la información? Sin necesidad de ser un experto en el tema, creo que sí, que la mujer está equipada para otear mejor la esencia de la información. Me refiero a su esencia humana, al lado del corazón. No creo que una mujer se cebe, por ejemplo, en la violencia para hacer apología de ésta. Tampoco creo que tenga tanta capacidad de vender cadáveres y horror como han enseñado los varones que la tienen. El poder es ejercido de forma mucho menos perversa por las mujeres. A lo mejor, dirá alguno, porque nunca lo han tenido. Mentira. Son las que tienen el poder en la familia, y mayoritariamente lo han usado para formar y no para envilecer.

Al lanzar la convocatoria, Matsuura señaló algo muy importante: «Así (con las mujeres al mando), por primera vez en la historia, una jornada de información habrá estado en todo el mundo bajo la responsabilidad de las mujeres, con lo cual se garantizaría una más libre circulación de la información pluralista e independiente». En el pluralismo está anidada la objetividad. ¿Cómo podríamos jactarnos los varones de objetividad periodística si no incluimos en las redacciones, en los puestos directivos y en la responsabilidad editorial a la parte femenina de la historia? La verdad es un diálogo, un coro a muchas voces: el camino hacia la complementaridad. Excluir nunca, nunca ha sido la forma de enfrentar la verdad, de construirla.

En lo que respecta a la información, el camino andado por las mujeres en el mundo ha sido más lento que, por ejemplo, en la literatura o el cine. Son formas de comunicación dominadas por los varones pero que han tenido mayor presencia femenina como para garantizar una mirada más fresca. No así las noticias. ¿Será por aquello de que información es poder? La mujer ha demostrado que puede cambiar el rumbo de los acontecimientos, que es la fuerza que libera lo atado por las prácticas de apropiación masculinas. Un día que dirijan la prensa del planeta sería suficiente para convencer a los escépticos.

EL OBSERVADOR 243-4

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La amistad (Don Quijote)
Carlos Díaz

Me preguntas, Sancho el bueno, por los efectos de la amistad. Siempre te he dicho que los amigos son como las cuerdas de una cítara que, si están bien afinadas, producen una música muy agradable. Las estrellas irradian luz a su alrededor, por eso los amigos a donde llegan hacen que haya alegría y bien, hasta el extremo de que es preferible vivir en las tinieblas que vivir sin amigos. El solo hecho de ver o de recordar a un amigo hace que uno pueda soportar la dificultad mejor.

Un amigo –y tú deberías saberlo ya– es un compañero de camino; con él se construye este camino y se trata de conquistar lo imposible. La amistad pide compartir sin abandonar: una buena fuente se reconoce en la sequía, y un buen amigo en la adversidad. Par conocer al amigo son buenos la necesidad y el peligro.

Dígote, Sancho de mis entretelas, que la amistad supone el reconocimiento recíproco basado en una amplia comprensión, la mitigación del egoísmo, y la movilización hacia el otro de las más nobles energías afectivas. Cuando todo lo demás ya está dicho, los amigos callan, guardan los mismos silencios.

El privilegio de las mejores amistades lo constituye el haberse anudado sobre una obra para servir, por encima de sus mejores preferencias, a las exigencias espirituales objetivas de esa obra, al interés común.

Los amigos deben ser lo mejores aliados de nuestras mejores cualidades, pero no de nuestros vicios. Para eso dos amigos deben ayudarse entre sí como se ayudan entrambas manos. Amigos verdaderos son los que ayudan a obrar bien, los que saben criticarnos para que mejoremos, y no los que se callan nuestros defectos porque les resultan indiferentes y no quieren arriesgarse ni esforzarse corrigiéndolos. Buen amigo del amigo, de sus vicios enemigo.

La amistad sincera está en el medio entre la adulación y la hostilidad, y se muestra en los actos y en las palabras. A veces el mayor sacrificio a que puede obligarnos la amistad no consiste en confesar nuestros defectos a un amigo, sino en hacerle ver los suyos.

El buen amigo nos ayuda a desarrollar las virtudes. Su veracidad, su sinceridad, su libertad, su lealtad, su generosidad, su perdón, su comprensión, su confianza, su respeto, me harán mejor y me enseñarán a ser veraz, sincero, libre, leal, generoso, perdonador, comprensivo. La amistad no puede ir muy lejos cuando ni uno ni otro están dispuestos a mejorar en las virtudes correspondientes.

Nos hiere más la deslealtad de un amigo que el incumplimiento de un contrato comercial por parte de alguien con quien no tenemos lazos de amistad. La persona leal es fiel a la causa, cumple sus promesas, no hace leña del árbol caído, no es maledicente y, en definitiva, hermano Sancho, es un gran tesoro.

EL OBSERVADOR 243-5

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Extracto del mensaje cuaresmal de Juan Pablo II para el 2000
Cuaresma: punto culminante del camino de reconciliación en el Jubileo

La celebración de la Cuaresma, tiempo de conversión y reconciliación, reviste en este año un carácter muy especial, ya que tiene lugar dentro del Gran Jubileo del 2000. En efecto, el tiempo cuaresmal representa el punto culminante del camino de conversión y reconciliación que el Jubileo, año de gracia del Señor, propone a todos los creyentes para renovar la propia adhesión a Cristo.

«Estábamos muertos por el pecado»; así es como san Pablo describe la situación del hombre sin Cristo. Es una esclavitud que el hombre experimenta cotidianamente, descubriendo las raíces profundas en su mismo corazón. Se manifiesta en formas dramáticas e inusitadas, como ha sucedido en el transcurso de las grandes tragedias del siglo XX, que han incidido profundamente en la vida de tantas comunidades y personas, víctimas de una violencia cruel. Las deportaciones forzadas, la eliminación sistemática de pueblos y el desprecio de los derechos fundamentales de la persona son las tragedias que, desgraciadamente, aún hoy humillan a la humanidad. También en la vida cotidiana se manifiestan diversos modos de engaño, odio, aniquilamiento del otro y mentira, de los que el hombre es víctima y autor. La humanidad está marcada por el pecado. Esta condición dramática nos recuerda el grito alarmado del Apóstol de los Gentiles: «No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo».

Ante la oscuridad del pecado y ante la imposibilidad de que el hombre se libere por sí solo de él, aparece en todo su esplendor la obra salvífica de Cristo. Ha compartido la existencia humana «hasta la muerte y muerte de cruz» para rescatar al hombre de la esclavitud del mal y volverlo a integrar en su originaria dignidad de hijo de Dios. En el Señor resucitado es destruido el poder de la muerte y se le ofrece al hombre la posibilidad, por medio de la fe, de acceder a la comunión con Dios.

Dios ofrece su misericordia a todo el que la quiera acoger, aunque esté lejano o sea receloso a ella. Durante el Año Santo la Iglesia ofrece varias oportunidades de reconciliación, tanto personal como comunitaria. En todas las diócesis hay señalado algún lugar especial donde los creyentes pueden acudir para experimentar, de un modo particular, la presencia divina. El itinerario de la conversión lleva a la reconciliación con Dios y a vivir en plenitud la vida nueva en Cristo: vida de fe, de esperanza y de caridad. La gracia del Jubileo nos empuja, sobre todo, a renovar nuestra fe personal. Modelo ejemplar de creyente, tanto para los hebreos como para los cristianos y musulmanes, es Abraham, el cual, confiado en la promesa, sigue la voz de Dios que lo llama por senderos desconocidos. Con la virtud de la esperanza el cristiano da testimonio de que, más allá de todo mal y límite, la historia contiene en sí misma un germen de bien que el Señor hará germinar en plenitud. En definitiva, con el Jubileo el Señor nos pide que revitalicemos nuestra caridad; la comunidad cristiana sabe que la fe sin obras es fe muerta. ¿Cómo podemos pedir la gracia del Jubileo si somos insensibles a las necesidades de los pobres?

«Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo». Estas palabras de Jesús nos aseguran que no estamos solos cuando anunciamos y vivimos el evangelio de la caridad.

EL OBSERVADOR 243-6

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Al alba del milenio
Elogio al párroco

Con admiración a sacerdotes que han hecho de su parroquia la mejor terminal de los autobuses que parten con rumbo al Cielo.

Hace cuatro años Carlos Castillo Peraza escribió un hermoso artículo en Reforma para elogiar al cura párroco, al hombre de Dios entregado a su ministerio en la sencillez de algún pueblo alejado de las luminarias de la gran ciudad. EL OBSERVADOR lo publicó también. Me dijo que era uno de los suyos que más había gustado. Lógico: nadie se ocupa de los párrocos, y si llegan a «recordarlos» en alguna publicación suele ser para burlarse de ellos. En un apartado del libro Construyamos la paz, del P. Alfredo Vizcarra Patiño, me encontré la siguiente reflexión, que me parece explica con tino lo que sucede hoy en muchas comunidades del país:

Si predica más de diez minutos: ¡No acaba nunca!
Si habla de la contemplación de Dios: ¡Ya está volando!
Si aborda problemas sociales: ¡Se está metiendo en política!
Si entra a trabajar: ¡Entonces, no tenía nada que hacer?
Si permanece en su parroquia: ¡No se compromete con el mundo!
Si se deja el pelo largo: ¡Esto curas revolucionarios!
Si lo mantiene corto: ¡Qué anticuado!
Si casa y bautiza a todo el mundo: ¡Desparrama los sacramentos!
Si se pone exigente: ¡Pone dificultades a la gente!
Si está siempre en la parroquia: ¡No visita a los feligreses!
Si hace visitas: ¡Nunca se le encuentra en la parroquia!
Si no organiza convivencias: ¡En esta parroquia no se hace nada!
Si hace una reparación en la Iglesia: ¡Tira el dinero!
Si no lo hace: ¡Tiene todo abandonado!
Si se asesora de un consejo parroquial: ¡Se deja manejar por cualquiera!
Si no tiene consejo parroquial: ¡Es un individualista!
Si es joven: ¡Este cura no tiene experiencia!
Si es viejo: ¡Debería jubilarse!
Si... llega a irse o morir: ¡Era realmente irremplazable!
(J. S. C.)

EL OBSERVADOR 243-7

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Columna huésped
Gracias, don Justo *

Gracias, don Justo *
Gracias, don Justo *

Paz Fernández Cueto

Si justicia es dar a cada quien lo que le corresponde, es justo reconocer a don Justo su destacada labor como nuncio apostólico de México. Dentro de pocas semanas dejará el país para asumir la presidencia de la Pontificia Academia Eclesiástica, escuela donde se forman los futuros diplomáticos del Vaticano, después de recibir tan honroso nombramiento de Juan Pablo II, a través de una carta personal.

Su misión lamentablemente fugaz, sin duda trascendente, se desarrolló en medio de una encrucijada clave en la historia del México moderno y en circunstancias especialmente difíciles, a pocos años de haberse reanudado las relaciones diplomáticas con el Estado Vaticano. No hay que olvidar que fueron 160 años de frío distanciamiento entre México y Roma, marcados por la corriente positivista liberal, de tinte anticlerical, que surgió en época de Juárez.

Dejando a un lado conjeturas y especulaciones de quienes confunden la misión sobrenatural de la Iglesia, pretendiendo juzgarla exclusivamente desde una perspectiva de política, resulta importante destacar lo que fue en esencia la misión de don Justo, en su doble faceta de diplomático y pastor.

Su antecesor, Girolamo Prigione, que inició su labor como Delegado Apostólico en tiempos de López Portillo, cumplió con su misión de restablecer las relaciones diplomáticas durante el gobierno de Salinas, convirtiéndose en el primer nuncio o representante oficial del Estado Vaticano en nuestro país.

A don Justo correspondía, a su llegada a México, lograr el reconocimiento de la Iglesia, procurando al mismo tiempo garantizar la autonomía necesaria entre la Iglesia y el Estado en sus distintos ámbitos de acción, y lograr una sana independencia del clero respecto a los poderes políticos.

Mientras resultaría más cómodo y atractivo para cualquiera trabajar en complicidad con quien provee de privilegios, no sería actitud coherente del representante oficial de una Iglesia que se define católica, es decir universal, identificarse con una determinada tendencia de política partidista. La misión de la Iglesia no es hacer política, su labor es espiritual, colaborando con los creyentes en la consecución del bien común y en el respeto de los derechos humanos, haciendo respetar los divinos. Su tarea es conducir al pueblo de Dios peregrino en la tierra, orientando la actuación de los cristianos con los principios del Evangelio.

Con cuanta razón afirmaba don Justo hace algunos años que «nunca como ahora hemos de librarnos de la tentación de atar las manos de la Iglesia a formas concretas de poder o de influjo social, tras las cuales pueda ocultarse el fantasma de una ideología. Los cristianos tenemos ciertamente la obligación de empeñar nuestra acción temporal en concretas y determinadas formas políticas, sociales o simplemente temporales; pero en tal acción no debemos comprometer a la Iglesia como sociedad: debemos usar sus principios para iluminar nuestra actuación, pero no debemos usar su poder moral; debemos ayudarle, pero no debemos ayudarnos para nuestra política personal, para nuestro lucro, para nuestra ascensión en la escala social».

Monseñor Mullor mantuvo abiertas durante su gestión las puertas de la nunciatura a los representantes de los distintos partidos en actitud de plural acogida. Se dio a la tarea de conocer al México profundo, al México siempre fiel, al pueblo espontáneo desbordado en entusiasmo, durante las visitas pastorales de Juan Pablo II, a quien tan dignamente representó. Además de acoger al pueblo, acogió al presbiterio entero: sacerdotes diocesanos, religiosos y representantes de los diversos movimientos apostólicos. Uno de sus principales propósitos fue lograr el fortalecimiento de La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), potenciando la labor de los obispos en su autonomía y unidad interna. Durante su corta estancia alcanzó a visitar 70 de las 83 diócesis que existen en tierra mexicana .

Su obra de reconciliación en ocasiones suscitó polémica, como el apoyo que públicamente le dio a don Samuel Ruiz, obispo de San Cristóbal de las Casas, aun no estando de acuerdo con él en algunos de los principios por él sustentados. Sin embargo, al mismo tiempo que consiguió convencerlo de dejar la Conai, evitando así un protagonismo nada favorable a la Iglesia, le acogió como su hermano en el episcopado. Su labor deja huella profunda en México y en el corazón de los mexicanos, ¡gracias, don Justo!


* Artículo resumido.

EL OBSERVADOR 243-8

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SIGUIENDO LAS HUELLAS DEL VICARIO DE CRISTO
Juan Pablo II tras la pista de Moisés en el Sinaí, en Egipto

Aunque su población actual sea aplastantemente musulmana, Egipto tuvo la gloria de ser el auténtico hijo primogénito de la Iglesia, es decir, el primer país que se declaró masivamente cristiano, cien años antes de que lo hicieran los galos (año 495) para orgullo de Francia. En efecto, hacia fines del siglo IV, el 99% de la población egipcia se afilió a la religión de Cristo a pesar de los terribles martirios colectivos a que lo sometieron los emperadores romanos, especialmente en tiempos de Diocleciano. Se había esparcido la semilla dejada por miles de mártires y ya de antiguo funcionaban las tres Iglesias primitivas: la de Jerusalén, la de Antioquía y la de Alejandría, ésta en pleno territorio egipcio, fundada por el evangelista san Marcos. No por nada Egipto se convirtió en la cuna del eremitismo. Entre los más antiguos monjes cristianos de la historia están Pablo de Tebas, Antonio y Atanasio; los tres florecieron en Egipto. Y allí surgieron grandes intelectuales cristianos como san Clemente y Orígenes.

A ese país, donde los cristianos no pueden ser extranjeros sino descendientes auténticos de los faraones de Egipto, acudió del 24 al 26 del pasado febrero Su Santidad Juan Pablo II para su nonagésimo (90o.) viaje apostólico fuera de Italia. Nunca antes pontífice alguno había puesto pie en tierras egipcias.

Egipto es el país más poblado de Africa después de Nigeria y el primero en el mundo árabe. Tiene una población de 65.9 millones. Menos del 10% de los egipcios pertenecen a la Iglesia copta ortodoxa (coptos es el nombre dado por los griegos al Egipto antiguo) y hay 222 mil católicos que representan el 0.34% de la población, repartidos en siete ritos: copto, griego, maronita, sirio, armenio, caldeo y latino.

Eje central del viaje papal fue la significativa ceremonia en el Monte Sinaí, durante la cual el Santo Padre conmemoró la alianza entre Dios y Moisés, sellada cuando éste escuchó la voz del Altísimo («Yo soy el que soy») y vio la zarza que ardía sin consumirse.


El primer día de la visita

En vuelo de dos mil 206 kilómetros, Juan Pablo II se trasladó de Roma a El Cairo, el día 24, emprendiendo así su soñada peregrinación a los lugares relacionados con la historia de la salvación.

Fue recibido por el presidente Hosni Mubarak, a quien acompañaban Su Santidad Shenouda III, Su Beatitud el patriarca Stephano II Ghattas y en Gran Jeque Mohammed Sayed Tantawi, principales líderes religiosos de Egipto.

Dirigiéndose en inglés a los concurrentes a la recepción, el Papa afirmó: «Ésta es la tierra de una civilización que tiene cinco mil años, famosa en todo el mundo por sus monumentos y por sus conocimientos de matemáticas y astronomía. Ésta es la tierra en la que se han encontrado y mezclado culturas diversas, haciendo famoso a Egipto por su sabiduría y cultura... La unidad y la armonía de la oración constituyen un valor incalculable que todos los ciudadanos deben tutelar y que los responsables políticos y religiosos deben promover continuamente en la justicia y el respeto de los derechos de todos». Y más adelante, en denuncia de todo fundamentalismo religioso: «Hacer el mal, promover la violencia y los conflictos en nombre de la religión es una contradicción terrible y una gran ofensa contra Dios. Pero la historia pasada y presente nos dan muchos ejemplos de este tipo de abuso de la religión».

Horas después visitó la residencia de Shenouda III, líder de la Iglesia Copto-Ortodoxa, y, en compañía de éste, oró ante los restos mortales del evangelista Marcos. La jornada terminó con la visita que hizo al Imán de Al-Azhar, Mohammed Sayed Tantawi. La universidad de Al-Azhar es la más alta instancia teológica de instrucción religiosa del Islam sunnita en el mundo y la universidad islámica más antigua, fundada a finales del siglo X.

Segundo día

A primeras horas de la mañana del 25 se llevó a efecto una celebración litúrgica para la comunidad católica en el estadio cubierto de El Cairo, lleno a su capacidad que es para 20 mil personas.

El entusiasmo a la llegada del Pontífice fue indescriptible. La liturgia de la Misa no podría ser otra que la de la Sagrada Familia. El encuentro fue un redescubrimiento del camino recorrido por el antiguo Israel desde la esclavitud hasta la libertad. Las tablas de la Ley entregadas a Moisés, dijo Juan Pablo II, «no son una imposición arbitraria de un Dios tirano. Fueron escritas en piedra, pero antes habían sido escritas en el corazón de los hombres como la ley moral universal, válida para todo tiempo y lugar. Hoy, al igual que siempre, las Diez Palabras de la Ley ofrecen la única base auténtica para la vida de los hombres, de las sociedades y de la naciones. Hoy, al igual que siempre, son el único futuro de la familia humana».

Al concluir esta Misa en el Palacio de Deportes de El Cairo, Juan Pablo II habló de las tragedias que han afectado a Nigeria y Mozambique: «He sabido con profundo pesar que en Nigeria un conflicto ha provocado numerosas muertes. Mientras deploro cualquier forma de violencia, pido a todos los habitantes de ese país se comprometan a vivir en la fraternidad fundada en el respeto a las personas y de la libertad religiosa. Sólo estos valores pueden ofrecer un porvenir a la nación nigeriana. Confío también al Señor el pueblo de Mozambique, que ha sido víctima de graves inundaciones».

Por la tarde se llevó a cabo un encuentro ecuménico en la catedral copto-católica de Notre Dame de Egipto, que fue inaugurada la pasada Navidad, con cupo para dos mil personas. Tras recordar que «en el siglo V factores teológicos y no teológicos, unidos a una falta de amor y de comprensión fraternas, llevaron a dolorosas divisiones en la única Iglesia de Cristo», Juan Pablo II dijo: «Ahora, a lo largo del siglo XX, el Espíritu Santo ha acercado a las iglesias y a las comunidades cristianas en un movimiento de reconciliación». En este sentido se refirió a la Declaración Cristológica Común firmada por Pablo VI y Su Santidad Shenouda III en 1973.

Tercer día

La mañana de este día Juan Pablo II visitó la península del Sinaí y el monasterio de Santa Catalina de Alejandría, siendo esta la última etapa y el punto central de su peregrinación.

El monasterio de Santa Catalina es una iglesia ortodoxa erigida en el lugar de la bíblica «zarza ardiendo», donde Moisés recibió los Diez Mandamientos. Las raíces de la zarza, así como las reliquias de santa Catalina, se encuentran en el interior del monasterio.

La liturgia de la Palabra se desarrolló en una explanada que llaman «Jardín de los Olivos». Después el Papa peregrino se quitó los zapatos, como Dios ordenó a su profeta, y se postró para besar esta tierra santa. Besó también las reliquias de santa Catalina y veneró al Cristo Pantocrator, el icono más antiguo del Redentor (siglo VI), cuyo rostro está copiado del de la Sábana Santa de Turín, que en aquella época se encontraba en la ciudad griega de Edessa.

En el aeropuerto de El Cairo estuvieron a despedir al Santo Padre los mismos que lo habían recibido el 24, a pesar de que el protocolo egipcio no prevé la presencia del presidente; pero Hosni Mubarak quiso despedirse personalmente del Papa.

EL OBSERVADOR 243-9

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Editoriales


        1. Un vasto acervo de planes de gobierno, hoy sexenales, alguna vez cuatrienales, producidos a su tiempo tanto por quienes poseían el poder como por quienes a él aspiraban, sugiere la imagen de un empedrado de buenas intenciones: con unanimidad, los planeadores siempre pusieron el énfasis en el mejoramiento social y económico del pueblo. Y al pueblo, según los tiempos, suele ponérsele unas veces careta de obrero, otras de campesino, y en no pocas ocasiones de indígena; raras veces de todo eso a la vez y de algo más, como sería lo conveniente. Pero ningún plan gubernamental ha alcanzado en México un nivel siquiera modesto de realización. Constantemente los planes son alegres, expresados en términos biensonantes, inspirados no tanto en la pura búsqueda del bien cuanto en una mal disimulada demagogia; y fracasan, unos más ruidosamente que otros. Las fallas son, en el «menos peor» de los casos, inconstancia en el seguimiento y deficiente asignación y manejo de recursos humanos materiales y financieros. En los casos más malos la causa del fracaso es, llanamente, la pura, flagrante y galopante corrupción.Y hétenos aquí ahogándonos en un mar de desigualdades, viendo impotentes cómo unos cuantos ricachones son dueños de la inmensa mayoría, casi totalidad, de los patrimonios y rentas nacionales, mientras una enorme masa de pobretones y de miserables se esfuerza, no siempre con éxito, para obtener un escaso jornal. Quién sabe cuál será la esencial diferencia entre esto y el porfiriato. No debe, pues, extrañarnos que cada ocho días o menos surjan voces de personas más o menos calificadas que, con estudios en la mano, denuncian las lacras socioeconómicas del sistema. Ahora se trata de don Gustavo Garza, investigador del Colegio de México, quien, en su Atlas demográfico de México 1999, sostiene que el 66.5% de la población nacional «requiere atención urgente» para resolver las graves carencias que enfrenta (sorprende la precisión: no 66 o menos, ni 67 o más). Y precisa que los estados en donde principalmente ha de enfrentarse la batalla para erradicar las grandes desigualdades en los niveles de vida de los mexicanos son diez, a saber: Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Puebla, Veracruz, San Luis Potosí, Hidalgo, Michoacán, Yucatán y Guanajuato; que allí se concentran los más altos índices de marginación, pobreza moderada y extrema e, incluso, sufren la exclusión social, mayormente los indígenas, quienes no tienen acceso a los servicios básicos de vivienda e higiene, son analfabetos y medio sobreviven con una agricultura de subsistencia. Y cuando, de manera milagrosa, las comunidades aborígenes son dotadas de algunos beneficios tales como agua, drenaje o energía eléctrica, se encuentran carentes de recursos para pagar el suministro de ellos, por lo que optan por no utilizarlos.


        2. Cuánta razón le asiste al cardenal Rivera
cuando denuncia el empleo tramposo, manipulado y manipulante, que algunos hacen del lenguaje. De esa manera -dice el también arzobispo de México- ocultamos «verdaderas mentiras, como parte de la cultura de la muerte que nos invade». Las palabras, añade, son vaciadas de contenido. El eufemismo (uso de palabras que se consideran menos crudas, más suaves) es distorsionado, pues no se emplea para quitar la fealdad de la expresión sino para despojar mañosamente de maldad a ciertas acciones. Así, dice don Norberto, hoy ya no hay inflación y el peso sólo «se desliza»; no existen fraudes electorales, únicamente «irregularidades»; los funcionarios no roban, sino que «desvían recursos»; no existe control natal, sí «planeación demográfica»; no más eutanasia, sino «dulce sueño», y ahora no habrá aborto, sino «contracepción de emergencia» o «píldora del día siguiente» que, en realidad, es un producto químico que aborta a los nuevos seres humanos recién concebidos. La maniobra es, a veces, imperceptible, sutil, pero real.

(FIN)

EL OBSERVADOR 243-10

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