El Observador de la Actualidad

El Observador

Periodismo católico para la familia de hoy

26 de Marzo de 2000 No. 246

SUMARIO

bullet «Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos»
bulletAL ALBA DEL MILENIO Creer en la Iglesia
bulletEDITORIAL La verdadera preocupación de la CEM
bulletPetición de perdón, asunción de la conciencia
bulletTierra Santa, donde Dios puso su pie (II)
bulletPetición de perdón, asunción de la conciencia
bulletTierra Santa, donde Dios puso su pie (II)
bulletCOLUMNA HUÉSPED ¡Qué fácil es confundir!
bulletCRÍTICA DE MEDIOS DE COMUNICACIÓN Encuestas antes de acostarse
bulletLos videojuegos o internet, ¿evasión de la realidad?
bulletLa democracia, medio, no fin: JPII
bullet¡Viva Cristo rey, viva el Papa!, gritó el obispo chino
bulletPINCELADAS Reírse de sí mismo
bullet¿Cómo podemos estar seguros de que amamos de verdad a alguien?

Documento decisivo de la CEM

«Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos»

        El episcopado mexicano emite esta semana una carta pastoral que, sin duda, habrá de levantar revuelo. La carta denominada Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos llama al «encuentro con Jesucristo, camino de conversión, comunión, solidaridad y misión en México en el umbral del tercer milenio». Está dada en México el día 25 de marzo del año 2000 –solemnidad de la Anunciación del Señor– y está compuesta de tres partes: la primera trata de «El encuentro con Jesucristo en los orígenes, conformación y futuro de nuestra nación»; la segunda: «Del encuentro con Jesucristo a la conversión, la comunión eclesial, el diálogo y el servicio evangélico al mundo», y la tercera: «Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad como respuesta a los desafíos de la nación».
        La intención del episcopado es «ofrecer nuestra aportación para encontrar caminos nuevos y crecer en un clima de reconciliación, de justicia y de paz. Y algo más. Dicen los obispos: «Queremos participar en reforzar la identidad y la unidad de nuestra nación, resaltando lo que nos une como mexicanos y descubriendo los referentes comunes que nos permitan delinear el país que todos queremos». Parte de una amplísima consulta, una larga reflexión y un deseo de dar un mensaje al pueblo de México «de aliento y de esperanza y como un signo de amor y compromiso hacia nuestra patria».
        Sin pretender un examen exhaustivo, EL OBSERVADOR quiere dar a sus lectores una primicia del documento en frases decisivas de la parte tercera en la que los obispos mexicanos responden de manera contundente a los desafíos que enfrenta esta hora de México.

        245. Cuando un Estado impone una ideología particular al pueblo al que se debe, atenta grandemente contra la dignidad de las personas y contra la identidad y soberanía nacionales.
        252 ... Más que de «crisis» o «cambio», en México hoy hablamos de transición democrática. Un signo es la incipiente alternancia en algunos órganos de gobierno. Una más plena cultura de la democracia supone la posibilidad real de esta alternancia.
        259 Es preciso afirmar con toda claridad que colaborar directa o indirectamente con el fraude electoral es un pecado grave que vulnera los derechos humanos y ofende a Dios.
        271 Para los fieles laicos es una omisión grave abstenerse de ser presencia cristiana efectiva en el ambiente en el que se desenvuelven. No pueden eludir el compromiso de afirmar en todo momento con coherencia y responsabilidad los valores que se desprenden de la fe. Es moralmente inaceptable que un laico traicione (...) los valores del Evangelio en la vida social, y más si posee una responsabilidad pública de cualquier índole.
        287 ... La Iglesia no se cansará de insistir que una misma fe puede dar lugar a diversos compromisos políticos en los que Ella como institución jamás debe asociarse.
        319 El desarrollo integral que necesita un pueblo no se puede ni debe reducir al puro desarrollo económico aunque lo incluya (...). En México, aun tal vez sin saberlo, esta mentalidad se encuentra profundamente arraigada en algunos sectores que privilegian, como criterio para el desarrollo, los resultados económicos generales, por encima de los bienes que necesitan las familias concretas.
        323 Las políticas económicas llamadas neoliberales atribuyen un papel central y casi redentor a la dinámica del mercado. Desde el punto de vista de las exigencias de la dignidad humana un modelo económico así es del todo inadecuado.
        384 Cuando los medios de comunicación exaltan la violencia, el desorden sexual o cuando colaboran unilateralmente con un solo tipo de propuesta política o económica, traicionan su compromiso con la construcción de una sociedad más plural, sanamente crítica y capaz de trabajar a favor de los cambios que necesita México.
        395 Un gobierno que invade funciones que le corresponde a la sociedad realizar por propio derecho, o un gobierno que elude sus responsabilidades para con quienes necesitan su protección efectiva, viola el principio de subsidiariedad y evita que la sociedad emerja como un sujeto pujante.
        425 El reclamo de los pobres viene de años y siglos atrás, sin ser hasta ahora escuchado con atención y eficacia. Por ello (...) no habrá cambio real en México sin la participación de los pobres.

EL OBSERVADOR 246-1

Sumario Inicio

AL ALBA DEL MILENIO
Creer en la Iglesia
        El documento Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos vuelve a situar a la Iglesia católica mexicana en el corazón de los creyentes. La palabra libre de los obispos ha recobrado el fuste que le conocíamos desde antiguo. Ellos son los pastores, los que dan la vida por sus ovejas, los que se la juegan cuando sus ovejas tienen tan cerca –como nosotros los tenemos– a los lobos de la nada, del mal, de la ausencia del sentido de la vida.
        En efecto: necesitábamos la guía de los obispos mexicanos como nos la han dado hoy. Al pontificado valiente de Juan Pablo II corresponde una Conferencia que enfrente los desatinos de la política económica basada en fines utilitarios y parciales e ilumine el trabajo que tenemos que ejecutar los laicos para cambiar situación tan desastrosa. Acorde con la hora de la Iglesia universal, la de México exclama: es el tiempo de los laicos. No echa fardos pesados a nuestra espalda, nos recuerda que la fe en Jesucristo, además de ser esencia de sus imitadores, tiene que hacerse obra; que del encuentro con Cristo vivo nace la solidaridad amorosa, la caridad en el más puro sentido de este (tan mal entendido) término.
        En la reflexión de los obispos también hay un sobresaliente elemento de interpelación al México de las simulaciones, de los abismos entre la fe y la cultura. Enfrentamiento respetuoso pero sin concesiones: si queremos iniciar el nuevo siglo con la conciencia menos horadada, es tiempo de que vivamos en la verdad y aceptemos sus consecuencias. Sobre la mentira no se construye nada. La solidaridad necesita un marco de entendimiento. No el que ha existido, tan cuajado de odio y temor, de distancia y mala fe. A lo que los obispos llaman es, sin más, a la reconciliación nacional. Y llegan a una conclusión tajante: no habrá encuentro entre mexicano y mexicano si antes no existe un reconocimiento de su identidad compartida.
        Y tal identidad es –dice Rubén Darío– «de la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español», en suma, católica. Desde mediados del siglo XIX hemos ido arrancando las señas de esa identidad. Ahora no hay espejo en el que podamos reconocer nuestro rostro. ¿No es tiempo de restañar «nuestras alas rotas en esquirlas de aire» del poema de José Gorostiza? ¿Debemos seguir condenados a una Muerte sin fin? Porque es muerte andar escapando de la raíz, mirando dioses menores cuando Dios, a través de María de Guadalupe, «no hizo nada parecido con las demás naciones».
        En este año 2000 de la encarnación de Jesucristo, la Iglesia recoge la fecunda sangre de nuestros mártires, de nuestros santos, y el valor de quienes lucharon por la fe, para pintar una esperanza en el futuro, desde la reflexión sobre pasado y presente. La esperanza, la única esperanza es Cristo. Y a Cristo se llega por la conversión en el amor. Y por la solidaridad con todos. (J. S. C.)

EL OBSERVADOR 246-2

Sumario Inicio

EDITORIAL
La verdadera preocupación de la CEM
        Leído con detenimiento el texto de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), posee de fondo un tono de genuina preocupación por la espiritualidad del mexicano. Los obispos del país han percibido lo que es evidente: que cada día es más difícil llegar al encuentro con Jesucristo vivo por la simple razón de que cada día somos más indiferentes ante ese encuentro.
        El yo moderno se caracterizaba –según el poeta y ensayista alemán Gotfried Benn– por ser «asocial, antihistórico, monológico, aislado y en oposición a lo real, que ha perdido su consistencia ontológica» (es decir: incapaz de relacionarse con los otros, de entender su tradición, de dialogar, de creer en algo, y sin estar muy seguro de cuál es el sentido de vivir, cómo debe actuar, qué puede hacer y qué le es dado esperar). El yo de la postmodernidad –esta etapa tan difícil por la que pasamos ahora– se caracteriza, sobre todo, por la indiferencia, la distancia y el aburrimiento: el hartazgo de sí y las ganas de acelerar para irse más rápido a la tumba.
        Parece una distinción demasiado intelectual la que hacemos: no es así. Tan no es así que late detrás de las palabras apiñadas a lo largo del documento de la CEM, al que EL OBSERVADOR dedica especial relevancia en este número. Los obispos del país están verdaderamente preocupados porque al ciudadano católico al que le hablan tal vez ni siquiera se haya planteado la posibilidad de escuchar. Ya no la voz de ellos sino cualquier voz. Atiborrados de sonidos e imágenes, los mexicanos estamos perdiendo, paulatinamente, la memoria. Por ejemplo, la memoria de la guerra cristera, de las vejaciones que la libertad religiosa ha recibido a lo largo del siglo XX, la marginación de la que hemos sido objeto en asuntos decisivos para la vida de la nación y, también, de los errores inmensos que hemos cometido. En sintonía con el mea culpa pronunciado por el Papa hace dos semanas, el Episcopado Mexicano nos pide un examen de conciencia y un propósito inmediato de enmienda: en la difícil transición hacia la justicia que nos ha tocado vivir no basta decirnos cristianos, hay que serlo, y de tiempo completo.
        Las palabras de la CEM ¿tendrán mayor dimensión que el escándalo que armen algunos medios por los señalamientos sobre errores cometidos por el gobierno? ¿Más horizonte que algunas notas sarcásticas o airadas en las que pedirán a los curas volver a sus templos? Depende de los que nos decimos (en un porcentaje de 94 por ciento) católicos. ¿A quién iremos? ¿A quienes representan a Cristo en el mundo, o a quienes son algún tipo de poder en el mundo? Generalmente vamos a éstos. Y de ahí sacamos nada. O más bien, sacamos un batidillo de tonterías, que nos hacen perder el paso, caer en tentación de no hacer nada.
        Para los obispos ha sido trabajo arduo llegar hasta el documento que comentamos. Quince meses de consulta, redacción, corrección y discusión. En la esencia, el llamado a la conversión de los corazones. En continuidad con Ecclesia in America han visto en la conversión y en el encuentro con Cristo la única fuente de solidaridad. Saben que hay materia entre nosotros, que el tipo de personalidad postmoderna todavía no acaba por asentarse en México. Y lanzan una bengala antes de que esto suceda: crean en el Evangelio. La Iglesia recupera –así– su carácter misionero: predicar el Evangelio en todos los ambientes. Es la salida de México.

EL OBSERVADOR 246-3

Sumario Inicio

Petición de perdón, asunción de la conciencia
Pbro. Prisciliano Hernández Ch., O. R. C.

"Con todo, ¿quién conoce sus propios errores? Purifícame Tú de las faltas ocultas. Protege también a tu siervo del orgullo, ¡que jamás me domine! Entonces seré irreprochable e inocente del gran pecado" Sal 19 (18), 13-14.

        El papa Juan Pablo II nos sorprende gratamente en su ministerio episcopal de alcance universal: es el hermano mayor que da el paso sincero de hombre humilde y de niño sencillo para pedir perdón en el nombre de toda la Iglesia. Asume la responsabilidad de la Iglesia, santa y pecadora, en un acto conmovedor para purificar nuestra memoria en el crisol del amor y de la esperanza que es la entrega sacrificial de Jesús, nuestro Redentor, que cargó sobre sí nuestro pecado.
        Es un acto de luz en medio de una sociedad ensombrecida por la soberbia y la pérdida de la conciencia de pecado, que pone en el candelero la ruptura de una alianza entre las personas en calidad de tales, ruptura de alianza con Dios y con los demás e incluso con la misma naturaleza. Las guerras, los enfrentamientos, la burla de lo sacro, la destrucción del hábitat, el olvido del hermano miserable, las imposturas públicas... dan fe de nuestras rupturas y de las horas oscuras.
        La pérdida de la conciencia de pecado no excusa del pecado; pone en evidencia su raíz: "comer del fruto del bien y del mal" traduce, de símbolo en símbolo, la autonomía del "superhombre", engendro de Nietzche quien está más allá del bien y del mal, cuya conciencia se autoerige en fuente suprema y enajenante de la verdad y del bien; no existe más verdad ni más bien que el propio de sí. Esta es la moralidad amoral que justifica lo injustificable: el genocidio hitleriano, el imperialismo anticonceptivo, el capitalismo salvaje, el fariseísmo seudoreligioso, el partido de los cátaros o puros. Postura autista y evasora de la miseria humana, de la propia y de la ajena.
        La postura penitencial del Papa, debería suscitar posturas similares: la toma de conciencia propia puede alumbrar la interconciencia de culpabilidad compartida. ¿Dónde están las otras confesiones cristianas? ¿Dónde las otras religiones monoteístas, como el Islam y el judaísmo? ¿Dónde los gremios profesionales? ¿Los hombres públicos? ¿Los partidos políticos?...
        Ante la postura honesta de petición de perdón se lanzan acusaciones a la Iglesia, que son canonizaciones de la propia subjetividad errática, del periodismo teñido de amarillo o de la irresponsabilidad emotiva ayuna de racionalidad y de sentido histórico.
        Por cronología somos de hoy; por fe y redención, somos de ayer. Asumir nuestra humanidad, propia y ajena –que también es nuestra–, es asumir nuestras luces y sombras, nuestras alegrías y tristezas, nuestros aciertos y desaciertos.
        El Santo Padre va delante, es el pastor que nos precede. La Iglesia es de santos y de pecadores, la "casta meretriz" en dicho de san Agustín; ella es signo e instrumento de la reconciliación con Dios y la humanidad, en Cristo. Su misión se orienta a la conversión para edificar la comunión de todo el género humano.
        Reconocer nuestro pecado, asunción de la conciencia como evento de conversión, ya es el inicio del acontecimiento de la luz, alumbramiento de la interconciencia, preámbulo de la alegría y de la salvación.
        La fe del Papa es la fe en el amor misericordioso del Padre, –ofertado en Cristo por el Espíritu en la Iglesia–, que es más fuerte que el pecado y la muerte.
         "La apertura al futuro está condicionada por la apertura al pasado. (...) la fe da al hombre la libertad de asumir la vida humana en disponibilidad al sufrimiento y al amor", escribía Moltmann.
        La fe engendra la esperanza; la esperanza cristiana es lucidez y purifica la memoria y nos libera del pesimismo, del nihilismo, y sobre todo, de la autosuficiencia de los instalados cuyo poderío se termina con la muerte.
        Pedir perdón por las culpas propias y ajenas es encender una luz en la oscuridad. Obra en sí meritoria, que supera a la estéril condena. Ya en los libros santos se nombra a Satanás, el que se opone constantemente a Dios, como el acusador de nuestros hermanos.


"Con todo, ¿quién conoce sus propios errores? Purifícame Tú de las faltas ocultas. Protege también a tu siervo del orgullo, ¡que jamás me domine! Entonces seré irreprochable e inocente del gran pecado" Sal 19 (18), 13-14.

        El papa Juan Pablo II nos sorprende gratamente en su ministerio episcopal de alcance universal: es el hermano mayor que da el paso sincero de hombre humilde y de niño sencillo para pedir perdón en el nombre de toda la Iglesia. Asume la responsabilidad de la Iglesia, santa y pecadora, en un acto conmovedor para purificar nuestra memoria en el crisol del amor y de la esperanza que es la entrega sacrificial de Jesús, nuestro Redentor, que cargó sobre sí nuestro pecado.
        Es un acto de luz en medio de una sociedad ensombrecida por la soberbia y la pérdida de la conciencia de pecado, que pone en el candelero la ruptura de una alianza entre las personas en calidad de tales, ruptura de alianza con Dios y con los demás e incluso con la misma naturaleza. Las guerras, los enfrentamientos, la burla de lo sacro, la destrucción del hábitat, el olvido del hermano miserable, las imposturas públicas... dan fe de nuestras rupturas y de las horas oscuras.
        La pérdida de la conciencia de pecado no excusa del pecado; pone en evidencia su raíz: "comer del fruto del bien y del mal" traduce, de símbolo en símbolo, la autonomía del "superhombre", engendro de Nietzche quien está más allá del bien y del mal, cuya conciencia se autoerige en fuente suprema y enajenante de la verdad y del bien; no existe más verdad ni más bien que el propio de sí. Esta es la moralidad amoral que justifica lo injustificable: el genocidio hitleriano, el imperialismo anticonceptivo, el capitalismo salvaje, el fariseísmo seudoreligioso, el partido de los cátaros o puros. Postura autista y evasora de la miseria humana, de la propia y de la ajena.
        La postura penitencial del Papa, debería suscitar posturas similares: la toma de conciencia propia puede alumbrar la interconciencia de culpabilidad compartida. ¿Dónde están las otras confesiones cristianas? ¿Dónde las otras religiones monoteístas, como el Islam y el judaísmo? ¿Dónde los gremios profesionales? ¿Los hombres públicos? ¿Los partidos políticos?...
        Ante la postura honesta de petición de perdón se lanzan acusaciones a la Iglesia, que son canonizaciones de la propia subjetividad errática, del periodismo teñido de amarillo o de la irresponsabilidad emotiva ayuna de racionalidad y de sentido histórico.
        Por cronología somos de hoy; por fe y redención, somos de ayer. Asumir nuestra humanidad, propia y ajena –que también es nuestra–, es asumir nuestras luces y sombras, nuestras alegrías y tristezas, nuestros aciertos y desaciertos.
        El Santo Padre va delante, es el pastor que nos precede. La Iglesia es de santos y de pecadores, la "casta meretriz" en dicho de san Agustín; ella es signo e instrumento de la reconciliación con Dios y la humanidad, en Cristo. Su misión se orienta a la conversión para edificar la comunión de todo el género humano.
        Reconocer nuestro pecado, asunción de la conciencia como evento de conversión, ya es el inicio del acontecimiento de la luz, alumbramiento de la interconciencia, preámbulo de la alegría y de la salvación.
        La fe del Papa es la fe en el amor misericordioso del Padre, –ofertado en Cristo por el Espíritu en la Iglesia–, que es más fuerte que el pecado y la muerte.
         "La apertura al futuro está condicionada por la apertura al pasado. (...) la fe da al hombre la libertad de asumir la vida humana en disponibilidad al sufrimiento y al amor", escribía Moltmann.
        La fe engendra la esperanza; la esperanza cristiana es lucidez y purifica la memoria y nos libera del pesimismo, del nihilismo, y sobre todo, de la autosuficiencia de los instalados cuyo poderío se termina con la muerte.
        Pedir perdón por las culpas propias y ajenas es encender una luz en la oscuridad. Obra en sí meritoria, que supera a la estéril condena. Ya en los libros santos se nombra a Satanás, el que se opone constantemente a Dios, como el acusador de nuestros hermanos.

EL OBSERVADOR 246-4

Sumario Inicio

ITINERARIOS
Tierra Santa, donde Dios puso su pie (II)

«¡Jerusalén, Jerusalén! Tú matas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía. ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina recoge a sus pollitos bajo las alas, y tú no has querido! Por eso se quedarán ustedes con su casa vacía. Porque ya no me volverán a ver hasta el tiempo en que digan: ¡Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor!» (Mt 23, 37). Este lamento de Jesús no indican otra cosa que el infinito amor que Dios siente por su pueblo, simbolizado en Jerusalén.
Esta ciudad fue el centro político y religioso de la historia del Antiguo y del Nuevo Testamento. En el Antiguo inició su papel protagónico cuando el rey David la puso como capital de su reino. Ahí Salomón se encargó de que el Lugar Santo dejara de ser móvil; la «Tienda de las Citas» que inauguró Moisés dejó de existir para dar lugar al Templo.
Por eso en la Biblia Jerusalén es llamada Ciudad de Dios y Ciudad Santa: pero también recibe los nombres de Salem y Monte de Sión.. Tiene, además, los títulos de Novia (en cuanto amada por Dios, alegre y festiva), Viuda (triste por la muerte de sus ciudadanos) y hasta de Prostituta (pueblo infiel a Dios).
El Nuevo Testamento habla de una redención de Jerusalén, y de una Nueva Jerusalén, definitiva, símbolo de la ciudad de Dios purificada de tanto mal.
El apóstol san Juan, en su Evangelio, sitúa a Jesús al principio de su ministerio subiendo hasta Jerusalén, entrando al Templo y expulsando a los vendedores. Los evangelistas san Mateo, san Marcos y san Lucas hablan de la ciudad más bien como el sitio donde Cristo culmina su misión.
De cualquier manera, para todo cristiano Jerusalén guarda un lugar único en la geografía por haber sido testigo de los más grandes acontecimientos en la historia de la salvación: pasión, muerte y resurrección del Mesías.



El Papa celebrará la Eucarística en el mismo sitio donde se instituyó

Monseñor Pietro Sambi, nuncio apostólico de la Santa Sede en Israel, ha destacado la importancia de la Misa que el papa Juan Pablo II celebrará en el Cenáculo durante su próxima visita a Tierra Santa, debido a que se realizará precisamente en el lugar donde Jesucristo instituyó este sacramento central para la vida cristiana durante la Última Cena.
«Se trata de un hecho de alcances históricos», dijo monseñor Sambi al recordar que en el Cenáculo, que se encuentra en Jerusalén bajo el control judío, nunca se ha podido celebrar una Eucaristía. El papa Juan Pablo II ha mostrado especial interés en encontrar una fórmula para permitir que el escenario de la Última Cena, donde el Señor Jesús también instauró el sacramento del Orden, esté disponible para el culto cristiano. (ACI)

EL OBSERVADOR 246-5

Sumario Inicio


COLUMNA HUÉSPED
¡Qué fácil es confundir!
Juan Pedro Oriol

        Su ideología: construir una humanidad que no tenga necesidad de Dios. Su método: acabar con quien se oponga a su fin, especialmente con la Iglesia católica. Simplemente porque es un obstáculo para su fin.
        ¿Son válidas y confiables las recientes campañas que buscan desvirtuar la imagen y la realidad de la Iglesia? ¿Es coherente y ética la forma que están usando para convencer a la gente? ¿Son honrados los medios que utilizan?
        ¿Qué se debe pensar de una prensa que ataca de frente lo que dice el Papa, lo que piensa tal o cual obispo, lo que tiene una pizca de sabor a sana moral cristiana? ¿Se puede seguir creyendo el cuento de que toda esta campaña no es otra cosa que una manifestación de la nueva libertad de expresión en nuestro país?
        Los argumentos de estos articulistas tienen la única finalidad de criticar posiciones y actuaciones para descalificar a la Iglesia, aunque no se presenten conclusiones sólidas ni verdaderas. La falta de ética profesional y de lógica práctica es evidente, pero no importa. Lo que importa es expresar una posición de inconformidad, aguda y excitada, que pueda sembrar duda y confusión.
        Éstos son los hechos que se presentan como pedradas que provienen de la misma mano, aunque sabe esconderse muy bien. Como es la cuestión feminista, de la que tanto se habla ahora. Un ejemplo es la asociación internacional presidida por Frances Kisling, y que fomenta un ataque continuo en contra de los supuestos «privilegios» de la Iglesia católica como observador permanente en las Naciones Unidas. Corren voces presumiendo que es la primera vez que la Iglesia se ve tan abiertamente impugnada por su propia feligresía. Y la pregunta debe ser si, a estas alturas, hay alguien que todavía piensa que los militantes de esta asociación son de veras católicos, aunque su mismo nombre lo presuma: «Católicos por el Derecho a Decidir».
        Los católicos más ejemplares y comprometidos que he conocido no se dedican a discutir ni amenazan con abandonar su fe cuando sus puntos de vista son dispares a los de Roma. Al revés, más se esfuerzan por hacer el bien y buscar la verdad. No se consideran víctimas ni se sienten oprimidos por la autoridad moral del Magisterio. Saben combinar los lentes de la razón con los de la fe para ver bien y analizar correctamente la realidad.
        ¿Por qué vamos a callarnos y a dejar de llamar las cosas por su nombre? No olvidemos que, cuando se trata de juzgar la actuación de la Iglesia, es necesario alzarse de un plano superficial e intrascendente y recordar que detrás de todo se encuentra la defensa de unos valores que van más allá de unos simples acuerdos huecos y fríos. Hay que tener los pies muy en la tierra pero el alma un poquito más arriba. Si no, ¿en qué consiste la fe?
        Otra pedrada con mano escondida es la que trata de lesionar la firme figura de Juan Pablo II. Son esas voces estrepitosas que apuestan lo que sea a favor de una Iglesia «menos centralizada» y «más identificada» con los problemas actuales. Forman un grupo reducido que busca imponer a la población su ideología, como se hace en cualquier dictadura de moda, contando con una poderosa invasión en los medios: desplegados de media página (a veces pésimamente redactados, por cierto), cantidades industriales de artículos de opinión, numerosos libros de portadas atractivas y consejos relajantes, entrevistas locales e internacionales de televisión.
        ¿Qué es lo que pretende tanto bombardeo? Como argumentar el desgaste de la salud física de Juan Pablo II para arremeter en contra de Roma. Como aprovechar el cambio de nuncio para inventar conflictos de poder en la Iglesia. Sí, otra vez. Aunque no tenga nada que ver una cosa con la otra, pero el chiste es enredar la información y conseguir sembrar la duda y la desconsideración.
        ¡Qué fácil es confundir! Basta meter la cuchara en plato ajeno y revolver la sopa con algún ingrediente indicado. Como hoy basta acercarse al periódico, a la radio y a la televisión en donde se ha infiltrado tanto el ingrediente de la confusión.
        ¿Quién nos dice la verdad? ¿Cuál es la verdad? ¿Sabemos cómo y dónde encontrarla? Esta consideración es sólo una llamada de alerta. Desde hace tiempo me habían invitado a hacerlo. No es tiempo para permitir que los lobos disfrazados de ovejas, los enemigos disfrazados de amigos, sigan haciendo de las suyas y, encima, se rían a costa de la buena voluntad y de la fe de la mayoría.

EL OBSERVADOR 246-6

Sumario Inicio

CRÍTICA DE MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Encuestas antes de acostarse
Santiago Norte

        Tal parece que el ciudadano del siglo no se va a la cama tranquilo si no ha sido con una buena ración de encuestas. Es el método privilegiado por la televisión y la prensa en general para «dar información». Sus resultados son rápidos, objetivos, memorizables y poseen la gran ventaja de no prestarse a discusión. Años de adoctrinamiento han hecho que la gente tome el resultado de los sondeos como el sancta sanctorum de la ciencia social.
        Desde luego, las encuestas sirven. Pero de ahí a que sean instrumentos inobjetables y que representen la verdad de las opiniones del público, existe un enorme, vastísimo trecho. Decía Chesterton que la dictadura de las encuestas propiciaba ilusiones perversas, sobre todo entre los que ostentan el poder, pues si mi vecino se come un pollo y yo nada, resulta que nos toca a medio pollo por persona. ¿Y quién explica mi hambre? Para el poder, la media estadística es un puente ilusorio de sus bondades.
        En materia política las encuestas se han convertido en armas arrojadizas, en letales herramientas de disuasión contra las legítimas aspiraciones del votante. Si yo quiero votar –porque me convence su plataforma, o su persona, o su mensaje– por un candidato y de pronto me encuentro con que tiene apenas 12% de las preferencias electorales, ¿qué hago? Por lo menos cuestiono mi postura, me escondo con mi intención, la vuelvo vergonzante. En lo que se aclara que fue un petardo (la encuesta del 12%), ya el candidato perdió un votante seguro y «ganó» uno dubitativo.
        Aunque, bien mirada, esta estrategia de bluff no es tan nueva, sí lo es su monótona persistencia en las pantallas y en las páginas de los periódicos, como si encarnara la verdad sublime en cuanto a tendencias, preferencias, gustos, modos y modas. Y aquí hay que detenerse en el método para entresacar «verdades» tan dudosas. Tanto si se trata de una preferencia electoral como de un perfume, en la maquinación de la encuesta ya se encuentra el embrión del resultado. Si yo pregunto: ¿qué prefiere usted, un candidato confiable o uno ratero?, o: ¿qué le gustaría a usted usar, un perfume con esencia de rosas u otro que oliera al drenaje profundo?, las respuestas serán obvias.
        Pues bien, esa obviedad, vestida con ropajes científicos, late en la mayor parte de los sondeos que hoy nos venden como verdades cuajadas y completas. No quiero decir que no existan algunos bien planteados, pero son los menos. Los más se hacen sobre las rodillas, a sabiendas del resultado que van a arrojar, buscando ese resultado y no otro, ocultando las zonas incómodas de la opinión y soslayando las «verdades incómodas» que pudieran desprenderse de una lectura libre del sondeo.
        Sin embargo, las encuestas se han enquistado en la cultura postmoderna. Se han convertido en el faro de luz del conocimiento. ¿Quieres saber cómo ve al mundo, como siente, piensa, palpita el corazón de una cultura? Ve al departamento de demoscopía y tendrás respuestas rápidas. El único problema es que la mayoría de esas respuestas serán falsas. A lo mejor es el tipo de pastilla del conocimiento que necesitamos hoy para ir a la cama sin resquemores.

EL OBSERVADOR 246-7

Sumario Inicio


Los videojuegos o internet,
¿evasión de la realidad?

Miles de jóvenes han hecho cola en las tiendas de electrónica de las ciudades japonesas para comprar la «Playstation 2», nueva plataforma de videojuegos de Sony. Radio Vaticano, interesada por el fenómeno, entrevistó al profesor Tonino Cantelmi, presidente de la Asociación Italiana de Psicólogos y Psiquiatras:
¿Cómo interpreta este fenómeno?
El problema está en que la alta tecnología puede provocar emociones profundas y arcaicas. Es algo que podría sorprendernos, como sorprende el hecho de que en los «chats» de internet la gente discute furiosamente. Algo que parecería estar mediado por la tecnología, en realidad desarrolla emociones extraordinariamente comprometedoras.
Los videojuegos seducen a niños y muchachos, pero también a los adultos, ¿por qué?
Seducen sobre todo a los adolescentes, pues atraviesan problemas de identidad. Sin embargo, hoy día, estos problemas también los experimentan los adultos. Este es el motivo de enorme interés que suscitan los videojuegos en los jóvenes y adultos. En internet, por ejemplo, hemos constatado una gran cantidad de adultos dependientes de juegos planetarios.
¿Logran estos juegos desarrollar la convivencia?
Por una parte, sí; pero, por otra, expresan también el problema de nuestra época: la fobia patológica al encuentro. Hoy es difícil encontrarse, controlar las propias emociones y saberlas vivir. Ahora bien, la tecnología nos ofrece la posibilidad de estar con los demás, aunque no de una manera relacional. Y se prefiere vivir este tipo relaciones, rechazando la relación interpersonal.
¿Cuando un padre juega con su hijo al videojuego, ¿se da una relación interpersonal?
Cuando el padre juega con su hijo es probable que sí. El problema surge cuando se juega a solas, o cuando, como le sucede a un paciente mío, se participa en «chats» a un metro de distancia de una chica, sin tener el valor para hablar con ella.
¿Cuáles son, entonces, los límites y las consecuencias?
Por una parte, internet y toda la tecnología nos permite descubrir cosas muy interesantes en nosotros mismos, nuevos papeles y nuevas realidades; por otra, es indudable que nos aísla. Hemos definido este fenómeno en nuestros estudios como «autismo tecnológico».
¿Cuál es la actitud correcta que hay que tener ante esta oferta de la tecnología?
Las dificultades surgen cuando el sujeto no se encuentra bien, cuando la realidad virtual es más bella, más fascinante, más intrigante que la real. Lo importante es que, al navegar en internet o utilizar los instrumentos tecnológicos, se tenga un objetivo muy claro. Sólo entonces podemos sentirnos libres a la hora de utilizar este instrumento. (ZENIT)

EL OBSERVADOR 246-8

Sumario Inicio


La democracia, medio, no fin: JPII

En su reciente mensaje a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, Su Santidad Juan Pablo II afirmó: «La Iglesia tiene como misión, como derecho y como deber enunciar los principios éticos básicos que regulan los cimientos y el correcto funcionamiento de la sociedad, en la que los hombres y mujeres peregrinan hacia su destino trascendente... Aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de una manera pacífica... La democracia afronta un problema muy serio: existe una tendencia a considerar el relativismo intelectual como el corolario necesario de formas democráticas de vida política. Desde esta perspectiva, la verdad es establecida por la mayoría y varía según tendencias culturales y políticas pasajeras.
«Los cristianos creemos firmemente que si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.
«Es importante establecer las normas que constituyen el fundamento inquebrantable y la sólida garantía de una justa y pacífica convivencia humana y, por tanto, de una verdadera democracia. En efecto, la democracia misma es un medio y no un fin».

EL OBSERVADOR 246-9

Sumario Inicio

Muere el cardenal Kung tras padecer una vida de persecuciones
¡Viva Cristo rey, viva el Papa!, gritó el obispo chino

        A los 98 años de edad el cardenal Ignatius Kung, quien durante 30 años estuviera en una prisión de China debido a su firme rechazo a los intentos del gobierno comunista de controlar la Iglesia católica, fue llamado el pasado día 12 a la presencia del Padre. El purpurado chino murió en la casa de un sobrino suyo, en el estado de Connecticut, Estados Unidos, a causa de un cáncer de estómago.
        Ordenado sacerdote en 1930, fue nombrado obispo en el año de 1949 por el papa Pío XII, siendo primer obispo nativo de Shanghai, ciudad que lo vio nacer en 1901. El papa Juan Pablo II lo crearía cardenal in pectore en el año de 1979, lo que fue hecho público en 1991, luego que monseñor Kung fuera liberado de prisión por las autoridades comunistas.
        Su ejemplo de fidelidad a la iglesia y al sucesor de Pedro, negándose a huír del país en medio de la persecución a la que la Iglesia fue sometida, sirvió de aliento y ejemplo para muchos católicos en dicho país.
        Durante sus cinco años de obispo antes de ser arrestado, alentó entre otras cosas el crecimiento de la Legión de María, un grupo de laicos que promueven la veneración a la Santísima Virgen. En el año de 1952 decretó un Año Mariano en Shanghai, durante el cual promovió el rezo del rosario y la devoción a la Madre de Dios.
        El obispo chino sería arrestado el 8 de septiembre de 1955. Luego de algunos meses de su arresto fue llevado a un estadio local en Shanghai, ante miles de personas –muchos de ellos católicos–, para «confesar sus crímenes». En esa ocasión, dando un valiente testimonio de su fe, gritó ante el micrófono que le fuera puesto delante: «¡Viva Cristo Rey, viva el Papa!».
        Años más tarde, en 1960, sería sentenciado a cadena perpetua. En diversas ocasiones la liberación inmediata le fue ofrecida si se hacía parte de la iglesia controlada por el estado chino. «Soy obispo de la Iglesia católica romana. Si denuncio al Santo Padre, no sólo no sería obispo, ni siquiera sería católico. Me pueden cortar la cabeza, pero nunca me pueden quitar mis responsabilidades», sería la tajante respuesta.
        En 1991, en una emocionante ceremonia en el Vaticano, recibiría el capelo cardenalicio de manos del papa Juan Pablo II. (NE).

EL OBSERVADOR 246-10

Sumario Inicio

PINCELADAS

Reírse de sí mismo
Justo López Melús *

        Suele decirse que a Dios hay que tomarlo muy en serio y algo menos al hombre. Y hay que aprender a reírse un poco de sí mismo... Juan XXIII fue el último que usó la silla gestatoria sobre la que era transportado el Papa en las audiencias. Al subir por primera vez a la silla gestatoria, dijo con humor: «Hace mucho viento aquí arriba». Luego dijo a los portadores: «Les han de subir la paga, pues peso más que el papa anterior. Aquí me siento incómodo. Han pasado ya 70 años desde que mi padre me subía sobre sus hombros».
        Una vez, mientras rezaba, le decía al Señor que, si le había destinado a ser papa, por qué lo había hecho tan feo. Y mirándose al espejo –cuerpo y rostro rechonchos, cejas enormes, una oreja descomunal, y nariz ganchuda– exclamó: «¡Dios mío, este hombre va a ser un desastre en la televisión!». El sastre pontificio prepara tres tallas de sotana blanca en previsión, según sea el elegido. Pero a Juan XXIII las tres le venían estrechas. Entonces exclamó: «Todos me han elegido, menos el sastre».

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 246-11

Sumario Inicio

¿Cómo podemos estar seguros de que amamos de verdad a alguien? *

        La experiencia nos enseña, a veces dolorosamente, que en este terreno no siempre se ven las cosas claras. Si no se está seguro de sí mismo o de los propios sentimientos no es posible recurrir a pruebas o signos tangibles. Esto explica por qué el amor no es una idea que se pueda definir o un fenómeno material que se pueda medir: el amor es el resultado de una decisión. Y por tanto, tomando una frase de san Buenaventura: "El amor es la medida del amor, y su criterio es el amor". A pesar de todo, existen algunos trucos "prácticos", aunque no exhaustivos:
        ¿Amo a mi amigo(a), o lo que me gusta es el amor que siento por él(ella)? A veces podemos estar tan inmersos en nuestros sentimientos amorosos que podemos dejar de prestar atención al otro...
        Por eso, la pregunta adecuada no debería ser "¿le amo? " sino "¿deseo amarle?", puesto que el amor no es tanto un sentimiento sino una decisión, una elección, un "querer amar".
        Finalmente, no olvidemos que el amor es una relación... ¡entre dos personas! Sólo se puede hablar de amor si es recíproco. El mejor medio de verificarlo es, pues, preguntárselo (¡en la ocasión adecuada y con tacto!) a quien es objeto de tan profundos sentimientos...

Testimonio

        Cuando conocí a Francisco aprendí primero a descubrirle como amigo, sin imaginar ni por un momento que pudiera convertirse en mi marido. De lo que me acuerdo es de que yo le encontraba distinto de los demás: más simpático, más abierto, es decir, mejor que los otros, sin saber muy bien por qué. Después, a medida que nos fuimos viendo más, tuve la certeza interior de que era "él". Cada vez me sentía más libre: podía ser yo misma, mostrarme tal como era sin tener la impresión de ser juzgada. Creo que hay una dimensión de verdad en el amor. No se trata de aparentar delante del otro, de esforzarse por agradarle y adaptarse a su personalidad a costa de la propia y a cualquier precio.
        Cuando encontramos nuestra "media naranja", nos invade también una sensación de seguridad que surge de esa certeza interior. Con Francisco, me sentía capaz de fundar una familia. A pesar de algunas dificultades de adaptación debidas a nuestros distintos temperamentos, yo experimentaba una profunda paz. Nuestro noviazgo no fue un camino de rosas, hecho que demuestra lo necesario que es este período, pero la certeza interior no nos abandonó nunca y, tras cinco años de matrimonio, aún sigue viva.

Cecilia

(FIN)

EL OBSERVADOR 246-12

(FIN)

EL OBSERVADOR 246-12

Sumario Inicio

 

 
De acuerdo con las normas internacionales de Propiedad Intelectual y Derechos de Autor, podrá reproducir parcial o totalmente la información, pero siempre citando nuestra fuente. La reproducción de los artículos y/o noticias firmados con Zenit.org-El Observador requieren permiso expreso de zenit.org
La publicación de algún artículo no implica compromiso. Los artículos firmados son responsabilidad del autor.
Los artículos publicados en esta Web son una selección de la edición impresa.
D.R. Clip Art de Querétaro, S. de R.L. de C.V. 1995-2006