El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

2 de Abril de 2000 No. 247

SUMARIO

bullet A LAS PUERTAS DEL TEMPLO La aventura de la muerte
bulletAL ALBA DEL MILENIO Esto es el infierno
bulletEDITORIAL Volver a escribir la historia
bulletSIGUIENDO LAS HUELLAS DEL VICARIO DE CRISTO Todos los días es Navidad en el corazón de los cristianos
bulletMéxico: ¿donación de órganos automática?
bulletTu llamada es confidencial
bulletEl lado obscuro de la ciencia
bulletCOLUMNA HUÉSPED Esa gran fuerza del Papa arrodillado
bulletINTIMIDADES –LOS JOVENES NOS CUENTAN– Desilusionada de la vida
bulletPINCELADAS Corazón de madre



A las puertas del templo
La aventura de la muerte
Javier Sicilia

La muerte, esa terrible y misteriosa realidad que nos aguarda a todos en algún recodo del camino, se ha convertido, en nuestras sociedades en donde el ateísmo es casi su temperatura natural, en una realidad despreciable. El miedo a la muerte ha producido en nombre de la vida monstruosas torturas, violentaciones de la institución médica al derecho a morir, intromisiones y decisiones totalitarias sobre el cuerpo del paciente. La frase de un jesuita a quien se le prolongaba la agonía con toda suerte de aparatos tecnológicos no puede ser menos que desgarradora en su clarividencia: «Se me priva de mi propia muerte».

        Recientemente caí en un hospital a causa de una fractura de rodilla. Mi compañero de habitación era un hombre de noventa años. Tenía fracturadas las dos piernas y le habían colocado un marcapasos externo. El hombre gemía. Pasaba del delirio a la oración, de la oración al diálogo con sus muertos. Estaba solo, inmensamente solo. Iba a morir. Pero a nadie en el hospital parecía interesarle el hecho. Nadie llamó a un sacerdote, nadie lo acompañaba.
        Una doctora entró. Lo llamó por su nombre y le dijo: «Mañana vamos a operarlo. Después lo enviaremos a México para que le coloquen un marcapasos». A él también se le quería privar de su muerte.
        Cuando la doctora pasó junto a mi cama la retuve y le dije: «Discúlpeme, ¿por qué no lo seda? Ese hombre está sufriendo demasiado». «No puedo –me respondió con la displicente suficiencia del médico–, podría morir». «Morirá de todas formas. ¿Usted cree que en sus condiciones va a resistir una operación?». «Es mi deber», respondió con una sonrisa sin sustancia y salió. Recé. Aquel hombre no necesitaba una operación, no necesitaba de la inutilidad médica frente a la agonía. Necesitaba un sedante, un sacerdote y un acompañamiento espiritual. Necesitaba a Dios y el amor de los hombres, no su soberbia tecnológica. Murió en la madrugada, solo, inmensamente solo, abandonado a una aventura que todos despreciaban mientras preparaban el quirófano.
        Frente a estos hechos es evidente que lo desconocido, lo más desconocido de nuestra época, es el alma. Hemos reducido al hombre a un puro cuerpo mecanizado, susceptible de ser arreglado por la tecnología. Y, sin embargo, la muerte es implacable contra la confianza del hombre en sus aparatos y en su ciencia. Cuando se anuncia, nadie puede detenerla, y se convierte entonces, como dice Bernanos, «en la tierra de las sorpresas y de las aventuras».
        Los médicos, con esa displicencia de aquella doctora, dirán que las aventuras son para los vagabundos. Pero ellos un día también tendrán que correrla y volverse vagabundos. En esos extremos, los médicos deberían aprender que, en lugar de prolongar inútilmente la agonía a sus pacientes, es mejor acompañarlos en esa aventura, para acostumbrarse.
        No hay que despreciar a los vagabundos, pues todos lo seremos algún día. Aquel hombre que estaba a mi lado se había convertido en uno. Su cama no era muy distinta a la mía, con la excepción de que él agonizaba. «Un lecho de agonía –dice Bernanos– es un lecho como cualquiera en tanto el moribundo guarda el último contacto con los vivos (...). Pero tan pronto como el pobre pecho extenuado se ha llenado de un solemne silencio, la cama más vulgar se convierte en un milagroso y pequeño barco que levanta súbitamente sus anclas y se va (...)». Así comienza la gran aventura, esa gran aventura que, por desgracia, mi compañero de cuarto emprendió sin auxilios espirituales, solo, inmensamente solo, acompañado por mis lejanos y pobres rezos.

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Al alba del milenio
Esto es el infierno
Me mira su foto interrogante: ¿Por qué yo? Kayla Rolland es una víctima más de la barbarie desatada en las escuelas en Estados Unidos. Con una doble diferencia: Kayla tenía al momento de morir, de un balazo que le atravesó el cuello, seis años de edad. El asesino, cuyo nombre no conocemos, era muy mayor que ella: estaba a punto de cumplir los siete.
        Hace un par de semanas sucedió esto en un pequeño poblado del norteño estado de Michigan. Al día siguiente Clinton clamó por leyes que impidan que las armas se comercien como rosquillas en la Unión Americana. No pasó nada. El mercado manda en las economías neoliberales. Y si a diario mueren cerca de diez chiquillos en su país, a balazos, lo que importa es la libertad de la Asociación Nacional del Rifle y la libertad de empresa.
        El niño que mató a Kayla actuó con las más pura lógica televisiva. Habían tenido un pleito en el patio de recreo el día anterior. Contrariado, escogió un arma del muestrario de su casa y cobró venganza. Nada más normal para un niño estadounidense que a los siete años de edad ha visto en directo cerca de cinco mil crímenes en la pequeña pantalla.
        Según el fiscal, no lo podrá juzgar como adulto pues es «víctima de su situación familiar». Es fácil suponerlo: padres drogadictos, separados, un tío del niño emparejado con su madre, y el padre biológico en prisión por robo. Casi 76% de las familias de Estados Unidos están rotas. Éste es el tipo de monstruos que producen.
        Según los psicólogos, el niño sabía lo que estaba haciendo. La secuencia del disparo y la huída fue planeada con anticipación. El niño iba por Kayla. Es la clase de infante creado por «la libertad» de las cadenas comerciales de televisión y por las familias que le han cedido a la televisión la educación de sus hijos.
        No se puede pedir otra cosa más que criminales por la combinación de dejadez e hiperviolencia. Cuando el pequeño asesino fue interrogado se comportó como si él mismo se viera dentro de una escena de televisión. Se desentendía de las preguntas, dibujaba en una hoja, contemplaba el horizonte, volvía a dibujar. Para el pequeño asesino no había pasado nada que no pudiera remediarse en el capítulo siguiente de la serie que es la vida. Mientras tanto, Kayla Rolland nos seguirá mirando desde la eternidad y preguntándonos: ¿Por qué a los seis años tengo que dar mi vida para que el guión de una mala comedia se cumpla? ¿En nombre de qué libertad mueren los niños a manos de otros niños? (J. S. C.)

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Editorial
Volver a escribir la historia


        Todos sabemos –incluso con claridad a veces extraordinaria– que la historia la escriben los vencedores, es decir, los que ganan el poder en cualquier lucha social, cultural o política. Es una constante del ser humano. Los documentos generados (tratados, constituciones, acuerdos) tras las batallas (y no siempre se trata de batallas cruentas) suelen llevar la estampa del triunfador, su lógica, su versión de los hechos y, desde luego, su parte del botín.
        En una de sus tesis sobre filosofía de la historia, el ensayista y poeta alemán Walter Benjamin decía: «No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie». Así, por ejemplo, los tratados internacionales tras las guerras mundiales (de cuya segunda versión el mismo Benjamin fue víctima) o las cartas magnas elaboradas tras guerras intestinas como la revolución mexicana. Tras estos «documentos de cultura» existen muchos muertos, muchos asesinatos, muchas víctimas inocentes. Son necesarios para apaciguar; pero, en su afán de componer el futuro, olvidan de hacerlo con los derrotados.
        Una de las peticiones del documento recientemente entregado por los obispos mexicanos es la necesidad de volver a escribir la historia de la nación, tomando en cuenta la pluralidad cultural y la religiosidad del pueblo. Dicho de otra forma (sobre lo último): convidando a ser parte del relato que poseemos sobre nosotros a la religión, misma que ha sido exiliada de los textos que los niños aprenden por no ser reconocida «oficialmente» por quienes –desde mediados del siglo XIX– ocupan el poder político. No pidieron los obispos la vuelta al Estado confesional, sino la verdad, que es bien diferente.
        La historia escrita por los vencedores intentará –siempre– borrar el rostro, las señas de identidad de los vencidos. Salvo que estuviera escrita con amor, con la caridad que invita a incorporar al otro (al derrotado, al débil, al postrado, al diferente, al extraño, al extranjero) en los textos fundacionales de una nación. En nuestro país (y diríamos que en muy pocos) la historia se ha escrito sin esa sana tendencia a la pluralidad. La fe del pueblo simplemente no aparece. Es un fantasma para los relatores oficiales; lo que es peor: un pesado lastre que nos ha «detenido» en la carrera del «progreso». Convertidos en «militantes del olvido» (Yerushalmi), los encargados de contar nuestra historia cuentan la de todos menos la del 90 por ciento de los mexicanos, es decir, la de muy pocos.
        Y esa es la historia que cuenta. Una visión atea para el segundo país más católico (en número de personas) del mundo. Curioso. Cuando llegó Su Santidad Juan Pablo II a México hacia 1979, le recibió el «hegeliano» presidente José López Portillo y Pacheco. Al pie del avión le dijo al Papa (palabras más, palabras menos): «Santidad, llega usted al país más surrealista del mundo en el que todo el pueblo es católico y todo el gobierno es ateo». Nunca olvidaría el Santo Padre estas palabras: nosotros tampoco. Reflejan el orgullo de los poderosos sobre la subjetividad de la nación: su triunfo sobre las señas de identidad de un pueblo. Lo dicho: es urgente reescribir la historia de México.

EL OBSERVADOR 247-3

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SIGUIENDO LAS HUELLAS DEL VICARIO DE CRISTO
Todos los días es Navidad en el corazón de los cristianos

        Acababa de ascender al pontificado Juan Pablo II cuando, en la Navidad de 1978, reveló su deseo de hacer una peregrinación apostólica a los lugares donde se originó nuestra fe, a la justamente llamada Tierra Santa. Durante más de veinte años tal proyecto guardó la condición de improbable y no pocas veces estuvo a punto de ir al desistimiento definitivo por culpa de las disputas y animadversiones que afectan a los países del Oriente Medio tanto en sus relaciones entre sí como en sus contactos con Estados de otras latitudes. Después de san Pedro, únicamente un papa, Pablo VI, estuvo en Tierra Santa; fue a principios de 1964, en una visita no oficial.
        Cuando por fin pareció abrirse la posibilidad del anhelado periplo, todavía hubo que descompletarlo a causa del desdichado bloqueo que los Estados Unidos de América mantienen sobre Iraq. Fue asombrosa la faena diplomática que tuvo que hacer la Santa Sede para no involucrarse en disputas de líderes nacionales, para no hacer el juego a manipulaciones étnicas, políticas o religiosas.
        La peregrinación papal por los lugares sagrados empezó por Egipto, hace algunas semanas, y hubiera continuado por Iraq si esta etapa no se hubiera frustrado. Por la gracia divina pudo tener su punto culminatorio del 20 al 26 del pasado marzo en Jordania, los territorios autónomos palestinos e Israel , en lo que constituyó el viaje pastoral número 91 de Juan Pablo II fuera de Italia.
        La seguridad del pontífice requirió, quizás, mayor atención que nunca. Sólo el gobierno israelí anunció la movilización de 17 mil 695 agentes de policía y «varios miles de soldados» para garantizar la inmunidad de Su Santidad y de los 54 mil peregrinos y dos mil periodistas que con él llegarían. Mediante ese dispositivo, cada día 5 a 6 mil policías siguieron al Papa en sus desplazamientos, y todavía le ofrecieron un novísimo chaleco blindado que él rechazó cortés pero enérgicamente. Dijeron los israelíes que garantías así no las habían dado a nadie, «ni a Clinton».

Primera escala, Jordania: el Monte Nebo y Misa en Amman

El lunes 20, tras un vuelo de cuatro horas, Su Santidad llegó a Jordania, país mayoritariamente musulmán. Lo recibió en Amman el rey Abdala, a cuyo pueblo se dirigió el obispo de Roma llamándolo así: «Jordania, tierra santificada por la presencia de Jesucristo, por la presencia de Moisés, Elías y Juan el Bautista, y de los santos y mártires de la Iglesia primitiva». En su alocución aseveró: «Por más difícil, por más largo que sea, el proceso de paz tiene que continuar. Sin paz no puede haber un desarrollo auténtico para esta región, ni una vida mejor para sus pueblos, ni un futuro más luminoso para sus hijos».
        Unas horas después de la recepción oficial, el Papa se trasladó al Monte Nebo (806 metros de altura), desde el cual Moisés pudo contemplar la tierra prometida en la que no podría entrar. Oteó conmovido el panorama y oró. Al día siguiente, el 21, por la mañana celebró en el estadio de la Ciudad de la Juventud de Al-Hussein la primera misa (dedicada a san Juan Bautista) de esta su peregrinación jubilar. Concurrieron 60 mil personas y en ella dos mil niños recibieron la Primera Comunión. Por la tarde se trasladó en helicóptero de Amman a Wadi Al-Kharrar, que se encuentra en el Valle del Jordán, a 350 metros bajo el nivel del Mediterráneo y a pocos kilómetros del Mar Muerto. Hizo allí un emocionado recuerdo del bautizo de Jesús, motivado por las excavaciones arqueológicas que sientan la hipótesis de que en un sitio de los alrededores recibió Jesús el agua bautismal.

La «tierra bendita» de Israel y los territorios palestinos: Nazaret, Belén, Jerusalén...

        El propio día 21 por la tarde el Santo Padre arribó al aeropuerto Ben Gurion en Tel Aviv (Jerusalén). Le dio la bienvenida el presidente israelí Ezer Weizman: «Barush haba» (bendición judía de bienvenida). El Papa repuso: «Ayer, desde las alturas del monte Nebo, vi a través del valle del Jordán esta tierra bendita. Hoy, con profunda emoción, piso la tierra donde Dios quiso 'plantar su tienda' y permitió que le hombre se encontrase con Él más directamente». De allí Juan Pablo II voló a Jerusalén, donde descansó en la nunciatura apostólica.
        El 22 por la mañana viajó a Al-Maghtas, otra localidad que se dice teatro del bautismo del Redentor, y después a Belén, ciudad de 35 mil habitantes, localizada a 10 kilómetros al sur de Jerusalén, dentro de los territorios autónomos palestinos (Bet Lehem significa «casa del pan», donde «Dios se esconde en un Niño, la divinidad se esconde en el Pan de Vida»). Al recibir el saludo de Yaser Arafat, líder de la Autoridad Nacional Palestina, el Pontífice defendió el derecho de aquel pueblo a tener una patria.
        A continuación tuvo lugar uno de los acontecimientos más emotivos del Año Santo: la Eucaristía para diez mil fieles presidida por el Papa en la plaza del Pesebre, situada cerca de la gruta de la Natividad. En su homilía levantó mucho la voz para decir: «Hoy, desde la plaza del Pesebre, proclamo con fuerza en todos los tiempos, lugares y a todas las personas: '¡La paz sea con ustedes! ¡No teman!'. Estas palabras resuenan en todas las páginas de la Escritura. Son palabras divinas pronunciadas por Jesús mismo después de resucitar de entre los muertos: '¡No teman!'. Son las mismas palabras que la Iglesia dirige hoy a ustedes. No teman preservar su presencia y su patrimonio cristianos en el lugar mismo en el que ha nacido el Salvador». Y en otra parte dijo: «Como en esta ciudad siempre es Navidad, todos los día es Navidad en el corazón de los cristianos. Todos los días estamos llamados a proclamar el mensaje de Belén al mundo: la buena nueva de una gran alegría: el Verbo eterno, 'Dios de Dios, Luz de Luz', se ha hecho carne y ha venido a habitar entre nosotros».
        Por la tarde de ese día 23, luego de visitar la gruta de la Natividad, se dirigió a uno de los campos de refugiados palestinos más antiguos de la región: el de Dheisheh, localizado a las afueras de la ciudad donde nació Jesús. Este campo data de 1948, cuando se creó el Estado de Israel.
        El resto de la gira transcurrió en territorio judío, y los actos rivalizaron en emotividad y significación. Celebró Misa en la capilla del Cenáculo (donde, desde que el lugar dejó de ser cristiano, ningún símbolo religioso referente a Cristo ni ninguna Misa había sido celebrada, pese a que allí se originaron dos sacramentos cristianos: la Eucaristía y el Orden sacerdotal); se encontró con las autoridades políticas y religiosas de Israel; visitó el mausoleo de Yad Vashem, memorial del Holocausto; se encontró ahí con algunos conocidos de infancia, judíos, de su pueblo natal en Polonia.
        El día 24 por la mañana el Papa celebró una Misa para 100 mil personas en Korazim, en el monte de las Bienaventuranzas, a la que acudieron 45 mil jóvenes del Oriente Medio y de otras zonas del mundo. Después de esto, Tierra Santa ya no será la misma: el Santo Padre cambió la historia.
        Particular deseo tenía el Papa de celebrar en Nazaret la fiesta de la Anunciación el día 25. En su Misa allí dijo: «Emmanuel: Dios con nosotros. Con estas palabras es preanunciado el evento único que se cumpliría en Nazaret en la plenitud de los tiempos, y esto es lo que celebramos hoy con alegría y felicidad intensas». Esa tarde visitó el huerto y la basílica de Getsemaní para recordar la agonía del Señor.
        Realizó muchas otras actividades, y el 26, tras breve ceremonia de despedida, el Papa terminó su peregrinación jubilar a Tierra Santa, regresand al Vaticano. Éste es considerado ya el viaje por excelencia de Juan Pablo II, dado su importante significado espiritual, así como por el llamado hecho a favor de la paz, de la fraternidad y del encuentro entre aquellos pueblos.

EL OBSERVADOR 247-4

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México: ¿donación de órganos automática?

* Pretenden crear un gigantesco banco de órganos con los de todos lo que fallecen.

* Dilema ético: ¿los trasplantes sólo se justifican si los antecede una donación consciente y gratuita?

Ha hecho ruido la campaña emprendida por el Sector Salud de nuestro país para legalizar la donación de órganos. Según la iniciativa que ya se aprestan a lanzar algunos legisladores, las personas se convertirían, al fallecer, en potenciales donantes de órganos, es decir, éstos quedarían automáticamente disponibles para trasplantes, a menos que el difunto hubiera dejado dispuesto lo contrario.
Al respecto opinó el arzobispo primado de México, cardenal Norberto Rivera, que la práctica que llegue a adoptarse debe ser iluminada por sólidos fundamentos morales; que la Iglesia está a favor de la donación de órganos sólo cuando se realiza en forma voluntaria y cuando está basada en ciertos principios éticos. En todo caso es necesario crear una cultura de la donación de órganos, que a la fecha no existe; pero se requiere una activa vigilancia para que la práctica se realice de manera consciente y gratuita, y sea realmente un acto de caridad y solidaridad.
Insistió el purpurado en la necesidad de la libertad de acción, de la gratuidad y de la confirmación científica de la muerte del donante, y que debe prevalecer el absoluto respeto a los cadáveres, que para la Iglesia son templos vivos del Espíritu Santo.
Mientras tanto, otro mexicano, monseñor Javier Lozano Barragán, presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios, advertía desde el Vaticano que la donación de órganos no debe ser obligatoria ni impuesta y recordó que el trasplante es, antes que nada, un acto de amor que sólo tiene valor moral cuando constituye un servicio a la vida.
Extendiéndose sobre el tema, Lozano Barragán manifestó que «la intervención médica en los trasplantes es inseparable de un acto humano de donación. En vida o en muerte, la persona en la cual se efectúa la resección debe reconocerse como un donador, es decir, como el que consiente libremente que le extraigan un órgano».
El Prelado recordó que el trasplante «presupone una decisión anterior, libre y con conocimiento de parte del donador o de alguno que legítimamente lo representa, generalmente sus familiares más cercanos. Es la decisión de ofrecer, sin recompensa alguna, una parte de su cuerpo para la salud y bienestar de otra persona».

EL OBSERVADOR 247-5

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Tu llamada es confidencial *
Paz Fernández Cueto


        En los sitios de moda más frecuentados por adolescentes ha surgido un nuevo espacio publicitario. Éste ofrece atractivas tarjetas postales, de manera que se puedan tomar una o varias en forma gratuita. Se anuncian todo tipo de artículos, y ahora... ¡hasta sexo envuelto para regalo!
        Hace unas semanas, a propósito del día del amor y la amistad, se lanzó una nueva tarjeta postal con la figura de un corazón al rojo vivo en forma de caja de bombones; una rosa a manera de espermatozoide se dirige insinuante a penetrar el corazón que, con todo y moño, aparece rodeado de la siguiente inscripción: «Si el día del amor diste mucho más que bombones y flores y no te cuidaste, tienes hasta tres días para evitar el embarazo». A continuación se cita la página en internet donde viene toda la información, un número 01 800, y una frase clave: «Tu llamada es confidencial».
        Llamé al teléfono que aparece en la tarjeta y resultó que pertenecía a un programa patrocinado a gran escala por Population Council, órgano de control natal auspiciado por la ONU, que enfoca sus baterías principalmente hacia los países pobres y subdesarrollados. Cuenta con el apoyo de algunas organizaciones no gubernamentales, como Mexfam (Fundación Mexicana para la Planificación Familiar, A. C.) y GIRE (Grupo de Información sobre Reproducción Elegida).
        Esta campaña, en su nueva y original faceta, se propone difundir masivamente el uso de las «píldoras de la mañana siguiente». Se trata de las mismas pastillas anticonceptivas que contienen las hormonas de estrógeno y progestina, pero que, administradas en dos tomas concentradas, evitan la implantación del óvulo hasta 72 horas después de una relación sexual, en caso de haberse efectuado la fecundación.
        Al marcar el número 01 800 las instrucciones son precisas: no se requiere receta médica, basta con adquirir en la farmacia cualquier marca comercial de anticonceptivos y tomar exactamente la dosis que indica la señorita del teléfono.
        Mientras las autoridades del sector Salud se preocupan por restringir el consumo del tabaco, no han emitido reacción alguna con respecto a esta campaña que Population Council nos impone desde fuera, ciertamente de consecuencias mucho más graves para la salud integral de nuestros hijos que fumarse un cigarro. Se trata de una campaña de control poblacional a manera de imperialismo demográfico, a costa de grandes riesgos para la salud de la mujer y en detrimento de algo tan maravilloso como es el sexo. Pero las relaciones sexuales, vistas por quienes nos lo imponen desde fuera, son, en el mejor de los casos, una muestra de afecto intrascendente, una aventura sin costo... siempre y cuando se sigan las instrucciones de la llamada de teléfono. Lo único que importa es que la mujer no quede embarazada.
        Es increíble que por teléfono se afirme que el tratamiento no tiene consecuencias para la salud. Sin embargo, en la información que aparece en internet se advierte que hay que «mantenerse alertas y consultar al médico en caso de dolor intenso en una pierna (¿será trombosis?), dolor abdominal intenso, dolor de pecho, tos o dificultad para respirar, intensos dolores de cabeza, mareos, debilidad, adormecimiento, vista borrosa, pérdida de visión o problemas para hablar o ictericia». Pero, eso sí, la llamada es estrictamente confidencial. Por supuesto, no se insinúa consultarlo con los padres, ni aun en caso de tratarse de menores de edad. ¿No amerita esto una seria demanda para quienes resulten responsables?
        Como padres de adolescentes deberíamos exigir a las autoridades el retirar de inmediato esta campaña tan engañosa, destructiva e irresponsable.

EL OBSERVADOR 247-6

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El lado obscuro de la ciencia
Uno de cada tres científicos manipularía sus datos a cambio de dinero o empleo

Un artículo publicado recientemente en el periódico británico The Telegraph advierte sobre la creciente falta de objetividad de los hombres de ciencia, y expone los resultados de un sondeo realizado para evaluar la integridad de los científicos, así como las motivaciones que pueden llevarlos a mentir sobre los resultados de sus investigaciones.
El método científico es el mejor que tenemos para entender cómo funciona el mundo, aclara el artículo, pero tiene sus imperfecciones, pues los científicos a veces cometen errores y en otras ocasiones manipulan los datos, ya sea para no perder su empleo o financiamiento, ya sea para no tener problemas o divergencias con las teorías generalmente aceptadas.
El sondeo del que habla el artículo fue aplicado a 500 científicos e ingenieros y arrojó resultados sorprendentes: uno de cada tres investigadores está dispuesto a ignorar las conclusiones de sus trabajos si con ello han de ganar el favor de los que financian sus investigaciones, para así obtener más fondos. El 30% de los encuestados reconoció haber alterado sus conclusiones por lo menos una vez, debido a diversas motivaciones: un 17% lo hizo porque se le pidió la modificación para dar gusto a los que encargaron el trabajo; un 10% las falseó para así conseguir ulteriores contratos y el 3% lo hizo porque se le desaconsejó la publicación de los resultados reales de sus investigaciones.
Según el artículo en cuestión, los recortes a los fondos públicos destinados a financiar la investigación científica son la causa primordial de este aumento en el número de científicos dispuestos a vender su objetividad. Para entender mejor la posición de los científicos, hay que considerar que la creciente privatización mundial de la investigación ha hecho cada vez más difícil encontrar un trabajo independiente que tome en cuenta los intereses públicos, y casi la mitad de los investigadores está en búsqueda constante de un nuevo empleo.
Como conclusión, el artículo afirma que aunque no podemos suponer que toda la labor científica financiada por particulares está falseada, sí hay presión para ocultar los datos y conclusiones que puedan desagradar o afectar a los que pagan por la investigación.

EL OBSERVADOR 247-7

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Columna huésped
Esa gran fuerza del Papa arrodillado *
Luigi Giussani


La Iglesia, como realidad humana que es, comete errores: su grandeza es admitirlo

        Ver al Papa pedir perdón por los males que los cristianos han cometido, golpeado como Cristo profeta y humillándose por toda la Iglesia, es algo que me conmueve profundamente, como les ha ocurrido a tantos otros en estos días.
        Esta petición de perdón me parece el gesto luminoso que mejor ilustra la novedad del cristianismo, pues marca la diferencia irremediable que hay entre el cristiano y el no cristiano.
        Nos cuesta comprender la importancia del gesto papal, que podría fácilmente verse reducido a los esquemas del revisionismo histórico. Sin embargo, no es una finalidad política o propagandística lo que mueve al papa Wojtyla. Juan Pablo II, provocado por una circunstancia favorable –la celebración de los dos mil años de la Encarnación–, ha querido mostrar la verdad de Cristo y de la Iglesia. Esta verdad la llevan consigo hombres de carne y hueso, ya que Dios ha elegido un método para darse a conocer en la historia. El Misterio, que de otro modo sería desconocido, se comunica utilizando el factor humano: Dios vino al mundo como un niño en el seno de una joven hebrea, naciendo en la carne exactamente igual que todos nosotros.
        Por eso ninguna desproporción, límite o error humano pueden constituir una objeción para el cristianismo. El límite existencial –que la Biblia llama «pecado»–, del que todo hombre tiene experiencia, no impide que el cristianismo se transmita y se plasme en la historia, porque ninguna miseria podrá superar la paradoja del instrumento –el factor humano– que Dios ha elegido para darse a conocer.
        La Iglesia es una realidad donde se encuentran personas indignas, gente tosca y que cuenta poco, a veces violenta, hombres frágiles o presuntuosos, padres desprevenidos e hijos rebeldes. Pero la Iglesia no es el lugar de los fariseos y los sin pecado. El cristiano sabe que es pecador, y precisamente la conciencia de serlo es el primer paso y el más honesto que puede dar ante sí mismo y los demás si no queremos volvernos pretenciosamente intolerantes y violentos.
        La petición de perdón a Dios por parte de los hombres es el acto más puro para quien cree en Él y clama a Dios, como los salmos de Israel nos muestran cada día.
        Por tanto, el hombre pide perdón para afirmar algo positivo, la bondad de Cristo presente y vencedor en la historia. Y para que esta positividad sea para todo el mundo, el Papa se pone de rodillas, cargando con las culpas de todos y cada uno. No juzgándolas en nombre de una moral abstracta o de leyes dictadas por los hombres, sino renovando la dinámica propia de la conversión y el perdón, que no es debilidad, sino fuerza que recrea de nuevo lo humano puesto ante la presencia divina. He aquí la diferencia.
        El cristiano no está apegado a nada más que a Jesús. Todas las ideologías tienen un rasgo común: en ellas el hombre está seguro de algo que hace él, a lo que no querrá renunciar ni poner en cuestión jamás. Sin embargo, el cristiano sabe que todos sus intentos, lo que posee y lo que hace, siempre debe ceder ante la verdad. Él es, pues, el único verdadero luchador por la purificación del mundo y por la justicia. La justicia es la relación con Dios, es el designio de Dios, y quien ha conocido a Cristo no se detiene en su esfuerzo por ayudar al mundo a ser mejor o, por lo menos, más llevadero. Pero el cristiano está también profundamente convencido de que el mundo le perseguirá siempre, acusándole de toda clase de maldad.
        El Papa de rodillas no es un a imagen que me sugiera debilidad. Más bien me recuerda al antiguo Espartaco que se levanta con toda su estatura humana realizando un gesto de libertad y que se ofrece como un ejemplo para la felicidad que desea siempre cualquier hombre. Este Papa renueva en mí y en mis amigos el valor necesario para sostener la esperanza de los hombres.

* Publicado en el diario italiano La Repubblica, 15 de marzo de 2000.

EL OBSERVADOR 247-8

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Intimidades –los jovenes nos cuentan–
Desilusionada de la vida
Yusi Cervantes Leyzaola

        A veces me pregunto por qué es tan injusta la vida, por qué a unos nos toca vivir un infierno. A veces siento ganas de no seguir viviendo. ¿Para qué vivir? ¿Para qué?
        Pienso en el futuro y tengo miedo de ser como mi familia. Mejor no casarme ni tener hijos para no darles una vida de reproches y desilusión. Es mejor quedarme sola para no arruinarle la vida a los demás.
        Hay personas que tienen la suerte de poder vivir su vida, de realizar sus sueños, y no la aprovechan. Y habemos personas que no tenemos esa suerte porque primero son los demás y al último uno.
        Hay padres que no quieren a sus hijos, y por más que uno trata de que tan sólo le den una migaja de su amor, no lo consigue nunca. Trata de ser aplicado, el mejor, de no realizar sus sueños para quedarse a su lado y no lo consigue, los padres no le dan ese amor. Y la gente dice que ese hijo es malo y se ponen a pensar que nadie le dio amor, nadie le enseñó a amar. Es fácil decir que ame, pero qué difícil es enseñar a amar.
        A veces me gustaría aprender a vivir con lo que tengo, sin esperar nada a cambio, pero no lo puedo hacer. ¡Cómo hacerlo sin rencor, odio, amargura, resentimiento y reproches? Tengo miedo, mucho miedo.
        Y cómo aprender a amar a los demás y a la vida si nadie me lo ha enseñado? Qué tristeza y desilusión da la vida. ¿Por qué no morir ya? ¿Para qué vivir tantos años?


        Dices que la vida da tristeza. Yo te diría que es al revés: sientes tristeza en la medida en que no tienes vida. La tristeza es nostalgia por la vida. Si vivieras plenamente encontrarías gozo.
        Sin embargo, la vida palpita en tu corazón. Toda tú eres un anhelo de vida, aunque con tus palabras digas que deseas la muerte. Tal vez no te has dado cuenta, pero afirmas la vida con tu inteligencia, tu sensibilidad, tu deseo de no hacer daño, tu profundidad... Tienes muchos valores, pero hace falta que te pongas en contacto contigo misma para que lo sepas.
        Has tenido una vida difícil, pero hay algo que nadie te puede arrebatar: el amor de Dios y el amor que te tengas a ti misma. Nadie te ha enseñado a amar, dices, pero puedes confiar en la sabiduría que hay en ti, esa que Dios puso en ti desde el primer instante de tu existencia. El amor está en tu esencia y puedes abrirte a él. Aprender a amar y saberte amada es un proceso largo que implica crecimiento; pero puedes comenzarlo ahora mismo con la decisión de amarte a ti misma, siendo sensible a los demás, pidiéndole a Dios que acreciente tu fe y contando tus bendiciones. No te pido que te pongas una venda en los ojos para no ver lo malo, pero sí que también veas lo bueno. Cuenta tus bendiciones.
        Te gustaría aprender a vivir con lo que tienes. Yo agregaría: aprende a ser feliz contando con lo más importante que tienes: el amor de Dios, a ti misma y la vida que fluye en ti. Yo sé que en tu vida hay momentos en los que te has sentido bien, contenta, experimentando el gozo de vivir. Y aunque tú creyeras que el origen de ese bienestar estaba en el exterior, realmente estaba en ti. Esa capacidad está en ti, de modo que tú sabes cómo sentirte bien, cómo ser feliz. Y puedes lograrlo. Te sientes atrapada porque has puesto tu felicidad en manos de tu familia, pero puedes rescatarla y hacerte responsable de tu propia felicidad. No dependas de si te hablan, de cómo te hablan, de cómo te tratan... Decide estar bien en tu interior, pase lo que pase afuera. Los problemas no van a desaparecer, pero tú sí puedes cambiar y entonces todo lo verás distinto.
        Dices que no tienes dinero para una terapia psicológica ni cuentas con el apoyo de tus padres. No sé de dónde eres, pero tal vez en tu población se cuente con servicios psicológicos del DIF o de la universidad. Si no es así, por lo menos sí puedes buscar personas que puedan ser verdaderamente tus amigas y que te den ese apoyo afectivo que tanto necesitas. Mientras sigue estudiando, capacítate lo mejor que puedas para que lo más pronto posible tengas alguna independencia económica y puedas buscar la ayuda que necesites. Ten paciencia. También puedes conseguir libros que te estimulen, te animen y te ayuden a ir superando algunas de tus dificultades.
        En cuando a tu temor de hacer daño a tus hijos cuando los tengas, no te preocupes tanto: has dado el muy importante primer paso para evitarlo: tienes conciencia. De modo que puedes hacer lo necesario para evitar dañarlos: sanar tus propias heridas, crecer como ser humano, aprender a ser madre...
        Lucha por tu vida, vale la pena.

EL OBSERVADOR 247-9

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PINCELADAS
Corazón de madre
Justo López Melús *

        Jagmar da Costa es una mujer brasileña que sufrió varias puñaladas en el tórax, cabeza y brazos, de parte de su hijo. Pero aún sufría más por la locura de su hijo. Por eso ha pedido a la policía y a los jueces que perdonen a su hijo. Insistía que actuó contra ella porque estaba con un problema de nervios. ¡Benditas entrañas maternales! Las personas de buen corazón siempre saben perdonar, y aun excusar, al ofensor.
        Una antigua leyenda cuenta que el hijo de un madre viuda se enamoró de una mala mujer. Para demostrar que la amaba por encima de todo, ésta le exigió que le trajera en sus manos el corazón de la madre de él. El joven cometió el horrible crimen, envolvió la víscera y salió hacia la casa de su amante. Tropezó y cayó. Y cuentan las crónicas que salió del corazón de la madre una dulce voz: «¡Hijo mío!, ¿te has hecho daño?». Sí, un cuento inverosímil, melodramático, pero nos alecciona sobre la grandeza del corazón de la madre.

*El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.
(FIN)

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