El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

16 de Abril de 2000 No. 249

SUMARIO

bullet Sobre el aborto: Las cosas, por su nombre
bulletSigno de los tiempos: corrupción hasta la médula
bulletAL ALBA DEL MILENIO Solos en el ciberespacio
bulletEDITORIAL Verdades a medias, mentiras completas
bulletEL RINCÓN DEL PAPA Carta número 22 de Juan Pablo II a los sacerdotes
bulletLa magnitud de Juan Pablo II
bullet¡Qué padre ser padre!
bulletA LAS PUERTAS DEL TEMPLO El riesgo de la literatura
bulletLos premios Oscar y el triunfo de la cultura de la muerte
bulletPOLITICA Y ELECCIONES Criterios y obligaciones para votar
bulletDemocracia o mafiocracia
bulletPERDER POR DEFAULT La anticoncepción como esclavitud
bulletLa felicidad
bulletOPINIÓN Dar su sentido a esta semana
bulletINTIMIDADES –LOS JÓVENES NOS CUENTAN- Un novio a medias
bulletPINCELADAS Florecillas de santa Teresa



Sobre el abortoSobre el aborto
Las cosas, por su nombre
        Los partidarios del aborto se han dedicado con todo éxito a practicar ejercicios de semántica. Dicen que «terminar el embarazo» es «algo tan sencillo como una extracción dentaria»; lo único que hay que hacer es retirar suavemente el «producto del embarazo». Hacen hincapié en el problema de los «embarazos no deseados» y de los «derechos de la mujer», pero ignoran por completo al pequeño pasajero que la mujer lleva en su seno.
        De nosotros se ha dicho que somos «pro-vida». Éste es un título excelente. Úselo siempre, en toda ocasión. Como regla general no acepte el rótulo negativo de ser un «anti-aborto». ¿Y el rótulo que usan ellos? «Pro-aborto» es aceptable, pero «anti-vida» es mejor.
        Nunca use el «pro-elección» que utilizan ellos, ya que esta elección es totalmente inmoral, pero queda, en las palabras, como algo bueno. Si lo usa, agregue «para matar» al fin de la frase.
        Lo que crece dentro de la madre es un «bebé no nacido» o un «niño no nacido». «Bebé en desarrollo» también es expresión precisa desde el punto de vista científico y profesional. Evite referirse al bebé no nacido como si se tratara de algo neutro («esto», «eso»). Los términos «feto» y «embrión» despiertan la imagen de un «protoplasma no humano»; nunca los emplee. Pero, si no lo puede evitar, hable del «feto humano viviente».
        A quienes realizan los procedimientos del aborto nunca los llame «doctor» o «doctora», ya que no merecen esa dignidad. Tampoco use «cirujano». Dígales «abortistas», y nunca deje de usar ese término.
        «Terminación del embarazo» es una frase propagandística de los partidarios del aborto. Evítela como si fuera la peste, ya que enmascara lo que realmente está ocurriendo. Use la palabra «matar»; hágalo en forma repetida, directa y con frecuencia. Es una descripción precisa y biológica de lo que sucede.
        Hable siempre del «aborto por envenenamiento salino». Nunca diga «aborto salino»; es un término de los partidarios del aborto y no refleja lo que realmente ocurre.
        «Interrupción del embarazo» es una expresión absurda e imprecisa. Si yo interrumpo a alguien significa que lo detengo transitoriamente, después de lo cual la actividad se reanuda. El aborto es permanente. Provoca la muerte.
        Los abortistas nos acusan de ser partidarios del «embarazo compulsivo», como si hubiese compulsión en permitir vivir a un bebé. Entonces ellos son partidarios de la «muerte compulsiva».
        Ellos quieren la «libertad reproductiva»; la mujer la tiene y la ha usado. Ahora es una madre y se ha reproducido. El único interrogante en este momento es si mata o no.
        «Aborto terapéutico» siempre se usó para referirse a un aborto que es necesario para salvar la vida de la madre. Pero los pro-abortistas han destruido su significado original, ahora «terapéutico» quiere decir «electivo».
        Abortar bebés con «impedimentos» equivale a «matar al paciente para matar la enfermedad». ¿»Defecto fetal»? En nuestra cultura las cosas defectuosas se tiran. ¿Por qué no emplear el término «discapacitado», que es el que usamos para niños ya nacidos?

EL OBSERVADOR 249-1

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Signo de los tiempos:
corrupción hasta la médula


        Alfredo Corral Borrero, contralor general del Estado del Ecuador, llevó la voz cantante en las Primeras Jornadas Euroamericanas de las Entidades Fiscalizadoras Superiores de Iberoamérica y Europa: «La corrupción administrativa es una lacra social que se origina en la administración pública con participación del sector privado, en la mayoría de los casos vinculado al manejo del dinero del pueblo, que son desviados de los fines de servicio público a beneficios particulares ilícitos».
        Conocemos estadísticas que nos dicen que de 1500 a 1992 la población mundial ha crecido 1,180%, pero el alud de bienes y servicios lo ha hecho en un 11,560%. Todos los países aumentan su producción con fuerza. En el PIB por habitante, el de 1992 es 17 veces el de 1820 en los llamados «nuevos países occidentales»: Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda; 13 veces en la Europa Occidental; 10 veces en la Europa Meridional; 8 veces en la Europa Oriental; 7 veces en Iberoamérica; 6 veces en Asia y territorios de Oceanía, y 3 veces en África.
        El problema, pues, no es de aumento de población sino de aumento de corrupción. En muchos lugares, grupos corruptos hasta la médula han logrado controlar los mecanismos y orientar hacia sus bolsillos cifras de dinero fabulosas. Se intenta ignorar la maldad de la corrupción en un contexto cualitativo nuevo, el de la globalización.

Cfr. VELARDE FUERTES Juan, ABC, domingo 27 de febrero del 2000, p. 63.

EL OBSERVADOR 249-2

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Al alba del milenio
Solos en el ciberespacio

El triple asesinato cometido este mes de abril en Murcia, España, por un adolescente de 16 años, aficionado al internet, al chat y a los videojuegos, ha puesto en alerta a buena parte de la sociedad española y, a través de la prensa, al mundo: se está comenzando a producir un tipo de persona incapaz de reaccionar a otro estímulo que no sea el imán de la pantalla y de las gratificaciones que su soledad genera.
        No es alarmismo, es realidad cruda. El joven –del que conocemos sus iniciales, J.R.P., y su apodo en el ciberespacio, «Odeim» (Miedo, al revés)– decidió una mañana de primavera cambiar de aires, encontrar una aventura insospechada para sus amigos en la red, un sentido a su existencia. Se le ocurrió que la mejor forma de ganar su libertad para ir a ver a Sonia (novia virtual) era liquidando a sus padres con un sable de samurai. En el camino se acordó de que tenía una hermana de once años afectada de síndrome de Down: también la liquidó. Su justificación ante la policía fue simple: «La maté para que no sufriera».
        J.R.P., dicen sus conocidos, era «normal», tenía una sola pasión: charlar con su computadora y entablar amistades por vía de internet. De hecho tenía una cibercompañera en Barcelona, a la que se precipitó nada más cometer el triple homicidio: necesitaba –como todos los seres humanos– la cercanía física tras hacer caído en el vacío, tras haber tratado de liquidar los rasgos de su sangre en la Tierra. En la carretera se encontró a O., de 15 años, sin vínculos, dispuesto a la violencia extrema, con padre en la cárcel y madre en el manicomio.
        Juntos pensaban seguir. No avanzaron mucho. La policía los encontró en una cabina de teléfono, llamando..., quizá la única actividad para la que estuvieran dotados: llamar, sin necesidad más que del ruido de una línea que interconecta para vivir, para sentirse vivos. J.R.P. no temía a sus padres, ni siquiera había sido marginado por ellos. Simplemente «quería volar» y alejarse de ahí, como en los juegos virtuales, con pulsar una tecla. No le costó ningún trabajo desconectarse de lo real; al interrogarlo los guardias llegaron a una conclusión tajante: J.R.P. no es un loco.
        Estamos creando una sociedad de indiferentes, donde matar al otro (real o simbólicamente) será uno más de los actos sin sentido que cualquiera emprenderá. El mismo J.R.P. le comentaba a sus interrogadores que hubo un momento, entre que mató a su padre y se dirigía a la madre, que creyó estar viviendo un sueño, un especie de continuación en su vida de los juegos virtuales que jugaba. Ese instante le bastó para seguir. En la «lógica» de destrucción que caracteriza a los videos violentos, sintió (lo dijo) necesidad de culminar su «obra». Después de todo, de lo que se trataba era de obtener su libertad. (J. S. C.)

EL OBSERVADOR 249-3

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Editorial
Verdades a medias, mentiras completas

Existen partidos políticos que creen que la gente hace caso absoluto de todo lo que publican en los medios. Actúan bajo el antiguo esquema de la «ahuja hipodérmica», aunado al esquema de atiborramiento total: repite una mentira diez mil veces y la convertirás en verdad. Estamos viviendo, a menos de tres meses de las elecciones presidenciales del 2 de julio, las consecuencias de ideas tan peregrinas (y peligrosas).
        En otras palabras, a los partidos se les está olvidando paulatinamente que son partidos, esto es, partes de la sociedad, mientras que a los medios se les está olvidando también (aunque se trate de un olvido muy lucrativo) que son medios, es decir, que están en el medio de dos ámbitos –el político y el social– y que su operación consiste en no convertirse en todo (quedarse en medio) porque, al hacerlo así, obstaculizan la comunicación entre ambos campos.
        Partidos que no son parte, y medios que no son medios, han vuelto a la lucha política un espectáculo indescifrable para la mayoría de los mexicanos. Y lo que se avecina –ojalá nos equivoquemos– es la apatía y la deserción ante las urnas. Es lógico: cuando no se sabe a qué atenerse por mensajes anfibios y excesos descalificatorios de unos contra otros, el público acaba por no querer enterarse de nada porque siente que le están tomando el pelo, que lo están engañando con artilugios que le pasan por encima de la cabeza.
        Se trata de reacciones naturales frente a la dinámica del exceso. La política ha perdido su capacidad de convocatoria para concentrarse en ser imagen: representación de la representación. Se dice que hoy los candidatos son productos; los partidos, agencias, y los ciudadanos, consumidores. La desventaja es que el arte de «vivir juntos», que era el arte de la política, se va convirtiendo en la artesanía del spot. Y cuando los candidatos se sientan en la silla termina por importarles muy poco la vivencia compartida: ellos y sus partidos invirtieron su dinero, es justo que cobren (en poder y en prestigio, en cuenta corriente y ascenso de los cercanos) los dividendos, las utilidades y los réditos.
        En el fondo, a lo que nos enfrentamos con esta política espectáculo mediático es a la pérdida del valor-verdad, del valor-singularidad. Para ser consumido el producto debe prestarse a ser transferido a la homogeneidad. Es, pues, la dictadura de los iguales, donde el más igual de todos será el campeón.

EL OBSERVADOR 249-4

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El rincón del Papa
Carta número 22 de Juan Pablo II a los sacerdotes

Desde hace ya 22 años, es decir, desde el inicio de su pontificado, Juan Pablo II dirige una carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo, día en que se conmemora la institución de la Eucaristía y del sacerdocio. Este año la carta tiene un significado muy especial, pues el Pontífice quiso firmarla precisamente en el Cenáculo, donde nacieron estas dos misteriosas realidades que sustentan a la Iglesia.
«Sí –dice–, les escribo desde el Cenáculo, recordando lo que ocurrió aquella noche cargada de misterio. A los ojos del Espíritu se me presenta Jesús, se me presentan los apóstoles sentados a la mesa con Él. Contemplo en especial a Pedro: me parece verlo mientras observa admirado, junto con los otros discípulos, los gestos de Señor, escucha conmovido sus palabras, se abre, aun con el peso de su fragilidad, al misterio que ahí se anuncia y que poco después se cumplirá. Son los instantes en los que se fragua la gran batalla entre el amor que se da sin reservas y el mysterium iniquitatis que se cierra en su hostilidad. La traición de Judas aparece casi como emblema del pecado de la humanidad. 'Era de noche', señala el evangelista Juan (13, 30): la hora de las tinieblas, hora de separación y de infinita tristeza. Pero en las palabras dramáticas de Cristo destellan ya las luces de la aurora: 'Pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar' (Jn 16, 22).
«A los 2000 años del nacimiento de Cristo, en este año jubilar, tenemos que recordar y meditar, de modo especial, la verdad de lo que podemos llamar su 'nacimiento eucarístico'. El Cenáculo es precisamente el lugar de este 'nacimiento'. Aquí comenzó para el mundo una nueva presencia de Cristo, una presencia que se da ininterrumpidamente donde se celebra la Eucaristía y un sacerdote presta a Cristo su voz, repitiendo las palabras santas de la Institución».

(Puede leer el texto completo en los enlaces que aparecen en el inicio de nuestra página web).

EL OBSERVADOR 249-5

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La magnitud de Juan Pablo II
Julián Marías
Julián Marías
En 1981 vi por primera vez en Roma a Juan Pablo II y hablé brevemente con él. Acababa de publicar el volumen IV de la serie «La España real», tenía un ejemplar, Cinco años de España, pensé ofrecérselo al Papa y se lo di con una dedicatoria latina. Leyó el título y comentó inmediatamente: «¡Ah! Cinco años de esperanza». Me sorprendió la rápida reacción. Mi impresión de él se resumió en una frase: «Tiene los pies en el suelo y lo levanta todo».
A lo largo de muchos encuentros, en los diez años en que fui miembro del Consejo Poco a poco, fue resultando evidente un rasgo capital que caracteriza a ese hombre: su magnitud. Su realidad es asombrosa; apenas es creíble lo que ha hecho en un par de decenios. Lo que podemos llamar su «eficacia» apenas es creíble: gestión de la Iglesia, viajes, discursos, atracción de muchedumbres incontables, atención a la complejidad del mundo, intervención en el examen de sus problemas, escritos doctrinales de extraña profundidad.
No parece caber en el espacio de una vida, todavía en plena actividad, tan excepcional «rendimiento», si vale la expresión. Y lo más sorprendente es que parece conservar la calma, el sosiego, darle a cada cosa su tiempo.
Tengo un recuerdo personal de un detalle significativo. A raíz de uno de los encuentros anuales con el entonces reducido Consejo de Cultura, nos anunció: «Esto va a tener dos partes: primero vamos a hablar, luego vamos a comer». Nos llevó a su comedor personal y almorzamos animadamente. Yo pensaba que un almuerzo con un Papa sería algo rígido; fue todo lo contrario. Vivo, espontáneo, sencillo, locuaz, con voluntad de vencer la timidez de algunos, con comentarios personales y que rozaban la intimidad, con referencias teológicas, sin eludir hablar del atentado de que había sido víctima, y del que aún mostraba las huellas.
Papa político? ¡Error!
Ha sido frecuente en los medios de comunicación hablar de Juan Pablo II como «un Papa político». Su influjo en la marcha del mundo ha sido y es considerable; pero es una descripción profundamente errónea. Creo que es «un Papa religioso», que es precisamente lo que tiene que ser. Esta es su raíz, el centro de organización de toda su inmensa actividad. Un libro suyo está dedicado casi exclusivamente a su vocación sacerdotal, sin apenas alusión a su Pontificado.
Se habla de él con frecuencia como «conservador», quizá «reaccionario», la verdad es aproximadamente la contraria: desde el siglo XVII, ha sido el primer Papa que se ha sentido «en su casa» en la filosofía de su tiempo.
Familiarizado con ella desde su juventud, con un conocimiento muy amplio, nutrido del pensamiento fenomenológico, mi impresión es que, a pesar de su falta de tiempo, que se imagina angustiosa, no ha dado por terminada su formación filosófica, y se pueden percibir avances y profundizaciones que permiten esperar innovaciones.
Con todo, considero del mayor interés el tratamiento, en diversas encíclicas, de cuestiones rigurosamente religiosas y desde una perspectiva teológica. El comentario de la parábola del hijo pródigo, Dives in misericordia, es un texto decisivo sobre la paternidad humana, a la luz de la cual se intenta comprender la Paternidad divina. Otro tanto podría decirse de las encíclicas sobre el Hijo y el Espíritu Santo.
Creo percibir una inmediatez e intimidad en los escritos estrictamente religiosos, en medida mayor que en los que tratan de cuestiones más «temporales», sociales o económicas. Acaso en ellos se puede ver la huella de asesores, de comisiones de expertos. Sospecho a veces alguna adición o corrección personal de Juan Pablo II, por ejemplo, en Sollicitudo rei socialis la referencia a la parábola de los talentos, que refuerza la visión personal y religiosa, más allá de las consideraciones acerca de la vida colectiva.
Su huella en el mundo aún es inconclusa
Figura de extraordinaria riqueza y complejidad, Juan Pablo II no se puede reducir a algunas facetas que no agotan su realidad. No es fácil hacer una semblanza completa, entre otras razones porque una persona, aunque sea finita, es en cierto sentido indefinida, y por ello inagotable. En este caso, no admite simplificaciones.
Su huella en el mundo en que le ha tocado vivir es ya honda y amplísima, y no se la puede dar por conclusa. Uno de los rasgos de ese carácter personal es la constante capacidad de innovación, y por tanto de sorpresa. Sería un error peligroso dar a este hombre polaco por «visto» y concluso. Hay que seguir esperando y confiando.
No se puede desconocer el hecho de que este Papa suscita, al entusiasmo, una dosis de impaciencia, irritación y hostilidad. Ha habido muchas gentes que han vivido con la esperanza de asistir a una debilitación del cristianismo, por lo menos del catolicismo, a una disolución o resquebrajamiento, sin advertir que ha pasado por incontables crisis mucho más graves. Hace dos decenios, la aparición de Juan Pablo II hizo que se desvanecieran esas esperanzas. En aquel momento no se podía ni imaginar lo que habían de ser los últimos veinte años.
Se ha pasado a lo que los matemáticos llaman «otro orden de magnitud». Pero esta dimensión de la vida no se puede plantear en estos términos. El concepto de magnitud se puede aplicar a la figura humana de Juan Pablo II, instrumento de las transformaciones a que estamos todavía asistiendo.
En mi libro La perspectiva cristiana he insistido mucho en la vertiente humana, histórica y social, del concepto del pléroma, la «plenitud de los tiempos», que no podemos escrutar desde Dios, y que marcó la Encarnación y el advenimiento del cristianismo. Podemos examinar las condiciones del mundo para que se llegara a la situación que humanamente lo hizo posible, no antes, acaso tampoco después. Podemos considerar la realidad histórica y los requisitos que reclama para que algunas cosas se realicen.
Esta consideración sería aconsejable para entender el sentido de la figura de Juan Pablo II. Lo hemos encontramos una vez más sumido en un avispero, en uno de los lugares más complicados y peligrosos del mundo, buscando afanosamente la paz que se escapa una vez y otra. Pero no nos engañemos: realizó una peregrinación a los lugares originarios del cristianismo, buscando las huellas en este mundo inquieto de las raíces del cristianismo antes de su plenitud, de su realización entre dificultades, problemas y tentaciones. Una vez más, sorprendemos a este hombre sumido en la dimensión rigurosamente religiosa que le pertenece y que es el único planteamiento fecundo.

EL OBSERVADOR 249-6

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¡Qué padre ser padre!
Pedro Oriol
«¡Qué padre ser padre!», me dijo sonriendo. Habíamos terminado el partido de futbol y nos estábamos despidiendo.
El resto de la tarde estuvo muy agitada, llena de citas y compromisos. Y, en medio de todas las actividades, no podía dejar de recordar una y otra vez la despedida de aquel joven con el rostro tan sonriente, su mirada radiante y sus palabras convencidas: «¡qué padre ser padre!».
Nos vimos en el colegio al día siguiente. Me contó que su papá había muerto hacía diez años, cuando él sólo tenía ocho de edad. Que nunca olvidaría las lágrimas de su mamá y de sus dos hermanas mayores. Que muchas noches se había despertado soñando que su papá no había muerto y que estaba jugando con él. También me dijo que él quería ser para sus propios hijos el padre que él nunca había podido tener. Le felicité por su generosidad. Y le dije: «Javier, Dios te ayudará a lograr lo que quieres. Puedes estar seguro». Entonces, con el mismo rostro efusivo de la tarde anterior, me volvió a decir: «¡Qué padre ser padre!».
Pasó el tiempo. Seguimos coincidiendo en las actividades del colegio y en las cascaritas de futbol. Nos saludábamos siempre. Y todos los días, al caer la noche, yo pedía por ese gran joven que quería ser el mejor de los padres.
Recuerdo el día que me presentó a su novia, Rocío. Los dos se veían felices, con ese candor y ese cariño que transmiten los novios enamorados. Inmediatamente pensé que esa muchacha podría ser la esposa del mejor de los padres. Para cualquiera era fácil imaginarse la futura familia feliz.
Casi nadie sabía que Javier había escrito algo para el periódico del colegio. Y ni el mismo Javier se imaginaba el ruido que iba a hacer con su artículo. Además, era la edición más leída del año por ser la última del curso, la del mes de junio.
Cuando un grupo de tercer año de bachillerato me enseñó el periódico, sonreí al ver el «editorial del mes», que era el escogido para aparecer en primera plana. El título -¡Qué padre ser padre!- no necesitaba firma. Sin duda, Javier era su autor. Pero nunca llegué a imaginarme el contenido. El día del padre era el momento ideal para compartirlo:
¡Qué padre ser padre! S iempre he querido tener hijos, por lo menos cuatro o cinco. Las chavas me dicen que no voy a encontrar a alguien que quiera tener tantos hijos. Ya no importa: hace poco descubrí que puedo tener mucho más que cinco hijos, que puedo ser padre de una familia sin límites.
¡Je, je! Les engañé. Algunos ya empezaban a pensar mal de mí y seguro que más de uno de mi salón ya estaba pensando que no entendí nada de los cursos de planificación que nos dieron este semestre.
Tal vez piensen que estoy loco. Puede ser. No digo que no. Los que me conocen saben que nunca he tenido miedo de las loqueras ni de las locuras. Pero les puedo decir que nunca he estado tan seguro ni tan feliz por algo.
Yo traía dentro de mí, desde que era niño, la canción de ser un buen padre. A mi mamá le dije, cuando tenía yo diez años, que quería tener ya un hijo y que ella me tenía que decir cómo tenerlo. No me acuerdo de lo que me respondió, pero sí recuerdo que se puso un poco nerviosa.
Hoy sigo queriendo mucho a Rocío, mi novia, y por eso me cuesta mucho decir esto, pero me late que ya no tendremos ningún hijo juntos.
Lo que pasa es que quiero ser padre. Sí, padre de muchos, de todos. Padre, como es un cuate que es mi amigo y que tiene hijos por todas partes. Y todos le llaman padre. Y yo quisiera ser así: padre de muchos, padre que se preocupa sólo por ayudar a todos. Quisiera, bueno, mejor dicho, quiero y he decidido ser sacerdote.
¿Les sorprendí, verdad? Aunque reconozco que el primer sorprendido soy yo.
¡Qué padre ser padre! Sé que es muy padre pero, también, muy difícil. Ya lo estoy viviendo: decírselo a mi novia con lo buena onda que ha sido siempre conmigo y los planes que teníamos juntos, despedirme de mi mamá y de mis hermanas que quiero tanto, no seguir la carrera que me gusta y a la que estaba ya aceptado, dejar a mis cuates que, además, no quieren entenderme... Les aseguro que no es fácil. Pero hay una fuerza en mí que me ayuda y no me deja nunca sentirme solo ni triste.
A todos, muchas gracias. Sueño con regresar un día siendo también padre para todos ustedes, que me puedan pedir lo que quieran, que sepan que pueden contar en todo momento conmigo. Y estén seguros de que me la rifaré para no defraudarles.
¡Adiós a todos! ¡Qué padre ser padre! Va por ustedes. Y, por favor, échense una oración por mí, para que llegue a transformar en verdad mi anhelo.
Hasta siempre. Los quiere... Javier.

Cerré el periódico. Y los ojos. Los jóvenes que estaban a mi alrededor se dieron cuenta de mi emoción. Nos miramos unos a otros. Y en medio del silencio reinante que lo decía todo, apareció Rocío, la novia de Javier, que había estado viendo toda la escena a una prudente distancia. El silencio y la emoción crecieron. Y, abrazada a una de sus amigas, casi sin poder hablar, envolviéndonos a todos con su mirada entre lágrimas, sólo dijo: ¡qué padre ser padre!

EL OBSERVADOR 249-7

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A las puertas del templo
El riesgo de la literaturaEl riesgo de la literatura

Javier SiciliaJavier Sicilia
        Por lo general un escritor escribe a partir de sus sueños sin preocuparse si los mundos y los personajes que crea tendrán repercusiones graves sobre el mundo real y el lector. A Sartre, por ejemplo, le importó poco si sus personajes y sus mundos llevaron al suicidio a algunos de sus lectores. Nietzsche no se imaginó que una estúpida lectura de su obra daría las justificaciones a los crímenes del nazismo o impulsaría a unos imbéciles al atroz asesinato que Truman Capote narra en A sangre fría.
        Nadie se los reprocha. El oficio de un escritor es escribir, pasar sus obsesiones a través de la forma de una obra, de una creación. La humanidad no encontraría su grandeza sin ellos. Lo sentimos por los imbéciles. Sin embargo, el problema no deja de ser inquietante. Quienes se lo han planteado son, por lo general, los escritores cristianos, para quienes una obra es la expresión del drama de la salvación que se está jugando en ellos y, en consecuencia, en cada hombre. Para ellos, el escritor no sólo agota su propia vida proyectándola en los personajes que pueblan sus libros. Hay algo más, Mientras crea no deja de preguntarse, a veces con terror, si ese amor cristiano que consagra a sus sueños (el artista, al imitar al Dios creador y al asumir el papel de Dios Padre delante de sus criaturas, las acompaña por sus obscuros y secretos caminos con un corazón lleno de piedad y, sin intervenir en sus destinos elegidos, las salva en el amor y en la pureza de su corazón) no priva a sus lectores de él o, como señala Urs Von Balthasar, «si (vinculándose) con los pecadores y los criminales que ha engendrado (...) si, cometiendo sin saberlo una falta de consecuencias más pesadas de las que cree, no siembra en el mundo una mala hierba de la que no sabe cómo detener su crecimiento».
        George Bernanos, que fue siempre muy sensible a estas cuestiones, plantéo el problema en dos de sus obras menos conocidas: el cuento Un mal sueño y la novela corta Madame Dargent, que puede leerse como un comentario de la primera. En esta última, la mujer de un célebre escritor está a punto de morir. A lo largo de su agonía repasa su vida. Amó a su marido, pero él, después de haberla amado por poco tiempo, se consagró de nuevo a los personajes de sus novelas, alimentándolos con toda suerte de aventuras eróticas. La esposa, entonces, para penetrar en el mundo onírico de aquel que amaba, se transforma en los personajes de su marido, encarnándolos en la realidad: «Yo soy tú mismo, ¿entiendes? ¡Tú mismo! (...) Lo que has soñado lo he vivido (...) Todas aquellas que has soñado, más amadas que vivientes, Mme. Guebla, Monique (...) Leí tus libros (...) ¡Las seguía en ellos con devoradora curiosidad! Con tu genio sólo les diste una dudosa existencia, una forma impalpable y ligera; yo les di algo mejor: un cuerpo, verdaderos músculos, una voluntad, un brazo». En su delirio, la esposa confiesa a qué crímenes la condujo esta transmutación: envenenó al niño que había adoptado, que en realidad era el hijo de una de sus amantes, y asesinó a la madre del niño.
        El final del libro resume el drama de una forma impecable: «¡Quién, sin embargo, sabe? Más de una imagen criminal, de la que el escritor se libera, diez siglos después aún se mueve en un libro...».
        «Asistimos aquí –dice Von Balthasar– al proceso que hace del acto creador un cuasi-adulterio; estamos cerca de lo demoniaco que Kierkegaard vincula al estadio estético».
        No se trata del problema romántico del Golem y de lo demoniaco en el sentido en que Hoffmann lo entendió, sino simplemente de esa reflexión que se impone a cualquier cristiano y que en ningún sentido debe entenderse de manera moralista como una recriminación mojigata a la literatura; la de saber que la creación literaria es un acto en el que el creador es responsable en el plano de la existencia.

EL OBSERVADOR 249-8

Javier SiciliaJavier Sicilia
        Por lo general un escritor escribe a partir de sus sueños sin preocuparse si los mundos y los personajes que crea tendrán repercusiones graves sobre el mundo real y el lector. A Sartre, por ejemplo, le importó poco si sus personajes y sus mundos llevaron al suicidio a algunos de sus lectores. Nietzsche no se imaginó que una estúpida lectura de su obra daría las justificaciones a los crímenes del nazismo o impulsaría a unos imbéciles al atroz asesinato que Truman Capote narra en A sangre fría.
        Nadie se los reprocha. El oficio de un escritor es escribir, pasar sus obsesiones a través de la forma de una obra, de una creación. La humanidad no encontraría su grandeza sin ellos. Lo sentimos por los imbéciles. Sin embargo, el problema no deja de ser inquietante. Quienes se lo han planteado son, por lo general, los escritores cristianos, para quienes una obra es la expresión del drama de la salvación que se está jugando en ellos y, en consecuencia, en cada hombre. Para ellos, el escritor no sólo agota su propia vida proyectándola en los personajes que pueblan sus libros. Hay algo más, Mientras crea no deja de preguntarse, a veces con terror, si ese amor cristiano que consagra a sus sueños (el artista, al imitar al Dios creador y al asumir el papel de Dios Padre delante de sus criaturas, las acompaña por sus obscuros y secretos caminos con un corazón lleno de piedad y, sin intervenir en sus destinos elegidos, las salva en el amor y en la pureza de su corazón) no priva a sus lectores de él o, como señala Urs Von Balthasar, «si (vinculándose) con los pecadores y los criminales que ha engendrado (...) si, cometiendo sin saberlo una falta de consecuencias más pesadas de las que cree, no siembra en el mundo una mala hierba de la que no sabe cómo detener su crecimiento».
        George Bernanos, que fue siempre muy sensible a estas cuestiones, plantéo el problema en dos de sus obras menos conocidas: el cuento Un mal sueño y la novela corta Madame Dargent, que puede leerse como un comentario de la primera. En esta última, la mujer de un célebre escritor está a punto de morir. A lo largo de su agonía repasa su vida. Amó a su marido, pero él, después de haberla amado por poco tiempo, se consagró de nuevo a los personajes de sus novelas, alimentándolos con toda suerte de aventuras eróticas. La esposa, entonces, para penetrar en el mundo onírico de aquel que amaba, se transforma en los personajes de su marido, encarnándolos en la realidad: «Yo soy tú mismo, ¿entiendes? ¡Tú mismo! (...) Lo que has soñado lo he vivido (...) Todas aquellas que has soñado, más amadas que vivientes, Mme. Guebla, Monique (...) Leí tus libros (...) ¡Las seguía en ellos con devoradora curiosidad! Con tu genio sólo les diste una dudosa existencia, una forma impalpable y ligera; yo les di algo mejor: un cuerpo, verdaderos músculos, una voluntad, un brazo». En su delirio, la esposa confiesa a qué crímenes la condujo esta transmutación: envenenó al niño que había adoptado, que en realidad era el hijo de una de sus amantes, y asesinó a la madre del niño.
        El final del libro resume el drama de una forma impecable: «¡Quién, sin embargo, sabe? Más de una imagen criminal, de la que el escritor se libera, diez siglos después aún se mueve en un libro...».
        «Asistimos aquí –dice Von Balthasar– al proceso que hace del acto creador un cuasi-adulterio; estamos cerca de lo demoniaco que Kierkegaard vincula al estadio estético».
        No se trata del problema romántico del Golem y de lo demoniaco en el sentido en que Hoffmann lo entendió, sino simplemente de esa reflexión que se impone a cualquier cristiano y que en ningún sentido debe entenderse de manera moralista como una recriminación mojigata a la literatura; la de saber que la creación literaria es un acto en el que el creador es responsable en el plano de la existencia.

EL OBSERVADOR 249-8

El riesgo de la literatura
El riesgo de la literatura
Javier SiciliaJavier Sicilia
        Por lo general un escritor escribe a partir de sus sueños sin preocuparse si los mundos y los personajes que crea tendrán repercusiones graves sobre el mundo real y el lector. A Sartre, por ejemplo, le importó poco si sus personajes y sus mundos llevaron al suicidio a algunos de sus lectores. Nietzsche no se imaginó que una estúpida lectura de su obra daría las justificaciones a los crímenes del nazismo o impulsaría a unos imbéciles al atroz asesinato que Truman Capote narra en A sangre fría.
        Nadie se los reprocha. El oficio de un escritor es escribir, pasar sus obsesiones a través de la forma de una obra, de una creación. La humanidad no encontraría su grandeza sin ellos. Lo sentimos por los imbéciles. Sin embargo, el problema no deja de ser inquietante. Quienes se lo han planteado son, por lo general, los escritores cristianos, para quienes una obra es la expresión del drama de la salvación que se está jugando en ellos y, en consecuencia, en cada hombre. Para ellos, el escritor no sólo agota su propia vida proyectándola en los personajes que pueblan sus libros. Hay algo más, Mientras crea no deja de preguntarse, a veces con terror, si ese amor cristiano que consagra a sus sueños (el artista, al imitar al Dios creador y al asumir el papel de Dios Padre delante de sus criaturas, las acompaña por sus obscuros y secretos caminos con un corazón lleno de piedad y, sin intervenir en sus destinos elegidos, las salva en el amor y en la pureza de su corazón) no priva a sus lectores de él o, como señala Urs Von Balthasar, «si (vinculándose) con los pecadores y los criminales que ha engendrado (...) si, cometiendo sin saberlo una falta de consecuencias más pesadas de las que cree, no siembra en el mundo una mala hierba de la que no sabe cómo detener su crecimiento».
        George Bernanos, que fue siempre muy sensible a estas cuestiones, plantéo el problema en dos de sus obras menos conocidas: el cuento Un mal sueño y la novela corta Madame Dargent, que puede leerse como un comentario de la primera. En esta última, la mujer de un célebre escritor está a punto de morir. A lo largo de su agonía repasa su vida. Amó a su marido, pero él, después de haberla amado por poco tiempo, se consagró de nuevo a los personajes de sus novelas, alimentándolos con toda suerte de aventuras eróticas. La esposa, entonces, para penetrar en el mundo onírico de aquel que amaba, se transforma en los personajes de su marido, encarnándolos en la realidad: «Yo soy tú mismo, ¿entiendes? ¡Tú mismo! (...) Lo que has soñado lo he vivido (...) Todas aquellas que has soñado, más amadas que vivientes, Mme. Guebla, Monique (...) Leí tus libros (...) ¡Las seguía en ellos con devoradora curiosidad! Con tu genio sólo les diste una dudosa existencia, una forma impalpable y ligera; yo les di algo mejor: un cuerpo, verdaderos músculos, una voluntad, un brazo». En su delirio, la esposa confiesa a qué crímenes la condujo esta transmutación: envenenó al niño que había adoptado, que en realidad era el hijo de una de sus amantes, y asesinó a la madre del niño.
        El final del libro resume el drama de una forma impecable: «¡Quién, sin embargo, sabe? Más de una imagen criminal, de la que el escritor se libera, diez siglos después aún se mueve en un libro...».
        «Asistimos aquí –dice Von Balthasar– al proceso que hace del acto creador un cuasi-adulterio; estamos cerca de lo demoniaco que Kierkegaard vincula al estadio estético».
        No se trata del problema romántico del Golem y de lo demoniaco en el sentido en que Hoffmann lo entendió, sino simplemente de esa reflexión que se impone a cualquier cristiano y que en ningún sentido debe entenderse de manera moralista como una recriminación mojigata a la literatura; la de saber que la creación literaria es un acto en el que el creador es responsable en el plano de la existencia.

EL OBSERVADOR 249-8

Javier SiciliaJavier Sicilia
        Por lo general un escritor escribe a partir de sus sueños sin preocuparse si los mundos y los personajes que crea tendrán repercusiones graves sobre el mundo real y el lector. A Sartre, por ejemplo, le importó poco si sus personajes y sus mundos llevaron al suicidio a algunos de sus lectores. Nietzsche no se imaginó que una estúpida lectura de su obra daría las justificaciones a los crímenes del nazismo o impulsaría a unos imbéciles al atroz asesinato que Truman Capote narra en A sangre fría.
        Nadie se los reprocha. El oficio de un escritor es escribir, pasar sus obsesiones a través de la forma de una obra, de una creación. La humanidad no encontraría su grandeza sin ellos. Lo sentimos por los imbéciles. Sin embargo, el problema no deja de ser inquietante. Quienes se lo han planteado son, por lo general, los escritores cristianos, para quienes una obra es la expresión del drama de la salvación que se está jugando en ellos y, en consecuencia, en cada hombre. Para ellos, el escritor no sólo agota su propia vida proyectándola en los personajes que pueblan sus libros. Hay algo más, Mientras crea no deja de preguntarse, a veces con terror, si ese amor cristiano que consagra a sus sueños (el artista, al imitar al Dios creador y al asumir el papel de Dios Padre delante de sus criaturas, las acompaña por sus obscuros y secretos caminos con un corazón lleno de piedad y, sin intervenir en sus destinos elegidos, las salva en el amor y en la pureza de su corazón) no priva a sus lectores de él o, como señala Urs Von Balthasar, «si (vinculándose) con los pecadores y los criminales que ha engendrado (...) si, cometiendo sin saberlo una falta de consecuencias más pesadas de las que cree, no siembra en el mundo una mala hierba de la que no sabe cómo detener su crecimiento».
        George Bernanos, que fue siempre muy sensible a estas cuestiones, plantéo el problema en dos de sus obras menos conocidas: el cuento Un mal sueño y la novela corta Madame Dargent, que puede leerse como un comentario de la primera. En esta última, la mujer de un célebre escritor está a punto de morir. A lo largo de su agonía repasa su vida. Amó a su marido, pero él, después de haberla amado por poco tiempo, se consagró de nuevo a los personajes de sus novelas, alimentándolos con toda suerte de aventuras eróticas. La esposa, entonces, para penetrar en el mundo onírico de aquel que amaba, se transforma en los personajes de su marido, encarnándolos en la realidad: «Yo soy tú mismo, ¿entiendes? ¡Tú mismo! (...) Lo que has soñado lo he vivido (...) Todas aquellas que has soñado, más amadas que vivientes, Mme. Guebla, Monique (...) Leí tus libros (...) ¡Las seguía en ellos con devoradora curiosidad! Con tu genio sólo les diste una dudosa existencia, una forma impalpable y ligera; yo les di algo mejor: un cuerpo, verdaderos músculos, una voluntad, un brazo». En su delirio, la esposa confiesa a qué crímenes la condujo esta transmutación: envenenó al niño que había adoptado, que en realidad era el hijo de una de sus amantes, y asesinó a la madre del niño.
        El final del libro resume el drama de una forma impecable: «¡Quién, sin embargo, sabe? Más de una imagen criminal, de la que el escritor se libera, diez siglos después aún se mueve en un libro...».
        «Asistimos aquí –dice Von Balthasar– al proceso que hace del acto creador un cuasi-adulterio; estamos cerca de lo demoniaco que Kierkegaard vincula al estadio estético».
        No se trata del problema romántico del Golem y de lo demoniaco en el sentido en que Hoffmann lo entendió, sino simplemente de esa reflexión que se impone a cualquier cristiano y que en ningún sentido debe entenderse de manera moralista como una recriminación mojigata a la literatura; la de saber que la creación literaria es un acto en el que el creador es responsable en el plano de la existencia.

EL OBSERVADOR 249-8

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Los premios Oscar y el triunfo de la cultura de la muerte

        La mayor organización católica de defensa de la vida humana y la familia, Human Life International, ha hecho notar, por boca de uno de sus representantes, el padre Richard Welch, que la última ceremonia de entrega de los premios Oscar, ocurrida el 26 de marzo pasado, fue toda una exaltación de la cultura de la muerte.
        Mientras el papa Juan Pablo II completaba su peregrinación a Tierra Santa, los críticos de Hollywood premiaron como lo más destacado del cine a tres filmes de horrendo contenido moral:

        American Beauty
(«Belleza estadounidense»), que enseña que la promiscuidad sexual, el adulterio y la homosexualidad son positivos; más aún, que el «matrimonio» entre personas del mismo sexo es quizá hasta mejor que el matrimonio entre hombre y mujer.
        The Cider House Rules («Las reglas de la casa de cidra»), que intenta convencer al espectador de que el aborto es una salida mucho mejor que la adopción.
        Y Boys Don't Cry («Los muchachos no lloran»), historia de una muchacha travesti que es asesinada, por lo que se le presenta como una «heroína» del movimiento homosexual. Según la cinta, rechazar los estilos de vida «alternos» es cometer un «crimen contra la humanidad».

        «Esto es lo que Hollywood presenta al mundo como lo mejor de sus películas –lamenta el padre Welch–. La industria del cine estadounidense ha sucumbido a la cultura de la muerte. Tenemos que rechazar este ataque moral y patrocinar a los directores, guionistas y productores que hacen películas que promueven la vida, el amor, la familia y la fe».

EL OBSERVADOR 249-9

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POLITICA Y ELECCIONES
Criterios y obligaciones para votar
José Melgoza Osorio *

Es razonable que se tengan criterios para dar o negar el voto a favor o en contra de un determinado candidato, dado que la elección debe ser responsable.
En primer término debe lograrse el conocimiento de la persona: su capacidad, su cultura y su experiencia; si ha ocupado cargos de elección popular; si fue elegido o impuesto por el tristemente célebre «dedazo»; si desempeñó el cargo encomendado con actitudes y comportamientos auténticamente democráticos o con arranques dictatoriales; si fue o no respetuoso de los derechos de la ciudadanía; si cumplió lo que prometió o, como sucede con frecuencia, todo se redujo a eso: promesas; si se rodeó de personas capaces y honradas o más bien favoreció a parientes o amigos incondicionales, repartiéndoles oportunidades.
Ayuda mucho en esta investigación el informarse sobre la imagen que dejó -como gobernador, ministro, senador, diputado- en la ciudadanía a favor de la cual le correspondió el ejercicio de la correspondiente autoridad.
En relación con sus ideas, reveladas en su actuación: ¿respeta la vida, también desde el seno materno? ¿Qué posiciones tiene respecto a la propiedad, derechos humanos, economía, familia, educación, impuestos, salarios, derechos religiosos (derecho a profesar libremente la religión), libertad de expresión del pensamiento...? Cuanto más se logre saber en este apartado garantizará mejor la responsabilidad del voto.
La democracia como forma de vida
Una de las manifestaciones reveladoras de una desvirtuada idea sobre la política es el ausentismo frente a las urnas.
El ausentismo tiene sus explicaciones: la imposición o «dedazo», los fraudes (robo de urnas, arreglos por parte de personas prácticas y conocedoras de los trucos para dar a lo fraudulento apariencia de legalidad), falta de garantías efectivas, promesas, privilegios y regalos (bonos, descuentos, ayudas, todo ello desde las sedes de un partido en el poder)...
Quienes no comulgan con un partido oficial quedan en desventaja si repudian estos procedimientos optando por no presentarse a votar,
Explicable, pero no justificable ausentismo. Hay derechos a los que se puede renunciar, cuando tal renuncia no perjudica a terceras personas. El ausentismo perjudica a la comunidad, porque favorece la imposición, tan contraria a los procesos democráticos.
La democracia no se vive por medio de definiciones, discursos, piezas literarias, promesas. La democracia se vive, se apoya, se protege.
La simple existencia de muchos candidatos, de muchos partidos, no es señal de verdadera democracia, no la garantiza, cuando existe algún partido oficial al cual se le brindan los apoyos necesarios y la experiencia de fraudes para retener el poder. Todos los partidos y todos los candidatos deben gozar de apoyo y garantías, si se quiere la vigencia de la democracia.
Cuando se comentan desaciertos en asuntos de gobierno, si los quejosos pertenecen al grupo de los ausentistas, se les puede decir con toda razón: no se quejen, ustedes son los culpables.
Las imposiciones, las burlas, los fraudes no podrán realizarse cuando todo un pueblo entienda que de su participación en las urnas dependerá tener el gobierno o los gobernantes que quiere y merece. Nadie osará robar urnas o falsificar boletas cuando todo un pueblo vigila.
México repudia cualquier forma de dictadura. México quiere un régimen democrático.

* El autor es obispo emérito de Ciudad Nezahualcóyotl

EL OBSERVADOR 249-10

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Democracia o mafiocracia
Antonio Sánchez Díaz de Rivera

México ha avanzado a la democracia pero también a la inestabilidad. La inseguridad sigue campeando, afecta a las familias, daña a la seguridad física y la propiedad de las personas. Inseguridad que produce miedo, causa daños morales y lesiona, a fin de cuentas, el capital social.
Con base en los datos médicos sabemos que en los últimos años la segunda causa de mortalidad son las causas externas, o sea, por la conducta de las personas. Son alrededor de 55 mil muertes anuales, de las cuales el 30% son por homicidio. Esta última es la primera causa de mortandad de la población de 15 a 24 años de edad.
Por otro lado, en México sigue la impunidad y la corrupción, problemas de fondo que, si no se atacan a fondo, no saldremos como país. Está pendiente el caso de los ex gobernadores de Morelos y de Quintana Roo. Necesitamos seguridad, pero ésta no podrá darse si antes no hay justicia, y no al revés.
Además de lo anterior, en los últimos meses se ha registrado una serie de acontecimientos que nos traen los recuerdos amargos del 94. No me refiero al aspecto económico, pues esperamos que el blindaje económico funcione, sino a la violencia y a la inestabilidad. En el año de 1999 y lo que va de este año se han encontrado granadas de mano en cuando menos cinco lugares en el Distrito Federal. También, morteros apuntando al edificio de la Policía Federal Preventiva y a la base aérea de Santa Lucía. Hay otros hechos graves y asuntos pendientes de gran importancia cuya resolución contribuye al clima de inestabilidad, como es el problema de la UNAM.
Recuerdo la reunión que tuve con Luis Donaldo Colosio en los primeros días de enero de 1994. Yo le dije que detrás del problema de Chiapas había cuestiones políticas. Él contestó: «Mira, Toño, si atrás de esto estuviera el sistema, sería suicida...» Desgraciadamente lo «suicidaron» dos meses después. No queremos que en México se repita la violencia de hace 6 años. Sin embargo, si los acontecimientos aquí mencionados se incrementan, la transición mexicana no sería a la democracia plena sino a la mafiocracia, o sea, el poder de las mafias. La inestabilidad nos podría hacer caer en manos de las mafias criminales. Al mismo tiempo, se empieza a manejar ese miedo provocado en la población para mandar el mensaje a ésta de que la gobernabilidad sólo se logrará con carro completo; entonces caeríamos con las mafias políticas. En México no queremos ni una ni otra.
Necesitamos la existencia de un auténtico estado de derecho y de la activa participación ciudadana para lograr gobernabilidad, pero no la del pasado, la autoritaria, sino la gobernabilidad democrática.

EL OBSERVADOR 249-11

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PERDER POR DEFAULT
La anticoncepción como esclavitud
Segunda de tres partes
Diego García Bayardo

En México, hace mucho que el gobierno aceptó hacerle el juego a Estados Unidos en su política demográfica exterior. Ante el dilema: ¿Con qué acabamos, con la pobreza o con los pobres?, los países ricos decidieron terminar con los pobres y no han dejado de trabajar en ello en nuestro país. El gobierno federal, sobre todo por medio del Consejo Nacional de Población (CONAPO), la Secretaría de Salud y la de Educación Pública, se ha dado a la tarea de exterminar mexicanos, por lo cual se nota a leguas que esas instituciones son ajenas y contrarias a los intereses de la población. El CONAPO se dedica a difundir agresivas campañas de esterilización y de uso masivo de medios anticonceptivos, actúa en todo el país, incluso en los estados donde gobierna la oposición, y no es estorbada ni por la Iglesia ni por los partidos que dicen ser de inspiración cristiana. La Secretaría de Salud impone programas antinatalistas y está detrás de las cotidianas violaciones a los derechos humanos que se cometen en las instituciones sanitarias del país. El IMSS es notable en este sentido: difunde el antinatalismo por todos los medios posibles, presiona duramente a las mujeres para que se esterilicen o acepten el implante del abortivo DIU y hasta pone a sus enfermeras a acechar el momento en que las parturientas están casi inconscientes o sufriendo los mayores dolores para hacerlas firmar documentos de aceptación de que se les haga alguna de las porquerías mencionadas. No por nada el IMSS es una de las instituciones que se han merecido más amonestaciones de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.
La Secretaría de Educación Pública es la más moderna cuña que está usando el gobierno para meter por las buenas en nuestro país el imperialismo demográfico que le marcan sus verdaderos jefes. Los programas y libros de texto para los dos últimos años de primaria que abordan la educación sexual están diseñados para introducir en los niños la mentalidad antinatalista y permisivista, tan cara y querida por EU y Europa. Los libros de texto para secundaria, escritos según programas de la SEP, fomentan la actividad sexual desde la adolescencia, abordan el tema de la castidad de una manera hostil y empiezan a generar una mentalidad favorable a una próxima legalización del aborto, largamente planeada por nuestro gobierno federal. Incluso algunos libros de texto hablan con simpatía de la prostitución (en contradicción a su supuesto feminismo, también de corte «oficial») y de la homosexualidad, con lo que ahora resulta que ser casto es malo y enfermizo, mientras que ser un pervertido está muy bien. ¡Y esto lo dicen los libros de Educación Cívica y Ética! Se suponía que esa asignatura se había establecido para contrarrestar la pérdida de valores entre la juventud mexicana, mas ahora resulta que esos libros y autores, ante su incapacidad manifiesta para dar una verdadera ética a los muchachos, lo que hacen es rendirse y decir que lo malo en realidad era bueno, y que la moderna tendencia hacia el hedonismo y la promiscuidad sexual no sólo no está mal, sino que es un derecho que por años las religiones (en especial la católica) trataron de escamotearle a la gente. Este mensaje antireligioso es explícito en los libros de texto, por disposición de la SEP.
La Iglesia no se opone a que los padres tengan hijos de una manera consciente, incluyendo en esto el control de sus actos para que el número de embarazos sea limitado según sus posibilidades reales de mantener y cuidar a los niños, así que el gobierno podría encontrar en la Iglesia un aliado valioso para desarrollar una política que favorezca un crecimiento demográfico más lento, racional y razonable que el que hemos tenido hasta ahora. Sin embargo, el gobierno ha decidido ser completamente hostil hacia la Iglesia y su doctrina sobre la vida humana. ¿Por qué? La próxima semana veremos las razones de este antagonismo y las causas de que los métodos anticonceptivos artificiales sean los únicos promovidos por las instituciones oficiales.

EL OBSERVADOR 249-12

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La felicidad *
Bruno Ferrari


«El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace».

TOLSTOI.

        Fue un viernes. Se acercó en silencio, me miró de frente con sus grandes ojos azules y, sin dar tiempo siquiera a una breve presentación, me dijo: «Leo de vez en cuando sus editoriales y quisiera que me respondiera: ¿Qué es la felicidad? ¿Cómo puedo conseguirla? ¿Cómo puedo hacer felices a los demás? Y usted, ¿es feliz?». Sentí un silencio sepulcral, como si todos los presentes estuvieran esperando la respuesta. Mil ideas se agolparon de pronto en mi cabeza y, cuando me dispuse a responder, ya no se encontraba. Caminaba de prisa entre la gente, quién sabe a qué lugar. A ella dedico este artículo.
        En primer lugar, creo que debemos procurar definir –si es que fuera posible– el término felicidad. El diccionario de la real Academia Española al respecto dice: «Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. // Satisfacción, gusto, contento». Me parece que el primer obstáculo con que nos enfrentamos es precisamente éste. ¿Se puede definir claramente la felicidad? ¿Se podrán determinar algunos parámetros que nos indiquen si somos o no felices? ¿En qué pensamos cuando contestamos a la pregunta «eres feliz»?
        Esta definición creo que no se ajusta a la acepción más general del término. La felicidad no tenemos por qué asociarla a aspectos netamente materiales. Quizá incluso la forma más adecuada y sencilla de definirla sería recurriendo a una aproximación negativa: la ausencia de males. De esta forma, la falta de conciencia de infelicidad es la mejor forma de entender qué es «ser feliz».
        Hay personas muy infelices, rodeadas de gente que les quiere, de dinero, de salud, de trabajo... y personas felices en medio de la miseria, de la soledad y de enfermedades. Por lo tanto, debemos reconocer que las situaciones por sí mismas son insuficientes para determinar la felicidad, aunque reconozco que determinadas situaciones indiscutiblemente hacen más fácil el sentirnos satisfechos.
        Afortunadamente la felicidad no sólo es posible, sino sencilla de alcanzar, aunque realmente tenemos que poner un mínimo de esfuerzo para conseguirla y mantenerla. Estamos compuestos por cuerpo y alma o, mejor dicho, por espíritu y materia. Cada día es más común ver que las personas dedican la mayoría de sus energías a (resolver) problemas materiales, y la inteligencia la invierten en la búsqueda de nuevas formas de ganar dinero y mejorar la posición social. Esto no es necesariamente negativo, pero no debe alejarnos de cultivar nuestra vida interior o espiritual.
        Tengo la certeza de que la verdadera fuente de felicidad está en el interior de cada persona. Es ahí donde Dios cultiva la paz, la alegría y el gozo, y no en las alegrías pasajeras, en las sonrisas de compromiso o en el disfrute de los placeres.
        Por ello recomiendo seguir precisamente el proyecto de felicidad que el propio Cristo nos legó a través de las bienaventuranzas. Ellas resumen de forma esencial los caminos que nos conducen a la verdadera felicidad La tres primeras nos enseñan lo que es el desprendimiento: felices los pobres de espíritu (antítesis de los que buscan la riqueza, de los que idolatran los bienes materiales, de los prepotentes), felices los que lloran (antítesis de los que buscan el placer por el placer), felices los mansos (antítesis de los dominantes). Las dos siguientes representan el camino del hombre hacia la felicidad: felices los que tienen hambre y sed de justicia (los que buscan la verdad), felices los misericordiosos (los que saben darse a los demás). Y, finalmente, llegamos a lo más alto y difícil: felices los pacíficos (aquellos que están en paz consigo mismos y los demás), felices los que padecen persecución por causa de la justicia (aquellos que son capaces de llevar adelante sus ideales y dar la cara por ellos).



«El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace».

TOLSTOI.

        Fue un viernes. Se acercó en silencio, me miró de frente con sus grandes ojos azules y, sin dar tiempo siquiera a una breve presentación, me dijo: «Leo de vez en cuando sus editoriales y quisiera que me respondiera: ¿Qué es la felicidad? ¿Cómo puedo conseguirla? ¿Cómo puedo hacer felices a los demás? Y usted, ¿es feliz?». Sentí un silencio sepulcral, como si todos los presentes estuvieran esperando la respuesta. Mil ideas se agolparon de pronto en mi cabeza y, cuando me dispuse a responder, ya no se encontraba. Caminaba de prisa entre la gente, quién sabe a qué lugar. A ella dedico este artículo.
        En primer lugar, creo que debemos procurar definir –si es que fuera posible– el término felicidad. El diccionario de la real Academia Española al respecto dice: «Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. // Satisfacción, gusto, contento». Me parece que el primer obstáculo con que nos enfrentamos es precisamente éste. ¿Se puede definir claramente la felicidad? ¿Se podrán determinar algunos parámetros que nos indiquen si somos o no felices? ¿En qué pensamos cuando contestamos a la pregunta «eres feliz»?
        Esta definición creo que no se ajusta a la acepción más general del término. La felicidad no tenemos por qué asociarla a aspectos netamente materiales. Quizá incluso la forma más adecuada y sencilla de definirla sería recurriendo a una aproximación negativa: la ausencia de males. De esta forma, la falta de conciencia de infelicidad es la mejor forma de entender qué es «ser feliz».
        Hay personas muy infelices, rodeadas de gente que les quiere, de dinero, de salud, de trabajo... y personas felices en medio de la miseria, de la soledad y de enfermedades. Por lo tanto, debemos reconocer que las situaciones por sí mismas son insuficientes para determinar la felicidad, aunque reconozco que determinadas situaciones indiscutiblemente hacen más fácil el sentirnos satisfechos.
        Afortunadamente la felicidad no sólo es posible, sino sencilla de alcanzar, aunque realmente tenemos que poner un mínimo de esfuerzo para conseguirla y mantenerla. Estamos compuestos por cuerpo y alma o, mejor dicho, por espíritu y materia. Cada día es más común ver que las personas dedican la mayoría de sus energías a (resolver) problemas materiales, y la inteligencia la invierten en la búsqueda de nuevas formas de ganar dinero y mejorar la posición social. Esto no es necesariamente negativo, pero no debe alejarnos de cultivar nuestra vida interior o espiritual.
        Tengo la certeza de que la verdadera fuente de felicidad está en el interior de cada persona. Es ahí donde Dios cultiva la paz, la alegría y el gozo, y no en las alegrías pasajeras, en las sonrisas de compromiso o en el disfrute de los placeres.
        Por ello recomiendo seguir precisamente el proyecto de felicidad que el propio Cristo nos legó a través de las bienaventuranzas. Ellas resumen de forma esencial los caminos que nos conducen a la verdadera felicidad La tres primeras nos enseñan lo que es el desprendimiento: felices los pobres de espíritu (antítesis de los que buscan la riqueza, de los que idolatran los bienes materiales, de los prepotentes), felices los que lloran (antítesis de los que buscan el placer por el placer), felices los mansos (antítesis de los dominantes). Las dos siguientes representan el camino del hombre hacia la felicidad: felices los que tienen hambre y sed de justicia (los que buscan la verdad), felices los misericordiosos (los que saben darse a los demás). Y, finalmente, llegamos a lo más alto y difícil: felices los pacíficos (aquellos que están en paz consigo mismos y los demás), felices los que padecen persecución por causa de la justicia (aquellos que son capaces de llevar adelante sus ideales y dar la cara por ellos).


* Colaboración resumida.

EL OBSERVADOR 249-13

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OPINIÓN
Dar su sentido a esta semana

Necesitamos descanso. Está bien.
Pero no olvidemos que somos cristianos y que esta semana, la semana santa, tiene un sentido espiritual profundo.
Démosle este sentido en nuestras vidas.
La riqueza de estos días es enorme. Es oportunidad de gracia, de reconciliación, gozo y reflexión.
Recordamos hechos fundamentales para nuestra fe que transcurrieron en apenas unos días: la Eucaristía, la muerte de Jesús, su resurrección.
No pasemos de largo. Vivamos la semana santa encontrando su sentido trascendente.

EL OBSERVADOR 249-14

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Intimidades –los jovenes nos cuentan–
Un novio a medias
Yusi Cervantes Leyzaola

        Tengo un novio, pero no me trata como yo quiero. Dice que va a ir a verme y no va. Ni siquiera avisa. No quiere llevarme a ver dónde vive. Y varias veces que ha ido a ver a su familia, que vive lejos, se ha ido hasta más de un mes sin siquiera despedirse. Yo le digo y él se enmienda unos días y vuelve a lo mismo. Aparte, nos vemos muy poco y no hacemos cosas juntos, como ir al cine. Sólo nos vemos afuera de mi casa. Pienso que no me quiere, pero él dice que entonces ¿por qué está ahí? Dudo, a veces quiero terminar, pero me detengo porque estoy acomplejada y siento que nadie va a quererme.
        
        ¿Y entonces tienes que conformarte con lo que tienes? ¿Con un novio a medias y, si llegan a casarse, con un marido a medias? No. Aunque tú no lo creas, eres muy valiosa. Por el sólo hecho de ser persona y de ser hija de Dios eres extremadamente valiosa. Y mereces ser amada. A eso súmale tus cualidades, tus logros, la bondad de tu corazón...
        Lo primero que tienes que hacer es cambiar el concepto que tienes de ti misma, superar esos complejos que te tienen atada a esa mala relación y tal vez a muchas otras cosas en tu vida. Tienes que aceptarte a ti misma, sentirte cómoda con tu cuerpo, sentir que vales y respetarte.
        Si este hombre te interesa realmente, no termines con él sin antes haber puesto todo de tu parte para mejorar la situación. Y por todo me refiero a todo aquello que no vaya en contra de tu dignidad. Dices que lo has intentado, pero lo has hecho desde ese sentirte menos. Para él son pequeños gemidos de alguien a quien fácilmente vuelve a convencer. Pero si te viera firme, segura de ti misma, se daría cuenta de que está en riego de perderte, y, si realmente le interesas, hará un esfuerzo por cambiar. Si su interés no es auténtico y se va definitivamente de tu vida, sentirás tristeza, pero al final será lo mejor para ti.
        Si terminas con él, yo no puedo asegurar que encontrarás otro hombre. Creo que sí, uno que realmente te valore, que te ame profundamente. Pero, si no es así, de todos modos estarás bien. No necesitas a un hombre para ser feliz. La felicidad y el amor se encuentran en tu corazón, en el cumplir tu misión en la vida y en el amor de Dios que se derrama en ti.
        Piensa en esto: la mejor relación de pareja es la que establecen dos personas completas, no la de dos personas con carencias. El otro no es para llenar huecos, sino para construir juntos un proyecto de vida.


EL OBSERVADOR 249-15

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PINCELADAS

Florecillas de santa Teresa

Justo López Melús *

        La leyenda áurea teresiana ha recogido algunas florecillas que nos recuerdan las de san Francisco de Asís. Dícese que cierto día se le apareció Nuestro Señor y le dijo: «Teresa, si no hubiese creado ya el Cielo, por ti sola lo creara». Y cuando le preguntaron si no sentiría envidia si al entrar en el Cielo viese otras almas con más gloria que ella, la Santa respondió: «De verlas con más gloria no sentiría envidia, pero de que amaran más a Dios que yo, sí».
        Se cuenta que una vez –aún señalan con emoción las madres carmelitas la escalera del suceso– se le apareció el Niño Jesús en la Encarnación de Ávila, y la Santa no lo reconoció:
        – ¿Cómo te llamas, hermoso niño? –le preguntó Teresa.
        Y el Niño le respondió, como hacen los gallegos (ha notado alguien), preguntándole a su vez:
        – ¿Y tú, cómo te llamas?
        – Yo soy Teresa de Jesús.
        – Pues Yo soy Jesús de Teresa –le replicó Él.
        Ante una queja de Teresa, le dijo el Señor:
        – Así trato Yo a mis amigos.
        Y Teresa le respondió:
        – Por eso tienes tan pocos.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

(FIN)

EL OBSERVADOR 249-16

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