El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

17 de Septiembre de 2000 No. 271

SUMARIO

bullet Cualquier religión no es camino válido para la salvación
bulletRecuerdo por la muerte de un intelectual católico
bulletEL RINCÓN DEL PAPA Adoptar a un niño es una gran obra de amor
bulletDesarrollo comunitario
bulletCatólicas (?) por el Derecho a Decidir...
bulletLos trasplantes de órganos y la certificación de la muerte
bulletDesarrollo comunitario
bulletCatólicas (?) por el Derecho a Decidir...
bulletLos trasplantes de órganos y la certificación de la muerte
bulletPERDER POR DEFAULT Desagravio a los Niños Héroes (I)
bulletHomosexualidad, asunto complejo y a menudo doloroso
bulletDi, ¿quién se acuerda de ti?
bulletORIENTACIÓN FAMILIAR No puedo amar a mi esposo
bulletOPINIÓN Un mal no resuelve otro mal
bulletPINCELADAS El labrador y la Providencia

Sumario Inicio
Cualquier religión no es camino válido para la salvación
La declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, fue presentada el 5 de este mes por la Congregación para la Doctrina de la Fe. Este documento tiene naturaleza magisterial universal. Está en contra de cualquier intento de establecer una remota religión mundial síntesis de las existentes, o bien un credo que postulara que todas las religiones son equiparables entre sí y constituyen para sus seguidores vías igualmente válidas de salvación. Tales teorías se fundan, al decir del cardenal Joseph Ratzinger, en algunos presupuestos bastante propagados, entre ellos «la actitud relativista, por la cual aquello que es verdad para algunos no lo es para otros; la contraposición radical que habría entre la mentalidad lógica occidental y la mentalidad simbólica oriental; el subjetivismo que considera a la razón como única fuente de conocimiento; el eclecticismo de quien asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y religiosos sin preocuparse de su compatibilidad con la verdad cristiana; y la tendencia, en fin, a interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Algunos teólogos más moderados confiesan que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, pero piensan que a causa de la limitación de la naturaleza humana de Jesús la revelación de Dios en Él no puede ser considerada completa y definitiva, sino que debe ser siempre considerada en relación con otras posibles revelaciones expresadas en los genes religiosos de la humanidad y en los fundadores de las religiones del mundo. Así se introduce la idea errada de que las religiones del mundo son complementarias a la revelación cristiana».
La Declaración se articula en seis puntos doctrinales:
I. Plenitud y definitividad de la revelación de Jesucristo.- Se reafirma la fe católica acerca de la plena revelación en Jesucristo del misterio salvífico de Dios. Se admite que «las otras religiones no raramente reflejan un rayo de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres».
II. El Logos encarnado y el Espíritu Santo en la obra de la salvación.- Contra la tesis de una doble economía salvífica: la del Verbo eterno, que sería universal y por lo tanto válida también fuera de la Iglesia, y aquella del Verbo encarnado, que estaría limitada solamente a los cristianos, la Declaración afirma la unicidad de la economía salvífica del único Verbo encarnado, Jesucristo, Hijo unigénito del Padre. Es errónea la hipótesis de una economía salvífica del Espíritu Santo investida de un carácter más universal que la economía del Verbo encarnado, crucificado y resucitado. El Espíritu Santo es de hecho el Espíritu de Cristo resucitado, y su acción no se pone fuera o al lado de la acción de Cristo».
III. Unicidad y universalidad del misterio salvífico de Jesucristo.-En consecuencia, la Declaración reafirma la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Cristo. Ciertamente esta única mediación no excluye mediaciones participadas que obtienen su significado y su valor únicamente de la mediación de Cristo y no pueden entenderse como paralelas o complementarias.
IV. Unicidad y unidad de la Iglesia.- El Señor Jesús continúa su presencia y su obra en la Iglesia y a través de ella, que es su Cuerpo. Las Iglesias que no aceptan la doctrina del Primado del Obispo de Roma permanecen unidas a la católica por medio de estrechos vínculos, como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente consagrada. Las comunidades eclesiales que no han conservado el episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico no son Iglesia en sentido propio; pero los bautizados en estas comunidades han sido incorporados por el Bautismo a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia católica.
V. Iglesia, Reino de Dios y Reino de Cristo.- Al considerar las relaciones entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia deben evitarse acentuaciones unilaterales, como ocurre cuando se habla del Reino de Dios sin mencionar a Cristo, o se privilegia el misterio de la creación callando sobre el misterio de la redención.
        VI. La Iglesia y las religiones en relación con la salvación.- La Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. Para aquellos que no son formal y visiblemente miembros de la Iglesia, la salvación es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina en su situación interior y ambiental. La Iglesia considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye la tesis de que una religión es tan buena como otra.
Conclusión..- Al tratar el tema de la verdadera religión, los Padres del concilio Vaticano II han afirmado: «Creemos que esta única religión verdadera subsiste en la Iglesia católica y apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la obligación de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: 'Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado'».

EL OBSERVADOR 271-1

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Carlos Castillo Peraza
Recuerdo por la muerte de un intelectual católico
Rodrigo Guerra L.
El sábado 9 de septiembre por la mañana nos han compartido la lamentable noticia del fallecimiento de Carlos Castillo Peraza. Al parecer murió de un infarto al corazón mientras se encontraba en Alemania.
Carlos Castillo colaboró de una manera singular en el proceso de consolidación democrática en México. Su labor como militante y dirigente del Partido Acción Nacional fue reconocida y apreciada no solo por sus correligionarios sino aun por sus oponentes. Al dejar de militar en este partido se afirmó que se perdía a un hombre de ideas y de acción que realizaba un aporte difícil de reemplazar. Ahora, al dejar no solo al partido sino a la vida misma, su figura, sin dudas, será recordada como la del hombre que, con congruencia, fue fiel a sus convicciones democráticas, fue leal a México y fue —siempre— un hijo de la Iglesia.
Hace poco más de un año, desayunando con él en Querétaro, me decía que se sentía contento de haber recuperado una más plena realización de su vocación intelectual al dejar las luchas partidistas. Sin embargo, en aquella ocasión le pregunté cómo miraba su vocación más profunda, su vocación cristiana. Su respuesta me desconcertó al principio. Sin embargo, con el tiempo, la he recordado con afecto. Carlos decía que él tuvo una época, su época «acejotaemera», donde él se concebía como un cristiano «esférico», «sin fisuras», sin dudas ni preguntas de ninguna especie. Sin embargo, con el paso del tiempo y de la vida había comprendido que era necesario tener docilidad a los cuestionamientos y a las zozobras para reconocer luego, con mayor sencillez, aquello que es esencial: que Cristo es persona viva, que Cristo es acontecimiento.
Carlos vivió la fragilidad de la condición humana. Pero Carlos la vivió dentro del abrazo que ofrece el perdón y la reconciliación de Cristo en la cruz. Alguna vez me platicó su alegría al encontrarse con el Movimiento de Comunión y Liberación y la «nostálgica envidia» que le producía contemplar a sus miembros siempre alegres, siempre ciertos de lo esencial, siempre libres en todo lo demás.
Quiera Dios acoger en su misericordia a un fiel laico que, con la libertad propia de su condición secular, supo servir a México a través del difícil y no siempre comprendido testimonio de la vida intelectual y política que exigen nuestros tiempos.
Carlos Castillo Peraza, descanse en paz.

EL OBSERVADOR 271-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
Adoptar a un niño es una gran obra de amor
En el tercer aniversario de la muerte de la madre Teresa de Calcuta, Juan Pablo II recibió a siete mil personas, entre miembros de la orden de los Misioneros de la Caridad, padres e hijos de familias adoptivas, y amigos y colaboradores de la obra de la madre Teresa, que acudieron a Roma para celebrar su Jubileo.
Hablando de la «singular hija de la Iglesia, que se entregó completamente a la caridad», el Papa dijo: «No le costaba trabajo 'adoptar' como hijos a sus pobres. Su amor era concreto, decidido; la llevaba hasta donde pocos tenían valor para ir, donde la miseria era tan grande que daba miedo».
Entonces el Pontífice abordé el tema de la «maternidad espiritual» de la madre Teresa y de su movimiento en favor de la adopción, y subrayó que «adoptar a un niño es una gran obra de amor». Y agregó: «Nuestro tiempo es testigo, desgraciadamente, de numerosas contradicciones. Hay tantas parejas que deciden no tener hijos por motivos, no raramente, de carácter egoísta. Otros se dejan desalentar por dificultades económicas, sociales o burocráticas. Otros, ante el deseo de tener un niño 'propio' a cualquier precio, van más allá de la ayuda legítima que la ciencia médica puede asegurar a la procreación». Sin embargo, tal como lo enseñó la madre Teresa, «como alternativa a estos modos discutibles, la existencia misma de tantos niños sin familia sugiere la adopción como un camino concreto del amor».

EL OBSERVADOR 271-3

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Desarrollo comunitario *
Reynaldo Peña
Reynaldo Peña
La persona humana, única e irrepetible, es lo más importante que existe sobre la tierra. Siempre deberá ser objeto de infinito respeto y amor. Por nada ni por nadie podemos sacrificar a la persona humana. De esto se derivan, en último término, todos los derechos humanos reconocidos por los organismos internacionales.
Toda persona está destinada a recorrer el proceso de ser un sujeto individual (egoísta, para sí mismo) a ser un sujeto comunitario (amoroso, para los demás), base del desarrollo comunitario.
En las raíces de nuestra cultura de mexicanos subyacen dos valores primordiales que nos hacen ser como somos y cuya promoción es nuestra misión: la familia y la fe, valores que impulsan el desarrollo comunitario. Por nuestra fe creo que Dios existe, que Dios es una comunidad de amor por la que el Padre y el Hijo se entregan mutuamente en el Espíritu Santo, de un modo total y para siempre.
Creo que el desarrollo comunitario debe ser entendido desde Dios: cómo soñó Dios a la persona, cómo soñó al matrimonio, cómo soñó a la familia, cómo soñó a cada pueblo y cómo soñó a México. Ahí está nuestra respuesta.
Es bueno considerar en la acción hacia el desarrollo comunitario lo nefasto del paternalismo y lo beneficioso de la subsidiariedad; asimismo, evitar en lo posible hacer cosas especiales y que todo pueda ser repetitivo. Ayudará mucho para que se dé el desarrollo comunitario contar con el apoyo de quienes tienen autoridad moral o cívica para favorecerlo.
* Artículo resumido.

EL OBSERVADOR 271-4

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Católicas (?) por el Derecho a Decidir...
Álvaro Alfonso
Seguramente todos los que nos preocupamos por el tema del aborto hemos oído de un grupo o asociación que falazmente se hace llamar así. Lo primero que tenemos que decir al respecto es que es obvio que tienen la idea de confundir al pueblo de México y hacer pensar que nosotros, los verdaderos católicos, compartimos sus puntos de vista en dicho tema.
Pero, ¿por qué me atrevo a decir «los verdaderos católicos»? Pues porque somos los que, en comunión con nuestro Papa, sí le reconocemos autoridad para dejarnos guiar por él en cuestiones de moral. Claro, además de aceptar la interpretación íntegra del Magisterio en las cosas de Dios. Y, precisamente, recordemos que en su última visita a México, al abordar este tema, Juan Pablo II dijo textual y vehementemente: «Que ningún mexicano se atreva a vulnerar el vientre de la madre».
Pero, seguramente, estas señoras no saben todo esto. Es más, me pregunto ahora mismo, dadas sus posturas en contra de la doctrina de la vida: ¿sabrán que existe el Papa?
Pensamos, entonces, que sería más propio llamarlas —y digo esto sin afán de ofender— Herejes por Decidir, ya que toman de la enseñanza de la Iglesia sólo lo que les conviene; sin dejar de mencionar, además, que ni aquello de la excomunión, precisado en el derecho canónico, parece preocuparles.

EL OBSERVADOR 271-5

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Los trasplantes de órganos y la certificación de la muerte vistos por la Iglesia
Extracto del discurso de Juan Pablo II a los más de cinco mil científicos participantes en el XVIII Congreso Internacional de la Sociedad de Transplantes, celebrado en Roma del 27 de agosto al 1 de septiembre.
Ilustres señoras y señores:
Los trasplantes son una gran conquista de la ciencia al servicio del hombre, y no son pocos los que en nuestros días sobreviven gracias al trasplante de un órgano. La técnica de los trasplantes es un instrumento cada vez más apto para alcanzar la primera finalidad de la medicina: el servicio a la vida humana. Por esto, en la carta encíclica Evangelium vitae recordé que, entre los gestos que contribuyen a alimentar una auténtica cultura de la vida, «merece especial reconocimiento la donación de órganos, realizada según criterios éticamente aceptables, para ofrecer una posibilidad de curación e incluso de vida, a enfermos tal vez sin esperanzas» (n. 86).
No se trata de donar simplemente algo que nos pertenece, sino de donar algo de nosotros mismos. En consecuencia, todo procedimiento encaminado a comercializar órganos humanos o a considerarlos como artículos de intercambio o de venta resulta moralmente inaceptable, dado que usar el cuerpo «como un objeto» es violar la dignidad de la persona humana.
Este primer punto tiene una consecuencia inmediata de notable relieve ético: la necesidad de un consentimiento informado. La «autenticidad» humana de un gesto tan decisivo exige que la persona sea debidamente informada sobre los procesos que implica, de forma que pueda expresar de modo consciente y libre su consentimiento o su negativa. El consentimiento de los parientes tiene su validez ética cuando falta la decisión del donante. Naturalmente, deberán dar un consentimiento análogo quienes reciben los órganos donados.

¿Cuándo pueden extraerse los órganos de un donante?

El reconocimiento de la dignidad singular de la persona humana implica otra consecuencia: los órganos vitales singulares sólo pueden ser extraídos después de la muerte, es decir, del cuerpo de una persona ciertamente muerta.
¿Cuándo una persona se ha de considerar muerta con plena certeza? Al respecto, conviene recordar que existe una sola «muerte de la persona», que consiste en la total desintegración de ese conjunto unitario e integrado que es la persona misma, como consecuencia de la separación del principio vital, o alma, de la realidad corporal de la persona. La muerte de la persona, entendida en este sentido primario, es un acontecimiento que ninguna técnica científica o método empírico puede identificar directamente.
Pero la experiencia humana enseña también que la muerte de una persona produce inevitablemente signos biológicos ciertos, que la medicina ha aprendido a reconocer cada vez con mayor precisión.
Es bien sabido que, desde hace tiempo, diversas motivaciones científicas para la certificación de la muerte han desplazado el acento de los tradicionales signos cardio-respiratorios al así llamado criterio «neurológico», es decir, a la comprobación, según parámetros claramente determinados y compartidos por la comunidad científica internacional, de la cesación total e irreversible de toda actividad cerebral (en el cerebro, el cerebelo y el tronco encefálico). Esto se considera el signo de que se ha perdido la capacidad de integración del organismo individual como tal.
Frente a los actuales parámetros de certificación de la muerte la Iglesia no hace opciones científicas. Se limita a cumplir su deber evangélico de confrontar los datos que brinda la ciencia médica con la concepción cristiana de la unidad de la persona, poniendo de relieve las semejanzas y los posibles conflictos, que podrían poner en peligro el respeto a la dignidad humana.
Desde esta perspectiva, se puede afirmar que el reciente criterio de certificación de la muerte antes mencionado, es decir, la cesación total e irreversible de toda actividad cerebral, si se aplica escrupulosamente, no parece en conflicto con los elementos esenciales de una correcta concepción antropológica. En consecuencia, el agente sanitario que tenga la responsabilidad profesional de esa certificación puede basarse en ese criterio para llegar, en cada caso, a aquel grado de seguridad en el juicio ético que la doctrina moral califica con el término de «certeza moral». Esta certeza moral es necesaria y suficiente para poder actuar de manera éticamente correcta. Así pues, sólo cuando exista esa certeza será moralmente legítimo iniciar los procedimientos técnicos necesarios para la extracción de los órganos para el trasplante.

EL OBSERVADOR 271-6

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PERDER POR DEFAULT
Desagravio a los Niños Héroes (I)
Diego García Bayardo
        Realmente es difícil definir lo que es un héroe histórico. Mafalda se preguntaba si los próceres se daban por rachas, un siglo sí y uno no, al contrastar la cantidad de héroes que aparecen en cualquier libro de historia y la ausencia en la actualidad de personas que merezcan semejante nombre. Sin embargo cualquier persona normal (menos algunos intelectuales, que quizá son personas, pero seguramente no son normales) considera como héroes a Hidalgo, Morelos, Bolívar, Washington y Gandhi. Pero la dificultad estriba en que a veces el héroe de unos es el villano de otros, así que no todos meterían en el rubro de «próceres» a personajes como Juárez, Carranza, Mao Zedong, David Crockett, el Che Guevara o los soldados del Batallón de San Patricio.
        Es cierto que los historiadores llegan a veces a crear leyendas con la finalidad de alabar al régimen en el poder o para generar patriotismo, pero sería pueril suponer que todo rasgo anecdótico del pasado es falso, que toda sublimación de un personaje hacia lo heroico es una impostura. Este prejuicio ha dado a luz a una generación de historiadores y maestros acomplejados que tratan apasionadamente de destruir toda pretensión de heroísmo en los personajes de la historia patria, y que en su celo iconoclasta han dado al público una imagen nacional llena de frustración, traumas y vergüenza, que parte de la premisa de que ningún mexicano puede hacer algo notable o digno de memoria, que todos los héroes son unos farsantes con suerte y que a lo mejor en otros países puede haber próceres, pero aquí no. Estos pedagogos, que no son nada patriotas, llegan incluso a afirmar que no existe un solo mexicano que sea realmente nacionalista. Cree el león...
        Los llamados «Niños Héroes» son blanco predilecto de la gente de esta calaña. Unos dicen que no existieron; otros, que si es que existieron, de todos modos no merecen ser considerados como héroes, y hasta algunos maestros excepcionalmente ignorantes han enseñado a sus alumnos la bobada de que los cadetes del Colegio Militar se emborracharon durante la batalla de Chapultepec y que Juan Escutia, estando ebrio, se agarró de la bandera para no caerse y finalmente se desplomó con todo y bandera. Estos chistes de maestrillo que quiere pasar por agudo e ingenioso para que sus alumnos no se den cuenta de que no sabe nada, son mentiras que en mucho contribuyen a reforzar el mito del mexicano holgazán y vicioso que no vale nada. Linda educación la que están dando a nuestros hijos.
        La verdadera historia es muy diferente. El 12 de septiembre de 1847, las tropas de asalto estadounidenses, constituidas por más de 7,000 hombres con 8 piezas de artillería, rodearon el mal llamado «castillo» de Chapultepec y lo sometieron a un terrible bombardeo que duró alrededor de 13 horas; varias unidades mexicanas de infantería se desbandaron y el mismo general Santa Anna ordenó que se retirara de la zona la mayor cantidad posible de hombres, que sufrían el bombardeo sin poderse defender. Los alumnos del Colegio Militar también recibieron la orden de retirarse, pero varios prefirieron quedarse. Naturalmente, bajo semejante lluvia de fuego y hierro nadie estaba en condiciones de emborracharse o cosa parecida. El día 13 en la madrugada se reanudó el bombardeo y luego comenzó el asalto de la infantería estadounidense contra el castillo, el cual estaba defendido por solamente unos 800 soldados, más los cadetes que se quedaron en sus puestos. Santa Anna únicamente envió como refuerzo al Batallón Activo de San Blas, mandado por el coronel Santiago Xicoténcatl, mas esta brava unidad de infantería fue aniquilada y el coronel Xicoténcatl, al ver su posición rebasada por el enemigo, se envolvió en la bandera del batallón y la rescató a tiempo, empapada de sangre, pues falleció atravesado por catorce balas. Por cierto, esto de salvar la bandera era un mandato importante del código militar, y unos días antes, el 8 de septiembre, en la batalla de Molino del Rey, ya el capitán Margarito Suazo había rescatado su bandera amarrándosela a la cintura. Suazo, un héroe tan poco conocido, murió por las heridas de bala y bayoneta que sufrió al realizar su hazaña.
(Continuará)

EL OBSERVADOR 271-7

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Homosexualidad, asunto complejo y a menudo doloroso
La obra Antropología cristiana y homosexualidad, que ya va en su segunda edición, contiene numerosos comentarios de algunos expertos en este tema presentados por el profesor Giuseppe Dalla Torre, que fueron publicados originalmente como artículos en el diario L'Osservatore Romano entre marzo y abril de 1997. Este material tiene el mérito de afrontar el problema verdadero de la homosexualidad y proponer orientaciones inspiradas en la antropología cristiana.
La carta publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe el 1 de octubre de 1986 sobre la atención pastoral a las personas homosexuales enunció un principio básico: «la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, no puede ser definida de manera adecuada con una referencia reductiva sólo a su orientación sexual (...) Todos tienen la misma identidad fundamental: el ser criatura y, por gracia, hijo de Dios, heredero de la vida eterna». Dicho de otro modo, la persona trasciende su sexualidad; por tanto, no puede quedar prisionera de ella. En este primer nivel ontológico, todos los seres humanos, en cuanto personas, tienen los mismos derechos. Todos tienen derecho al respeto; nadie debe ser objeto de discriminación o desprecio, y se deben evitar apelativos que encasillen a las personas en una categoría: homosexuales, lesbianas.
El sentido de la sexualidad humana se explica por sí mismo en el hecho de que, al crear Dios al ser humano a su imagen y semejanza, distinguió varón y mujer, creando una relación de complementariedad, que se realiza precisamente en el matrimonio único e indisoluble, encargado de cooperar con Dios en la transmisión de la vida. Pero ¿no se deduce de lo anterior una cruel exclusión de las personas homosexuales y su inevitable marginación?
Es significativo que la Iglesia, la cual no deja de subrayar la grandeza de la paternidad y la maternidad en el matrimonio, aliente al mismo tiempo las vocaciones a la vida consagrada y al celibato, reconociendo que éstas dan un testimonio de la espera del Reino y del carácter radical de sus exigencias. Recordemos que los hombres y las mujeres que por amor al Señor renuncian a las responsabilidades y a las alegrías familiares tienen una mayor disponibilidad para estar cerca de todos los que sufren abandono, desprecio y soledad.
Por otra parte, el uso de la facultad sexual debe estar regulado por la virtud de la castidad. Las exigencias de esta virtud se imponen a todos: a los jóvenes, a las parejas casadas, a los solteros y a las personas consagradas. Ciertamente, las modalidades del ejercicio de la castidad varían según el estado de vida; los actos relativos a la sexualidad sólo son moralmente lícitos dentro del matrimonio, en el que su ejercicio sigue estando regulado por esta misma virtud de la castidad. Fuera del matrimonio, estos actos carecen de rectitud moral, es decir, son de índole pecaminosa, al oponerse, como tales, a la auténtica realización de la persona.
Aquí se manifiesta la importancia de la distinción entre orientación homosexual y actos homosexuales. La primera no es imputable a la persona que la descubre en sí. En cambio, los segundos, en contraste con la regla moral, si se realizan deliberada y voluntariamente, constituyen pecado. La fidelidad a las exigencias de una vida casta puede ser difícil y requerir sacrificios. Pero difícil no quiere decir imposible. En nuestra civilización erotizada muchas sirenas insinúan que resistir a impulsos considerados irresistibles puede causar desequilibrios psíquicos. Pero esto significa no caer en la cuenta de lo mucho que la persona puede crecer asumiendo con valentía sus responsabilidades y dominando sus instintos.
La persona homosexual que trata de seguir a Cristo no está condenada a la esterilidad. Puede dar frutos espirituales y abrirse al servicio eficaz del prójimo, uniendo al sacrificio de la cruz del Señor todos los sufrimientos y dificultades que pueda experimentar a causa de su condición. Muy diferente orientación tienen los movimientos que agrupan a las personas homosexuales reivindicando virulentamente, en nombre de la igualdad, un reconocimiento público y jurídico de su unión.
(RESUMIDO DE L'Osservatore Romano, DE 4 DE AGOSTO DE 2000)

EL OBSERVADOR 271-8

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Di, ¿quién se acuerda de ti?
Juan Pedro Oriol
¿Quién no hablaba de ella? Los periodistas la seguían donde iba. Sus fotos aparecían en todos lados. Las revistas se peleaban para conseguir una entrevista exclusiva con ella. Donde se presentaba, era el centro de atención. Sin duda, la mujer más famosa del mundo.
        Hace tres años se terminó todo. La noche del 31 de agosto —aún siguen investigando por qué— el magnífico y blindado Mercedes se salió de la carretera. Momentos después, Diana falleció. Reposó su cabeza en el asiento trasero del coche y cerró los ojos.
        La noticia dio la vuelta al mundo en cuestión de segundos: ¡Lady Di había muerto! La sensacional mujer que había generado las reacciones más extremas de amor y de odio, de admiración y de crítica; la princesa valiente que había sido capaz de vencer la marginación impuesta por la familia real inglesa; la bella señora que llamaba la atención queriendo y sin quererlo, se despedía de este mundo inesperada y trágicamente.
        Los libros que aparecieron entonces sobre la princesa se convirtieron rápidamente en best-sellers mundiales. Durante varios meses, las fotos y los reportajes sobre su vida aparecían con frecuencia en las revistas y en los programas de televisión.
En el primer aniversario, la alta verja negra del castillo de Kensington se vio rodeada de 150 mil devotos y admiradores. Pero la vida sigue, y tan sólo dos años más tarde, la tragedia parece haberse quedado en un recuerdo mojado. Las miles de flores que adornaban la tumba se han reducido a tres ramos que los jardineros de Althorp Park se encargan de cambiar cuando los pétalos se ven mustios. Los miles de admiradores se reducen a algunos grupos de turistas que hacen cola para pagar el boleto, que cuesta 15 dólares y que les permite visitar el noble panteón familiar. Sorprende ver cómo algunos adultos tienen que explicar a los adolescentes quién fue Lady Di. Y la Fundación que dirige su hermano, el conde de Spencer, cuestiona por qué su mercadotecnia ha dejado de mover masas y el negocio familiar está dejando de funcionar.
        Parece que el cuento de la princesa se diluye. El chisme sobre las aventuras de la madre del futuro rey ya no se vende. El rostro más llamativo y cotizado parece ya una imagen desgastada. Y en el tercer aniversario de Diana, nos viene una pregunta ineludible: Di, ¿quién se acuerda de ti?
        Machado escribía: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar”. Todo pasa. ¡Qué verdad tan sencilla pero tan difícil de aceptar! Escuché hace poco una declaración del famoso director y actor de cine Woody Allen: “No quiero llegar a la inmortalidad por medio de la fama. Quiero alcanzarla no muriendo”. La muerte es parte de la vida y, aunque no queramos, más nos vale aceptar esta verdad y encararla sin engaños ni huídas al estilo del dicho: “Cada vez que pienso que voy a morir, me meto en la cama y reviento a dormir”.
Un filósofo estadounidense, que ahora goza de gran prestigio, afirma que la vida es como una paleta: o te la tomas y la disfrutas o se derrite sola, pero de todas maneras se acaba. Así es: la vida en la tierra se acaba, y ¡qué diferente resulta para los que creen en la vida eterna y para los que no quieren creer en ella!
Siempre me ha impresionado el efecto tan positivo de un pensamiento sencillo pero profundo de Teresa de Ávila: “Nada te turbe. Nada te espante. Dios no se muda. Todo se pasa. La paciencia todo lo alcanza. Sólo Dios basta.”
La fama, el poder, la riqueza, los triunfos o los fracasos: todo se pasa. Y sólo queda, al final y para siempre, el bien que hayamos hecho: para los demás en la tierra, para nosotros en la vida eterna.
Di, ¿quién se acuerda de ti? Dios, que nunca olvida el bien que hiciste y quien da la vida eterna. Y los que te quisieron de verdad, sin tu fama ni tus títulos, en las buenas y en las malas. Y que siempre te amarán.

EL OBSERVADOR 271-9

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ORIENTACIÓN FAMILIAR
No puedo amar a mi esposo
Yusi Cervantes Leyzaola
Me casé muy chica, sin amor, sin atracción hacia mi esposo, sólo porque estaba embarazada. Yo pensaba que, con el tiempo, lo llegaría a amar porque el era tierno y cariñoso conmigo. Pero él empezó a tomar mucho; duraba días sin llegar a casa y, cuando llegaba, me insultaba con las peores palabras. Después vinieron los golpes. Me usaba de la forma más repugnante. Yo lo aborrecía y le tenía mucho miedo. Después de muchos años dejó de tomar y su cambio fue increíble: es tierno, responsable, amoroso... pero yo no puedo amarlo. Hay tanto dolor en mi corazón...

Yo no puedo asegurarle que algún día podría llegar a amar a su esposo como hombre, realmente como pareja. Percibo que le tiene afecto e incluso admiración por todo lo que él ha cambiado y superado. Le tiene, me imagino, afecto, tal vez incluso amor como ser humano. Y, aunque dice que no siente atracción por él, yo me imagino que algo hubo, algo que la vinculó a él a tal punto que quedó embarazada. Pero realmente usted no podrá saber si puede o no puede amarlo como hombre mientras usted esté cargando con todo ese dolor, con todo ese resentimiento.
Lo primero que tiene que hacer es sanar usted. Necesita perdonar a su esposo y perdonarse a sí misma. Y cuando digo perdonar no me refiero a un mero acto de la voluntad: decido perdonar y lo hago. No, perdonar es más que eso. Es cierto que perdonar es un acto de la voluntad, pero para lograrlo hay que pasar por todo un proceso. Tiene que aceptar su enojo y saber qué es lo que le está señalando. Tiene que descubrir cuáles son sus necesidades insatisfechas, así como cuáles son los límites que le hace falta marcar. Necesita llorar su dolor, reconocer sus errores y aprender de la experiencia. Cuando pase por todo esto, y sólo entonces, podrá perdonar realmente.
El perdón que le dé a su esposo es para él, claro, pero también es para usted misma. Perdonar le va a quitar una enorme carga, va a limpiar su corazón y la va liberar del veneno del resentimiento. Y si, además, se perdona a sí misma y a cualquier persona que haya tenido que ver en lo que hoy sufre, su vida será otra, créame.
Cuando usted haya sanado tendrá mayor capacidad para resolver los asuntos que hoy le inquietan. El siguiente paso sería revisar cuidadosamente todos los aspectos de la relación con su esposo. Un encuentro matrimonial les sería de mucho provecho. ¿Quién sabe? Hasta podría ocurrir que, finalmente, se enamora de su esposo, o que, al menos, se sintiera a gusto viviendo con él. No lo sé. Pero sí sé que, antes que cualquier cosa, usted necesita sanar. Haga todo lo necesario para lograrlo.

EL OBSERVADOR 271-10

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OPINIÓN
Un mal no resuelve otro mal


Es una historia frecuente: la chica queda embarazada e inmediatamente se hacen los planes para la boda. Puede ser por decisión de los chicos, presión de los padres o porque alguien dijo, quién sabe cuándo, y todo el mundo lo sabe, que así tiene que ser.
¿Pero qué tal si entre esos muchachos no hay un auténtico amor? ¿O si tienen valores, proyectos y expectativas irreconciliables? ¿O si aún no tienen la madurez necesaria para la vida de matrimonio? ¿O si alguno de ellos tiene problemas emocionales graves sin resolver?
Entonces, a un error le suman otro.
Porque casarse con alguien que no es la persona adecuada, o cuando ambos son demasiado jóvenes como para entender y asumir los compromisos del matrimonio no es la mejor solución. ¿Cuál es el resultado? En muchísimos casos, familias desdichadas e hijos que cargan sobre su espalda la responsabilidad de «por mi culpa, porque yo venía en camino, mis padres tuvieron que casarse y arruinar su vida».
¿Qué hay que hacer entonces?
Por supuesto, asumir las consecuencias de los actos. Si un bebé viene en camino, hay que hacerse cargo de él, amarlo, cuidarlo, protegerlo... El mejor lugar sería, claro, una familia integrada, nutricia, feliz. Pero esa familia no se puede inventar. Si no la hay, los padres solteros —madre y padre— tienen que y pueden asumir el compromiso.
Ahora que si los jóvenes realmente se aman y reúnen las mínimas condiciones personales y de pareja para casarse y deciden hacerlo libremente, ¡qué bueno!, que lo hagan. Pero que lo hagan por ellos, porque así lo quieren. Que sinceramente puedan decir que el bebé solamente precipitó los acontecimientos.

EL OBSERVADOR 271-11

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PINCELADAS
El labrador y la Providencia
Justo López Melús *
        Es muy grande la tendencia del hombre a quejarse de todo y de todos. Es muy grande la tendencia del hombre a estar siempre corrigiendo a la Divina Providencia. Hay personas que organizan el mundo de maravilla, y luego no saben poner orden en su casa. Maestros que no saben enseñar a sus hijos. Pedagogos que luego, en la vida real, son un desastre. Teóricos que en la práctica son un caos.
Un labrador trabajaba en sus campos y, cansado, se sentó bajo una encina. Contemplaba lo hermosos frutos: melones, calabazas, pepinos. «¿Por qué —se decía— la Providencia habrá puesto a la bellota, el fruto de la encina, en un lugar tan alto? Mejor sería que los melones y las calabazas colgasen de los árboles, y así no tendría que agacharse para recogerlos». Mientras así pensaba, cayó una bellota y le dio en la nariz. Entonces se dijo: «Si, en vez de la bellota, llega a ser un melón o una calabaza, me aplasta la cabeza».
* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.
(FIN)

EL OBSERVADOR 271-12


 

 
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