El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

24 de Septiembre de 2000 No. 272

SUMARIO

bullet Juan Pablo II a los ancianos
bulletAL ALBA DEL MILENIO Vidas sin valor
bulletMEDIOS DE COMUNICACIÓN Cincuenta años sentados
bulletPERDER POR DEFAULT Desagravio a los Niños Héroes (II)
bulletMiedo a la verdad
bulletCARTAS DE WARWICK La catedral bombardeada, la cruz de clavos y el barón Britten
bulletPICADURA LETRíSTICA Nomenclatura surrealista I
bullet¡Atención! Se solicitan hombres y mujeres de todas las edades

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Sean testigos de los valores que de verdad importan, de la cultura de la vida de la vida en especial: Juan Pablo II a los ancianos
En su carta del 1 de octubre de 1999, en la que expresaba: «Hablo a los de mi edad, con analogía en mi experiencia», subrayaba Su Santidad Juan Pablo II que «Dios muestra una gran consideración por la edad avanzada, hasta el punto de que la longevidad es interpretada como un signo de la benevolencia divina», según se afirma en el libro del Génesis.
La resonancia de aquellas palabras no ha decrecido. Fueron ellas, en su momento, motivación para programar un Jubileo de los Hermanos Mayores (o de los Ancianos) que, con todo éxito y asistencia de 40 mil personas, fue celebrado el pasado domingo en el marco del Año Santo 2000. La víspera se había efectuado un coloquio sobre el tema «El don de una larga vida: responsabilidad y esperanza».
Durante la celebración eucarística, en la homilía, el Santo Padre afirmó: «la edad avanzada es un tiempo de gracia, que invita a unirse con amor más intenso al misterio salvífico de Cristo y participar más profundamente en su proyecto de salvación».
Más adelante manifestó: «En un mundo como el actual, en el que con frecuencia asumen un valor mítico la fuerza y la potencia, ustedes tienen la misión de testimoniar los valores que de verdad importan, más allá de las apariencias, y que permanecen por siempre por estar inscritos en el corazón de todo ser humano y garantizados por la Palabra de Dios». Precisamente en cuanto personas de la Tercera Edad, añadió: «Tienen ustedes una contribución especial para ofrecer por el desarrollo de una auténtica 'cultura de vida', testimoniando que cada momento de la existencia es un don de Dios y cada estación de la vida humana tiene sus riquezas específicas para poner a disposición de todos [...] ¡La Iglesia nos necesita! ¡La sociedad civil también nos necesita! La madurez de ustedes los lleva a compartir con los más jóvenes la sabiduría acumulada con la experiencia, ayudándoles en la fatiga de crecer, y dedicándoles tiempo y atención en un momento en el que se abren al porvenir y buscan el camino en la vida».
El Papa tocó también diversos aspectos de la vejez, como el rápido transcurso del tiempo, el declinar de la vida, los recuerdos del pasado, el sufrimiento, la marginación, y las relaciones entre ancianos y niños.
La Iglesia es incansable defensora de los ancianos. Todavía se recuerdan estas palabras del Sumo Pontífice, contenidas en su carta de hace un año: «Si nos detenemos a analizar la situación actual, constatamos cómo, en algunos pueblos, la ancianidad es tenida en gran estima y aprecio; en otros, sin embargo, lo es mucho menos a causa de una mentalidad que pone en primer término la utilidad inmediata y la productividad del hombre. A causa de esta actitud la llamada Tercera o Cuarta Edad es frecuentemente infravalorada, y los ancianos mismos se sienten inducidos a preguntarse si su existencia es todavía útil. Se llega incluso a proponer con creciente insistencia la eutanasia como solución para las situaciones difíciles. Más allá de las intenciones y de las circunstancias, la eutanasia sigue siendo un acto intrínsecamente malo, una violación de la ley divina, una ofensa a la dignidad de la persona humana».
En su saludo al pueblo, el sucesor de Pedro dijo a los ancianos presentes y ausentes: «Son ustedes quienes han luchado duramente y por largo tiempo para dejar un mundo mejor a los jóvenes. ¡Ojalá sientan el respeto amoroso y los cuidados de cuantos están cerca de ustedes!».
Mientras tanto, la contradicción nos desconcierta: por una parte crece en todo el mundo el tiempo de esperanza de vida, mientras que por el otro la edad límite de acceso a los trabajos remunerados es cada vez menor. De nada valen años internacionales decretados por los organismos internacionales, civiles y religiosos, pues este lacerante problema subsiste.

EL OBSERVADOR 272-1

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AL ALBA DEL MILENIO
Vidas sin valor
Acaba de aparecer en España la obra que el malogrado teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer (1906-1945) consideraba misión fundamental: su Ética. Frente al nazismo y desde la teología cristiana hablar de ética era algo más que una provocación. Bonhoeffer lo pagó con su vida: fue fusilado por los nazis en 1945 en el ominoso campo de concentración de Flossenbürg, apenas una semana antes de que las tropas aliadas lo liberaran.
El odio de la gentuza hitleriana a Bonhoeffer era, hasta donde el odio lo puede ser, explicable: les echaba en cara su primitivismo troglodita y su espantosa inhumanidad. No hay autoritarismo que lo aguante; no hay fascismo que tolere la crítica que va a la raíz de las cosas. Lo que no comprenden esos payasos de opereta (¿recuerdan a Chaplin caracterizando a Hitler?) es la tolerancia, máxime cuando una antropología como la de Bonhoeffer tiene como elemento central a Cristo.
Las denuncias que hace el teólogo alemán —desde su Ética— al nacionalsocialismo no dejan de tener sentido y resonancia ahora, en estos días del alba del milenio, cuando nuevas y sofisticadas intolerancias invaden la vida de las sociedades, incluso de aquellas que se llaman a sí mismas «democráticas». Quiero detenerme, aunque sea brevemente, en la siguiente frase de Bonhoeffer (aparece en la página 155 de la edición de Trotta, Madrid, 2000): «La idea de aniquilar una vida que ha perdido su valor social no procede de la fuerza sino de la debilidad».
Es cierto: los nazis, por una interpretación acomodaticia de la idea del «superhombre» de Nietzsche, querían «depurar» primeramente a la raza aria y, más tarde, al mundo de los «subhombres», seres humanos que detenían —según su espantosa confusión— el progreso social y el mejoramiento genético de la raza humana. Judíos, en principio; más adelante gitanos, católicos (monjas, sacerdotes), homosexuales, colaboracionistas, niños no aptos en las labores de las minas de carbón, ancianos, mujeres... El resultado fue la eliminación selectiva de cerca de ocho millones de seres humanos «no aptos» desde el poder fascista, seis millones de ellos judíos...
Era su demostración de fuerza. ¿De fuerza? Por supuesto, que no. De la más avasalladora debilidad. De la más completa falta de argumentos. Del más depurado despotismo. Porque, ¿qué es un hombre para decidir que la vida de otro hombre —así sea del tamaño de una célula fecundada por otra célula— no tiene valor para la sociedad? Es, en el sentido absolutamente técnico de la palabra, un idiota. La idiotez del nazismo es amarga herida en la historia humana. ¿Por qué no ver esa misma amargura en otros fascismos de última hora, que quieren eliminar niños por nacer porque no son correctos, porque atraerán problemas económicos, porque no van a ser felices? Cuando la vida —por orden suprema— no es defendida, estamos en un mundo donde todo es posible, menos el amor. (J. S. C.)

EL OBSERVADOR 272-2

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CRITICA DE MEDIOS DE COMUNICACION
Cincuenta años sentados
Santiago Norte

        Se cumplió el cincuentenario de la primera emisión televisiva en México. Fue el 1 de septiembre de 1950, con el IV informe de Miguel Alemán. Aunque el día anterior se había transmitido algo desde el hipódromo, se toma por válida la fecha del día primero para situar el arranque del aparato más poderoso y decisivo en el último tercio del siglo veinte.
        Con el cincuentenario ha habido muchas reflexiones, la mayoría tirando a lo anecdótico o bien hablando de las peripecias para fundar la industria que tuvo en Rómulo O'Farrill al primer concesionario, y en el canal 4 a la primera estación comercial que surcó los aires de México. Y está bien que así suceda, pero por encima de la anécdota están las cuestiones de fondo, y una de ellas es, sin duda, el modelo de televisión comercial adoptado por nuestro país en el tiempo en que la sonrisa de un presidente -decían- valía un millón de pesos.
        Un par de años antes de esta transmisión inicial, Miguel Alemán comisionó a Salvador Novo y a Guillermo González Camarena para que estudiaran modelos de televisión de otros países del mundo que ya la tenían implantada como medio eficaz de comunicación. Visitaron Estados Unidos y Europa, y aparentemente llegaron a la conclusión de que lo más conveniente para México sería adoptar el modo comercial de producción y venta televisiva, como en Estados Unidos. Sea por recomendación de un ingeniero y un poeta, sea por presiones de los radiodifusores, lo cierto es que se perdió la gran oportunidad de hacer de la televisión mexicana algo más que la industria del entretenimiento que ha sido hasta ahora.
        Aunque ya existían 10 millones de aparatos en Estados Unidos, con un poco de visión y otro tanto de voluntad política se podría haber tenido mucho más en cuenta lo que era ya la experiencia inglesa o incluso la alemana, televisoras públicas, reguladas por un ente público, controladas democráticamente: al servicio de los intereses generales y no de intereses particulares de los concesionarios.
        La diferencia hubiera sido enorme, tanto en términos de desarrollo de la industria como de desarrollo crítico de los espectadores. Sometida a las leyes del mercado, la televisión mexicana pronto mostró su habilidad para ganar público y vendérselo a los anunciantes. Pronto, también, comenzó a educar al público a exigir solamente aquello que le suministraran empaquetado, enlatado, listo para deglutirse en raciones generosas, fácil de digerir y sin problemas de olvidar. La labor fue ardua, hasta este año 2000, en el que México es campeón mundial con 255 minutos promedio diario por habitante de estar sentados frente al aparato televisor.
        En el camino se quebró la convivencia familiar, se gastaron los valores y las tradiciones, se violentó la identidad y se fomentaron generaciones de adultos infantes y de infantes adultos. Pero el modelo sirvió a la perfección porque contuvo movimientos y asociaciones, aisló e incomunicó a quien pudiese hacer grupo y entronizó el domingo de futbol, los programas de Raúl Velasco y las noticias de Jacobo Zabludowsky como el «sumum» de la diversión, el entretenimiento y la información. Además, introdujo en las casas de los mexicanos miles de productos innecesarios y en los bolsillos de los comerciantes raciones de dinero solamente comparables a las que metió en sus propios bolsillos.
        Bueno sería un replanteamiento del modelo sobre el cual fue construida la televisión en nuestro país. Y si de esa revisión saliera la necesidad de adaptarla al bien general, tendríamos el primer paso para transformarla. Entiendo que un proyecto de esta naturaleza no es fácil. Pero hay millones de analfabetos funcionales que se verían favorecidos. Y la patria también.

EL OBSERVADOR 272-3

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PERDER POR DEFAULT
Desagravio a los Niños Héroes (II)
Diego García Bayardo

        La desesperada defensa de Chapultepec duró solamente dos horas y fue sostenida con armas obsoletas en manos de soldados con un entrenamiento desigual: sin embargo, derrocharon tal energía que los estadounidenses perdieron alrededor de 690 hombres en el ataque. Todos los cronistas de este episodio, tanto nacionales como extranjeros, señalan que fueron los cadetes del Colegio Militar quienes formaron la última línea de defensa y que lucharon con extraordinario valor. Seis murieron en combate, tres resultaron heridos y 45 fueron hechos prisioneros (incluyendo a los heridos).
        En cuanto a los Niños Héroes, ciertamente sólo uno de ellos era propiamente niño, pero el nombre es lo de menos. Sabemos que el teniente de Ingenieros Juan de la Barrera ya había sido dado de baja del colegio para que se incorporara a su regimiento activo, pero no tuvo tiempo de acudir a su destino y ayudó en las obras de fortificación que se realizaron alrededor de Chapultepec en preparación de la batalla, por lo que se le considera todavía como cadete. Agustín Melgar detuvo a los asaltantes en una lucha cuerpo a cuerpo y fue retirado del lugar con un balazo en la pierna derecha, que le fue amputada, otra herida de bala en el brazo izquierdo y un bayonetazo en el costado derecho, todo lo cual da testimonio de la encarnizada resistencia que sostuvo. Murió al día siguiente de la batalla. Por lo que respecta al cadete Vicente Suárez, se sabe que atravesó a un soldado estadounidense con su bayoneta antes de morir alcanzado por las balas al pie del Mirador. La leyenda de que Juan Escutia se lanzó al vacío con la bandera del plantel en sus manos para evitar que fuera capturada no está confirmada, pero no es absurda o imposible. Ya vimos en el pasado default que Xicoténcatl y Suazo hicieron cosas parecidas. Fuentes estadounidenses aseguran que la bandera del castillo fue enviada como trofeo a la academia militar de West Point, pero esta versión tampoco es completamente fidedigna. A pesar de todo, existen buenas posibilidades de que Escutia haya tratado de rescatar una de las banderas que portaban las distintas unidades militares que participaron en la defensa del castillo.
        La moda reciente de considerar a Miguel Miramón (futuro general conservador y presidente de México) como «el séptimo niño héroe» no tiene sentido alguno, pues Miramón fue uno de los 45 heroicos cadetes que cayeron prisioneros ese día, no uno de los que murieron, así que, si hemos de ser congruentes, no hay razón para añadir su nombre al de los que fallecieron en aquella jornada. Su situación es similar a la de otros cadetes presentes en la batalla de Chapultepec que llegaron a ser famosos, como el general Manuel Ramírez (que militó con Miramón en las filas conservadoras), el general Ignacio de la Peza (que luchó por el bando liberal) y el escritor José T. Cuéllar.
Ojalá en las escuelas se empiece a estudiar de manera verdaderamente seria y profunda la historia patria. Ojalá también los modernos historiadores civiles se liberen pronto de su palmaria incapacidad para comprender la historia y los temas de carácter militar. Finalmente, quiero aclarar que no debe sorprendernos el hecho de que cada 13 de septiembre se celebre un acontecimiento que, en rigor, fue una derrota para nuestras armas. ¿Sabía usted que la famosa y aguerrida Legión Extranjera francesa celebra precisamente la fecha en que una de sus unidades fue aniquilada por el ejército mexicano en una escaramuza que ocurrió en el poblado veracruzano de Camarón? Los israelíes hacen ceremonias militares en la meseta de Masada, donde el ejército romano exterminó a los insurgentes de la primera guerra judía. O podemos recordar también a Leónidas y sus 300 espartanos que sucumbieron en el Paso de las Termópilas ante el ejército persa. Las fechas y hazañas más recordadas en el ámbito militar corresponden muy frecuentemente a derrotas, y esto se debe a que la victoria en sí no es el parámetro que mide la perfección castrense, sino la valentía y el autosacrificio llevado hasta las últimas consecuencias, como hicieron seis jóvenes cadetes mexicanos hace 153 años.

EL OBSERVADOR 272-4

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Miedo a la verdad
+ Mario De Gasperin Gasperin

        1. El miedo a conocer y vivir conforme a la verdad pertenece a la condición humana pecadora. Las imágenes del avestruz escondiendo la cabeza o del camaleón ocultando su identidad nos pintan de cuerpo y alma enteros. Preferir las tinieblas a la luz es la causa de la condenación de los humanos, según Jesús (cfr. Juan 3, 19). No necesita el hombre quien lo condene, se condena por su cobardía ante la verdad. Por eso la carta encíclica del papa Juan Pablo II sobre El esplendor de la verdad a más de cuatro de sus escasos lectores se les volvió densa oscuridad.
        2. Lo mismo ha pasado con El evangelio de la vida. En todo este revoltijo de politiquería y vendimia informativa sobre el aborto, lo que menos ha interesado a sus actores es la verdad. Y han querido, por supuesto, salpicar a algunos pastores de la Iglesia. Quien quiera conocer la doctrina de la Iglesia, que lea el catecismo y la encíclica del Papa y que no se ande por las ramas. La Iglesia no va a cambiar su doctrina de siglos por el oportunismo político del momento; no juega con la salvación de sus hijos ni comercia con la dignidad de la persona.
        3. Por supuesto que le lleven críticas y acusaciones. Las más comunes son de insensibilidad, de retraso doctrinal o de intransigencia. Pero las cosas se explican por su origen y se toman de quien vienen. Vamos por pasos. En su encíclica el Papa recuerda la vieja regla apostólica de que es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres (cfr. Hech 5, 29). Ningún católico, ningún ser humano está obligado a obedecer una ley humana contra la ley divina. Aunque venga de la mayoría. La objeción de conciencia es un derecho humano fundamental que, entre nosotros, brilla por su ausencia. Si alguien se extraña de esto, que recuerde la condena de Jesús por la mayoría vociferante.
        4. Pero no es cosa sólo de memoria, sino de entendimiento. ¿Qué se esconde detrás de este modo de pensar? Simple y sencillamente que la opinión de la mayoría es absoluta e inapelable. Se niega la soberanía de Dios sobre la vida humana, pero se la entrega al arbitrio de la mayoría popular o parlamentaria. Estamos en un absolutismo y dogmatismo mucho más grave que el que se pretende criticar. El débil queda a merced del poderoso, sencillamente porque son más. La antidemocracia defendida en nombre de la democracia. Cuando el hombre no acepta humildemente la verdad termina de rodillas ante la mentira, y su venganza será someter y eliminar a los demás. La verdad hace libres; la mentira, intransigentes. Lo sabemos desde hace dos mil años, pero seguimos prohijando a la casta de los dictadores, individuo o partido.
        5. El tan cacareado retraso e intransigencia de la Iglesia no aparece por ningún lado. Al contrario, la Iglesia, con su inquebrantable firmeza doctrinal, no hace más que proteger al ser humano y, de paso, a la vida democrática. La pretendida moral por consenso es sólo un engaño más, camuflado de democracia. Demagogia. Y un mentira llama a otra, como en las telenovelas. Si un solo personaje dijera la verdad se acabaría el churro televisivo. Lo que alimenta el próximo episodio es la mentira del anterior. Es el espejo de la vida pública nacional.
        6. ¿De dónde sacarían eso de que el laicismo es creador de democracia, cuando su implantación en el país ha generado un régimen antidemocrático e intransigente? Si ahora renace la esperanza de cambio no es en virtud del laicismo sino por la presión exterior (globalización) y por la creciente toma de conciencia cristiana: el ciudadano cayó en la cuenta de su dignidad y la hizo respetar. «El laicismo educativo, supuestamente neutral en materia moral y religiosa, se convierte, en la práctica, en religión laica impuesta e intolerante «, escribimos los obispos en nuestra reciente Carta Pastoral (No. 379). Ni modo.
        7. Se horrorizan los intelectuales y escribanos de la pena de muerte. Y está bien. Pero entonan ditirambos y aplauden a quien sentencia a muerte a un no nacido, porque no se acomoda a su patrón de belleza o porque su madre ha sido violentada. Se sentencia a muerte a un inocente para encubrir la propia responsabilidad ante los agravios (que claman justicia) padecidos por la madre. El único allí sin culpa es condenado a muerte. ¿Dónde está la responsabilidad de los demás? Ciertamente la de la madre es la menor; por eso la Iglesia la acoge con misericordia y trata de curar su herida no enconándola con otro crimen. ¿Por qué no va a invitar a la agraviada a perdonar y a salvar al inocente, si el cristiano se nutre del perdón de Dios? Los incrédulos no lo entienden, pero no es su falta de entendimiento lo que va a normar la conducta del cristiano. ¿Qué queda del cristianismo sin el perdón?
        8. Pero volvamos a las responsabilidades. Responsabilidad mayor incumbe a la autoridad y luego al violador. Para san Pablo, la autoridad es «para poder gozar de una vida tranquila y sosegada con piedad y dignidad» (1 Tim 2, 2). Para vivir entre sobresaltos y a merced de asaltantes truhanes y violadores no hace falta la autoridad. El día en que la autoridad lo sea de verdad, o en que se penalice su incapacidad en proporción a su responsabilidad (la máxima), ese día volverá la seguridad. Porque la fuerza obligatoria de la autoridad procede del orden moral, y, sin éste, no se sustenta; la que se funda en amenazas o premios es indigna del ser humano, e ineficaz. Si a usted esto le parece extraño, vea lo que enseña el muy admirado y poco obedecido papa Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris (Nos. 46 y siguientes).
        9. Inferimos de esto que la autoridad ha abdicado su misión de garante de la vida moral de la sociedad. Mire la televisión. Que mi libertad se limite por la de los demás, es de sentido común y soporte de la convivencia social. Sólo Satanás y los satánicos reclaman libertad sin límites. ¿O habrá que citar el apotegma juarista? Prueba fehaciente del fracaso educativo es la rampante violencia e inseguridad. Por sus frutos lo conoceréis. Una cosa es que no falten los inadaptados y otra que la sociedad misma se vuelva violenta. Si no cambiamos, nos irá peor. Será necesario más dinero para pagar más policías, más guaruras y más blindados. Adivine, ¿a costa de quién? Es el cuento de nunca acabar.
        10. ¿Quién es más violento, el violador de la mujer o el legislador que sentencia a muerte a un inocente indefenso? (Vea el número 2274 del Catecismo). Esta sentencia injusta, al negar la igualdad de derechos de todos ante la ley, destruye los principios de la democracia. La Iglesia, pues, no sólo defiende al inocente, sino que garantiza la vida democrática. Piense, ¿quién le garantiza que la próxima víctima no será usted o su hijo? En la India, Gandhi se opuso a la represión, la padeció, pero ganó la libertad para su pueblo; en Alemania nadie encaró al dictador y fueron seis millones los judíos asesinados. Arguyen que la despenalización no es recomendación del asesinato. Se equivocan, porque la renuncia a castigar, en la práctica, equivale a su autorización, máxime cuando la legislación sigue considerando el homicidio como punible. El estado de derecho, pilar de la democracia, se sustenta en la igualdad de todos ante la ley. Está claro que la solución no está por aquí, sino por la educación y el cumplimiento cabal de la misión propia de la autoridad. Que la autoridad (cualquiera que sea) dé la cara y no descargue el castigo sobre el débil.
        11. ¿Sabrán las feministas a ultranza (esas que cobran puntualmente su cheque de la Ford Foundation) qué significa eso de que la mujer es dueña de su cuerpo? ¿Qué no es éste parte de su identidad? No es «cosa» suya, sino que es ella misma. En cambio, ¿cómo pretenden destruir «algo» que ciertamente no es cosa suya, sino un ser humano, aunque se encuentre en sus entrañas? El que tenga un día, un mes o un año de vida no altera su naturaleza humana ni su dignidad de persona. Con el cambio de nombre se pretende cambiar la realidad y eludir la responsabilidad. Lo mismo sucede con quien ejerce la prostitución. Los eufemismos pretenden minimizar el problema, ocultar la tragedia y eludir la común reponsabilidad. O quizá pretendan con eso aumentar la cifra de empleos para las estadísticas, pero ¿dónde quedó la dignidad de la persona humana, el respeto sagrado a la mujer? Hipocresía barata y vil.
        12. Como se ve, el mercado de carne humana estimula el olfato y afina el ingenio de todos los comerciantes y tratantes de blancas, de infantes, de fetos, de embriones. Estas conductas de ocultamiento y manipulación de la verdad y de escamoteo de la responsabilidad desembocan en un creciente sufrimiento de los débiles, hasta su eliminación. Es lo que el papa Juan Pablo II llama la (seudo)cultura de la muerte. En esa estamos. No se extrañe, pero sépalo. La Iglesia sirve al hombre, en el cual venera la imagen de Dios y el rostro de Cristo. En el misterio del Hijo de Dios hecho hombre se revela al hombre su dignidad de hijo de Dios. El camino de la Iglesia es el hombre y ella lo transita con serenidad y confianza «entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios» (San Agustín).

EL OBSERVADOR 272-5

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CARTAS DE WARWICK
La catedral bombardeada, la cruz de clavos y el barón Britten
Francisco Porras
A primera vista parecería que la destruida catedral anglicana de San Miguel en Coventry, Inglaterra, un movimiento internacional de reconciliación y uno de los mejores compositores de este siglo tendrían pocas cosas en común. Sin embargo, los tres son parte importante de uno de los testimonios cristianos más impresionantes de la Europa de la post-guerra.
Mi primer contacto con esta tríada se dio cuando se iba a interpretar por primera vez en México el Requiem de guerra, de Benjamín Britten (1913 –1976), escrito especialmente para la consagración de la nueva catedral de San Miguel en Coventry (1962).
El requiem consta de las partes tradicionales de la Misa de difuntos, pero con la diferencia que intercala, entre parte y parte, versos de Wilfred Owen, joven poeta muerto durante la primera guerra mundial. Al final, en un momento de insufrible tensión, un soldado muerto camina por un túnel y es encarado por una sombra. La sombra le dice: “Yo soy el enemigo que tú mataste, mi amigo”. Los dos se miran y empiezan a cantar juntos: “Ahora durmamos”.
Recuerdo que al terminar el concierto todos salimos temblorosos y pensativos. Al mismo tiempo, no pude dejar de pensar que había algo (importante) que no había entendido del todo. Lo que no había entendido en su momento, y que comprendí en una mirada a las puertas de la catedral de San Miguel, es que el requiem de guerra celebra el perdón.
Coventry fue en su momento una de las ciudades más prósperas del sur de Inglaterra. Su imponente catedral del siglo XIV era la segunda parroquia más grande del Reino. En la noche del 14 de Noviembre de 1940, en plena segunda guerra mundial, la fuerza aérea alemana empezó a bombardear Coventry. A la mañana siguiente los sobrevivientes salieron de los refugios para encontrar su ciudad destruida. Y de su catedral sólo quedaban la torre y algunas paredes. Y aunque se construyó una nueva catedral al lado de las ruinas, a mucha gente no le gusta: “Es muy moderna”, me dicen.
Sin embargo (y aquí está el último elemento de la tríada) los habitantes de Coventry se muestran muy orgullosos del movimiento internacional “Cruz de Clavos” (Cross of Nails), que fue el motor de la reconstrucción. En la mañana siguiente al bombardeo, uno de los ministros tomó dos grandes clavos (que habían sido parte del techo) e hizo una cruz que colocó donde había estado el altar. Esa cruz se convirtió en un símbolo de reconciliación: la gente se congregaba alrededor de ella para orar por sus muertos, pero también por ellos y los demás europeos envueltos en la guerra. La tradición se conserva, y todos los viernes hay un servicio religioso en las ruinas. En el nuevo altar están escritas las palabras: “Padre, perdona”, y la destrucción de la catedral se recuerda, con letras imponentes en el piso, con las palabras: “Esta catedral fue destruida, para la gloria de Dios, el 14 de Noviembre de 1940”.
Lo que no había entendido al escuchar a Britten, es que el momento culminante de su réquiem es justamente el del Encuentro de los dos soldados. Los dos soldados muertos se encuentran, no para recriminarse, sino para perdonarse. Y ante esto, uno no puede sino orar y maravillarse y dar gracias. ¿Quién pudiera perdonar así? ¿Quién pudiera decir que todas las cosas que le suceden, incluyendo las malas, son para la gloria de Dios? De nuevo, la respuesta silenciosa (¡y terrible!) viene de la Cruz: el perdón sólo es posible a Sus pies.

EL OBSERVADOR 272-6

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PICADURA LETRíSTICA
Nomenclatura surrealista: Estados Unidos Mexicanos
(primera de dos partes)

J. Jesús García y García

Nada hay más fácil que disponer de un pueblo en nombre del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos.        
ROMAIN GARY

        No es novedad que yo escriba sobre esto, incluso empleando el mismo encabezado. Se trata de una de mis obsesiones. Ahora alimento la ingenua esperanza de que los nuevos tiempos por los que se dice, con razón, que pasa nuestro país, en algún momento se orienten al rescate de un nada deleznable elemento de nuestra identidad: el nombre de la nación a la que pertenecemos.
Por nuestra servil imitación de los poderosos vecinos del norte, así como por motivos de matización sectaria, desde el 4 de octubre de 1824 «tenemos estatuido» que el nombre de nuestra nación es el de Estados Unidos Mexicanos, nombre que más del 90% de los mexicanos moriremos sin emplearlo ni una sola vez, al menos motu proprio, ya que sólo es usado por quienes tienen que formular instrumentos oficiales. Explico por qué entrecomillé la frase «tenemos estatuido»: porque la decisión tomada en la fecha referida -como otras innumerables- corrió a cargo del pequeño grupo de ilustrados que ordinariamente se arroga el derecho de resolver por quienes constituimos la gran masa de ignaros y estúpidos, ya que entre nosotros no se ha dado cabida jamás a la consulta popular, mucho menos al formal referéndum, pues para discurrir por el pueblo están sus «representantes» (que, cuando más, sólo representan a su partido pero no a los ciudadanos de su distrito. Hoy un preclaro ejemplo de ellos es, entre centenares en el curso de nuestra historia, el rijoso Félix Salgado Macedonio).
.- En tiempos precortesianos nuestro territorio estuvo ocupado por múltiples reinos y tribus sin cohesión y, por tanto, sin un nombre que comprendiera la totalidad de aquello. Por efectos de la Conquista, durante tres siglos más o menos exactos nuestro nombre fue el de Virreinato de la Nueva España (compuesto de varios reinos sufragáneos, provincias, gobernaciones y colonias), pero ya a finales del siglo XVIII el topónimo México (que significa, poéticamente, «en el ombligo de la luna»), convertido en nombre epónimo de la lengua náhuatl, no sólo designaba a un pequeño lugar en la zona lacustre del altiplano central, sino que cobijaba prácticamente a todo lo que habría de ser el territorio nacional. No es posible saber cuándo exactamente ocurrió esta expansión nominal, pero es muy reconocido cuánto contribuyeron a ella los jesuitas humanistas de esa centuria: Landívar, Clavijero y otros.

EL OBSERVADOR 272-7

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¡Atención!
¡Atención!
Se solicitan hombres y mujeres de todas las edades
(oficiales y ayudantes)

la construcción del Reino de Dios
(Experiencia no indispensable)
Si te sientes en soledad, incomprendido, rechazado, sin haberte encontrado a ti mismo ni las respuestas que buscas en tu vida, ¡nos interesas!
Sólo se requiere:
- Amor a la verdad.
- Limpiar el corazón.
- Generosidad.
- Firmeza para rechazar el mal y sus tentaciones.
Ofrecemos:
- Todas las prestaciones conforme a la ley del amor y la buena voluntad.
- La más grande superación espiritual y personal.
- Y, sobre todo, la perfecta alegría y dicha en la luz de Cristo: la salvación.
Interesados: comunicarse con el Señor, el único Dios Todopoderoso, mediante la oración y práctica constante de los sacramentos.
¡Cupo ilimitado, no faltes!
(Mayores informes con el sacerdote católico de tu parroquia)
No importa cuán grande haya sido nuestro pecado: «Por tanto, el que está en Cristo es una nueva creatura. Pasó lo viejo, todo es nuevo...» (2 Co 5, 17).

Responsable de la publicación: Álvaro Alfonso.
(FIN)

EL OBSERVADOR 272-8


 

 
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