El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

1 de Octubre de 2000 No. 273

SUMARIO

bullet Los medallistas mexicanos a los que la tele casi no vio
bulletAL ALBA DEL MILENIO Respuestas no pedidas (I)
bulletMEDIOS DE COMUNICACIÓN Vistazos rápidos
bulletPERDER POR DEFAULT Ni guerra de sexos ni igualdad absoluta
bulletFalsas alarmas
bulletPICADURA LETRISTICA Nomenclatura surrealista (II)
bulletMIRADA JOVEN ¿Afortunados o desafortunados?
bulletORIENTACIÓN FAMILIAR Sola con hijos adolescentes
bulletPINCELADAS El viejo y el niño

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Los medallistas mexicanos a los que la tele casi no vio
Javier Algara Cossío
Tiempo de olimpiadas; la glorificación de la voluntad humana que busca siempre llegar más alto, avanzar más rápido, competir más fuerte. Los aparatos receptores de TV funcionan día y noche. Durante varios días los mexicanos hemos pasado largas horas como espectadores en los estadios de Sydney y hasta de invitados silenciosos en los hogares de las familias de nuestros medallistas. Hemos reído y llorado con nuestros atletas. Ana, Bernardo, Soraya, Noe son ya —como dirían los medios estadounidenses— household names1. Todo por obra y gracia de la televisión. Nuestras empresas televisoras no han escatimado fondos ni esfuerzos para dar todo el realce posible a los esfuerzos y a los triunfos de los competidores nacionales. Sus hazañas se reiteran en la pantalla, desde todos los ángulos posibles. No es para menos: lo que pasa en las canchas es de interés mundial, y si quien compite, y gana, es mexicano, se convierte instantáneamente en estrella de la pantalla chica nacional. Hasta se puede pensar que tal esfuerzo de comunicación tiene un sentido social. Nuestros deportistas victoriosos son modelos inspiradores para la juventud (y Dios sabe que sí hacen falta).
Hace unos meses, el 21 de mayo para ser precisos, 27 mexicanos subieron al podium de los ganadores. En una ceremonia en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, se les tributó el honor que merecen los atletas que han corrido bien su carrera; que han dejado por ahí en la cancha incluso jirones de carne y regueros de sangre para alcanzar una meta que requiere mayor altura, mayor velocidad y mayor fuerza que las disciplinas deportivas que forman el menú olímpico. Sin embargo, cuando eso pasó, cuando nuestros compatriotas recibieron sus medallas de oro, los medios les dieron una cobertura apenas mediana. Nunca se nos llevó electrónicamente a conocer a sus familiares, ni se nos mostraron detalles de su competencia. Mucho menos se repitieron hasta la saciedad sus hazañas en la tele. Quizás porque la competencia en la que ellos participaron no tiene tanto rating (1)
, ni llena los estadios, ni nuestros medallistas llevaban en sus uniformes logos de marcas famosas, ni sus cuerpos eran tan hermosos, ni sus uniformes eran tan llamativos, ni había sponsors (3)  millonarios que tuvieran oportunidad de incrementar sus ventas con la difusión de la victoria nacional. Además, ¿a qué atleta se le ocurre llamarse Sabás, Margarito, Atilano, José Isabel o María de Jesús Sacramentado? Para colmo de males, ni siquiera la franquicia mexicana de Ecclesia(4) , el equipo al que pertenecían nuestros cuasi anónimos medallistas, supo hacer gran alarde de la victoria de sus más esforzados atletas. Sus entrenadores locales apenas los mencionaron tangencialmente en las reuniones de miembros activos del club. ¿Será también que los dirigentes de la franquicia no los consideran como verdaderos modelos a seguir por sus ligas menores? ¿O como fuente de motivación para las ligas de veteranos? Si se hiciera una encuesta entre quienes participan asiduamente de las actividades que la franquicia mexicana de Ecclesia brinda a sus miembros para conservarse en forma y poder competir más esforzadamente, ¿cuántos podrían decir que los nombres de los atletas del país que recibieron premio en Roma el 21 de mayo pasado son household names1?
Definitivamente, todo parece ser cuestión de salir en la tele.

1. Nombres que han pasado a formar parte del vocabulario del ciudadano común.
2. Audiencia, público; en este caso, telespectadores.
3. Patrocinadores.
4. Iglesia.        

EL OBSERVADOR 273-1

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AL ALBA DEL MILENIO
Respuestas no pedidas (I)
A partir de la discusión sobre el aborto y sus penalidades humanas, y de la llegada del primer presidente católico a México, se ha atacado a la Iglesia católica de un a manera despiadada, injusta y poco informada. Para dotar siquiera de algo de racionalidad a este «debate» en el que los atacantes —que presumen gran tolerancia— no dan argumentos y sí «gritos y sombrerazos», voy a contestar varias preguntas que, por cierto, nadie me hizo (pero que he oído por ahí):
1. ¿Por qué se mete la Iglesia en temas que tienen que ver con la política, la economía o la vida de la sociedad?
R. Porque la Iglesia tiene una misión ineludible que cumplir en el mundo: la de dar luz a los católicos —y a quien quiera escucharla— sobre cuestiones de ética pública, para formar entre todos una recta conciencia moral que nos haga no elegir bien sino, siempre, elegir el bien.
2. ¿En qué es experta la Iglesia?
R. Según lo ha repetido Su Santidad Juan Pablo II, la Iglesia es experta en humanidad, o, si se quiere, en el corazón del hombre. Por lo mismo, su misión religiosa —ya que el corazón del hombre está traspasado por el ansia de infinito— se extiende a los diversos campos en que el hombre desarrolla su actividad, sin excluir alguno, y siempre desde el examen del Evangelio.
3. ¿A quién orienta la Iglesia?
R. A los católicos, en primer lugar, para que guíen su actuación de acuerdo con el Evangelio y contribuyan a transformar las realidades temporales, sobre todo en aquellos campos en que decisiones políticas, económicas o sociales afecten la dignidad de las personas. También orienta a quien desee escucharla, para que tenga una estructura de acción avalada por la Verdad (y no actúe, ay, como la mayoría actuamos: desde «nuestra» verdad egoísta).
4. ¿Un Estado laico es sinónimo de un Estado democrático?
R. No se sigue una cosa de la otra. Más bien se contraponen. Porque hacer un absoluto del laicismo es des-democratizarlo. Dicho en palabras más llanas: en un Estado democrático tienen entrada todas las formas de expresión, en tanto que en un Estado laico solamente entran las expresiones «laicas». Esto quiere decir que ellos, «los laicos», son la fuente de la verdad. Y, ¿qué son «los laicos» desde el Estado absolutamente laico? Aquellos que no poseen religión ninguna, o que, si la poseen, no la ejercen en lo público; aquellos que han hecho del Estado un dios (y, dicho sea de paso, de la Iglesia católica su «demonio»).
5. ¿Qué es —en una recta concepción— un Estado laico y qué uno democrático?
R. El Estado laico —desde una perspectiva no fanática— es, simplemente, un Estado neutral. Neutral no quiere decir antirreligioso sino promotor de todas las condiciones para que cada uno —en conciencia— se adhiera a Dios (y no como hasta ahora en México, deba adherirse al dios-Estado). En cambio, en el Estado democrático se respeta el derecho de todos a exponer y defender su opinión sobre las cosas que pasan: por ejemplo, que el aborto es un crimen, que no hay ley sin pena y que la vida humana es el principal de los derechos del hombre a ser preservado en una sociedad democrática.
Pues sí: los católicos tenemos respuestas que van más allá del devocionario y el misal. Mal que les pese a quienes nos dicen trogloditas. (J. S. C.)

EL OBSERVADOR 273-2

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MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Vistazos rápidos
Santiago Norte
Santiago Norte
Una de las observaciones más interesantes que Derrick de Kerckhove
(cfr. La piel de la cultura. Investigando la nueva realidad electrónica. Gedisa, 1999)  sobre el trabajo de Herbert Krugman (cfr. “Memory witout Recall. Exposure without Perception” en Journal of Advertising Research 7;4. Agosto 1977) es la siguiente: «Krugman... propuso que los niños criados frente al televisor no verían las cosas igual que los otros chicos. En vez de utilizar sus ojos secuencialmente, como si hubiesen sido educados por la imprenta, sugirió que darían vistazos rápidos». Más adelante, citará al mismo Krugman:
«La televisión enseña al niño pequeño a aprender a aprender de una manera muy especial, en cierta medida antes de que pueda hablar, y en muchas familias de bajo nivel socioeconómico o en comunidades semianalfabetas, antes de que haya visto siquiera un libro. En consecuencia, el niño aprende a aprender mediante rápidas miradas. Más tarde, si el chico se halla en una sociedad donde se necesita leer, confronta el nuevo medio de aprender a aprender con el hábito que él adquirió antes en la televisión. Intenta comprender la letra impresa por medio de miradas rápidas. Esto no funciona. Aprender a leer es difícil, duro, y este descubrimiento se convierte en una sorpresa, una sorpresa intolerable en muchos casos».
Los dos niveles de comprensión y de conocimiento chocan entre sí. Hoy no existe maestro de escuela urbana (por lo menos) que no se queje de la imposibilidad de sus alumnos para aprender a leer. Tal dificultad no viene de una torpeza congénita. Ni siquiera voluntaria. Se trata de la forma como se ha organizado ese receptáculo. “Aprender a aprender”, no es igual si se extrae del alfabeto que de la pantalla. El aprendizaje tarda tiempo, lleva un período de maduración que es imposible derivar si se “aprendió a aprender” frente al televisor.
Los vistazos rápidos forman parte del modelo de conocimiento implantado por la nueva realidad electrónica. Desplazan al antiguo esquema basado en la penetración de la percepción en el fondo de la vida. Esquema del que el libro era, por así decir, su buque insignia. Hoy se busca abarcarlo todo con una rapidez despiadada. Los flashazos del discurrir de la historia forman parte de esta mirada dispersa que es la de los hombres educados por la televisión. Miradas que no se detienen, que no tienen la posibilidad peculiar de detenerse. No es que no lo quieran: es que, literalmente, no pueden.
Si los niños han sido educados por la pequeña pantalla, cuando sean mayores van a verlo todo en un plano. Y como no hay “repetición”, se sentirán defraudados. ¿Cómo no ver en el conformismo de muchos adultos –en la pasividad que constituye un grave obstáculo de la democracia- el remanente de la exposición temprana a la televisión como si fuera el mundo? Los vistazos rápidos de la infancia electrónica (contra la distinción alfabética) van eliminando la capacidad de abstracción del adolescente y del adulto: lo van postrando en la inmediatez. Imposibilitado para pensar en algo que no se asome a su campo visual, será un ciudadano a medias, con enormes deficiencias en la materia básica de –por ejemplo- la democracia (que exige ver lejos y actuar ahora para mañana).
Derrick de Kerckhove, el discípulo aventajado de Marshall McLuhan, comenta al respecto que, a diferencia del texto de lectura, «nadie necesita instrucción para ver la televisión». En efecto, se sabe que la televisión ha sido en la historia el aparato casero con mayor rapidez de difusión en la historia, y con la más rápida posibilidad de ser adoptado y usado en las familias que tuvieran los recursos para obtener un aparato. Hoy mismo, un niño de tres años está suficientemente entrenado para usar en solitario el televisor, y muy a menudo es dejado por sus padres frente a él para que se entretenga: el niño ya sabe cómo, dirán sus progenitores.
«La televisión fragmenta la información en segmentos mínimos y a menudo desconectados, apretujándolos todo lo posible en el menor tiempo posible. Nosotros completamos el cuadro, haciendo generalizaciones instantáneas a partir de unos pocos indicios. Al mismo tiempo, los programadores y editores han aprendido a sacar partido a nuestra preparación para llenar los huecos. Esto no implica que estemos dando un sentido; simplemente estamos componiendo imágenes. Dar un sentido es algo completamente diferente, que no parece esencial para ver la televisión».
La clave es “dar sentido.” La sucesión de imágenes frente al espectador parece hacer sentido. El espectador es capaz de encontrar el hilo de la trama y seguirlo, pero de una forma que implica el desapego. Por ello, las tramas de la televisión son simples, “comerciales”, van al punto de venta sin rodeos, sin pasar por la necesidad de abstraer un significado y conectarlo con otro. Ése es el gran logro del aprendizaje alfabético. Cuando se “aprender a aprender” con el texto, se está capacitando para la interconexión, para la construcción de un nuevo sentido. Cuando se “aprende a aprender” con el televisor, se está a merced del sentido impuesto por los editores. Si la figura del editor es cambiada por la del líder autoritario, ya tenemos el caldo de cultivo de la tiranía. Caldo que se construye y se consume en la sala de la televisión.

EL OBSERVADOR 273-3

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PERDER POR DEFAULT
Ni guerra de sexos ni igualdad absoluta
Diego García Bayardo
Una verdad palmaria de la condición humana es que existen dos sexos (y sólo dos, por cierto): el femenino y el masculino; también es obvio que si se puede distinguir el uno del otro es precisamente porque son diferentes. Sin embargo ambos sexos comparten una misma naturaleza humana, la misma vocación por la eternidad, la misma herencia divina, igual condición de estar hechos «a imagen y semejanza de Dios» y de haber sido llamados incluso a ser verdaderos «hijos de Dios». Lo malo es que, mientras las diferencias son muy evidentes por ser físicas, fisiológicas y psicológicas, las similitudes, que son básicamente espirituales, son bastante borrosas para quienes están más apartados de la Iglesia y de la Revelación y francamente invisibles para las mentes menos agudas. Ocurre entonces que en todas las sociedades humanas han existido en mayor o menor medida formas de conducta socialmente aceptada que implican un trato discriminatorio, denigrante e injusto de los hombres hacia las mujeres o viceversa (esto último, en rarísimos casos etnológicos). El sexismo consiste en gran medida en convertir las diferencias entre uno y otro sexo en obstáculos insalvables para una convivencia armoniosa y el respeto mutuo. Aunque es un hecho que los hombres y las mujeres no son iguales en la mayoría de sus características, el problema no radica en que los hombres son mejores para hacer ciertas cosas o en que las mujeres hacen mejor ciertas otras. Esto, lejos de ser un problema, es la base de una cosa maravillosa que se llama complementariedad, pues lo mejor de la sexualidad es que, desde el nivel biológico hasta el psicológico y el sentimental, hombres y mujeres se necesitan y perfeccionan mutuamente. El conflicto aparece cuando se intentan jerarquizar los valores y talentos propios o dominantes en cada sexo de una manera retorcida y egoísta, y se empieza a suponer que, por ejemplo, la mayor masa muscular o la agresividad de los varones son caracteres «superiores», mientras la mejor resistencia a los esfuerzos prolongados y a las enfermedades -que son características bien conocidas del sexo femenino- son rasgos de escaso o nulo valor.
En las últimas décadas hemos visto a las mujeres ganar espacio en la sociedad y alcanzar posiciones importantes que antes estaban reservadas a los hombres, lo cual no sólo ha contribuido enormemente al desarrollo de la economía mundial, sino también al avance de eso que llamamos democracia. Sin embargo, hemos visto también ciertos excesos feministas que intentan borrar toda diferencia entre hombres y mujeres, lo cual podría destruir el principio de complementariedad arriba mencionado, y hasta existe un feminismo que es igual al antiguo machismo, nada más que al revés.
Para apagar un cerillo basta con un soplo, pero para extinguir un incendio son necesarias varias toneladas de agua; del mismo modo, para contrarrestar la mentalidad machista dominante se ha necesitado hacer tal presión a favor de la reivindicación de la mujer que a algunos grupos feministas se les ha pasado la mano y han querido voltear la tortilla para imponer una situación sexista opuesta a la anterior, pero igual de injusta y alienante. Un ejemplo de esto sería el de los grupos feministas radicales que exigieron hace algunas semanas que la consulta y legislación sobre el aborto fuera realizada exclusivamente por mujeres. Esta propuesta, ridícula y profundamente antidemocrática, no sólo desconoce la participación activa de los hombres en la decisión y realización de un aborto llevado a cabo por las estructuras sanitarias nacionales, sino introduce el germen supuestamente ya erradicado del sexismo en el mundo de la política. ¿Será que es más fácil retorcer lo torcido que enderezarlo? No sé si sea sexista el hecho de que en la inauguración de las olimpiadas de Sydney hayan elegido solamente a mujeres para portar la antorcha olímpica, pero estoy seguro que si sólo hombres lo hubiesen hecho, la opinión pública habría acusado de sexismo a los organizadores. En fin, lo importante es que terminen los excesos de uno y otro lado y que se alcance ya ese punto de respeto mutuo y equilibrio que tanta falta hace.

EL OBSERVADOR 273-4

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Falsas alarmas
Juan Pedro Oriol
        Que la Iglesia católica manda por un tubo a las demás iglesias. Que la Iglesia está cerrada a las demás religiones. Que sólo los católicos pueden salvarse de acuerdo con la doctrina de la Iglesia. Estas y muchas otras afirmaciones de este tipo que han aparecido en editoriales y titulares de periódicos y en programas de radio y de televisión son solamente falsas alarmas; es lo que quiero decir y dejar claro en este espacio dominical.
        La declaración Dominus Iesus del papa Juan Pablo II, que fue presentada recientemente por el cardenal Ratzinger, no ofende a nadie ni dice nada nuevo respecto al contenido de la fe católica. Simplemente recuerda que la fundación de la Iglesia viene directamente del mismo Cristo cuando pronunció sus palabras: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Y la declaración recuerda que la Iglesia católica es la única gobernada por el mismo sucesor de Pedro. ¿Recordar este hecho real y verdadero ofende a alguien?
        La declaración también reafirma lo que todos los que conocen el contenido esencial de la fe católica ya saben: que la Iglesia ofrece todos los medios de salvación a quienes profesan la fe católica. El único fin de la Iglesia es guiar a la salvación. ¿Está mal recordar a sus hijos que en ella encontrarán siempre toda la ayuda y todos los medios que necesitan para lograr la vida eterna?
No se agrede a nadie. Jamás se desprecia a ninguna religión. Jamás se pretende imponer cielos e infiernos a todo el mundo. Sin embargo, cuántos han agredido y despreciado a la Iglesia y a sus representantes en estos días pasados. Incluso una escritora afirmaba que al cardenal Ratzinger “un cáncer le afectó el cerebro”, que “sus neuronas ya no funcionan”, que “sufre una demencia senil”. ¡Qué fácilmente olvidan o desconocen que el Cardenal es una persona conocida por su equilibrio, sus conocimientos (confirmados con varios doctorados reconocidos en la esfera alta del intelectualismo europeo) y el diálogo abierto con los representantes de otras religiones.
Otro escritor presumía en días pasados escribiendo: “Sepan todos mis amigos agnósticos, israelitas, musulmanes, ateos, sectarios, indígenas que adoran al sol y demás personas de buena voluntad, que habemos muchos católicos que no estamos de acuerdo en declararnos dueños de toda la verdad y del más grande camino al Cielo”. La declaración Dominus Iesus ni afirma ser dueña exclusiva de la Verdad ni desprecia los demás caminos al Cielo. Simplemente confirma, y cito textualmente: “que sólo Cristo es el único Mediador entre Dios y el hombre en el plan de salvación sin excluir la posibilidad de que en otras religiones no cristianas existan elementos positivos que puedan entrar en el plan divino de salvación”. Por ello, al escritor mencionado, con todo respeto, le invitaría a leer la declaración Dominus Iesus antes de arremeter contra ella quién sabe con qué fin o por qué motivo, al menos eso nos preguntamos muchos.
Cuidado con los que tienen los medios y el espacio público para activar falsas alarmas que nos pueden crear estados de confusión y desánimo. Todo lo contrario. Debemos estar contentos los católicos y los no católicos porque la Iglesia vuelve a recordarnos que estamos llamados a la salvación, que Dios nos ama y que el Cielo nos espera.

EL OBSERVADOR 273-5

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PICADURA LETRISTICA
Nomenclatura surrealista: Estados Unidos Mexicanos
(segunda y última parte)

J. Jesús García y García

Casi todos piensan, con un optimismo heredado de la Enciclopedia,
que basta con decretar nuevas leyes para que la realidad se transforme.
Ven en los Estados Unidos un modelo y creen que su prosperidad
se debe a la excelencia de las instituciones republicanas.

OCTAVIO PAZ

        Praxis.- Hoy por hoy, prácticamente todos, hasta los mismos presidentes de la república y funcionarios de toda laya, en lo coloquial usan casi exclusivamente el nombre de México, rarísimamente el de Estados Unidos Mexicanos. Y los extranjeros, tanto funcionarios como particulares, nos llaman, igualmente, México. Imaginémonos en Sydney, acudiendo a los juegos olímpicos. Le preguntan a un atleta: «¿Usted a qué país representa?». No va a contestar: «A los Estados Unidos Mexicanos». Y un atleta de otras latitudes no dirá jamás: «Espero conocer un día los Estados Unidos Mexicanos». Es totalmente improbable que empresarios españoles o franceses anunciaran una excursión turística a los Estados Unidos Mexicanos. Por otra parte, los tratados y acuerdos internacionales en que participa México son de difícil formulación por la duplicidad nominal.
        Se trata de un asunto de identidad. Aquí, en lo profano y con la simple ayuda de un diccionario, tenemos que identidad es el «hecho de ser una persona o cosa la misma que se supone que es». Por consiguiente, resolver nuestra identidad como nación -empezando por este detalle del nombre- no es una cosa tan irrelevante.
        Expectativas.- Más que expectativas son temores: primero, que sigamos sin ocuparnos del asunto; si ya estuvimos así 176 años y «la pasamos», ¿para qué moverle? Segundo, que ante una iniciativa de modificación (o, quizás, cuando se admita la necesidad de una reforma integral a la Constitucion ahora vigente), el nombre nacional improcedente, largo e impopular halle defensores en apergaminados dinosaurios y anquilosados controvertistas que logren decidir sectaria y caprichosamente otra vez por el pueblo en nombre del rechazo a un centralismo que, en lo teórico, hace ya mucho tiempo quedó definitivamente desterrado de nuestras aspiraciones.
        Quitarnos ese ficticio nombre de Estados Unidos Mexicanos, innegable remedo del que lleva la nación de la que más agravios hemos recibido, y oficializar el de México (o República Mexicana) no significa rebautizarnos, sino reconocer y acatar la realidad, darle el debido espaldarazo, cosa en la que no somos muy asiduos. Por algo nos califican de surrealistas, que para estos efectos significa trastocadores de la realidad o, al menos, exhibidores de una realidad por demás sui generis.

EL OBSERVADOR 273-6

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MIRADA JOVEN
¿ Afortunados o desafortunados?
Mary Carmen Loyola
¿ Qué es para tí la solidaridad ? Yo he tratado varias veces de encontrar el verdadero significado; después de todo, y por razones obvias, en nuestro país este término se encuentra sumamente desgastado. Muchos podrían pensar que este valor acabó siendo aborrecido por los mexicanos; pero a mí una experiencia me demostró completamente lo contrario.
Durante un viaje a la Sierra Gorda queretana, específicamente en la Misión de Concá, fui testigo de una acción de solidaridad de perfección admirable. Durante la Misa dominical, a la cual había yo asistido en compañía de mi familia, el sacerdote pidió a los fieles que dejaran al pie del altar los alimentos que donaría la comunidad y se destinarían “para nuestros hermanos los más pobres”. Así fue como vi pasar a mi lado a mujeres y niños con la ropa raída, llevando un kilo de arroz o de frijoles entre las manos y la compasión inundando su ojos. Mujeres y niños igualmente necesitados de sus propios regalos.
Era sorprendente y conmovedor ver desfilar esas almas tan necesitadas corriendo para socorrer a otras que se encontraban en circunstancias más duras y adversas. Era difícil creerlo. ¿Quién era yo para estar ahí sólo mirando? ¿Quién era yo para haber recibido más que aquellas personas tan generosas? Era yo una desafortunada afortunada porque, a pesar de todo, no tenía el privilegio de sentirme dichosa por realizar algo tan noble y desinteresado. Eran ellos afortunados desafortunados porque, a pesar de sus muchas carencias, tenían el corazón pleno de satisfacción y de paz; también, porque le habían enseñado a una insignificante afortunada, que sólo podía admirarlos, el verdadero sentido de la solidaridad.

EL OBSERVADOR 273-7

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ORIENTACIÓN FAMILIAR
Sola con hijos adolescentes
Yusi Cervantes Leyzaola
Tengo una hija adolescente que es muy buena, pero le falta motivación. Esto no es gratis: mi ex esposo siempre se dedicó a minimizarla. Parece que su pasatiempo favorito era complicarnos la existencia. Tengo otro hijo. También adolescente, y mi inquietud es cómo ayudar a estos chicos que necesitan mucho cariño y que sienten que la vida se los ha negado.

Efectivamente, cuando los padres cometen el error de minimizar a sus hijos causan en ellos problemas de baja autoestima, de poca autovalorización, y favorecen en ellos un pobre concepto de sí mismos.
Además, una familia desintegrada siempre es algo doloroso para los hijos. No sé las circunstancias de su divorcio, pero aun cuando la situación sea insostenible y el mal menor sea el divorcio, los hijos nunca lo aceptan fácilmente. Ninguna de las dos situaciones les resulta atractiva: ni la tensión, los problemas y pelitos de los papás, ni la vida sin alguno de los padres.
Debe comenzar por estar tranquila usted y dejar atrás todo ese resentimiento que carga. Esto se dice fácil, pero en realidad requiere tiempo. Necesita pasar por un proceso de análisis y reflexión sobre los daños sufridos, los miedos, las necesidades insatisfechas, los límites, los errores cometidos y aprendizajes para el futuro. Entonces su perdón podrá ser auténtico, profundo, y podrá soltar el resentimiento.
Debe estar segura de que es perfectamente capaz de sacar adelante a sus hijos sola. Lo ideal es que los hijos no pierdan a su padre, aunque los padres estén divorciados. Que el padre (o la madre, en los casos en que los hijos quedan a vivir con el padre) esté pendiente de ellos, que los vea con frecuencia, que esté siempre disponible, que aporte en lo económico lo que le corresponde... Tampoco sé cómo ocurre en su caso. Pero aun si su ex esposo no cumple con sus responsabilidades, tenga la seguridad de que puede educar y mantener a sus hijos sola. Mejor aún si cuenta con el apoyo de sus propios padres y de otros familiares o amigos. Pero si no cuenta con esa ayuda, no se preocupe. Usted es la madre, hágase cargo de sus hijos con la certeza y la tranquilidad de que puede hacerlo. Deseche las ideas y sentimientos relacionados con que a sus hijos les falta algo. Ustedes, sus hijos y usted, son una familia. Y en esa familia pueden crecer con seguridad y libertad y pueden dar y recibir todo el amor necesario. Dice que sus hijos necesitan cariño: déselos usted. No dependa de quien se niegue a dar ese cariño. Deje de pelear con esos fantasmas. Por otro lado, si hay abuelos y tíos amorosos, ¡qué bueno! Reciba ese amor junto con sus hijos.
En cuando a la falta de motivación de su hija, yo sospecho que puede estar deprimida. Hay que ayudarla a que se ponga en contacto con la vida, en todos los sentidos. Y también hay que prestar mucha atención a darle mensajes positivos respecto a ella misma: afirmarla en su propio valor como persona, notar sus cualidades, estimular sus logros, por pequeños que sean. En cuando a las fallas, considerarlas aprendizajes, no fracasos. Siempre, con cualquier persona, pero en este caso es especialmente importante, hay que tener mucho cuidado en criticar o quejarnos de ciertas acciones que no están bien, pero jamás dirigir la crítica o queja a la persona. Es la diferencia entre decir: «Esto que hiciste está equivocado, sería mejor si lo hicieras de este modo...» y exclamar: «¡Eres un inútil!».
Le aconsejo que acuda a una escuela para padres, que lea, que se prepare para tratar con sus hijos adolescentes. Pero no se angustie. El trato con adolescentes puede ser una experiencia gozosa. Es una edad maravillosa y a los padres nos ofrece la oportunidad de redescubrir el mundo con ellos. Disfrute a sus hijos. Forme con ellos una familia feliz.

EL OBSERVADOR 273-8

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PINCELADAS
El viejo y el niño
Justo López Melús *
        Había una vez un viejo viejísimo que todavía no había aprendido a vivir. Estaba aburrido, en la puerta de su cabaña, mirando aburrido al cielo. A veces acudían a pedirle consejo.
— ¿Qué haremos para conquistar la alegría? —le preguntaban unos jóvenes.
— La alegría es una invención de los tontos.
— ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hermanos? —preguntaban otros.
— Eso es estar loco.
— ¿Y cómo educar a nuestros hijos?
— Eso es perder el tiempo.
Estas malvadas convicciones se fueron difundiendo por el mundo. El pesimismo lo invadía todo. Dios se dio cuenta de ese daño y pensó: «Pobrecillo anciano, apuesto a que nadie jamás le ha querido». Llamó a un niño y le dijo:
— Anda a dar un beso a aquel pobre viejo.
El niño le abrazó y estampó un beso en su arrugada cara. El viejo quedó admirado. Nadie le había besado jamás. Y murió sonriendo al niño que lo había besado.
— Tú no puedes ser malo, porque yo te amo.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.
(FIN)

EL OBSERVADOR 273-9

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(1)?
Definitivamente, todo parece ser cuestión de salir en la tele.

1.- Nombres que han pasado a formar parte del vocabulario del ciudadano común.
2.- Audiencia, público; en este caso, telespectadores.
3.- Patrocinadores.
4.- Iglesia.        

EL OBSERVADOR 273-1

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AL ALBA DEL MILENIO
Respuestas no pedidas (I)
A partir de la discusión sobre el aborto y sus penalidades humanas, y de la llegada del primer presidente católico a México, se ha atacado a la Iglesia católica de un a manera despiadada, injusta y poco informada. Para dotar siquiera de algo de racionalidad a este «debate» en el que los atacantes —que presumen gran tolerancia— no dan argumentos y sí «gritos y sombrerazos», voy a contestar varias preguntas que, por cierto, nadie me hizo (pero que he oído por ahí):
1. ¿Por qué se mete la Iglesia en temas que tienen que ver con la política, la economía o la vida de la sociedad?
R. Porque la Iglesia tiene una misión ineludible que cumplir en el mundo: la de dar luz a los católicos —y a quien quiera escucharla— sobre cuestiones de ética pública, para formar entre todos una recta conciencia moral que nos haga no elegir bien sino, siempre, elegir el bien.
2. ¿En qué es experta la Iglesia?
R. Según lo ha repetido Su Santidad Juan Pablo II, la Iglesia es experta en humanidad, o, si se quiere, en el corazón del hombre. Por lo mismo, su misión religiosa —ya que el corazón del hombre está traspasado por el ansia de infinito— se extiende a los diversos campos en que el hombre desarrolla su actividad, sin excluir alguno, y siempre desde el examen del Evangelio.
3. ¿A quién orienta la Iglesia?
R. A los católicos, en primer lugar, para que guíen su actuación de acuerdo con el Evangelio y contribuyan a transformar las realidades temporales, sobre todo en aquellos campos en que decisiones políticas, económicas o sociales afecten la dignidad de las personas. También orienta a quien desee escucharla, para que tenga una estructura de acción avalada por la Verdad (y no actúe, ay, como la mayoría actuamos: desde «nuestra» verdad egoísta).
4. ¿Un Estado laico es sinónimo de un Estado democrático?
R. No se sigue una cosa de la otra. Más bien se contraponen. Porque hacer un absoluto del laicismo es des-democratizarlo. Dicho en palabras más llanas: en un Estado democrático tienen entrada todas las formas de expresión, en tanto que en un Estado laico solamente entran las expresiones «laicas». Esto quiere decir que ellos, «los laicos», son la fuente de la verdad. Y, ¿qué son «los laicos» desde el Estado absolutamente laico? Aquellos que no poseen religión ninguna, o que, si la poseen, no la ejercen en lo público; aquellos que han hecho del Estado un dios (y, dicho sea de paso, de la Iglesia católica su «demonio»).
5. ¿Qué es —en una recta concepción— un Estado laico y qué uno democrático?
R. El Estado laico —desde una perspectiva no fanática— es, simplemente, un Estado neutral. Neutral no quiere decir antirreligioso sino promotor de todas las condiciones para que cada uno —en conciencia— se adhiera a Dios (y no como hasta ahora en México, deba adherirse al dios-Estado). En cambio, en el Estado democrático se respeta el derecho de todos a exponer y defender su opinión sobre las cosas que pasan: por ejemplo, que el aborto es un crimen, que no hay ley sin pena y que la vida humana es el principal de los derechos del hombre a ser preservado en una sociedad democrática.
Pues sí: los católicos tenemos respuestas que van más allá del devocionario y el misal. Mal que les pese a quienes nos dicen trogloditas. (J. S. C.)

EL OBSERVADOR 273-2

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MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Vistazos rápidos
Santiago Norte
Santiago Norte
Una de las observaciones más interesantes que Derrick de Kerckhove
(cfr. La piel de la cultura. Investigando la nueva realidad electrónica. Gedisa, 1999)  sobre el trabajo de Herbert Krugman (cfr. “Memory witout Recall. Exposure without Perception” en Journal of Advertising Research 7;4. Agosto 1977) es la siguiente: «Krugman... propuso que los niños criados frente al televisor no verían las cosas igual que los otros chicos. En vez de utilizar sus ojos secuencialmente, como si hubiesen sido educados por la imprenta, sugirió que darían vistazos rápidos». Más adelante, citará al mismo Krugman:
«La televisión enseña al niño pequeño a aprender a aprender de una manera muy especial, en cierta medida antes de que pueda hablar, y en muchas familias de bajo nivel socioeconómico o en comunidades semianalfabetas, antes de que haya visto siquiera un libro. En consecuencia, el niño aprende a aprender mediante rápidas miradas. Más tarde, si el chico se halla en una sociedad donde se necesita leer, confronta el nuevo medio de aprender a aprender con el hábito que él adquirió antes en la televisión. Intenta comprender la letra impresa por medio de miradas rápidas. Esto no funciona. Aprender a leer es difícil, duro, y este descubrimiento se convierte en una sorpresa, una sorpresa intolerable en muchos casos».
Los dos niveles de comprensión y de conocimiento chocan entre sí. Hoy no existe maestro de escuela urbana (por lo menos) que no se queje de la imposibilidad de sus alumnos para aprender a leer. Tal dificultad no viene de una torpeza congénita. Ni siquiera voluntaria. Se trata de la forma como se ha organizado ese receptáculo. “Aprender a aprender”, no es igual si se extrae del alfabeto que de la pantalla. El aprendizaje tarda tiempo, lleva un período de maduración que es imposible derivar si se “aprendió a aprender” frente al televisor.
Los vistazos rápidos forman parte del modelo de conocimiento implantado por la nueva realidad electrónica. Desplazan al antiguo esquema basado en la penetración de la percepción en el fondo de la vida. Esquema del que el libro era, por así decir, su buque insignia. Hoy se busca abarcarlo todo con una rapidez despiadada. Los flashazos del discurrir de la historia forman parte de esta mirada dispersa que es la de los hombres educados por la televisión. Miradas que no se detienen, que no tienen la posibilidad peculiar de detenerse. No es que no lo quieran: es que, literalmente, no pueden.
Si los niños han sido educados por la pequeña pantalla, cuando sean mayores van a verlo todo en un plano. Y como no hay “repetición”, se sentirán defraudados. ¿Cómo no ver en el conformismo de muchos adultos –en la pasividad que constituye un grave obstáculo de la democracia- el remanente de la exposición temprana a la televisión como si fuera el mundo? Los vistazos rápidos de la infancia electrónica (contra la distinción alfabética) van eliminando la capacidad de abstracción del adolescente y del adulto: lo van postrando en la inmediatez. Imposibilitado para pensar en algo que no se asome a su campo visual, será un ciudadano a medias, con enormes deficiencias en la materia básica de –por ejemplo- la democracia (que exige ver lejos y actuar ahora para mañana).
Derrick de Kerckhove, el discípulo aventajado de Marshall McLuhan, comenta al respecto que, a diferencia del texto de lectura, «nadie necesita instrucción para ver la televisión». En efecto, se sabe que la televisión ha sido en la historia el aparato casero con mayor rapidez de difusión en la historia, y con la más rápida posibilidad de ser adoptado y usado en las familias que tuvieran los recursos para obtener un aparato. Hoy mismo, un niño de tres años está suficientemente entrenado para usar en solitario el televisor, y muy a menudo es dejado por sus padres frente a él para que se entretenga: el niño ya sabe cómo, dirán sus progenitores.
«La televisión fragmenta la información en segmentos mínimos y a menudo desconectados, apretujándolos todo lo posible en el menor tiempo posible. Nosotros completamos el cuadro, haciendo generalizaciones instantáneas a partir de unos pocos indicios. Al mismo tiempo, los programadores y editores han aprendido a sacar partido a nuestra preparación para llenar los huecos. Esto no implica que estemos dando un sentido; simplemente estamos componiendo imágenes. Dar un sentido es algo completamente diferente, que no parece esencial para ver la televisión».
La clave es “dar sentido.” La sucesión de imágenes frente al espectador parece hacer sentido. El espectador es capaz de encontrar el hilo de la trama y seguirlo, pero de una forma que implica el desapego. Por ello, las tramas de la televisión son simples, “comerciales”, van al punto de venta sin rodeos, sin pasar por la necesidad de abstraer un significado y conectarlo con otro. Ése es el gran logro del aprendizaje alfabético. Cuando se “aprender a aprender” con el texto, se está capacitando para la interconexión, para la construcción de un nuevo sentido. Cuando se “aprende a aprender” con el televisor, se está a merced del sentido impuesto por los editores. Si la figura del editor es cambiada por la del líder autoritario, ya tenemos el caldo de cultivo de la tiranía. Caldo que se construye y se consume en la sala de la televisión.

EL OBSERVADOR 273-3

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PERDER POR DEFAULT
Ni guerra de sexos ni igualdad absoluta
Diego García Bayardo
Una verdad palmaria de la condición humana es que existen dos sexos (y sólo dos, por cierto): el femenino y el masculino; también es obvio que si se puede distinguir el uno del otro es precisamente porque son diferentes. Sin embargo ambos sexos comparten una misma naturaleza humana, la misma vocación por la eternidad, la misma herencia divina, igual condición de estar hechos «a imagen y semejanza de Dios» y de haber sido llamados incluso a ser verdaderos «hijos de Dios». Lo malo es que, mientras las diferencias son muy evidentes por ser físicas, fisiológicas y psicológicas, las similitudes, que son básicamente espirituales, son bastante borrosas para quienes están más apartados de la Iglesia y de la Revelación y francamente invisibles para las mentes menos agudas. Ocurre entonces que en todas las sociedades humanas han existido en mayor o menor medida formas de conducta socialmente aceptada que implican un trato discriminatorio, denigrante e injusto de los hombres hacia las mujeres o viceversa (esto último, en rarísimos casos etnológicos). El sexismo consiste en gran medida en convertir las diferencias entre uno y otro sexo en obstáculos insalvables para una convivencia armoniosa y el respeto mutuo. Aunque es un hecho que los hombres y las mujeres no son iguales en la mayoría de sus características, el problema no radica en que los hombres son mejores para hacer ciertas cosas o en que las mujeres hacen mejor ciertas otras. Esto, lejos de ser un problema, es la base de una cosa maravillosa que se llama complementariedad, pues lo mejor de la sexualidad es que, desde el nivel biológico hasta el psicológico y el sentimental, hombres y mujeres se necesitan y perfeccionan mutuamente. El conflicto aparece cuando se intentan jerarquizar los valores y talentos propios o dominantes en cada sexo de una manera retorcida y egoísta, y se empieza a suponer que, por ejemplo, la mayor masa muscular o la agresividad de los varones son caracteres «superiores», mientras la mejor resistencia a los esfuerzos prolongados y a las enfermedades -que son características bien conocidas del sexo femenino- son rasgos de escaso o nulo valor.
En las últimas décadas hemos visto a las mujeres ganar espacio en la sociedad y alcanzar posiciones importantes que antes estaban reservadas a los hombres, lo cual no sólo ha contribuido enormemente al desarrollo de la economía mundial, sino también al avance de eso que llamamos democracia. Sin embargo, hemos visto también ciertos excesos feministas que intentan borrar toda diferencia entre hombres y mujeres, lo cual podría destruir el principio de complementariedad arriba mencionado, y hasta existe un feminismo que es igual al antiguo machismo, nada más que al revés.
Para apagar un cerillo basta con un soplo, pero para extinguir un incendio son necesarias varias toneladas de agua; del mismo modo, para contrarrestar la mentalidad machista dominante se ha necesitado hacer tal presión a favor de la reivindicación de la mujer que a algunos grupos feministas se les ha pasado la mano y han querido voltear la tortilla para imponer una situación sexista opuesta a la anterior, pero igual de injusta y alienante. Un ejemplo de esto sería el de los grupos feministas radicales que exigieron hace algunas semanas que la consulta y legislación sobre el aborto fuera realizada exclusivamente por mujeres. Esta propuesta, ridícula y profundamente antidemocrática, no sólo desconoce la participación activa de los hombres en la decisión y realización de un aborto llevado a cabo por las estructuras sanitarias nacionales, sino introduce el germen supuestamente ya erradicado del sexismo en el mundo de la política. ¿Será que es más fácil retorcer lo torcido que enderezarlo? No sé si sea sexista el hecho de que en la inauguración de las olimpiadas de Sydney hayan elegido solamente a mujeres para portar la antorcha olímpica, pero estoy seguro que si sólo hombres lo hubiesen hecho, la opinión pública habría acusado de sexismo a los organizadores. En fin, lo importante es que terminen los excesos de uno y otro lado y que se alcance ya ese punto de respeto mutuo y equilibrio que tanta falta hace.

EL OBSERVADOR 273-4

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Falsas alarmas
Juan Pedro Oriol
        Que la Iglesia católica manda por un tubo a las demás iglesias. Que la Iglesia está cerrada a las demás religiones. Que sólo los católicos pueden salvarse de acuerdo con la doctrina de la Iglesia. Estas y muchas otras afirmaciones de este tipo que han aparecido en editoriales y titulares de periódicos y en programas de radio y de televisión son solamente falsas alarmas; es lo que quiero decir y dejar claro en este espacio dominical.
        La declaración Dominus Iesus del papa Juan Pablo II, que fue presentada recientemente por el cardenal Ratzinger, no ofende a nadie ni dice nada nuevo respecto al contenido de la fe católica. Simplemente recuerda que la fundación de la Iglesia viene directamente del mismo Cristo cuando pronunció sus palabras: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Y la declaración recuerda que la Iglesia católica es la única gobernada por el mismo sucesor de Pedro. ¿Recordar este hecho real y verdadero ofende a alguien?
        La declaración también reafirma lo que todos los que conocen el contenido esencial de la fe católica ya saben: que la Iglesia ofrece todos los medios de salvación a quienes profesan la fe católica. El único fin de la Iglesia es guiar a la salvación. ¿Está mal recordar a sus hijos que en ella encontrarán siempre toda la ayuda y todos los medios que necesitan para lograr la vida eterna?
No se agrede a nadie. Jamás se desprecia a ninguna religión. Jamás se pretende imponer cielos e infiernos a todo el mundo. Sin embargo, cuántos han agredido y despreciado a la Iglesia y a sus representantes en estos días pasados. Incluso una escritora afirmaba que al cardenal Ratzinger “un cáncer le afectó el cerebro”, que “sus neuronas ya no funcionan”, que “sufre una demencia senil”. ¡Qué fácilmente olvidan o desconocen que el Cardenal es una persona conocida por su equilibrio, sus conocimientos (confirmados con varios doctorados reconocidos en la esfera alta del intelectualismo europeo) y el diálogo abierto con los representantes de otras religiones.
Otro escritor presumía en días pasados escribiendo: “Sepan todos mis amigos agnósticos, israelitas, musulmanes, ateos, sectarios, indígenas que adoran al sol y demás personas de buena voluntad, que habemos muchos católicos que no estamos de acuerdo en declararnos dueños de toda la verdad y del más grande camino al Cielo”. La declaración Dominus Iesus ni afirma ser dueña exclusiva de la Verdad ni desprecia los demás caminos al Cielo. Simplemente confirma, y cito textualmente: “que sólo Cristo es el único Mediador entre Dios y el hombre en el plan de salvación sin excluir la posibilidad de que en otras religiones no cristianas existan elementos positivos que puedan entrar en el plan divino de salvación”. Por ello, al escritor mencionado, con todo respeto, le invitaría a leer la declaración Dominus Iesus antes de arremeter contra ella quién sabe con qué fin o por qué motivo, al menos eso nos preguntamos muchos.
Cuidado con los que tienen los medios y el espacio público para activar falsas alarmas que nos pueden crear estados de confusión y desánimo. Todo lo contrario. Debemos estar contentos los católicos y los no católicos porque la Iglesia vuelve a recordarnos que estamos llamados a la salvación, que Dios nos ama y que el Cielo nos espera.

EL OBSERVADOR 273-5

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PICADURA LETRISTICA
Nomenclatura surrealista: Estados Unidos Mexicanos
(segunda y última parte)

J. Jesús García y García

Casi todos piensan, con un optimismo heredado de la Enciclopedia,
que basta con decretar nuevas leyes para que la realidad se transforme.
Ven en los Estados Unidos un modelo y creen que su prosperidad
se debe a la excelencia de las instituciones republicanas.

OCTAVIO PAZ

        Praxis.- Hoy por hoy, prácticamente todos, hasta los mismos presidentes de la república y funcionarios de toda laya, en lo coloquial usan casi exclusivamente el nombre de México, rarísimamente el de Estados Unidos Mexicanos. Y los extranjeros, tanto funcionarios como particulares, nos llaman, igualmente, México. Imaginémonos en Sydney, acudiendo a los juegos olímpicos. Le preguntan a un atleta: «¿Usted a qué país representa?». No va a contestar: «A los Estados Unidos Mexicanos». Y un atleta de otras latitudes no dirá jamás: «Espero conocer un día los Estados Unidos Mexicanos». Es totalmente improbable que empresarios españoles o franceses anunciaran una excursión turística a los Estados Unidos Mexicanos. Por otra parte, los tratados y acuerdos internacionales en que participa México son de difícil formulación por la duplicidad nominal.
        Se trata de un asunto de identidad. Aquí, en lo profano y con la simple ayuda de un diccionario, tenemos que identidad es el «hecho de ser una persona o cosa la misma que se supone que es». Por consiguiente, resolver nuestra identidad como nación -empezando por este detalle del nombre- no es una cosa tan irrelevante.
        Expectativas.- Más que expectativas son temores: primero, que sigamos sin ocuparnos del asunto; si ya estuvimos así 176 años y «la pasamos», ¿para qué moverle? Segundo, que ante una iniciativa de modificación (o, quizás, cuando se admita la necesidad de una reforma integral a la Constitucion ahora vigente), el nombre nacional improcedente, largo e impopular halle defensores en apergaminados dinosaurios y anquilosados controvertistas que logren decidir sectaria y caprichosamente otra vez por el pueblo en nombre del rechazo a un centralismo que, en lo teórico, hace ya mucho tiempo quedó definitivamente desterrado de nuestras aspiraciones.
        Quitarnos ese ficticio nombre de Estados Unidos Mexicanos, innegable remedo del que lleva la nación de la que más agravios hemos recibido, y oficializar el de México (o República Mexicana) no significa rebautizarnos, sino reconocer y acatar la realidad, darle el debido espaldarazo, cosa en la que no somos muy asiduos. Por algo nos califican de surrealistas, que para estos efectos significa trastocadores de la realidad o, al menos, exhibidores de una realidad por demás sui generis.

EL OBSERVADOR 273-6

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MIRADA JOVEN
¿ Afortunados o desafortunados?
Mary Carmen Loyola
¿ Qué es para tí la solidaridad ? Yo he tratado varias veces de encontrar el verdadero significado; después de todo, y por razones obvias, en nuestro país este término se encuentra sumamente desgastado. Muchos podrían pensar que este valor acabó siendo aborrecido por los mexicanos; pero a mí una experiencia me demostró completamente lo contrario.
Durante un viaje a la Sierra Gorda queretana, específicamente en la Misión de Concá, fui testigo de una acción de solidaridad de perfección admirable. Durante la Misa dominical, a la cual había yo asistido en compañía de mi familia, el sacerdote pidió a los fieles que dejaran al pie del altar los alimentos que donaría la comunidad y se destinarían “para nuestros hermanos los más pobres”. Así fue como vi pasar a mi lado a mujeres y niños con la ropa raída, llevando un kilo de arroz o de frijoles entre las manos y la compasión inundando su ojos. Mujeres y niños igualmente necesitados de sus propios regalos.
Era sorprendente y conmovedor ver desfilar esas almas tan necesitadas corriendo para socorrer a otras que se encontraban en circunstancias más duras y adversas. Era difícil creerlo. ¿Quién era yo para estar ahí sólo mirando? ¿Quién era yo para haber recibido más que aquellas personas tan generosas? Era yo una desafortunada afortunada porque, a pesar de todo, no tenía el privilegio de sentirme dichosa por realizar algo tan noble y desinteresado. Eran ellos afortunados desafortunados porque, a pesar de sus muchas carencias, tenían el corazón pleno de satisfacción y de paz; también, porque le habían enseñado a una insignificante afortunada, que sólo podía admirarlos, el verdadero sentido de la solidaridad.

EL OBSERVADOR 273-7

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ORIENTACIÓN FAMILIAR
Sola con hijos adolescentes
Yusi Cervantes Leyzaola
Tengo una hija adolescente que es muy buena, pero le falta motivación. Esto no es gratis: mi ex esposo siempre se dedicó a minimizarla. Parece que su pasatiempo favorito era complicarnos la existencia. Tengo otro hijo. También adolescente, y mi inquietud es cómo ayudar a estos chicos que necesitan mucho cariño y que sienten que la vida se los ha negado.

Efectivamente, cuando los padres cometen el error de minimizar a sus hijos causan en ellos problemas de baja autoestima, de poca autovalorización, y favorecen en ellos un pobre concepto de sí mismos.
Además, una familia desintegrada siempre es algo doloroso para los hijos. No sé las circunstancias de su divorcio, pero aun cuando la situación sea insostenible y el mal menor sea el divorcio, los hijos nunca lo aceptan fácilmente. Ninguna de las dos situaciones les resulta atractiva: ni la tensión, los problemas y pelitos de los papás, ni la vida sin alguno de los padres.
Debe comenzar por estar tranquila usted y dejar atrás todo ese resentimiento que carga. Esto se dice fácil, pero en realidad requiere tiempo. Necesita pasar por un proceso de análisis y reflexión sobre los daños sufridos, los miedos, las necesidades insatisfechas, los límites, los errores cometidos y aprendizajes para el futuro. Entonces su perdón podrá ser auténtico, profundo, y podrá soltar el resentimiento.
Debe estar segura de que es perfectamente capaz de sacar adelante a sus hijos sola. Lo ideal es que los hijos no pierdan a su padre, aunque los padres estén divorciados. Que el padre (o la madre, en los casos en que los hijos quedan a vivir con el padre) esté pendiente de ellos, que los vea con frecuencia, que esté siempre disponible, que aporte en lo económico lo que le corresponde... Tampoco sé cómo ocurre en su caso. Pero aun si su ex esposo no cumple con sus responsabilidades, tenga la seguridad de que puede educar y mantener a sus hijos sola. Mejor aún si cuenta con el apoyo de sus propios padres y de otros familiares o amigos. Pero si no cuenta con esa ayuda, no se preocupe. Usted es la madre, hágase cargo de sus hijos con la certeza y la tranquilidad de que puede hacerlo. Deseche las ideas y sentimientos relacionados con que a sus hijos les falta algo. Ustedes, sus hijos y usted, son una familia. Y en esa familia pueden crecer con seguridad y libertad y pueden dar y recibir todo el amor necesario. Dice que sus hijos necesitan cariño: déselos usted. No dependa de quien se niegue a dar ese cariño. Deje de pelear con esos fantasmas. Por otro lado, si hay abuelos y tíos amorosos, ¡qué bueno! Reciba ese amor junto con sus hijos.
En cuando a la falta de motivación de su hija, yo sospecho que puede estar deprimida. Hay que ayudarla a que se ponga en contacto con la vida, en todos los sentidos. Y también hay que prestar mucha atención a darle mensajes positivos respecto a ella misma: afirmarla en su propio valor como persona, notar sus cualidades, estimular sus logros, por pequeños que sean. En cuando a las fallas, considerarlas aprendizajes, no fracasos. Siempre, con cualquier persona, pero en este caso es especialmente importante, hay que tener mucho cuidado en criticar o quejarnos de ciertas acciones que no están bien, pero jamás dirigir la crítica o queja a la persona. Es la diferencia entre decir: «Esto que hiciste está equivocado, sería mejor si lo hicieras de este modo...» y exclamar: «¡Eres un inútil!».
Le aconsejo que acuda a una escuela para padres, que lea, que se prepare para tratar con sus hijos adolescentes. Pero no se angustie. El trato con adolescentes puede ser una experiencia gozosa. Es una edad maravillosa y a los padres nos ofrece la oportunidad de redescubrir el mundo con ellos. Disfrute a sus hijos. Forme con ellos una familia feliz.

EL OBSERVADOR 273-8

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PINCELADAS
El viejo y el niño
Justo López Melús *
        Había una vez un viejo viejísimo que todavía no había aprendido a vivir. Estaba aburrido, en la puerta de su cabaña, mirando aburrido al cielo. A veces acudían a pedirle consejo.
— ¿Qué haremos para conquistar la alegría? —le preguntaban unos jóvenes.
— La alegría es una invención de los tontos.
— ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hermanos? —preguntaban otros.
— Eso es estar loco.
— ¿Y cómo educar a nuestros hijos?
— Eso es perder el tiempo.
Estas malvadas convicciones se fueron difundiendo por el mundo. El pesimismo lo invadía todo. Dios se dio cuenta de ese daño y pensó: «Pobrecillo anciano, apuesto a que nadie jamás le ha querido». Llamó a un niño y le dijo:
— Anda a dar un beso a aquel pobre viejo.
El niño le abrazó y estampó un beso en su arrugada cara. El viejo quedó admirado. Nadie le había besado jamás. Y murió sonriendo al niño que lo había besado.
— Tú no puedes ser malo, porque yo te amo.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.
(FIN)

EL OBSERVADOR 273-9

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  sobre el trabajo de Herbert Krugman (cfr. “Memory witout Recall. Exposure without Perception” en Journal of Advertising Research 7;4. Agosto 1977) es la siguiente: «Krugman... propuso que los niños criados frente al televisor no verían las cosas igual que los otros chicos. En vez de utilizar sus ojos secuencialmente, como si hubiesen sido educados por la imprenta, sugirió que darían vistazos rápidos». Más adelante, citará al mismo Krugman:
«La televisión enseña al niño pequeño a aprender a aprender de una manera muy especial, en cierta medida antes de que pueda hablar, y en muchas familias de bajo nivel socioeconómico o en comunidades semianalfabetas, antes de que haya visto siquiera un libro. En consecuencia, el niño aprende a aprender mediante rápidas miradas. Más tarde, si el chico se halla en una sociedad donde se necesita leer, confronta el nuevo medio de aprender a aprender con el hábito que él adquirió antes en la televisión. Intenta comprender la letra impresa por medio de miradas rápidas. Esto no funciona. Aprender a leer es difícil, duro, y este descubrimiento se convierte en una sorpresa, una sorpresa intolerable en muchos casos».
Los dos niveles de comprensión y de conocimiento chocan entre sí. Hoy no existe maestro de escuela urbana (por lo menos) que no se queje de la imposibilidad de sus alumnos para aprender a leer. Tal dificultad no viene de una torpeza congénita. Ni siquiera voluntaria. Se trata de la forma como se ha organizado ese receptáculo. “Aprender a aprender”, no es igual si se extrae del alfabeto que de la pantalla. El aprendizaje tarda tiempo, lleva un período de maduración que es imposible derivar si se “aprendió a aprender” frente al televisor.
Los vistazos rápidos forman parte del modelo de conocimiento implantado por la nueva realidad electrónica. Desplazan al antiguo esquema basado en la penetración de la percepción en el fondo de la vida. Esquema del que el libro era, por así decir, su buque insignia. Hoy se busca abarcarlo todo con una rapidez despiadada. Los flashazos del discurrir de la historia forman parte de esta mirada dispersa que es la de los hombres educados por la televisión. Miradas que no se detienen, que no tienen la posibilidad peculiar de detenerse. No es que no lo quieran: es que, literalmente, no pueden.
Si los niños han sido educados por la pequeña pantalla, cuando sean mayores van a verlo todo en un plano. Y como no hay “repetición”, se sentirán defraudados. ¿Cómo no ver en el conformismo de muchos adultos –en la pasividad que constituye un grave obstáculo de la democracia- el remanente de la exposición temprana a la televisión como si fuera el mundo? Los vistazos rápidos de la infancia electrónica (contra la distinción alfabética) van eliminando la capacidad de abstracción del adolescente y del adulto: lo van postrando en la inmediatez. Imposibilitado para pensar en algo que no se asome a su campo visual, será un ciudadano a medias, con enormes deficiencias en la materia básica de –por ejemplo- la democracia (que exige ver lejos y actuar ahora para mañana).
Derrick de Kerckhove, el discípulo aventajado de Marshall McLuhan, comenta al respecto que, a diferencia del texto de lectura, «nadie necesita instrucción para ver la televisión». En efecto, se sabe que la televisión ha sido en la historia el aparato casero con mayor rapidez de difusión en la historia, y con la más rápida posibilidad de ser adoptado y usado en las familias que tuvieran los recursos para obtener un aparato. Hoy mismo, un niño de tres años está suficientemente entrenado para usar en solitario el televisor, y muy a menudo es dejado por sus padres frente a él para que se entretenga: el niño ya sabe cómo, dirán sus progenitores.
«La televisión fragmenta la información en segmentos mínimos y a menudo desconectados, apretujándolos todo lo posible en el menor tiempo posible. Nosotros completamos el cuadro, haciendo generalizaciones instantáneas a partir de unos pocos indicios. Al mismo tiempo, los programadores y editores han aprendido a sacar partido a nuestra preparación para llenar los huecos. Esto no implica que estemos dando un sentido; simplemente estamos componiendo imágenes. Dar un sentido es algo completamente diferente, que no parece esencial para ver la televisión».
La clave es “dar sentido.” La sucesión de imágenes frente al espectador parece hacer sentido. El espectador es capaz de encontrar el hilo de la trama y seguirlo, pero de una forma que implica el desapego. Por ello, las tramas de la televisión son simples, “comerciales”, van al punto de venta sin rodeos, sin pasar por la necesidad de abstraer un significado y conectarlo con otro. Ése es el gran logro del aprendizaje alfabético. Cuando se “aprender a aprender” con el texto, se está capacitando para la interconexión, para la construcción de un nuevo sentido. Cuando se “aprende a aprender” con el televisor, se está a merced del sentido impuesto por los editores. Si la figura del editor es cambiada por la del líder autoritario, ya tenemos el caldo de cultivo de la tiranía. Caldo que se construye y se consume en la sala de la televisión.

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Ni guerra de sexos ni igualdad absoluta
Diego García Bayardo
Una verdad palmaria de la condición humana es que existen dos sexos (y sólo dos, por cierto): el femenino y el masculino; también es obvio que si se puede distinguir el uno del otro es precisamente porque son diferentes. Sin embargo ambos sexos comparten una misma naturaleza humana, la misma vocación por la eternidad, la misma herencia divina, igual condición de estar hechos «a imagen y semejanza de Dios» y de haber sido llamados incluso a ser verdaderos «hijos de Dios». Lo malo es que, mientras las diferencias son muy evidentes por ser físicas, fisiológicas y psicológicas, las similitudes, que son básicamente espirituales, son bastante borrosas para quienes están más apartados de la Iglesia y de la Revelación y francamente invisibles para las mentes menos agudas. Ocurre entonces que en todas las sociedades humanas han existido en mayor o menor medida formas de conducta socialmente aceptada que implican un trato discriminatorio, denigrante e injusto de los hombres hacia las mujeres o viceversa (esto último, en rarísimos casos etnológicos). El sexismo consiste en gran medida en convertir las diferencias entre uno y otro sexo en obstáculos insalvables para una convivencia armoniosa y el respeto mutuo. Aunque es un hecho que los hombres y las mujeres no son iguales en la mayoría de sus características, el problema no radica en que los hombres son mejores para hacer ciertas cosas o en que las mujeres hacen mejor ciertas otras. Esto, lejos de ser un problema, es la base de una cosa maravillosa que se llama complementariedad, pues lo mejor de la sexualidad es que, desde el nivel biológico hasta el psicológico y el sentimental, hombres y mujeres se necesitan y perfeccionan mutuamente. El conflicto aparece cuando se intentan jerarquizar los valores y talentos propios o dominantes en cada sexo de una manera retorcida y egoísta, y se empieza a suponer que, por ejemplo, la mayor masa muscular o la agresividad de los varones son caracteres «superiores», mientras la mejor resistencia a los esfuerzos prolongados y a las enfermedades -que son características bien conocidas del sexo femenino- son rasgos de escaso o nulo valor.
En las últimas décadas hemos visto a las mujeres ganar espacio en la sociedad y alcanzar posiciones importantes que antes estaban reservadas a los hombres, lo cual no sólo ha contribuido enormemente al desarrollo de la economía mundial, sino también al avance de eso que llamamos democracia. Sin embargo, hemos visto también ciertos excesos feministas que intentan borrar toda diferencia entre hombres y mujeres, lo cual podría destruir el principio de complementariedad arriba mencionado, y hasta existe un feminismo que es igual al antiguo machismo, nada más que al revés.
Para apagar un cerillo basta con un soplo, pero para extinguir un incendio son necesarias varias toneladas de agua; del mismo modo, para contrarrestar la mentalidad machista dominante se ha necesitado hacer tal presión a favor de la reivindicación de la mujer que a algunos grupos feministas se les ha pasado la mano y han querido voltear la tortilla para imponer una situación sexista opuesta a la anterior, pero igual de injusta y alienante. Un ejemplo de esto sería el de los grupos feministas radicales que exigieron hace algunas semanas que la consulta y legislación sobre el aborto fuera realizada exclusivamente por mujeres. Esta propuesta, ridícula y profundamente antidemocrática, no sólo desconoce la participación activa de los hombres en la decisión y realización de un aborto llevado a cabo por las estructuras sanitarias nacionales, sino introduce el germen supuestamente ya erradicado del sexismo en el mundo de la política. ¿Será que es más fácil retorcer lo torcido que enderezarlo? No sé si sea sexista el hecho de que en la inauguración de las olimpiadas de Sydney hayan elegido solamente a mujeres para portar la antorcha olímpica, pero estoy seguro que si sólo hombres lo hubiesen hecho, la opinión pública habría acusado de sexismo a los organizadores. En fin, lo importante es que terminen los excesos de uno y otro lado y que se alcance ya ese punto de respeto mutuo y equilibrio que tanta falta hace.

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Falsas alarmas
Juan Pedro Oriol
        Que la Iglesia católica manda por un tubo a las demás iglesias. Que la Iglesia está cerrada a las demás religiones. Que sólo los católicos pueden salvarse de acuerdo con la doctrina de la Iglesia. Estas y muchas otras afirmaciones de este tipo que han aparecido en editoriales y titulares de periódicos y en programas de radio y de televisión son solamente falsas alarmas; es lo que quiero decir y dejar claro en este espacio dominical.
        La declaración Dominus Iesus del papa Juan Pablo II, que fue presentada recientemente por el cardenal Ratzinger, no ofende a nadie ni dice nada nuevo respecto al contenido de la fe católica. Simplemente recuerda que la fundación de la Iglesia viene directamente del mismo Cristo cuando pronunció sus palabras: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Y la declaración recuerda que la Iglesia católica es la única gobernada por el mismo sucesor de Pedro. ¿Recordar este hecho real y verdadero ofende a alguien?
        La declaración también reafirma lo que todos los que conocen el contenido esencial de la fe católica ya saben: que la Iglesia ofrece todos los medios de salvación a quienes profesan la fe católica. El único fin de la Iglesia es guiar a la salvación. ¿Está mal recordar a sus hijos que en ella encontrarán siempre toda la ayuda y todos los medios que necesitan para lograr la vida eterna?
No se agrede a nadie. Jamás se desprecia a ninguna religión. Jamás se pretende imponer cielos e infiernos a todo el mundo. Sin embargo, cuántos han agredido y despreciado a la Iglesia y a sus representantes en estos días pasados. Incluso una escritora afirmaba que al cardenal Ratzinger “un cáncer le afectó el cerebro”, que “sus neuronas ya no funcionan”, que “sufre una demencia senil”. ¡Qué fácilmente olvidan o desconocen que el Cardenal es una persona conocida por su equilibrio, sus conocimientos (confirmados con varios doctorados reconocidos en la esfera alta del intelectualismo europeo) y el diálogo abierto con los representantes de otras religiones.
Otro escritor presumía en días pasados escribiendo: “Sepan todos mis amigos agnósticos, israelitas, musulmanes, ateos, sectarios, indígenas que adoran al sol y demás personas de buena voluntad, que habemos muchos católicos que no estamos de acuerdo en declararnos dueños de toda la verdad y del más grande camino al Cielo”. La declaración Dominus Iesus ni afirma ser dueña exclusiva de la Verdad ni desprecia los demás caminos al Cielo. Simplemente confirma, y cito textualmente: “que sólo Cristo es el único Mediador entre Dios y el hombre en el plan de salvación sin excluir la posibilidad de que en otras religiones no cristianas existan elementos positivos que puedan entrar en el plan divino de salvación”. Por ello, al escritor mencionado, con todo respeto, le invitaría a leer la declaración Dominus Iesus antes de arremeter contra ella quién sabe con qué fin o por qué motivo, al menos eso nos preguntamos muchos.
Cuidado con los que tienen los medios y el espacio público para activar falsas alarmas que nos pueden crear estados de confusión y desánimo. Todo lo contrario. Debemos estar contentos los católicos y los no católicos porque la Iglesia vuelve a recordarnos que estamos llamados a la salvación, que Dios nos ama y que el Cielo nos espera.

EL OBSERVADOR 273-5

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PICADURA LETRISTICA
Nomenclatura surrealista: Estados Unidos Mexicanos
(segunda y última parte)

J. Jesús García y García

Casi todos piensan, con un optimismo heredado de la Enciclopedia,
que basta con decretar nuevas leyes para que la realidad se transforme.
Ven en los Estados Unidos un modelo y creen que su prosperidad
se debe a la excelencia de las instituciones republicanas.

OCTAVIO PAZ

        Praxis.- Hoy por hoy, prácticamente todos, hasta los mismos presidentes de la república y funcionarios de toda laya, en lo coloquial usan casi exclusivamente el nombre de México, rarísimamente el de Estados Unidos Mexicanos. Y los extranjeros, tanto funcionarios como particulares, nos llaman, igualmente, México. Imaginémonos en Sydney, acudiendo a los juegos olímpicos. Le preguntan a un atleta: «¿Usted a qué país representa?». No va a contestar: «A los Estados Unidos Mexicanos». Y un atleta de otras latitudes no dirá jamás: «Espero conocer un día los Estados Unidos Mexicanos». Es totalmente improbable que empresarios españoles o franceses anunciaran una excursión turística a los Estados Unidos Mexicanos. Por otra parte, los tratados y acuerdos internacionales en que participa México son de difícil formulación por la duplicidad nominal.
        Se trata de un asunto de identidad. Aquí, en lo profano y con la simple ayuda de un diccionario, tenemos que identidad es el «hecho de ser una persona o cosa la misma que se supone que es». Por consiguiente, resolver nuestra identidad como nación -empezando por este detalle del nombre- no es una cosa tan irrelevante.
        Expectativas.- Más que expectativas son temores: primero, que sigamos sin ocuparnos del asunto; si ya estuvimos así 176 años y «la pasamos», ¿para qué moverle? Segundo, que ante una iniciativa de modificación (o, quizás, cuando se admita la necesidad de una reforma integral a la Constitucion ahora vigente), el nombre nacional improcedente, largo e impopular halle defensores en apergaminados dinosaurios y anquilosados controvertistas que logren decidir sectaria y caprichosamente otra vez por el pueblo en nombre del rechazo a un centralismo que, en lo teórico, hace ya mucho tiempo quedó definitivamente desterrado de nuestras aspiraciones.
        Quitarnos ese ficticio nombre de Estados Unidos Mexicanos, innegable remedo del que lleva la nación de la que más agravios hemos recibido, y oficializar el de México (o República Mexicana) no significa rebautizarnos, sino reconocer y acatar la realidad, darle el debido espaldarazo, cosa en la que no somos muy asiduos. Por algo nos califican de surrealistas, que para estos efectos significa trastocadores de la realidad o, al menos, exhibidores de una realidad por demás sui generis.

EL OBSERVADOR 273-6

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MIRADA JOVEN
¿ Afortunados o desafortunados?
Mary Carmen Loyola
¿ Qué es para tí la solidaridad ? Yo he tratado varias veces de encontrar el verdadero significado; después de todo, y por razones obvias, en nuestro país este término se encuentra sumamente desgastado. Muchos podrían pensar que este valor acabó siendo aborrecido por los mexicanos; pero a mí una experiencia me demostró completamente lo contrario.
Durante un viaje a la Sierra Gorda queretana, específicamente en la Misión de Concá, fui testigo de una acción de solidaridad de perfección admirable. Durante la Misa dominical, a la cual había yo asistido en compañía de mi familia, el sacerdote pidió a los fieles que dejaran al pie del altar los alimentos que donaría la comunidad y se destinarían “para nuestros hermanos los más pobres”. Así fue como vi pasar a mi lado a mujeres y niños con la ropa raída, llevando un kilo de arroz o de frijoles entre las manos y la compasión inundando su ojos. Mujeres y niños igualmente necesitados de sus propios regalos.
Era sorprendente y conmovedor ver desfilar esas almas tan necesitadas corriendo para socorrer a otras que se encontraban en circunstancias más duras y adversas. Era difícil creerlo. ¿Quién era yo para estar ahí sólo mirando? ¿Quién era yo para haber recibido más que aquellas personas tan generosas? Era yo una desafortunada afortunada porque, a pesar de todo, no tenía el privilegio de sentirme dichosa por realizar algo tan noble y desinteresado. Eran ellos afortunados desafortunados porque, a pesar de sus muchas carencias, tenían el corazón pleno de satisfacción y de paz; también, porque le habían enseñado a una insignificante afortunada, que sólo podía admirarlos, el verdadero sentido de la solidaridad.

EL OBSERVADOR 273-7

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ORIENTACIÓN FAMILIAR
Sola con hijos adolescentes
Yusi Cervantes Leyzaola
Tengo una hija adolescente que es muy buena, pero le falta motivación. Esto no es gratis: mi ex esposo siempre se dedicó a minimizarla. Parece que su pasatiempo favorito era complicarnos la existencia. Tengo otro hijo. También adolescente, y mi inquietud es cómo ayudar a estos chicos que necesitan mucho cariño y que sienten que la vida se los ha negado.

Efectivamente, cuando los padres cometen el error de minimizar a sus hijos causan en ellos problemas de baja autoestima, de poca autovalorización, y favorecen en ellos un pobre concepto de sí mismos.
Además, una familia desintegrada siempre es algo doloroso para los hijos. No sé las circunstancias de su divorcio, pero aun cuando la situación sea insostenible y el mal menor sea el divorcio, los hijos nunca lo aceptan fácilmente. Ninguna de las dos situaciones les resulta atractiva: ni la tensión, los problemas y pelitos de los papás, ni la vida sin alguno de los padres.
Debe comenzar por estar tranquila usted y dejar atrás todo ese resentimiento que carga. Esto se dice fácil, pero en realidad requiere tiempo. Necesita pasar por un proceso de análisis y reflexión sobre los daños sufridos, los miedos, las necesidades insatisfechas, los límites, los errores cometidos y aprendizajes para el futuro. Entonces su perdón podrá ser auténtico, profundo, y podrá soltar el resentimiento.
Debe estar segura de que es perfectamente capaz de sacar adelante a sus hijos sola. Lo ideal es que los hijos no pierdan a su padre, aunque los padres estén divorciados. Que el padre (o la madre, en los casos en que los hijos quedan a vivir con el padre) esté pendiente de ellos, que los vea con frecuencia, que esté siempre disponible, que aporte en lo económico lo que le corresponde... Tampoco sé cómo ocurre en su caso. Pero aun si su ex esposo no cumple con sus responsabilidades, tenga la seguridad de que puede educar y mantener a sus hijos sola. Mejor aún si cuenta con el apoyo de sus propios padres y de otros familiares o amigos. Pero si no cuenta con esa ayuda, no se preocupe. Usted es la madre, hágase cargo de sus hijos con la certeza y la tranquilidad de que puede hacerlo. Deseche las ideas y sentimientos relacionados con que a sus hijos les falta algo. Ustedes, sus hijos y usted, son una familia. Y en esa familia pueden crecer con seguridad y libertad y pueden dar y recibir todo el amor necesario. Dice que sus hijos necesitan cariño: déselos usted. No dependa de quien se niegue a dar ese cariño. Deje de pelear con esos fantasmas. Por otro lado, si hay abuelos y tíos amorosos, ¡qué bueno! Reciba ese amor junto con sus hijos.
En cuando a la falta de motivación de su hija, yo sospecho que puede estar deprimida. Hay que ayudarla a que se ponga en contacto con la vida, en todos los sentidos. Y también hay que prestar mucha atención a darle mensajes positivos respecto a ella misma: afirmarla en su propio valor como persona, notar sus cualidades, estimular sus logros, por pequeños que sean. En cuando a las fallas, considerarlas aprendizajes, no fracasos. Siempre, con cualquier persona, pero en este caso es especialmente importante, hay que tener mucho cuidado en criticar o quejarnos de ciertas acciones que no están bien, pero jamás dirigir la crítica o queja a la persona. Es la diferencia entre decir: «Esto que hiciste está equivocado, sería mejor si lo hicieras de este modo...» y exclamar: «¡Eres un inútil!».
Le aconsejo que acuda a una escuela para padres, que lea, que se prepare para tratar con sus hijos adolescentes. Pero no se angustie. El trato con adolescentes puede ser una experiencia gozosa. Es una edad maravillosa y a los padres nos ofrece la oportunidad de redescubrir el mundo con ellos. Disfrute a sus hijos. Forme con ellos una familia feliz.

EL OBSERVADOR 273-8

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PINCELADAS
El viejo y el niño
Justo López Melús *
        Había una vez un viejo viejísimo que todavía no había aprendido a vivir. Estaba aburrido, en la puerta de su cabaña, mirando aburrido al cielo. A veces acudían a pedirle consejo.
— ¿Qué haremos para conquistar la alegría? —le preguntaban unos jóvenes.
— La alegría es una invención de los tontos.
— ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hermanos? —preguntaban otros.
— Eso es estar loco.
— ¿Y cómo educar a nuestros hijos?
— Eso es perder el tiempo.
Estas malvadas convicciones se fueron difundiendo por el mundo. El pesimismo lo invadía todo. Dios se dio cuenta de ese daño y pensó: «Pobrecillo anciano, apuesto a que nadie jamás le ha querido». Llamó a un niño y le dijo:
— Anda a dar un beso a aquel pobre viejo.
El niño le abrazó y estampó un beso en su arrugada cara. El viejo quedó admirado. Nadie le había besado jamás. Y murió sonriendo al niño que lo había besado.
— Tú no puedes ser malo, porque yo te amo.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.
(FIN)

EL OBSERVADOR 273-9

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