El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

8 de Octubre de 2000 No. 274

SUMARIO

bullet La familia, hoy, conjunto de luces y sombras
bulletAL ALBA DEL MILENIO Respuestas no pedidas (II)
bulletMIRADA CRÍTICA Nuevos lenguajes, nuevos tiempos
bulletAlgunos medios de comunicación confunden libertad con impunidad
bulletPERDER POR DEFAULT Contra los cafres. Default concluye
bullet ¿USTED QUÉ OPINA? Es la única
bulletCOLUMNA HUÉSPED Si todo es relativo...
bulletPICADURA LETRISTICA Intelectualidad falaz
bulletDESDE EL CENTRO DE AMÉRICA El Llamado de Dios
bullet¡Pan y circo!
bulletORIENTACIÓN FAMILIAR Factores de fracaso en el matrimonio

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Llamada a ser el baluarte de la civilización del amor
La familia, hoy, conjunto de luces y sombras
La familia es, como nunca, blanco de muchas fuerzas que tratan de destruirla o deformarla. La situación histórica en que vive nos la presenta como un conjunto de luces y sombras. Los aspectos positivos que muestra esta institución son signos de la salvación de Cristo operante en el mundo; los negativos son señal del rechazo que el hombre opone al amor de Dios.
Cuna y santuario de la vida, la familia, para defenderse de los embates que sufre, cuenta con la llamada Carta de los Derechos de la Familia, no suficientemente divulgada, que formuló la Santa Sede a petición de un sínodo de obispos efectuado en Roma. Este documento no es una exposición de teología dogmática o moral sobre el matrimonio y la familia, pero refleja el pensamiento de la Iglesia sobre la materia. Se hizo con la finalidad de presentar a todos nuestros contemporáneos, cristianos o no, un cuerpo —lo más completo y ordenado posible— de los derechos fundamentales inherentes a esta sociedad natural y universal que es la familia.
Consciente de que en la familia, especie de Iglesia doméstica, nacen los nuevos ciudadanos de la sociedad humana, Su Santidad Juan Pablo II se ha dirigido en innumerables ocasiones a la familia y lo hará particularmente este próximo fin de semana durante el III Encuentro Mundial del Santo Padre con las Familias, el sábado 14, y el Jubileo de las Familias, el domingo 15.
Una pacífica invasión de Roma harán más de 200 mil personas que se han inscrito para los dos actos mencionados. El número ha rebasado las expectativas y por ello los organizadores se han visto obligados a reajustar los programas y la ubicación de los actos.
Habrá momentos de fiesta y cantos, de color y alegría, como ocurre siempre que hay niños; pero también momentos de reflexión y de profundización, como lo revela el lema de esta jornada jubilar: «Los hijos, primavera de la vida y de la sociedad». Previamente se efectuará un Congreso teológico Internacional en el que intervendrán unos 50 expertos de todo el mundo para profundizar en los temas de la teología y la pastoral familiar, los aspectos educativos y sociales, el significado del amor conyugal y el universo de la fecundidad y la vida.
Al acercarse las familias, de esta suerte, tanto a la conciencia del ser humano como a los valores comunes de toda la humanidad, deben sentirse resguardadas por este conjunto de derechos.

Derechos de la Familia
ARTÍCULO 1.- Todas las personas tienen el derecho de elegir libremente su estado de vida y, por lo tanto, derecho a contraer matrimonio y a establecer una familia o a permanecer célibes.
ARTÍCULO 2.- El matrimonio no puede ser contraído sin el libre y pleno consentimiento de los esposos debidamente expresado.
ARTÍCULO 3.- Los esposos tienen el derecho inalienable de fundar una familia y decidir sobre el intervalo entre los nacimientos y el número de hijos a procrear, teniendo en plena consideración los deberes para consigo mismo, para con los hijos ya nacidos, la familia y la sociedad, dentro de una justa jerarquía de valores y de acuerdo con el orden moral objetivo, que excluye el recurso a la contracepción, la esterilización y el aborto.
ARTÍCULO 4.- La vida humana debe ser respetada y protegida absolutamente desde el momento de la concepción.
ARTÍCULO.- Por el derecho de haber dado la vida a sus hijos, los padres tienen el derecho originario, primario e inalienable de educarlos; por esta razón ellos deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos.
ARTÍCULO 6.- La familia tiene derecho de existir y progresar como familia.
ARTÍCULO 7.- Cada familia tiene el derecho de vivir libremente su propia vida religiosa en el hogar, bajo la dirección de los padres, así como el derecho de profesar públicamente su fe y propagarla, participar en los actos de culto en público y en los programas de instrucción religiosa libremente elegidos, sin sufrir alguna discriminación.
ARTÍCULO 8.- La familia tiene el derecho de ejercer su función social y política en la construcción de la sociedad.
ARTÍCULO 9.- Las familias tienen el derecho de poder contar con una adecuada política familiar por parte de las autoridades públicas en el terreno jurídico, económico, social y fiscal, sin discriminación alguna.
ARTÍCULO 10.- Las familias tienen derecho a un orden social y económico en el que la organización del trabajo permita a sus miembros vivir juntos, y que no sea obstáculo para la unidad, bienestar, salud y estabilidad de la familia, ofreciendo también la posibilidad de un sano esparcimiento.
ARTÍCULO 11.- La familia tiene derecho a una vivienda decente, apta para la vida familiar y proporcionada al número de sus miembros, en un ambiente físicamente sano que ofrezca los servicios básicos para la vida de la familia y de la comunidad.
ARTÍCULO 12.- Las familias de emigrantes tienen derecho a la misma protección que se da a las otras familias.

EL OBSERVADOR 274-1

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AL ALBA DEL MILENIO
Todas las personas tienen el derecho de elegir libremente su estado de vida y, por lo tanto, derecho a contraer matrimonio y a establecer una familia o a permanecer célibes.
ARTÍCULO 2.- El matrimonio no puede ser contraído sin el libre y pleno consentimiento de los esposos debidamente expresado.
ARTÍCULO 3.- Los esposos tienen el derecho inalienable de fundar una familia y decidir sobre el intervalo entre los nacimientos y el número de hijos a procrear, teniendo en plena consideración los deberes para consigo mismo, para con los hijos ya nacidos, la familia y la sociedad, dentro de una justa jerarquía de valores y de acuerdo con el orden moral objetivo, que excluye el recurso a la contracepción, la esterilización y el aborto.
ARTÍCULO 4.- La vida humana debe ser respetada y protegida absolutamente desde el momento de la concepción.
ARTÍCULO.- Por el derecho de haber dado la vida a sus hijos, los padres tienen el derecho originario, primario e inalienable de educarlos; por esta razón ellos deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos.
ARTÍCULO 6.- La familia tiene derecho de existir y progresar como familia.
ARTÍCULO 7.- Cada familia tiene el derecho de vivir libremente su propia vida religiosa en el hogar, bajo la dirección de los padres, así como el derecho de profesar públicamente su fe y propagarla, participar en los actos de culto en público y en los programas de instrucción religiosa libremente elegidos, sin sufrir alguna discriminación.
ARTÍCULO 8.- La familia tiene el derecho de ejercer su función social y política en la construcción de la sociedad.
ARTÍCULO 9.- Las familias tienen el derecho de poder contar con una adecuada política familiar por parte de las autoridades públicas en el terreno jurídico, económico, social y fiscal, sin discriminación alguna.
ARTÍCULO 10.- Las familias tienen derecho a un orden social y económico en el que la organización del trabajo permita a sus miembros vivir juntos, y que no sea obstáculo para la unidad, bienestar, salud y estabilidad de la familia, ofreciendo también la posibilidad de un sano esparcimiento.
ARTÍCULO 11.- La familia tiene derecho a una vivienda decente, apta para la vida familiar y proporcionada al número de sus miembros, en un ambiente físicamente sano que ofrezca los servicios básicos para la vida de la familia y de la comunidad.
ARTÍCULO 12.- Las familias de emigrantes tienen derecho a la misma protección que se da a las otras familias.

EL OBSERVADOR 274-1

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AL ALBA DEL MILENIO
Respuestas no pedidas (II)
Uno de los más graves errores de este siglo fue conceder valor absoluto a la opinión de la mayoría. De pronto la opinión sólida, estudiada, reflexionada se cambió por otra de efectos inmediatos, espectacular. Sigo, pues, con las preguntas que están fuera del debate sobre el aborto y el papel de los católicos, pero que deberían ocupar el centro del mismo...
6.- ¿Tenemos los católicos derecho a tratar de influir, desde nuestra convicción religiosa, en el marco legal que nos rige?
R. Si el Estado es democrático, por supuesto que tenemos derecho. Aún más, por obligación de nuestra Madre, la Iglesia, debemos intervenir en la construcción de un marco legal justo. Cuando hay un gobierno autoritario es cuando se nos roba ese derecho.
7.- ¿La fe en Cristo conduce únicamente a participar de un partido político, o siendo cristiano puede uno participar en diversas opciones a la que se declare influida en su doctrina por la Doctrina Social de la Iglesia?
R. Desde el magisterio de Su Santidad Pablo VI se repite una y otra vez que «la fe cristiana puede conducir a compromisos políticos diferentes». La apertura del cristianismo (fruto de la Redención para todos los seres humanos por la sangre del Salvador) obliga al pluralismo y al respeto de opciones políticas distintas (lo que no justifica la militancia en un partido que promueva el aborto).
8.- ¿Qué vale más: la Verdad Revelada o la verdad por consenso de la mayoría?
R. Hoy se privilegia a la verdad de la mayoría sobre cualquier otra forma de buscar (y encontrar) la verdad. Pero, si uno se fija con atención, los filósofos laicos han encontrado varias fuentes de la verdad (la evidencia, el testimonio fidedigno, la experimentación); sin embargo, ninguna de estas fuentes es la opinión de la mayoría. Es más, a la opinión de la mayoría se le ha dado siempre la peor calificación en lo que respecta a su solidez. En cambio, la Verdad Revelada está fuera del tiempo humano y fuera de las condicionantes humanas de poder.
9.- ¿Toda ley obtenida con el respaldo de la mayoría en un Congreso o Parlamento es una buena ley?
R. Primero que nada hay que recordar que la ley es la ordenación racional para el bien común, promulgada por quien tiene la potestad para ello. Una ley que despenalice el aborto no puede ser una buena ley, es más, ni siquiera puede ser ley porque no proviene de un orden racional (¿en qué cabeza cabe justificar un asesinato?), no genera bien común (que es el bien de todos y no nada más de unos cuantos), y quien la promulgue no tiene potestad porque ninguna autoridad puede estar por encima del derecho fundamental del hombre a vivir.
10.- Si todos dicen que 2+2=5, ¿tienen razón?
R. Aunque seis mil millones de seres humanos se vuelvan locos y digan que 2+2=5, 2+2 seguirán siendo 4. Aunque 499 de los 500 diputados aprobaran el aborto, el aborto seguiría siendo una ley corrupta porque eleva al crimen a términos de posibilidad. Y si el crimen es posible, entonces la ley es imposible. (J. S. C.)

EL OBSERVADOR 274-2

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MIRADA CRÍTICA
Nuevos lenguajes,
nuevos tiempos
Santiago Norte
La era digital, que ya estamos viviendo, trae consigo nuevos modelos de interacción social a los que debemos ir amoldándonos si no queremos quedar a un lado de la autopista. Utilizo esta imagen —la de la autopista— porque fue una de las imágenes inaugurales de esta edad en la que la sociedad es una red: la autopista informática, la carretera electrónica en la que a diario se cruzan un número inverosímil de mensajes sin que se interrumpa el tráfico.
Quizá por deformación personal, quizá porque sea verdad, lo cierto es que veo en el campo del periodismo uno de los primeros lugares donde el modelo de interacción —en este caso, medio y lector— está cambiando rápidamente. El llamado «tiempo real», es decir, el embalaje y la recepción de la información en cuanto ésta esté ocurriendo, ha modificado de tal suerte la transmisión noticiosa, que hoy se impone en los medios tradicionales la especialización, la calidad informativa antes que el avance o la exclusiva.
En un mundo tan escudriñado como el que vivimos —solamente basta observar el éxito del programa televisivo The Big Brother tanto en Reino Unido como en España y Holanda— lo público es más público, más rápido; y lo privado se va haciendo más público que nunca. Por tal motivo, hay pocas oportunidades de detenerse a penetrar en la esencia de los hechos. Ahí habrá un nicho para la nueva información. Otro se deriva de la llamada «cultura mosaico» que hoy exhibimos los seres humanos, un andamiaje compuesto por la más variopinta procedencia de conocimientos, consejas y ocurrencias. Los canales de televisión, los periódicos y los programas de radio, así como los sitios de internet, podrán subsanar —en la cualificación de sus contenidos— este desnivel.
Por lo demás, habrá que contar ya con las verificaciones electrónicas de los periódicos y nuevas publicaciones que les hacen competencia en la red. Ahí la competencia será feroz, y los medios tradicionales, sobre todo la prensa, tendrá que encontrar su especificidad. Conjugar, en la planicie de la pantalla, la inmediatez con la calidad de información no será tarea sencilla. Lo inmediato nos aparece como rentable justamente por ser inmediato. En tanto que la calidad la apreciamos en una superficie extensa, capaz de permanecer ahí cuando nosotros hayamos sido reclamados a otra actividad del ajetreo cotidiano.
Sin embargo, los expertos coinciden en que ése es el nivel de la apuesta. Porque la inmediatez que hoy observamos en las páginas electrónicas viene cuajada de errores e imprecisiones, en tanto que las versiones electrónicas de los diarios, por ejemplo, son repeticiones de lo impreso en papel, con apenas algún valor agregado o, en ocasiones, ni siquiera valor agregado alguno. Si el éxito de los medios de comunicación del presente y del futuro inmediato está relacionado con el tiempo, la cabal comprensión de este factor vital, su manejo a beneficio del usuario (y no a beneficio de inventario, como hasta ahora) será el que determine quién sobrevive y quién no en los entresijos de la red mundial.
Con otra: que los medios locales, regionales o nacionales al treparse a la red dejan de serlo; comienzan de inmediato a jugar en «las grandes ligas». Lo que uno necesita son «visitas reales», y esas pueden ser de cualquier parte del mundo. Con la opción del teclado, opción de nanosegundos, para mandar, literalmente, a volar la página electrónica que no enganche por su calidad. Desde luego, me estoy refiriendo al mercado de los usuarios calificados intelectualmente, y no a esa masa amorfa de internautas cuyo fin último parecería encontrar la versión más depravada del uso del cuerpo y la sexualidad de los seres humanos.
Y con otra más: el acceso a internet será muy pronto universal, ya que está en puerta su asociación con el aparato cotidiano que pervive en las salas de todos: la televisión. El grueso de la población que, por razones obvias de costo y conocimiento, ha permanecido a los márgenes de la red, ahora tendrá fácil entrada por la pequeña pantalla casera. Los televisores que hoy sólo sirven para ver programas, mañana servirán para interactuar con personas de todo el mundo, desplazando la interacción por computadora en cuestiones tales como el correo electrónico. Sólo falta substituir la televisión analógica por la digital, y el plato estará servido. Será entonces cuando el futuro nos alcance. Y sobrevivirán los que estén preparados para el trance.

EL OBSERVADOR 274-3

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Algunos medios de comunicación confunden libertad con impunidad
Como parte de las celebraciones del Año Santo 2000, la Iglesia católica mexicana, a través de la Comisión Episcopal de Comunicación Social y de la Conferencia del Episcopado Mexicano, realizó los días 22, 23 y 24 de septiembre, en Ecatepec, estado de México, el Jubileo de los Comunicadores.
El jubileo constó de dos partes: una espiritual, para que los comunicadores se encontraran con el Comunicador por excelencia, Jesucristo, que trajo la Buena Nueva de salvación a todos los hombres; y otra de tipo intelectual, que tuvo lugar dentro del II Congreso Católico de Comunicación, que demostró una vez más que el cristianismo tiene un mensaje que no sólo es válido para los fieles, y que puede marcar la diferencia entre que los medios de comunicación queden «reducidos» a ser «el cuarto poder» o que se conviertan en un auténtico servicio para la humanidad.
Las siguientes son algunas de las palabras vertidas por los pastores de la Iglesia mexicana:
«La libertad de expresión y de información se conciben de modo distorsionado, de ahí que los medios sean incapaces de percibir la realidad y nos presenten un entorno virtual que deforma la verdad o, incluso, la niega [...] Los intereses de grupo expresados en los medios también deforman la verdad o la ocultan».
Algunos medios de comunicación «se han convertido sólo en comercializadores para incrementar su audiencia y su tiraje, o en instrumentos de propaganda al servicio de ideologías claramente orientadas a confundir libertad con impunidad».
Mons. Onésimo Cepeda Silva, obispo de Ecatepec
y presidente de la Comisión Episcopal de Comunicación Social.

Las afirmaciones de los comunicadores, «sólo por ser pronunciadas desde los grandes medios de comunicación social, se aceptan como verdades. Tal hecho, por sí mismo, debe imponer una norma y llevar al comunicador a buscar con honestidad la objetividad y la veracidad de lo que comunica, y no olvidar que él (el comunicador) no es la verdad sino el instrumento que debe conducir a ella».
«Misión suya es, por tanto, tratar las cuestiones económicas, políticas o artísticas de modo que no produzcan daño al bien común».
Leonardo Sandri, nuncio apostólico en México.


EL OBSERVADOR 274-4

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PERDER POR DEFAULT
Contra los cafres.
Default concluye

Diego García Bayardo

        Parece obvia la regla que dicta que para ser abogado se necesita saber de leyes, para ser carpintero es preciso manejar las herramientas adecuadas y para ser chofer se necesita saber conducir. Sin embargo, este último caso no siempre se da. Seguramente existen choferes de microbús en esta ciudad de Querétaro (y en las demás) que manejen con precisión, seguridad y cortesía, pero son los menos. La mayoría de los conductores no respeta a sus pasajeros, a los peatones y a los demás automovilistas. Si quieren llegar pronto, van con exceso de velocidad; si quieren hacer tiempo, se paran mucho rato en cualquier esquina o van despacito, contando las vueltas de las ruedas; dan cerrones y hacen cambios de carril como para dar un síncope al conductor más templado; ignoran los semáforos cuando están echando «carreritas»; el estéreo lo ponen a todo volumen (generalmente con música detestable); llevan ayudantes y amigos con los que platican diciendo groserías a gritos, obscenidades y carnes varias, sin importarles que los pasajeros -niños incluidos- se ven obligados a escuchar de cabo a rabo semejante sarta de majaderías. Pero eso sí, cada vez que se les autoriza un aumento en la tarifa prometen que van a mejorar sus servicios. ¿Alguien ha visto mejora alguna en, digamos, los últimos cinco años? Que me lo diga, que como pasajero he seguido viendo las cosas que escribí arriba y otras peores. Choques. Atropellamientos. Señoras con sus bebés que cuando van a bajar del camión éste se echa a andar y las derriba en plena avenida, sin que el chofer se digne siquiera a voltear a ver el resultado de su canallada.
        Propongo que el Municipio establezca una oficina donde la ciudadanía pueda denunciar a los malos choferes y por la cual éstos sean duramente sancionados. La dirección y teléfono de dicha oficina serían difundidos por todos los medios de comunicación locales, incluyendo carteles fijos en los propios autobuses, y del mismo modo serían publicados sus acciones y resultados. También sería bueno ordenar que los funcionarios de gobierno y legisladores usaran camión al menos una vez a la semana, para que compartan las penalidades cotidianas de los ciudadanos y así se esfuercen en paliarlas.
        No sé si los choferes tienen un santo patrono y si celebran algún día especial, pero si es así, sería bueno que los sacerdotes, en las Misas para ese gremio, les den una «ubicadita» a los cafres y les informen que también manejando se peca o se gana el Cielo.

        Termina «Perder por default». Hace casi exactamente un año y un mes salió a la luz mi «Elogio de la intolerancia», primera entrega de una columna periodística con la cual, semana a semana, he clamado contra laicos indolentes, sacerdotes claudicantes, imposturas varias y traiciones cotidianas. Pero basta. Ya expuse todas las vergüenzas internas y es tiempo de dirigir las baterías contra las amenazas externas también. He propuesto nuevos enfoques para la evangelización y pido nuevamente a Don Mario De Gasperin Gasperin, obispo de Querétaro, a Don José G. Martín Rábago, obispo de León, a Don Luis Morales Reyes, arzobispo de San Luis Potosí, y a Don Rodrigo Aguilar Martínez, obispo de Matehuala, que capaciten y envíen sacerdotes para que conviertan a la fe católica a los gobernantes, políticos, intelectuales y demás personas que ocupan posiciones estratégicas en sus respectivas diócesis. Si sabemos que el pueblo en general espera todavía en Dios y que los enemigos de la fe están más bien en las clases dirigentes, movámonos en ese sentido y transformemos a los lobos en corderos, e incluso en buenos pastores.
        Agradezco a las personas que se han comunicado conmigo para expresar su acuerdo o su desacuerdo con las cosas que he escrito. A los señores Rafael Posada, Carlos Jiménez y Rafael Díaz, porque la oposición obliga a estudiar y reflexionar aun con mayor tesón y profundidad. El filo ocioso se embota. Y agradezco su apoyo a los señores J. Guadalupe Granados, Javier Algara Cossío y, muy especialmente, al Dr. Guillermo Murillo-Godínez, por su lectura crítica y exigente, sus sugerencias, comentarios y estímulo.

EL OBSERVADOR 274-5

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¿USTED QUÉ OPINA?
Es la única
Genaro Alamilla Arteaga
Quien conozca, aunque sea someramente, la historia universal, se va a encontrar —quiera o no quiera aceptarlo— con una institución trascendente, espiritual, fundada por Jesús nacido en Belén, destinada a ocuparse de todo el hombre y de todos los hombres, y cuya proyección deberá influir en todo su pensar, sentir y actuar en lo individual, familiar y social.
Por la historia misma sabemos que Cristo sólo fundo una institución, que llamamos Iglesia católica, y ninguna más. Pero también se pueden encontrar otros grupos de índole y variada espiritualidad religiosa, y cada uno reconoce a su fundador o fundadora; mas nadie —si es honesto— osará tener a Cristo por fundador, por más que algunos se digan cristianos impropiamente por el sólo hecho de que acepten parte de la doctrina de Jesús.
Esto viene a cuento porque a raíz del documento Dominus Iesus —emitido por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y presentado por el cardenal Ratzinger, prefecto de la misma, y cuyos destinatarios son todos los fieles de la Iglesia católica y sólo ellos si no se indica otra cosa— se despertó una serie de reacciones críticas en contra de lo que el documento recuerda a los fieles. Esta reacción se origina, desde luego, por ignorancia o desinformación. Pero no faltan jacobinos, anticlericales, hermanos de asociaciones religiosas, e incluso columnistas de algunos diarios y pseudoeruditos e intelectuales que —lo más penoso y vergonzoso—, sin conocer a la Iglesia ni su doctrina y organismos, se ponen a hablar de ella cometiendo garrafales errores que se convierten en calumnias.
Por otra parte, se podría decir con el lenguaje popular que a los que se pronuncian tan torpemente contra la Iglesia católica, «hasta lo que no comen les hace daño». Y si alguno de ellos sí pertenece a ella, lo menos que se les puede decir es: «por favor, antes de hablar, estudien para que conozcan bien a su Iglesia, o defínanse», pues hay quienes hicieron profesión de fe católica alguna vez y ahora se convierten en cristianos ignorantes e ingenuos católicos vergonzantes.
Ahora bien, nadie está obligado a profesar la fe católica porque esta se propone, se ofrece, se presenta. Es el «si quieres» de Jesús. Él nunca impuso su mensaje. La Iglesia católica tampoco. Pero es necesario que cuantos andan en estas cosas de iglesias y religiones —sea para tomar actitudes negativas o positivas— se echen a leer y reflexionar al menos estos tres libros:
Catecismo de la Iglesia católica, edición oficial de 702 páginas y 2865 números de texto. Documentos del concilio Vaticano II, por lo menos el documento Sobre la libertad religiosa (Dignitatis humanae) y el que versa Sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas (Nostra aetate).
Después de estas lecturas que nos permitimos sugerir, ¿habrá todavía quien pueda afirmar con seriedad que todas las religiones son iguales? Bueno, en este mundo siempre habrá pelmas, y los respetamos como personas, aunque no podamos estar de acuerdo con su modo de pensar. ¿Usted qué opina?

EL OBSERVADOR 274-6

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COLUMNA HUÉSPED
Si todo es relativo... *
Alfonso Navarro
Si la realidad humana queda sometida a los caprichos de la razón, del conocimiento, de las mayorías o minorías, o de cualquier otra falacia filosófica, entonces todo se hunde en el absurdo. Si tasamos por igual al probo que al bellaco, al trabajador que al zángano, a la madre abnegada que a la prostituta alegre, entonces la virtud, la justicia, el bien, la vida misma, no tienen ningún sentido. Sartre tendría toda la razón y el ser humano no pasaría de ser una pasión inútil . En el campo religioso, si medimos a todas las religiones con el mismo rasero, por lógica deberemos otorgar el mismo valor a la Iglesia ortodoxa que a cualquier oportunismo religioso emergente, llámese “iglesia de las tunas verdes” o de “la montaña exaltada”. Para eso, mejor crear, como se propuso recientemente en la ONU, una religión mundial para tirios y troyanos; es decir, que lo mismo sirva para un barrido que para un fregado. Y así, todos contentos.
Traigo a colación este tema, recientemente desempolvado por el documento Dominus Iesus , de la Congregación católica para la Doctrina de la Fe, porque en la polémica que ha desatado en el mundo y en nuestro país abundan los ataques, los comentarios torcidos y, sobre todo, la incomprensión de la doctrina católica. He aquí algunos botones de muestra. Según Roberto Blancarte, el documento nace del “gran pecado” de la Iglesia católica: la soberbia. Enrique Canales (con sus abstrusas elucubraciones que pretenden rizar el rizo) nos habla de “locura absolutista” y otras zarandajas. Para Mario Méndez Acosta, el documento refleja “la pequeñez” de las pretensiones de la Iglesia católica. Carlo Coccioli descubre una “nueva manifestación de incoherencia”, un verdadero y “espantoso asunto”. Roberta Elizondo califica al documento de “amenazante y patético”. Finalmente por citar uno más de tantos, Bernardo González Solano repite las “reacciones inmediatas” de las comunidades protestantes y judía, descalificadoras de la Declaración de la Iglesia católica.
Como católico, no me sorprenden ni me extrañan éstas y otras reacciones. En el Evangelio abundan las advertencias acerca de este fenómeno. Por lo demás, resulta lógico que cada creyente crea que su religión es la única y verdadera, como también que cada no creyente o ateo considere que todas son iguales: simples manifestaciones de las culturas (tesis del relativismo cultural de Spengler) o medios para alcanzar un fin avieso: el control de la conciencia de las masas. En todo esto no hay nada nuevo; son polvos de otros lodos que se pierden en el orto de la filosofía griega. Cabría, en ultimo caso, prestar especial atención a las descalificaciones de las iglesias protestantes, las cuales han interpretado el documento católico como un ataque a ellas “que comparten con la católica el mismo Dios y que, además, se consideran como otras iglesias católicas y apostólicas iguales a la romana”. Ante todo esto, aventuro algunas consideraciones.
En primer lugar, el documento no ataca a nadie, como inventan muchos delirantes; está dirigido a los católicos con un fin muy preciso: alertarlos, como afirmó el cardenal Ratzinger, sobre “la persuasión difundida hoy en día, no sólo en ambientes teológicos, sino también en sectores cada vez más amplios de la opinión pública católica”, de que todas las religiones son igualmente válidas. Se trata, dijo el purpurado, de una “orientación cultural que prevalece hoy en Occidente y que se puede definir sin temor a ser desmentidos con una palabra: relativismo”. Esta es la cuestión. Si todo es relativo en religión, si todas las religiones son equiparables, si la muerte en el Gólgota es un avatar más, entonces no sólo el cristianismo (que se podría dividir absurdamente hasta el infinito), sino incluso todas las religiones, no son más que disquisiciones teóricas inútiles sin ninguna certeza real de salvación. Quedarían reducidas a productos de consumo, intercambiables y desechables, del espíritu humano.
En segundo lugar, el contenido central del documento declara la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo; en otras palabras, proclama y reafirma que Cristo, Dios hecho hombre, es el único y universal salvador de la humanidad. Así, todo hombre de cualquier tiempo, raza, país o religión, puede alcanzar la salvación eterna por medio de Cristo, “dentro o fuera del cristianismo”, como afirma el documento. Por ello, advierte sobre la peligrosidad de la filosofía relativista que rechaza identificar la figura histórica de Jesús de Nazaret con la realidad misma de Dios, con Dios mismo, y bajo una falsa idea de tolerancia, marginar a quien defiende la identidad cristiana y difunde la verdad universal y única de la salvación de Jesucristo. Como se puede apreciar, el documento Dominus Iesus no arroja menosprecio alguno a otras religiones ni rasgos de soberbia o pretensiones hegemónicas de la Iglesia católica.

* Tomado de El Universal, 22 de septiembre de 2000.

EL OBSERVADOR 274-7

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PICADURA LETRISTICA
Intelectualidad falaz
J. Jesús García y García

Siempre habrá personas que se dejan arrastrar
por el torrente de ideas que dominan en su época.

DIETRICH VON HILDEBRAND

        Lejanamente conozco los escritos de Manú Dornbierer. Parece que en los temas políticos se desenvuelve con eficacia y logra buena impresión en el lector, sobre todo si éste simpatiza con la izquierda. Prueba de su éxito serían los libros que lleva publicados, cuyo número desconozco. Pero que no se meta a hablar de asuntos en los que algo tiene que ver la fe mayoritaria de nuestro pueblo. Allí la escritora pierde toda objetividad («miente, que algo queda», dice el consejo bastardo que ella toma por guía). El caso es que servirse de los medios de comunicación para apoyar causas moralmente ilegítimas -y en último término para descatolizar al pueblo- se ha vuelto un recurso muy utilizado por los verdaderos o falsos intelectuales.
        Doña Manú tuvo el descaro de escribir esto en Siempre! del 17 de este último agosto: «También se horrorizó el planeta cuando un grupo de monjas en el Congo Belga que se convirtió en Zaire y ahora regresa a ser el Congo, fueron violadas. El papa en aquel momento, el humanista Juan XXIII, más inteligente y culto que el papa Woytila [...] no sólo les permitió sino les recomendó abortar». Por supuesto que no se trata de un mero desliz sino de un plan con maña. Poco antes le oí lo mismo a un perredista de quien no pude retener el nombre; de modo que se evidencia el apego a un script.
        Sepa doña Manú que Juan Pablo II, este papa «menos inteligente y culto» que Roncalli, no hubiera beatificado al «Papa Bueno» el 3 del pasado septiembre si lo que ella afirma hubiera sido verdad, pues tal hecho lo inhabilitaría para ascender a los altares. Más aún, si la Santa Sede, por alguna razón que no se nos alcanza, hubiera decidido ignorar el detalle de marras, cualquier seglar católico -o todos en masa- tendría el derecho de impugnar la beatificación ya realizada y frustrar la posterior segura canonización. Inútil sería pedir a doña Manú que pruebe fehacientemente lo que con tanta ligereza afirma. De antemano lo consideramos imposible. En la moral que sustenta la Iglesia no hay cabida para el aborto en ninguna circunstancia. La doctrina católica al respecto no es hoy una y otra mañana, llámese como se llame el papa en turno.
        Son los embates del abortismo contra la fe, explicables porque aquél y ésta son de suyo inconciliables. El problema no es de ahora sino de siempre. Responder a todos los ataques sería cuento de nunca acabar. Pero da grima que gente con exitosos antecedentes editoriales, a la que uno le suponía capacidad dialéctica, caiga en el recurso más sucio y barato: en el rasposo embuste, como decir en la puñalada trapera.
        Hemos hecho peligrosos a los medios de comunicación. Vertemos en ellos lo que sirve a nuestros intereses, sin preocuparnos de si es verdad o no. O peor, queriendo deliberadamente hacer pasar por verdad lo que sólo es burda calumnia. El riesgo consiste en que, desgraciadamente, abundan las personas que, sin razonar ni indagar, fácilmente conceden crédito a lo que está puesto en letras de imprenta y sobre todo si lo dijo Fulanito o Zutanita. Se dejan arrastrar por el torrente de ideas, y así calumniar resulta fácil.

EL OBSERVADOR 274-8

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DESDE EL CENTRO DE AMÉRICA
El Llamado de Dios
Claudio de Castro
Solíamos ver a un hombre enfermo que asistía a Misa y, como un niño, se maravillaba por las cosas del Señor. Con un esfuerzo sobrehumano se levantaba para ir a comulgar. Todos esperaban sabiendo que le movía el amor a Jesús Sacramentado. Cuando ya no pudo levantarse, el sacerdote le llevó la comunión a su banca y, al final, cuando no podía bajar del auto, el padre llevaba hasta él la comunión. Su rostro, afligido por el dolor, se transformaba cuando recibía a Jesús Sacramentado. Y una leve sonrisa le iluminaba el rostro. Sin que él lo supiera, muchos lo observaban. Yo era uno de ellos. A veces me sentaba a distancia para verlo, pero, sobre todo, para recordarlo.
Le conocí bien, era mi papá. No sé si te conté, pero fue hebreo. Se convirtió algunos años antes de morir. Muchas veces me detengo a reflexionar sobre este hecho. Y en la forma que transformó nuestras vidas. Dios lo llevó de la mano, desde niño, sin que él lo supiera, hasta el día en que murió. Y nos envolvió a todos en ese maravilloso misterio que a muchos les tiene reservado: la conversión.
        Se llamó Claudio. Su padre tuvo el nombre de Moisés Frank, y sus abuelos: Abraham y Samuel. Todos provenían de una familia con raíces hebreas profundamente religiosos, respetuosos de la Torá. Abraham fue rabino. Curiosamente, mi papá nunca celebró su Bar Mitz-Vah. Tampoco le recuerdo en la sinagoga. En cambio, nos acompañaba a Misa. En algún lado escuché que estaba predestinado a la conversión.
A través de los años recibimos señales de este cambio sobrenatural. En Costa Rica ocurrió un hecho significativo: Visitaba con mi mamá a sor María Romero en la Casa de María Auxiliadora. Una multitud de personas se preparaba para la procesión. Mi papá se mezcló entre el gentío. De repente, un descubrimiento asombroso:
         — ¡Sor María! —exclamó mi mamá. Y señaló hacia la procesión — ¡mire donde va Claudio!
        Era quien cubría al Santísimo con el palio, al frente de la procesión.
— ¿Puede creerlo?
— Sí, Felicia —respondió sor María —. Y también le veremos comulgar.
Esta profecía se cumplió al pie de la letra.
A los años nos enteramos de lo ocurrido. La iglesia estaba abarrotada de gente. Una monjita atraviesa la iglesia con dificultad, llega donde está mi papá y le pregunta:
        — ¿Nos haría el favor de llevar el palio?
        Sin meditarlo mucho, acepta. ¿Sabía acaso lo que era un palio?
        Mientras escribo, pienso en él y en ese momento. Ya no se pudo echar para atrás. Debió ser impresionante. Siendo hebreo, lleva el palio en la Casa de la Virgen. ¿Qué habrá sentido? ¿Cómo es que Dios me busca a mí, habiendo tantos a mi alrededor?
         Nunca sabré con exactitud lo que sintió o lo que pensó. Seguramente esta experiencia lo estremeció hasta los huesos. La cercanía de Dios siempre estremece a las almas. Y las llama a vivir para Él y por Él.
¿Qué lo hizo cambiar? Esto ha sido un secreto celosamente guardado. Siendo hebreo, supo ser reservado. Y esperó.
        La cercanía de la muerte derribó las últimas murallas y le hizo dar el salto definitivo. Dios lo llamó y él respondió sin reservas. Ambos parecemos escuchar: «¿Claudio, me amas?». Y ambos respondemos: «Señor, Tú sabes que te amo».

EL OBSERVADOR 274-9

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¡Pan y circo!
Luis Miguel Rubín
La Cumbre del Milenio organizada por la ONU fracasó; pero sólo en apariencia, ya que, mientras preferimos seguir nuestros acontecimientos locales, miles de burócratas en las Naciones Unidas celebraban logros importantes de este acontecimiento, como fue la firma de México, entre otros países, de la Corte Penal Internacional (CPI) y el cocktail religioso organizado días antes en lo que se llamó “La Cumbre de las Religiones”, que sirvió de primer paso en el esfuerzo por crear la religión única o religión de Estado. Ambos actos tendrán enormes repercusiones para la vida de cada uno de nosotros en la manera de entender la dignidad del ser humano y la religión.
La Corte Penal Internacional se creó como un organismo para juzgar los crímenes de guerra. Dicha Corte se ha encargado de hacer justicia contra aquellos países que violan lo establecido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. A este organismo, dependiente de la ONU, se le dio un giro sutil desde la Cumbre de los Derechos Humanos, en Viena 1993, atribuyéndole la capacidad para juzgar, además de a los países, a las personas, poniendo en entredicho la soberanía de las naciones. México firmó de conformidad bajo las presiones de la ONU, ya que a tan sólo unos días de la Cumbre del Milenio recibimos la visita de un alto comisionado de este organismo para “invitar” a nuestro país a sumarse y convertirse, a través del caso Renave - Cavallo, en pionero en la aplicación de la justicia internacional. Lo que antes hubiera implicado un pronunciamiento contrario por parte del ejecutivo federal, ahora se aplaude con dicha ratificación. Es un síntoma más de un sistema que no sabe a dónde va.
Lo que no dijeron los grupos que impulsaron la firma por parte de México fue que hay una intención de que los derechos incluidos en la Corte Penal Internacional, además de los ya conocidos, amparen los relativos al género, es decir no sólo al masculino y femenino sino también al neutro, como lo manifestó el grupo feminista que promueve la ratificación de esta Corte a nivel internacional, dándole a este tribunal la potencial facultad de juzgar a las personas que no estén de acuerdo en llevar a cabo matrimonios y adopciones entre homosexuales, y a quien se oponga a la práctica del aborto por atentar contra un “derecho” de la madre. Los que pensamos que el matrimonio y la familia son instituciones de orden natural y que la vida es el primero de los derechos de la persona, tendremos que cuidarnos de no ser acusados ante este organismo por pensar de diferente manera. Del nuevo Senado dependerá su ratificación.
Intentar que todo el mundo profese una misma religión bajo el monopolio de la tolerancia, como se pretendió en la Cumbre de la Religiones, es un absurdo. Con la demagogia propia de quién todo lo pone a “consenso de la mayoría” (hasta lo espiritual), se invitó a más de mil personas de distintas religiones, sectas y nuevos movimientos religiosos (sin tomar en cuenta al Dalai-Lama, líder del budismo y Premio Nobel de la Paz, y menospreciando la representación de los musulmanes, cristianos y católicos que conforman más de la mitad de la población mundial, quienes ahora tendrán que conformarse con un voto más dentro de los mil quinientos que extistirán en este nuevo orden religioso). No es casualidad que los patrocinadores de esta iniciativa fueran la United Religions Initiative (URI) —asociación que promueve el aborto y el matrimonio entre homosexuales, cuyo dirigente es el teólogo disidente Hans Küng, quien representa a la World Parliament of Religions (Parlamento Mundial de las Religiones) y a la New Planetary Ethics (Nueva Etica Planetaria)—, Ted Turner (CNN), quien considera al cristianismo como una religión de “perdedores”, y las Naciones Unidas, cuyos recursos se destinan en buena medida para promover leyes más permisivas contra la vida humana. Al respecto podríamos preguntarnos si la “Ley Robles” y la nómina de organizaciones como GIRE provienen de la misma fuente. Una actividad rentable, sin duda.

EL OBSERVADOR 274-10

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ORIENTACIÓN FAMILIAR
Factores de fracaso en el matrimonio
Yusi Cervantes Leyzaola
Mucho le agradecería comentarnos en alguna de sus participaciones cuáles serían los cuatro factores (o más), más importantes y frecuentes por los cuales puede fracasar un matrimonio.

Habría que empezar, me parece, por la falta de compromiso. Me refiero al compromiso mantenido a lo largo de los años y que implica que mi pareja es siempre lo más importante en mi vida: más que los hijos, que mi familia de origen, mi trabajo, mis amigos y mis gustos. Los hijos, la familia, el trabajo y todo lo demás deben ocupar el lugar que les corresponde en la escala de valores, un importantísimo lugar en el caso de los hijos y el trabajo .
Ocurren muchas discusiones en las parejas que aparentemente se refieren a que el otro me limita y quiere alejarme de mis amigos, de mis salidas o mis diversiones. Muchas veces, en el fondo, el verdadero problema no está en que vayas o no con tus cuates, sino en el tiempo que no me dedicas a mí. Dice un marido: «No comprende que tengo muchas presiones en el trabajo y que me relaja ver televisión». Y es cierto; pero también la esposa necesita un lugar en la vida del marido. Como dice una señora: «Me gustaría ser televisión para que mi marido note que existo».
Se trata de un compromiso con el otro y con su proyecto de vida. Un mutuo apoyo en el logro de las metas personales y un estar ahí en la vida en común.
La falta de compromiso se refleja con frecuencia en la ausencia del cónyuge en asuntos que atañen a los dos, como la formación de los hijos, el mantenimiento de la casa, la construcción de un patrimonio familiar, el manejo del dinero, los quehaceres domésticos, la proyección de la familia en la comunidad... La falta de intimidad crea una frustración constante, un sentimiento de estar sólo, sin apoyo ante la vida y de haber sido traicionado.
Paralelo a este compromiso con el otro y con la relación matrimonial, está el compromiso con uno mismo. Cuando alguno de los esposos o ambos dejan de vivir su propia vida para vivir a través del cónyuge y/o de los hijos, se va creando una insatisfacción personal que puede derivar en resentimiento. Cada uno debe realizar su propia vocación, tener un sentido para su vida, utilizar sus talentos, crecer como ser humano; todo esto sin perder de vista la vida en común, el compromiso con la familia. Lograr este equilibrio es difícil, es un constante revisar, valorar, organizar, optar... Y para conseguirlo se necesita la participación de los dos.
Es en este punto donde muchas mujeres se sienten defraudadas. Todavía pesa mucho la idea de que el lugar de las mujeres es su casa, y cuando una mujer decide retomar sus estudios, trabajar fuera de casa o tener otro tipo de actividades, con frecuencia se topa con la oposición abierta o encubierta de su esposo, es decir, con su falta de apoyo. Y se provoca una separación entre los cónyuges.
También puede ocurrir que sea el esposo quien siente la falta de apoyo y las presiones en contra de su desarrollo personal.
Por supuesto, buscar el propio desarrollo sin tomar en cuenta la vida familiar y sin darle a cada aspecto de la vida el lugar que le corresponde —por ejemplo, trabajar tanto que no haya tiempo para convivir con el cónyuge y los hijos— también daña la relación matrimonial
Otro factor que destruye a los matrimonios es la falta de intimidad. La intimidad está hecha de muchas cosas: confianza, respeto, lealtad, sinceridad... Significa poder comunicarse profundamente, respecto a los temas más personales. Significa saber que el otro me va a escuchar sin juzgarme y que me va a aceptar tal cual soy. Los esposos tienen que ser también amigos. Sentir cariño uno por el otro. Cuando falta la intimidad los cónyuges se van alejando. Se pierde el vínculo interno que los mantenía unidos, esa conexión que los llevó un día a decidir compartir sus vidas. Se mantiene el vínculo del sacramento y el del matrimonio civil, pero los esposos pueden llegar a ser dos extraños compartiendo una casa y unos hijos.
En todo esto, por supuesto, juega un papel importantísimo no sólo la falta de comunicación, sino también los errores en la comunicación. El lenguaje es poderoso y con él podemos lastimar y destruir no a la persona sino a la relación que teníamos con ella.
Paralela a la necesidad de intimidad está la necesidad de independencia. Cada cónyuge necesita un espacio personal, tiempo para sí mismo, amigos propios y respeto a su privacidad. Ser pareja significa estar lo suficientemente cerca como para tener un vínculo estrecho, pero lo suficientemente separados como para seguir siendo personas libres. Cuando esto no ocurre, los cónyuges se sienten invadidos, censurados, ahogados, presionados. Y un buen día pueden hartarse. Mejor sería defender el propio espacio, marcar los límites necesarios a la sana convivencia.
Los problemas sexuales son otro punto crucial. Es un tema delicado. Por todos lados nos invaden los mensajes sexuales, pero pocas veces se habla del asunto con profundidad y seriedad. Los esposos no son la excepción. En muchas ocasiones los problemas que tienen en este aspecto no se mencionan. Los cónyuges se resignan y aceptan lo que tienen, pensando tal vez que no es importante. Pero sí lo es. Dios lo planeó así. La sexualidad involucra a los esposos uno con el otro de una manera única, profunda, peculiar... los convierte en únicos el uno para el otro. Es la llama que alimenta el fuego del hogar. Sin ella, muchos matrimonios se deshacen.
La sexualidad es mucho más que el acto sexual. Es algo que involucra a toda la persona y a toda la relación conyugal y se manifiesta en los gestos, la mirada, las caricias, los besos, la atracción... Es un constante: eres mi esposo, eres mi esposa, te amo.
Me parece que todos los demás factores que llevan a un matrimonio al fracaso pueden ubicarse en estos grandes temas. Pero no hay que olvidar que cada caso es diferente, cada pareja tiene sus propias características, su propia historia y sus propios retos.

(FIN)

EL OBSERVADOR 274-11

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