El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

10 de diciembre de 2000 No. 283

SUMARIO

bullet ENTREVISTA EXCLUSIVA Jean Vanier: «Hoy no se habla mucho sobre el Buen Samaritano»
bulletAL ALBA DEL MILENIO El amor todo lo resuelve
bulletDILEMAS ÉTICOS Y se quedó con el cambio
bullet«Yo sobreviví a un aborto» (I)
bulletCARTAS DE WARWICK Mientras no tengamos rostro
bulletEL TEMPLO DE BABEL Los Testigos de Jehová, ¿son cristianos o no?
bulletCASTIDAD NO ES REPRESIÓN (III) La totalidad del don de sí
bulletPINCELADAS La frase mágica

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ENTREVISTA EXCLUSIVA
Jean Vanier: «Hoy no se habla mucho sobre el Buen Samaritano»

El servicio a los últimos, a los más pobres, a los discapacitados, es un terreno privilegiado para el diálogo ecuménico, afirma Jean Vanier, quien ha descubierto las heridas, los complejos y las angustias del hombre contemporáneo. Se trata de un laico canadiense de 72 años que, en 1964, conoció en Francia a dos hombres con profundas deficiencias mentales, a quienes acogió en su casa para sacarles del abandono en un hospital psiquiátrico, y con ellos fundó la comunidad del Arca, en la que hombres y mujeres de toda procedencia social conviven con personas minusválidas (algunos tienen el síndrome de Down, otros proceden de centros psiquiátricos, etc.). A partir de aquella pequeña comunidad francesa, han surgido 103 comunidades del Arca en todo el mundo, en 26 países, con más de dos mil miembros. Vanier también fundó la comunidad eclesial «Fe y Luz», en nombre de la cual recorre el mundo predicando retiros espirituales.

        ¿En qué forma los movimientos eclesiales acuden a ayudar a los más necesitados?
        Hablo desde mi experiencia en El Arca, movimiento que está inmediatamente cercano a los pobres, con mayor misión de misericordia que de evangelización. Nuestra meta primera es ayudar al pobre con el amor de Jesús, y si se convierten o no, no es nuestro problema fundamental. Hay que llevar al prójimo a nuestra posada, así sea musulmán, hindú, ortodoxo o ateo.
        Se sienten apoyados por los gobiernos y pueblos que los acogen, o se sienten solos?
        En general, los gobiernos nos apoyan, aun los comunistas, como el de Cuba; no llegan a sostenernos financieramente, pero sí nos ayudan a resolver un poco el problema. Queremos trabajar con las instituciones, queremos entrar en la legalidad, no nos escondemos. Una nueva comunidad necesita cinco años para poder florecer: es como una semilla que hemos puesto en la tierra para que las personas con deficiencia encuentren realmente una paz interior y una madurez, y para que los asistentes también las tengan. La comunidad es algo sufriente, es algo muy bello pero muy doloroso porque toca nuestras dificultades, nuestras fragilidades y todo eso requiere tiempo.
        Parece que la dicotomía entre los grandes problemas y las pequeñas comunidades lo resuelven ustedes a través de una hermosa realidad: «Que las comunidades son un signo de unidad».
        Es por eso que El Arca dice: «Quiero ser un signo», un signo profundamente humano, que la persona con deficiencia que vivía en la calle es importante, que no está loco, que es una persona que sufre. Para mí el Evangelio es el único escrito que da una teología, una filosofía, una antropología de lo que es realmente el pobre. Hay muchas filosofías y pedagogías para cambiar al pobre, para que se convierta en rico, pero no hay más que una sola filosofía de lo que realmente es el pobre y esa es el Evangelio, historia del amor de Jesús por los pequeños y los pobres.
        Muchas de las otras experiencias de transformación toman a los seres humanos como objetos, no como sujetos de su propia historia.
        La dificultad es que, además, hay una doble transformación: la de las personas con deficiencia y la de las personas que van a hacer el servicio. Yo entro en la comunidad con el mundo dentro de mí, deseos de poder, deseos de mandar, junto con las heridas que yo ya traía desde antes. Y esta es una transformación muy larga que tiene que pasar por varias crisis. La vida comunitaria es difícil para todos, pero es, al mismo tiempo, una liberación.
        ¿Quiere profundizar en esa idea luminosa de la herida y su cura?
        Lo primero es descubrir la herida. Toma tiempo. Hay de por medio razones económicas y sociales, pero hay que profundizar. Es el miedo al otro, el miedo a lo diferente lo que provoca inseguridad. ¿Por qué no podemos descubrir que somos todos seres humanos? Porque estamos heridos, tenemos miedo de no existir, miedo a no ser nadie. El Espíritu Santo, que brota del interior, nos ayuda a descubrir que hay una identidad de amor mucho antes que una identidad de poder, y mi identidad de amor es que soy amado de Dios y que Él me ha llamado a ser su rostro en el mundo. Así se derriban las barreras. El mensaje final es: hay que reconocer que cada persona es importante.

EL OBSERVADOR 283-1

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AL ALBA DEL MILENIO
El amor todo lo resuelve
La mayor parte de los hombres tenemos mudo el corazón, y el fragor de lo cotidiano nos impide escuchar la voz de los más débiles. Predicamos el amor, pero, ¿qué es, exactamente, el amor para nosotros? Una bella palabra sin reflejo en nuestros actos. Por gracia de Dios, siempre se encuentra uno, uno que dice «yo» y se arroja a hacer lo que es justo, lo que es querido por la voluntad divina, con la pureza y la alegría no del deber cumplido, sino del amor en obras. Jean Vanier, uno que ha dicho «yo», y ha sido movido por la misericordia por los rotos, los quebrados, los extranjeros del mundo. La vocación del hombre es el amor, sus obras, la expresión de su amor. «El Arca» y «Fe y Luz» son las dos maravillosas iniciativas que Jean Vanier ha sembrado en todo el mundo. Con ellas ha cumplido con justeza su tarea, aquí y ahora: la de darle razón al Verbo de Dios en las obras para los que son bienaventurados: los pobres, los enfermos, los inválidos, los que no tienen casa, los que aspiran a recibir todo de los que hemos sido dotados con todo.
La labor de un hombre entregado a los demás, su obra misma, es un signo. Sabe que jamás podrá abarcar la totalidad de los problemas, que nunca podrá resolver el dolor humano en sus vastas ramificaciones. Solamente se arroja a la totalidad del amor, tal y como Dios lo manda. De ese signo nace la esperanza. ¿Quién se empeña en nuestra sociedad para ser un campeón de la caridad? El miedo al silencio, a la oración, a la diferencia, nos hace refugiarnos en las grandes identidades colectivas. La orientación de nuestra vida deriva del ruido, de la aglomeración, de la masa. Vencer al mundo para que renazca la fe, incluso para que renazca el sentido de la solidaridad humana. Tal es el sentido de una competencia que nos acerca más al corazón del más débil, que, finalmente, es el corazón de Jesús.
Hoy muchas mujeres y muchos hombres exclaman: ¡Para creer necesito un milagro! «El verdadero sentido del milagro es que el Dios vivo se haga evidente en la realidad de la existencia», ha dicho Romano Guardini. Es el milagro de la caridad gratuita, la que nada espera salvo cumplir la voluntad de Quien todo lo espera. Milagro que Jean Vanier ha sabido impulsar y al que invita a aceptar a todos, y en especial a los que trabajan por el más débil.
La tarea de la caridad no es fácil. Nadie se cura solo: aquél que extiende la mano para pedir que le curen su herida sabe que le está tendiendo un puente al otro para que camine hacia la orilla de la salvación. (J. S. C.)

EL OBSERVADOR 283-2

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DILEMAS ÉTICOS
Y se quedó con el cambio
Sergio Ibarra
¿Cuántas veces ha pagado usted en algún lugar y no le dan el cambio? ¿Y cuántas veces nos ha ocurrido que nos dan cambio de más? El dinero es una tentación para cualquiera. ¿No me cree? Veamos la historia que nos tiene Juanito para esta semana.
Esta vez Juanito consigue entrar a trabajar a uno de estos minisupers que ahora pululan en nuestras colonias. Gracias a su dedicación y buena disposición, lo capacitan para que eventualmente hasta la haga de cajero. De pronto se lanza una campaña por parte de uno de esos proveedores de comida baja en contenido alimenticio y que se valen de promociones dirigidas al mercado infantil. Estas promociones comúnmente son acompañadas por publicidad en TV, material de punto de venta, etc. Juanito, concentrado en su trabajo, poco sabía de ello. Un buen día entra a su tienda una familia. El hijo compra algunas bolsitas esperando que al abrir aquel producto aparezca la cháchara tan codiciada. Al subir a su auto en compañía de sus padres, el pequeño descubre con desencanto que una de las bolsas no contenía el objeto prometido en la promoción.
Inmediatamente regresa el cliente y le reclama a Juanito. “Oiga, la promoción que se promete no la trae esta bolsita”. Juanito rápidamente responde, apegándose a las políticas que le han indicado: “No puedo hacer nada por usted, ¿sabe?, porque usted ya abrió la bolsita”. El cliente repone: “Oiga, ¡pero si la acabo de abrir!”, entrega la bolsita y va a tomar otra bolsa, luego va hacia la puerta. Como si fuese un gendarme, y haciendo caso al rol que la empresa le pide, Juanito se interpone en el paso del cliente hacia fuera: “Señor, usted no se puede llevar el producto sin pagarlo”. El cliente, al ver la conducta de Juanito, le pregunta: «¿Y cuanto vale?». La respuesta es: «$3.50». Acto seguido el cliente le paga a Juanito, ahí, en la puerta del establecimiento con una moneda de 5 pesos. El cliente, disgustado, le dice: Ahí quédese con el cambio. Juanito corre a buscar a su jefe, en tanto el cliente va a su auto. Sale el encargado yescucha lo ocurrido por parte del cliente; se queda callado, se queda con la bolsita que había sido objeto del disgusto y, por supuesto, Juanito, muy obediente, se queda con el cambio.
¿Cuál es el dilema? Para Juanito, poner $3.50 y dejar a un cliente satisfecho, que regrese y recomiende al supercito en el que trabaja. Y claro, así como insistió que no podía hacer nada, insistir en regresarle su cambio al cliente.
Para el cliente, el padre de familia, ¿vale la pena protestar por $3.50? Y para la empresa y su proveedor, ¿cuánto vale el que un niño quede frustrado al gastarse su domingo y no obtener lo que deseaba? Ah, pero eso sí, ¿a que no te puedes comer solo una?

Los valores hay que ponerlos en acción. Hay dilemas cuando alguno es pisoteado. Un padre de familia católico que pretenda transmitir a sus hijos la religión, debería, desde el punto de vista de la ética, poner el ejemplo. Desde estas situaciones aparentemente simples, hasta aquellas que son mas graves. Ojalá y nunca caigamos en una frase que algún día me dijo un auditor: “Oye, Sergio, ¿pero por qué llevas las cosas al nivel de los valores?”. ¿Sabe por qué? Porque lo valores nunca descansan, somos católicos los 365 días del año, al menos lo intentamos. Aquí le hacemos esta invitación. Bueno, y usted, ¿qué hubiera hecho?

EL OBSERVADOR 283-3

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«Yo sobreviví a un aborto» (I)
Cuatro historias de mujeres que vivieron para contarlo, y que han sido publicadas por la Editorial Planeta- Colección Testimonio.
Alejandro Bermúdez
Es la primera vez que un protagonista directo del aborto puede hablar. En este caso no es sólo uno, sino cuatro. Son cuatro mujeres estadounidenses que sobrevivieron milagrosamente tras efectuarles un aborto. Se llaman Gianna Jessen, Sarah Smith, Audrey Frank y Bridget Hooker. Sus testimonios no poseen la más mínima nota de resentimiento, amargura o prejuicio contra nadie. Son más bien un alegato en favor del perdón, la reconciliación, la perseverancia y la alegría de vivir. En cada uno de los relatos, como en los diversos matices del arco iris, brillan características diversas que hacen de estas historias verdaderas epopeyas domésticas. Todas ellas, como un único haz de luz, irradian un profundo amor a la vida. Su lectura no le dejará indiferente. Cuatro historias de mujeres que vivieron para contarlo, y que han sido publicadas por la Editorial Planeta- Colección Testimonio.
Alejandro Bermúdez
Es la primera vez que un protagonista directo del aborto puede hablar. En este caso no es sólo uno, sino cuatro. Son cuatro mujeres estadounidenses que sobrevivieron milagrosamente tras efectuarles un aborto. Se llaman Gianna Jessen, Sarah Smith, Audrey Frank y Bridget Hooker. Sus testimonios no poseen la más mínima nota de resentimiento, amargura o prejuicio contra nadie. Son más bien un alegato en favor del perdón, la reconciliación, la perseverancia y la alegría de vivir. En cada uno de los relatos, como en los diversos matices del arco iris, brillan características diversas que hacen de estas historias verdaderas epopeyas domésticas. Todas ellas, como un único haz de luz, irradian un profundo amor a la vida. Su lectura no le dejará indiferente.

Primer testimonio: «Gianna y el Congreso»
«Mi nombre es Gianna Jessen. Tengo 19 años de edad. Soy originaria de California pero ahora vivo en la ciudad de Franklin, en Tennessee. Soy adoptada y sufro de palasia cerebral».
Alguien dijo alguna vez que la escena que sirvió de marco para estas palabras se prestaba para un remake contemporáneo de «Daniel ante el foso de los leones». Una exageración, sin duda, pero no una invención. La que hablaba era una Gianna Jessen que aparecía demasiado pequeña, demasiado leve frente al micrófono que amplificaba su voz —en la primavera de 1986— ante el Subcomité de Constitución del Congreso más poderoso del mundo, en la ciudad de Washington D.C.
Pequeña, pero ni temblorosa ni insegura. Ya no era la Gianna que, a los 14 años, acabó su presentación ante un comité similar en California, temblando y al borde del llanto, en medio de las burlas vociferantes de un contingente de abortistas, tal vez prometiéndose no volver más a un estrado. Gianna sonaba ahora serena, firme y hasta bromista, dispuesta a contar su increíble historia.
«Mi madre biológica tenía 17 años y 7 meses y medio de embarazo cuando decidió abortarme por el proceso de inyección salina. Yo soy la persona que ella abortó. Viví en vez de morir», siguió el testimonio de Gianna ante el Congreso. ¿Cómo apretar una vida tan peculiar, tan llena de sorprendentes giros, en una exposición de breves minutos? Eso es lo que Gianna intentaba hacer en el corto tiempo que le había concedido el comité para que diera su testimonio. Un testimonio que, si producía el efecto deseado en los congresistas, podía llevar a una legislación que salvara la vida de cientos de miles de niños en los vientres maternos.
«Mi madre estaba en la clínica y programaron el aborto a las 9 de la manaña —siguió Gianna con su relato—. Afortunadamente para mí, el abortista no estaba en la clínica al yo nacer a las 6 de la manaña del 6 de Abril de 1977. Me apresuré. Estoy segura que si él hubiera estado allí, yo no estaría aquí hoy, ya que su trabajo es terminar la vida, no sostenerla. Hay quien dice que soy un 'aborto fracasado', el resultado de un trabajo mal hecho», dijo Gianna.
La historia de Gianna, la historia de una vida con un final feliz, comienza con un largo capítulo triste, sin el cual hoy sería imposible comprender su vida y su propio compromiso a favor de la vida: la historia de Tina.
La vida de Tina, la madre biológica de Gianna, no sería hoy conocida si no fuera por la tenacidad de Jessica Shaver, una reportera pro-vida norteamericana que no quiso concluir la primera biografía de Gianna, un inspirador libro titulado Gianna: Abortada… y vivió para contarlo, sin contar con todas las piezas del rompecabezas. Y para dar con la madre biológica de Gianna —la pieza clave que Shaver no quiso dejar de lado en su reconstrucción biográfica—, no dudó en contratar a un veterano investigador privado para reconstruir pacientemente la azarosa vida de la joven de 17 años que en abril de 1977, confundida y aletargada, llegó a una ciudad de Los Angeles amenazadora e iridiscente para hacerse un aborto que, de haber concluido como estaba previsto —y como concluyen la inmensa mayoría de los abortos— hoy nadie podría contar la historia de Gianna.
Tina, actualmente casada, recuerda todo lo acontecido aquel día del aborto y las «razones» de su acto. Su historia, aleccionadora, es relatada en el libro.

Segundo testimonio: «Una lápida sin cuerpo»
En el cementerio de Irvine, estado de California, hay una sencilla placa de metal colocada a ras de la tierra que dice: ANDREW JAMES SMITH. Hermano mellizo de Sarah. «En nuestros corazones tú siempre estarás vivo». NOVIEMBRE 1970.
Debajo de la placa no hay nada más que tierra, pues nadie sabe dónde fue a parar el diminuto cuerpo sin vida de Andrew James Smith en noviembre 1970, cuando Betty Smith, madre de cinco hijos, decidió recurrir a un aborto para acabar con su sexto embarazo.
Betty no sabía que en el vientre llevaba dos niños —un varón y una mujer— y que el procedimiento sólo acabaría con uno —Andrew James—, dejando con vida a quien mas tarde fue dada a luz y que hoy es una de las más elocuentes sobrevivientes del aborto: Sarah Ruth Smith.
La enfermera de aquel frío e impersonal hospital californiano pasó mecánicamente la ficha médica con los datos de la paciente a un doctor no menos indiferente. En la ficha era posible leer: «Noviembre 1970. Datos: sexo femenino. Edad: 35, madre de 5 niños de 16, 14, 12, 10 y 9 años. Ocupación: empleada del Hospital Ward. Casada hace 17 años. Ocupación del esposo: Pastor evangélico. Problema: Irregularidad/ ausencia de período menstrual».
El doctor, que conocía a la paciente y a su familia, no necesitó mucha más información para llegar a una conclusión sobre el «caso» que tenía al frente. Así que, tras apenas un rápido auscultar del vientre de la paciente y unas cuantas preguntas, pronunció la frase que nunca dejaba de decir en aquellas circunstancias: «¡Felicitaciones, Betty, el sexto está en camino!».
Pero la respuesta de la paciente embarazada, esta vez, no fue la misma que en anteriores ocasiones. «Yo quiero un aborto», dijo Betty, hablando como una autómata y a pesar que el aborto aún era ilegal en Estados Unidos. «No hay problema, Betty», respondió el doctor, sin variar un ápice la misma voz zalamera con la que segundos antes la había felicitado por la nueva vida en camino.
¿Cómo la esposa de un ministro protestante podía recurrir a un aborto sin casi dudarlo? Betty ha explicado cómo la ignorancia y la presión social se confabularon en su vida para inducirla a tomar la terrible decisión que más le pesaría en su vida. «Con frecuencia me llamaban 'coneja' —cuenta Betty—. El sobrenombre me lo habían puesto cristianos: pastores amigos y sus esposas y miembros del templo; creyentes. Yo me sentía avergonzada y culpable, tanto así que en algún momento llegué a pensar que había hecho algo malo al dar a luz a mis niños».
Pero aún más que las burlas, a Betty le aterrorizaba la idea de morir dando a luz; un temor que ella adjudicaba a un trauma de infancia: «Mi madre murió al darme a luz. Subconscientemente, en retrospectiva, yo creo que estaba atemorizada porque creía que iba a morir al dar a luz, igual que mi madre», recuerda Betty. Además, hacía pocos meses había logrado encontrar un buen empleo como asistente de enfermería en el Hospital Ward. El nuevo trabajo había caído como una verdadera bendición para la extensa familia que debía sostenerse con los magros ingresos del ministro protestante de una comunidad no muy extensa. Por eso, cuando los indicios de su inesperado sexto embarazo comenzaron a hacerse evidentes, Betty no dudó un segundo en prometer con una firmeza furiosa: «yo no voy a tener otro hijo».
Así, provechando el feriado del día de Acción de Gracias que celebran en Estados Unidos a fines noviembre, el esposo de Betty explicó a sus hijos que mamá tenía que ir a la clínica para una «pequeña intervención», y luego, después de comer, condujo a Betty al hospital donde, con toda naturalidad, realizaban un acto que era entonces ilegal.
Tras la operación, cuyas características han quedado como borrosas en la memoria, Betty recuerda haber sostenido una extraña conversación, que se produjo cuando se encontraba aún bajo los efectos del sedante. «Ahora recuerdo, años después del nacimiento de Sarah, la voz suave pero clara de una mujer que me habló, desde la profunda oscuridad y el vacío del cuarto de recuperación, momentos después del aborto», dice Betty.
Se trataba de una voz que quería ser cálida y cordial, de una mujer que parecía buscar en la conversación un vehículo para hacer pasar ese momento de extraña tristeza. «¿Tiene usted otros niños?» preguntó la voz.
«Me acuerdo —continúa Betty— que le respondí con balbuceos, casi incoherentemente, tratando de contarle a esa voz femenina sin rostro, cuán maravillosos eran cada uno de mis cinco niños en casa».
No fue hasta mucho tiempo después que Betty, repitiéndose las inolvidables palabras de aquella mujer que sólo podía ser una enfermera, se quedó atónita. «Las palabras 'otros niños' me indicaron que ella y el doctor sabían que habían sacado a una criatura fuera de mí». Betty, en el simple desliz de la enfermera de preguntar por «otros niños», y no simplemente por «niños», comprendió el abismo de diferencia que existía entre lo que había hecho —eliminar la vida de un hijo— y lo que los médicos y enfermeras decían antes del aborto, que se trataba simplemente de un «tejido» sin valor.

EL OBSERVADOR 283-4

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CARTAS DE WARWICK
Mientras no tengamos rostro

Francisco Porras
Siempre he sentido una profunda sospecha ante la creencia de que nuestras reacciones más espontáneas e inmediatas son más “reales” —y representativas de lo que somos— que acciones más pensadas y construidas.
En esta cultura de inmediatismo y de interpretaciones de lo que suponemos son nuestros constituyentes básicos, creemos que nuestras primeras reacciones nos describen de mejor manera que nuestras reacciones mediadas por la educación, la cultura o las costumbres. Según estas posturas, somos más realmente nosotros mismos cuando estamos desnudos, cuando logramos quitar las máscaras y capas de personalidad que nos aíslan —y protegen— del mundo exterior. La intimidad se caracteriza por lo no-mediado, lo espontáneo y la falta de cálculo. El yo se define en la primera reacción. Y claro, como docenas de talk shows nos han enseñado, esta creencia supone, a su vez, que uno es capaz de formular claramente sus propios deseos. Si decimos que X “no sabe lo que quiere”, queremos decir no solamente que está confundido, sino que la mayoría de nosotros podemos ver con relativa claridad nuestros propios deseos, y que nuestras acciones siguen, más o menos, los objetivos propuestos por nuestros deseos. La racionalidad de nuestro mundo es una racionalidad económica y voluntarista: según ésta, somos capaces de hacer cálculos de ventajas y desventajas, y quien no vive de acuerdo con esto es un caso atípico.
Pero todos sabemos que la realidad es más compleja: no poseemos la claridad intelectual y de volición que las imágenes populares sugieren. Ni el voluntarismo obtiene lo que ofrece, ni nuestra racionalidad es perfectamente informada y quasi económica. Somos limitados, y muchas veces no decidimos para optimizar: otras racionalidades existen. No siempre sabemos lo que queremos. De modo que es normal tener varias aproximaciones a la realidad para comprenderla. Y eso también aplica a nuestra persona.
Sin embargo, hay una razón mayor. Algunos autores (entre ellos C.S. Lewis, de quien es la estupenda novela Mientras no tengamos rostro) piensan que sólo es posible saber qué es lo que realmente queremos hasta que nos encontramos con otros. En esa novela Lewis propone —a diferencia de lo que se cree ahora— que, cuando por fin uno expresa lo que ha estado rumiando en los entresijos del alma, uno no es capaz de decir sino sólo palabrería. Suena muy fuerte, sobre todo si uno tiene cicatrices que lo han marcado. Pero creo que vale la pena considerar su argumento. Lewis dice que el saber qué es lo que uno quiere es un proceso que no madura sino hasta el momento de nuestra muerte. El proceso de encuentro nos dota de un rostro, y hace que nuestra palabra tenga sentido. Así como los primeros balbuceos del niño tienen menos sentido que las palabras del adulto, así nuestras primeras reacciones no siempre son mejores. En ese sentido, Lewis es un optimista radical: todos tendemos a ser mejores personas (más sabias, más caritativas) conforme pasa el tiempo. Y si todos viviéramos lo suficiente, todos llegaríamos a la Gloria.

EL OBSERVADOR 283-5

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EL TEMPLO DE BABEL
Los Testigos de Jehová,
¿son cristianos o no?
Diego García Bayardo
La secta más difundida en México es, sin duda, la de los Testigos de Jehová. A través de sus publicaciones se presenta a sí misma como la verdadera fe de Cristo, pero ¿es realmente una religión cristiana?
Los católicos sabemos que nuestra Iglesia constituye el cristianismo original, el auténtico («cuídese de las imitaciones»); que es la Iglesia que fundó Cristo y la única capaz de probarlo con evidencias documentales y arqueológicas. Sin embargo, las religiones creadas por hombres durante la mal llamada Reforma protestante y las sectas de tipo cristiano creadas después, han pretendido ser las verdaderas depositarias de la doctrina de Jesús y sus fieles se han autoproclamado los «verdaderos» cristianos. Hasta han logrado que mucha gente crea que una cosa es ser católico y otra es ser cristiano, cuando en realidad ambas cosas son, en principio, una sola.
Si aceptamos que a los protestantes y sectarios también les queda el apelativo de cristianos, dado que ellos también creen en Jesús como redentor del mundo y tratan de cumplir, mal que bien, con lo que Él nos reveló, se vuelve más complicado señalar con precisión qué es cristiano y qué no lo es. En el caso de los Testigos de Jehová, podemos ver que afirman que Jesús es el Mesías, el salvador de los hombres. Hasta aquí todo parece indicar que se trata entonces de una secta cristiana, pero hay algo raro. Para católicos y protestantes no hay duda de que Dios es uno en tres Personas, y que Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad, o sea que Cristo es Dios. Pero aquí surge el problema con los Testigos de Jehová: ellos creen que Cristo ni es Dios ni es hombre, sino un ángel disfrazado.
Desde la fundación de la secta por Charles Taze Rusell, el principio de que sólo el Padre es Dios se convirtió en uno de los principales puntos de controversia entre los Testigos y los demás cristianos. Para los Testigos, la idea de la Trinidad implica una especie de politeísmo, así que la rechazan de plano. Debido a esto, se vieron en la necesidad de explicar de un modo nuevo el origen y naturaleza de Cristo, y para eso recurrieron a los escasos y breves pasajes de la Biblia que mencionan al arcángel Miguel; interpretándolos de una forma torcida y fantasiosa, llegaron a la conclusión de que Jesús no es más que dicho arcángel revestido con una apariencia de hombre. A pesar de la evidencia bíblica que los contradice, los Testigos de Jehová afirman que Cristo es sólo una creatura, que no existe desde la eternidad, que no es Dios y que tampoco se hizo verdaderamente hombre. Aunque tuvo Jesús un cuerpo físico, de todos modos no era realmente humano. Una vez caídos en semejante error fue fácil seguir tropezando en otros puntos de la Revelación, de modo que los Testigos de Jehová creen firmemente que Jesús no resucitó y que su cadáver se disolvió en el aire o que Dios lo tiene guardado, embalsamado, para exhibirlo en una especie de museo o feria cuando instaure su reino en la Tierra.
La doctrina de los Testigos acerca de Jesús contradice infinidad de pasajes de la Biblia que afirman que Jesús existe desde el principio de los tiempos y que su naturaleza es divina, o sea que es Dios (Jn 1; Fil 2,6; Tit 1,3 y 2, 13), que es correcto adorarlo (Fil 2, 9-10; Heb 1, 6; Jn 9, 38) y que resucitó realmente (Lc 24, 36- 43; 1 Cor 15, y otros). Es tan clara la diferencia entre la Biblia y la doctrina de los Testigos de Jehová que incluso tuvieron ellos que publicar su propia «Biblia», en la cual alteraron todos los pasajes que contradicen sus puntos de vista. Ni siquiera la llaman Biblia, sino «Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras» y no está dividida en Antiguo y Nuevo Testamento, sino en «Escrituras Hebreoarameas» y «Escrituras griegas cristianas». Con esta división artificial de la Biblia pretenden restar toda importancia a la encarnación de Cristo, la cual en realidad marca el fin de la antigua Alianza, imperfecta y caduca, e inaugura la Alianza nueva y eterna. En conclusión, los Testigos de Jehová tergiversan en tal grado las verdades acerca de nuestro Dios y salvador que no pueden ser considerados como verdaderos cristianos.

EL OBSERVADOR 283-6

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CASTIDAD NO ES REPRESIÓN (III)
La totalidad del don de sí
Gonzalo Estrada
Gonzalo Estrada
La caridad es el alma de todas las virtudes, las ilumina todas y les da vida. Así, la castidad, bajo el influjo de la caridad, se convierte en una escuela de donación de la persona. El ser humano al dominarse a sí mismo se regala, se entrega, se dona totalmente a los demás. Piensa en los demás, ama a los demás, puesto que ha roto con la esclavitud del egoísmo. La persona casta es generosa, amable, desprendida de sí misma, piensa en los demás.
La persona casta, por donarse a los demás, se convierte en un auténtico testigo de la fidelidad y de la ternura de Dios. ¡Cómo faltan en nuestro mundo testigos de Dios! Auténticos testigos que, con su vida, hagan presente a Dios en las calles, en las plazas, en las fiestas, en las fábricas, en las escuelas, en los hospitales...¡Qué gran influjo en los demás puede tener una persona casta!
La virtud de la castidad se desarrolla en la amistad. Nos dice cómo seguir e imitar a Jesucristo, que nos ha elegido a ser sus amigos. ¡Sí! Imitar a Él, quien se entregó totalmente por nosotros, porque nos ama, y porque ha querido hacernos participantes de su condición divina. Imitar al amigo fiel, al amigo amoroso, al amigo bondadoso, al amigo íntimo que se ha entregado por nosotros. Vivir la castidad es vivir desde ahora la promesa de inmortalidad.
La amistad con el Señor, ha de expresarse en la amistad con el prójimo. Cuando se desarrolla entre personas del mismo o diferente sexo es un gran bien para todos.
¡Qué grandeza tiene la castidad! ¡Qué seguridad nos puede dar para alcanzar la vida eterna! ¡Qué satisfacción tan grande nos puede brindar saber que estamos imitando a Jesucristo. ¡TÚ ESTÁS LLAMADO A VIVIR LA CASTIDAD! ¡TIENES VOCACIÓN A LA CASTIDAD!

Oración

Señor y Dios mío, Tú que te has entregado por mí hasta la muerte, Tú que me has creado por amor, Tú que me has llamado a ser tu amigo, te pido confiadamente que me fortalezcas para que pueda permanecer fiel a tu amistad, sea dueño de mí mismo y sea un auténtico promotor de tu amor entre los hombres.
María, Madre amorosa, tú que has sido el primer ejemplo de la auténtica castidad, te pido me acompañes para que pueda seguir tu ejemplo de dominio personal y de entrega generosa a los demás.
(Fuente: Catholic.net)

EL OBSERVADOR 283-7

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PINCELADAS
La frase mágica
Justo López Melús *
Justo López Melús *
La filosofía popular suele ofrecer expresiones que animan al aguante y la esperanza. Por ejemplo: «No hay mal que cien años dure», «Dios aprieta, pero no ahoga», «No hay mal que por bien no venga» (aunque esto un gracioso lo cambiaba por: «Ya decía el refrán: 'No hay mal que venga bien'»). Mi madre se rompió una vez un brazo. La gente le decía: «¡Qué suerte! Si hubiera sido una pierna...». También san Pablo nos consuela: «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas: pues, con la tentación, os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Cor 10, 13).
Un rey convocó a todos los magos de su reino. Quería ser un ejemplo para todos sus súbditos y mostrarse sereno e impasible ante los sucesos tristes y alegres. Y les pidió un amuleto para conseguirlo. Todos se rindieron. Ése amuleto era muy difícil. Pero un viejo sabio le prometió: «Mañana te traeré un anillo con una frase grabada en él. Léela pase lo que pase y te calmarás». Al día siguiente volvió y entregó el anillo al rey. El rey lo miró y leyó la frase mágica: «También esto pasará».

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.
(FIN)

EL OBSERVADOR 283-8

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