El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

17 de diciembre de 2000 No. 284

SUMARIO

bullet ¿Por qué se ataca a los sacerdotes?
bulletDILEMAS ÉTICOS Fox y el bien común
bulletREPORTAJE «Yo sobreviví a un aborto» (II)
bulletCARTAS DE WARWICK De los diferentes órdenes de cosas
bulletMIRADA CRÍTICA El hombre conectado
bulletEL TEMPLO DE BABEL Algunas sectas anticientíficas
bulletPICADURA LETRÍSTICA «Noche de paz», canción de villanos
bulletPINCELADAS El pelícano y sus hijos

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¿Por qué se ataca a los sacerdotes?¿Por qué se ataca a los sacerdotes?
Estos varones, la autoridad de la Iglesia más cercana al pueblo fiel, encargados de enseñar la religión, de santificar a los fieles y de guiarlos hasta el Cielo, son constantemente atacados; lo que no les ocurre por igual a los religiosos musulmanes, a los pastores protestantes, ni a promotores de ningún otro culto. ¿Por qué?
Básicamente podríamos decir que esto obedece a dos órdenes.
En primer lugar, porque molesta mucho a los que obran mal, recordándoles que hay un Dios, un infierno, un paraíso, una eternidad. «Todos los pillos, dice monseñor de Segur, todos los borrachos, todos los malos sujetos, todos los ladrones, todos los demagogos, todos los explotadores, todos los revolucionarios, son enemigos de los curas». Este hecho es cierto.
Por otro lado, la gente buena, los hombres de bien, las personas honradas, estimables, delicadas, todas miran con simpatía al sacerdote. Este hecho también es cierto. «Hay que concluir, entonces, que se anda con muy malas compañías cuando se combate a los sacerdotes» (P. Hillaire, La Religión demostrada, 1924).
En segundo lugar, la causa de las agresiones contra el sacerdote es el odio de los enemigos de la fe cristiana. Tal es su fuerza cuando se asocian para silenciar la voz del Papa, para ridiculizar los principios de Cristo, para descontextualizar su Magisterio, para mitificar con sus películas, libros y corrientes de moda. Como en el fondo detestan la figura real de nuestro Señor Jesucristo (no la inventada a medida de sus malas intenciones, pasiones y vicios), es natural que maldigan al sacerdote, encargado de continuar la misión del Hombre-Dios.
Nunca veremos a los enemigos del cristianismo combatir a los rabinos judíos, ni a los ministros protestantes, ni a los religiosos musulmanes ni de ningún otro culto. Tampoco veremos producir películas, exposiciones de arte, libros ni modas atacando o “blasfemando” a Buda, ni a Allah, ni a Krishna, ni a Zoroastro ni al Yahveh rabínico ni a ninguna de sus iglesias o agrupaciones de fieles. Sienten instintivamente que ningún carácter divino realza a los representantes de estas sectas religiosas. Pero frente a Cristo y a su sacerdote, se exasperan y multiplican las calumnias y las persecuciones.
Estos ataques no deben sorprendernos: Jesucristo los anunció a sus apóstoles: “No es el siervo mayor que su señor. Si a Mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán” (Jn 25, 20).
Estas divinas palabras, como todas las de Cristo, deben cumplirse; las calumnias que se esparcen contra los sacerdotes tan lejos están de escandalizarnos que, antes bien, nos procuran una nueva prueba de la divinidad de la religión católica.

Fuente: www.cristiandad.org

“Al sacerdote le incumbe el cuidado de explicar la ley divina, de decir lo que está ordenado, permitido o prohibido. A él corresponde la misión de dirigir la vida, de santificar la muerte y cerrar las puertas del Cielo. A él toca el hacer llegar al género humano a sus destinos. La dignidad del más humilde de los sacerdotes —sé que lo digo con gran escándalo del siglo, pero no importa – es superior a la dignidad del más grande de los monarcas, por la razón de que el menor de los bienes en el orden sobrenatural, aventaja infinitamente al mayor de los bienes en el orden espiritual”.
“Al sacerdote le incumbe el cuidado de explicar la ley divina, de decir lo que está ordenado, permitido o prohibido. A él corresponde la misión de dirigir la vida, de santificar la muerte y cerrar las puertas del Cielo. A él toca el hacer llegar al género humano a sus destinos. La dignidad del más humilde de los sacerdotes —sé que lo digo con gran escándalo del siglo, pero no importa – es superior a la dignidad del más grande de los monarcas, por la razón de que el menor de los bienes en el orden sobrenatural, aventaja infinitamente al mayor de los bienes en el orden espiritual”.
Santo Tomás.


Hay en cada parroquia un hombre que no tiene familia, pero que es de la familia de todos; al que se llama como testigo o como consejero en todos los actos solemnes de la vida; sin el cual no se puede nacer ni morir; que toma al hombre del seno de la madre y no lo deja sino en la tumba; que bendice o consagra la cuna, el tálamo nupcial, el lecho de muerte y el ataúd; un hombre a quien los niños acostumbran amar, venerar y temer; a quien los mismos desconocidos llaman padre; a cuyos pies el cristiano hace sus confesiones más íntimas y derrama las lágrimas más secretas; un hombre que, por su estado, es el consolador de todas las penas del alma y del cuerpo; el intermediario obligado entre la riqueza y la indigencia; que ve al pobre y al rico entrar alternativamente por su puerta: al rico para entregar la limosna secreta, al pobre para recibirla sin ruborizarse; que, no siendo de ninguna categoría social, pertenece a todas las clases inferiores por su vida pobre y, a veces, por la humildad de nacimiento; a las clases elevadas por la educación, la ciencia y la nobleza de sentimientos que la religión inspira y supone; un hombre, en fin, que lo sabe todo, que tiene derecho de decirlo todo, y cuya palabra cae de lo alto sobre las inteligencias y sobre los corazones, con la autoridad de una misión divina y el imperio de una fe absoluta.

¡Éste hombre es el cura!
Lamartine.



Formar sacerdotes bien preparados


Formar sacerdotes bien preparados
(Extracto de un reciente discurso de Su Santidad Juan Pablo II)

        Durante el siglo XX se han producido muchas transformaciones en varios sectores de la vida. El rápido desarrollo de la ciencia, de la técnica, de la medicina, de la cultura, del pensamiento social y político y, por último, de los medios de comunicación ha influido continuamente en la vida espiritual de las personas, de las familias y de naciones enteras. Se puede prever que también en el milenio en que estamos entrando esas transformaciones de la realidad de este mundo constituirán una fuente de nuevos desafíos para el hombre, especialmente para el hombre creyente. Con el fin de afrontarlos, los creyentes deben encontrar un sólido apoyo en sacerdotes bien preparados para su ministerio. Por eso hoy es particularmente importante el papel del seminario como comunidad que forma a los futuros pastores.
        El seminario debe ser un ambiente de hombres de profunda fe, de esperanza inquebrantable y de caridad abnegada; de hombres abiertos a la acción del Espíritu Santo, que suscita en los discípulos de Cristo el deseo de un compromiso activo para promover la venida del reino del Padre. El seminario ha de ser también el lugar donde se forma a presbíteros humanamente maduros, que saben usar las conquistas de la cultura moderna y quieren contribuir a crearla. El hombre de hoy necesita sacerdotes con grandes horizontes en el ámbito del pensamiento y de la acción, dispuestos a salir al encuentro de cualquier necesidad de sus hermanos.

EL OBSERVADOR 284-1

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DILEMAS ÉTICOS
Fox y el bien común
Sergio Ibarra

        Difícil sustraerse a comentar el contenido ético del discurso político del presidente Fox durante su toma de posesión. En primer lugar celebro que mi país ahora tenga un presidente que tiene valores y que tiene visión, que se compromete públicamente a ponerlos en acción; luego tenemos un presidente que se ha comprometido a ser ético.
        Jack Welch, de la General Electric, gran líder organizacional de nuestro tiempo, dijo una vez: «El líder del mañana guiará por medio de una visión, de un conjunto de valores compartidos, de un objetivo común». Así, en la toma de protesta a su gabinete, Fox leyó el Código de Ética, cuyos doce puntos, doce valores, exhortó a cumplir a sus colaboradores e, inclusive, les hizo protestar su cumplimiento.
        Al referirse a los pueblos indígenas, definió algunos elementos de su visión: «¡Nunca más un México sin ustedes! ¡En México y en Chiapas habrá un nuevo amanecer!».
        Deseo referirme ahora al primero de los valores que señala Fox, el bien común, motivo del dilema ético de esta semana.
        El presidente leyó: «Asumo un compromiso irrenunciable con el bien común, entendiendo que el servicio público es patrimonio de todos los mexicanos y de todas las mexicanas, que sólo se justifica y legitima cuando se procura ese bien común, por encima de los intereses particulares». ¡Qué lástima que el presidente dejó pasar la oportunidad de clarificar qué quiere decir bien común, particularmente a los miembros del gabinete!.
        En una experiencia que tuve cuando fui funcionario público le pregunté a regidores, a militantes del PAN y a civiles: ¿qué es el bien común? Nadie, nadie, nadie, contestó la pregunta correctamente: o no la entendieron o ignoraban la profundidad de este valor social, uno de los pilares del partido en el poder, por cierto. ¿Cómo se puede gobernar y ejercer la acción ejecutiva cuando se desconoce el sentido de este bien social fundamental? ¿Usted sí sabe lo que es el bien común?
        J. T. Delos, filósofo y sociólogo francés, elaboró la definición clásica: «Conjunto organizado de condiciones por las que la persona humana puede realizar su destino natural y espiritual».
        Frecuentemente se confunde el bien común de la sociedad como «el bien de todos», o «lo que es bueno para todos». Debe especificarse que estamos hablando de personas humanas. Mi querido maestro, Isaac Guzmán Valdivia, aclaraba: «Es preciso, al hablar del bien común, considerar que debe comprender todo lo que al ser humano se refiere: su origen, su destino trascendente, su vida material, intelectual y moral, su existencia temporal y su vocación a la felicidad eterna».
        Es cierto que el bien común del que habla Fox se realiza como un fin para la sociedad, para su proyecto de gobierno, pero también lo es que se convierte en un medio para la persona humana. El hombre es, pero se realiza, existe, en la sociedad. Ésta, a su vez, se realiza en la medida en que se dan las condiciones para el desarrollo armónico de todos sus miembros.
        ¿Usted sabía qué es el bien común? Es un valor íntimamente ligado a nuestra religión. No podemos renunciar a él, estaríamos negando que somos para y por la comunidad, estaríamos renunciando a nuestros deberes fundamentales como católicos. El gabinete de Fox debe entender este primer valor y luego convertirlo en decisiones y acciones. Ya veremos.

EL OBSERVADOR 284-2

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REPORTAJE
«Yo sobreviví a un aborto» (II)
Cuatro historias de mujeres que vivieron para contarlo, y que han sido publicadas por la Editorial Planeta- Colección Testimonio.
Alejandro Bermúdez

«Yo sobreviví a un aborto» (II)
Cuatro historias de mujeres que vivieron para contarlo, y que han sido publicadas por la Editorial Planeta- Colección Testimonio.
Alejandro Bermúdez
Cuán controvertido y cargado ideológicamente es el tema del aborto lo demostró una simple fotografía a fines de 1999. El periodista Matt Drudge se enfrentó con la poderosa cadena Fox, cuyos directivos le permitieron decir de todo en su programa, pero le prohibieron tajantemente que exhibiera la foto —hoy mundialmente conocida— que muestra la mano de un bebé de 21 semanas de gestación operado de espina bífida en el útero de su madre, que desde el vientre materno toma el dedo del cirujano que lo interviene. Según los directivos, la fotografía se prestaba a «confusión», porque se trataba de una intervención de un no nacido para curarlo; mientras que Drudge pensaba hacer un «uso indebido» al presentarla como un testimonio a favor de la vida y en contra del aborto. Drudge abandonó el set enfurecido, dejando a la cadena Fox sin programa y acusando a los directivos de practicar «pura y simple censura». «Si hubiera mostrado la foto de un huevo de águila con el pollo asomando una pata, no me hubieran hecho ninguna crítica». «El problema es que se trata de un ser humano», dijo Drudge.
Es precisamente en medio de este escenario donde aparece, como una flor a la vez tierna y poderosa, la importancia, la belleza y la fuerza del testimonio de los sobrevivientes del aborto.
Para sorpresa de muchos, los sobrevivientes del aborto no son pocos. Por supuesto, son una cantidad tan ínfima respecto de los millones de niños abortados por año, que su sola existencia raya en lo milagroso. Sin embargo, son los suficientes como para convertirse en una suerte de pequeño y eficaz pelotón cuya sola existencia es un alegato a favor del derecho a la vida del no nacido.

Tercer testimonio: «La historia de Audrey»
«Yo soy una sobreviviente del aborto. Y ya no puedo permanecer callada». Esta era la lacónica frase con la que concluía el crudo testimonio de una anónima sobreviviente del aborto que aparecía en la página web de la organización «Priests for Life» —Sacerdotes por la Vida—, que dirige el P. Frank Pavone, en Estados Unidos, en una sección dedicada a personas que han sobrevivido a un aborto.
A diferencia de los otros, que aparecen con fotografías y nombres completos, el de «Audrey» era el único testimonio anónimo; un testimonio de una mujer que sobrevivió al intento de aborto de su madre mucho antes que el aborto fuera legal en Estados Unidos. Más que el hecho de que el acto hubiera sido entonces un crimen, era la discreción y el temor de exponer a su madre lo que llevaba a «Audrey» a proporcionar su testimonio sin su nombre completo.
Los esposos Frank y Ana Kucharski, descendientes de inmigrantes polacos, vivían en Nueva Jersey. Ana, a los 39 años, se consideraba una mujer realizada en su vida familiar: sus cinco hijos habían salido todos de la «edad difícil», pues tenían entre 22 y 18 años.
Ana consideraba que estaba cerca de concluir su ciclo de «madre», y que pronto podría dedicarse a disfrutar de aquellos años «en blanco» que transcurren entre el ser madre y ser abuela. De pronto, sus planes se vieron interferidos por un suceso que Ana jamás hubiera esperado: estaba embarazada. ¡A punto de cumplir 40!
Tras los primeros momentos de desconcierto, siguieron el temor y la duda… y para resolverlos, decidió buscar a sus amigas más cercanas para decidir qué hacer.
Una de ellas, la más influyente sobre su ánimo y, ciertamente, la más decidida, no se anduvo con rodeos: «Ana tienes que olvidarte de esto», le dijo, y le propuso enfáticamente, insistentemente, que debía procurarse un aborto porque con cinco hijos ya mayores y a su edad simplemente se vería «ridícula» con un nuevo bebé.
Era 1952, 22 años antes que la Corte Suprema convirtiera el aborto en un derecho constitucional. Por eso, para evitarse los riesgos legales de exponerse a buscar un médico dispuesto a practicar abortos «por lo bajo», la «amiga» le enseñó a Ana un método casero para que pudiera hacerlo en casa.
Por la inseguridad y la duda, Ana pospuso la decisión hasta que ya tenía tres meses de embarazo. Entonces, la balanza en su mente se inclinó contra la vida. Así, un día de junio, se encerró en un baño de la casa que de pronto se le hizo enorme y frío...
A los 8 años Audrey era una niña tranquila, pero una sombra alteraba su vida infantil: la pesadilla recurrente de estar huyendo y no encontrar salida. Además Ana había notado que Audrey se resistía a dormir de otra forma que no fuera en posición fetal.
Regresando un día de la escuela, Audrey encontró en casa un clima serio. «Mis padres estaban allí sentados, me dijeron que tenían algo que contarme y que me explicarían la razón de mis pesadillas y mi forma de dormir. Mi madre comenzó a contarme la historia de su embarazo a los 40 años y lo que le dijo su amiga, luego que ella confesara su horror frente a la idea de no poder 'vivir la vida', hacer viajes, tener un coche... y todas esas cosas. Me contó luego que le habían enseñado una técnica 'vieja y segura' y que el día 24 de junio, en el día del cumpleaños de mi hermano mayor, ella abortó en un baño de la casa».

Cuarto testimonio: «La llamada telefónica»
A Bridget no le había pasado nunca por la cabeza que la habían intentado abortar cuando se encontraba en el vientre materno. Y aunque de niña presentaba los temores y fobias comunes en los niños que han sobrevivido a un aborto, jamás se le había ocurrido pensar que éstos tenían como raíz su dramática llegada al mundo.
Quizás la entonces sobresaliente estudiante jamás se hubiera enterado de que era una sobreviviente del aborto si no fuera por el inesperado desenlace de una de las frecuentes –y brutales– peleas telefónicas entre sus padres divorciados.
En una de aquellas incontables ocasiones, cuando Bridget tenía 18 años, su padre al otro lado de la línea decidió «demostrarle» cuán «perversa» era su madre –en el tristemente clásico esquema de divorciado de volver a los hijos contra el excónyuge– haciéndole una revelación: «tu madre cometió un aborto, pese a que, como católica, sabía que era algo muy malo».
Bridget estaba acostumbrada a la relación disfuncional entre sus padres, que se habían divorciado cuando ella tenía ocho años, pero que, a pesar de la violenta separación, en vez de distanciarse e ignorarse —como cualquiera esperaría— se seguían viendo y llamando por teléfono con la excusa de coordinar detalles de los hijos, pero en la mayoría de ocasiones para agredirse y pelear ásperamente.
«Fue un divorcio muy amargo y aún hoy, lamentablemente, mis padres siguen siendo enemigos brutales, aunque no peleen como antes», dice Bridget, que en 1999 cumplió 34 años. Sin embargo, esa llamada por teléfono no era «más de lo mismo». La información la dejó totalmente sorprendida y, por unos segundos, totalmente muda.
«La revelación de mi padre me sorprendió mucho y después de una pausa, le pregunté como si no hubiera entendido: ¿cómo?». «Sí, es verdad», contestó su padre. «Tu mamá tuvo un aborto cuando tenías 4 años. Pregúntale a ella». Bridget fue corriendo donde se encontraba su madre para preguntarle si es que era cierto lo que el padre le había dicho.
Su madre abrió primero unos enormes ojos y luego, pasando violentamente de la sorpresa al dolor, rompió en un llanto imparable y le confesó que era verdad: «Cuando tú tenías algunos años, tu papá me obligó a ir a tener un aborto en Nueva York, porque vivíamos en Chicago, y en Chicago en esa época el aborto era ilegal».
También le contó, profundamente dolida, que había pensado que, abortando, tal como le pedía el esposo, ella salvaría un matrimonio que ya venía naufragando desde hacía algunos años, pese a un auspicioso noviazgo que nunca habría hecho pronosticar el final.
Marlene, la madre de Bridget, decidió revelar algo más. «Mi madre me confesó que, cuando estaba embarazada esperándome a mí, mi papá también estaba muy enojado con su embarazo, y esa fue la primera vez en que la había obligado a abortar». Marlene, después de algunos tímidos intentos, cedió a la presión, y decidió someterse a un aborto para eliminar la vida de Bridget cuando recién comenzaba en el vientre.
El padre de Bridget, Peter Hylak, era un hombre de una vida disciplinada, dura y solitaria. Cuando se casó, una suerte de patología inesperada, alguna mezquindad oculta, afloró casi inmediatamente: la alegría se transformó en irritación y el entusiasmo en malhumor, en la medida en que Peter veía que la atención y el tiempo de su esposa se dividían para atender a los hijos.

EL OBSERVADOR 284-3

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CARTAS DE WARWICK
De los diferentes órdenes de cosas

Francisco Porras
Una de las características más impresionantes de la obra de Clive Staples Lewis (+1963, Inglaterra) es la libertad con la que conjuga una vigorosa imaginación con la firme convicción de que el universo donde existimos es cristiano por definición. La idea de que el orden moral es tan real y universal como la ley de gravedad, está siempre presente en su muy extensa obra (que incluye análisis de literatura medieval –—de la que era profesor en Cambridge—, historias para niños, novelas y ciencia-ficción). Esta idea ciertamente no es novedosa. Tampoco lo es la noción de que los diferentes órdenes de cosas (orden inorgánico, orgánico, psíquico, moral, social, etc.) están interconectados y que existe un cierta jerarquía entre ellos. Lo interesante en la obra de Lewis es la manera en que se presentan las relaciones entre diferentes órdenes.
Una metáfora considera al universo como un sistema piramidal, con los valores espirituales en la cúspide y los meramente materiales en la base. Cada nivel supone al anterior y tiene precedencia sobre éste, en una estructura vertical más o menos rígida. Cuando no se respetan tales precedencias, el orden se trastoca. Pero en la obra de Lewis uno tiene la impresión que el orden universal se describe mejor usando la imagen de la danza. Esto no implica que Lewis piense que no hay jerarquías, sino sólo que la relación entre los diferentes órdenes de cosas es mucho más compleja y flexible que lo que pudieran sugerir diversos niveles de una pirámide.
La idea de que el universo entero es un muy complejo minueto donde cada cual juega una parte importante y complementaria aparece de modo explícito en su Trilogía planetaria. Sin embargo, no se trata de un modelo mecanicista, sino —es increíble para una persona que murió en los 1960s— una reconsideración de la cosmología medieval. Lo divino ocupa el centro del universo, y eso se refleja en el orden físico. La tierra ocupa el lugar privilegiado: es aquí donde el Verbo se hizo carne. Cada planeta tiene su arcángel guardián, y, como en Dante, él es el encargado de mantenerlo en órbita y cuidar de sus criaturas. Cada sistema planetario tiene su propia compleja estructura de autoridades espirituales y angélicas que, como parte de sus deberes espirituales, deben cuidar de las lluvias y de los desiertos, de los bosques y de las bacterias. En una interpretación radical del “no se mueve la hoja del árbol” si Dios no quiere, la independencia del orden físico y biológico desaparece en la obra de Lewis. Los ángeles (dioses con minúscula) son lo que los antiguos griegos —y otros pueblos— querían representar con sus panteones: lo que es mitología aquí, puede ser realidad en otro mundo. Dios reina sobre un universo que se asemeja mucho a la compleja red de relaciones que había entre señores medievales semi-independientes. El resultado final —el orden universal— no es más que el fruto de esa compleja danza de cortejo y majestad.
Al final —y esto es lo importante—, en el universo Lewisiano la responsabilidad humana es acentuada, no sólo en el orden moral, sino sobre todo en el físico.

EL OBSERVADOR 284-4

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MIRADA CRÍTICA
El hombre conectado
Santiago Norte
La feria mundial de informática y electrónica, que se cleebra en Las Vegas cada otoño desde hace 21 años, es el escaparate de las nuevas tecnologías en el área de las comunicaciones.
Del universo digital se ha pasado, en un pestañeo, a la última novedad: el individuo conectado tiempo completo y en movimiento constante. El hombre tecnológico, para que mejor me entienda el lector. Ése que, como Bruce Willis, en la primera parte de El encuentro conmigo, trae teléfono de diadema, correo electrónico incluido y que es capaz de seguir trabajando con su oficina portátil acostado en la cama o conduciendo por algún boulevard angelino.
Antaño el hombre buscaba el sitio para comunicarse con otro o acudía a algún lugar determinado (por ejemplo, al cine) para gozar de las imágenes y el sonido; ahora la comunicación se produce en cualquier sitio y, cuando el sujeto se ha cansado de la realidad (de verla o de sentirla), se pone las «gafas para gozar» con las que podrá ver proyecciones de video para sí mismo, escuchar música en sonido estéreo y poner a funcionar su buzón, para que le dejen mensajes mientras se relaja.
Nada de hilos ni de presencias humanas o aparatos gravosos. La nueva comunicación se produce a través del éter, vía satélite, en solitario y con procedimientos acelerados insertos en pequeños objetos portables en el oído. ¿Para qué vivir conectado? Eso, en verdad, es lo que menos importa a la tecnología, a sus gurús y a sus seguidores (los hombres de negro, el techie que hemos aprendido a conocer en las películas). Como en la red de Internet, lo que importa es la conexión, no el contenido.

EL OBSERVADOR 284-5

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EL TEMPLO DE BABEL
Algunas sectas anticientíficas
Diego García Bayardo
El mito pertinaz de que la ciencia y la religión son enemigas irreconciliables, aunque puede encontrarse prácticamente en todas las religiones del mundo, debe mucho a ciertas sectas de origen estadounidense muy conocidas. La vertiginosa dinámica social del siglo XIX estadounidense produjo súbitamente, entre 1830 y 1880, un grupo importante de sectas fundamentalistas que hasta la fecha interpretan la Biblia con tal literalidad que ningún descubrimiento, teoría, idea o costumbre que no aparezca explícitamente en la Biblia encuentra cabida en la doctrina de estos grupos.
Ciertamente hay teorías que aún están en fuerte debate y que incluso dentro de la Iglesia católica encuentran firmes opositores, pero en nuestra Iglesia no hay una oposición sistemática a todo lo que no huela a Biblia, ni se niegan verdades tan obvias (combatidas por algunas sectas) como la antigüedad de la Tierra en miles de millones de años, la existencia de animales que se han extinguido, el desarrollo paulatino de las sociedades humanas a través de largos períodos históricos, etc. Incluso la teoría de la evolución es admitida en la Iglesia (teoría que no sólo es evidente, sino bastante compatible con la Biblia), aunque se rechazan las ideas dominantes, materialistas, sobre el motor de la evolución, ya que sólo Dios puede ser quien mueve y dirige la evolución de las especies. Veamos a continuación los errores científicos de algunas sectas muy conocidas.
*Mormones: La religión mormona (Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días) fue inventada antes de que se desarrollara la arqueología, y su fundador (Joseph Smith) imaginó que tribus judías -los nefitas y los jareditas- habían emigrado a América en tiempos bíblicos. Hoy se sabe que jamás llegó un judío a estas tierras antes de los viajes de Colón. Smith imaginó que en América hubo desde el principio caballos, vacas, cabras y otros animales que en realidad son provenientes del Viejo Mundo. El Libro de Mormón está plagado de errores de tipo histórico y arqueológico.
*Ciencia Cristiana: Fundada por Mary Baker Eddy en 1875, esta doctrina es de fuerte tendencia panteísta. Considera que todo lo real es Dios y todo es un único espíritu, por lo que sostiene que la materia no existe. Los cientistas afirman que el cuerpo del hombre no existe y sus enfermedades tampoco, por lo que se niegan a recibir atención médica de ningún tipo.
*Adventistas del Séptimo Día: Esta secta tiene como base los escritos de la estadounidense Ellen Gould White. Siguiendo las afirmaciones de dicha «profetisa» los adventistas interpretan el Génesis de forma completamente literal. Creen que el universo fue creado en seis días y consideran exactos los cálculos del anglicano James Ussher, quien afirmó que el universo fue creado en 4004 a.C. Al creer literalmente en la historia de Adán y sus hijos Caín y Abel, los adventistas niegan la existencia de todo el período paleolítico (el más largo de la historia humana, por cierto). Afirman que los fósiles de dinosaurios son creados por Satanás para engañar a la gente y hacerla creer que el mundo tiene más de 6,000 años.
*Testigos de Jehová: Los Testigos también interpretan literalmente el Génesis y toda la Biblia, por lo que también niegan la evolución de las especies y la prehistoria. Las fabulosas edades de los primeros personajes bíblicos (Adán, Noé, Matusalén, etc.) también son creídas a piesjuntillas. Debido a una interpretación igualmente radical de las ideas judías sobre la sangre (el viejo concepto de que la sangre «contiene» la vida o «es» la vida), no sólo se niegan a comerla, sino a recibirla en transfusión, pues dicen que es igual comer sangre por la boca que por las venas. Esto le ha costado la vida a muchos que, en caso de accidente, podrían haber recuperado la sangre perdida en hemorragias. Exceptuando el asunto de las transfusiones, los Testigos caen exactamente en los mismos errores científicos que los adventistas.
Los católicos creemos que la religión y la ciencia contienen verdades, por lo que dichas formas de conocimiento no son antagónicas, sino dos vías por las cuales el ser humano alcanza el conocimiento pleno de la realidad.

EL OBSERVADOR 284-6

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PICADURA LETRÍSTICA
«Noche de paz», canción de villanos«Noche de paz», canción de villanos

J. Jesús García y García
La música, perdónesenos la expresión, es el vapor del arte.
Ella es a la poesía lo que el ensueño al pensamiento, lo que el
flúido es al líquido, lo que el mar de las nubes es al mar de las olas.

VÍCTOR HUGO

De las diversas acepciones de la palabra villano, en el uso cotidiano predomina la de «personaje cruel o malvado de una película, obra teatral o historia». Pero en sus orígenes esta palabra sólo designaba al habitante de una villa o aldea, es decir, a un individuo perteneciente al estado llano, de donde se derivó una contrastación con el noble o hidalgo. Por su parte, villancico empezó siendo un villano pequeño (de mínima edad o de corta estatura), después fue «canción de villanos» y finalmente adquirió la connotación de «canción popular que se canta en Navidad, cuyo tema es, principalmente, el nacimiento de Jesucristo». En general, los villancicos tienen, pues, un buen germen: se proponen alabar y arrullar al Dios Niño, y algunos, pese a su categoría de género menor, añaden a su buena intención una evidente calidad artística. Son, así, vapor del arte, lo que el ensueño es al pensamiento, y eso otro que dice Víctor Hugo. Finalmente nos inspiran entusiasmo y esperanza, ayudan a nuestra fe.
En estos días las tiendas de autoservicio nos aturden con la repetición ad infinitum y a todo volumen de muchos villancicos. Su propósito es muy diferente del original: quieren crear una compulsión de consumismo. Y, claro está, dan preferencia a los villancicos que tienen un ritmo bailarín. De modo espontáneo se produce en mí, entonces, el rechazo de algunos de calidad menos que mediana: aquel, por ejemplo, de «arre borriquito, arre burro, arre...», o el de «campana sobre campana y sobre campana dos...», o uno que me parecía bueno pero al que le alteraron el ritmo pavorosamente: «pastores venid, pastores llegad...». En cambio hay otros que, por su excepcional calidad, nunca me saturan, siempre que estén bien interpretados, sin extraños arreglos: «Adeste fideles», «O Tannembaum», «Cantique de Nöel», «Por el valle de rosas», «La Nochebuena se viene», por decir algunos.
«Noche de paz» es el garbanzo de a libra. Su belleza es antonomástica. Es decir, por sí mismo representa y denomina al villancico, a la «canción de villanos». Me lo presentaron hace mucho como Silent night y creí que había sido compuesto por un estadounidense o que, en todo caso, alguien de nuestro vecino país se había apropiado de los derechos de autor y lo explotaba como si fuera suyo (lo acostumbran; recuérdese nuestro himno nacional, «Sobre las olas», etc.). Por años y años ignoré que su título original era «Stille Nacht, heilige Nacht» y que su autoría era responsabilidad del humilde párroco Joseph Mohr (la letra) y del organista Franz Xaver Grüber (la música), austriacos ambos, quienes lo estrenaron en la Navidad de 1818. De su inicial divulgación se encargó Karl Mauracher, modesto especialista en reparación de órganos.
«Noche de paz» está allí y, cuando lo capto, fácilmente le echo encima mi yo y mis circunstancias, le doy vida singular y lo hago mío. Se cumple una de las finalidades del arte. «Noche de paz» fue un regalo de Navidad para todo el mundo y para los siglos de los siglos. Amén.

EL OBSERVADOR 284-7

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PINCELADAS
El pelícano y sus hijos
Justo López Melús *
        El pelícano fue en busca de alimentos para sus pequeños. Una serpiente se acercó hasta el nido, donde dormían los pequeños. Dio un mordisco envenenando a cada uno, y todos murieron. La serpiente, satisfecha de su hazaña, volvió a su escondite. Al poco tiempo el pelícano volvió. Al ver aquella matanza empezó a llorar, y dicen que todos los habitantes del bosque lo acompañaban en sus lamentos.
«¿Qué sentido tiene ahora mi vida sin ustedes? —decía el pobre pelícano— Quiero morir yo también con ustedes». Y se puso a rasgarse el pecho con el pico, precisamente sobre el corazón. La sangre le brotaba a raudales, empapando a los pequeños asesinados. Pero ¡qué maravilla!, su sangre caliente había dado vida a sus hijos, su amor los había resucitado. Y entonces él inclinó la cabeza y expiró. El pelícano es figura de Jesucristo. Nos dio su sangre y expiró en la cruz.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

(FIN)

EL OBSERVADOR 284-8

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