El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

dia de mes de 2000 No. 286

SUMARIO

bullet «Diálogo entre las culturas para una civilización del amor y la paz»
bulletAL ALBA DEL MILENIO Unos por otros
bullet¿En verdad existieron los terrores del año mil?
bulletMIRADA CRÍTICA En el corazón del poder
bulletEl sacerdote de Jesucristo
bulletNecesaria colaboración
bulletEl católico en la acción política
bulletPINCELADAS Faltó el último intento

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Extracto del mensaje papal para la XXXIV Jornada Mundial de la Paz
«Diálogo entre las culturas para una civilización del amor y la paz»
«Al inicio de un nuevo milenio, se hace más viva la esperanza de que las relaciones entre los hombres se inspiren cada vez más en el ideal de una fraternidad verdaderamente universal. Sin compartir este ideal no podrá asegurarse de modo estable la paz. Por eso me ha parecido urgente invitar a los creyentes en Cristo, y con ellos a todos los hombres de buena voluntad, a reflexionar sobre el diálogo entre las diferentes culturas y tradiciones de los pueblos.
«EL HOMBRE Y SUS DIFERENTES CULTURAS.- La cultura es expresión cualificada del hombre y de sus vicisitudes históricas, tanto a nivel individual como colectivo. En la mayor parte de los casos las culturas se desarrollan sobre territorios concretos, cuyos elementos geográficos, históricos y étnicos se entrelazan de modo original e irrepetible. Este 'carácter típico' de cada cultura se refleja, de modo más o menos relevante, en las personas que la tienen.
«FORMACIÓN HUMANA Y PERTENENCIA CULTURAL.- Sobre la base de esta relación fundamental con los propios 'orígenes' es donde se desarrolla en las personas el sentido de la 'patria', y la cultura tiende a asumir, unas veces más y otras menos, una configuración 'nacional'. Por lo demás, en un análisis atento y riguroso, frecuentemente las culturas muestran, por encima de sus manifestaciones más externas, elementos comunes significativos. Las diferencias culturales han de ser comprendidas desde la perspectiva fundamental de la unidad del género humano.
«DIVERSIDAD DE CULTURAS Y RESPETO RECÍPROCO.- La autenticidad de cada cultura humana, el valor del ethos que lleva consigo, o sea, la solidez de su orientación moral, se pueden medir de alguna manera por su razón de ser en favor del hombre y en la promoción de su dignidad a cualquier nivel y en cualquier contexto. Si tan preocupante es la radicalización de las identidades culturales que se vuelven impermeables a cualquier influjo externo beneficioso, no es menos arriesgada la servil aceptación de las culturas, o de algunos de sus importantes aspectos, como modelos culturales del mundo occidental que, ya desconectados de su ambiente cristiano, se inspiran en una concepción secularizada y prácticamente atea de la vida y en formas de individualismo radical. Se trata de un fenómeno de vastas proporciones, sostenido por poderosas campañas de los medios de comunicación social, que tienden a proponer estilos de vida, proyectos sociales y económicos y, en definitiva, una visión general de la realidad que erosiona internamente organizaciones culturales distintas y civilizaciones nobilísimas.
«DIÁLOGO ENTRE LAS CULTURAS.- El diálogo entre las culturas surge como una exigencia intrínseca de la naturaleza misma del hombre y de la cultura. Las culturas encuentran en el diálogo la salvaguardia de su carácter peculiar y de la recíproca comprensión y comunión.
«POTENCIALIDADES Y RIESGOS DE LA COMUNICACIÓN GLOBAL.- El libre aluvión de imágenes y palabras a escala mundial está transformando no sólo las relaciones entre los pueblos sino también la misma comprensión del mundo. El hecho de que un número reducido de países detente el monopolio de las 'industrias' culturales, distribuyendo sus productos en cualquier lugar de la tierra a un público cada vez mayor, puede ser un potente factor de erosión de las características culturales.
«DESAFÍO DE LAS MIGRACIONES.- Son muchas las civilizaciones que se han desarrollado y enriquecido precisamente por las aportaciones de la inmigración. En otros casos, las diferencias culturales de autóctonos e inmigrados no se han integrado, sino que han mostrado la capacidad de convivir. Se ha recordar el principio según el cual los emigrantes han de ser tratados siempre con el respeto debido a la dignidad de toda persona humana.
«RESPETO DE LAS CULTURAS Y 'FISIONOMÍA CULTURAL' DEL TERRITORIO.- Más difícil es determinar hasta dónde llega el derecho de los emigrantes al reconocimiento jurídico público de sus manifestaciones culturales específicas, cuando éstas no se acomodan fácilmente a las costumbres de la mayoría de los ciudadanos. Mucho depende de que arraigue en todos una cultura de la acogida que, sin caer en la indiferencia sobre los valores, sepa conjugar las razones en favor de la identidad y del diálogo. No se puede impedir a uno que proponga a otro los valores en que cree, con tal de que se haga de manera respetuosa de la libertad y de la conciencia de las personas.
«CONCIENCIA DE LOS VALORES COMUNES.- El diálogo entre las culturas se apoya en la certeza de que hay valores comunes a todas las culturas, porque están arraigados en la naturaleza de la persona. Hace falta cultivar en las almas la conciencia de estos valores, dejando de lado prejuicios ideológicos y egoísmos partidarios, para alimentar ese humus cultural, universal por naturaleza, que hace posible el desarrollo fecundo de un diálogo constructivo».

EL OBSERVADOR 286-1

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AL ALBA DEL MILENIO
Unos por otros
Acabo de leer una frase de Ralph Waldo Emerson que quiero compartir con mis (escasos y entrañables) lectores. Dice: «Una sublime esperanza regocija el corazón del que cree, pues, en otras regiones del poder universal, otras almas a las que podemos amar y que nos aman, están rezando por nosotros». 
Son, desde luego, las almas de los santos. Por la oración hacemos comunidad con ellos, de la misma manera que por la oración ellos interceden a nuestro favor. Comunidad orante, ésa es la Iglesia de Cristo. Y tal es el origen de la esperanza que nos «regocija el corazón».
Creer, creer con todas las fuerzas de la carne y el espíritu, con toda la intensidad del «barro mal cocido» que —según León Felipe— es el barro del hombre. Y después de creer, el claro de bosque. Al leer vidas de santos (que puede haber santos desgarrados, pero nunca ha habido ni habrá santos bobos), una como claridad tranquila ilumina la inteligencia: no estamos solos en el mundo, nos acompaña la piedad de miles de almas que en ese preciso instante se ocupan de nuestra miseria.
Hemos escuchado aquí y allá que nuestra tarea vital es ser felices. Cierto, pero a condición de que superemos la moda presentísima de que para ser felices o hay que estar «bien con uno mismo» o hay que «llegar al éxito» social. Ni adentro ni afuera de mí está la verdadera felicidad, sino en mi unión con Dios, tal y como aconsejaba Blaise Pascal. Ser feliz sin hacer feliz al otro es, además de una incongruencia, una necedad.
¿A dónde hay que ir para ser feliz? A ningún lado. O, mejor, sí: al centro de la oración. A la humilde plegaria que nos redescubre el calor del encuentro y el color de la creación: «¿Abrid los ojos —exigía Paul Claudel—. El mundo está aún intacto, tan prístino como el primer día, tan fresco como la leche recién ordeñada». Y tan inexplorado por nuestra emoción como cuando queremos apropiarnos de él. No es la propiedad, es el amor el que, al final de la tarde, nos va a salvar. Eso, y el hacer comunidad, rezando unos por otros. (J. S.C.)

EL OBSERVADOR 286-2

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Verdad clara, oídos sordos 
¿En verdad existieron los terrores del año mil?
Ahora sí, con el cambio de año mudamos también de siglo y de milenio. Desde que comenzó a tomar fuerza el movimiento milenarista, que ahora se recobra esperanzado en que el 2001 sea el año designado para el desastre, hemos oído hablar de los terrores que vivió la humanidad al entrar el año mil, convencida de que sobrevendría el fin del mundo. ¿Pero esto realmente ocurrió o es otro engaño que debemos rechazar?
Es interesante notar la escasa y prácticamente nula información basada en fuentes concretas y creíbles de todos aquellos que juzgan y escupen sobre un período poco conocido de la historia. De fuentes más que dudosas en sus conocimientos medievales —como casi todas las que estos pseudo intelectuales poseen—, entre las que figura el libro “La última Misa”, escrito recientemente por Ivan Sperizza, en junio de 1999, y estimulado en sus “estudios” por Frederick Martens, encontramos el siguiente texto:
«El papa Silvestre II se irguió ante el altar mayor. La Iglesia estaba rebosante y todos se habían arrodillado. El silencio era tan grande que se oía el roce de las mangas blancas del Papa al moverse en torno del altar. Y hubo todavía otro ruido. Era un sonido que parecía medir los últimos minutos de los mil años de existencia de la Tierra desde la venida de Cristo. Resonaban en los oídos de los allí presentes como el latido en los oídos de quien tiene fiebre, con un ritmo sonoro, regular, incesante. Pues la puerta de la sacristía estaba abierta, y lo que oían los asistentes era el tictac uniforme e ininterrumpido del gran reloj que colgaba dentro, con un latido por cada segundo que pasaba.
Se había dicho la Misa de medianoche y reinó un silencio mortal. Los presentes esperaban... El papa Silvestre no dijo una palabra. Parecía sumergido en oración, con las manos elevadas al cielo. El reloj seguía su tictac hasta las doce en punto. Un largo suspiro se elevó del pueblo, pero no pasó nada. Como niños con miedo a la oscuridad, todos los que estaban en la Iglesia yacían con el rostro en el suelo, y no se atrevían a levantar los ojos. Sudor de miedo cubría muchas frentes heladas, y las rodillas y los pies perdieron toda sensibilidad. Entonces, de repente, ¡el reloj cesó en su tictac! Entre los asistentes empezó a formarse en muchas gargantas un grito de terror. Entonces el reloj empezó a dar campanadas. Dio una, dos, dio tres, cuatro... dio doce y no paso nada... El papa Silvestre se volvió, y con la orgullosa sonrisa de un vencedor extendió las manos en bendición sobre las cabezas de los que llenaban la Iglesia. Pero pasó algún tiempo antes de que la gente se recuperara. Terminado el cantar del Te Deum, hombres y mujeres cayeron unos en brazos de otros, riendo y llorando. E intercambiándose el beso de paz. ¡Así terminó el año mil del nacimiento de Cristo!».
El origen del error

Los siglos XVII Y XVIII dieron a luz a ciertos historiadores y arqueólogos que se hallaban aquejados de un mal muy propio de su tiempo. Para entender a qué mal nos referimos, es necesario refrescar en nuestras mentes el recuerdo de que el Renacimiento y luego la Ilustración pasan por dos curiosos procesos que explican con bastante claridad lo que entonces sucedió: un resurgimiento furioso de las creencias paganas pre-cristianas en la primera etapa, y un ansia desmesurada por la adquisición de conocimientos, cientificismo y el germen del ateísmo en la segunda.
“Edad Media”, es un término que fue creado por el hombre renacentista y moderno para designar el oscuro período que intermediaba entre el mundo antiguo y el re-nacimiento del mismo tras la muerte de la cristiandad.
Para los amantes de los cultos antiguos, y para los cultores del conocimiento fatuo, nada podía ser más molesto que una fe acendrada y un orden de cosas en consonancia con el catolicismo. Por este motivo, a sus ojos, esta etapa histórica fue una época oscura, madre de “fanatismos” (distintos de los que los paganos tenían) y de credulidad y superstición (tan contrarias a la fe irrestricta en la madre ciencia y la acumulación de información de la era ilustrada).
Es a través del nuevo humanismo renacentista, pues, cuando aparece la primera descripción conocida de los terrores del año mil. El retrato refleja el desprecio que profesaba la joven cultura occidental por los siglos cristianos que le precedían. En el centro de las llamadas desde entonces tinieblas medievales, el año mil, antítesis del Renacimiento, ofrecía el espectáculo de la muerte y de la prosternación irreflexiva. Así fue que unos cronistas, especialmente italianos y franceses, hicieron esa fábula de deformación y pura creación mental.

Algo de literatura...

El material medieval existente nos puede ayudar a comprender hasta qué punto importó el cambio de milenio —que ocurrió, por la más elemental lógica matemática, hasta el año mil uno—:
1) Los anales de la época, que apuntaban año por año los principales acontecimientos conocidos. Con ellos nada o casi nada se sabe del año mil.
2) Las crónicas, que retomaron y elaboraron los anales en forma de obra literaria. Hay tres obras importantes alrededor del año mil, y ninguna menciona siquiera algún terror relacionado con la fecha.
3) Sólo restan las verdaderas historias, que reducen a tres las obras conocidas, a saber: A) tres libros de costumbres y hechos de los primeros duques de Normandía. B) cuatro libros de historias que abarcan un período comprendido entre 888 y 995 y C) cinco libros dedicados a san Odilón, que relatan historias circundantes al siglo X.
De los textos del “papa del año mil”, Silvestre II, que han llegado a nuestros días, en lugar de encontrar exhortaciones de terrores inminentes, hallamos, por el contrario, cartas que escribió y editó soñando con Plinio y Cicerón: nada relacionadas con el año en cuestión. Además, los enemigos del papa Silvestre II no han reparado en su calumnia: los relojes mecánicos necesitaron varios siglos más para ver la luz de la creación, ya que el primero data del año 1656, y fue creado por Cristian Hiugens. Es decir: ¡en ese momento no había relojes, ni tic tacs, ni 12 campanadas como se menciona en La última Misa!

El comienzo de la deformación

No queda de la época feudal más que una sola crónica que habla del año mil como un año trágico: la de Sigeberto de Gembloux. Dice: «Se viven en ese momento muchos prodigios: un terrible temblor de tierra; un cometa de estela fulgurante. La irrupción luminosa invade hasta el interior de las casas y, por una fractura del cielo, aparece la imagen de una serpiente». Pero en el siglo XVI encontramos en los Annales de Hirsau un texto totalmente adornado y modificado: «En el año mil de la Encarnación violentos temblores de tierra sacudieron Europa entera, destruyendo por doquier edificios sólidos y magníficos. Ese mismo año apareció en el cielo un horrible cometa. Muchos que lo vieron creyeron que era el anuncio del día final...».
Aquí tenemos la adición gratuita y deformante... De los terrores del año mil la crónica de Sigeberto de Gembloux no decía nada.
Por el contrario, al examinar detenidamente los textos de la época (en lugar de los escritos de cinco o siete siglos después), sorprende encontrar la poca importancia que dan, prácticamente todos, al inicio del milésimo año de la Encarnación.
(Fuente: cristiandad.org)

EL OBSERVADOR 286-3

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MIRADA CRÍTICA
En el corazón del poder
Santiago Norte
Santiago Norte
En un reciente artículo Timothy Garton Ash hace patente el papel central que está tomando la televisión en la vida política de los pueblos. Con la telenovela estadounidense de fondo (el culebrón llamado Democracia), afirma que «hay un aspecto del espectáculo que es más preocupante (que los jaloneos de la corte de Florida), y es el papel de la televisión misma en el drama que ésta ha retrasmitido al mundo».
La televisión de Estados Unidos, afirma Garton Ash, fue parte fundamental del problema que derivó en comedia de enredos electorales, legales y sociales en la que se pavoneaba como la democracia más perfecta del planeta. Todo tuvo su origen en el anuncio realizado por la cadena Fox la madrugada del 8 de noviembre, anunciando a George W. Bush como el ganador de las elecciones presidenciales.
Como fue la cadena Fox la que lo anunció, luego era cierto. Tanto así que el mismo vicepresidente Al Gore, candidato entonces del partido Republicano, llamó a Bush para felicitarlo y darle suerte en su mandato. Al hacerlo, consciente o inconscientemente, Gore reproducía una especie de máxima de la cultura electrónica, cuya base está en Estados Unidos: que si lo dice la televisión, el dato es cierto.
Ya sabemos lo que más tarde sucedió; que Gore, avisado por sus huestes, dijo que el asunto de Florida no era claro. Pero, ¿quién era el señor Gore para discutirle a la televisión?
El poderío televisivo no es un fenómeno privado de la Unión Americana: se extiende a lo largo del mundo. Milosevic, por ejemplo, mantuvo el poder en Serbia porque mantuvo el control de la televisión. Cuando la oposición lo tumbó sin remedio, lo hizo a través de las imágenes del asalto al Parlamento de Belgrado por CNN.
Teledictadura, telerrevolución y teledemocracia son, según nuestro autor, los tres ejes de la política actual.

EL OBSERVADOR 286-4

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El sacerdote de Jesucristo
Pbro. Prisciliano Hernández Ch., ORC
“Es nuestro deber y salvación darte gracias, Señor Dios todopoderoso y eterno. Que constituiste a tu único Hijo pontífice de la alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste en tu designio salvífico perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio” (Prefacio de la Misa crismal y de la Misa de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote)

Dimensión fundamental
Cristo es el sacramento del Padre. No sólo es su revelador, sino el que realiza el plan salvador de la Trinidad. Con Cristo empieza y se realiza el tiempo nuevo y definitivo. Él es el Amén o el Sí de Dios Padre (2 Cor, 18,20). Cristo revela las intenciones del Padre, es su Icono y es su instrumento para realizar su proyecto sacerdotal .
Más aún, Él es la Revelación del Padre y Él es su Acontecimiento de salvación. A través de su entrega oblativa, de su misterio pascual, de su muerte y resurrección ejerce en plenitud su ejercicio sacerdotal.
Él es el Sumo Sacerdote desde el inicio de la Encarnación. No puede haber ni habrá otro sacerdote, pues en Él convergen la divinidad y la humanidad. Su condición sacerdotal es la expresión temporal de su condición filial: «Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado...» (Sal 2,1...). Su ejercicio sacerdotal estará marcado por el amor eterno y amor expresado en el tiempo, como Hijo. El Sumo Sacerdote es Hijo; su obra sacerdotal es obra filial.
Por el sacramento del Orden se configura al presbítero con Cristo Sacerdote. Sin la incorporación al misterio de la persona de Cristo no existe ni misión apostólica, ni sacerdocio.
Por la incorporación a Cristo el presbítero presencializa a Cristo y su ministerio de Pastor y de Cabeza de la Iglesia en el grado que le corresponde. Sus gestos sacramentales son acciones de Cristo, en virtud del sacramento del Orden y por la acción del Espíritu Santo.
El presbítero es portador de un carisma permanente en el que se hace presente la misión que Jesús recibió del Padre y que se continúa gracias a la sucesión apostólica.
El aspecto pneumatológico aporta el carácter de gratuidad propia de la diaconía de la misión. El ministro es instrumento del Espíritu Santo y se le confía el ministerio del Espíritu (2 Cor 3,8). El Espíritu elige a los ordenados, los unge, los capacita y anima en ellos el carisma sacerdotal desde la dimensión esencial a la existencial. Es el Espíritu Santo en el ordenado su principio configurador con Cristo.

Su modelo, Jesucristo,
Buen Pastor

Toda la vida del presbítero ha de llevar esa impronta: “ regir y apacentar al pueblo de Dios, movidos por la caridad del Buen Pastor” (PO 13,d). El distintivo de su vida es la caridad pastoral. Las múltiples facetas del presbítero han de estar transidas del oficio del Buen Pastor: que sea tarea de amor apacentar el rebaño del Señor (San Agustín).
El presbítero camina tras las huellas del Buen Pastor en su solidaridad descendente y ascendente (Flp 2, 7), como uno de tantos, y ascendente en el amor obediencial al Padre.

La dimensión fontal de la identidad sacerdotal: la Santísima Trinidad
No se puede definir la naturaleza y la misión del sacerdocio ministerial si no es bajo el conjunto de relaciones que brotan de la Santísima Trinidad. El sacerdote es enviado por el Padre, por medio de Jesucristo, para vivir y actuar con la fuerza del Espíritu Santo al servicio de la Iglesia. Es enviado a hacer la humanidad a imagen de Dios uno y trino, en comunión, “una multitud aunada por la Trinidad”, en dicho de San Cipriano, recordado por el Concilio Vaticano II, en la constitución Lumen Gentium.

Dimensión eclesiológica
El Concilio Vaticano II sitúa la ordenación y el ministerio del presbítero en dependencia del episcopado, de cuya plenitud sacramental participa y en cuya misión queda integrado como colaborador necesario. Define al presbítero en relación al orden episcopal.
La ordenación presbiteral no es sólo trasmisión de una potestad para actuar en persona de Cristo sobre su cuerpo eucarístico, sino una verdadera incorporación a una solidaridad ministerial para servir a la comunidad en diversos campos; constituye al ordenado en miembro del presbiterio, cuya cabeza es el obispo servidor de una iglesia particular o diócesis, en la cual se actualiza la Iglesia Universal.
Bajo este aspecto eclesiológico todos los presbíteros que trabajan en una determinada diócesis, sean jurídicamente diocesanos o religiosos, son diocesanos y sus carismas deben de servir a la comunión y no ser óbice para ella so pena de perder su catolicidad y devenir en sectarios.
El presbiterado, pues, no se funda en sí, sino en el episcopado en quien pervive la misión de los apóstoles, quienes nos vinculan con Jesús el enviado del Padre. En palabras de Walter Kasper: “ toda la Iglesia es el sujeto auténtico y primario de la misión salvífica y eclesial y el individuo –ya sea papa, obispo, sacerdote o laico-, sólo puede actuar en comunión con el todo y como órgano del conjunto”. Existe, pues, una corresponsabilidad de ministerios y carismas.

El ser eminentemente relacional del presbítero
Existen otros aspectos esenciales del ministerio presbiteral que ponen en evidencia la grandeza del misterio de Cristo que llevamos en la fragilidad de nuestro barro; la gloria o el peso específico del sacerdocio es de Jesús, el Siervo Doliente, Sumo y Eterno Sacerdote. La miseria es nuestra, los límites son nuestros. Estos aspectos serían que somos ministros de la Palabra y no dueños; que somos ministros de la santificación que nos rebasa y no su fuente; que somos rectores del pueblo de Dios, pero no sus tiranos, ni sus burócratas, ni sus diplomáticos; que hemos de actuar con la autoridad que hace crecer y respeta la dignidad de todos, sobre todo de los pequeños. La parresía o el entusiasmo en proclamar la salvación ha de hacerse desde la docilidad al Espíritu en la prolongación del misterio de Pentecostés.
Hemos de atender a la totalidad: relación con Cristo, con los sacramentos, con la Iglesia, con el ministerio apostólico, con nuestra comunidad, con todo el pueblo de Dios y con otros hermanos presbíteros en mutua relación, apoyo, acogida y fraternidad. El presbítero, por su misma naturaleza, pose una orientación esencial a favor de los demás en corresponsabilidad con otros presbíteros.
La imposición de las manos y la unción crean en el presbítero la dimensión de comunión. Él ha sido ordenado para construir la comunión eclesial. Está al servicio de la comunión, ha de ser vínculo de unidad y animador de comunidades, del todo a la parte y de la parte al todo, aunque en la parte cualitativa está el todo.
El Espíritu Santo es el artífice de esta relacionalidad; todo lo demás ... no procede de Dios.

EL OBSERVADOR 286-5

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Necesaria colaboración
Francisco Garrido Patrón
La relación entre el poder Ejecutivo federal y el Legislativo habrá de ser de estricto respeto, pero, sobre todo, de colaboración. El beneficio del país así lo exige. No se vale pretextar la derrota del PRI del 2 de julio para generar una atmósfera de tensión y de diferencias hondas, inmerecidas y permanentes.
El 1 de diciembre pudimos observar, en ocasiones con asombro, impugnaciones e interrupciones constantes al presidente de la república, Vicente Fox. Por los detalles más insignificantes la bancada priísta «se perredizó» en un radicalismo que puede terminar por fulminarlos políticamente.
Alegrar que el agregado de «por los pobres y marginados» en la protesta constitucional invalida el acto es una exageración dado que Vicente Fox pronunció todas y cada una de las palabras que establece el artículo 87 constitucional, y en derecho lo que abunda no sobra.
Para que México tenga éxito es indispensable que todos —el presidente Fox, los partidos políticos y la ciudadanía— tengamos éxito.
Es por ello que nuestras diferencias políticas habrán de ser moderadas, merecidas y, sobre todo, provisionales. Asumir per se una actitud de confrontación y sabotaje del poder público implicaría un grado increíble de irresponsabilidad política que cancelaría la esperanza de millones de personas en este nuevo tiempo mexicano.

EL OBSERVADOR 286-6

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El católico en la acción política
Jaime Murillo Rubiera
Jaime Murillo Rubiera

En la sociedad actual no está superado el liberalismo laicista del siglo XIX, y por ello está presente en la actividad política. Antes al contrario, los síntomas evidencian que, en el marco social de lo político, y por tanto de la política que se hace día a día como objeto acomodaticio de lo temporal, se aplica con convencimiento su carácter profano, distanciándose, en las decisiones que este quehacer comporta, la presencia de toda preocupación moral y ajeno por completo a principios de orden religioso.
La confesionalidad religiosa ha sido totalmente descartada del mundo de la política y de las declaraciones de principio del orden político desde un punto de vista institucional, invocando el viejo principio de la prudencia política, que podría ser una excusa admisible, si no fuera porque, además, la presencia del católico en la vida pública en nuestra sociedad política se ve rodeada de una cierta interpretación ambigua, que es más difícilmente aceptable, eludiendo con ello su confesionalidad, por razones de respeto personal a su intimidad privada. Aparece así este católico que hace política activa, enfundado en su gestión con la actitud simple de mero ejecutor de los mandatos políticos a los que sirve.
No se trata de que esa presencia del católico en la vida política sea tutelar, sacralizando, lo puramente temporal. Se trata de evitar que esa acción política a la que se sirve no represente una actitud ajena o adversa a los mandatos de la moral, en ese terreno concreto y contingente que debe formar parte de toda política honesta. Lo político, en cuanto acción contingente, no deja por ello de afectar a la vida personal, familiar, al entramado social, a la cultura, a los fines educativos y del trabajo, a la estabilidad toda de los principios éticos y, por tanto, debe respetar la independencia de aquellas instituciones a las que debe servir, y no volver la espalda a esa realidad humana, para la cual la política no puede quedar en mero medio instrumental para garantizar su bien. Se trata, por tanto, de no cegar la autoridad de los principios morales, a los que una sociedad no debe nunca renunciar, a menos que pretenda otra cosa, o alcanzar otros fines, que estarían muy lejos de un quehacer político noble y justificado. La interrelación actual, entre lo que es la poderosa acción de los políticos y de los políticos con la exigencia viva de la demanda real de soluciones que pide el cuerpo social, en el ejercicio y aplicación de esos principios, puede tener tan decisiva influencia que será deber del católico inmerso en el mundo de la vida política mostrar a veces la entereza de sus convicciones, no sólo como acto de ejemplaridad, sino con una actitud consecuente con sus creencias.
Aplicar el laicismo liberal, creyendo que es una fórmula de independencia política, es confundir los términos de la cuestión y desorientar a los ciudadanos, haciéndoles llegar a conclusiones falsas sobre la actitud y la responsabilidad que debe tener el político católico cuando es sujeto activo en las decisiones políticas. Lo demás es desorientación mental.

(Fuente: Alfa y Omega)

EL OBSERVADOR 286-7

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PINCELADAS
Faltó el último intento
Justo López Melús *
Justo López Melús *
        Machado comenta así unas palabras de Jesús (Mt 25, 13):
«Yo amo a Jesús que nos dijo:
'Cielo y tierra pasarán.
Cuando cielo y tierra pasen
mi Palabra quedará'.
¿Cuál fue, Jesús, tu Palabra?
¿Amor, perdón, caridad?
Todas tus palabras fueron
una palabra: 'Velad'».
Muchos investigadores no llegaron a crear inventos por cansarse en los últimos intentos. Sólo «el que persevere hasta el fin se salvará» (Mt 10, 22).
Un campesino tenía un águila atada por una pata en su corral. El águila no se resignaba a vivir como una gallina y hacía mil intentos por escapar. Lo intentó durante semanas, hasta tener desgarrada la pata. Al final se acostumbró a aquella esclavitud, a escarbar y a picotear, y ya le gustaba el pienso de las gallinas. Luego la lluvia y la nieve pudrieron la cuerda que la sujetaba. Habría bastado un pequeño tirón para escapar y volar. Pero ese último intento nunca lo hizo.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.


(FIN)

EL OBSERVADOR 286-8

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